Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.
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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.
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CAPÍTULO 02
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La tarde del día siguiente, y con mucha discreción, Juugo siguió a la señorita Lee hasta el parque Valle del Fin. Ella llevaba un parasol apoyado en el hombro izquierdo y lucía un vestido de color rosa pálido con un sobrero a juego. Su vestimenta desprendía un aire de absoluta inocencia. Juugo era incapaz de imaginar que se la tuviera jurada a lord Kamizuru, a menos que fuera porque creyera que aquel hombre era absolutamente irritante. La joven no dio ninguna señal de ser consciente de la presencia de Juugo.
Como era habitual, el parque estaba lleno de damas y caballeros que exhibían sus encantos: su ropa elegante, su arrogancia, su firme convicción de que estaban por encima del resto de la población… Juugo tenía muy poca tolerancia por la nobleza, excepto cuando se trataba de sus amigos, que estaban escalando puestos en la sociedad con alarmante regularidad. Hacía ya algunos años que habían descubierto que Sasuke Uchiha estaba destinado a convertirse en el conde de Konohagure. El año pasado Suigetsu Hozuki se casó con una duquesa viuda. Y Karin Darling, la única mujer que Juugo había amado de verdad, acababa de casarse con el vizconde de Otogakure. Juugo estaba sinceramente contento por ella. Él siempre se había mostrado muy generoso con Karin, pero al final pagó un alto precio por esa generosidad. Su padre le había enseñado aquella dura lección y Juugo llevaba pagando desde entonces.
Sus amigos no presumían del lugar que ocupaban en la sociedad ante él, pero él no se movía en los mismos círculos que ellos. Las cosas eran así. A él no le molestaba que a los demás les fuera tan bien, pero también reconocía que él siempre sería el hijo de un ladrón.
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Él había amado a su padre como jamás había amado a ninguna otra persona, excepto a Karin. Sin embargo, su padre le había dejado una enorme carga. Cuando era un niño a veces lloraba por las noches atenazado por el peso que le había tocado sobrellevar. Otras veces la rabia se adueñaba de él y destruía todo cuanto encontraba a su paso. Había perdido la cuenta de las veces que Karin le curó las heridas y le vendó las rodillas ensangrentadas con delicadeza. Abusaba tanto de sus manos que no dejaban de dolerle ni un minuto. También se le habían deteriorado las facciones debido a las muchas peleas en las que había participado, y que le habían dejado un rostro lleno de cicatrices y un perfil muy alejado de la perfección. No se consideraba un hombre precisamente atractivo, pero por lo menos esperaba que su rostro reflejara fuerza.
Tampoco había esperado nunca que ese rostro pudiera atraer la atención de ninguna dama. Karin era la única mujer a la que había deseado. Aunque acababa de casarse, ya hacía un poco más de un año que ella le había entregado su corazón a Otogakure. Juugo no tenía ninguna intención de buscar otra chica. Hacía muchos años que decidió darle su corazón a Karin y con ella se quedaría. Lo único que necesitaba en aquel momento era la compañía de alguna mujer ocasional que pudiera satisfacer sus necesidades básicas. Y como era conocido por prestar a las mujeres toda su atención y se preocupaba de darles placer, incluso a aquellas que jamás lo habían experimentado antes, nunca tenía problemas para encontrar una mujer dispuesta a pasar la noche con él. Incluso las que estaban acostumbradas a cobrar por ello raramente aceptaban su dinero.
Sin embargo, últimamente, aunque seguía dando placer a las mujeres, ninguna de ellas conseguía satisfacerle a él, y sus acciones en la cama eran más mecánicas. Al acabar siempre se quedaba con un dolor en el pecho, evidencia sin duda de que ya no poseía ningún corazón. Aunque lo cierto era que ya "no recordaba la última vez que se había llevado a una mujer a la cama.
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La señorita Tamaki le apartó de sus profundos pensamientos. La chica se detuvo junto a un árbol donde tenía una vista estupenda del área de cabalgata del parque; era evidente que estaba esperando a que llegara su presa montando su brillante corcel. Aunque se suponía que Juugo debía centrarse en la chica, también hizo algunas averiguaciones sobre Kamizuru. Ahora sabía, igual que probablemente lo sabía ella, que el marqués daba un paseo por el parque cada tarde exactamente a las cinco y media.
