Hola de nuevo! Aquí estoy como cada domingo, actualizando "Buscando un Corazón" ^^ Tengo que daros las gracias por esos hermosos reviews que me habéis dejado, me ha hecho muchísima ilusión leerlos :) También os agradezco que la hayáis hecho favorita y vuestras alertas ^^ Me hace muy feliz saber que os está gustando la historia. Gracias por estar ahí y compartir este viaje conmigo :) Os dejo con el nuevo capítulo. Nos vemos el próximo domingo. Y recordad, los pensamientos de Sam están escritos en letra cursiva.


Disclaimer: Glee sigue sin pertenecerme, Sam y Mercedes tampoco, solo los he tomado prestados para este AU ^^


Capítulo 3: Te seguiré

Te seguiré, te seguiré
sin saber bien por qué razón.
Te seguiré, te seguiré
jugando al gato y al ratón.


Nada más salir de la ciudad, Mercedes le vio derrumbarse. Había estado aguantando demasiado tiempo, demasiado para alguien que no se permitía mostrar emoción alguna.

En el fondo de su corazón, ella sabía que ese momento llegaría. Puede que Sam no estuviese enamorado de Anna, pero la quería. Y ella estaba enamorada de él. Lo había visto en su manera de despedirse.

No volverían a verse, Sam no volvería a por ella. Todo había acabado para Anna.

Le observó, sin decir nada. Viendo como pequeñas lágrimas se armaban de valor para salir al exterior, mientras él luchaba por retenerlas dentro.

- ¿La querías, verdad? – le preguntó, arrepintiéndose al momento.

Él la miró, buscando un ápice de comprensión en su mirada.

- La quería, pero no la amaba. No como ella deseaba, al menos.

El chico se limpió las lágrimas con su mano derecha, mientras trataba de concentrarse en la carretera.

- Lo prometí. ¿Sabes? Prometí que jamás le rompería el corazón a una chica. He roto mi promesa.

Mercedes le miró, asombrada. ¿Qué clase de persona hacía promesas así? Una a la que le importaban los sentimientos de los demás, más que los suyos propios.

- Sam... – La chica quiso responderle, pero él no la dejó, continuando con sus lamentos.

- En el fondo lo sabía. Sabía que estaba enamorada de mí, pero me engañaba a mí mismo. Fue demasiado tiempo, yendo y viniendo. Pero siempre encontraba un rato para quedarme con ella. Siempre. Y no me importaba, no me importaba como se quedaba cuando me iba, porque ella sabía que nunca podría sacar nada de mí. Lo sabía y tampoco le importaba. Perdió su virginidad conmigo, Mercedes. Sé que fui su primero aunque nunca hubiese reunido el valor para confesármelo.

Mercedes escondió su rostro, fijando su vista en el paisaje que mostraba su ventana. Sam tenía razón, le había roto el corazón a Anna. Ella jamás podría olvidarlo por mucho que lo intentase, pero seguiría adelante. Podía hacerlo.

El chico suspiró profundamente, intentando olvidarlo todo.

- No fue tu culpa, Sam. Ella sabía lo que podía esperar de ti, y lo aceptaba. Aunque desease más, nunca te lo dijo. No te culpes por ello.

Él la miró triste, tratando de entender porque no se enfadaba con él por haberle hecho daño. Intentando saber porque después de lo que le había dicho todavía seguía defendiéndolo.

- Algo me dice que encontrará a alguien que sepa amarla como se merece – le dijo Mercedes, con una sonrisa.

- Ojalá pueda hacerla feliz – le respondió él.

- Billy la quiere, estoy segura de ello. ¿Viste como la miraba?

Tal y como yo te miro a ti.

- Sí – le respondió triste.

- ¡Entonces quita esa cara de funeral, Evans! – le chilló la chica, palmeándole el brazo.

Sam se quejó ante el golpe, haciendo que la chica se preocupase.

- Pero mira que eres bruta... – le reprochó, mientras se manoseaba el golpe con su mano izquierda.

- Lo siento, de verdad – le contestó poniendo morritos.

Él le sonrió, embobado.

Eres preciosa.

La chica se acurrucó en su asiento, echándose de nuevo la chaqueta de pana de él por encima de los hombros.

- ¡Oh, cariño! Cuando te he echado de menos... Ven con mamá – le dijo.

Sam se rió a carcajadas, mientras veía como ella le observaba.

- Has echado de menos mi chaqueta, bueno... ¡Algo es algo!

- No te pongas celoso, Samuel. A ti también te eché de menos – le dijo ella, divertida.

- ¿Ah sí? ¡Guau! Primera noticia que tengo.

- Por supuesto, no sabes lo que eché de menos reírme de ti.

- Tenías que rematarla.

- Claro que sí, sino no sería Mercedes Jones.

Sam negó con la cabeza. Todavía no se creía que fuese a compartir su viaje hasta Tennessee con ella. No podía tener tanta suerte. ¿Qué tenía Mercedes Jones que le hacía sonreír como un idiota?

Ahora le agradecía a Dios que aquellos hombres se empeñasen en robarle el bolso. Si no lo hubiesen hecho quizás nunca se hubiesen conocido.

La chica rebelde que se sentaba a su lado, le había hecho perder la razón hasta el punto de pagarle para que le acompañase. Pagarle. Pagarle por viajar con él. Cuando debería ser al revés ya que Sam la llevaba a ella.

Pagarle por poder estar a su lado. Por oír sus risas y sus burlas. Por ver su rostro cada mañana. Pagarle por dejar que él la cuidase y la protegiese.

