The Well of the Madness

Prefiero una locura que me entusiasme a una verdad que me abata.

Christoph Wieland.

CAPITULO 2:Muriendo

Cuando abrió los ojos, Edward no pensó «esto debe de ser el cielo». En el cielo jamás se utilizaría una lámpara fluorescente para iluminar el ambiente, y el dolor (que apareció una fracción de segundo después) era típico de la Tierra. ¡Ah, este dolor de la Tierra! Es único, no puede ser confundido con nada.

Quiso moverse, y el dolor aumentó. Aparecieron una serie de puntos luminosos, y aún así Edward continuó entendiendo que aquellos puntos no eran estrellas del Paraíso, sino consecuencia de su intenso sufrimiento.

—Por fin. Has recuperado la conciencia —declaró una voz de mujer.

Sentía mucho frío, y notaba que tubos de plástico salían de su boca y de su nariz. Uno de estos tubos —el introducido por su garganta hasta el fondo— era el que le producía la sensación de ahogo.

Quiso moverse para retirarlo, pero los brazos estaban atados.

—Tranquilo estas en Villete —continuó la voz.

A pesar del dolor y de la sensación de sofocamiento, Edward, en una fracción de segundo, entendió lo que había pasado. Había intentado suicidarse y alguien había llegado a tiempo para salvarlo. Podía haber sido la Señora Coupe, un amigo que lo hubiera ido a visitar sin avisar, o alguien que se acordó de entregar algo que el ya había olvidado haber pedido. El hecho es que había sobrevivido y estaba en Villete.

Villete, el famoso y temido manicomio que existía desde 1997. En aquella época un grupo de empresarios europeos consiguió licencia para instalar un hospital para enfermos mentales.

Los empresarios se preocuparon: capitalistas de todas las partes del mundo habían hecho una inversión en este hospital. Los gastos de tratamientos eran demasiado altos y simplemente no podían no regresar el dinero a sus inversores. Resolvieron el problema adoptando prácticas nada recomendables para un asilo psiquiátrico, y Villete pasó a simbolizar lo peor en el capitalismo: bastaba pagar para conseguir una plaza.

Muchas personas, cuando querían desembarazarse de algún miembro de la familia por causa de desacuerdos en torno a una herencia (o de algún comportamiento inconveniente), gastaban una fortuna y conseguían un certificado médico que permitía el internamiento de los hijos o los padres que eran fuente de problemas. Otros, para huir de deudas o justificar ciertas actitudes que podían acarrear largas estancias en prisión, pasaban algún tiempo en el asilo y salían libres de cualquier peligro de proceso judicial.

Villete, el lugar de donde nadie jamás había huido. Que mezclaba a los verdaderos locos —enviados allí por la justicia o por otros hospitales— con aquellos que eran acusados de locura, o la fingían. El resultado era una verdadera confusión, y la prensa a cada momento publicaba historias de malos tratos y abusos, aún cuando jamás tuviera permiso para entrar a ver lo que estaba sucediendo. El gobierno investigaba las denuncias, no conseguía pruebas, los accionistas amenazaban con propagar que era difícil hacer inversiones externas en el país y la institución conseguía mantenerse en pie, cada vez más fuerte.

—Mi tía se suicidó hace pocos meses —continuó la voz femenina—. Había pasado casi ocho años sin ganas de salir de su cuarto, comiendo, engordando, fumando, tomando calmantes y durmiendo la mayor parte de su tiempo. Tenía dos hijas y un marido que la amaba.

Edward intentó mover su cabeza en dirección a la voz, pero era imposible.

—Tan sólo la vi reaccionar una sola vez: cuando el marido encontró una amante. Entonces ella armó escándalos, perdió peso, rompió vasos y durante semanas enteras no dejó dormir a los vecinos con sus gritos. Por más extraño que parezca, creo que fue su época más feliz: estaba luchando por algo, se sentía viva y capaz de reaccionar ante el desafío que se le presentaba.

«¿Y qué tengo yo que ver con todo eso? —pensaba Edward, incapaz de decir algo—. ¡Yo no soy su tía!»

