Bueno, como algo que creo me caracteriza, este capítulo no es seddie. No digo que tenga un tema central bueno, ni siquiera sé si tiene tema central :P, pero me pareció divertido, o al menos, a mí. Por favor, ¿me dejan sus comentarios?
Repito que no tiene seddie, o sí, pero sólo pequeños detallitos, así que perdónenme. Este capítulo no es de los 4 capítulos que ya había mencionado, así que habrá más de cuatro, aunque no tantos.
Como que el capítulo es un poco largo :P, y no quise partirlo en dos, porque no veía que fuera importante, así que espero que no les resulte tedioso, y que, por favor, ¡ESPERO QUE SÍ LEAN TODO EL CAPÍTULO! :(
iCarly ni sus personajes me pertenecen, sino que es creación de Dan Schneider.
3. iCarly hace caridad
—¡Y ahora! ¡Antes de terminar…! ¡Chat improvisadooo! —gritaron Sam y Carly, alzando sus brazos. Enseguida, festejaron con bailes, saltos y aplausos y vítores del aparato que Sam sostenía. Freddie apuntaba con su cámara caminando de un lado a otro y viendo cuál era la mejor toma.
—Sólo clickea, Freddie —pidió Carly, mientras ambas chicas volteaban hacia el televisor.
—Enseguida —decía el chico al dirigirse hacia su laptop. Leyó unos segundos y luego clikeó en unos de los chicos que querían comunicarse.
Apareció la cara de una monja en la pantalla del televisor.
—¡Hola! —saludó Carly.
Sin embargo, en vez de mirar hacia la pantalla, la señora miraba el teclado, bastante desorientada. Freddie arqueó las cejas unos milisegundos y Carly y Sam intercambiaron miradas confundidas.
—Ya está, señora…—decía una voz al lado de la mujer que estaba usando la computadora.
—¿Qué? —preguntaba la monjita mirando hacia un costado, donde había una joven parada. —Ouh —Y sin indicaciones, apretó un botón del teclado y se desconectó (el televisor se puso negro), pero al segundo volvía a conectarse.
—Señora, ya le están hablando.
—¡Holaaaa! —Saludaba nuevamente Carly… —… ¿Monjita?
—¿Me están hablando a mí? —preguntó la señora mirando directamente a la pantalla… Demasiado cerca… El cristal de sus enormes anteojos se habían acercado tanto que ahora sólo se veía uno de sus ojos y sus pestañas.
—¡Apúrese, señora! —gritó Sam.
—¡Sam! —la regañó Carly.
—Señora, aléjese un poco, así está bien…
—¿Hola?
—¡Hola! —saludó Carly por tercera vez.
—¿Estoy hablando con iCarly?
—Sí —respondió Carly. Sam sólo miraba boquiabierta mientras Freddie apuntaba todo con su cámara, interesado.
—No parece un programa religioso —dijo la monjita, entrecerrando sus ojos.
—Oh, por Dios —expresó Sam, sin poder creer aquel comentario.
Carly largó una risita.
—Oh, no, señora, esto es un programa de comedia…
—¿iCarly?
—¡Sí, iCarly, vieja sor…! —empezó a gritar Sam, pero enseguida Carly fue a taparle la boca.
—¡Sam!
Luego la soltó y pidiéndole silencio con la mirada, volvió a mirar hacia la monjita, que aunque se había alejado un poco, seguía mirando de muy cerca.
—¿Necesita algo?
—Oh, sí, quiero hablarles de parte de los niños del Hogar barriletes con sonrisas. Ellos son unos grandes admiradores de su programa… No es un programa religioso, ¿no?
Sam apretó los labios y ya estaba a punto de gritarle otra vez a la señora, pero Carly lo notó a tiempo y con gran apresuramiento corrió a taparle la boca otra vez.
—No, señora, es un show de comedia… Hacemos reír… —dijo Carly aquello último soltando a Sam.
—Nadie reza aquí —dijo la rubia algo molesta.
—¿Necesita algo? —volvió a preguntar Carly.
—Oh, sí, quiero hablarles de parte de los niños del Hogar barriletes con sonrisas. Ellos son unos grandes admiradores de su programa… No es un programa religioso, ¿no? –volvió a responder la señora.
—¡Otra persona que hable! —se desesperó Sam.
—Esperen, esperen, a ver, señora, córrase, por allí…
—Pero…
La joven que estaba con la señora la empujó a un lado y la viejita gritó un poco. Los chicos no supieron que fue lo que le sucedió.
—Hola, chicos de iCarly.
—¡Hola! —saludó Carly… Ella ya había perdido la cuenta de cuántas veces tuvo que saludar.
—¡Hablá de una vez! —apremió Sam.
—Bien, como ya sabrán, los chicos del Hogar barriletes con sonrisas son unos grandes admiradores de ustedes, y queríamos saber si serían tan amables de venir al hogar a hacerles una visita y sacarles nuevas sonrisas.
—Aaawww… —se enterneció Carly mientras Freddie sonreía.
—No somos tan amables —respondió Sam.
—¡Sam! —gritaron Freddie y Carly al mismo tiempo, mirándola disgustados.
—Sí, por supuesto iremos —sonrió Carly.
—¿Enserio? —preguntó la joven de cabello corto y negro—. Bueno, muchas gracias. Los estaremos esperando. En nuestra página web pueden encontrar todos los detalles.
—¡Gracias!
—¡Adiós!
—¡Adiós!
Freddie se acercó a la computadora nuevamente y entonces antes de desconectar el chat, se vio que la joven miraba a un costado y preguntaba:
—Señora, ¿está bien?
Nadie contestó.
—¿Señora?
