Esta historia pertenece a Vicki Lewis Thompson, los personajes son de Stephenie Meyer, yo solo la adapto y solo usare a la pareja principal ya que son los personajes que mas me gustan.


Capítulo 2

Aunque Edward les exigía a sus trabajadores que usaran orejeras mientras usaban la sierra, él no las soportaba, así que se las quitaba siempre que podía pasar sin ellas. Gracias a eso pudo oír a Carlos gritándole desde el suelo.

Apagó la sierra con el pulgar y miró hacia abajo.

—¿Qué pasa?

—La señorita quiere saber si te gustaría una botella de agua —dijo Carlos haciendo un gesto a su izquierda.

Edward se quitó las gafas de seguridad y las dejó colgando de su cuello mientras escudriñaba entre las ramas. Casi dejó caer la sierra. Era ella, la mujer del Miata rojo.

Su pelo rubio relucía a la luz del sol matinal. No sólo eso; se había quitado la chaqueta, y la visión de dos bellezas perfiladas bajo el elástico hizo que Edward tuviera que agarrarse a una rama para guardar el equilibrio. Ella levantó el rostro hacia él, entrecerrando los ojos al recibir la luz del sol.

—¡Bonito trabajo!

—¡Gracias! —respondió él. Bonito... Él sí que estaba contemplando lo más bonito que había visto en mucho tiempo.

—Pensé que tal vez te gustaría un poco de agua —sostuvo en alto una botella de plástico.

A Edward le vendría bien algo más que agua. Una ducha helada, por ejemplo, y no porque estuviera sudando. Para ser sincero, tenía que reconocer que la intensa atracción que sentía hacia ella era un poco embarazosa. A su edad debería haber superado esa clase de deseo por una chica guapa. Había visto muchas bellezas, e incluso bellezas desnudas. Aun así, estaba alucinado por aquella mujer en particular.

Tal vez hubiera sufrido un golpe de calor. En cualquier caso, se obligó a sí mismo a entablar una conversación normal en vez de hablar como un cavernícola, que era lo único que se le ocurría en ese momento.

—Sí, la verdad es que me vendría muy bien —dijo. No tenía por qué decirle que guardaba varias botellas de agua en la nevera de su furgoneta.

—Te la arrojaré —dijo ella.

—No, ya bajo yo —por el modo en que ella lo desconcentraba, no confiaba en su coordinación visual y muscular para agarrar la botella al vuelo. Y nada podría ser peor que fallar en eso.

Bueno, sí. Peor sería perder la botella y al mismo tiempo caerse del árbol. Además de arriesgarse a sufrir graves lesiones, destruiría su orgullo para siempre, por no hablar de las posibilidades de seducir a aquella mujer.

Dejó la sierra contra las ramas y, tras quitarse las gafas, se puso la camiseta y empezó el descenso.

Nunca había bajado de un árbol teniendo público, y aquella conciencia lo hizo moverse con inusual torpeza. En un momento dado su pie resbaló y a punto estuvo de caer. Se agarró con ambas manos a una rama y, durante un par de humillantes segundos, estuvo colgado antes de encontrar finalmente apoyo.

Podía imaginarse a Carlos y a Murphy riéndose por lo bajo mientras contemplaban su actuación estelar. Los dos sabían que tenía agua de sobra en la furgoneta. Lo sabían porque él siempre traía agua para todos. La deshidratación era un peligro muy serio cuando se trabajaba en el exterior en Arizona.

Pero él estaba dispuesto a hacer el tonto delante de ellos y a aceptar la botella de agua que le ofrecía una mujer a la que ansiaba conocer. Le habría gustado conocerla sin estar tan sudoroso, pero se colocaría a favor del viento y esperaría que ella no notase demasiado su olor.

Era ridículo perder una oportunidad de oro sólo por estar sudando. Si todo salía como él esperaba, los dos acabarían sudando juntos. Sí, podía ser difícil, pero aquella conexión era una clara señal del destino.

Llegó al suelo y se dirigió hacia ella, sin hacer caso de sus empleados. Si alguno de ellos aprovechaba el momento para ir a la furgoneta y sacar una botella de agua, se pasaría el resto del verano trabajando con fertilizantes.

