Disclaimer – Twilight no me pertenece, le pertenece a Summit y a S. Meyer. Amatista1986 me ha dado su amable permiso para tomar prestada su idea, pero el desarrollo de esta misma ha sido mía.

¡Disfruten de la lectura y perdonen el retraso en la actualización!


Capítulo III – Un sábado muy peculiar

No pudo evitarlo.

Buenas noches, Bella –murmuró acercándose y dándole un beso en la frente.

Edward despertó a la mañana siguiente muy descansado. Se sentía muy bien, lleno de energía, hacía semanas que no dormía tan bien. Eran las nueve de la mañana.

Se levantó pensando en el sueño tan raro que había tenido. ¡Un ángel que se instalaba en su vida! Se estaba volviendo fantasioso. Quien sabe, a lo mejor la soledad le estaba sentando demasiado mal. Tal vez necesitara charlar con Jasper, que siempre tenía una palabra de aliento y un buen consejo.

Se levantó de la cama y bostezó, estirando los brazos y desperezándose. Caminó al baño para ducharse y lavarse la cara. Si la memoria no le fallaba, era sábado y debía hacer la limpieza después de terminar los deberes mandados por el profesor.

Abrió la puerta de su habitación y se quedó congelado. Una alegre Bella silbaba al salir del baño, aún con el pijama puesto.

–¡Buenos días! –le saludó.

Vaya.

No había sido un sueño.

Le había dado los buenos días.

Pero, ¿por qué demonios no reaccionaba?

Corriendo y respirando entrecortadamente, se volvió a meter en su habitación. ''Mierda, Edward. Te has comportado como un verdadero idiota y has quedado como un maleducado con cara de pasmarote'' le dijo su parte caballerosa, acompañada de su conciencia. Pero, por otro lado, su parte más vaga y débil protestó: ''¿Cómo ibas a saber que era real? No es tu culpa''.

Armándose de valor, se atrevió a volver a abrir la puerta, y estuvo a punto de chocar con Bella, que fruncía el ceño delante de su puerta.

–Pensé que tenías más modales.

''Te lo dije'' le reprochó su conciencia.

–Lo siento, no suelo ser así. Pensé que había soñado todo lo que ocurrió ayer –se excusó pasándose la mano por el pelo.

La verdad es que se hallaba aún un poco sorprendido y anonado. Bella se dio la vuelta suspirando y empezó a enumerar lo que había que hacer a lo largo del día.

–Está bien. Yo iré a preparar ahora el desayuno, tú puedes pasar al baño. Después harás tus deberes, limpiaremos la casa y saldremos a tomar un helado. ¿O has olvidado eso también? –inquirió con los ojos peligrosamente entrecerrados.

–¡Por supuesto que no! –respondió Edward con calor, pese a que sí lo había olvidado.

Se metió en el baño y se dio una ducha pensando en lo increíble que era todo eso: ¡tenía a un ángel viviendo en su casa! ¡Un ángel chica! Se lavó la cara y se cambió de ropa para bajar a desayunar. Se puso unos jeans y una camiseta blanca.

Cuando bajó a la cocina, vio que Bella tenía ya preparado un plato de tostadas y una taza de leche tibia. El ángel acababa de terminar y estaba dejando el plato en el fregadero, bajo el grifo. Le sonrió al entrar y Edward le devolvió la sonrisa.

–Yo ya he terminado. He pensado que mientras tú desayunas y haces tus deberes podía sacar a Jake a pasear.

Necesitaba reconocer el terreno. Examinaría las calles que estuviesen alrededor de la casa de Edward y vería si había algo sospechoso.

–Está bien –accedió Edward. Él, desde luego, no era nadie para prohibirle nada.

–¿De qué son los deberes?

–Matemáticas –sonrió Edward. Le gustaban los números y la materia era fácil para él.

Bella sintió pena por él. Para ella los números eran un verdadero suplicio. Subió a cambiarse de ropa. No se arregló demasiado y se puso unos tenis, unos pantalones de deporte y una chaqueta deportiva. Llamó al can, pero no le puso la correa, como le pidió Edward. Ya se encargaría ella de cuidarlo, sin necesidad de atarlo.

