La niña de mis ojos

Por TokioCristal


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RECUERDO

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Una sombra ancha y oscura descansaba en la húmeda tierra, perteneciente a un chico solitario, aquel que siempre llevaba consigo una mirada llena de nada y su cabeza gacha al caminar. Todavía era muy joven; su edad no sobrepasaba los dieciséis años pero la tristeza que sucumbía en su corazón lo hacia sentirse viejo, sin fuerzas, sin ganas de seguir adelante.

Desde la fecha, comenzando desde seis años atrás, se paraba enfrente de la misma tumba y lloraba en silencio. No había día que no hiciera tributo a su recuerdo con la memoria. Los extrañaba desde aquel accidente fatal en donde les costó la vida. Se sentía solo, desprotegido, ya nadie se preocupaba por él como lo hacían ellos… su única y verdadera familia.

—Mamá, papá… —susurró en un pequeño sollozó, intentando ocultar, y al mismo tiempo limpiar, las lágrimas que bajaban por su rostro. La respiración de alguien a su lado lo asustó, virando el rostro para ver a una pequeña niña a su lado.

—¿Por qué lloras? —le preguntó tomándolo de la mano.

Su rostro estaba tatuado de nada, lo único que podía ver eran sus ojos, un par de ojos hermosamente pintados de un atrayente barniz azul zafiro. Había algo en ellos, algo indescriptible, algo sobrenatural, que alertaba sus cinco sentidos. Esa niña era especial. Su manera de mirarlo era atrayente e hipnotizante, que ni al parpadear se perdía esa mágica esencia.

Era ese mirar tan lleno de vida y juventud que tanto le faltaba a él…

El chico se quedó estático al sentir que sus ojos se estaban reflejando en los suyos sin ningún tipo de vergüenza. Trató de articular alguna palabra, saltando con la primera duda que viajó por su mente

—¿Qué haces caminando sola aquí por estas horas?

—Vine a acompañar a mi madre pero me he escapado de su lado —respondió la picardía típica de una niña de su edad—. Es que hoy mi abuela cumple seis años desde su fallecimiento y he aprovechado, que mi madre estaba distraída, para ir a buscar de estas —dijo mostrándole un pequeño ramo de rosas rojas que escondía detrás de su espalda.

—¿De dónde las has sacado? —interrogó alertado de que esa pequeña las hubiera hurtado de otra tumba.

—Ahhh —se hizo la desentendida—, es un secreto —replicó orgullosa de tener uno—. Como estas eran las favoritas de mi abuela… —sacó una para obsequiársela—, también pueden ser las favoritas de la tuya —se la entregó sutilmente a Darien.

El pequeño dudó unos segundos y aceptándola tímidamente, musitó:

—Gracias…

—De nada —le correspondió con una gran sonrisa—. Mi mamá me dijo que acá descansan los abuelos que van al cielo, supongo que tú también has venido a visitar al tuyo…

—Si… —asintió tristemente, aunque no fuera su abuela la que realmente había ido a visitar.

—Bueno me tengo que ir, mi mamá me debe estar buscando —se dio la vuelta echándose a correr mientras alzaba la mano en son de despedida—. ¡Nos vemos luego!

—¡Espera!, ¿cómo te llamas? —preguntó corriendo hacia ella.

—Mi nombre es…

Darien se encontró sentado encima de su cama, traspirando, con la respiración agitada. Trató de mantener la calma buscando asimilar, por unos segundos, todo lo que había pasado. Otra vez. Otra maldita vez se volvía a colar por su mente ese recuerdo…

—No de nuevo… —manifestó frustrado llevando sus manos a su rostro.

Desde hacía un mes que no conseguía paz interior. Su estado mental como físico estaba en peligro si continuaba de esa forma. Antes sus sueños estaban colmados por una simple fantasía, una mujer. No sabía quién era ni dónde había salido... pero al cerrar sus ojos podía imaginarla.

De cabellos largos, sueltos y dorados, con enormes ojos pintados de azu- ¿azul?... ¡Si!, ¡Ya recordaba donde los había visto!, ¡eran los mismos que mantenían la niña sin rostro en su recuerdo! Pero…. ¿qué significaba eso? Esa niña que no lograba recordar del todo, que solamente su mirada se mantenía en él, estaba comenzando a tomar forma…

Meneando su cabeza para intentar ahuyentar los malos pensamientos, viró su cabeza hacia la mesita de luz. Quería distraerse en otra cosa antes de levantarse con el pie equivocado. Ya casi eran las seis y sabía muy bien que no podría volver a conciliar el sueño. Levantándose con paso pesado de su cama, estiró su cuerpo, encaminando sus pasos hasta la puerta del baño. Sería mejor tomar una ducha rápida para despejarse de tanto ajetreo…


Un grupo de alumnas lo saludaron al llegar al colegio. Las recibió cordialmente como de costumbre –a veces le incomodaba la atención que recibía- pero hoy no podía quedarse con ellas a hablar.