—No pretendía interrumpir tu trabajo —dijo ella. Su voz era suave y aterciopelada. A él le gustó. Una voz aterciopelada significaba una naturaleza sensual.

—No pasa nada. Necesitaba un descanso de todos modos.

—Apuesto a que sí. Pareces muy acalorado.

«Y tú también, cariño», pensó él. Sus ojos eran de un azul asombroso; posiblemente llevara lentes de contacto. A él le encantaba el azul, aunque se preguntó cuál sería el verdadero color de sus ojos.

—Pero es un calor seco.

—Sí, claro —dijo ella. Se echó a reír y le tendió la botella—. Toma. Esto te ayudará.

—Me has salvado la vida —aceptó la botella, rozándole la mano con la suya. Pensó que aquélla era la idea. Sin duda ella le había llevado el agua para que pudieran tener un intercambio. Ciertamente, era un modo muy ingenioso de conocer a un hombre.

—Ésa soy yo —dijo ella—. Isabella la Socorrista.

—¿Isabella? —preguntó, desenroscando el tapón—. ¿Es una sola palabra o son iniciales?

—Una palabra.

—Encantando de conocerte, señorita Isabella la Socorrista. Yo soy Edward el Agradecido —vació la mitad de la botella en un largo trago. Además de tener mucha sed, aquello le daba tiempo para pensar. ¿Y si la invitaba a cenar? Sí, buena idea. Llevarla a cenar. ¿Aquella misma noche? ¿Tenía alguna cosa pendiente?

Maldición, sí que la tenía. Los Tin Tarántulas actuaban en un pequeño local del centro, y él había prometido que estaría allí. No le parecía muy apropiado para una primera cita llevar a una mujer al concierto de su hermano, así que mejor le pediría una cita para la noche siguiente. Aunque odiaba esperar tanto.

Tomó un último trago, bajó la botella y le sonrió.

—Muchas gracias.

—De nada.

—Escucha, a cambio del agua, ¿qué te parece si...?

—¿Cómo has subido al árbol sin nada? ¿No sería más seguro usar una grúa o algo así?

Obviamente, no la había impresionado con sus habilidades escaladoras.

—¿Lo dices porque casi me rompo la cabeza hace un minuto? Normalmente lo hago mucho mejor.

—Me has dado un susto de muerte, pero no lo decía por eso. A mí me parece muy peligroso estar en lo alto de un árbol con una sierra mecánica.

—Bueno, soy un profesional —aquello sonaba un poco retrógrado, así que sonrió y añadió—: Pero que no se te ocurra intentarlo, ¿eh?

—¡Pues claro que no! Sólo de verte ya me pongo nerviosa.

—No te preocupes. He pasado muchas horas en los árboles —dijo, pero el comentario de Isabella le había hecho pensar que seguramente trabajara en la oficina que había junto al árbol y que había estado observándolo desde la ventana. Aquello sí que era gratificante—. A veces uso una grúa hidráulica, para las palmeras y eucaliptos, pero para un gran mezquite como éste, con tantas ramas, prefiero meterme en el árbol para ver la forma que necesita.

—Oh —desvió la mirada hacia el mezquite—. Supongo que es un trabajo más complicado de lo que pensé.

—Créeme, es mucho más complicado de lo que yo mismo pensé al empezar —no quería hablar de su trabajo. Quería hablar de una posible cita al día siguiente—. Escucha, ¿te...?

—¿Por casualidad estás libre para cenar esta noche?

Oh, no. Se le había adelantado.

—Esta noche, no, pero mañana sí. Me encantaría.

Ella dudó un momento.

—Bueno, mañana por la noche tengo que... hacer una cosa. Tal vez pasado mañana... No, espera. Hay...

—Un momento —la interrumpió él. Podía ver que el ambiente se estaba enfriando, y eso era lo último que quería—. Deja que te diga lo que tengo que hacer esta noche. Tal vez quieras acompañarme.

—De acuerdo —dijo ella, un poco recelosa—. ¿De qué se trata?