Pero no pudieron averiguar más porque la pantalla ya se había vuelto negra.
—Esto es todo por hoy en iCarly.
—No se olviden de vernos la próxima semana.
—¿Tienes amigos? —preguntó Sam.
—Cuéntales de iCarly.
—¿Tu vecindario tiene un vago?
—Cuéntale de iCarly.
—¿Tienes mascota?
—Cuéntale de iCarly… ¡Adiós!
—¡Adiós!
—Estamos fuera.
—¿Entonces, iremos al internado? —preguntó Sam, mientras Freddie desconectaba todo.
—Por supuesto que sí —contestaba Carly a tiempo que Freddie decía "Sí".
—Bien, ¡pero si nos encierran será culpa de ustedes! —espetó Sam, apuntando con el dedo índice una vez a cada uno.
—¿Por qué nos irían a encerrar? —preguntó Freddie con el entrecejo arrugado, mientras Carly también la miraba confundida y esperando una respuesta.
—¿No hay policías allí? —preguntó la rubia.
—No es un cárcel, Sam.
—Ah, bueno —se avergonzó un poco la rubia.
Luego de que Freddie desconectara todo, los chicos bajaron al living hablando sobre el Hogar Barriletes con Sonrisas y el día en el que ir. Al llegar al sitio, vieron que Spencer estaba en la cocina preparando los recipientes para hacer la cena y cantando al mismo tiempo.
—Chicos, vi su programa, fue genial —opinó Spencer dejando un bol en la mesada para verlos acercarse.
—Gracias —sonrieron los chicos mientras Sam se dirigía como si nada a la heladera y la abría.
—Así que, ¿van a ir a ver a esos niñitos? —preguntó Spencer. Freddie y Carly tan sólo se habían quedado allí parados, apoyados contra la mesita donde estaba la computadora.
—Sí...
—¡Eso es genial! Sam, no te comas el salami ni las quesadillas que son para mi... —empezó a decir Spencer, volteando a mirar a la rubia, que ya había cerrado la heladera y sostenía el salami y las quesadillas que Spencer había mencionado. Ya le había dado un morsdiscón bastante grande a cada uno y seguía dándolos—... preparación especial... Olvídalo.
Carly y Freddie largaron una risita ante aquello.
—Bueno, ¿y por qué no juntan cosas para donar?
—Oh, sí...
—¡Sí!
Respondieron los castaños al mismo tiempo con sonrisas.
—¿Quién querría mis cosas viejas? —preguntó Sam con incredulidad. Luego, dio un nuevo mordisco al salami.
—Sam... —empezó a decir Freddie acercándose a ella—. Ellos las querrían... Te lo aseguro.
—No cuenten con mi ropa.
—¿Por qué? —preguntó Carly, mientras Spencer y Freddie la miraban ceñudos.
—Henry la robó —respondió Sam.
—¿El último novio de tu mamá? —preguntó Freddie confundido.
—Siiip —respondió Sam, dando luego otro mordisco al salami.
—¿Y por qué...? —empezó a preguntar Spencer.
—¡No era muy masculino! —espetó Sam, haciendo que Spencer, Freddie y Carly se miraran anonadados y sin saber qué decir. Pero la rubia siguió comiendo como si nada. — ¿Me quedo a cenar? —preguntó luego cuando todavía los chicos no habían reaccionado.
—¿Cenar qué? ¡Tú ya te comiste la cena, Sam! —respondió Spencer algo ofendido.
Sam le dio una vista al salami y a las quesadillas casi terminadas ya y expresó un "Ouh".
—Estuvo sabroso —dijo después alzando la mirada. —¿Qué hay de postre?
Freddie largó una risita y Carly puso los ojos en blanco mientras Spencer quedaba pasmado por la ocurrencia.
Aquella noche, Spencer y Carly tuvieron que cenar afuera, por supuesto, Sam los acompañó y comió más que ellos. Freddie la había invitado a comer a su departamento, pero Sam se negó porque ya conocía la cena de la Señora Benson y no quería repetirla. Entonces, discutieron unos segundos y, en ese instante de distracción, mientras Sam y Freddie se gritaban uno al otro en el pasillo, Carly y Spencer habían comenzado a caminar con disimulo para escaparse de Sam, pero la chica se había dado cuenta de que se estaban yendo y enseguida la rubia terminó la pelea diciendo "Adiós" a Freddie. Se dieron un beso y luego Sam corrió tras los hermanos Shay.
Carly pensó mucho y en el siguiente iCarly instó a muchos a que hicieran donación. Los chicos de Ridgeway se acercaban a ella y le entregaban sus donaciones. Eran tantas cosas que Sam y Freddie tenían que llevar un poco también. Acercándose el día en que los chicos irían a visitar a los niños del Hogar Barriletes con Sonrisas, iban juntando sus cosas viejas para donar en cajas. El día de la visita, Freddie entró al departamento de la castaña sosteniendo una enorme caja de cartón y hablando por su Pearphone. Carly estaba sentada ante la mesita de la computadora, donde se apoyaba su caja.
—Ya es hora, Sam —decía el chico mientras cerraba la puerta y la castaña volteaba para mirarlo confundida por lo que estaba diciendo—. ¡En casi media hora debemos ir al Hogar Barriletes con Sonrisas! —En aquel momento, el chico sólo rodó los ojos y dijo: —¡Sam! —Se veía un poco molesto. Carly sonrió apenas, pues sabía que Sam le había dicho algo desagradable—. ¡OK!
—¡Hola! —sonrió Freddie al cortar el llamado mientras Carly seguía sonriendo.
—¡Hola! ¿Hablando con Sam?
