La nieve proseguía con su incesante baile. La temperatura era cada vez más fría. Y las horas se sucedían de una extraña manera: Eran lentas y rápidas. Lentas porque no había ninguna pista de su compañero, y rápidas porque cada segundo daba paso al anterior, restringiendo el tiempo que le restaba a Tyson de vida.

Kai se mantuvo con la frente pegada a la ventana. Cada vez el día era más oscuro. Vislumbró el reloj: ya eran las cinco de la tarde. El ruso se separó de la ventana, para observar a todos los suyos. "¿Míos?" se reprochó mentalmente. No, no eran suyos, no en el estricto sentido de la palabra.

Ray se estremeció. El chico debía estar teniendo una pesadilla, dedujo Kai. Mantenía los puños cerrados con firmeza y su entrecejo se había arrugado, pero seguía dormido.

Volvió a mirar hacia la ventana, aunque no le resultara en absoluto agradable. A parte de producirle cierto caos, le recordaba a Rusia. A las horas de frío, entrenamiento duro, castigos... Ante todo el frío. Y Tyson estaría allí fuera. Completamente solo.


Hacía un rato que había comenzado a oscurecer, y cuanto más oscuro estaba el cielo, más frío hacía. Y Tyson tenía la sensación de que llevaba mucho rato andando en círculos, pero le daba miedo quedarse inmóvil bajo la nieve. Con las horas había recuperado la sensibilidad en el brazo, con ella había vuelto el dolor.

Resopló varias veces antes de levantar la cabeza hacia el cielo. No veía nada. ¿Estarían sus compañeros buscándole? Avanzó de nuevo. Cada vez hacía más frío.


-Viejo, deberías dormir - sugirió Ray, apoyando una mano en el hombro de Kai.

-Atenderé el teléfono si llaman - repuso el ruso, mirando fijamente a su amigo - El que debería dormir eres tú.

El chino se alisó un poco los cabellos para después mirar en la misma dirección que Kai. A través de la ventana seguía sin distinguirse nada. El muchacho de cabellos grisáceos se giró para mirar a Ray fijamente, repitiendo con la mirada la orden que había pronunciado. "Vete a dormir". Ray cerró los ojos con pesadez y suspiró.

-Kai, si estás muy cansado me despiertas - pidió el chico, a sabiendas de que su líder no le haría caso.

-Descansa - bufó Kai, olvidando su escrutinio hacia el exterior para mirar directamente a los ojos ambarinos del otro.

-Hasta mañana.

A las horas, la respiración de Ray era regular y calmada. Kai entrecerró los ojos, masajeándose las sienes con las yemas de los dedos. El reloj ya marcaba las ocho y fuera estaba todo oscuro. Y no solo el exterior era oscuro: en la mente de Kai era un caos. Se sentía en ebullición: Una parte de él estaba deseando saltar de la ventana y correr en busca del nipón, y otra llamaba a la calma y a la reflexión... Pero su impulsividad crecía por momentos.

Cada instante que marcaba el secundero se hacía más largo. En aquellos momentos, Kai odiaba al decorador del hotel por no poner un reloj digital. Entrecerró los ojos, volviendo a pegar la frente en la ventana.

¿Qué era Tyson para él? No lo tenía muy claro. Pero desde luego, la desaparición del mismo tenía que ver con la pregunta. Había salido al exterior con alerta por tormenta de nieve sin pensar en los riesgos o consecuencias. Había sido una estupidez. Aunque odiara admitirlo, se había sentido preocupado por él. Y en aquel momento deseaba correr hacia fuera.


Ya había oscurecido y no sabía hacia donde moverse. Y le dolían las heridas, las piernas le pedían un descanso a gritos. Aún así no quería saber las consecuencias de detenerse. Tendría que encontrar un refugio, sino, podría morir.

-Chicos... - suspiró. Sabía que nadie lo oía, pero sentía la necesidad de llamarlos. Porque se sentía solo. Como si sus amigos le hubieran olvidado. Cayó de rodillas sin fuerzas.


El reloj ya marcaba las diez y media. El hotel comenzaba a quedarse en silencio. Hacía casi hora y media que el servicio del hotel les había llevado un chocolate caliente. Había despertado a los chicos para que lo tomaran (en un irrompible silencio) y luego se volvieron a dormir. Kai se masajeó la nuca con impotencia. Llevaba horas casi sin moverse de su posición y la espalda le comenzaba a molestar.

Tyson llevaba casi doce horas desaparecido si no le fallaban los cálculos. Y la tormenta, a pesar de que parecía imposible, cobraba fuerza. El ruso suspiró cada vez más desanimado.