—Mi hermano pequeño tiene un grupo de rock, y esta noche van a tocar en el Cactus Club. No es exactamente mi música favorita, está dirigida más bien a un público juvenil, pero es una actuación muy importante para ellos y quiero darles mi apoyo como les prometí.

En vez de poner una mueca de desagrado, Isabella pareció repentinamente interesada.

—¿Cómo se llama el grupo?

—Los Tin Tarántulas. Seguro que no has oído hablar de ellos.

—¡Al contrario! Los oía tocar cuando estaba en la... eh... en una ocasión en la que me pasé por la universidad el año pasado. Fue un concierto al aire libre. Yo... los chicos de la residencia estaban encantados con su música —se echó el pelo hacia atrás con ambas manos, un gesto que alzó sus pechos bajo el top elástico—. No me importaría ir a verlos si es eso lo que estás pidiendo.

—Eso es lo que pido —tuvo cuidado de no bajar la mirada y se concentró en sus ojos—. Podemos cenar antes, por supuesto, pero tengo que estar en el Cactus Club a las nueve. Colin espera mi presencia.

—Descuida —dijo ella sonriendo—. Y no olvides que he sido yo quien te ha invitado a cenar. Así soy.

—De acuerdo —estaba tan atrapado por su sonrisa, que no quiso debatir quién pagaría la cuenta.

Los labios de Isabella, pintados con el mismo rojo que el descapotable, lo hicieron pensar en besos y mordiscos. Pero lo que hacía su boca aún más fascinante para él, a quien le encantaban los detalles, era la pequeña cicatriz en un extremo. Era tan diminuta que había que mirar de cerca para percibirla, pero, por pequeño que fuese, era un rasgo que convertía a Isabella en una mujer única, y a Edward le gustaba eso. Quizá le preguntara aquella noche cómo se la había hecho. Le encantaba oír esa clase de historias. Le daban mucha información sobre las personas con las que trataba.

—¿Qué te parece si te recojo a las siete? —preguntó ella.

Él lo pensó un momento y se echó a reír.

—Está bien, pero yo conduciré. Me haría falta un calzador gigante para meterme en tu coche.

Ella lo miró con sospecha.

—¿Cómo lo sabes?

Oh, oh. En fin, la confesión era buena para el alma.

—Te vi salir de tu coche esta mañana.

—¿En serio? ¿Fuiste tú quien tocó el claxon?

—Lo hice sin querer —al inclinarse hacia delante para ver mejor su trasero—. Lo siento si te asusté.

—Pensé que alguien intentaba llamar mi atención. Pero cuando nadie gritó mi nombre, supuse que no era por mí.

Y tanto que era por ella, pero Edward no estaba dispuesto a reconocerlo.

—No sabía cuál era tu nombre —dijo riendo—. Y sigo sin saber la mitad del mismo, señorita Socorrista.

—Isabella Swan —dijo ella extendiendo la mano.

Él se frotó la suya contra los vaqueros antes de estrechársela.

—Edward Cullen —notó que su apretón era firme y su piel, fría e increíblemente suave.

Ella le sostuvo la mirada durante el breve momento de contacto, y él se deleitó con el calor de sus ojos.

Qué gran costumbre la del apretón de manos... Edward lo veía como una muestra de la persona, como saborear un helado servido en una diminuta cuchara. Y en aquel caso, la muestra le hizo desear llevarse a casa a Isabella Swan.

Isabella estaba convencida de que Edward no tenía ni idea de que ya se conocían. Después de haberle revelado su nombre y no ver la menor reacción por su parte, supo que no corría peligro. Naturalmente, no había esperado que reaccionara. Edward recordaría a un amigo llamado Jim Winston, pero el apellido de Swan no le decía nada.

—Así que te llevaré yo —dijo él.

Ella dudó, preguntándose si una mujer atrevida insistiría en conducir, incluso si el coche era demasiado pequeño. No, permitiría que fuera él quien condujera. Ciertamente, Edward no cabría en el Miata.

—O quizá prefieras que nos encontremos en el restaurante —añadió él, sin duda malinterpretando su reticencia—. Después de todo, no me conoces de nada, así que es normal que no quieras darle tu dirección a un perfecto desconocido.