—Sí... ¡Todavía no salió de su casa! —respondió Freddie, al tiempo que el chico dejaba la caja sobre la mesita de la computadora, junto a la caja que Carly había preparado.
Carly largó una risita e, inmediatamente, con curiosidad entusiasta, se volvió hacia la caja que Freddie había llevado.
—A ver qué tienes... —decía mientras la apoyaba sobre sus rodillas, la abría y miraba en su interior—. ¿Tu colección de muñecos de Galaxy wars?
—No —respondió Freddie, un poco nervioso.
—¿El repuesto? —sonrió Carly burlonamente y Freddie sólo se encogió de hombros.
—¡Aquí llegó mamá! —se escuchó entonces desde la puerta del departamento.
Los chicos voltearon a mirar confundidos y vieron que Sam entraba sosteniendo una caja. Entonces, Carly volvió a dejar la caja sobre la mesita y Freddie, al verla entrar con algo grande, dejando de lado su confusión de la pronta llegada de su novia después de que ella le hubiera dicho que no había salido de su casa todavía, se acercó a darle una mano. La chica le entregó la caja y Freddie la dejó sobre la mesita ratona. Carly sonreía un tanto confundida mientras veía la caja y Sam cerraba la puerta y se acercaba a ellos.
—¿Esto es para donar? —preguntó Carly, poniéndose de pie.
—Sip —sólo contestó Sam.
Carly corrió hacia la caja, se sentó ante la mesita y la abrió algo ansiosamente, mientras Freddie se sentaba al lado de ella y Sam sólo miraba impasiblemente. Los ojos de Carly pronto fueron a parar a la mirada de Sam. Freddie notó que parecía querer matarla con la mirada y, confundido, con el ceño fruncido, miró el interior de la caja también. Enseguida, entre sorprendido y más confundido, sacó del interior una bolsa con pilas. Carly se unió a él y sacó una lapicera, luego unas esposas, una llave inglesa, botones y hebillas, los dos sacaron esos objetos ceñudos y después miraron a Sam, entre disgustados y confundidos.
—¿Esto es para donar? —volvió a preguntar Carly, pero esta vez algo molesta.
—Mi mamá no me compraba muñecas, ¿está bien? —soltó Sam, como justificativo, y luego, como si nada, fue a la heladera de Carly y la abrió para buscar comida. Freddie y Carly se miraron y resignados soltaron las cosas que habían agarrado para volverlos a meter dentro de las cajas.
En aquel momento, Carly fue a prepararse para salir a un viaje de media hora hacia el Hogar. Y Sam se quedó acostada en el sofá apoyando las piernas sobre las de Freddie, que estaba sentado. Sam se estaba durmiendo un poco mientras Freddie la miraba con una sonrisa.
—Te ves linda con esa cara de demonio.
Sam abrió los ojos y le preguntó si quería que lo golpeara.
—Te ves linda —se corrigió Freddie.
Eso hizo sonreír a Sam. Freddie seguía mirándolo con una sonrisa también.
—Spencer ya llegó con la camioneta de Calceto y nos espera abajo —anunció entonces Carly bajando la escalera.
Los chicos se pusieron de pie, y cada uno agarró la caja de sus donaciones. Y además, a Freddie le hicieron cargar un enorme oso de peluche. Andaba detrás de las chicas casi a tientas y tratando de que las cosas no se le cayeran, por lo que caminaba tambaleándose.
—Chicas, chicas, ayúdenme... —pero nadie le había contestado—... No, enserio...
—Sigue caminando, Freddie —decía Carly por delante de él.
—Sí, sigue adelante —le decía Sam.
—¡Pero no veo por dónde voy! —se quejaba el chico, pues tenía el oso delante de su rostro.
Sin embargo, afortunadamente, Freddie llegó vivo al auto.
El hogar se encontraba al lado de una pequeña iglesia, y cuando se plantaron delante de la puerta, dejando las cajas a sus pies, Freddie sostenía el oso en sus brazos, y apareció una joven monja que los reconoció.
—¿Ustedes son de ese show de comedia?
—Sí, ¡hola! —respondió Carly.
—¡Hola!
—¡Hola!
En aquel momento, les abrió la puerta la misma joven con la que habían hablado en iCarly. Llevaba vaqueros y una camisa y el cabello algo desarreglado.
—Chicos... Los estábamos esperando, pasen...
—Sí, les trajimos unas cosas —habló Carly, refiriéndose a las cajas que seguían en el suelo.
La monja y la joven, que era la encargada del hogar, dejaron las donaciones contra la pared al lado de la puerta de entrada, pero Freddie se llevó consigo el enorme oso marrón oscuro y con ojos grandes de plástico. Luego, los guiaron hasta una puerta que daba al sitio de juegos. Antes de traspasar el umbral hacia la sala, Carly se volvió a la mujer y le preguntó:
—¿Dónde está señora con la que hablamos en el show?
—Ah, bue… ella… Adiós —balbuceó la mujer, poniéndose nerviosa, y después del adiós, se dio media vuelta y se fue corriendo. Las caras de Freddie y Carly se volvieron entre asustados y confundidos y Sam hizo un gesto con las manos como diciendo: "¿Qué fue lo que le pasó?
—Bien, entremos —dijo Freddie, dando media vuelta, abriendo la puerta y entrando sólo dos pasos para después quedarse plantado en el lugar. Lo siguieron Carly, que se puso al lado de él, y del oso que llevaba sobre su estómago, y Sam, que se puso al lado de su mejor amiga.
Ninguno de los chicos se había dado cuenta de su llegada. Freddie y Carly sonreían enternecidos al verlos jugar. Unos estaban en el piso haciendo torres con bloques o sentados ante una mesita circular y dibujando.
