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De mutuo acuerdo

Maye Malfter

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3. Mycroft y Greg

Cuando Greg llegó a casa, no había nadie para esperarle.

Era ya bastante tarde y viernes, para rematar, pero aun así Greg no se sorprendió de llegar a una casa vacía. Después de todo, Mycroft trabajaba a todas horas y mucho más raro hubiese sido encontrarle sentado en el salón esperándole para preguntarle cómo le había ido en su reciente sesión de adulterio consensuado.

Greg sintió la soledad y el silencio de su gran casa envolverle como una sábana antes de decidir que se quería ir a dar un baño. Se había duchado en el hotel, pero no confiaba del todo en esos jabones pequeñitos y de todas maneras le apetecía lavarse el cabello con su propio champú y quitarse la mugre con su propio jabón, muchas gracias.

Atravesó sin prisa el gran recibidor y subió las escaleras que llevaban al dormitorio. Si alguien le hubiera preguntado, la palabra "pomposo" habría sido la primera en salir de su boca para describir aquel lugar. Innecesariamente grande, de colores cálidos, con acabados en madera y amoblado como si estuviera destinado a otra cosa que no fuera dormir, la habitación que compartía con Mycroft era sin lugar a dudas un reflejo de su dueño original, un político con gusto impecable y una gran tendencia a controlarlo todo a su alrededor.

Greg cruzó la habitación sin pararse a admirarla, demasiado acostumbrado a cada rincón y recoveco como para permitir que eso le entretuviera de llegar a su destino. El opulento cuarto de baño le hacía honor al dormitorio del cual era parte, todo mármol beige y madera laqueada, con detalles dorados demasiado lustrosos como para ser oropel.

La gran tina captó su atención por un breve momento, pero Greg se decidió por la ducha que estaba en la esquina, separada de todo lo demás. Instalada por su causa, la ducha era lo único que parecía no pertenecer a ese lugar, y por eso Greg la prefería. Era como él, un pedazo de practicidad entre todo ese lujo; el único trozo del mundo real dentro de aquella casa sacada directamente de la época victoriana.

Se quitó la ropa y se metió a la ducha, agradecido de sentir el conocido calor del agua sobre la piel. Estaba un poco más caliente de lo que acostumbraba, pero a sus adoloridos músculos les sentaba de maravilla. Ya no era un adolescente, después de todo, y el round con John en el hotel había resultado ser bastante intenso.

Un recuerdo bastante vívido le asaltó en medio de la enjabonada de rigor, provocando que su antes dormida entrepierna se interesara. Greg rió por lo bajo, cediendo ante el impulso que llevaba su mano jabonosa en dirección sur. Acarició su erección de abajo arriba, cerrando los ojos sin darse cuenta. Se apoyó de la pared detrás de él y dejó que su mente divagara entre un mar de imágenes al azar, oscurecidas y de bordes difusos, como cuando se está en una habitación con casi todas las luces apagadas.

Un jadeo salió de sus labios entreabiertos, mientras la ya endurecida polla empuñada en su mano enviaba a su cerebro señales mezcladas de realidad y recuerdo; la calidez del interior de John, lo mucho que había extrañado poseer a alguien de aquella manera, el instinto primario que le pedía repetirlo.

Sin embargo, otra clase de necesidad trepaba por su columna como electricidad, haciendo que la carne se le pusiera de gallina con el mero pensamiento. ¿Se atrevía a llevarla a cabo? Después de todo, estaba solo en la casa y probablemente lo estaría por esa noche; nada le impedía jugar.

Greg buscó a tientas la barra de jabón e hizo espuma a consciencia, dejándola en su sitio tras asegurarse de que sus manos estaban lo suficientemente resbalosas. Se apoyó de nuevo contra la pared y abrió las piernas para estar más cómodo; volvió a empuñar su erección con una mano mientras la otra recorría un camino diferente, pasando por un lado de su cintura, el bajo de su espalda, su trasero y finalmente su entrada.