Llegó al salón de profesores y se sentó en su lugar. Inmediatamente después las miradas de los demás profesores se posaron sobre él.

—¿Sucede algo? —preguntó algo nervioso—. ¿Qué hice?

—Oh, nuestro querido Darien Chiba… —dijo la directora con una sonrisa bien fingida—. ¡Qué gusto qué hayas llegado tan rápido!

—De nada pero… ¿rápido para qué? —cuestionó.

Los demás se miraron de manera cómplice y sonrieron maliciosamente, mientras Rin decía:

—Para saber que has sido elegido para… —todos comenzaron a aplaudir—. ¡Hacer el show de despedida antes de la semana de vacaciones de invierno!

—Pe-pe-pero… —trató de explicarse y negar la propuesta pero fue interrumpido.

—No digas nada, ya sé que solo tienes cuatro semanas para eso pero tú, Darien, eres un pan de dios… —todos pusieron cara de emocionados y se acercaron más a él rodeándolo—. Sé que podrás hacerlo solo. Si necesitas ayuda… —pausó un momento—, no cuentes con nosotros, estaremos muy ocupados —luego cada uno se fue del salón dándole sus condolencias a Darien.

—¿Y ahora que hago? —susurró entre el silencio—. Yo no puedo estar metiéndome en estas cosas, tengo que estar de lleno este mes estudiando para mi examen de medicina…

En casi toda la clase había estado muy callado, ni siquiera regañó a Serena por llegar quince minutos más tarde dejando a la chica algo trastornada y confundida por su actitud. Sólo les había puesto un trabajo para hacer individualmente, los cuales pensaba recoger cuando terminara la hora.

Por su mente pasaban varias cosas y la única que le prestaba atención era su alumna más irresponsable…

"Pobre hombre… —pensó entre un largo suspiró—, bueno, al menos no se le dio por pasar a buscar los trabajos y entregar los exámenes"

—Saben chicos voy a entregarles los exámenes —dijo al final con decisión mientras Serena gruñía—. ¿Qué le pasa señorita Tsukino?, ¿tiene caries en los dientes que tanto los aprieta? —todos se pusieron a reír ante la mirada avergonzada de Serena.

—No profesor…

—Bueno, pasen los trabajos para adelante, ya les di demasiado tiempo…

—¡No! —gritó la rubia agarrando su hoja fuertemente entre sus manos—. ¡Usted dijo que era hasta que tocara el timbre! —trató de defenderse ya que no había hecho nada al estar viéndolo todo el día.

—Falta diez minutos para que toque y prefiero utilizarlos en repartir los exámenes…

Darien se acercó hasta ella y extendió su mano para que le diera la hoja. Serena le miró la mano y luego subió su mirada hasta sus ojos, puso cara de puchero y negó con la cabeza.

—Es mía… —sacó su labio inferior y empezó a hacer berrinche.

—No, esa hoja es mía…—articuló cruzando los brazos.

—Mía… —sacó la lengua y la apartó más de él.

—No, Tsukino, es mía… —manifestó de forma aburrida, comenzando a cansarse de la paciencia que mantenía ante ella.

—Profesor no sea rata, que la hoja es mía.

—Rata será usted que anda robándole hojas a los docentes.

—Mentira, usted me la regalo.

—No es verdad, dije claramente que me devuelvan cuando toque el timbre.

—Está bien, cuando toque se la doy.

—No, me la tienes que dar ahora.

—¿Por qué? —protestó.

—Porque yo lo digo.

—No se la doy

—Sí me la das.

—No.

—Sí...

—No.

—Sí...

—N..

—¡Dale de una maldita vez la hoja! —exclamó media clase viendo cansados la tan poca productiva pelea que estaba efectuando la chica con el profesor.

Serena se la dio de mala gana y él la aceptó de la misma manera.