—Aaaww… —expresó Carly—... Miren, están jugando, tan dulces —en aquel momento, todos los chicos voltearon a mirarlos—… Tan tranquilos…
Los chicos se pusieron de pie todos al mismo tiempo y, como si hubieran recibido un mensaje telepático de qué hacer, corrieron gritando "EEEHHH" hacia Freddie, quien se asustó al ver tal avalancha de niños que se acercaron, agarraron el oso de un tirón y lo tiraron al piso de espalda. Los chicos siguieron gritando un poco más mientras se daban vuelta y volvían a adentrarse en el lugar, esta vez con el oso.
—¡Freddie! ¿Estás bien? —se preocupó Carly, agachándose para ayudarlo a levantarse, el chico estaba muy frustrado por el acontecimiento.
—Sí, les gustó el regalo —comentó Sam, sonriendo divertida, haciendo que Carly y Freddie se la quedaran mirando.
En aquel momento, Freddie le dirigió una mirada fulminante, aunque Sam seguía sonriendo divertida, y la joven encarga del hogar volvió a acercarse a ellos, pero ninguno se atrevió a volver a preguntar sobre la monja.
—Por favor, que no se alboroten mucho —les pidió la señora. —... Aunque no creo que suceda... Son niños encantandores... —luego de aquello, volvió a salir.
En aquel momento, sólo un pequeño grupo jugaba con el oso. Lo habían dejado en el suelo y cuatro niños corrían alrededor del juguete y se reían. Otro grupo habían vuelto a sus correspondientes mesitas para seguir dibujando, o seguían construyendo casas con bloques o animales con plastilina. Chicos de diez años jugaban con juegos de mesa.
—¡Hola, niños! —saludó una Carly, sonriente, haciendo un gesto con la mano. —¿A qué quieren jugar? —preguntó después, acercándose más.
Algunos de los chicos eligieron estar con Sam y entonces se quedaron parloteando cerca, otros se acercaron a Freddie y otros a Carly. Sam los miraba hablar a los chicos muy alborotados y luego se volvieron todos juntos hacia ella y unos les empezaron a gritar que querían jugar a los indios, otros que querían jugar a la mamá y a los hijos y Sam, pensando en lo que le había dicho la señora, miró a su alrededor. Atrás de ella pudo encontrar una soga bastante larga, y después de pensarlo sólo una vez, se encogió de hombros, como expresando un "¿Por qué no?", y se acercó a agarrar la soga.
Cinco minutos más tarde, Carly, que estaba sentada con unas niñas en una de las pequeñas mesas de plástico, y Freddie, voltearon a mirar hacia el sitio donde Sam se encontraba, porque los chicos habían empezado a gritar y lloriquear. Fue entonces cuando los vieron sentados en el suelo, espalda con espalda y atados con una soga que los impedía liberarse aunque lo intentaba moviéndose con frenesí.
—¡Sam! —espetó la castaña disgustada y levantándose de la silla para dirigirse hacia ella.
—¿Qué hiciste? —preguntó Freddie, también dirigiéndose a ella.
—¡No querían que se alboroten mucho! —respondió la rubia.
—¡Este no es el modo, Sam! —expresó Carly, agachándose junto con Freddie para desatar a los niños.
—A ellos no les molestó —dijo Sam con tranquilidad al tiempo que los chicos se ponían trabajosamente de pie y luego la miraban con los ojos entrecerrados.
Los grupos fueron intercambiados. El grupo que antes estuvo con Carly se quedó con Sam y los otros fueron con Carly. Se trataba de dos niñitas y dos niños. Las niñas pidieron dibujar mientras los niños querían jugar con los autos.
—Niñas... —dijo uno de los chicos, el más delgado, negando con la cabeza, luego, él, junto a su amigo, rubio y gordito, se acercaron al grupo de Freddie.
Quince minutos más tarde, Carly jugaba con las niñitas, que estaban dibujando. Más bien, tan sólo las miraba. Eran muy lindas las pequeñas dibujantes, es más, hasta dibujaban mejor que ella, pero, a medida que pasaban los segundos, Carly se iba cansando un poco, sin parar de poner caras de fastidio.
—¿Quieren que dibuje algo ahora? —preguntó Carly, pero una de las niñas la miró y contestó con un apresurado "NO". Carly puso los ojos en blanco al escuchar la respuesta. Mientras tanto, Freddie estaba sentado alrededor de cuatro niños y les hablaba sobre tecnología.
—La unidad central procesa los datos con los que trabaja la computadora, el cable USB...
Ninguno de los niños entendía nada y se lo quedaron mirando con confusión.
—¿De dónde vienen los bebés? —preguntó uno de los chicos, de sopetón, y todos se quedaron mirando a Freddie con atención.
—Emmm… —se asustó Freddie con la pregunta.
De repente, algo lo golpeó al chico en el hombro. Con gran brusquedad, volteó a mirar en dirección de la que había provenido el objeto, que se trataba de un bloque cuadrado de color, y entonces, vio a Sam y a una niñita paradas y mirando hacia él.
—Muy bien, ahora en la cabeza —le dijo la rubia a la nena, haciendo que Freddie pusiera los ojos en blanco, pero enseguida el chico sonrió pícaramente, con su sonrisa de costado y levantándose para acercarse.
—Sam, si quieres un beso, sólo dilo —dijo divertidamente.
La agarró de la cintura, Sam ni se resistió, y se acercó a besarla… hasta que alguien pegó un grito y se separaron abruptamente uno del otro, asustados.