Pero ella sí lo conocía, aunque que no podía decírselo.

—Eres Edward Cullen, de modo que esta empresa te pertenece a ti o a un pariente tuyo.

—Es mía.

Eso había pensado Isabella al oírlo hablar de su trabajo con los árboles.

—Entonces no puedo creerme que vayas a poner en peligro tu reputación profesional por acosarme o algo por el estilo. Me encantará que me recojas.

Él sonrió.

—Te prometo que no llevaré una furgoneta.

—No soy esnob. Puedes traer la furgoneta, si quieres.

—Me alegro de oírlo, pero iré en mi coche de todas formas. Vamos a mi furgoneta a por un papel y un boli.

—De acuerdo —lo acompañó a la furgoneta, aparcada en la calle junto al edificio y rodeada de conos naranjas para desviar el tráfico. Isabella vio que era la misma furgoneta que había estado aparcada tras ella aquella mañana. Le gustó saber que Edward había estado observándola desde el volante.

Edward abrió la puerta del copiloto, agarró un portafolios y volvió a cerrar, pero no antes de que Isabella viera una nevera en el suelo de la cabina.

—Mmm, ¿qué hay en esa nevera? —preguntó, pensando que ya sabía la respuesta.

Edward esbozó una sonrisa avergonzada.

—Botellas de agua.

—Entiendo.

—No podía decirte que no me hacía falta agua después de haberte tomado tantas molestias, ¿no crees?

—Podrías haberlo hecho —dijo ella, pero la tranquilizó saber que Edward había querido aprovechar la excusa para hablar. Tal vez fuera mejor de lo que creía llamando la atención de un hombre—. Pero me alegro de que no lo hicieras.

—Yo también.

Después de darle su número de teléfono y su dirección, Isabella decidió que era mejor marcharse antes de fastidiarlo todo. Seguramente su buena suerte no le durase mucho.

—Te veré a las siete —dijo.

—Hasta entonces —respondió él.

Ella se volvió y se dirigió hacia el edificio, preguntándose si la estaría observando. Se esforzó todo lo que pudo en caminar como una seductora experimentada. Y, ciertamente, estaba en el buen camino para convertirse en una después de haber superado con éxito la primera fase de la operación. Tal vez su pequeño descapotable tuviera algo que ver, si Edward se había fijado en ella horas antes. Pensó en la matrícula y se preguntó si también la habría leído.

A los miembros de su familia, especialmente a su hermano Jim, no les gustaba esa matrícula. Todos habían predicho que le traería problemas. Sin duda también se preguntaban si era eso lo que ella quería.

Su experiencia sexual hasta el momento no podía clasificarse preciEdwardente de emocionante. La pérdida de su virginidad en la residencia universitaria, con un chico tan introvertido como ella, había sido más un experimento social que una noche de pasión. Entonces había decidido que necesitaba un cambio radical para atraer citas mejores, y afortunadamente pudo contar con la ayuda de Alicia.

Por aquel entonces, sus padres habían vendido la casa en donde ella creció y se habían mudado a un apartamento en Gilbert, a una hora de camino. Aquella separación, aunque pequeña, le había proporcionado una sorprendente liberación para cambiar de imagen. Para cuando empezó a trabajar en Backworth Public Relations, ya se había transformado en una chica con glamour.

Para afianzar la confianza en sí misma, había encargado la placa de matrícula y se había propuesto buscar los problemas que su familia tanto temía.

Y parecía que iba a empezar con Edward.

Varias horas más tarde, mientras se vestía para su inminente cita, Isabella reflexionaba sobre su plan de acción. Después de haber buscado un montón de restaurantes en Internet y haberlo consultado con sus compañeras de trabajo, había reservado mesa en un elegante restaurante italiano a poca distancia andando del Cactus Club. De ese modo, Edward no tendría que preocuparse en buscar dos veces un sitio para aparcar.

Gracias a Dios tenía un carné de identidad falso. Se había sentido como una criminal al conseguir uno en la universidad, pero le había resultado muy útil. Y aquella noche volvería a serle de utilidad, pues sin él no le permitirían entrar en el Cactus Club.