Greg soltó un gemido involuntario al sentir sus propios dedos masajear su entrada, al tiempo que la otra mano subía y bajaba lentamente sobre su miembro completamente erguido. Continuó así por un interminable minuto, hasta que sintió el impulso de introducir por fin uno de sus dedos en su interior. Volvió a gemir, más alto esta vez, haciendo eco en los azulejos de las paredes. Teniendo cuidado, introdujo otro dedo y comenzó a mover ambos adentro y afuera, llevando el mismo ritmo que el de la mano sobre su polla, rememorando la cálida estrechez de John e imaginando que en lugar de sus dedos, era otra clase de cosa la que le hacía sentir lleno.

Continuó con su fantasía por todo el tiempo que le fue posible, antes de sentir el orgasmo formarse en el bajo de su vientre. Añadió otro dedo en su interior y aumentó el tempo de sus caricias, jadeando y lloriqueando sin restricciones como nada más se permitía hacerlo cuando estaba en soledad. Por fin, el orgasmo le golpeó, haciéndole derramarse sobre su estómago al tiempo que sus músculos internos le apresaban los dedos con pulsaciones regulares.

Greg dejó ambas manos caer a los lados de su cuerpo, mientras recuperaba el aliento perdido. Cuando estuvo más calmado, abrió los ojos y se miró desde arriba, notando que el agua había barrido las evidencias de sus previas actividades. Negó con la cabeza, sonriendo mientras se dedicaba a asearse como era debido.

No tardó demasiado en salir, envolviéndose en un esponjoso albornoz blanco que olía a limpio. Se secó el cabello con una toalla, tomó sus cosas y salió del cuarto de baño, casi resbalando al detenerse de repente; de pie junto a la cama adoselada, estaba Mycroft Holmes en persona.

El corazón de Greg comenzó a latir apresurado mientras una sensación desagradable se apoderaba de su estómago. Algo demasiado parecido a la culpa. Greg lo ignoró como pudo, componiendo su mejor sonrisa de bienvenida.

—Pensé que ya no venías —dijo, caminando en dirección al armario e intentando no parecer culpable—. Con las elecciones estadounidenses tan cerca y todo eso.

—Quise pasar la noche en la casa —respondió Mycroft detrás de él—, dormir en mi propia cama, comer mi propia comida, intercambiar impresiones de cierto encuentro entre el doctor Watson y tú…

La mano de Greg se quedó paralizada a medio camino del cajón de la ropa interior. Un escalofrío extraño le recorrió la espalda e incluso antes de girarse sobre sus talones supo que los fríos ojos de Mycroft lo atravesaban como dagas afiladas.

—¿Estabas mirando? —preguntó, sin poder ocultar el dejo de rencor que sintió surgir desde el fondo de su estómago.

Mycroft no dijo nada, pero él conocía demasiado bien sus expresiones como para pasar por alto la que a leguas era un "¿acaso creíste que no lo haría?".

—¡Increíble! —exclamó, alzando los brazos y caminando para estar justo en frente de Mycroft—. Me hiciste hacerlo, prometiste no espiar y lo hiciste de todas maneras, ¡y ahora quieres discutirlo conmigo! Simplemente increíble…

Mycroft era la estampa de la neutralidad. Sólo sus ojos delataban algo de sentimiento, pero incluso ellos estaban inmóviles en sus cuencas. Observaba a Greg como si quisiera hablarle a través de sus pensamientos, lo que sólo enojaba más al detective inspector.

—¿No te vas a defender? —inquirió Greg, comenzando a exasperarse por el silencio del otro—. Al menos dime qué rayos querías lograr.

Para su sorpresa, Mycroft cambió el peso de un pie al otro; el movimiento fue muy leve, pero para Greg a todas luces significaba que estaba nervioso con respecto a algo. ¿Nervioso? ¿Mycroft Holmes? El mundo definitivamente estaba de cabeza.

—Por lo que vi —comenzó—, el encuentro sexual con el doctor Watson resultó bastante satisfactorio.

Greg se cruzó de brazos. ¿A qué rayos venía eso?

—Lo fue —respondió, intentando sonar contundente.

Estaba algo dolido y aunque sabía por propia experiencia que los Holmes no estaban cableados como la gente ordinaria, si había alguna oportunidad de sacar algo de sentimiento del témpano de hielo plantado frente a él, la tomaría.