Al salir de la casa, volvió a comprobar que la cúpula que había colocado el día anterior no se había deteriorado. Contra Ellos, cualquier precaución era poca. .

Dio una vuelta por los alrededores, pero no percibió nada extraño.

¿Por qué estás protegiendo a Edward? Sé perfectamente que no hemos salido a pasear, de modo que puedes decírmelo.

–Ellos quieren algo de Edward, y es mi misión averiguarlo. El Padre me ha encargado esta tarea y la cumpliré pase lo que pase.

¿Quién es el Padre?

–Es el Creador, el que creó todo lo bueno y bonito en el mundo.

Oh, entonces será una gran persona. ¿Es un gigante, como el que hay en la caja negra de Edward?

–No es una persona, y no sé qué aspecto tiene. Pero es grande, bueno y comprensivo. Por eso trabajar para él es un honor.

Ah. Entonces te ayudaré en todo lo que pueda. Los animales podemos percibir cosas.

–Muchas gracias, Jake –sonrió Bella.

Casi una hora después volvieron a casa y encontraron a Edward sacando las escobas y los trapos.

–Vaya, habéis tardado mucho. Hace ya un rato que he terminado.

–Pensé que como eran matemáticas tardarías más –respondió Bella sorprendida.

–Qué va, a mí me gustan los números –dijo dándole una escoba al ángel.

–A mí no. Son demasiado racionales, demasiado... cuadrados. No dan posibilidad a una interpretación y tienen solo una salida –explicó Bella cogiendo un trapo y un cubo.

–Me gustan precisamente por eso. La literatura, en cambio, me confunde. Es demasiado abierta, da posibilidad a muchas interpretaciones y es demasiado libre. Todo el mundo tiene una opinión diferente acerca de un texto y nadie se pone de acuerdo.

–¿No es eso lo bueno de la literatura? Todo el mundo piensa diferente y eso es bueno. El Padre nos hizo así y la literatura solo muestra lo bueno de su Creación.

Compartieron diversas opiniones acerca de varias cosas, y Edward descubrió que conversar con ella era fascinante. No siempre coincidían, pero tenían algunos gustos en común. Le dio a escuchar diferente tipos de música y coincidió en que la clásica era la mejor. Le comentó acerca de algunos libros que se habían escrito y Bella se sabía algunos de ellos, como las obras de las hermanas Brontë y las de Jane Austen. Le dijo que sabía de qué trataban y que su favorito era Orgullo y Prejuicio, porque el amor prevalecía ante todo.

Entonces se sumieron en un debate acerca del libro, mientras limpiaban la casa. Tardaron mucho, pero tres horas y media después estaba ya todo listo.

Edward se desplomó sobre el sofá, suspirando.

–Pensé que no terminaríamos nunca.

–Yo también, pero finalmente hemos terminado. Queda una hora para la comida, ¿quieres que vaya a comprar la comida para el almuerzo? –le preguntó al ver que Edward parecía incapaz de levantarse. Además, se había dado cuenta de que la despensa estaba casi vacía.

Edward miró su reloj y suspiró al ver que eran ya las dos de la tarde.

–¿Por qué no mejor nos arreglamos y vamos a comer fuera, a Port Angeles? Podríamos tomar el helado como postre.

Bella apoyó la propuesta muy alegre y subió a cambiarse. Edward la siguió sonriendo y entró en su habitación para cambiarse también. Se dejó los mismos pantalones y se puso una camisa de cuadros azules y grises por fuera de los pantalones con una chaqueta negra. Cogió sus inseparables gafas de empollón y se las puso.

Bajó a esperar a Bella en el comedor, haciendo zapping mientras tanto. Divertido, se preguntó cuánto tardaría un ángel en arreglarse.

En el piso de arriba, concretamente en la habitación de los invitados, Bella se estaba poniendo una blusa blanca, con mangas francesas y fruncida debajo del pecho, y unos pantalones de color azul marino. Desechó los tacones que por alguna razón le había mandado Aro y se calzó unas pequeñas bailarinas blancas decoradas con un lacito de terciopelo marrón. Se deshizo la cola de caballo, se cepilló el largo cabello caoba y volvió a recogérselo. Cogió una chaqueta gris y un bolso bandolera de piel sintética en el que metió lo que creía que podía necesitar: DNI, tarjeta de crédito, gafas de sol, un bolígrafo...

