Muchas gracias a todos por vuestros reviews, realmente me animan mucho y me hacen continuar con esa loca historia que se me ocurrió un día.
Hoy os dejo con el capítulo 3, que es un poco más corto que los otros ya que no tengo mucho tiempo para escribir. Aún así espero que os guste, o que al menos os entretenga un ratito.
Leinad~
3
Es increíble todo lo que puede llegar a pasar en tan poco tiempo. Crees que conoces tu cotidiana vida, ya que esta es igual día tras día. Pero de repente, en tan solo un segundo, la vida da un giro de ciento ochenta grados sin que tú si quiera te des cuenta. Un giro demasiado inesperado.
Estaba tirada en una gran cama, con sabanas de seda, almohada de plumas y con mi hermano torrado a un lado. Los rayos del sol traspasaban una cortina fina y blanquecina, y coloreaban las paredes de la habitación elfica con un color amarillento. Estaba en Rivendel, una ciudad-refugio habitada por Elfos y dirigida por Elrond, el cual aún no conocía.
Llevaba un buen rato despierta, la calidez del sol me había despertado. Por un momento pensé que me encontraba en mi cama, en mi habitación, en mi casa, pero aquella no era mi realidad. No me quería levantar, me quería quedar así todo el día e incluso toda una semana si me lo permitiesen. Me sentía extraña, confusa y desconocida, estar tan lejos de eso llamado hogar me hacía sentir así. Nostálgica. Y la pregunta es la de siempre
¿Por qué había ocurrido esto?
Mi herida ya había sido atendida, ¿en serio un simple corte podía provocar tanto alboroto? Según habían contado, me encontraron inconsciente con Sombra en el claro de un bosque. Eché un largo suspiro, sentándome en la cama, intentando no despertar a Darren, aunque eso sea casi una misión imposible. Por lo que creía, ya era medio día y dentro de poco sería la hora de la comida. No tenía hambre, aparte de que no me daba la gana de vestirme con un vestido. ¡Los odiaba! Y nadie lo comprendía. "Eres tan poco femenina, con esas pintas nadie nunca se fijará en ti, ni siquiera ese orejas picudas" había dicho Gimli, ganándose que le tirase la almohada contra su cara. ¿Qué le hacía pensar que mi intención era llamar la atención de ese elfo rubio? Hump. Y ¿qué tenía de malo una simple camiseta y un pantalón? Nada, pero claro, yo tengo que llevar un vestido. Sacando ganas de donde no las había, me levanté y estiré mi espalda. Caminé torpemente hacia la ventana, mis piernas se enredaban con la tela del camisón que llevaba. Miré al exterior, quedándome maravillada con el paisaje que mis ojos veían. Tal vez lo único que se veía desde mi cuarto solo era una pequeña parte de Rivendel, pero era maravilloso. El aire era puro, el más puro que jamás respiraré, y el ruido de las cascadas se me hacia agradable. Dirigí mi vista hasta el lugar donde estaba el largo vestido. Suspiré, mejor acabar con esto rápido.
Debía de admitir que el vestido era bastante bonito y me quedaba bien para mí desgracia. De color blanco con adornos rojos en la cintura y mangas, las cuales eran largas. Pero tenía mucho escote para mi gusto y la mitad de mi espalda iba al aire libre.
-¿Quién eres tú, y dónde está mi hermana?- Dijo una voz embobada que me era bastante familiar.- San ¡Estás hermosa!- Dijo somnoliento pero emocionado Darren.
Le sonreí levemente con una ligera vergüenza reflejada en mi rostro. De pronto la puerta se abrió, dejándole paso a Aragorn que venía a hacernos de guía hasta el comedor. Se me quedó mirando y yo tenía que apartar la mirada al sentirme un poco incomoda.
-Estás preciosa Sandra- Susurró él con voz suave y una sonrisa en sus labios. Le susurré un "Gracias" de forma tímida.
