Queridas lectoras!

Por supuesto y jamás me cansaré de agradecerles por leer mis ideas locas! Me encanta saber qué opinan y que se enganchen con la historia, bueno ¿a quién no le gusta que lean sus fics?, jejejeje.

Bueno un besote y espero que les guste este nuevo capítulo!

Karen

Capítulo III

Corazón roto

Quedé paralizada como una estatua ¡El señor cowboy estaba aquí! ¡Y ahora creía que yo era parte de su ganado! ¡Arg! Emmett era guapísimo, pero su aullido descarnado me quitó todas las ganas de estar con él y hacer cositas ricas.

Sus manos se fueron hacia mis caderas, presionado el contorno de sus dedos en mi piel. Se acercó a la altura de mi oído, acariciando esa parte tan sensible con su masculino hálito tibio, originándome un cosquilleo que descendió por el cuello hasta convertirse un escalofrío en mi columna vertebral. Luego, acercó sus labios rellenos y suaves, pasándome la punta de la lengua sobre el lóbulo de la oreja.

—¿Quieres ir a bailar, preciosa? —una risita en su voz dejó al descubierto sus pícaras intenciones. Asentí, mientras Alice me observaba con una sonrisa torcida, y los rasgos de duendes más marcados que nunca por su perversa burla.

—¡Claro! —musité, mientras le dirigía una mirada de odio a Alice. Mi amiga me guiñó un ojo.

—¡Nos vemos más tarde! —gritó por encima de las cabezas que se interpusieron entre nosotros, en tanto Emmett me tenía cogida la mano y me arrastraba a bailar.

De inmediato puso su mano entre el fin de mi espalda y el comienzo de mi trasero. Me aferró a él, como si yo fuese de su propiedad ¡Arg! Menudo idiota con el que me había involucrado y lo peor… no me dejaría en paz en toda la noche.

Su cuerpo, de pronto, se me hizo muy grande, demasiado quizá para mí. Sonreía de oreja a oreja. Pegó mis caderas hacia su pelvis… debía reconocer que el chico tenía ritmo. Se movía como una lombriz ¡Cuánta energía tenía ese hombre! Daba vueltas como trompos, dejándome absolutamente agotada. Necesitaba un trago, esa era la única manera de que las pilas me duraran más tiempo, porque poco a poco sentía que los pies me explotarían a raíz de los tacones.

—¡Necesito una bebida! —grité desesperada, causándole una risita socarrona. Me cogió la mano y me arrastró hacia el bar. El rubio de quinto año de ingeniería ya no estaba —y Alice tampoco—, en su lugar había llegado otro muchacho, quien nos atendió rápidamente. Me planté el vaso de vodka naranja tan rápidamente que por poco devuelvo todo.

—Veo que tienes ansias de volver pronto a bailar… ¿o quizá a…? —no concluyó la frase y a mí se me erizó la piel… tan sólo la idea de oír ese horrendo bramido nuevamente, mis piernas se pusieron a bailar casi solas.

Emmett me cogió por la cintura e inclinó su rostro hacia el mío, posando sus labios sobre los míos. Su lengua viscosa y tibia me buscaba con fogosidad. Sus besos eran buenos ¡Vaya! Si no fuese por ese aullido del terror, tendría sexo con él, nuevamente. Sus caricias eran sensuales y me ponían el cuerpo a mil, revolucionaba mis hormonas y mi cabeza sucumbía sin mayor razonamiento. Nos seguimos besando y bailando hasta altas horas de la noche, o mejor dicho, madrugada.

Ya preocupada por la ausencia de Rosalie y Alice, comencé a buscar hacia todos lados. De pronto se me ocurrió mirar mi móvil: un mensaje de Alice.

"Me fui con Jasper (bar). Sorry, pero dudo que llegue pronto. Devuélvete con señor cowboy. Besos".

¡Arg! Y ahora no tendría cómo sacármelo de encima. Ni siquiera sabía si el chico tenía coche.

—¿Algún problema? —preguntó mi acompañante temporal, con una risita sensual que le marcaba los hoyuelos del rostro.

Mmmm…, al parecer sí. Mis amigas se fueron y bueno, tendré que coger un taxi —aclaré esto último para disipar cualquiera idea que tuviera de llevarme. No lo notó.

—Te llevó, ¡Obvio! No tienes de qué preocuparte —tomó mi mentón entre sus dedos índice y pulgar y me acercó el rostro para besarme.

—Gracias —no había más opción que sonreír.