En un cuarto de hora, y mucho antes de lo que Edward había imaginado (por su experiencia con Alice), bajó las escaleras sin prisa, intentando no caerse. Su experiencia en el mundo humano anteriormente le había indicado que las escaleras eran para ella un arma mortal.

–¡Estoy lista!

Edward se quedó mirándola intentado cerrar la boca. Nunca había visto a una chica a la que le quedara tan bien un conjunto tan sencillo. Bella se sonrojó al notar la mirada de Edward sobre ella y tosió disimuladamente. El chico se ruborizó y se pasó la mano por el pelo, levantándose de un salto.

–Bien. Vamos –masculló–. ¡Pórtate bien, Jacob!

Entraron en el garaje y tomaron el Volvo en dirección a Port Angeles. La música de Debussy hizo que el silencio del principio fuera menos pesado hasta que Edward rompió el silencio.

–Creía que los ángeles no seguían modas.

–Y no las seguimos. Algo muy diferente a seguir las modas es querer causar una buena impresión, ser limpia, decente y no llamar la atención.

–Comprendo.

El resto del viaje lo pasaron en un silencio más cómodo y pronto llegaron a Port Angeles. Aparcaron y dieron un pequeño paseo hasta un restaurante italiano, La bella Italia, cerca del centro comercial.

En aquel momento, Alice, con un alegre mono amarillo corto y una cinta en el pelo, y Jasper, de vaqueros y camisa, salían de una de las tiendas del centro comercial. Alice saltaba alegremente y Jasper cargaba caballerosamente con todas las bolsas de su amiga.

–¡Muchas gracias, Jazz, de verdad! Podría haber llamado a Edward si hubieses estado ocupado.

–No, tranquila, es un placer acompañarte. Y, hablando de Edward, podríamos ir a visitarlo después de comer. Estoy un poco preocupado por él.

–Cierto, yo también. ¿Por qué no vamos a comer a La bella Italia?

–¿Por qué no? –sonrió Jasper.

Dejaron las bolsas en el coche de Jasper y se dirigieron al restaurante. No estaba demasiado lleno y el camarero les condujo a una mesa cerca de la ventana. Alice se quitó el abrigo y lo colgó en la percha, sonriendo.

Jasper se quedó encandilado mirándola, pero un detalle rojizo a la espalda de Alice le llamó la atención. Se echó a un lado y se fijó bien.

–Eh, ¿no es ése Edward?

Alice se dio la vuelta y sonrió con astucia.

–Sí, Jazz, es Eddie... y muy bien acompañado, por cierto.

Delante de su amiga había una chica delgada, con el pelo largo, de color caoba y muy bien cuidado. Parecía que llevaba una camisa, o una blusa, de color blanco. La había conjuntado con una chaqueta gris perlado, unos pantalones de color azul marino, casi negro, y unas bailarinas de color blanco. Alice asintió al sentido de la moda de la chica. Alguien que supiera vestir con elegancia, siguiendo la moda y sobre todo, que estuviera haciendo reír como estaba haciendo ella reír a Edward, merecía todo su respeto.

''Ojalá que con una chica sensata empiece a plantarle cara a las cosas de la vida'' pensó Alice, que siempre le había reprochado su pasividad a su amigo.

Jasper se dio cuenta de que Edward parecía más relajado y contento de lo que había estado nunca en su vida y se alegró por él.

–¿Nos acercamos?

Pero antes de que terminara la pregunta siquiera, Alice se dirigía ya a la mesa donde Edward y Bella esperaban la comida. Jasper negó con la cabeza sonriendo y cogió los abrigos de ambos para acomodarse en la otra mesa.

–¡Hola, Eddie!

–¿Qué tal, Edward?