Nadie parecía prestar ninguna atención a la chica. Las otras damas estaban ocupadas intentando llamar la atención de los caballeros, y los hombres estaban más interesados en las damas que querían llamar la atención que en las que pretendían pasar inadvertidas. Todo formaba parte del ritual a seguir para encontrar la esposa adecuada. Juugo sabía que si se acercaba a ella podía poner su reputación en entredicho, pero estaba ansioso por cerrar aquel caso.
Empezó a aproximarse a la señorita Lee. Había pensado mucho en la mejor forma de acercarse a ella. Adoptaría la actitud de ser un caballero interesado en ella, se ganaría su confianza y luego le sonsacaría los motivos de aquella extraña fijación por Kamizuru y lo que pretendía exactamente del vanidoso lord.
En cuanto estuvo tras ella, le asaltó una intensa fragancia a rosas. Juugo no recordaba haber olido aquel perfume la noche anterior. Tal vez se debiera a que ahora era mucho más temprano y que la chica se acababa de poner el agua de rosas. Aquel olor le provocó unas sensaciones que la mayoría de las fragancias de otras mujeres no conseguían suscitar.
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―¿Señorita Lee?
Ella se volvió. Abrió los ojos, que tenían el color de los caramelos, y entreabrió ligeramente sus rosados y carnosos labios. Sin embargo, recuperó rápidamente el control.
―¡Vaya!, el señor No Tenpi, ¿verdad? No esperaba volver a verle.
Las palabras que había preparado para desarmarla se mezclaron en su mente como los dados dentro de un cubilete. A la luz del día aquella chica era una criatura completamente distinta. Las sombras de la noche le habían escondido todo un mundo. Tenía una piel perfecta, estaba hecha de un cremoso alabastro con un toque de rubor que se deslizaba por la parte superior de sus pómulos. En sus ojos brillaba una inocencia y una dulzura de la que no se había percatado. El pelo que sobresalía por debajo de su sombrero era como el color del chocolate dulce. Se encontraba ante la misma mujer con la que había estado la noche anterior y, sin embargo, era más encantadora de lo que recordaba. Había algo en la imagen de esa chica bajo la luz del sol que le golpeó directamente en el pecho y hacía que le costara respirar, lo cual deseaba hacer desesperadamente con el único fin de disfrutar una vez más de su fragancia.
La joven esbozó una enigmática sonrisa.
―No me estará siguiendo, ¿verdad?—Él negó con la cabeza bruscamente y carraspeó mientras se daba tiempo para recuperar la compostura. Las mujeres no solían tener aquel poder sobre él. Nunca. La más hábil seductora podía conseguir que se le derritiera el cuerpo, pero no la mente.
―No ―respondió finalmente esperando desarmarla con una de sus más encantadoras sonrisas. Cuando era un niño coleccionó una gran variedad de expresiones especialmente diseñadas para conseguir todo lo que se propusiera. Una mirada triste para cuando tenía hambre y quería que algún tendero le diera algo para comer o que un cocinero le diera un trozo de pan; lágrimas para cuando quería que se le acercara alguna dama y poder así meter las manos en sus bolsillos; valentía para cuando era necesaria; humildad para cuando la precisara para hacerse con algún premio... A veces creía que no era más que un páramo ausente de emociones reales y que solo disponía de las que tenía almacenadas en su arsenal y que podía controlar a su voluntad―. Bueno, sí, supongo que en cierto modo sí que la estoy siguiendo. Verá, es que he encontrado algo que creo que podría serle útil. Estaba a punto de llevárselo a casa cuando la vi paseando por la calle. He decidido venir a dárselo personalmente en lugar de entregárselo a su casera.
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El inspector se metió la mano en el bolsillo, sacó un mapa de Konoha y se lo ofreció.
―Para que no vuelva a perderse nunca más.