—Te instó a vocalizar tus sensaciones —continuó Mycroft, tan casualmente como si estuviera discutiendo el resultado de la última reunión a la que había asistido—. Te dejó tomar decisiones propias e incluso te permitió ser el activo.

—Lo hizo —confirmó Greg, bajando la guardia de manera inconsciente. Estaba confundido. ¿Acaso Mycroft le había espiado para calmar alguna fantasía voyerista? Porque esas acotaciones no se parecían nada a las perversas preguntas de alguien que disfruta ver a su pareja follar con terceros.

—Le hiciste sexo oral sin que te lo pidiera y con una técnica que hasta ese momento yo no estaba consciente de que sabías —acotó; Greg sintió los vellos de su nuca erizarse involuntariamente ante el recuerdo—. Nunca me has hecho sexo oral de tal manera —terminó por decir Mycroft y Greg se sorprendió tanto que se ahogó con su propia saliva. ¿Era eso resentimiento en su voz o Greg estaba imaginando cosas?

—Nunca me has dejado —respondió Greg al recomponerse, encogiéndose de hombros y decidiendo que si Mycroft había sacado el tema a colación bien podía aprovechar de decir lo que pensaba—. Te limitas a follarme la boca sin dejar que te toque, y aunque no me estoy quejando, tampoco niego que a veces pueda llegar a tornarse… monótono —explicó, utilizando la última palabra a falta de una mejor—. Si no me dejas espacio para mostrarte lo que puedo hacer, ¿cómo te vas a enterar de lo que puedo hacer, en primer lugar?

La pregunta flotó entre ellos como algo tangible y el rostro de Mycroft se contorsionó para mostrar una expresión bastante similar a la sorpresa. Greg jamás le había visto así, ni siquiera aquella primera vez que estuvieron juntos; Mycroft siempre supo que Greg estaba colado por él y se aseguró de jugar sus cartas de tal manera que fuese Greg el primero en dar el paso. Con ese hombre todo estaba calculado, así que ver algo cercano al asombro en esos inflexibles ojos azules era digno de una foto polaroid.

—Podríamos intentarlo ahora —sugirió Greg sin darse cuenta de lo que decía. De haber sido un niño pequeño, se habría tapado la boca con las manos—. Quiero decir… Ummm…

—Está bien —dijo Mycroft, moviéndose para ir a sentarse a la cama. Greg no pudo evitar que la boca se le quedara entreabierta por la sorpresa—. ¿Qué quieres que haga?

Por un momento, Greg no supo qué hacer más que quedarse de pie en su sitio, tan quieto como una estatua, como si de pronto Mycroft fuese a soltar una carcajada que puntualizara lo idiota que era por creerse que su Amo le dejaría rienda libre a un Sumiso para hacer lo que quisiera. Pero cuando Mycroft comenzó a desvestirse con completa parsimonia, Greg supo que no era ninguna broma.

Para cuando su cuerpo decidió moverse otra vez, Mycroft le esperaba en medio del colchón con tan solo el pantalón para cubrir su cuerpo. La simple visión hizo que se le secara la boca; ya era bastante raro que estuvieran haciendo aquello fuera de la habitación destinada para ello, y mucho más aún que fuese Mycroft y no Greg quién esperaba pacientemente la próxima instrucción.

Una idea cruzó la mente de Greg tan sólo un segundo, pero lo suficiente como para hacer que su entrepierna se interesara en lo que acontecía a su alrededor. Se acercó por fin a la cama, subiendo desde un costado para reunirse con su pareja en el centro. Lo miró de arriba abajo sin que este se girara, disfrutando del momento como la rareza que era en realidad. Quería recordar cada aspecto que le fuera posible a su mundano cerebro, desde el reflejo de la luz a través del cabello de su novio hasta la suavidad que prometía su piel lechosa y salpicada de pecas.

—¿Te puedes tumbar? —preguntó, haciendo todo lo humanamente posible para que su voz no se quebrara.

Mycroft accedió sin decir nada, mirándole por entre las pestañas tan pronto estuvo con la espalda sobre la cama. Greg se aclaró la garganta para concentrarse y se acercó lo suficiente para tomar las muñecas de Mycroft y subirlas más allá de su cabeza. La expresión del otro permaneció serena, pero sus ojos delataban una incertidumbre que Greg no estaba para nada acostumbrado a ver en ellos.