El aludido se puso pálido al verlos. ''¡Maldita sea! ¿Por qué de todos los restaurantes eligieron éste?''. De pronto, se dio cuenta del centro comercial que estaba en la otra punta de la calle y se dio un golpe mentalmente, por no recordar que Alice siempre visitaba el centro comercial los sábados, por una u otra razón. Por eso mismo había decidido que el día de la limpieza fuera el sábado, para tener siempre una excusa presente.

Bella se dio la vuelta para mirarlos. Una chica y un chico. La piel le cosquilleó agradablemente en las manos y el ojo derecho comenzó a picarle. Mientras se frotaba delicadamente el ojo, se preguntó cuál sería el que tenía el donde la precognición, y cuál era el que tenía el don de la empatía. Reconoció muy fácilmente los síntomas que daban a entender que había alguien especial cerca. Muy buenos dones, y siempre era beneficioso tener a gente así alrededor. Recordó que en la Ciudad de las Nubes había gente que, con un don especial, sabía identificar los dones de otras personas con mucha rapidez. Lamentablemente, ella no lo tenía.

Volvió a mirar a Edward como si nada hubiera pasado y preguntó burlonamente:

–¿Eddie?

–No me llames así –gruñó él con enojo–. Hola, chicos.

–Buenas tardes –saludó Bella educadamente, sonriendo.

Sería bueno ver en qué ambiente vivía su protegido, aunque a simple vista parecían buenas personas.

Alice, por otra parte, sonreía maliciosamente. Era una chica muy, pero que muy guapa. Sus ojos eran cautivadores y su piel, sin maquillaje, relucía con luz propia, como si la rodeara un halo de luz. Le pareció que la conocía de algo, pero no supo relacionarla a nada.

–¿Interrumpimos algo? Si es así, a Alice y a mí no nos molestaría volver a nuestra mesa, ¿verdad, Alice?

–¡Claro que no!

Bella contestó, al ver que Edward no parecía muy dispuesto a hacerlo.

–No interrumpís nada –sonrió–. ¿Sois amigos de Edward? –Alice asintió vigorosamente–. ¿Por qué no os quedáis a almorzar con nosotros?

Edward la miró fulminándola con los ojos, pero Bella le ignoró olímpicamente. A Alice le caía cada vez mejor. Era generosa, sabía controlar a su amigo, era educada, amable... Sí, sin duda, sería amiga suya. Lo afirmaba. No sabía por qué, pero tenía esa sensación, al igual que sabía que a Edward le gustaba Bella, y que acabarían juntos.

Alice cogió dos sillas de otra mesa desocupada y se acomodó al lado de Bella. Jasper se sentó entre Edward y Alice, justo delante de Bella.

Jasper puso una mano sobre el hombro de su amigo.

–¿Por qué no nos presentas, Edward?

El susodicho suspiró un poco antes de empezar.

–Chicos, ésta es Bella. Bella, éste es Jasper, mi mejor amigo, y ella es Alice, la chica más pesada del instituto, con complejo de duende y banshee.

–Y, aparte de todo eso, su mejor amiga y la única que lo soporta –sonrió Alice estrechándole la mano a Bella. El ángel la apretó encantada y repitió el mismo saludo con Jasper.

–Bella. Hum... Un nombre extraño, pero muy significativo. Hermosa en italiano. ¿Tus padres te pusieron ese nombre?

–¡Oh, no! –se sonrojó ella–. Mi nombre es Isabella, pero mis conocidos me llaman Bella.

Una camarera, joven, rubia y en tacones vino a tomarles nota. Tras pedir, volvieron a retomar la conversación.

Jasper sonrió y preguntó:

–Bien, Bella. ¿Cómo conoces a Edward?

–Es... bueno, ella es...

–Una amiga de la infancia. Éramos vecinos en Chicago.

–¿De verdad? ¿Y has venido a visitar a Eddie?

–No, he venido a terminar aquí mis estudios.

Alice aplaudió levemente encantada.

–¿Dónde estudiarás? Sería maravilloso que fueses a nuestro colegio. ¿O te quedarás a estudiar en Port Angeles? –dijo rápidamente, tanto, que Bella casi pierde el hilo de la conversación.