Sam jamás había pagado por algo que desease tanto.

No podría tocarla, no podría acariciarla ni besarla, a pesar de que se muriese por hacerlo. Pero no le importaba, nada de eso le importaba mientras ella estuviese a su lado.

Mercedes se había quedado dormida de nuevo, acurrucada en su asiento con su chaqueta por encima, tratando de hacerse un ovillo con su propio cuerpo. Le encantaba verla dormir. La expresión de su rostro inspiraba paz y ternura, como la noche anterior cuando se había quedado dormida en sus rodillas y él se había despertado deseando acariciarla y jugar con su pelo negro.

A ella le encantaba su chaqueta. No era de su talla, pero la resguardaba del frío.

Sam se llevó la mano a la cabeza, mientras sostenía el volante con su otra mano libre. ¿Cómo podía haberse olvidado de ello?

Ray le había roto su sujetador.

Él mismo le había ayudado a vestirse en la sucia habitación de aquel bar. Le había puesto la camiseta y le había abrochado los pantalones mientras ella le miraba triste.

Su sujetador estaba roto, pero ella no se lo había recordado. Ni siquiera había pedido que le comprase otro. ¡Iba a pagarle para que viajase con él! ¿Por qué no le pedía dinero para comprar ropa que la resguardase del frío en lugar de usar su chaqueta?

Si no se lo pedía, él la obligaría a comprarla. Si la había obligado a comer, podría obligarla también a que aceptase su ropa.

Comer...

La última vez que Sam había comido, había sido el día anterior. Aquella estupenda hamburguesa del Rolly Burguer.

¿Cómo podía haberse olvidado de ello? No era normal, no era nada normal en él pasar tanto tiempo sin comer.

Y ella no había vuelto a comer desde la noche anterior cuando él le había cedido su bocadillo, tratando de obligarla a comer por enésima vez.

¿Tendría hambre? ¡Que idiota! Seguramente Mercedes tendría hambre de nuevo.

Pararía en el primer bar decente que encontrase y la despertaría para que comiese.

Me tienes tonto, ¿sabes? Tendré que apuntar todas las cosas que necesitas en una lista para que una sonrisa tuya no me las borre de la mente.

Ella se removió en su asiento, como si realmente se hubiese dado cuenta de que él la estaba observando. La chaqueta volvió a escurrírsele, tirando de su camiseta haciendo que quedase al descubierto el hombro que no tenía tira. Provocando que Sam perdiese durante un segundo la concentración en la carretera y diese un volantazo para no alcanzar el enorme bache que había aparecido en medio de ella.

- ¿Qué ha pasado? – dijo la chica, colocándose la camiseta y mirándolo preocupada.

- Nada, nada. Duérmete – le respondió Sam, mientras notaba como sus mejillas se teñían de rojo.

- No puedo. Me acabas de despertar y se me ha quitado todo el sueño de golpe – dijo, enderezándose en su asiento.

- Lo siento – se disculpó él, deseando que no se notase el rubor de sus mejillas.

- No te disculpes, Samuel. Sé que lo has hecho a propósito – se rió, divertida.

- Me has pillado. Estabas roncando demasiado y me desconcentrabas.

- Podías haberme despertado sin atentar contra nuestras vidas, hombre. Simplemente tenías que tocarme y listo.

- ¿Tocarte? Ni de broma, a ver si me vas a contagiar algo.

- Que desconfiado, Evans.

- ¿Volvemos al apellido, Jones?

- ¿No te gusta que te llame por tu apellido? ¿Prefieres que te llame Samuel? – la chica le miró, esperando una respuesta sincera.

- Me gustaría que me llamases Sam – le dijo él, arrepintiéndose al momento.

Me gusta oírtelo decir.

- Sam... – ella lo llamó, como si estuviese degustando su nombre en su boca.

Oh, Dios.

- ¿Quieres que te llame Sam? – le preguntó de nuevo.

Él asintió con la cabeza, esperanzado.

- Con una condición – le dijo ella.

- ¿Cuál?

Pídeme lo que quieras, bonita, yo lo haré.

- No me llames Mercy.

No, eso no.

- ¿Por qué no? – le preguntó, intentando que ella no viese su desilusión.

- Porque no. No quiero que me llames así. No lo hagas por favor.

No importa, para mí siempre serás Mercy.

- Está bien – le contestó – Te llamaré... ¿Mercedes?

Ella asintió con la cabeza.

- Sam y Mercedes – dijo él en voz alta.

- Sí – le respondió ella – Sam y Mercedes.

Sam y Mercedes.

El chico respiró profundamente, centrando de nuevo su vista en la carretera. Esperó que ella volviese a dormirse pero no lo hizo. En lugar de eso, cambió la emisora de radio y subió el volumen.

- No lo pongas tan alto o tendremos un accidente – le reprochó el chico.

- Aguafiestas – refunfuñó Mercedes, bajando de nuevo el volumen – ¿No te aburre la monotonía? Llevo tres días en este camión y ya me he cansado de él.

Sam negó con la cabeza.

- Nunca podría cansarme de él, este camión...

- Sí, sí. Bla, bla, bla. Es tu vida, bla, bla, bla – se burló.

Él se negó a responderle dolido por sus comentarios.

- ¿Qué te pasa? ¡Ey! Vamos, era una broma.

- No me ha hecho gracia.

- Lo siento – dijo ella, tristemente – No sé que me pasa, de verdad.