—El marido terminó dejando a la amante —prosiguió la mujer—. Mi tía, poco a poco, volvió a su pasividad habitual. Un día me telefoneó diciendo que estaba dispuesta a cambiar de vida: había dejado de fumar La misma semana, después de aumentar la cantidad de tranquilizantes a causa de la abstinencia de tabaco, avisó a todos de que estaba dispuesta a suicidarse.

"Nadie le creyó. Una mañana me dejó un recado en el contestador automático, despidiéndose, y se mató con gas. Yo escuché ese mensaje varias veces: nunca había oído una voz más tranquila, más conforme con su propio destino. Decía que no era feliz ni infeliz, y que por eso no aguantaba más."

Edward sintió compasión por aquella mujer que contaba la historia y que parecía intentar comprender la muerte de la tía. ¿Cómo juzgar, en un mundo donde se intenta sobrevivir a cualquier precio, a aquellas personas que deciden morir?

Nadie puede juzgar Sólo uno sabe la dimensión de su propio sufrimiento, o de la ausencia total de sentido de su vida. Edward quería explicar eso, pero el tubo de su boca lo hizo atragantarse, y la mujer vino en su auxilio.

Lo vio reclinado sobre su cuerpo inmovilizado, entubado, protegido en contra de su voluntad y de su libre arbitrio de destruirlo. Movió la cabeza de un lado al otro, implorando con sus ojos para que le sacaran aquel tubo y lo dejasen morir en paz.

—Estás nervioso —dijo la mujer—. No sé si estás arrepentido o si aún quieres morir, pero no me interesa. Lo que me preocupa es cumplir con mi función: si el paciente se muestra agitado, el reglamento exige que se le proporcione un sedante.

Edward cesó de debatirse, pero la enfermera ya le estaba aplicando una inyección en el brazo. Al poco tiempo había regresado a un mundo extraño, sin sueños, donde la única cosa que recordaba era el rostro de la mujer que acababa de ver: ojos verdes, cabello rojizo y un aire totalmente distante, el aire de quien hace las cosas porque tiene que hacerlas, sin preguntar jamás por qué el reglamento manda esto o aquello.


Edward no sabe cuánto tiempo estuvo durmiendo. Recordaba haberse despertado en algún momento, aún con los aparatos de supervivencia en su boca y su nariz, al oír una voz que le decía:

—Este es el mejor lugar para ti. Algún día me lo agradecerás

Pero ahora, con los ojos bien abiertos y mirando la habitación a su alrededor, no sabía si aquello había sido real o una alucinación. Aparte de esto, no conseguía recordar nada, absolutamente nada. Le habían retirado los tubos, pero continuaba con agujas clavadas por todo el cuerpo, cables conectados en la zona del corazón y de la cabeza, y los brazos atados. Estaba cubierto apenas por una sábana, y sentía frío, pero decidió no quejarse. El pequeño ambiente, rodeado de cortinas verdes, estaba ocupado por las máquinas de la unidad de tratamiento intensivo, la cama donde estaba acostado y una silla blanca, con una enfermera sentada entretenida en la lectura de un libro.

La mujer, esta vez, tenía ojos oscuros y cabellos rubios. Aún así, Edward se quedó con la duda de si era la misma persona con quien había conversado horas — ¿o días?— antes.

— ¿Puede desatarme los brazos?

La enfermera levantó los ojos, respondió con un seco «no» y volvió al libro.

Estoy vivo, pensó Edward. Va a empezar todo otra vez. Tendré que pasar un tiempo aquí dentro, hasta que comprueben que estoy perfectamente normal. Después me darán de alta, y volveré a ver las calles de Seattle, su plaza redonda, las personas que pasan por las calles yendo y volviendo del trabajo.

Como las personas siempre tienden a ayudar a las otras —sólo para sentirse mejores de lo que realmente son—, me volverán a emplear. Con el tiempo, volveré a frecuentar los mismos bares y discotecas, conversaré con mis amigos sobre las injusticias y los problemas del mundo, iré al cine, pasearé por el lago.

