PARTE III
Mi alma se había destrozado en más de mil pedazos. Ya no sería recompuesta jamás. Cada pedazo que salía de mi cuerpo en cada lágrima derramada, me hacía ser menos humano. Por mí, por mi culpa mi hija de tan solo tres años estaba postrada en una cama de hospital operada de urgencias. Su mente estaba dormida en algún pequeño mundo de fantasía. Sus hermosos ojos verdes estaban cerrados a la vida. Su sonrisa no sería escuchada en el silencio y su cabello negro no sería visto por mis ojos.
Sentí como el aire faltaba en mi pecho. Mi garganta se cerró a cualquier intento de respirar. Mis ojos no veían más allá de la culpa. Temblé intensamente mientras las palabras del doctor Cullen llenaban una y otra vez mi mente. Cerré mis manos en puños y deseé ser yo el que estuviera allí postrado respirando a través de una maquina.
"Lo sentimos, Edward. Pero tu hija es muy pequeña y el accidente le provocó daños gravísimos en su pequeño cuerpo. Ella está luchando. De verdad intenta vivir, pero su cuerpo no aguanta. Cinco días es un milagro, no creo que pase de esta noche"
"No creo que pase de esta noche. No creo que pase de esta noche. No creo que pase de esta noche…"
Esa última frase había reventado mi corazón. Mi mente se había quedado en blanco y mi cuerpo tembloroso como un flan, había caído al suelo. Sentí una mano alzarme y arrastrarme a alguna parte. Su voz me llamaba en la lejanía. Una vida sin mis padres, sin mi mujer…y lo peor de todo sin mi niña. Mi ángel me estaba abandonando.
Cuando abrí mis ojos me encontré sentado en un sofá negro y los ojos azules de Rosalie observándome con una bolsa de hielo entre sus manos. Una sonrisa que no llegaba a nada estaba dibujada en sus rojizos labios. Me levanté de un salto del sofá y la miré detenidamente.
-¿Dónde estoy?-Pregunté con la voz ronca.
-Estás en la sala que sigue a la habitación de tu hija.- Pude ver como sus ojos brillaban.
-Me voy con ella.- Dije medio ahogado.- Necesito verla.
-No creo que sea…- Pero cerré la puerta antes de que acabara de hablar.
Me asomé al cristal y volví a ver aquella imagen devastadora. Mi pequeña niñita estaba allí tumbada sin mover un solo dedito de su pequeña manita. Tragué intentando pasar el nudo de mi garganta, pero nada de lo que hice funcionó. Las lágrimas brotaron de mis ojos y un grito salió de mi garganta mientras golpeé el cristal tratando de que mi pequeña me escuchara y abriera sus hermosos ojos.
Pero nada pasó… ella no despertó…ella no me miró…no me sonrió…ella simplemente se quedó inmóvil en la cama. Una voz a mis espaldas me pidió que me calmara. Al girarme vi a un chico moreno de cabellos negros y ojos como el carbón.
-Cálmate por favor, así no consigues nada y asustas al resto del personal y pacientes.- Su gran mano se aferró a mi brazo.
Sacudí su mano de mi cuerpo y lo miré a los ojos.
-¿Quién eres tú y que sabes tú? No me pidas que me tranquilice, cuando mi hija está ahí por mi culpa.- Le dije algo furioso.
-Soy Emmett Dale McCarty.- Me extendió su mano.- Soy el marido de Rosalie Hale. Ella es la enfermera que te atendió.
-Losé.- Dije molesto.- Ahora déjame en paz.
-Emmett.- la voz de Rosalie llamó nuestra atención.- Espérame en la sala por favor.
Emmett asintió con la cabeza y salió de aquel pasillo tras entrar por una puerta que había antes de las escaleras. Rosalie se acercó a mí y me comunicó que el doctor que estaba tratando a mi pequeña saldría enseguida a dar el parte de la noche. Asentí y esperé ansioso pegado a aquel cristal mientras veía como un chico moreno joven y no muy alto estaba mirando las maquinas conectadas a mi hija. Después de unos minutos eternos salió de la habitación y caminó hasta mí.
-¿Es usted el padre de Lirién Masen?- Preguntó con algo que no supe reconocer en su voz.
-Sí, soy Edward Masen.- Lo miré intensamente.
-Soy el Dr. Cheney. Puedes llamarme Ben.- Tiró de mi brazo hacía las sillas de plástico.- Esto no es nada fácil.- Tragó en seco y me observó a los ojos.- Verás, tu hija está muy grave y realmente no entiendo porque aún sigue viva.
-Ella es fuerte.- Le dije mirando el cristal.- Ella es un ángel.
-Es una niña.- Su mano apretó al mía.- Lo siento mucho.
"Lo siento mucho" negué con la cabeza nada más entendí aquellas palabras.
-¡No!- Me levanté de golpe de la silla y me pegué al cristal.- Ella no puede irse también. Ella no puede dejarme solo.
-De verdad lo siento, pero no creo que sobreviva una noche más.- Su voz se ahogó junto a mi llanto.- Esta demasiado débil y su corazón ya no aguanta más.
-¿Se va a morir?- Pregunté al Dr. Cheney mientras observaba los ojos azules de Rosalie mirándome desde las escaleras junto a su marido Emmett.-¿No voy a escuchar de nuevo su risa?
-Lo siento, si quieres puedo llamar a la planta de psicología para que manden a alguien cuando ocurra.- Sus ojos no se apartaban de mí.
-No.- Negué mirando el suelo.- Tranquilo, estaré bien. Es el precio que uno paga por no mirar la carretera con todos los sentidos puestos.