- Renuncié a mi familia por esto, ¿sabes? Les echo muchísimo de menos. No me gusta que se rían de mi trabajo – le dijo, aferrando con fuerza el volante.

Me duele que tú lo hagas.

- Lo siento, Sam. Lo siento de verdad – la chica posó su mano sobre la de él, mientras ésta sostenía el volante – ¿Podrías hacer como que no te dije nada? – Mercedes le dedicó una sonrisa, esperanzada.

Podrías hacer que me olvidase de todo con tu hermosa sonrisa.

Sam asintió con la cabeza.

- ¿Y bien? ¿Cuál es el "Plan del día"? - le preguntó una risueña, Mercedes.

Él la miró boquiabierto, al ver el cambio de carácter tan repentino que la chica había experimentado.

- ¿Plan del día? – Sam la miró extrañado.

- ¡Sí! – Dijo la chica, enderezándose de nuevo - ¿Qué haces cada día? Te despiertas, desayunas, conduces, comes, conduces otra vez, paras a tomar un café, conduces de nuevo, cenas, te duermes y te levantas al día siguiente para hacer exactamente las mismas cosas. A eso se le llama "Plan del día".

Sam se rió a carcajadas sin poder evitarlo. La chica había soltado la retahíla de palabras a una velocidad increíble, casi sin pensar.

- ¿Qué pasa? – le preguntó ella.

- Parece un trabalenguas – le dijo, divertido.

- ¿Pero es lo que haces, o no? – preguntó Mercedes, segura de lo que hablaba.

- En resumen, sí. Pero no te preocupes, nuestro viaje no será tan aburrido – le aseguró el chico.

- ¿Por qué?

- Tú confía en mí, chica. Sé de lo que hablo.

Mercedes no pudo evitar que una risita nerviosa se le escapase. Se mordió el labio, mientras negaba con la cabeza, tratando de imaginarse a que se referiría él.

- ¿Hacia donde vamos, señor "Sé de lo que hablo"? – le preguntó, tratando de averiguar el itinerario del viaje, pues llevaba quince minutos atenta a la carretera y no había visto ni un solo cártel que le indicase donde se encontraban.

- A Louisville. Allí comeremos y pasaremos la tarde.

- ¿Haciendo qué? – le preguntó ella, arqueando una ceja, desconfiada.

- Nos iremos de compras.

- ¿Cómo? – La chica levantó el dedo índice en el aire dispuesta a protestar, pero él se lo bajó antes de que saltase.

- No discutas, Mercedes. Te recuerdo que te han robado la maleta.

- Tengo ropa – protestó.

- Esa no cuenta.

- ¿Qué tiene de malo? – preguntó, enfadada.

- Está rota – le dijo él, arrepintiéndose al momento.

¿Tenías que recordárselo?

La chica se llevó una de sus manos al pecho que caía sin sujeción, tratando de taparlo, a pesar de que no se le viese nada gracias a la camiseta.

- Mercedes... – el chico susurró su nombre con cariño, haciendo que ella levantase su cabeza escondida y le mirase.

- Déjame que te compre ropa nueva. No puedes llevar esa horrible chaqueta a todos lados.

- No es horrible – le respondió ella.

- Sí lo es.

- Si te parece horrible, ¿Por qué la compraste?

- Yo no la compré. Me la regaló mi hermana Stacy por mi cumpleaños. Me la pongo porque le tengo mucho cariño, pero eso no quita que sea horrible.

- A mí me parece bonita.

- Bonita... – repitió Sam, mientras la observaba.

Tú si lo eres.

- Sí, bonita. ¿Me la regalas? – le dijo, con una sonrisa de oreja a oreja - ¡Oh no! ¡Que tonta! Es un regalo de tu hermana – dijo ella, avergonzada.

- Es tuya.

Sam apenas se lo había pensado. En el mismo momento en que la chica se la había pedido, él supo lo que contestaría. Y la rapidez con la que lo hizo, lo asustó.

Estoy perdido.

- No, Sam. Es un regalo de tu hermana – la chica se negaba a aceptarlo.

- Y ahora te la regalo yo a ti.

- Pero no es de mi talla, tú lo dijiste muchas veces – le recordó.

- Lo sé. Pero te resguarda del frío, ¿verdad?

Ella asintió con la cabeza, agarrando con fuerza la chaqueta.

- Entonces, no hay más que hablar – le dijo él, con una sonrisa.

- Gracias – susurró Mercedes, casi inaudible.

El chico le sonrió, notando como el estómago se resentía por la falta de comida.

- ¿Cuánto falta para llegar? – le preguntó ella.

- No sé, quizás cuarenta y cinco minutos.

- Eso es mucho tiempo, si ves un bar para antes.

- ¿Por qué? ¿Necesitas ir al baño? – le preguntó, preocupado - ¿Te sientes bien?

- Yo sí, eres tú el que no ha comido desde ayer al mediodía.

Sam respiró aliviado. Por un momento había creído que Mercedes se sentía mal debido a tanto tiempo en el camión, sin bajarse a descansar y a mover sus piernas. Incluso había llegado a pensar que podía haberse mareado. Pero ella solo estaba preocupada porque él no había comido en todo el día.

Está preocupada por mí.

- Y tú desde ayer por la noche – le recordó él.

- Cuando me cediste tu bocadillo – le sonrió Mercedes - ¿Por qué lo hiciste, eh?

Porque todavía seguía preocupado por ti, y el nudo en mi garganta me lo impedía. Estaba asustado, creí que te perdía.

- Odio el queso – le dijo él, rápidamente.