Dado que elegí las pastillas, no he estropeado mi físico en absoluto: continúo siendo joven y no tendré —como nunca tuve dificultades para conseguir novia. Haré el amor con ella en su casa, o en el bosque, obtendré un cierto placer, pero después del orgasmo la sensación de vacío volverá. Ya no tendremos mucho sobre lo que conversar, y tanto ella como yo lo sabemos: llega el momento de darnos una disculpa mutua («es tarde» o «mañana tengo que levantarme temprano») y partiremos lo más rápidamente posible, evitando mirarnos a los ojos.

Yo vuelvo a mi departamento alquilado. Intento leer un libro, enciendo el televisor para ver los mismos programas de siempre, coloco el despertador para despertarme exactamente a la misma hora que el día anterior, repito mecánicamente las tareas que me son confiadas en el hospital. Como el sándwich en el jardín frente al teatro sentado en el mismo banco, junto con otras personas que también escogen los mismos bancos para almorzar, que tienen la misma mirada vacía, pero fingen estar ocupadas con cosas importantísimas.

Después vuelvo al trabajo, escucho algunos comentarios sobre quién está saliendo con quién, quién está sufriendo tal cosa, cómo tal persona lloró por culpa del marido, y me quedo con la sensación de que soy afortunado, tengo empleo y consigo la amante que quiero. Después regreso a los bares hacia el fin del día y después todo vuelve a empezar.

Mi madre (que debe de estar preocupadísima por mi intento de suicidio) se recuperará del susto y continuará preguntándome qué voy a hacer de mi vida, porque no soy igual a las otras personas, ya que, al fin y al cabo, las cosas no son tan complicadas como yo pienso que son.

Un día me canso de oírle repetir siempre lo mismo y, para contentarla, me caso con un mujer a quien yo mismo me impongo amar. Ambos terminaremos encontrando una manera de soñar; juntos con nuestro futuro, la casa de campo, los hijos, el futuro de nuestros hijos. Haremos mucho el amor el primer año, menos el segundo, a partir del tercero quizás pensaremos en el sexo una vez cada quince días y transformaremos ese pensamiento en acción apenas una vez al mes. Y, peor que eso, apenas hablaremos. Yo me esforzaré por aceptar la situación.

Cuando el matrimonio esté apenas sostenido por un hilo, ella quedara embarazada. Tendremos un hijo, pasaremos algún tiempo más próximos uno del otro y pronto la situación volverá a ser como antes.

Entonces empezara a engordar como la tía de la enfermera de ayer, o de días atrás, no sé bien. Y empezara a hacer régimen, sistemáticamente derrotada cada día, cada semana, por el peso que insiste en aumentar a pesar de todo el control. A estas alturas, me tomaré algunas drogas mágicas para no caer en la depresión y tendremos algunos hijos más en noches de amor que pasaran demasiado de prisa. Diré a todos que mis hijos son la razón de mi vida, pero, en verdad, ellos exigen mi vida como razón.

La gente nos considerará siempre una pareja feliz y nadie sabrá lo que existe de soledad, de amargura, de renuncia, detrás de toda esa apariencia de felicidad.

Hasta que un día, cuando mi esposa tenga su primer amante, yo tal vez protagonice un escándalo, o piense nuevamente en suicidarme. Pero entonces ya seré viejo y cobarde, con dos o tres hijos que necesitan mi ayuda, y debo educarlos, colocarlos en el mundo, antes de ser capaz de abandonar todo. Yo no me suicidaré: haré un escándalo, amenazaré con el divorcio. Ella retrocederá, dirá que me ama y que aquello no volverá a repetirse. Nunca se le pasará por la cabeza que, si yo resolviese realmente irme, la única elección posible sería la casa de mis padres, y quedarme allí el resto de la vida teniendo que escuchar todos los días a mi madre lamentándose porque perdí una oportunidad única de ser feliz, que ella era una excelente esposa a pesar de sus pequeños defectos y que mis hijos sufrirán mucho por causa de la separación.

Dos o tres años después, otro hombre aparecerá en su vida. Yo lo descubriré (porque lo veré o porque alguien me lo contará), pero esta vez fingiré ignorarlo. Gasté toda mi energía luchando contra el amante anterior, no sobró nada, es mejor aceptar la vida tal como es en realidad y no como yo la imaginaba. Mi madre tenía razón.