Me sentía completamente extraña ir vestida con esto, estaba tan incómoda que ni siquiera me podía fijar en el precioso paisaje que me rodeaba. Por el camino al salón nos encontramos con cierto enano, el cual no me reconoció a primera vista.
-El próximo que diga que estoy preciosa o algo así, o me mire de forma extraña, se come una silla-. Susurré para mí enfada y cansada de tantos elogios, por no decir de esas miradas de asombro, y otras cosas, ante el color de mi cabello.
Por otro lado, me preguntaba que en dónde se habría metido cierto elfo de cabellera rubia y ojos brillantes. No lo había visto en todo el día.
Al final, la comida sería en un lugar apartado de esta ciudad, al aire libre. Rivendel me enamora, dicho está. Al llegar nos encontramos con dos personas, digo, elfos, con la misma belleza que poseían todos los de su misma especie. Aragorn se acercó a la joven elfa para abrazarla con demasiado cariño. Darren se encontraba detrás de mí, mirando con sus curiosos ojos por todo el lugar y examinando a los dos elfos.
-Sean bienvenidos a Rivendel. Soy Elrond, espero que estéis a gusto-. Se presentó el otro elfo con una sonrisa y una suave voz. – Y ella es mi hija, Arwen-. La elfa se acercó a su padre con una dulce sonrisa.
-Es un placer conoceros a ambos. Os agradezco mucho que nos dejéis permanecer aquí -. Agradecí haciendo una leve reverencia, inclinado ligeramente mi cuerpo hacia delante, sonriendo.
- El placer es nuestro joven Sandra-. La voz de Arwen era de lo más dulce y tan calmada que hacía que las intranquilidades desaparecieran. –Espero que te encuentres mejor de tu dolor-.
Yo solo pude asentir, me transmitían tanto respeto que me daba corte contestarles. De pronto mi hermano soltó un grito feliz, saludando al que nombró con la mano y una sonrisa en su cara. Legolas. El elfo le devolvió la sonrisa y lo saludó cuando se posó a su lado de la manera ya tradicional, despeinando su cabello con una mano. Después posó sus ojos zafiros en mí, y note como su sonrisa se agrandaba.
-Sandra…Estas hermosa- Su voz me sonaba más dulce de lo normal, provocando que extrañamente mis mejillas se pusieran levemente rojas.
-¿Por qué a él no le tiras un sillazo?-. Preguntó curioso e inocentemente Darren ganándose una colleja mía para que se callara.
La comida elfica era deliciosa si te gustaban las verduras y la fruta. Creo que jamás en mi vida había comido tanta comida saludable como hoy. Por otro lado, mi hermano no paraba quieto, miraba de cerca a todo elfo que se encontraba, y había tomado una curiosa adoración por Arwen. En verdad no me extrañaba, esa elfa era la dulzura en persona. El ambiente era calmado y agradable, Gimli daba el toque de diversión junto al travieso del otro renacuajo. A Darren le encantaba hacer enfadar al enano, que a pesar de todo siempre acababa deleitándonos con su ruidosa risa.
¿Podría decirse que extrañaba mi casa? No estaba segura de eso. Echaba de menos muchas cosas, pero era una nostalgia lejana. Si ahora estuviese en mi mundo seguramente me encontraría tirada en la cama, con la habitación consumida por la oscuridad, unos cascos y la música a todo volumen. ¡Dios! Sí, eso sí que lo extrañaba. Mi preciada música, esa que tantas veces me había salvado y ayudado a seguir hacia delante a pesar de todo, que lograba que me alejase del mundo por unos momentos, estar en paz y en tranquilidad. Tal vez, mi MP3 sea lo único que en verdad extraño de mi mundo.
Las horas habían pasado. Noto al tiempo tan extraño aquí, es como si las horas, los días de la semana, los meses y los años tal y como lo conocemos no existiesen en este mundo, aunque sí que lo hacían, pero la gente no le daba tanta importancia como nosotros. Después de todo, ¿El tiempo que es? Un límite que nos pusimos nosotros mismos, ganas de poder organizar una vida para que sea día tras día exactamente lo mismo, un estrés más, una herramienta para controlar nuestras vidas.