–No –intervino Edward–. Estudiará con nosotros, de hecho creo que en nuestra misma clase.

Mientras hablaba Edward, la camarera trajo sus bebidas. Tras dirigir una sonrisa coqueta a Jasper (por la cual se ganó una disimulada mala mirada de Alice), dejó los vasos y se marchó contoneando las caderas.

–Retomando. ¡Será perfecto, Bella! Estaba ya un poco harta de ser la única chica del grupo –rió Alice, dando botes en la silla–. Y, dime, ¿dónde vas a vivir?

Al oír la pregunta, Edward se atragantó con la Coca-Cola. Jasper le dio unas palmaditas en la espalda.

–¿Estás bien?

–S-sí –Dios mío, Alice, ¿por qué haces esa pregunta?

–Entonces, ¿dónde estás quedándote, Bella?

Un alegre color rojo corrió a instalarse en las mejillas del ángel. Sonrió turbada y musitó:

–Estoy viviendo con Edward.

–Sí... Nuestros padres se conocen, y como el padre de Bella tenía que irse de viaje por muchos meses, me llamó y me pidió que dejara que se instalase en casa –explicó rápidamente Edward.

Pero eso no evitó que Jasper lo mirara sonriendo con complicidad y que a Alice le brillaran los ojos con un tinte malévolo. El sonrojo de Bella se hizo aún más notorio y Edward tosió para disimular su incomodidad.

–No nos habías dicho nada de esto, Eddie –ronroneó Alice.

–¡Dejadlo ya! –Exclamó él con calor–. Estamos viviendo solo como hermanos, solo eso.

–Sí, ya –ironizó Jasper–. Por cierto, Bella, ¿nunca antes has estado en Forks o en Port Angeles?

–No. ¿Por qué lo preguntas?

–Nada, es que me resultabas familiar, como si te hubiera visto antes –repuso Jasper.

–Es verdad, yo tengo la misma sensación –intervino Alice, inclinándose sobre la mesa.

La camarera volvió de nuevo, esta vez con la comida. En aquel momento, mientras la chica dejaba la comida, a Bella se le rompió la cinta con la que se sujetaba el pelo. Se le desparramó sobre los hombros y la joven se llevó una mano a la cabeza, sorprendida.

–¡Vaya! Si era nueva...

Se agachó a recogerla bajo la atenta mirada de los otros tres chicos. Edward no podía evitar admirar la belleza de su cabello y Jasper y Alice por fin empezaron a reconocer a Bella.

Al volver a levantarse con los restos de su cinta en la mano, el cabello le cubrió la cara. Un rayo de luz entraba por la ventana que quedaba a espaldas de Bella. La camisa blanca revoloteó por unos segundos. Una chispa de reconocimiento brilló en los ojos de Jasper.

–¡Oh, Dios mío! –exclamó Alice cubriéndose la boca con las manos.

–¿No se parece mucho a la chica de tus sueños, Edward? Creo que, de hecho, es igualita –inquirió Jasper sorprendido, con los ojos muy abiertos–. Yo mismo la pinté en un cuadro y podría jurarlo.

Edward, con las manos mojadas de sudor, se hizo el desentendido.

–¿Ah, sí? Pues no me había fijado.

–¡No nos tomes por idiotas, Eddie!

Bella sonrió divertida. La razón por la que Edward había estado soñando con ella era porque uno de sus dos amigos tenía la habilidad de ver acontecimientos futuros, pero él no lo sabía aún. Tendría que explicárselo de vuelta a casa.

–¿De verdad soñabas conmigo, Edward? –se burló.

–Ni siquiera te pareces a la chica que aparecía en mis sueños –afirmó él rotundamente.

Bella sonrió con condescendencia, como si le sonriera a un niño pequeño. Jasper rió disimuladamente y Alice sonrió ampliamente.

Edward terminó por reír con ellos, contagiado por su alegría.

La conversación tomó entonces derroteros más agradables, en las que Bella iba contestando con ingenio, para diversión de su acompañante.

–¿Tienes hermanos, Bella?

–Ni uno que sea biológico. Aunque me hubiera gustado tener alguno.