Ella seguirá siendo amable conmigo, yo continuaré con mi trabajo, con mis sándwiches en la plaza del teatro, mis libros que nunca consigo terminar de leer, los programas de televisión que continuarán siendo los mismos de aquí a diez, veinte o cincuenta años.

Y ya no iré a bares, porque tengo una esposa que me espera en casa para cuidar a los hijos.

A partir de ahí, todo se reduce a esperar a que los chicos crezcan y pensar todos los días en el suicidio, sin valor para llevarlo a cabo. Un buen día, llego a la conclusión de que la vida es así, de que es inútil rebelarse, de que nada cambiará. Y me conformo.

Edward concluyó su monólogo interior, y se hizo a sí misma una promesa: no saldría de Villete con vida. Era mejor acabar con todo ahora, mientras aún tuviera valor y salud para morir.


Se durmió y despertó varias veces, notando que el número de aparatos a su alrededor disminuía, el calor de su cuerpo aumentaba y las enfermeras cambiaban de rostro, pero siempre había alguien al lado de el. Las cortinas verdes dejaban pasar el sonido de alguien llorando, gemidos de dolor, o voces que susurraban cosas en tono calmo y profesional. De vez en cuando se oía el zumbido distante de un aparato, y el escuchaba pasos apresurados en el corredor En esos momentos las voces perdían su tono profesional y tranquilo y pasaban a ser tensas, dando órdenes rápidas.

En uno de sus momentos de lucidez, una enfermera intentó conversar un poco, pero Edward fingió que dormía.

Por primera vez, cuando abrió los ojos se dio cuenta de que había cambiado de lugar: estaba en lo que parecía ser una gran enfermería. La aguja de un frasco de suero aún continuaba clavada en su brazo, pero todos los otros cables y agujas habían sido retirados.

Un médico alto, de piel extremadamente blanca con los cabellos de un rubio casi tan blanco como su piel, se encontraba de pie, frente a su cama. A su lado, un joven practicante sostenía una carpeta y tomaba notas.

— Hola Edward. Mi nombre es Carlisle Cullen soy el medico responsable de este lugar — dijo el hombre mayor de manera amable.

— ¿Cuánto tiempo llevo aquí? —preguntó Edward, notando que hablaba con cierta dificultad, sin conseguir pronunciar bien las palabras.

—Dos semanas en esta habitación después de cinco días en la unidad de emergencia —replicó el mayor de los hombres—. Y dé gracias a Dios por estar aún aquí. — El más joven pareció sorprendido, como si esta última frase no estuviese en consonancia con la; realidad. Edward, de inmediato, notó su reacción y su instinto se alertó: ¿había estado más tiempo? ¿Aún corría algún riesgo? Empezó a prestar atención a cada gesto, a cada movimiento de ambos; sabía que era inútil hacer preguntas, ellos jamás le dirían la verdad, pero, si era listo, podría entender lo que estaba sucediendo.

—Díganos su nombre, dirección, estado civil y fecha de nacimiento —continuó el hombre mayor—. Edward sabía su nombre, su estado civil y su fecha de nacimiento, pero advirtió que había espacios en blanco en su memoria: no conseguía acordarse bien de su dirección.

El médico colocó una linterna ante sus ojos y los examinó prolongadamente, en silencio. El más joven hizo lo mismo. Los dos intercambiaron miradas que no significaban absolutamente nada.

—Usted ha sido constantemente inducida al sueño a través de calmantes, y eso puede afectar un poco su memoria. Por favor, intente responder a todo lo que le preguntamos.

Y los médicos empezaron un cuestionario absurdo, queriendo saber cuáles eran los periódicos más importantes de Seattle, quién era el poeta cuya estatua está en la plaza principal (¡ah, de eso ella no se olvidaría nunca, Edward tenia la imagen de ese hombre grabada en su alma!), el color de cabello de su madre, el nombre de los amigos del trabajo, sus libros preferidos.