—Con razón no me la querías dar —susurró sólo para ella fijándose que la hoja estaba en blanco—. Así va a quedar tu promedio también… —luego sonrío y se fue hasta su escritorio—. Bien, si debo comentar sobre sus exámenes prefiero decir que no están tampoco tan bien ni tan mal —se levantó nuevamente después de agarrarlos y pasar por los asientos de cada alumno para entregárselos—. Muy bien Kelvin —dijo entregándoselo, luego paso al asiento de Serena—, muy mal Serena…

—Snif, snif… ¿un dos?…

—Sí, para que sepas se evalúa del uno al doce. Alégrate, por lo menos es mejor que un uno, pero peor que un tres… —se burló.

—¿Y qué le voy a decir a mi mamá?

—Lo que le vas a decir te lo digo después de clase por ahora confórmate con el "hubieras estudiado" —susurró de modo cómplice inclinándose hacia ella para luego volver a su lugar y sonrío amistosamente a toda la clase—. Alumnos… —todos los miraron, algunos con pena por sus notas y otros alegres—. ¿Saben cómo pueden mejorar?


Horas después Darien caminaba por el extenso patio del colegio con una gran sonrisa de seguridad en sus labios y su maletín colgándole por la espalda, sostenido por tan solo uno de sus dedos.

"Que ingenuos" —pensaba mientras seguía su trayecto hasta su auto.

Se sentía vigoroso, tenía en su poder a unos cuantos inocentes alumnos que, gracias a su inteligencia, los usaría para ahorrarse el trabajo de hacer esa fiestilla de invierno, aparte de que iba a cobrar un sueldito de más por eso. Darien había elegido diez chicas para organizar la fiesta a cambio de una nota buena.

Serena quiso ser organizadora pero no se lo permitió. Para ella tenia otra "sorpresita" que claramente se la iba a informar al otro día, ya que la muy mañosa hoy no le había dado tiempo de hablar al estar quejándose de sus horrendas notas. Obvio que él le había dado terrible sermón y la rezongó pero como ella no supo apreciar y escuchar sus palabras, no le quedaba otra que poner en marcha su último plan.

Ya iba a aprender a respetar; confiaba que ella podría hacerse relucir mucho más como alumna, claro, que si solamente cambiara lo perezoso por el estudio.

Con la confianza a mil iba acercándose hasta su auto. Pero antes de que lograra abrir la puerta del chofer una voz lo asustó haciéndolo saltar de la impresión

—Hola, profesor… —musitó Serena con una mirada sombría.

—¿Qué te sucede ahora?, ya te dije que mañana terminaremos de hablar sobre tus "excelentes" notas… —clarificó con ironía adentrándose a su auto.

—No vine a eso —sonrió por primera vez dulcemente ante él.

—¿Entonces a qué? —cuestionó.

No había nacido ayer para no darse cuanta de que algo tramaba.

—Es que —bajó la mirada avergonzada—, me gasté la plata para tomarme el bus a mi casa y pues me preguntaba si usted...

—Mi periodo de niñera terminó a las trece menos cuarto —replicó rápidamente.

—Pero… por favor alcánceme hasta mi casa, es que el otro día intentaron robarme —susurró tratando de dar lastima y ganándole en competencia a Pinocho—, y tengo miedo

—¿En serio?... —preguntó preocupado cayendo en su trampa.

Ella simplemente asintió y él se compadeció de su pobre, pero irrespetuosa, alumna.

—Está bien, sube, te llevaré.

El auto comenzó a tomar su rumbo tranquilamente. Serena intentaba a toda costa convencer a su profesor, "disimuladamente", de que la pusiera para hacer algo en el show de invierno. Él claramente no hubiera tenido problema de ponerla dentro pero no podía hacerlo por dos cosas: La primera era que ella debería estar ocupándose en otras cosas como estudiar de verdad. La segunda era que pensaba que con la ayuda de la querida Tsukino todo su plan se destruiría.

En sencillas palabras: desconfiaba de ella.

Al llegar al destino pensado, Darien suspiró totalmente aliviado de que no tuviera que escuchar los "por favor" de Serena. La chica también dio un largo suspiro pero de resignación, ya que había perdido la posibilidad de convencerlo para lo que ella quería.

Serena abrió la puerta del auto para irse y sin querer viró su rostro cuando Darien le iba a dar un beso de despedida en su mejilla. Solo terminó rozándole la comisura de los labios, sin darse cuenta.

Al separarse de ella, él le sonrío de una manera cómplice y dulce, Serena se ruborizó como una tonta y se despidió bajándose rápidamente.

—No te olvides de hacer los deberes de mañana —ella sólo asintió mientras se daba contra todo en su camino a la puerta.

Ese acontecimiento la había dejado muy nerviosa y atontada.

"Que extraña —pensó Darien—, no sé porque se puso así si solo le di un beso en su mejilla" —suspiró resignado.