–¿Por qué dices que no tienes ''ninguno que sea biológico''? –preguntó Alice con curiosidad.

–Porque a Edward lo considero un hermano –sonrió Bella cálidamente–. Aunque no es lo mismo que un hermano de verdad.

–No te lo recomiendo –suspiró Jasper–. Yo tengo una hermana, Rosalie. Tiene un año menos que yo, y es una verdadera pesada.

Bella se rió, a sabiendas de que no lo decía en serio.

–Cuéntanos, ¿tienes algún cuento vergonzoso de nuestro Eddie?

El ángel sonrió malévolamente.

–Muchos, pero lo cierto es que ahora no recuerdo ni uno –dijo.

–¿Cuáles son tus aficiones, Bella?

–Leer, pasear, escuchar música clásica... Suelo escuchar también las canciones que cantan algunos coros de voces blancas. Me gustan mucho.

–¿Nunca has intentado cantar tú? –dijo Edward interesado.

–Lo intenté una vez, pero... no salió muy bien –dijo sonrojada.

–¿Te gusta la moda? –saltó Alice emocionada–. ¿A que sí? He visto que vistes muy bien. ¿Sabes que dicen que el gris perla es el color más votado para los trajes de las modelos? Y... –El parloteo de Alice continuó por unos diez minutos hasta que se interrumpió ella sola–. ¿Qué opinas?

–Ejem, Alice, lo siento, pero la moda... No entiendo mucho de ella. No... es un hobbie para mí.

–¡Oh!, ¿en serio? ¡Qué pena! Con lo emocionada que estaba.

Suspiró desilusionada, de modo que Bella fue incapaz de tratar de consolarla.

–Lo siento mucho. Aunque si puedo hacer algo para compensártelo...

Alice tomó la oportunidad al vuelo.

–¡Con que me acompañes un día de compras me bastará! ¿Lo harás?

–¡Claro!

Edward y Jasper se miraron mutuamente, compartiendo un único pensamiento: ''No sabe dónde se ha metido''.

Salieron del restaurante entre risas y conversaciones casi una hora después. Edward había insistido en pagar la cuenta, que había reafirmado la teoría de Bella de que había mucho bueno en su protegido, y que tenía más dinero del que habitualmente dispondría la gente.

Dieron un paseo por las calles, hasta llegar una plaza, donde decidieron separarse. Alice tendría que haber vuelto ya a casa y Jasper tenía que llevarla de regreso. Edward y Bella concordaron en que era hora de ir a comprar el helado que tanto deseaba probar el ángel.

–Estoy encantada de haberte conocido, Bella –se despidió Alice con alegría mientras abrazaba a la chica.

–Lo mismo digo, Alice –sonrió ella–. Espero que podamos conocernos aún mejor. ¡Vosotros no me habéis contado nada vuestro!

–Lo haremos, destriparemos nuestros más profundos secretos ante ti, Bella, no te preocupes –rió Jasper al despedirse.

Alice se acercó a Edward para despedirle con un abrazo. Cuando el chico se lo devolvió, la joven susurró en su oído.

–Espero que con una chica buena, sensata y bonita al lado empieces a plantarle cara a las cosas, Eddie. Y espero que te ayude a olvidar a Mallory también.

–No te repitas, Alice –se quejó Edward, un poco azorado.

–¡Sólo piénsalo, Eddie! ¡Sé que lo harás! ¡Nos vemos!

Corrió hacia donde lo esperaba Jasper con la puerta del coche abierta y se subió de un salto. Bella y Edward dieron una vuelta por la plaza hasta dar con la heladería que quería él.

Bella, curiosa y alegre, compuso una divertida mueca al probar el helado de frambuesa, refrescante y ligeramente ácido. Edward la observaba con su propio helado de chocolate en mano, divertido.

Las palabras de Alice volaron a su mente, cumpliendo la predicción de su amiga. Cuando se sorprendió a sí mismo imaginándose de pareja con el ángel, se dio una golpe mentalmente.