Nos habíamos reunido junto con Lord Elrond para intentar encontrarle la lógica al por qué habíamos llegado mi hermano y yo a parar en este mundo.
-¿Tienes alguna idea de cómo llegasteis?- Preguntó Elrond quien caminaba en círculos, rodeando la mesa que había en mitad de la sala.
-Me temo que no. No supe si quiera cuando fue cuando llegamos aquí, me di cuenta luego, cuando nos encontramos con eso….Nazgûls-. Comenté mirando a los presentes desde la silla en la que estaba sentada.
-Sea lo que sea, no creo que sea casualidad. Estas cosas no suelen ocurrir solo porque sí-. Agregó el único hombre humano que se encontraba allí, ya que mi hermano se había ido a dar un paseo junto con la dama Arwen, además…Dudo que se pueda comparar a Darren con un hombre, tal vez con un bichejo.
-Crees que su llegada tiene relación con el regreso de los jinetes negros-.
-Esperar, esperar…-. Dije mirando al enano y luego a los demás, en especial al Aragorn.- ¿Qué quiere decir eso de regreso?-
-Los Nazgûls fueron destruidos hace unos años, unos años llenos de paz y tranquilidad. Y de repente, llegáis vosotros y a la vez, ellos aparecen de entre las sombras, como si en realidad nunca se hubiesen ido…Como si estuviesen esperando a algo-. Así que eso era lo que te preocupaba aquella vez y que te olvidaste de contarme, ¿eh? Aragorn.
¿Por qué aparecerían así de repente?
El silencio nos dominó y recuerdos chocaron de pronto en mi mente. Esa mano intentando alcanzarme, acercándose peligrosamente a mí, hasta tal punto que mi mejilla fue rozada por unos de sus dedos. Recuerdos de miedo que tenía de que me cogieran y de lo que podría conllevar eso.
-…Yo…- Pensé en voz alta para mí. Todos me dirigieron sus ojos.- Es decir…La otra noche, uno de ellos intentó cogerme y vinieron a perseguir precisamente a mí. ¿Yo era lo que estaban esperando?-. Pregunté nerviosa. Sentí sus miradas llenas de confusión e incertidumbre. ¿En verdad venían a por mí? - ¿Pero que tendré yo de especial?-.
-No hay respuestas para esa pregunta, pero dudo que se trate de algo bueno-.
Me sentí completamente nerviosa e intranquila, y suspiraba cada dos por tres. Había salido corriendo hacia cualquier lugar apartado de todos, necesitaba aclarar mis ideas ¿pero de qué forma podría hacer eso? Los Nazgûls no parecían ser un tema del cual tomarse a la ligera, y eso me provocaba miedo. Hace unos días lo más peligroso que hacía era cruzar la carretera estando el semáforo en rojo, y ahora supuestamente tenía unos reyes corrompidos siguiéndome la pista. El viento soplaba contra mi rostro, era frío y despeinaba mi cabello. El sol se había ocultado hace un rato tras las montañas pero el cielo aún mantenía un color anaranjado, el mismo que bañaba Rivendel, haciéndolo aun más hermoso y bello de lo que ya era. Desde este balcón se veían unas hermosas vistas de esta mágica ciudad. En uno de los jardines podía ver a mi hermano con Arwen, ambos sonreían y la dama elfa cogía de la mano a Darren. Cualquiera diría que se trataban de una madre con su hijo. El renacuajo miró hacia mi dirección y me saludo con una gran sonrisa en sus labios, yo alcé la comisura de mis labios en una leve sonrisa, saludando a ambos con un movimiento leve de la mano. Él era por quien más temía, por mi pequeño hermano, no permitiría que nada ni nadie le hiciese daño. Era tan inocente y le quedaba tanto por aventurarse. Aunque debía admitir que nunca había visto esa sonrisa tan reluciente que ahora posee en sus labios, nunca antes había transmitido tanta felicidad.