El pediatra se fue dejándome solo mirando el cristal. Podía sentir la mirada de Carlisle, Emmett y Rosalie contra mi nuca, pero no me importaba. Tan solo quería ver a mi hija un segundo más. No sé cuantas horas pasé allí de pie. Tan solo reaccioné cuando un pitido inundó la habitación de mi hija y vi entrar a dos médicos en aquella habitación. Uno apartó una maquina de al lado de mi bebe y otro acercó otra más grande.
Vi correr a Cheney sudando hacía la misma habitación donde se le escapaba la vida a mi hija. Al entrar corrió la cortina y escuché perfectamente como una voz decía que mi hija se iba. No podría vivir así, no podría hacerlo solo. Mi cuerpo se vació en ese instante y dejé de sentir incluso el más minúsculo movimiento de mi cuerpo al respirar.
Corrí. Corrí fuera de aquel hospital desesperado. Pude escuchar la voz de Carlisle llamándome desesperado, pero le hice caso omiso. Ya no me importaba nada. Ya no quería nada de la vida. Ésta me había arrebatado cuanto había amado y había consumido mi vida en tan solo unas horas.
Pude escuchar unos pitidos cerca de mi cuerpo. Algunas luces llegaban incluso a cegarme. Juraría que me encontraba corriendo por una carretera, pero ya no me importaba, mi cuerpo estaba completamente vacío. La lluvia golpeó mi rostro recordándome que yo estaba vivo y ellos no. Mi pequeño ángel acababa de partir al cielo junto a su madre y yo seguía aquí.
Seguí corriendo sin importarme los coches que me rozaban. Corrí descalzo por la carretera hasta que mis pies sangraron. Había perdido las zapatillas por el camino, pero ya no me importaba. Un choque contra mi estomago hizo que me detuviera. Al fin abrí mis ojos. Mis manos se aferraron a aquella barandilla mojada y resbaladiza. Mi respiración era pesada y dolía en mis pulmones, pero ya no me importaba nada.
Miré al vacio que se extendía ante mis ojos. El agua corría con furia en el rio embravecido por la lluvia. Deseé adentrarme dentro de aquella rabia con la que el rio se quejaba. Olvidar mi despertar y dejar de sentir el vacio en mi pecho. Mis dedos apretaron fuertemente aquella barandilla y me hinqué en el muro. El dolor acabaría en un segundo.
Me incliné y subí mis pies al borde de la barrera que me separaba de mis ángeles. Suspiré fuertemente, ya nada me retenía aquí. Me senté en la barandilla y miré el cielo oscurecido por las nubes negras que me acompañaban en mi llanto. Volvía respirar hondo y abrí mis brazos.
-¿Por qué estás aquí?- la voz de una chica me sacó de mi mundo.- ¿Te vas a tirar igual que yo?
-¿Y tú por qué lo vas a hacer?- pregunté a la voz que me hablaba entre las sombras.
-Cosas que suceden.- Esa voz sonó más cerca.- ¿Y tú?
-He perdido a toda mi familia.- Le contesté sin miedo.- No supe reaccionar a tiempo y todos murieron menos yo. Por mi culpa no verán la luz del sol de nuevo. Yo no lo merezco.
-Yo acabo de perder a mi madre por culpa de un cáncer.- Su voz sonó muy triste.- Y me tocó trasladarme a casa de mi padre. Él y yo no nos conocemos y echo de menos a mi madre. Solo quiero estar con ella.
-Pero tu padre te echará en falta si haces eso.- Le dije muy seguro de mis palabras.
-¿Y a ti que más te da?- me preguntó ella enfadada.- Tú también vas a hacer lo mismo que yo, así que estamos en lo mismo.
-No.- Recordé la imagen de mi hija.- Yo estoy solo.- Le dije aclarándole mi situación.- Tú al menos tienes a tu padre.
-Uno nunca está solo si sabe dónde buscar.- Ella se acercó un poco más y pude al fin ver su rostro entre el agua de la lluvia.- Eres joven y hermoso.
Su pelo castaño caía mojado sobre sus hombros. La luz de la luna reflejaba en su rostro haciéndola muy pálida. Sus ojos oscuros como el chocolate me miraban buscando algo. Ella si era hermosa.
-Tú también eres joven y hermosa.- Le dije aclarando mi garganta.- Tu padre te echará de menos. A mí nadie me echara en falta.
-No puedes hacer esto.- Me dijo riéndose.- Y ahora que lo pienso yo tampoco.- Suspiró.
Asentí con la cabeza. Realmente el ver a esa chica, me había hecho entender que la vida no se soluciona acabando con el dolor, si no superándolo.
-Mi nombre es Edward Masen.- Le dije bajando de la barandilla y acercándome a ella extendiéndole mi mano.-¿Y tú?
-Yo soy Isabella Swan.- Me dijo apretando nuestras manos.
-¿Eres la hija del jefe Swan?- Mis ojos se abrieron como platos al hacer esa pregunta.
-Si lo soy.- Ella caminó hacía el borde del puente y miró la acera.- Mejor vamos al hospital.- Me sugirió.- Tienen que curar las heridas de tus manos.
Al decir ella eso, me di cuenta que al subirme al puente me había cortado en las manos. Asentí y caminé junto a ella en silencio hasta el hospital. Al llegar, una mano me cogió del brazo y tiró de mí.
-No has debido correr así, tu hija aún está viva en estado crítico. Solo ve y estate con ella. Que sepa que sigues aquí.- Rosalie me sonrió y me empujó dentro de la habitación de mi hija.
Unos pasos tras de mí, me indicaron que no estaba solo. Al girarme vi que Isabella estaba detrás de mí. Unas lágrimas descendían de sus ojos y con su mano me indicaba que me acercara a mi hija. Así lo hice. Me acerqué a mi bebe y poniéndome a su lado agarré su fría mano. Debía mostrarle a mi hija que estaba con ella, que todo saldría bien.