—Ay, por Dios… —dijo una monjita, acercándose, y haciendo la señal de la cruz. Freddie y Sam la miraron confundidos. Más aun cuando los empujó más lejos uno del otro. —¡No vuelvan a hacer eso!… —dijo la monjita escandalizada, luego se dio media vuelta y empezó a dirigirse hacia la salida.
Sam y Freddie se miraron extrañados y luego volvieron a lo suyo.
Carly seguía casi durmiéndose mientras las niñas con las que estaba seguían dibujando, pero en un momento, una de las niñas que estaba en el grupo de Freddie, que seguía hablando de tecnología y evitando preguntas raras, se le acercó a la castaña.
—¿Van a hacer iCarly aquí? —le preguntó.
—Aw, pequeñita —expresó Carly, enternecida.
—Me gusta iCarly —decía la niña con dulzura.
—Aaaaw...
Mientras los chicos seguían jugando con los chicos... Sam ordenaba a su grupo cómo armar un edificio con los bloques de colores:
—El bloque azul... No, el rojo... Ahora el amarillo...
Cuando Carly se estaba desesperando un poco más por la tardanza de Spencer, que había ido a comprar golosinas, desde el exterior de la sala de juegos se empezaron a escuchar sus gritos.
—¡Carly, Carly, Carly, Caaaarly!
Carly se puso de pie mientras Sam y Freddie intercambiaban miradas confundidas. Pronto, la castaña salió corriendo asustada. Cuando llegó al lugar de los gritos, que se trataba de la entrada del hogar, había alguien en disfraz de oso tirado en el piso y dos mujeres le pegaban con palos.
—¡Paren, paren, paren! —se preocupó Carly al volver a escuchar que la llamaban con desesperación. La voz de Spencer venía desde adentro del oso. La chica corrió a ponerse delante de las mujeres, que se detuvieron con los palos en alto.
—¡Spencer! ¿Qué haces? —le preguntó la castaña, confundida porque estaba en aquel disfraz.
—Nada, sólo quise ponerme este disfraz para que me golpearan con palos —dijo el muchacho con voz de sufrimiento.
Más tarde, Spencer disfrazado de oso jugaba con los niños, Freddie se quedó sin niños a quienes hablar de tecnología, Sam seguía dando órdenes de cómo armar los edificios con los bloques de colores, y una niña pedía por favor a Carly de que hicieran iCarly allí. Carly le había dicho que no porque no tenían el equipo y no estaban preparados. Y la niña insistía.
—¡Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor...! —Carly la miraba con los ojos abiertos de par en par.
Sin embargo, los niños debían irse a bañar así que despidieron a los chicos en la calle, cerca de la camioneta. Antes de irse, les dieron una caja que habían preparado con un regalo.
Cuarenta minutos después, Carly y Spencer llegaron a su departamento (habían dejado a Sam en la casa en el camino), cansados. Dejaron el regalo en el living y decidieron abrirlo más adelante, por lo que se fueron a dormir.
Cuando el silencio se apoderó del departamento de Carly, la caja se abrió entonces y por ella se asomó una pequeña y despeinada cabeza humana. Pronto, todo el cuerpo fue visible, al salir una niña de ahí dentro. Enseguida, la chica empezó a observar todo el living, a pasear por el lugar y a robar y comer comida.
Carly sonrió al despertar a la mañana siguiente, mientras Spencer preparaba el desayuno cantando feliz una canción sobre el castoratón que él había inventado. Apenas terminó de vestirse, bajó al living y sonó el teléfono en el departamento. Con gran rapidez, Carly fue a atender y Spencer le dirigía alguna que otra mirada curiosa.
—Por supuesto, cualquier cosa le avisaremos —decía Carly, y Spencer arrugó apenas el entrecejo. Luego Carly cortó con mirada confusa.
—¿Qué pasó? —preguntó Spencer, preocupado y limpiándose las manos con un trapo mientras se acercaba a la también preocupada Carly.
Carly suspiró antes de contestar.
—Una de las niñas de Barriletes con Sonrisas se escapó… Ahora la está buscando todo el mundo.
—Ouh, qué mal…
—Sííí... —dijo Carly como ida.
—¡Oye! ¡iCarly…!
—¿Qué?
—Que uses icarly… Tienes todas las fotos de todos los niños del lugar, si hablas del tema en iCarly…
—¡Claro, y alguno lo ve…!
—¡Exacto!
—Voy a subir la foto en iCarly . com —anunció Carly y corrió a su habitación.
Preparó todo para subir la foto y la información a la página desde la computadora del living. Se sentó ante ella en uno de los bancos rojos y empezó su trabajo. Spencer había terminado de preparar unos cuantos waffles que puso en un plato y que acercó a Carly con un pote de miel.
—Gracias...
Enseguida, Spencer fue a encender el televisor y justo estaba la noticia de la niña en el noticiero, que Carly pidió que dejara, alterada, corriendo a sentarse al lado de su hermano mayor en el sofá.
—¡Estamos buscándola desesperadamente, en cada rincón! ¡sé que la agarraron! ¡Y CUANDO ENCONTREMOS AL QUE LO HIZO... —empezó a alterarse la mujer con gran histerismo, escupiendo a la cámara y al periodista de al lado, que se quitó la saliva del rostro con mirada desagradable— NO LE QUEDARÁ NINGÚN HUESO SANO! —Carly y Spencer miraban, en aquel momento, estáticos y con los ojos abiertos de par en par.
—Estará en la cárcel, señora…
—Sí, eso también —dijo la señora a continuación, esta vez calmada. —... ¡ESTARÁ EN LA CÁRCEL Y SE PUDRIRÁ POCO A POCO! —volvió a alterarse la mujer. En este punto, Spencer y Carly habían apoyado los pies en el sofá, se abrazaban las piernas y miraban aterrorizados.