Al principio, Edward pensó en no responder; su memoria continuaba confusa. Pero, a medida que el cuestionario avanzaba, el iba reconstruyendo lo que había olvidado. En determinado momento se acordó de que en esos instantes se hallaba internado en un manicomio, y los locos no tienen ninguna obligación de ser coherentes; pero, para su propio bien, y para mantener a los médicos cerca a fin de ver si conseguía descubrir algo más respecto a su estado, el comenzó a hacer un esfuerzo mental. A medida que citaba los nombres y hechos, no sólo recuperaba su memoria, sino también su personalidad, sus deseos, su manera de ver la vida. La idea del suicidio, que aquella mañana parecía enterrada bajo varias oleadas de sedantes, volvía nuevamente a aflorar.

—Está bien —dijo el médico mayor al final del cuestionario.

— ¿Cuánto tiempo me tendré que quedar aún aquí?

El más joven bajó la mirada, y el sintió que todo quedaba suspendido en el aire, como si, a partir de la respuesta a aquella pregunta, fuera a quedar escrita una nueva historia de su vida, que nadie más conseguiría modificar.

—Puede decírselo —comentó el mayor—. Muchos otros pacientes ya oyeron los rumores y el acabará sabiéndolo de todos modos; es imposible tener secretos en este lugar.

—Bien, fue usted quien determinó su propio destino —suspiró el joven, midiendo cada palabra—, así que debe saber las consecuencias de su acto: durante el coma provocado por los narcóticos, su corazón quedó irremediablemente afectado. Se produjo una necrosis en el ventrículo...

—Simplifique —dijo el médico mayor—. Vaya directo a lo que interesa.

—Su corazón quedó irremediablemente afectado. Y dejará de latir en breve.

— ¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Edward, alarmada.

—El hecho de que el corazón deje de latir significa tan sólo una cosa: muerte física. No sé cuáles son sus creencias religiosas, pero...

— ¿Y dentro de cuánto tiempo se parará? —le interrumpió Edward.

—Unos cinco días. Una semana como máximo. Edward se dio cuenta de que, por detrás de la apariencia y del comportamiento profesional, tras el aire de preocupación, aquel joven estaba sintiendo un inmenso placer al dar la noticia. Como si el mereciese el castigo y sirviera de ejemplo a los otros.

En el curso de su vida, Edward había advertido que un gran número de personas que el conocía comentaban los horrores de la vida ajena como si estuviesen muy preocupadas por ayudar, pero en verdad se regocijaban con el sufrimiento de los otros, porque esto les hacía creer que eran felices, que la vida había sido generosa con ellos. El joven detestaba a este tipo de gente: no daría a aquel muchacho ninguna oportunidad de aprovecharse de su estado para ocultar sus propias frustraciones.

Mantuvo sus ojos fijos en los de él.

—Entonces yo no fallé.

—No —fue la respuesta.

Pero la complacencia del joven en dar noticias trágicas había desaparecido.


CAPITULO DOS: Hola! Se que este capitulo no es muy interesante pero es importante. El futuro de la historia tiene mucho que ver con este capitulo. Y además en el próximo capitulo ya conoceremos mas sobre la historia de los demás personajes. Me alegra que les guste la historia. A mi me fascina. De hecho ya tengo escrito hasta el capitulo seis. Y quizás si se portan bien y me dejan algunos reviews la suba el próximo capitulo pronto!

ACLARACION: Una lectora me pregunte por PM si esta historia tenia un final feliz. Y yo le respondí que el hecho de que la historia sea dramática no quiere decir que el final no va a ser feliz. Si no tuviera final feliz debería ser de género trágico más que dramático.

Espero haber aclarado algunas dudas. Y lo siento pero no puedo decir más que eso. Cada una tiene una percepción distinta a lo que el llamado "final feliz". Bueno, para mi esta historia tendrá un final que puede llegue a sorprender a unos cuantos.

Y ya me callo porque sino terminare contando el final jejej.

Muchas Gracias a fallen. angel's. doll y a Lady Beat. and. S-Girl que ha dejado su comentario con respecto a esta historia. Me alegro muchísimo que les haya gustado y gracias por el apoyo ambas.… Y gracias también a Rei Hino Cullen, gaby de cullen y Natiezcullen que han agregado esta historia a sus favoritas! Realmente espero no decepcionarlos! Y gracias una vez mas…

Hasta la próxima y Besitos enormes!