La sorpresa iluminó el rostro de la joven y se rio; fue un ligero sonido que competía con el canto de los pájaros. Cuando cogió el mapa sus dedos enguantados rozaron los de Juugo y se le hizo un nudo en el estómago al imaginarla acariciándole otra parte del cuerpo. Tragó saliva con fuerza esforzándose por mantener la compostura. A fin de cuentas, solo era una mujer. Era su objetivo. Había construido esa fachada exclusivamente para ella y no reflejaba su verdadero yo. Eso solo lo compartía con unos cuantos elegidos.
―Es muy amable de su parte. ―Lo miró a los ojos con una expresión de sincera alegría. ¿Cómo podía alguien pensar que aquella mujer podría siquiera matar una mosca?―. Debe haberle costado mucho encontrarlo.
No le había costado nada en absoluto. Lo había comprado el año pasado, cuando los vendedores de mapas habían inundado la ciudad esperando a los numerosos visitantes que acudirían a Konoha con motivo de la Gran Exposición. Le dedicó una atrevida combinación de humildad y seguridad.
―La molestia forma parte del regalo.
A Juugo no le gustaba tener que decir tantas mentiras. Nunca antes le había importado tener que engañar a alguien para que compartiera con él la información que necesitaba. Pero estaba empezando a temer que quería algo más de aquella chica que lo que entraba dentro de la categoría estrictamente profesional. Quería tenerla entre sus brazos. Quería sentir cómo ella se ponía de puntillas mientras él agachaba la cabeza para posar la boca sobre sus labios y fundirse con ella en un apasionado beso. Quería que compartiera la cama con él, que le susurrara traviesas palabras al oído…, y lo cierto es que dudaba que el vocabulario de aquella chica incluyera las palabras en las que él estaba pensando. Pero él podía enseñárselas. Estaba convencido de que sería una alumna aventajada.
Pero además también quería que se sentara con él junto al fuego y que lo escuchara mientras le contaba cómo le había ido el día, y que le ofreciera palabras de consuelo cuando él tuviera que enfrentarse a la brutalidad y la inhumanidad de los hombres. Era precisamente aquel pensamiento lo que hacía que el deseo que sentía por ella resultara tan poco práctico, porque los horrores a los que él debía hacer frente cada día no podían tener cabida en el seguro mundo y la inocente mente de aquella joven.
Juugo se reprendió mentalmente. ¿En qué diablos estaba pensando para albergar aquellas descabelladas ideas? Él nunca se dejaba llevar por aquella clase de poéticos pensamientos. Era un hombre realista. Práctico.
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―Soy incapaz de imaginar cómo podré pagarle por su amabilidad ―dijo ella.
―Quizá sea usted tan amable de dar un paseo conmigo por el parque.
Ella miró a su alrededor y él se preguntó si estaría buscando a Kamizuru o se estaría asegurando de que nadie la veía hablando con él.
―Supongo que no perjudicará mi reputación. A fin de cuentas, no puede usted aprovecharse de mí aquí.
Sí, era muy inocente. ¿Por qué pensaría aquella chica que las mujeres necesitaban carabina? Un hombre siempre se aprovecharía si se le presentaba la oportunidad de hacerlo. Especialmente si la dama era tan provocativa como ella.
Juugo le ofreció el brazo con galantería. Cuando su pequeña mano enguantada se posó sobre él, su contacto le recorrió el cuerpo hasta las plantas de los pies. Como estaba decidido a ganarse su confianza, se había vestido como un auténtico caballero: guantes, sombrero, una chaqueta elegante, chaleco y corbata. Siempre había preferido la ropa un poco más sencilla, pero se esmeraba más cuando su objetivo era una mujer. A las mujeres parecían gustarles más los hombres bien vestidos. Y necesitaba toda la ventaja que pudiera conseguir. Junto a ella se sentía como un bobo absolutamente torpe, en lugar de sentirse como el mejor detective de Scotland Yard.
―Parece haberse recuperado muy bien de la terrible situación a la que tuvo que enfrentarse la pasada noche ―dijo Juugo intentando concentrarse en la tarea y alejarse de sus extravagantes pensamientos.