Ella le miró boquiabierta, no se esperaba para nada esa contestación.

- Las hamburguesas llevaban queso, Sam.

¡Mierda! ¡Piensa rápido!

- La mía no. Anna sabe que lo odio.

Mercedes le miró, dudosa.

- La verdad... no me fijé – le respondió ella, completamente segura de que él le estaba mintiendo.

- En cuánto vea un bar decente, nos detendremos a comer, no te preocupes.

- ¿No tienes nada por aquí para picar? – le preguntó, girándose en el asiento y abriendo la compuerta que llevaba al pequeño rincón en el que tenía la cama y la nevera.

Sam trató de no fijarse en su trasero pero le fue imposible, la chica se había empeñado en cruzar a la parte de atrás con el camión en movimiento, empujándolo con su cuerpo y haciéndole perder la vista en la carretera.

- ¡Por Dios, Mercedes! ¡Estate quieta! ¿Quieres que nos matemos? – chilló él, viendo por el espejo retrovisor lo que ella hacía.

- Lo siento, lo siento – se disculpó sentándose en la cama y abriendo la nevera.

La observó donde estaba, dándose cuenta de que después de tanto tiempo, una mujer había conseguido sentarse en esa cama.

Ninguna lo había hecho antes.

Sam no había dejado que ninguna mujer se subiese a su camión. Muchas lo habían deseado, pero él las había hecho cambiar de opinión, pidiéndoles que le dejasen entrar en sus casas.

Ella había sido la primera mujer que había dejado que se subiese, y ahora, estaba sentada en su cama. Solo que él también deseaba estar sentado allí con ella. No, no sentado. Deseaba tanto tumbarse a su lado y acariciar su rostro, besarla, jugar con su pelo. Abrazarla y protegerla él mismo del frío que siempre tenía.

Eres la primera... y la única.

- ¡Todo está caducado! – le gritó ella, con su cabeza metida dentro de la nevera.

- ¿Cómo? – le preguntó él, volviendo a prestarle atención.

- No hay nada para comer – le dijo, sacando todo lo que había en la nevera y tendiéndolo encima de la cama – Eres un desastre, ¿lo sabías?

El chico rió divertido, mientras ella sacaba una tras otra todas las cosas de la nevera.

- La estás desmantelando. ¡Al ladrón, al ladrón! – chilló el, riendo a carcajadas.

- Que está todo caducado, Sam. Hay que tirarlo – la chica cogió una de las bolsas que tenía guardados unos yogures dentro y metió en ella todo lo demás – Si es que... tenía que llegar yo y poner orden.

Sam observó por el espejo retrovisor como la chica trabajaba como una hormiguita recogiendo toda la comida y metiéndola dentro de la bolsa.

- ¡Listo! – Dijo, apartando la bolsa a un lado y echándose sobre la cama – No está mal, creí que sería más incómoda. Cuando me vuelvas a mandar a dormir aquí, te diré que sí.

- No voy a volverte a mandar a dormir ahí. Es mi cama – se quejó él.

Si duermes ahí, no podré sacar tu olor de mis sábanas.

- Me da igual lo que digas. Estás herido y no dormirás aquí, sino en la cama de un motel, donde puedas descansar – le dijo ella, enojada.

- No dejaré que duermas sola en el camión – dijo Sam en tono serio.

La chica le miró boquiabierta.

¿Qué había pasado para que de un día para otro, él se negase a que durmiese sola?

- La promesa, ¿recuerdas? – se apresuró a añadir él.

- A ver si lo entiendo bien. No quieres que duerma sola.

- Ajá – respondió él.

- Tampoco quieres que duerma en tu cama.

- Exacto.

- Entonces... me temo que vas a gastar mucho en moteles, chico – le dijo ella, divertida.

- Probablemente – le aseguró Sam.

En moteles, en ropa, en comida... Me vas a salir cara, Mercedes Jones.

La chica volvió de nuevo hacia delante, empujándolo otra vez y perdiendo un tacón en el proceso, que hizo que volviese a por él.

- ¡Por el amor de Dios! ¿Te quieres estar quieta? – le chilló, colérico.

- Ya está, ya está – le respondió ella, colocándose el tacón.

- No te levantes de nuevo – le advirtió.

- Vale – dijo Mercedes, levantando los brazos en alto.

No tardaron mucho en encontrar un bar aceptable en el que degustaron unas buenas patatas fritas con su filete de ternera. Por supuesto, no fue suficiente para Sam que se pidió además la sopa de fideos como primer plato y el flan de postre.

Cuando salieron del bar directos al camión, el chico apenas podía moverse. Había comido demasiado y su cuerpo no había reaccionado bien ante la falta de comida durante tanto tiempo.

- No puedo más, creo que voy a vomitar.- le dijo, apoyándose en el lateral de su camión.

- ¡Genial! Te dije que no comieses tanto. ¿Por qué nunca me haces caso? – La chica vio como Sam se inclinaba hacia delante haciendo exactamente lo que le había dicho que haría - ¡Oh Dios!

Mercedes le sostuvo la cabeza, mientras él chico trataba de detener su cuerpo, pero éste se negaba a cooperar.

- ¿Estás bien? ¡Dios mío, Sam! ¡Estás blanco! – chilló preocupada, a punto de romperle los tímpanos.

- Eso no es nada nuevo – le dijo tratando de hacer la gracia, pero con una voz que poco se prestaba a ello.

