II
Stefan no podía esperar más para verla; estaba muy preocupado por lo que había sentido en ella la noche anterior: esa desesperanza, esa depresión que ella quería esconder de todos, especialmente de él.
Damon estaba muerto, y Stefan seguía preguntándose qué habría pasado con él y Elena si no fuera así. Él había sido testigo del dolor de Elena, de su desesperación, de su locura ante la muerte de Damon, cómo se había cortado la garganta sin pensar un momento en lo que dejaba atrás: ni amigos, ni familia, ni Stefan; en ese momento ella sólo había visto a Damon, y sólo había querido irse con él.
Al principio, pensó que debía salvarla aunque ella no quisiera ser salvada; pero luego… su orgullo le pidió no rogar por un amor que ya sabía no era suyo. Sin embargo, Elena le había jurado que sí lo amaba, y le había pedido entender, entender que también era capaz de amar a Damon sin perder ni un ápice del amor que siempre le había dado; y Stefan seguía luchando por entender. De lo que sí estaba seguro era de que la amaba tanto como para rendir su orgullo, y ahora Damon no estaba (aunque no habría querido que las cosas ocurrieran así, Stefan amaba a su hermano), y Elena necesitaba de él.
La ventana estaba abierta (como Elena la dejaba siempre para él desde que lo había invitado a entrar a su cuarto a través de ella, y Stefan disfrutaba especialmente verla dormir), así que entró. Lo que vio, provocó en él un dolor peor al de una estaca atravesando su corazón: Elena dormía apoyada en el pecho de un hombre, su brazo izquierdo rodeando a ese hombre; desde su ángulo de visión, Stefan no podía distinguir quién era él, pero… fuera quien fuera, la situación no cambiaría mucho. ¿Matt? Él nunca había dejado de amar a Elena, y ella tal vez…
Dudó si acercarse o escapar por donde mismo había entrado; alejarse para siempre. Pero alejarse sin enfrentar la realidad no era propio de él. Y tampoco era propio de Elena… ¡¿y si ella estaba en peligro? ¿Si aquel hombre la tenía dominada contra su voluntad? Casi corrió entonces a la orilla de la cama donde el hombre estaba, lo miró un instante, y luego lo agarró del cuello.
—¿Quién eres? Creí que habíamos acabado nuestra historia con los kitsune. ¡Y tomar la figura de mi hermano… es demasiado!
—¡S…te..fan! ¡Suéltame! —una oleada de Poder lanzó a Stefan al otro lado de la habitación; se levantó inmediatamente, con toda su furia vampírica reflejada en la cara.
—Quienquiera que seas; ¡te mataré! —gritó y Elena despertó; despertaron todos en la casa. La tía Judith empezó a golpear la puerta, asustada.
—¡Elena! ¿Qué está pasando, Elena? Abre la puerta. ¿Estás bien?
Damon se levantó; pidió silencio. Habló.
—Todo está bien, Judith. Has tenido una pesadilla. Regresa a tu cama.
Los golpes en la puerta cesaron. Ahora Damon volvió a mirar a un Stefan dominado por una furia asesina.
—Soy yo. Soy Damon.
—¡Mientes! —rugió Stefan—. Mi hermano murió, y probamos todo para traerlo de vuelta. Shinichi tomó mi forma varias veces para engañar a todos, pero has sido tonto al intentar suplantar a Damon, porque todos sabemos que él no puede regresar.
Elena se lanzó de la cama, abrazó a Stefan.
—Yo tampoco entiendo, mi amor, pero es él, es Damon; estoy segura.
Él la separó.
—¿Estás segura? ¿Cómo puedes estar segura?
—Lo sé; lo siento… dentro de mí.
Stefan se dejó caer al suelo.
—Ya. Me imagino cómo.
—¡Stefan…! —Elena dejó salir una lágrima—. Estás siendo injusto ahora.
—¿Injusto? ¡No me digas! Yo, yo… —se levantó, dejando atrás a Elena, y acercándose lentamente a Damon, quien no se movió un milímetro cuando adivinó lo que Stefan pretendía. Abrió los brazos y Stefan lo estrechó fuertemente—. Es… bueno que estés vivo, hermano mayor —casi sollozó Stefan—. Yo… había olvidado cuánto te quería hasta que pensé que te había perdido para siempre, y en estos días, he recordado… muchas cosas buenas, momentos fraternales, de los dos. Yo… siento mucho…
—No lo sientas, Stefan —lo interrumpió—. La mayoría de las veces en que… nos peleamos, yo tuve la culpa…
—Y yo nunca tenía paciencia para ver lo bueno en ti.
—Ni yo quería mostrarlo. Vamos, somos imperfectos, hombre.
Ahora sí Elena lloraba, emocionada. Ellos se volvieron a mirarla, y ella corrió para abrazarlos a los dos. Luego levantó el rostro ansiosa, mirando a Damon.
—Cuéntanos qué pasó, cómo… regresaste.
—¿Cómo? —él se alejó de Stefan y Elena y se sentó en un mueble de la habitación—. La verdad, no sé cómo. Recuerdo haber muerto, lentamente y en medio de espantosos dolores, recuerdo el llanto de Bonnie y el de Elena, la tristeza y la impotencia de Stefan, y no todo lo que dije o me dijeron. Luego todo se volvió oscuridad absoluta, pero una minúscula parte de mi conciencia sabía que eso no era el fin de todo; podría presentir que a sólo un paso de esa oscuridad estaba la Nada, el Vacío, la No Existencia. Y luego escuché la llamada de Elena, varias veces, aunque no sabía que me llamaba a mí, y no sabía quién o qué me llamaba. Luego hubo una llamada distinta, y desapareció la oscuridad, y entonces, parecía estar en una habitación vacía excepto por unas cadenas rotas y una luz que parecía surgir de un lecho de piedra. Luego empezó a incrementarse la luz, más y más, y yo recordé a Elena, y a Bonnie, sabía que ellas necesitaban que regresara. Alargué la mano, toqué la luz, y la luz se fundió con mi ser, y entonces supe quién era yo, y supe que tenía que estar junto a Elena enseguida, yo… la sentí, llamándome una y otra vez, desesperada, yo… temí por su razón, por su… vida.
—¡Damon! No… hables de eso; por favor.
—¿Por qué no, Elena? ¿No quieres que yo sepa la verdad? —la enfrentó Stefan—. Me he estado engañando, y tú me has estado engañando. Es a Damon a quien necesitas, y yo sólo estaba siendo un premio de consolación. Yo… te amo, pero aún tengo un poco de orgullo, Elena, así que… ahora debo irme.
—No, Stefan. Por favor, escúchame —se adelantó Elena. Él ya se estaba cerca de la ventana.
—Ya te escuché una vez; ya me mentiste una vez. No más.
Otro segundo y Stefan no estaba; un halcón se alejaba de la casa.