―Sí, estoy mucho mejor. Le agradezco las molestias que se tomó.
―¿No ha sufrido ninguna consecuencia?
―No, no tengo ni un solo cardenal. Fue una estupidez que saliera sola tan tarde. No sé en qué estaría pensando. En adelante seré más cuidadosa.
―Me alegro de escuchar eso. ¿No creció usted en la ciudad?
―¿Qué le hace pensar que no crecí en la ciudad?
Él ladeó la cabeza y esbozó una irónica sonrisa.
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―Ayer se perdió.
Ella se sonrojó y sus mejillas se cubrieron de un intenso color rosa.
―Oh, sí, es cierto. Solo llevo una semana en la ciudad.
―¿Ha venido a Konoha por algo en particular?
Ella negó con la cabeza.
―Quería conocerla. ―Miró el cielo como si estuviera buscando respuestas―. Mi hermana vino de visita el año pasado. Quedó muy fascinada con la ciudad. Así que pensé que vendría este verano.
―Es una lástima que no la haya acompañado su hermana. Tal vez así no se habría perdido.
Ella volvió a mirarlo a los ojos.
―Falleció hace poco.
Él puso cara de sorpresa para dar a entender que aquella información era completamente nueva para él y posó la mano sobre la que la chica tenía apoyada en su brazo. Cuando le estrechó la mano a la joven lo hizo con la intención de consolarla y tal vez ese fuera el primer gesto sincero que tenía con ella.
―Lamento su pérdida.
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Juugo advirtió sus dudas antes de que añadiera:
―Nuestra casa está junto al mar. Ella estaba paseando… Se acercó demasiado a los acantilados y cayó al mar.
«Un prematuro final, sin duda.» Recordó las palabras de Kamizuru y se preguntó qué papel habría jugado aquel hombre en la muerte de la chica. Se sintió tentado de confesárselo todo a la señorita Lee. Estuvo a punto de preguntarle directamente cuál era su verdadero propósito y pedirle que le dijera por qué estaba siguiendo a Kamizuru. Pero decidió continuar con su artimaña pensando que tal vez la joven pudiera alejarse de él si sospechaba que estaba con ella por trabajo.
―Le vuelvo a dar las condolencias por su pérdida.
Ella encogió un hombro con delicadeza.
―Mi padre se puso enfermo poco después y también murió. He pasado unos meses muy duros.
―Así que se vino usted a Konoha.
Ella sonrió con delicadeza.
―Mi hermana me habló de todas las maravillas que había visto en la ciudad. Tenía un diario. Lo leí cuando ella murió, sentí envidia de todo lo que había visto, y aquí estoy.
―¿Una mujer viajando sola? Es usted muy valiente.
―Me halaga, señor, pero lo cierto es que no me queda otra alternativa. No tengo tías que puedan acompañarme, y tampoco tengo dinero para contratar compañía. Además, mi madre murió hace muchos años. Tetsuya nació primero, y luego vine yo. Desafortunadamente, creo que yo fui demasiado para mi madre.
―¿Entonces usted y su hermana se llevan poco tiempo?
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Ella esbozó una cálida sonrisa.
―Solo nos separaban algunos minutos.
Eran gemelas. Ahora comprendía que Kamizuru se hubiera sentido intranquilo al darse cuenta de que le seguía una mujer y que sospechara que se trataba de un fantasma.
―Espero que no me considere demasiado inquisitivo, pero me pregunto por qué no vino usted a Konoha con su hermana el año pasado.
―Mi padre solo se podía permitir enviar a una de nosotras. Tetsuya era la mayor, aunque solo fuera por unos minutos. Gracias a una prima lejana, Tetsuya pudo disfrutar de una presentación en sociedad. Mi padre esperaba que encontrara un buen marido y entonces yo pudiera tener mi oportunidad.
―Entonces ha venido usted a presentarse en sociedad.
―No, yo… no. No me lo puedo permitir. Yo solo he venido a Konoha porque quería verlo.
―¿Y su prima no puede ayudarla?