Tuve grandes impulsos de ir a darme una vuelta para ver si encontraba a Rose. Me puse de pie.

—Voy al baño —le advertí, con una falsa sonrisa.

—¿Te acompaño? —ofreció cordialmente. La verdad no tenía ninguna intención de que fuera tras mío como una lapa, además, yo quería hallar a mi amiga para encontrar una excusa y no irme con él.

—Vuelvo enseguida —me esforcé por provocar una risita natural y le solté la mano para ir en busca de un plan B.

Pasé en medio de la gente, paseando por las distintas pistas de baile, los lugares más privados, pero ¡nada! De pronto, cuando ya daba la vuelta por la tercera barra, vi a Rose sentada sobre el mesón, y en medio de sus piernas —con ropa— un chico. Entrecerré más los ojos para mirar mejor y me encontré con el sorpresón ¡Edward Cullen! Si que tenía razón Alice cuando los vio tan juntitos.

El tenía sus manos en los glúteos de Rosalie y ella lo besaba apasionadamente, enredando sus dedos en la miel cabellera de Cullen ¡Tamaño espectáculo! Estaban a solo segundos de comenzar a sacarse la ropa. Caminé desafiante en busca de Rose, pero de pronto, me auto obligué a un stop ¿Por qué me enojaba? ¡Era absurdo! Debiese agradecerle a mi amiga por involucrarse con Edward para alejarlo de mí de por vida. Sin embargo, una ola de frustración y asco me envolvió el cuerpo, revolviéndome las tripas.

Me paré tras Edward, en busca del rostro de Rose. Podía oír las succiones pegoteadas de los besos y los gemidos poco adecuados para estar en un lugar público. Se me subió un sinfín de emociones a la mente. Continué mirando hasta que ¡Plum! Ella abrió los ojos y cuando lo hizo, aún pegada a la boca de Edward, sonrió.

—Bella, ¿qué haces aquí? ¿Cómo te fue con nuestro vecinito estrella? —Edward se giró de inmediato y plantó sus ojos miel sobre mí. Sonrió con un leve aire de venganza o eso creí yo. Ambos estaban ebrios.

—Bien —decreté, tragándome la ira— ¿Quería saber si te irías conmigo? —musité inquieta.

—¿La llevamos? —le consultó a Edward y luego, soltó una carcajada y me miró— ¿Ni siquiera después de acostarse contigo te ofreció llevarte? ¡Qué poco caballero! —exclamó burlesca, era evidente que estaba molesta, aunque nunca la había visto reaccionar así— ¿O acaso no le gustó el revolcón contigo? —continuó balbuceando. A esas alturas Edward ya no reía, estaba más bien pasmado y algo rígido, incluso le había soltado la cintura.

—¡Estás ebria, Rose! —espeté incómoda. Sentí como se me ruborizaban las mejillas. Edward no me quitaba la vista de encima. Ella abrazó a su acompañante por los hombros, obligándolo a mirarla. Y lo besó— no te preocupes, me iré sola —respondí casi para mi misma, porque ella se concentró en besuquear a Cullen.

Fui a la guardarropía y busqué mis cosas. Salí y me paré en la calle en busca de un taxi. Pasaban y pasaban autos, pero ninguno que me sirviera. Empezaba a amanecer, ya hacía bastante frío.

De pronto apareció un Volvo plateado, último modelo. Ya conocía ese coche, di media vuelta para darle la espalda y no me viera, pero fue en vano, paro a mi lado y Edward bajó la ventana.

—¿Te llevo? —ofreció fríamente.

—No, gracias —contesté sin mirarlo. Cerró la ventana y siguió, pero sólo para estacionarse en la berma. Se bajo de la auto y se plantó frente a mí.

—Vamos Bella, no seas ridícula… te estás congelando —unió el entrecejo e hizo un mohín de duda, con la boca a punta de decirme algo, pero no le salió la voz. Hizo una pausa breve y continuó— además, así me puedes ayudar a dejar a tu amiga en su casa.

—¿Rose? —espeté curiosa, no la había visto en el asiento del copiloto. Asintió.

—Está agonizando —soltó un carcajada discreta, visiblemente nervioso— después de que te fuiste se bebió otro ron más y tuve que traerla casi en brazos hacia el auto.

Lo pensé bien: de verdad tenía que ayudar a bajar a Rose y llegar a su casa y bueno, hacia un frío de porquería y no pasaba ni un mísero taxi.

—¡Está bien! —farfullé, aparentando una inexistente molestia. A decir verdad, me había gustado que se bajara del coche a buscarme. Rose moriría de rabia cuando le contara.