No entendía nada, ni siquiera se había percatado de lo que casi hacía. Había sido un mínimo detalle en tan solo un periodo de un segundo por eso mismo él no se dio cuenta de ese "error", pero para Serena había sido mucho más de lo que parecía ser.


Por la noche, el automóvil de Darien se vio detenido en el estacionamiento frente a su apartamento. Su rostro mostraba signos de preocupación y enojo, mientras que su bella acompañante se mantenía callada, mirando con tristeza como él le apartaba la mirada.

—¿Por qué no me lo dijiste?... —preguntó, animándose a verla, con la urgente necesidad de saberlo, de justificar lo que sospechaba.

—Porque creí que tú… —dijo lentamente pero siendo interrumpida por él.

—¿No lo aceptaría?, ¿no te dejaría ir? —cuestionó desilusionado de la desconfianza de ella.

—Sí —asintió en un susurró—, Darien, por favor —suplicó al verlo bajar del auto.

Darien comenzó a hacerle compañía a la helada pero hermosamente despejada noche, mientras daba vueltas alrededor de su auto en modo de frustración, las cuales aprovechó para reflexionar lo tan dura que fue esa noticia para él y lo que seria su futuro después de esto.

La chica le siguió en las afueras mientras que él se apoyaba sobre la puerta del conductor del automóvil. Siguió su camino hasta allí y al instante que se puso a su lado sintió como unos brazos la aferraban a él protectoramente.

—Beryl —se animó a decir Darien, aunque inseguro por momentos, mientras veía a la mujer que descansaba en sus brazos dulcemente—, no importa cuanto tiempo transcurra yo... —apretó los labios, cambiando inmediatamente de idea— nada, olvídalo...

Ella derramó una lágrima solitaria. Darien siempre había sido así de callado y cerrado con Beryl. No comprendía el miedo, no comprendía del todo las emociones del muchacho.

—Mi Darien… —musitó encontrando el calor y el consuelo que solo Darien le podía entregar en el silencio.

Tres años llevaban casi cumplidos como novios, aunque originalmente se conocían desde la juventud. Crecieron siendo los mejores amigos, anduvieron con mil personas antes de llegar a esta unión definitiva, compartieron mil momentos de alegría y tristeza, y una cosa los unía fuera de todo esto… estaban solos en el mundo y ambos (o tan sólo Beryl…) tenían la fe y certeza de que lograrían formar su propia familia, ya que se tenían el uno al otro, bueno relativamente eso era lo que "creían." Mientras persistiera el "amor" que se tenían mutuamente todo continuaría como lo mantenían planeado...

Amor. Esa palabra resonaba constantemente dentro de la cabeza de Darien. Aunque no lo quisiera admitir, algo en él estaba cambiando, algo lo estaba distanciando de ella. Tenia miedo, miedo de lo que realmente fuera ello, de que le hiciera daño, un daño irreparable que lo haría sufrir demasiado. Sus pensamientos se estaban llenando de otra, de alguien que solamente una vez en su vida pudo conocer. Quería que ese recuerdo desapareciera por completo, no quería vivir encasillado en un sueño que nunca se cumpliría…


Serena se encontraba haciendo los últimos garabatos en la hoja de deberes. Desde hacía rato que había impuesto su atención totalmente en ello, aunque fuera muy extraño en ella, realmente quería mejorar. Al terminar sonrío con orgullo preguntándole a su nueva y reciente mascota:

—¿Crees que esté bien Luna?

El gatito solo maúllo tristemente mirando la luna llena en las afueras.

Ella se acercó hasta él y le preguntó:

—¿Qué te sucede?

—Miauuu —volvió a maullar pero esta vez más fuerte.

—Jajajaja, que graciosa —rió—, no te entendí nada —admitió sonriendo—, recuerda que Sammy odia a los gatos así que no se te ocurra ir a dormir donde lo de él —advirtió al final, acercándose a su cama mientras se estiraba dando un gran bostezo—. Hasta mañana.

Luna simplemente la miró por un corto periodo y volvió a maullar esta vez más fuerte…

—¡Miauuuuuuu! —pronto sintió como una almohada impactaba rudamente sobre ella y como los gritos enojados de Serena le ordenaban:

—¡Si vas a gritar así toda la noche, te vas a dormir donde lo de Sammy! —luego de la amenaza se volvió a acostar, envolviendo las sabanas más a su cuerpo y enrollándose como gusanito en la cama. Nunca entendería lo que verdaderamente le quería decir ese gato...

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CORREGIDO 01/06/2016