―Mi familia ya la molestó una vez ―negó con la cabeza―, y a mi hermana no le salieron bien las cosas. No quiero volver a aprovecharme de la generosidad de mi prima. ¿Le importa que hablemos de otra cosa?
La impaciencia que teñía la voz de la joven le alertó de que su actitud se acercaba peligrosamente al interrogatorio. Normalmente acostumbraba a ser más sutil, pero por algún motivo con ella quería saberlo todo y saberlo cuanto antes, y no solo porque fuera su deber. Eso de que hubiera decidido viajar sola denotaba que era valiente y tal vez un poco temeraria. Sin embargo, admiraba lo decidida que estaba a no requerir compañía para conseguir lo que deseaba.
―Le pido que me disculpe por haber tocado un tema tan delicado.
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Ella adoptó una expresión más relajada.
―Usted no podía saberlo.
Y entonces la tensión reapareció: a la joven se le contrajo todo el cuerpo y perdió el paso. Juugo siguió la dirección de sus ojos y observó mientras Kamizuru paseaba por el parque sobre su montura negra. Cuando volvió a mirarla se dio cuenta de que ella había palidecido y ya no le brillaban los ojos; en ellos solo se adivinaba un profundo dolor.
―¿Señorita Lee? ¿Está usted bien?
―Sí, lo siento. Yo…, disculpe.
Juugo volvió a mirar en la dirección por la que se había ido Kamizuru.
―¿Conoce usted a lord Kamizuru?
La desconfianza se apoderó de los ojos de la señorita Lee.
―¿De qué lo conoce? ¿Diría usted que es amigo suyo? ―preguntó ella.
Él sabía que en aquel momento tenía que ser muy cuidadoso.
―Lo conozco porque tengo amigos que se mueven en los mismos círculos que él y, en alguna ocasión, he tenido la mala suerte de ser invitado a alguna de sus reuniones. En cuanto a si somos amigos, la respuesta es no. Sinceramente, y entre nosotros, lo cierto es que no me gusta mucho ese tipo.
―A mí tampoco.
―Entonces quizá deberíamos seguir andando antes de que nos vea y se acerque a nosotros. Es usted una mujer encantadora y, según tengo entendido, tiene debilidad por las mujeres encantadoras. ―Y aunque sabía que Kamizuru había bailado con su hermana y que la señorita Lee pasaba su tiempo observando al marqués, Juugo no podía decir que conociera los detalles de la situación. Debía ceñirse a su plan para conseguir que ella acabara contándoselo todo sin dejar entrever ni la más mínima pista de que sabía lo que se proponía.
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Ella asintió y se volvió a ruborizar provocativamente. Juugo no estaba seguro de conocer ninguna mujer que se sonrojara con tanta facilidad y con tanta dulzura, pero lo cierto era que las mujeres que él conocía estaban endurecidas por la vida y hacía ya muchos años que habían aprendido a no desvelar sus sentimientos. Juugo pensó que la señorita Lee era la primera persona genuina que se cruzaba en su camino. Aquella chica no tenía ninguna malicia. Esa travesura de perseguir a Kamizuru no era más que una molestia. Su naturaleza no era ni despiadada ni calculadora.
Solo estaba siguiendo a un lord, intentando irritarlo. ¿Por qué no se daba cuenta sir Kabuto de una vez de que la señorita ee era absolutamente inofensiva? Pronto se cansaría de asediar a Kamizuru. Allí no había nadie en peligro y Lee tenía asuntos más importantes que atender. Aquella misión era absurda y carecía de sentido. Sin embargo, Juugo cambió de dirección para dar la espalda al marqués. Estaba convencido de que Kamizuru no tendría la sensatez de acercarse a ellos y revelar sus intenciones. Si lo hiciera, todo aquel asunto se precipitaría hacia su fin, pero Juugo quería resolverlo a su manera.
―¿Y cómo conoció usted a Kamizuru? ―preguntó él después de algunos minutos de silencio y cuando estuvo seguro de que aquel odioso hombre ya no los podía ver.
Ella negó con la cabeza.
―No lo conozco personalmente. Nunca nos han presentado.
―¿Pero ha oído hablar de él?