La jugada era engatusar a Edward hablando de él mismo. Cuanto menos supiera de ella, menos riesgo habría de que sospechara quién era en realidad, lo que no sería nada conveniente. A Isabella no le gustaría que Edward se pusiera en contacto con su hermano, quien le pondría al corriente de su vida.

Sin embargo, tampoco quería llegar muy lejos con aquella farsa, sólo lo justo para convencerse a sí misma de que Edward la deseaba. Era simplemente una prueba para sus habilidades, que borraría cualquier rastro de inhibición que aún pudiera tener y que verificaría su nuevo estatus personal.

Y entonces estaría realmente dispuesta a disfrutar con todas las citas que el mundo tuviera que ofrecerle, tal vez incluso con más de un hombre a la vez. A sus treinta años, Edward había superado sin duda esa fase de exploración. Ella había visto el cambio en su hermano, quien no había vuelto a salir con nadie desde que rompió con Alicia.

En cuanto a ella, no albergaba la menor ilusión ni interés en iniciar una relación estable con Edward. Sólo tenía veinte años, por amor de Dios. De ningún modo iba a sentar cabeza hasta que fuera tan mayor como su hermano o como Edward, con tanta experiencia sexual como ellos.

Se puso el vestido rojo que había elegido para la ocasión y pensó en la experiencia que podría tener Edward. Un hombre con un aspecto así debía de haber estado con más mujeres de las que pudiera recordar. Se preguntó qué clase de amante sería.

Una imagen le cruzó la mente. Edward sentando en la sala de Urgencias con ella, Jim y su madre, con una expresión de arrepentimiento cada vez que la miraba. Ella había intentado decirle que no había sido culpa suya, pero no podía hablar sin que le sangrara el labio, de modo que tuvo que quedarse en silencio y dejar que sufriera. Él le había llevado una cerveza sin alcohol de la máquina y había metido una pajita en la lata para que pudiera beber sin despegar los labios.

Y al día siguiente le había enviado las flores. Claveles rosas, blancos y rojos, mezclados con hojas de helecho. Ahora Isabella sabía que no había sido un ramo caro, pero como fue el primero, nunca olvidaría lo bonito que le había parecido o el asombro que había sentido cuando su madre la llamó desde la puerta para que firmara la entrega. Y aún guardaba el florero, su único florero, en el armario de la cocina. Se lo había llevado con ella cuando se mudó de casa.

Si con dieciocho años había sido tan encantador, la experiencia lo habría convertido en un amante de ensueño. Pero ella no sería quien lo descubriera. Demasiado arriesgado. Una vez que lo hiciese babear, se apartaría de él y continuaría con su programa particular de citas.

Pensó que su vestuario sería un buen comienzo. Alicia aprobaría el vestido, los zapatos de tacón alto, las joyas y el peinado. Y Edward nunca podría relacionarla con la cría a la que sumergió en la piscina tantos años atrás.

Paseándose por su apartamento, se recordó que no podía mostrar demasiado entusiasmo con los Tin Tarántulas. Aunque su música le había encantado la única vez que los oyó tocar, era un grupo dirigido a un público juvenil y universitario. Ella era ahora una profesional, y como tal, debía comportarse con seriedad.

Tal vez necesitara un poco de práctica en adquirir una expresión aburrida. Volvió al cuarto de baño y ensayó un suspiro y una mueca de hastío frente al espejo. Estupendo. Una sonrisa de resignación, tal vez... Excelente.

En ese momento, sonó el timbre de la puerta y la sonrisa fingida desapareció al instante. El corazón empezó a latirle con fuerza y el sudor le cubrió las palmas. Edward Cullen había llegado para recogerla y llevarla a cenar. ¿Qué había de fascinante en eso?

Se secó las temblorosas manos con una toalla, se miró por última vez las acaloradas mejillas y decidió que tendría que dejar el ensayo de muecas para más tarde. Ahora su aspecto y sus emociones eran exactamente como las de aquella niña que había recibido su primer ramo de flores doce años atrás.