- ¡Hablo en serio! Estás pálido. Debimos haber acudido a un hospital antes de salir de Cincinnati. Te dieron una paliza, Sam. Podrías tener algo roto – la chica sostuvo su rostro entre sus manos – Voy a pedir ayuda, necesito que te vea un médico.

Mercedes se encaminó hacia el bar, rogando por que alguien los pudiese acercar hasta la ciudad, pero él la detuvo, agarrándola de su mano.

- No.

- Sam, no te pongas pesado. Déjame ir – La chica trató de soltarse, sin conseguirlo.

- Mercedes... solo es una indigestión.

- ¿Acaso eres médico? – le miró, frunciendo los labios, disgustada.

- Si tuviese algo roto, lo habría notado antes – Sam tiró de su mano, mientras trataba de andar hacia el lado del copiloto.

- ¡Apenas puedes andar! ¿No pretenderás conducir en ese estado? – El chico abrió su puerta, empujándola hacia el interior - ¡Samuel Evans! No me cierres la... – No alcanzó a acabar la frase, pues él mismo hizo lo que ella no había querido que hiciese. Le cerró la puerta en las narices.

Despacio, dio la vuelta por delante de la cabina y se subió con cuidado a su asiento, mientras sacaba del bolsillo sus llaves.

Pero cuando se disponía a introducirlas en el contacto, la mano de Mercedes apareció de improviso, arrebatándoselas.

- ¡Mercedes! ¡Dame las llaves! – le chilló, moviéndose a por ellas, ahogando un lamento.

- ¡Que no! ¡Terco! No te dejaré conducir en ese estado, ¿pretendes matarte y de paso matarme a mí también?

- ¡No digas tonterías! – El chico intentó arrebatárselas de nuevo, pero ella las escondió en su espalda, dentro de sus pantalones.

- ¡Mercedes! – protestó él, cansado.

- ¿No quieres ir a un hospital? ¡Bien! ¿No quieres que te vea un médico? ¡Bien! Pero no esperes que te deje conducir así. Pasa para atrás – le dijo, indicándole la dirección con su dedo índice.

- ¿Perdona?

- Túmbate, vamos. No nos iremos de aquí hasta que se te haya pasado el empacho que dices que tienes.

- No pienso tumbarme ahora – Se negó en redondo.

Mercedes le miró cabreada, a punto de gritarle de nuevo. No hizo falta decírselo dos veces, el chico se levantó de su asiento y se mudó a la parte de atrás sin rechistar.

- ¿Sabes que estamos perdiendo un tiempo muy necesario, verdad? En breve oscurecerá y no podré conducir – se quejó.

- Me da igual, harás lo que yo te diga. Ya es hora de que alguien te cuide a ti y que no sea por una estúpida promesa – le dijo, pasándose ella también a la parte de atrás.

- ¿Qué crees que haces? – le preguntó, asustado.

- Arroparte – le dijo.

- ¿Arroparme? No soy un crío, por Dios Santo – le respondió alucinado.

- ¿No? ¿Y por qué te quejas tanto? Túmbate, no volveré a repetírtelo – le dijo, empujándolo suavemente.

- ¡Oh Dios! Dime qué hice yo para merecer esto.

- Calla y duerme – le dijo ella, mientras lo tapaba con las mantas.

- No será esto otra de tus jugarretas, ¿verdad? Si cierro los ojos, ¿me prometes que cuando vuelva a abrirlos no te habrás ido?

- No pienso moverme de aquí, Sam – le tranquilizó, mostrándole su hermosa sonrisa.

- Perfecto – le respondió él, cerrándolos.

Cuando los abrió de nuevo, seguía acostado en su cama, pero ya no estaba solo. Mercedes se encontraba tumbada a su lado por encima de las mantas mientras le cogía de su mano izquierda. Se había tumbado en su cama cuando él mismo le había dicho que no lo hiciese, pero Sam no podía enfadarse por ello, pues deseaba enormemente que ella lo hiciese. Su mano acarició sus dedos mientras la observaba dormir tranquila.

Su teléfono móvil empezó a sonar, sacándoselo del bolsillo con rapidez mientras soltaba su mano con cuidado para que no se despertase. Se levantó ligeramente de la cama, enderezándose rápidamente y descolgándolo.

- Evans.

- ¡¿Dónde coño estás? – se oyó gritar al otro lado de la línea.

- ¿Henry?

- ¡Por supuesto que soy yo! Henry, tu jefe, ¿recuerdas? ¿Dónde coño te has metido, Sam?

- Baja la voz, Henry. Me van a explotar los tímpanos – susurró el chico tratando de no hacer ruido que la despertase.

- Estás despedido, Sam – le dijo su jefe, serio.

- ¿Qué? ¿Por qué?

- ¿Qué ha pasado con el encargo de Portsmouth? Tenía que haber llegado ayer a su destino.

¡Oh Dios! No, puede ser. ¡Mierda! ¿Cómo coño he podido olvidarme de ello?

- Quizás es buena idea que me despidas, Henry. Siempre he querido trabajar para tu hermano, y él siempre me ha ofrecido trabajo.

- No puedes trabajar para mi hermano – le dijo el hombre, furioso.

- ¿Por qué no? ¿Me has despedido, no? – Sam esbozó una sonrisa de victoria en su rostro.

- Pues te contrato de nuevo. Eres el mejor de mis trabajadores, Sam.

- Eso ya lo sé – dijo él con chulería.

- Pero fallaste en esta entrega – El hombre guardó silencio durante unos segundos que a Sam le parecieron eternos – Jamás habías hecho tal cosa.