Ella asintió y él comprendió su aflicción.
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―Señorita Lee, si la ha lastimado de algún modo yo…
―No, a mí no. A mi hermana. Él jugó con Tetsuya, así que siento curiosidad por él. Poco después de llegar a Konoha le pedí a alguien que me dijera quién era. ―Hizo una pausa como si quisiera ser cuidadosa con las palabras que elegía y con la información que revelaba, y Juugo pensó que quizá los dos estuvieran actuando. Desafortunadamente para ella, él era un auténtico maestro y acabaría descubriendo cualquier cosa que se propusiera esconderle, mientras que ella conseguiría saber muy poco sobre él.
Juugo estaba bastante seguro de conocer la respuesta. Era evidente que Kamizuru había arruinado la reputación de su hermana y Tetsuya había preferido saltar desde aquel acantilado en lugar de vivir con ello. Ella, que debía casarse bien y ayudar así a su hermana a presentarse en sociedad, había fracasado miserablemente. En cuanto a Tamaki, tal vez estuviera intentando descubrir si Kamizuru se merecía el afecto de su hermana.
Sean cuales fueren sus motivos, Juugo se sentía intrigado por el desafío que suponía aquella chica. Él acostumbraba a aburrirse muy rápido de las mujeres que desvelaban demasiado con demasiada facilidad, y a pesar de que lo que buscaba era descubrir sus motivos y sus planes, no veía ninguna razón por la que la investigación no pudiera resultar placentera para ambos.
―Yo… lo siento, señor No Tenpi ―dijo ella por fin―. Me temo que ya me he cansado del parque. Debería volver a mi pensión. Muchísimas gracias por el mapa. Le aseguro que haré buen uso de él.
―¿Me concedería usted el honor de dejar que la acompañe a casa? Me parece que está usted un poco alterada y me gustaría asegurarme de que llega a salvo.
Ella parpadeó como si aquellas palabras no fueran las que esperaba, o tal vez las que quería oír. Al final asintió.
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Mientras caminaban en silencio, ella empezó a ser más consciente de que el señor no Tenpi no dejaba de mirarla. Se preguntaba qué estaría pensando y si se sentiría tan inesperadamente atraído por ella como ella se sentía por él. Estaba muy sorprendida por lo que había ocurrido, por cómo la había afectado encontrárselo en el parque. Sus rasgos eran duros y muy marcados, le recordaban a su amada y escarpada costa, que tenía una apariencia preciosa y al segundo siguiente parecía mortalmente peligrosa.
Le resultaba muy sencillo imaginárselo en la cubierta de un barco con las piernas abiertas. Sus músculos tensaban la tela de la chaqueta. A pesar de su altura, desprendía una alegre delicadeza. Sin embargo, también poseía un lado oscuro. De vez en cuando veía un reflejo de esa faceta en sus ojos. Pensó que debería sentirse asustada y, sin embargo, estaba intrigada.
Si alguien le hubiera preguntado, incluso hacía un año, qué haría si alguna vez tenía la oportunidad de visitar Konoha, ella habría contestado con inocencia, y tal vez también con ingenuidad, que intentaría asistir a los espléndidos bailes de los que tanto había oído hablar, a fabulosas cenas y a alguna ópera ocasional. Tal vez incluso habría mencionado que esperaba enamorarse. Doce meses antes, no, en realidad solo nueve meses antes, ella creía que Konoha era el lugar donde la hija de un intrascendente vizconde podía hallar la felicidad, realizar sus sueños y encontrar un amante esposo, un buen matrimonio y bienestar. Consideraba que la nobleza era digna de admiración, nunca había pensado que algunos de ellos eran espantosamente peligrosos. Que algunos, como el marqués de Kamizuru, se divertían arrastrando a jovencitas a los fuegos del infierno.
Después de leer el diario de su hermana, los motivos por los que quería visitar Konoha habían cambiado por completo.
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Ya podían ver la pensión. Era modesta y sus dos habitaciones eran pequeñas, pero resultaba un lugar confortable.
―Gracias por acompañarme hasta casa ―dijo ella.