—Terminaré el anuncio —dijo la chica todavía sin salir del espanto y poco a poco fue apoyando los pies en el suelo y acercándose nuevamente a la computadora.
Mas tarde en el día, acercándose la emisión de iCarly, cuando Carly les contó a sus mejores amigos sobre el asunto de la niña, estuvieron de acuerdo en informar en iCarly sobre el tema... Mientras tanto, una pequeña recorría, corriendo y riendo por todo el desván donde se hacía iCarly. Se subía al auto, luego bajaba, toqueteaba el carrito de Freddie, y cualquiera de todos los demás objetos que allí había...
En el living, Spencer se acercó molesto a Sam, que estaba detrás de la mesa de la computadora:
—Sam, te pediría que dejaras de robar comida del departamento —le dijo.
—¿De qué hablas? —preguntó Sam, confundida.
—Encontré tres platos de pastel vacíos esta mañana —explicó Spencer, todavía molesto.
—Ese pastel ni era rico —dijo Sam.
—¡No seas mentirosa! —soltó Spencer.
Sam sólo rodó los ojos ante aquel comentario.
Mientras Spencer iba a a la heladera a buscar más pastel, la niña bajaba las escaleras y corría hacia fuera del departamento... Los cuatro dejaron de hacer lo que estaban haciendo y se pusieron alerta, pero cuando la puerta se cerró, los cuatro voltearon a ver y no vieron nada ni a nadie. Con tranquilidad, volvieron a lo suyo entonces. Cinco segundos después, la niña volvió a entrar y corrió hacia las escaleras. Se pusieron alertas otra vez y cuando voltearon a mirar no había nadie. Otra vez, volvieron a lo suyo.
Cuando terminaron de subir algunas fotos de la niña y explicaron la situación en la página de iCarly, los chicos se pusieron en movimiento hacia el desván para preparar todo para el show.
Freddie se acercó directamente al carrito y empezó a conectar todo, hasta que Carly apareció con un vol vacío hacia Sam que estaba al lado de Freddie.
—¿Te comiste las bolitas de chocolate, Sam? —preguntó Carly.
—¡No! ¿Qué les pasa hoy? —preguntó disgustada la rubia, refiriéndose a Spencer y a Carly.
Freddie las miraba enarcando una ceja.
—En fin, empecemos el show —dijo Carly dejando el vol al lado del carrito y poniéndose en el lugar exclusivo de iCarly. Sam se puso al lado de ella.
Freddie terminó las conexiones y encendió su cámara:
—En 5, 4, 3, 2...
Freddie las apuntó con el dedo y encendió la cámara:
—¡Hola, yo soy Carly!
—¡Y yo soy Sam!
—Antes de empezar con el show... —empezó a decir Carly, acercándose—. Queremos comunicarles sobre...
—¡HOLA! —se escuchó diciendo de una niña que apareció de repente entre Sam y Carly y saludó con la mano y sonriente hacia la cámara. Sam quedó mirando pasmada, Freddie abrió los ojos de par en par y Carly:
—¡AAAAAAAAAH! ¡AAAAH! ¡AAAH! —gritó mirando terriblemente asustada y sorprendida hacia la niña.
Freddie dejó caer su cámara, estático... Habían reconocido a la niña.
—¡OH, POR DIOS!
La niña salió corriendo, dieron terminado el show y Freddie apagó la cámara.
Los tres se quedaron mirando desde sus lugares, estáticos sin saber qué hacer. Enseguida, Carly tomó la iniciativa para ir tras la niña, luego fue Sam y por último Freddie. Pero luego de buscarla por todo el edificio, se dividieron las secciones, los chicos regresaron agitados al departamento.
—¡Oh, por Dios, por Dios! —exclamaba Carly mientras empezaba a caminar de un lado a otro.
—Tranquila, Carls... —pidió Sam.
—Ya la encontraremos —siguió Freddie.
Pero entonces, Carly se quedó quieta, asustada, al recordar:
—¡Estamos buscándola desesperadamente, en cada rincón! ¡Sé que la agarraron! ¡Y CUANDO ENCONTREMOS AL QUE LO HIZO —empezó a alterarse la mujer con gran histerismo—... NO LE QUEDARÁ NINGÚN HUESO SANO!
—Estará en la cárcel, señora…
—Sí, eso también —dijo la señora a continuación, esta vez calmada. —... ¡ESTARÁ EN LA CÁRCEL Y SE PUDRIRÁ POCO A POCO!
—¡Ñaaaa! —empezó a alterarse Carly—. ¡Ñaaa! —Largaba esos sonidos mientras se abrazaba el estómago. —¡Ñaaa!
Freddie y Sam intercambiaron miradas confundidas...
—Tranquila, Carly, ahora llamaremos a Barriletes con Sonrisas... —empezó a decir Freddie.
—¡ÑAAAA! —espetó la castaña, asustando al castaño, haciendo que no diera ningún paso más. —¡No quiero ir a la cárcel!
—Tú no hiciste nada, Carly —dijo Freddie.
—¡No, ellos creerán que fuimos nosotros e iremos a la cárcel!... ¡Y nos pudriremos! —explicaba Carly sin dejar de abrazarse—. ¡No quiero ir a la cárcel!
—¡Será la juvenil! —espetó Sam como creyendo que aquello era mejor y que haría sentir bien a su mejor amiga.
—Oh, por Dios —expresó la castaña sin habersele ido el miedo.
—Te acostumbrarás...
—¡Sam, eso no la hace sentir mejor! —exclamó Freddie.