Su conciencia parecía no dar abasto aquel día: ''Oh, vamos, Edward, no seas absurdo. ¡Ella es un ángel! ¿Cómo va a estar un ángel con un humano? No-podéis-tener-nada. ¡Deja las tonterías fuera de tu mente! ¡Solías ser un chico centrado! No puede ser que con cada persona que llegue nueva a tu vida, te revoluciones. Y...''

Su conciencia, sin embargo, tuvo que dejar su sermón, porque Bella le había tocado un brazo, llamándole la atención.

–¿En qué pensabas? Parecías muy concentrado.

–Nada importante –viendo que la muchacha no le creía, se apresuró a desviar la atención–. Y, por cierto, ¿no se suponía que los ángeles eráis honestos? Porque todo lo que les has contado a Jasper y a Alice es mentira, ¿no?

–¡Por supuesto que no! Eran todas medias verdades. No tengo hermanos biológicos, pero considero a todos los ángeles y a los humanos, e incluso a los demonios, como hermanos míos. Pero solo les he contado que te considero a ti como uno. No tenían porqué saber que ellos también son hermanos míos, al menos en mi mente, en mi opinión.

–¿Y lo de si tenías cuentos míos? Tú no sabes ninguno, ¿o sí?

–No, pero ya sabes que Aro los tiene seguro. Así que no es del todo incorrecto lo que he dicho. La palabra ''recordar'' tiene muchas connotaciones y puede crear mucha confusión –sonrió el ángel–. Verás, todo lo que has hecho o dicho en tu vida, queda grabado en un libro. Cada persona tiene uno propio en la Gran Biblioteca, guardada por varios ángeles. Lo que Aro hizo al contactar contigo mediante el símbolo de comunicación, fue acceder a tu libro y revisarlo –Edward callaba sorprendido–. La vida de cada persona queda registrada desde el mismo momento de su concepción hasta su muerte. Los hechos físicos, como correr, comer o respirar no, sino que registran los pensamientos y los sentimientos, ¿comprendes?

–Pero si dijiste que quedaba registrado todos lo que haces o dices... –repuso Edward confuso, aludiendo a una frase del ángel.

–Cierto, pero los pensamientos y los sentimientos van unidos a ellos. Puedes leer un libro, eso es un hecho, pero sientes y piensas al leerlo, ¿no? Puedes pensar, ¿qué pasará ahora? O sentir miedo y agitación en una escena turbulenta.

Edward se quedó callado, pensativo. Así que cualquiera podía ver lo que estaba pensando en aquel momento... El chico no supo si decantarse por el bochorno o la risa.

–¿Y lo de los coros de voces blancas? –inquirió como última pregunta.

–Los coros de los querubines suenan realmente bien, ¿sabes? Y es cierto que una vez intenté entrar el Coro Celestial –replicó Bella un poco sonrojada–. Pero, dime, ¿es verdad que soñabas conmigo?

–Durante dos semanas y media antes de que llegaras –dijo Edward con el ceño fruncido.

Tras terminarse el helado, ambos tiraron las servilletas y volvieron a donde estaba el Volvo. Se subieron al coche y Edward volvió a hablar.

–¿Tuviste tú algo que ver en eso? –inquirió con sospecha.

–¡Claro que no! –se defendió Bella divertida–. Fue por Alice o por Jasper.

–¿Alice o Jasper? ¿Qué tienen ellos que ver?

–Fácil. Verás, cada persona tiene un don. No he podido identificar el tuyo, pero hoy, en cuanto ellos se nos acercaron en el restaurante, pude percibir que ambos tenían un don. Uno de ellos es la precognición, y el otro, el de la empatía.

–¿Qué tiene eso que ver con mi sueño? –preguntó Edward interesado y extrañado.

–La influencia de una persona con el don de la precognición puede provocar sueños premonitorios ante un cambio importante en la vida de una persona. Modestia aparte, creo que conocer a un ángel, un ángel de verdad, tuvo que ser un cambio importante.

–¡Qué interesante! ¿Y cuál de ellos es el que tiene el don de la precognición?

El coche viró al llegar a la entrada del pueblo. Estaban llegando ya al hogar de Edward.

–No lo sé. Pude percibir las señales, pero no supe identificarlos.

–¿Señales?