Con una mano mantuvo los brazos de Mycroft en posición mientras que alargaba la otra para alcanzar la corbata que éste acababa de doblar limpiamente sobre sus otras prendas. Le amarró las muñecas con delicadeza, consciente de cada gesto de su rostro, y al final ató el sobrante a la cabecera de la cama.

—Me gusta cuando me amarras —comentó, moviéndose a gatas para quedar cerca de la parte media de Mycroft—, pero si en algún momento quieres que te desate, lo puedo hacer —añadió.

—Estoy bien así —fue la escueta respuesta del otro, pero el tono era gentil, así que Greg lo tomó como una señal para continuar.

Greg desabrochó el pantalón de Mycroft apenas lo suficiente para notar que su miembro de hecho se mostraba atento al juego. Sonrió para sí mismo, complacido, y volvió su atención hacia el rostro de su novio. Mycroft le miraba con expectación y el pulso de Greg se volvió tan acelerado que estaba seguro de que la forma de su corazón sobresalía por encima de la piel de su pecho.

Inspiró una vez para calmarse y exhaló por la boca, imaginando que soltaba todo el nerviosismo junto con el dióxido de carbono de su respiración. Miró a Mycroft de nuevo y compuso una sonrisa lasciva que el otro no reciprocó, pero que hizo que las arruguillas al borde de sus ojos se marcaran un poco. Suficiente para mí, pensó Greg, inclinándose de nuevo y abriendo la bragueta del pantalón de su amante.

Greg liberó la erección de Mycroft sin apenas desvestirle, relamiéndose los labios en anticipación. La tomó entre una de sus manos y alzó la mirada, notando que Mycroft tenía los labios entreabiertos. Era raro ver al otro hombre con un gesto tan espontaneo y poco controlado, lo que hacía todo aquello más excitante aún. Greg masajeó la erección arriba y abajo varias veces, concentrándose en la punta con un calculado giro de muñeca que hizo que Mycroft moviera las caderas de manera involuntaria y cerrara los ojos ante la sensación, inspirando con fuerza. Greg no podía estar más satisfecho consigo mismo, al menos de momento.

Sin poder esperar más tiempo, Greg se inclinó hacia adelante para tomar a Mycroft con su boca, asegurándose de no despegar la mirada de él ni un momento. El otro tampoco le perdía de vista y en el justo instante en el que Greg introdujo la punta del miembro de Mycroft entre sus labios, el más bajo de los gemidos dejó la garganta del hombre de hielo.

Emocionado por la reacción de su novio, Greg salivó a consciencia y comenzó a trabajar la polla de Mycroft con ahínco, utilizando cada una de las cosas que, él sabía, hacían que cualquier hombre común perdiera el sentido del tiempo en cuestión de segundos. Pequeños jadeos roncos e involuntarios escapaban entre los labios de Mycroft, quién de vez en cuando parecía forcejear un poco con las ataduras de sus muñecas, sin duda en busca del control al cual estaba tan acostumbrado. Greg decidió cerrar los ojos y dedicarse a sentir cada parte de la erección en su boca, saboreando el salobre regusto del líquido pre-seminal, palpando con la lengua cada vena, recoveco y suave carnosidad que la componía; disfrutando de aquello que jamás le había sido permitido hasta ese momento.

Greg siguió así por lo que para él fueron varios minutos, sintiendo como la polla dentro de su boca se iba haciendo cada vez más y más firme, y escuchando jadeos roncos con cada vez más frecuencia. Palpó los testículos de su compañero y la tensión que halló en ellos le hizo aminorar la succión de su boca. De seguir así, Mycroft se correría, y Greg preferiría mil veces pasarse una década de celibato antes que perder una oportunidad como aquella por un descuido de su parte.

Greg dejó el miembro de Mycroft salir de su boca, sintiendo la barbilla cubierta con una mezcla de saliva y líquido pre-seminal y sin que le importara lo suficiente como para limpiarse. Miró de nuevo a su novio, cuya piel ahora estaba perlada en sudor y cubierta de un rubor que le quedaba precioso. Greg sonrió de lado ante lo vulnerable que se veía Mycroft aun cuando su rostro intentaba expresar control y se arrodilló sobre él, aprisionándole los muslos. Por fin dejó caer el albornoz que le cubría el cuerpo desde que salió de la ducha y se maravilló en lo muy abiertos que estaban los ojos de su pareja.