—¡Tú qué sabes qué la hace sentir mejor! —espetó Sam a Freddie.
—¡No empiecen a discutir otra vez!
En aquel momento, entró al departamento un agitado Spencer.
—Sí que es rápida esa niña —dijo, doblándose.
La niña aparecía y desaparecía otra vez cuando se daba cuenta de que intentaban atraparla, es más, corría rápido y se escondía demasiado bien. Llegando la noche, Carly se desplomó en el sofá, sin pensar en fijarse en ningún mueble de la cocina.
Estaba cansada de buscar y sabía que debía comunicar que la habían visto, pero aún estaba aterrada y no sabía qué hacer... y mientras se cerraban sus ojos, pronto supo lo que tenía que hacer, y era lo correcto, debía comunicar lo sucedido.
Abrió los ojos de golpe. Estaba sobre un colchón o sobre varios resortes gigantes que le clavaban la espalda. Cuando se sentó en la extraña y vieja cama, notó que estaba encerrada entre rejas.
—¡Oh, por Dios! ¿Qué es esto? —dijo Carly, bajando de la cama y acercándose a los barrotes. También notó su uniforme naranja—... ¿Dónde estoy? Pero... Pero... Pero... —Carly intentaba encontrar una explicación mientras arrastraba su mano por la reja.
—Ya, calma, Carls... —escuchó entonces que una voz conocida le decía desde atrás de ella.
—¿Sam? —preguntó entonces Carly, volteando a mirar hacia donde había venido la voz. Su amiga rubia, con el mismo uniforme naranja, se agachaba en el rincón y rascaba la pared con un tenedor.
—Ya casi acabo —decía la rubia, pero en la pared no se había formado ni siquiera un pequeño agujero.
—Bueno, prepárense... —dijo entonces un chico desde la litera de abajo de la cama en la que había estado Carly.
Carly se sentía mareada, mientras desesperada, miraba a sus amigos... Freddie estaba preparando todo para el iCarly que trasmitirían desde la celda; Sam se ponía al lado de ella con una sonrisa entusiasta y de "¿Comenzamos ya?", aparentemente, sin notar la mirada aterrorizada con la que Carly miraba todo... Aún oía el eco del tenedor rascando la pared, trabajo que Sam había estado realizando para hacer un túnel... "Ya casi acabo", volvía a su mente esas palabras, cuando en realidad no había conseguido hacer ni un agujero a la piedra; Freddie sonreía, alzando su cámara y Carly estaba muy desesperada...
—En 5, 4, 3, 2... —contaba Freddie mientras las apuntaba con su cámara y le faltaba un diente.
—¡AAAAAAAAAAAH! —gritó una asustada Carly, despertándose de golpe. Se sentó en el sofá y trató de tranquilizarse. Pronto entró Spencer al departamento.
—¿Y la encontraron? —preguntó.
—Noup —respondió Spencer, pasándose la mano por la cabeza. —Pero ya hay varios vecinos buscándola…
—Agggr —largó Carly, por las búsquedas frustradas, y sentándose mejor en el sofá. —Iré a ver si hay alguna novedad en la página de iCarly —dijo después, poniéndose de pie y acercándose a la computadora, ante la que se sentó.
—Buena idea —dijo Spencer, yendo hacia la cocina—. ¿Quieres un jugo?
—No, gracias…. AAAAAAAAAAAAAH —gritó Carly entonces al ver que estaban dando "iCarly en vivo" y la conductora era la pequeña niñita, que miraba hacia la cámara y hablaba haciendo monerías.
—¿Qué pasó? ¿Qué pasó? ¿Qué pasó? —se asustó Spencer, agarrando un largo salami de la heladera y corriendo hacia donde estaba su hermana con el arma en alto.
—¡Spencer, está en el desván! —aseveró Carly poniéndose de pie y corriendo hacia el ascensor, que llamó—. ¡Corre, Spencer!
Mientras, la niña sonreía ante la cámara:
—…. Y por eso vomité ese día —decía—. ¡Adiós!
Pero sin apagar la cámara la niña salió del desván por la puerta, por lo que cuando Carly y Spencer salieron del ascensor nadie estaba allí. Corrieron por el desván, mirando alrededor.
—Oh, Dios —se lamentó Carly. Y con gran resignación fue a apagar la cámara al darse cuenta de que estaba encendida. Y todavía preocupados por las constantes desapariciones de la niña, los hermanos Shay regresaron al living. —Preguntaré a Sam si la vieron —comunicó la chica sacando su PearPhone de uno de los bolsillos de sus pantalones.
El sonido del celular de Sam se escuchó en la cocina y la castaña miró directamente hacia allí mientras Spencer salía del departamento en busca de la niña otra vez.
—¡Sam! —expresó la castaña acercándose a su mejor amiga, que comía ante la mesa.
—¡Carly!
—¿No viste a la niña por aquí? —preguntó entonces con apresuramiento la castaña, fijándose en todos los sitios de la cocina, hasta en el muebles debajo de la pileta, pero no encontró a nadie.
—¡Chicas! ¿No encontraron nada todavía? —preguntó Freddie entrando como si nada y acercándose.
—Yo encontré un sándwich —dijo la chica, todavía con comida en la boca y alzando el sándwich.
—¡Me refiero a la niña! —espetó Freddie.
—¡Sí, la tenemos guardada en el bolsillo! —exclamó la rubia.
—¡Yo no quiero peleas ahora! —gritó Carly.
—Tienes razón —dijo Freddie—. ¿Y ahora por dónde buscamos? ¡Hemos buscado hasta en el basurero!
—¿En serio? —preguntó Carly, extrañada.