―Ha sido un placer. ―Esbozó una sonrisa que se podía juzgar como una provocación o una advertencia―. Confío en que esta noche no salga sola. No me gustaría que le ocurriera algo malo.
―No, hoy me retiraré pronto ―le aseguró ella.
―Me alegro de oír eso. Espero volver a verla en el parque mañana, quizá un poco más temprano. ¿Digamos sobre las dos?
Sus asombrosos ojos naranja se pasearon lentamente sobre ella como si pudieran ver su interior. Su color le recordó al bello atardecer del verano y pensó en lo mucho que había corrido por alcanzarle cuando era solo una niña. Pero no había suavidad alguna en su mirada, nada que pudiera hacerle cosquillas en las plantas de los pies. Era importante que no se perdiera en aquellos ojos. Se preguntó a cuántas mujeres les habría ocurrido. Sus ojos eran su rasgo más llamativo. A través de ellos casi podía distinguir el ingenio que ocultaba su mente. Daba la impresión de estar relajado y en paz y, sin embargo, casi podía ver cómo trabajaba su mente.
Se dio cuenta de que le ardían las mejillas y deseó que el propósito que la había llevado a Konoha fuera distinto. Intentó no pensar que si ella hubiera sido la primera en ir a la ciudad no habría cometido los errores de Tetsuya. Antes de descubrir el diario y de comprender por lo que había pasado su hermana, había llegado incluso a discutir con Tetsuya y a echarle en cara sus errores. No debería estar disfrutando de recibir las atenciones de un hombre, pero parecía incapaz de reprimirse.
―Será muy agradable dar un paseo más temprano. Es muy probable que esté allí, sí.
―Hasta mañana, entonces. ―Se tocó la punta del sombrero con los dedos y empezó a alejarse.
Ella se apresuró escaleras arriba y abrió la puerta con la llave que le había dado la señora Kakei, su casera. Se detuvo en la entrada y enseguida percibió la fragancia de la cera para muebles y el olor a flores frescas.
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La señora Kakei apareció en el vestíbulo limpiándose las manos en el delantal. Su pelo violeta había empezado a vestirse de tonos grises y su rostro ya había perdido la firmeza de la juventud. Tenía tendencia a espiar por las ventanas y le encantaban las habladurías.
―Es él, señorita Lee. Ese es el hombre del que le hablé, el que estuvo haciéndome preguntas sobre usted.
―¿Es él? ―Ella lo sospechó desde que la señora Kakei se lo describió.
―Me dio una corona para que no se lo dijera, pero yo soy fiel a mis clientes, especialmente teniendo en cuenta que está usted sola. ¿Es un pretendiente?
―Si tengo suerte, sí. Me avisará si vuelve a verlo por aquí, ¿verdad?
―No tenga ninguna duda.
―Gracias.
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Subió las escaleras. Una vez estuvo dentro de la habitación que había alquilado en la esquina del edificio, se acercó a la ventana y miró por entre las cortinas. No vio al señor no Tenpi. Se preguntó si se habría marchado o habría dado la vuelta para poder contemplar su habitación desde un sitio mejor. Ahora estaba bastante convencida de que trabajaba para Kamizuru y que el marqués le había enviado para que la vigilara. Si quisiera hacerle más daño, estaba segura de que ya lo habría hecho.
Sacó de su bolso el mapa que le había dado el señor no Tenpi. Había sido muy inteligente por su parte idear una excusa tan dulce para acercarse a ella. Sin embargo, no pensaba subestimarlo.
A plena luz del día ella se había sorprendido de su altura y de la amplitud de sus hombros. Pero ese hombre ocultaba más peligros que nada tenían que ver con su tamaño. Lo más peligroso era lo que había visto en su rostro. Parecía un hombre que podía matar a alguien solo deseando que muriera. No era la clase de persona a la que se pudiera engañar y, sin embargo, ella tenía la intención de hacer exactamente eso: engañarlo. Engañarlo para que se hiciera amigo suyo, para que la deseara hasta que hiciera cualquier cosa para protegerla, incluso caer víctima de su propia espada.
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