- He tenido complicaciones, Henry. Pero te juro que mañana a primera hora tendrás el encargo en su lugar de destino – le dijo el chico, viendo como Mercedes se revolvía en su cama, temblando de frío.

- ¿Piensas conducir de noche?

- Si hace falta, sí. ¿Qué hora es?

- Por Dios Santo, Sam. ¡Ni siquiera sabes en que hora vives! Son las once de la noche. ¿Dónde coño estás?

- Cerca de Louisville.

- ¡¿Se puede saber que cojones haces en Louisville? ¡Da la vuelta ahora mismo! Necesito que esa carga llegue mañana a Portsmouth a primera hora.

- No te preocupes, la tendrás allí – El chico suspiró profundamente – Henry...

- ¿Qué pasa ahora?

- Cuando entregue la carga, me consideraré libre durante unas semanas. Sabes que me debes vacaciones.

- Creí que habías renunciado a ellas, chico.

- Ahora las necesito, Henry.

- Tú deja la mercancía de una pieza y considéralo hecho – oyó decir a su jefe antes de colgar.

Sam también colgó, guardándose el móvil en su bolsillo y girándose lentamente para no despertarla.

Su cuerpo buscó el de la chica queriendo abrazarla, sin permitírselo. Agarró las mantas que antes lo habían cobijado a él, y la tapó con ellas, haciendo que Mercedes dejase de temblar durante unos segundos. Su mano quiso acariciar sus facciones, a la vez que buscaba su pelo rizado para jugar con él. Pero no lo hizo, sostuvo su mano a cinco milímetros de sus mejillas, bajándola suavemente por su rostro sin llegar a tocarla. Cerrándola después en un puño, que llevó a su corazón.

Duerme.

Se levantó con cuidado, saliendo del camión y cerrándolo con llave.

Tenía el tiempo contado, pero necesitaba ir al baño y tomar un café antes de volver de nuevo a la carretera. Su estómago no estaba todavía en perfecto estado, pero al menos lo dejaba andar. Serían muchas horas al volante y necesitaba tener todos los sentidos puestos en la carretera, así que le rogaba a Dios que ella no se despertase hasta la mañana siguiente. Si lo hacía, corría el peligro de que él olvidase de nuevo cuáles eran sus obligaciones. Necesitaba llegar a Portsmouth.

Finalmente, quince minutos después, Sam se subía al camión y encendía el motor sin demora. Dando la vuelta antes de llegar a Louisville y partiendo rumbo hacia Georgetown, donde tomaría por fin el desvío a Portsmouth, llegando en unas cinco horas.


Mercedes no pudo evitar despertarse ante los constantes ruidos que se escuchaban en la parte trasera del camión. ¿Lo estaban desvalijando? Se levantó rápidamente viendo donde estaba acostada, notando que Sam no estaba allí con ella.

¿Dónde estaba?

Deprisa, se pasó a la parte delantera, mirando la hora en el reloj del camión. ¡Las seis de la mañana! ¡Dios mío! ¿Cómo había podido dormir tanto?

Se miró en el espejo, viendo la pinta deprimente que tenía y se intentó arreglar el pelo, pero era imposible. El pobre pedía a gritos un lavado, y ella también, de paso.

Pero se conformaría con poder lavarse un poco la cara para despejarse y seguir adelante.

Sus ojos enfocaron el espejo retrovisor izquierdo, viendo como Sam, fuera del camión, hablaba con unos hombres en lo que parecía un almacén. Rápida, se bajó del camión, andando hacia donde ellos estaban.

- Buenos días – le dijo él, con una sonrisa.

- ¿Dónde estamos? – le preguntó, preocupada.

- En Portsmouth.

- ¿En Portsmouth? – Mercedes abrió los ojos como platos – Pero si nos dirigíamos hacia Louisville – le dijo, sorprendida.

- Hemos hecho un pequeño desvío – le dijo él, divertido.

- ¿Pequeño, eh? – Mercedes rompió a reír, mientras veía como los hombres descargaban la mercancía del camión y la metían en el almacén.

- ¿Qué son? – preguntó, curiosa.

- Gradas para la pista de patinaje – le informó él.

- ¡Guau!

La chica permaneció atenta a la descarga, mientras los hombres subían y bajaban los palés con la mercancía.

- ¿Por qué no me despertaste? – le preguntó, haciendo que Sam dejase por un momento de controlar la descarga y la mirase.

- Para que no me molestases durante el viaje – le dijo él, encogiendo los hombros.

- Pero he dormido en tu cama – Uno de los hombres que traía el traspalé vacío se los quedó mirando, extrañado. Provocando que Sam le hiciese una seña para que no perdiese el tiempo mientras volvía a centrar su vista en ella.

- Era eso o aguantarte durante todo el viaje. Tuve que elegir – le respondió, levantando los brazos y dando una palmada en el aire.

- Entonces, ¿me dejarás dormir en ella?

- No – le dijo, serio.

Mercedes volvió a mostrarle su hermosa sonrisa.

- Es mi cama – le dijo él, recalcando el mi.

- Me asusta tu sentido de la propiedad. Ya me has regalado la chaqueta, ¿Qué te hace pensar que no conseguiré la cama también?

Te daría la luna y las estrellas también, si me lo pidieses.

- ¡Listo! – le oyó decir a uno de los hombres.

Sam se giró, acercándole los papeles que tenía que firmarle, mientras veía como ella los observaba curiosa.

- ¿Está todo, no? – le preguntó el hombre.