–Sí. Cuando hay alguien con el don de la precognición cerca mía, si se acerca a mí por primera vez, percibo un picor en el ojo. Y si es alguien con el don de la empatía, me hormiguean suavemente las manos. A veces es más difícil percatarse de las señales, o son tan tenues que apenas se perciben.

–Comprendo.

Por fin llegaron a casa y salieron del vehículo. A paso rápido, porque había empezado a lloviznar, entraron el porche. Edward sacó las llaves de su bolsillo, mientras Bella esperaba pacientemente envuelta en su chaqueta.

De repente, todos los sentidos de Bella se pusieron en alerta. Se le erizó el vello de la nuca y le entró un sudor frío en las manos. Dio media vuelta y corrió hacia el bosque, mientras Edward la llamaba detrás de ella.

Tropezó con las innumerables raíces y ramas que había en el bosque y se manchó las pantalones y las manos de barro y hojas mojadas. Se levantó y se internó aún más, pero lo que sea que había provocado su reacción había desaparecido. Bella permaneció bajo la lluvia, mojándose y respirando agitadamente.

Edward llegó corriendo detrás de ella, sin resuello.

–¡¿Estás loca? ¿Cómo se te ocurre irte así, corriendo bajo la lluvia? ¿Qué...

–Volvamos –le cortó Bella–. He percibido la presencia de uno de Ellos, pero ha desaparecido. Tenemos que estar muy alerta.

–¿E-Ellos? –tartamudeó Edward–. Entonces, ¿ya saben dónde vivo?

Bella empujó a Edward y lo instó a volver en dirección al hogar.

–Me inclino a que no lo saben aún, pero me temo que podrían volver. Creo que están revisando la zona, pero yo he dejado una barrera en nuestra casa. Espero sinceramente que no vuelvan.

–Lo mismo digo –murmuró Edward.

Al cabo de un rato caminando bajo la lluvia, por fin llegaron a casa. Jacob los recibió en la entrado, agitado y muy inquieto.

Bella, Edward. ¡Al fin! Por cierto, creo que he sentido eso que decías. Parecía que había alguien.

–Sí, había alguien, Jake, pero se ha marchado.

¡Qué decepción! Con el tiempo que llevo sin hincarle los dientes a alguna pierna jugosa. Me habría encantado que vinieran.

–No es recomendable –suspiró Bella, resignada–. Bueno, iré a cambiarme la ropa y saldré a comprar la comida para esta noche. ¿Te parece bien, Edward?

–¡Claro! Te acompañaré.

Subieron a sus respectivas habitaciones mientras Jacob iba trotando a tumbarse en su cesta. Sin demonios a los que morderles la pierna, la excursión valía poco la pena y carecía de atractivo para él.

Bella, mientras cogía otra blusa y otra chaqueta, pensó en si sería mejor camuflar la casa. Tal vez retirando la cúpula y dejando que la revisaran, de modo que pensaran que era una casa como cualquier otra...

No. Se darían cuenta inmediatamente de que en aquel hogar había un ser luminoso. Un ''alitas'' en la jerga demoníaca. Quizás podía debilitarla mientras estaban fuera, pero tenía que estar muy despierta y vigilante. No podía dejar que Ellos se llevaran a Edward.

No sabía aún con exactitud qué querían de él, pero había oído cosas. Se decía que a veces buscaban un alma pura, que les sirviera para rendirle culto a Lucifer. Como obsequio sangriento, por supuesto. Otras veces, querían un chivo expiatorio. No sabía para qué querrían algunos demonios un chivo expiatorio, pero prefería no saberlo.

Sea lo que fuere, no podía ser nada bueno. Y por eso, ella iba a proteger a Edward de todo mal.

Porque ella ya lo apreciaba como a un verdadero amigo.


Perdón si a alguien (por ser ateo, budista, musulmán o lo que fuere) le ha molestado tanta alusión a Dios. Tienen que tener en cuenta que este es un fic en el que la protagonista proviene del Cielo bíblico, por lo que son aceptables.

Espero que les haya gustado, recuerden dejar muchos reviews y nos vemos en la próxima =)

Atentamente =)

lady Evelyne