—¡Sí!... Entramos con la cuenta de Spencer —aclaró el chico luego con gran tranquilidad.
—Bien... Dividámosnos... Que alguien se quede aquí y vigile, y otros que salgan a buscar otra vez por el edificio —planeó Carly con desesperación.
—Yo me quedo aquí —dijo Sam, pues no quería alejarse de la comida.
—De acuerdo. ¡Vamos, Freddie!
Pero los chicos no dieron ni dos pasos que el timbre los hizo detener.
—¿Sí? ¿Quién es? —preguntó Carly, reanudando el camino pero esta vez caminando.
—¡Somos la policía!
Sam se puso de pie en seguida y los tres chicos intercambiaron miradas.
—Ahora no se puede robar ni en la casa de tu mejor amiga —comentó la rubia con tranquilidad, haciendo que Freddie y Carly voltearan a mirarla ceñudos.
—¡Vinimos por el caso de la niña!
Carly se asustó y abrió los ojos muy grandes.
—¡SOOY INOOOCEENTEE! —gritaba entonces la castaña, mientras salía corriendo hacia las escaleras y subía por ellas, antes de que la puerta se abriera sin más preámbulos y entraran dos hombres serios con las manos en la cadera.
Sam y Freddie levantaron las manos enseguida. Por otra parte, Carly entraba a su cuarto y buscaba de aquí para allá un lugar donde esconderse… Había un tacho de basura, pero no le pareció nada higiénico… Se fue hacia su cama, se acostó allí y se tapó hasta la cabeza. Por unos segundos sólo hubo silencio y nada se movía hasta que sintió algo en los pies. Espantada, se destapó nuevamente, sentándose, y vio un bulto que estaba al lado de ella. Rápidamente, destapó el bulto y vio a una niña acurrucada que enseguida se sentó.
—¡Oh, por Dios!
—Ya les dijimos que pueden bajar los brazos —dijo uno de los policías a Sam y a Freddie, que ahora estaban uno al lado del otro, todavía con los brazos alzados aun cuando ya le habían dicho que podían bajar las manos dos veces antes—. Un tal Spencer Shay nos explicó la situación y a la Directora del Hogar también.
—¡Ouh…! —exclamó Freddie.
—¡Ven aquí! —expresaba entonces la castaña que bajaba las escaleras siguiendo a una pequeña niña. Los otros se quedaron pasmados, mientras la niña abría la puerta del departamento y salìa. Todos corrieron tras ella.
Y luego de corridas, tropezones, caídas, empujones, escondidas... La encontraron metida en un jarrón grande del séptimo piso.
Minutos más tarde, Spencer la llevaba cargada en un hombro, y ella movía sus piernas y se quejaba con un "¡No, no, no!", la policía entró después, y a continuación, Carly comunicándole a la directora que ya la habían agarrado finalmente.
—¡Yo sólo quería estar en iCarly! —exclamó la niña, cuando la sentaron sobre el sofá, cuando la directora ya había llegado y los policías ya se habían ido.
Los chicos se dirigieron miradas sonrientes. Una semana después, en el siguiente iCarly:
—¡Y ahora, para terminar, Molestando a Luwbert! —exclamaron las dos conductoras al mismo tiempo, bailando y agitando las manos arriba. Una voz masculina se había unido a ellas para decir "Molestando a Luwbert", cuya frase apareció en pantalla con la cara sonriente de Luwbert al lado.
Freddie apretó unas teclas en su laptop y la pantalla del televisor se encendió. Lubwert estaba de los más tranquilo tras el mostrador, leyendo el periódico, y entonces, una niña se asomó por el mostrador y le hizo burla sacándole la lengua.
—¡Ay, ñiños monstruosos! —exclamó el portero, cerrando el periódico y mirando furioso a la niña, que derramó un líquido en el piso. Sam, Freddie y Carly miraban todo sonriendo.
Para cuando Luwbert había salido del mostrador, la niña ya corría por las escaleras.
—¡Ay, qué destables! ¡Agggr! —se quejaba Luwbert mientras empezaba a limpiar el vestíbulo. Pronto, empezó a oírse el timbre que estaba en el mostrador, constantemente. —¡Deje de tocar el timbre! —gritaba el hombre, dándose media vuelta para gritarle al responsable otra vez. Se trataba nuevamente de la niña, que seguía apretando el timbre una y otra vez—. ¡Agggr!
Sam y Carly miraron hacia la cámara, riendo, y luego volvieron a mirar hacia el televisor.
Luwbert había hecho un amago para atraparla pero la niña fue demasiado rápida y lo esquivó. Luwbert se dio vuelta de un salto y vio a la niña mirándolo. Pronto, empezaron una corrida por todo el hall del edificio, con esquivadas de la niña, o lo pasaba por al lado o por debajo de sus piernas.
—¡Agggr, fuera de aquí! ¡Fuera! ¡Fueeera! —se quejaba Luwbert hasta que la niña corrió por las escaleras otra vez. El hombre suspiró furiosamente y volvió a trapear el piso.
Pero entonces la niña regresó con un pequeño balde y le echó encima a Luwbert una salsa roja que también cayó en el piso.
El vídeo terminó, y Carly y Sam se reían mientras la niñita estaba al lado de Sam.
—Esto fue asombroso...
—Y aun le queda mucho que limpiar —decía Sam, Freddie le hizo un primer plano de su rostro, pensaba que se veía tan linda.
—¡Y todos gracias a esta niña! —dijo Carly señalando donde debería haber estado la niña, pero no estaba. Los chicos se pusieron serios.
Carly miraba a su alrededor. Luego los tres largaron un quejido al mismo tiempo.
—No otra vez —deseó Carly, lamentándose.
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