Sam asintió con la cabeza, doblando los papeles y guardándose el bolígrafo en el bolsillo de la camisa que se había puesto antes de salir del camión.

- Necesito ir al baño – le dijo Mercedes, cuando él había vuelto a su lado – Estoy horrible.

Estás preciosa.

- Ahora vamos. Déjame guardar esto en el camión y moverlo al aparcamiento delantero del centro comercial.

- Vale – le respondió ella.

Le siguió hasta la cabina del camión y él abrió su puerta para ayudarla a subir, luego, se subió él, guardando los papeles en la guantera haciendo que ella apartase sus piernas para que no las rozase.

- Vamos allá – dijo él, introduciendo la llave en el contacto.

- Estoy impaciente – le dijo ella, sonriente.

- Cierto, necesitas ir al baño para arreglar el estropicio.

Contrario a lo que había pensado, la chica no se molestó por su comentario, de hecho le dedicó una sonrisa de aprobación antes de responderle.

- Exacto, chico. Arranca de una vez.

Sam hizo lo que ella le había mandado, moviendo el camión hacia la parte delantera en cuestión de escasos minutos. Bajaron de él, entrando en el centro comercial de Portsmouth, directos a los aseos.

Mercedes entró corriendo sin fijarse en si él también entraba en el de hombres o se quedaba fuera. Lo único que le importaba en ese momento era ir al servicio y refrescarse un poco la cara, mientras trataba de arreglar su aspecto de alguna forma.

No podía creerse aún la suerte que había tenido al encontrarse con él en la carretera aquel día. La semana había pasado tan rápido... ¡Se habían conocido un lunes y ya era jueves! Y el jueves de la semana siguiente sería Acción de Gracias, para ese entonces él tendría que haber llegado a Tennessee para su cena familiar y ella seguiría su camino sola hacia Alabama.

La chica observó durante unos segundos su reflejo en el espejo, pensando realmente si ir a Alabama era lo que quería en ese momento. Sabía que le echaría de menos, no podía evitarlo. Sam se le había metido poco a poco en la cabeza, hasta el punto de preocuparse por él casi las veinticuatro horas del día. ¿Y cómo no hacerlo? Si el pobre era un desastre andante. Se había asustado el día anterior al verlo tan mal, pero a pesar de que ella se había empeñado en llevarlo a un hospital, él se había negado rotundamente, haciendo que ella le obligase a tumbarse y descansar. Porque además de un desastre, Sam Evans era terco a más no poder. Y sí, le echaría de menos cuando ya no estuviese con él. Le echaría muchísimo de menos, ya no tendría de quién burlarse, ya no tendría a quién gritarle. Mercedes Jones ya no tendría a nadie. Volvería a estar sola.

No lloraría. No se permitiría llorar de nuevo, como había hecho el martes al abandonar el Rolly Burguer sin haberse despedido, directa al Rouge Bar. Ese día no había llorado por dejarle atrás, ese día, había llorado por tomar la decisión más difícil de su vida. No tenía nadie a quién recurrir, nadie que la ayudase. No tenía dinero, ni pertenencias más que el anillo de su madre. Había estado a punto de venderlo, pero finalmente no había podido. Había preferido venderse a sí misma antes que hacerlo. Y en el último momento, un ángel había llegado para salvarla del cruel destino que ella misma se había impuesto. Un terco y desastroso ángel.

Se miró al espejo, observando la sonrisa tonta que se le había formado en sus labios. Era por él. Era una sonrisa de gratitud.

¿Qué haría cuando él desapareciese para siempre de su vida? Mercedes negó con la cabeza. No era tiempo de preocuparse por ello, todavía quedaba una semana que poder compartir con él. Haría que valiese la pena. Ahorraría el dinero que él pudiese darle y antes de marcharse de su vida, le regalaría algo que hiciese que Sam nunca se olvidase de ella.

Cinco minutos más tarde, Mercedes salió del baño de chicas, preguntándose si él estaría todavía en el de hombres o ya la estaría esperando fuera.

No tardó mucho en descubrirlo, pues Sam la esperaba ya apoyado en la pared de enfrente, con los brazos cruzados sobre su pecho y el pelo mojado, dejándole gotas encima de la camisa de cuadros roja y azul que llevaba.

Mercedes le miró con envidia, al ver lo rápido que él se había repuesto de sus horas de sueño y el buen aspecto que tenía, al contrario que ella que a pesar de haberse refrescado seguía teniendo el mismo aspecto que el de hacía media hora.

- Vamos – le dijo él, empezando a andar delante de ella.

Ella le siguió, unos pasos detrás. Como si fuesen totales desconocidos que no se hubiesen visto en su vida.

Sin embargo, la situación cambió rápidamente, Sam vio como Mercedes le adelantaba corriendo directa a un lugar del centro comercial, haciendo que él corriese detrás de ella como si sintiese que jamás volvería a verla.

- ¡Espera! – La detuvo, agarrándola fuertemente del brazo - ¿A dónde te crees que vas?

- ¡Mira! – Le señaló con su dedo índice un pequeño e improvisado teatro infantil - ¡Marionetas! ¡Vamos!

Diciendo esto, le agarró de la mano tirando de él, hacia donde se encontraba ya todo el gentío viendo la representación.

- Mercedes... – se quejó él, viendo que la chica pretendía ponerse delante de todo el mundo.

- Sígueme, vamos – le pidió ella, con una sonrisa capaz de matarlo de amor.

Te seguiría hasta el fin del mundo, bonita.

- ¡Vamos, Sam! – le gritó ella de nuevo, sacándolo del trance y tirando de su mano.

