Capítulo 3
El Guardapelo de Slytherin
En el patio de aquella casa de particular disposición estaba una pareja sentada en una mecedora doble, abrigados con una manta de rayas que les protegía de la fresca brisa. Parecían encerrados en su propio mundo: un mundo para dos. No querían recordar que una cruda guerra se cernía a su alrededor; ni que ella había sido presa de una maldición desconocida de la que ni siquiera sabían a ciencia cierta si tendría o no consecuencias. Él la abrazaba protectoramente, quería refugiarla del mundo y sus males; la amaba más que a nadie y no podía siquiera imaginar el perderla. Entendía cómo se sentía, habían sido muchos los riesgos que habían corrido y alto el precio pagado por obtener ese horrorcrux: habían tenido tres bajas y varios heridos incluida ella. Y al final de los finales había sido en vano porque el guardapelo que estaba tan bien resguardado era falso, no era el auténtico Guardapelo de Slytherin.
Entre tantas cosas que habían sucedido necesitaban algo que les devolviera la fe, y encontrar uno de esos malditos artefactos sería indudablemente una inyección de vitalidad para el bando de la luz, una esperanza de que las cosas pudieran salir bien para ellos. Pero este revés les había dejado un mal sabor de boca. En especial a ella, que había tomado lo de su convalecencia lo mejor posible solo por creer que el sacrificio había valido la pena, por tener un horrorcrux en mano. Nadie lo había tomado muy bien, pero su mirada desvalida había hecho a su corazón estrujarse.
- Amor, sabes que a pesar de todo esto, tarde o temprano las cosas estarán a nuestro favor – dije mirándola mientras la sostenía entre mis brazos.
- Sí, lo sé. Solo que es difícil no sentirse perdida – dijo volteando levemente su rostro para mirarme.
- Nunca estaremos perdidos, porque nos tenemos unos a los otros – besé su sien – Y sin importar cuan feas se pongan las cosas, lucharemos hasta el final – quería transmitirle un poco de esperanza.
- Mientras tú estés a mi lado, todo esfuerzo vale la pena – dijo ella suavemente, sin mirarme, pero no hacía falta.
Seguimos abrazados un rato más, lo necesitábamos. Dispersos por la casa los demás también estaban buscando consuelo de alguna manera: Ron, Harry y Ginny estaban hablando de Quidditch en el patio delantero, Fleur y Molly discutían sobre algún platillo nuevo en un rincón del comedor. Tonks y Remus estaban igual que nosotros en una tumbona un poco alejada. Y los demás veían una película; desde que Arthur había traído un televisor y un DVD modificados mágicamente a la Madriguera, la caja los había hipnotizado, no perdían oportunidad de ver películas que generalmente eran recomendadas por Harry o Hermione.
- Amor, ¿quieres ir a ver la película? – le pregunté después de un rato mirando a la nada.
- No, la verdad no. Porque mejor no aprovechamos que todos están ocupados en sus asuntos y nos vamos a la habitación – dijo sugerentemente mi novia.
- Mi recatada novia me está haciendo una propuesta indecente, ¿o lo imaginé? – susurré en su oído mientras lo acariciaba con mis labios.
- Tu recatada novia te propuso ir a la habitación, que tu imagines cosas, es diferente. Eso solo habla de tu forma de interpretar lo que yo te digo – dijo lo más seriamente que pudo, pero mis caricias tenían efectos. Vaya que los tenían.
- Bueno, entonces rectifico: Es tu novio que no es nada recatado el que te hace una propuesta indecente, ¿aceptas?
En respuesta Hermione se meció suavemente sobre mis caderas, ni que decir de mi inmediata reacción. Nos levantamos y entramos lo más discretamente posibles, y como dije: todos estaban encerrados en sus propias actividades y ni siquiera nos miraron. Llegamos a la habitación casi corriendo y una vez que cerramos la puerta, nos olvidamos de guerras, de horrorcruxes y de todo lo que no fuera nosotros.
La tomé de los hombros y miré sus ojos perdiéndome en ellos, nos acercamos lentamente y tomé sus labios entre los míos con hambre, la amaba tan intensamente que era una necesidad física tenerla junto a mí.
La desvestí lentamente, solté suave y pausadamente cada botón de su blusa hasta que la retiré totalmente, su pantalón desapareció con la misma suavidad y aunque mis ansias eran muchas hoy más que nunca necesitaba ser lento, demostrarle cuanto la amaba y que siempre estaría junto a ella. Una vez que ella estuvo en ropa interior fue mi turno, me desvestí hasta quedar totalmente desnudo con mucha más prisa que la que había utilizado en ella. Con dulzura y entre besos la conduje a la cama. Besé sus hombros y retiré cada tira, ubiqué el broche en la parte delantera y quité su sostén, acaricié sus senos reverentemente con mis manos y con mis labios, succioné sus pezones dándole placer y concediéndomelo a mí, quería que ella disfrutara y a juzgar por su cara y sus gemidos estaba haciéndolo y mucho.
Retiré la parte inferior de su ropa interior y mi miembro que estaba más que dispuesto casi saltó de alegría, me cercioré de que estaba lista para recibirme. Por esta noche ya no jugaría más, ambos nos necesitábamos. Uní nuestras partes íntimas y fue el cielo, aún no había llegado a la penetración pero era una sensación maravillosa sentir su piel ardiente rozar mi zona, después de unas pocas caricias más, tomé mi miembro y lo conduje a su interior, nos acoplamos como cada vez que estábamos juntos. Éramos una combinación perfecta, nuestros cuerpos juntos cantaban una melodía única. Después de un tiempo y unos cuantos movimientos, en perfecta sincronía alcanzamos el clímax, abrazados el uno al otro, sin separarnos ni un milímetro. Rodamos hasta quedar ella encima de mí, la abracé y besé su frente. Ella me miró con su cara aun resplandeciente por el placer vivido y me dijo:
- Te amo Draco Malfoy, con todo lo que tengo y te ofrezco lo que soy.
- Yo te amo Hermione Granger, más allá de la vida o la muerte, simplemente te amo.
Sin necesidad de decir nada más nos quedamos dormidos, pegados el uno al otro y así recibimos al nuevo día.
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Después de la maravillosa noche que había pasado con Draco, había despertado con nuevas esperanzas, yo sabía que a lo largo de esta guerra muchas cosas nos saldrían mal, perderíamos a muchos y tendríamos que ser más fuertes que nunca en esos momentos donde las fuerzas parecían abandonarnos. Pero mientras tomaba mi jugo, busqué con la mirada a mi novio y estaba jugando y riendo animadamente con Fred y George. Esa simple imagen fue una revelación para mí: las cosas cambiaban y en nuestro caso, sería para bien.