Odiaba admitirlo, pero estaba realmente preocupado por Tyson. Aunque nunca lo fuera a decir en voz alta, lo consideraba su amigo. Por fin, tras largo tiempo de conocerse y de ser amigos, lo admitía. "Lo peor" pensó "es que me doy cuenta ahora". Apretó los dientes con fuerza. La garganta le escocía de una manera extraña y desagradable. Tosió, procurando no hacer ruido. Necesitaba salir de ahí.

Recogió las llaves de encima de la cómoda y salió de la habitación. Todo estaba en silencio. El pasillo estaba iluminado por una hermosa lámpara de araña, que parecía hecha de cristal. La luz creaba una extraña atmósfera de soledad. Era tenue, apenas ofrecía un apagado resplandor que bastaba para iluminar unos metros. Echó a andar.

Bajó la escalera con pasos ligeros, casi inaudibles, buscando la salida de emergencia que había aprovechado para salir al exterior la última vez. Todas las luces que iluminaban el edificio eran débiles, no ayudando al ruso a encontrar la salida. Tomó una bocanada de aire, mientras vigilaba con atención el cruce al que había llegado. Tenía un extraño cuadro que Tyson había calificado con un brillante comentario: "raro y da mal rollo". Representaba una catedral desde dentro, con vidrieras rotas que daban paso a la sensación de que en tiempos antiguos había sido impresionantemente bella. Cerró los ojos y giró a la derecha.

Cuanto más se acercaba, el frío, aunque muy levemente, se acentuaba. Realizaba los giros en automático, sin fijarse mucho en su recorrido. La alfombra impedía que sus pisadas provocaran sonido alguno. Por eso no había hecho ruido durante el recorrido. Avanzó para abrir la puerta que daba a una sala oscura. Lo único que iluminaba la sala era un cartel blanco y verde, en el cuál se podía leer "Exit". La puerta de debajo del cartel temblaba y entre los huecos que formaba con la pared, se colaban corrientes de aire frío.

Abrió la puerta, que se resistía por culpa del viento. El mismo aire le dio en el rostro. Hacía un frío impresionante. Kai alzó el rostro para mirar el cielo. Entre la tormenta de nieve se distinguían brillantes constelaciones que poblaban el cielo. Era apenas una distorsionada imagen de la gloriosa bóveda celeste. Kai suspiró, sabiendo que aquella noche las estrellas no iban a acompañarle.

La garganta aún le escocía. El ruso culpó al frío mientras observaba la vorágine que sucedía frente a sus ojos. Tyson seguiría ahí, en medio de la ventisca, completamente solo. Se apoyó en la barandilla de hierro. Estaba helada, pero se quedó allí, inclinado hacia las montañas.

Cuántas tonterías había hecho Tyson desde que le conocía. Aunque detestara reconocerlo, le hacían sentir bien. Cerró los ojos, masajeándolos con pesadez. Volvió a abrirlos, para comprobar que nada había cambiado frente a él. Le picaban los ojos, pero no los cerró.

Tyson era lo opuesto a él. Era parlanchín, perezoso, glotón... Era el lazo que unía al equipo. No era el líder, pero lograba hacer que todos estuvieran juntos. Levantaba la moral al equipo, peleaba por él. Y, aunque odiara admitirlo otra vez, le apreciaba.

Se estremeció, notando como el frío poco a poco se aferraba a su piel. Juntó las manos y escondió la cabeza entre sus brazos. No podía alejarse del hotel, no podía dejar a su equipo solo. Le necesitaban. Pero Tyson también. Cerró las manos con fuerza. ¿Qué hacer? Podía apoyar a su equipo, quedarse ahí y ser el fuerte... O también podía salir a las montañas, ya que no había ningún equipo de rescate buscando al japonés. Si se quedaba, Tyson podría no llegar vivo a ningún lado. Si se iba, su equipo no aguantaría. Levantó el rostro, refugiado entre sus brazos, para apoyarlo en sus muñecas y mirar de nuevo la tormenta.

Miró su reloj. Marcaba las doce de la noche. Ya había pasado mucho tiempo desde que él había desaparecido. Y con él se había ido la fuerza del equipo. Sintió como la garganta le escocía de una manera excesiva y los ojos le picaban. Algo frío recorrió su rostro, desde sus ojos hasta la barbilla. Kai rozó el recorrido del objeto y descubrió, para su amargura, que era una lágrima, a la cual seguían más.

Se tiró hacia atrás, apoyando la espalda en la pared, observando la tormenta de manera distorsionada.

-Tyson, vuelve - suplicó al aire. De nuevo, nadie escuchaba su lamento. Dejó que las lágrimas cayeran por su rostro. Nada de orgullo, se acabó: No podía aguantar más. Se sintió inútil, impotente... - Por favor...