El cielo acabó por oscurecerse y el viento se hizo más helado, pero eso no me importaba. Me sentía bien así. La luna resplandecía en la oscuridad de la noche. Envidiaba tanto a ese satélite, siempre brillaba, siempre sacaba fuerzas para hacerlo a pesar de que todo lo que hay a su alrededor sea sombras y sea la única que marque la diferencia entre las estrellas. Dentro de poco sería la hora de la cena, dudaba mucho que mi nervioso estomago acepte recibir la visita de comida ahora mismo.
Mi amor hacia esta ciudad iba aumentando a cada minuto que pasaba y ya ni me acordaba de que estaba vistiendo un incomodo vestido. Demasiadas cosas en la mente como para preocuparme por una simple prenda.
-No has aparecido por la cena- Comentó apoyándose en la barandilla.
-No tenía hambre…- Fue mi simple respuesta.
-¿Qué es lo que te ocurre?- Preguntó clavando sus ojo en mí. Me ponía nerviosa.
-Nada, solo estoy cansada, tengo algo de sueño-.
-¿Segura que es solo eso?- Insistió.
-Sí, no te preocupes-.
Vi como Legolas se acercaba más a mí, pasando su brazo por mi espalda para empujarme hacia él, quedando mi cabeza apoyada en su pecho y sus brazos rodeándome en un abrazo suave, cálido y reconfortante. Me quedé quieta, no me esperaba para nada esto.
-No se te da bien mentir…-Susurró cerca de mi oído.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo y lo abracé, lo necesitaba, quería sentir seguridad por un momento, esa que él me brindaba. "Puedes contarme lo que sea" me susurro su voz mientras se separaba un poco de mí para así, mirarme a los ojos. Solté un suspiro para acabar alejándome de él completamente, notando como sus manos me soltaban lentamente, acariciando mi espalda y cintura, provocándome ligeras cosquillas. Volví a apoyarme en la barandilla de piedra pulida, mirando las hermosas cataratas que eran alumbradas por la luz blanquecina de la luna.
-Estoy muerta de miedo Legolas….Todo esto ha pasado de prisa, sin siquiera darme cuenta. En verdad, una parte de mí esta saltando de alegría, siempre quise algo así, formar parte de algo grande, alejarme de una vez de mi antigua vida y vivir una aventura. Me lo he imaginado tantas veces en mi vida, que me cuesta creer que todo esto no es un sueño. Y aún así, aún con esa emoción, tengo ganas de cerrar los ojos y que, cuando los abra, me encuentre en mi casa... Y que todo sea como antes-.
Él se me quedo mirando, en sus ojos notaba un deje de preocupación a la vez que yo dejaba escapar un cansado suspiro de mis labios.
-¿Sabes?-. Preguntó al aire, llamando mi atención.- Dicen que todo lo bueno empieza con un poco de miedo... Es normal que temas, lo desconocido suele asustar, pero también sorprende y a veces nos maravilla. Además... No vas a afrontar esto sola, no vamos a dejar que lo hagas. Ahora nos tienes a nosotros. Todo estará bien, lo prometo-. Acabó de hablar mirándome fijamente a mis ojos. Su mirada mostraba sinceridad y decisión; y en sus labios, una sonrisa.
Me quedé mirándolo, contemplando esa belleza suya que se veía a kilómetros de distancia. Sin duda los elfos eran seres hermosos. Mis ojos clavados en los suyos, esos ojazos color azul cielo que, con la luz de la luna llena se veían mucho más brillantes de lo que ya eran. Su sonrisa se agrandó, mostrando una fila de blancos dientes. Sonreí, ¿por qué siempre él provocaba que mis labios se encorvaran hacia arriba? Tal vez todo no era tan malo, al menos no si él, es decir, ellos estaban conmigo y mi hermano.
-Vayamos a dentro-. Susurró Legolas sin quitar la sonrisa de su rostro. Comenzó a caminar a paso lento, y luego yo lo alcancé poniéndome a su lado.
No, quizás todo no era tan malo.