- Ya voy, ya voy – protestó el chico, mientras ella se abría paso entre el tumulto de gente.

Tal y como había temido, la chica se puso delante de todos para poder ver mejor el teatro de marionetas, colocando a Sam a su lado, sin soltarle la mano en ningún momento.

El chico la observó con una sonrisa en su rostro, viendo como ella miraba emocionada la representación de la película Titanic. Luchando por no mover su mano, ni hacer ningún gesto brusco que hiciese que ella se diese cuenta de que su mano todavía seguía aferrada a la de él. No quería soltarla y no quería que ella le soltase.

El telón se abrió de nuevo, saliendo Jack y Rose a escena, haciendo que Mercedes buscase su mirada y le sonriese, mientras acariciaba la mano del chico con sus dedos.

Rápidamente, la chica volvía su atención al escenario, mientras él llenaba sus pulmones de aire y respiraba profundamente, sin dejar de mirarla.

¡Era el único espectador que no miraba la representación!

Al darse cuenta de ello, el chico enrojeció como un tomate, deseando que no se notase demasiado. Y sus manos empezaron a sudar.

- Mira, Rose. Que chica tan bonita nos visita hoy entre el público.

Mercedes le sonrió divertida a la marioneta, haciendo que Sam se relajase un poco.

- ¿Qué pasa, Jack? ¿Quieres pintarla también a ella? – dijo la marioneta Rose, cabreada.

- No te pongas celosa, cariño. Ella ya tiene quien la pinte.

La chica le lanzó una mirada a Sam, haciendo que la vergüenza volviese de nuevo a él.

- Cierto. Y es un chico muy guapo, Jack. Le tengo envidia.

- Beyoncé no se queda atrás, Rose – le respondió Jack, divertido.

Todo sucedió muy deprisa.

Mercedes se soltó de la mano de Sam en cuestión de segundos, saliendo de allí sin perder tiempo. Corriendo sin detenerse a mirar atrás, mientras oía como la marioneta Rose lo reprendía por haberla asustado.

Sam tardó en reaccionar, pero una vez repuesto del shock inicial, corrió tanto como sus piernas se lo permitían, en su busca.

La chica corría hacia los baños de nuevo, así que él aceleró la carrera impidiendo que entrase dentro.

- ¡Mercedes, espera! – le gritó, consiguiendo agarrarla del brazo.

- No – le dijo la chica, apunto de echarse a llorar.

Sam la atrajo deprisa hacia sí, antes de que ella lograse soltarse y pudiese entrar en el baño. Y la abrazó con fuerza, rodeándola con sus fuertes brazos mientras notaba como ella empezaba a llorar sobre su pecho.

El chico suspiró, al poder acariciarla por fin sin que significase nada, y la apretó más fuerte aún mientras Mercedes trataba de separarse sin conseguirlo.

- Chsss – la calmó.

Mercedes se rindió ante su abrazo, cruzando sus manos en la espalda de él, mientras dejaba que sus ojos liberasen todas las lágrimas que llevaba guardadas durante tanto tiempo en su interior.

- Todo eso ha pasado, Mercedes – le susurró el chico – Estoy aquí contigo.

Sam acarició su pelo suavemente con su mano derecha mientras la izquierda seguía aferrada a su cintura. Ella no dejaba de llorar, ni siquiera sus palabras de consuelo habían conseguido que sus lloros cesasen. Necesitaba sacarlo todo de dentro. Necesitaba arrancarlo de su interior para seguir adelante.

Mercedes se separó ligeramente, secándose las lágrimas con sus dedos, y le miró a los ojos, tratando de reunir el valor para hablarle, pero él fue quien lo hizo.

- Sé que te pusiste ese nombre en el Rouge Bar.

Ella al oírlo, bajó la cabeza avergonzada. Pero el dedo índice de Sam se la sostuvo, obligándola a que le mirase mientras las manos de la chica todavía rodeaban su espalda.

- Olvídalo, ¿si? Olvida todo lo que sucedió esa noche, por favor – le suplicó él, atreviéndose a secar una de las lágrimas que se resistía a separarse de las otras.

- Todo no, Sam.

Él la miró sin comprender, que era lo que trataba de decirle.

- Nunca podré olvidar lo que hiciste por mí. Aunque fuese por cumplir tu promesa... – Mercedes suspiró profundamente, cerrando sus ojos durante unos segundos – Nunca olvidaré que regresaste a por mí.

Dios mío, no. No dejes que me enamore de ella. Te lo suplico.

- Vayámonos de aquí – le dijo él, separándose rápidamente, antes de que Mercedes se diese cuenta de que ella no era la única que tenía ganas de llorar.

- ¿Adonde? – le preguntó ella, notando como la mano de Sam, volvía a unirse a la suya.

- A la carretera, Mercedes. Allí es donde pertenecemos.

La chica asintió con la cabeza, mientras secaba sus lágrimas con su dedo índice y se aferraba con fuerza a su mano para no derrumbarse de nuevo. Era un ángel. Un ángel terco y desastroso. Y además olvidadizo, porque la chica se había dado cuenta de que Samuel Evans, por segundo día consecutivo, se había olvidado de desayunar.


Y hasta aquí el capítulo 3. Recordad que he desactivado el botón que impedía dejar reviews anónimos, así que todos los que querías dejar uno, estáis invitados. Espero que os hay gustado ^^

Nuevamente, la canción es del grupo La Guardia: "Te Seguiré". Hasta el próximo domingo! :D