Sin mediar palabra, Greg escaló el cuerpo de Mycroft lo suficiente como para alinear su todavía dilatada entrada con la bastante ensalivada erección de su novio y tras dedicarle una sonrisa lujuriosa, Greg se empaló a sí mismo de un solo movimiento.

El gesto desencajado del rostro de Mycroft y el grito ahogado que intentó dejar su boca fueron suficientes para poner a Greg al borde del abismo que había estado escalando desde que su novio le permitió atarle. Sin perder ni un segundo, Greg comenzó a mover las caderas en un vaivén constante y rápido, profundo y delicioso, de tal manera que el para nada modesto miembro de Mycroft rozaba su próstata una y otra vez.

Greg colocó ambas manos sobre el pecho de Mycroft para mantener equilibrio y aumentó el ritmo de su vaivén a un nivel casi frenético, emitiendo obscenos sonidos roncos que parecían provenir del centro mismo de su cuerpo, desde el punto en el cual el cuerpo de Mycroft y el suyo se unían para formar uno solo.

Unas pocos movimientos más y Greg sintió más que vio como el cuerpo de Mycroft se quedaba rígido en preparación para el orgasmo, lo que lo llevo a alcanzar el propio. Mycroft forcejeaba inconscientemente en contra de sus ataduras mientras cerraba los ojos y dejaba la boca entreabierta; su polla bombeando dentro de Greg con pulsaciones características que llevaron a Greg a correrse sin siquiera tocarse, derramándose sobre el estómago de su amado y marcándole con su semen por primera vez.

Agotado tanto física como mentalmente, Greg se desplomó sobre el pecho de Mycroft. Ambos jadeaban en busca de aire, sus cajas torácicas chocando entre sí por estar llenándose y vaciándose de forma asíncrona. Greg mantenía los ojos cerrados, aferrando las caderas de Mycroft entre sus muslos como si aquello pudiera ayudarle a recuperar el aliento perdido.

Al cabo de un rato, el mundo dejó de girar y el desbocado corazón de Greg se acompasó con el tranquilo palpitar del pecho debajo del suyo. Movió las caderas lo suficiente para sacar a Mycroft de su interior pero se rehusó mentalmente a moverse de su lugar. Estaba donde quería estar. Donde siempre había querido estar.

—Si me desatas, podría ocuparme de ti —dijo la voz de Mycroft por encima de su cabeza.

Greg abrió los ojos como platos y alzó la cabeza, reparando en las muy amarradas muñecas de su compañero. Se abalanzó sobre las ataduras lo mejor que pudo sin quitarse de encima de Mycroft, pidiéndole disculpas entre apenados susurros. Mycroft no decía nada, y tras haberle desatado por fin, Greg pudo notar que su gesto no delataba enojo alguno; por el contrario, su novio parecía más tranquilo que de costumbre.

—Ven aquí —dijo Mycroft.

Haló a Greg hacia su pecho y comenzó a acariciarle el cabello de esa manera en la que lo hacía cuando la escena interpretada durante su encuentro sexual había resultado ser extremadamente agotadora o exigente para el sumiso. Greg se dejó hacer, agradecido tanto por el reconfortante toque como por tener a alguien como Mycroft Holmes a su lado.

Qué deidad era la responsable por poner al Hombre de Hielo en su camino, Greg no tenía ni idea, pero en ese momento, todavía capaz de sentirle dentro de su cuerpo y con sus firmes brazos rodeándole, estaba seguro de que ese era el lugar al que pertenecía.

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Meta notas:

*Foto polaroid: foto instantánea, como esas que se lanzan en las películas y que hay que agitarlas para que se revele la imagen. Polaroid es la marca de la cámara y del material con el que se hacían originalmente.


Notas finales:

Al final no me dio tiempo de terminar esta historia para el reto. Pero necesitaba terminarla, así que aquí estamos c: Todos los comentarios son bienvenidos ;)