—¡Vamos! —curvó sus labios cereza en una sonrisa amable. Cuando llegamos a la puerta, advirtió— creo que deberás irte detrás de mi asiento. Rose ocupa el del copiloto, en forma de cama —soltó una risita.

—Entiendo, no hay problema —agregué, intentando no entablar una conversación con él, más allá de lo justo.

Me subí al coche que estaba muy agradablemente temperado. Edward encendió el motor del auto. Mis ojos se fueron hacia Rose. Estaba de espaldas sobre el asiento y dormía plácidamente. Tenía el cabello rubio ondeado esparcido sobre el rostro pálido. Era muy linda, a pesar de las condiciones etílicas en que se encontraba.

Miré hacia el frente y unos ojos miel me enfriaron la piel. Nuestras miradas con Edward se cruzaron en el espejo retrovisor. Sentí escozor de incomodidad y evadí su mirada, intentando, sin mayores resultados, volver mi mente hacia Rose y la ventana que estaba de su lado.

Poco a poco nos fuimos acercando hacia la casa de mi amiga. Cuando estuvimos en frente, Edward aparcó. Se bajó del carro y fue a abrir la puerta del lado de Rose. Me bajé también. Pasó el brazo de Rose sobre su cuello, mientras ella balbuceaba algo ilegible.

—Espera —le dije. Fui a la parte del garaje de la casa y de debajo de un macetero saqué las llaves. Volví, mientras él la sostenía con dificultad. Abrí la puerta lo más sigilosa posible e intenté que Rose se apoyara en mí, pero casi se va de bruces al suelo en la primera prueba.

—Creo que deberé acompañarte —ofreció galantemente. La verdad no me convencía mucho la idea, porque los padres de mi amiga eran muy estrictos y morirían si vieran a su hija en estas condiciones y con un chico dentro de su dormitorio. No tuve opción.

Subimos las escaleras a hurtadillas hasta llegar al cuarto de Rose, el primero a la derecha. La dejamos sobre su cama y ella se quedó dormida como un bebé. De pronto recordé que había dejado mi bolso en el coche de Cullen.

—Edward… disculpa por retrasarte, pero mi bolso quedó en tu auto —él sonrió confundido.

—Pensaba ir a dejarte —junto los labios en una línea y luego relajó la expresión.

—¿En serio? Gracias… —contesté aliviada, hacía frío y era tarde— había pensando quedarme aquí, pero no creo que a mis padres le parezca buena idea que no llegué a la casa a dormir.

—De nada —sonrió entusiasmado.

Abandonamos la habitación y llegamos devuelta al coche. Cogí mi bolso y me lo arrepollé en las piernas. Estaba incómoda junto a Edward. Íbamos en completo silencio hasta que él lo rompió con un comentario irónico.

—De verdad tu "amigo" no te acompañó… ¡Qué poco educado! —espetó con una nota de irritación.

—Yo fui quien no me quise volver con él —aclaré— es más —tragué saliva— ni siquiera le avisé que me venía.

Enarcó ambas cejas y esbozó una sonrisa torcida de satisfacción. El sol ya comenzaba a salir en el horizonte y unos rayos se filtraron hasta reflejarse en su cabello cobre, volviéndolo con un brillo especial. Ya estábamos frente a mi casa, ubicada a tan sólo un par de cuadras de la de mis amigas… y de la Edward, aunque su mansión era muy distinta a nuestros muy normales hogares. Sus padres tenían muchísimo dinero, pero él era muy sencillo.

—Gracias —musité antes de bajar. Él me siguió con la mirada. Sus ojos me penetraban lo sesos y la piel. Su presencia para mí era una mezcla de extrañeza, asco y deseo.

—Cuando quieras —agregó indiferente sin moverse de su asiento.

Por supuesto el día siguiente corrí donde Rose después de almuerzo y le enrostré todo lo que me había dicho y hecho.

—¿De verdad? —enarcó ambas cejas sorprendida, mientras se tomaba un par de píldoras para el dolor de cabeza.

—Así es… me debes una, Rose —le advertí entre broma y verdad.

—Ya te la pagué, metiéndome con Cullen —esbozó una risita burlesca.

—Eso no vale, fue por tu voluntad —le recordé.

Mmmm, está bien, está bien ¡Nunca más! ¡Lo juro! —hizo una ridícula seña con sus dedos, con voz de niña traviesa. No me quedó más que reírme.

Volvía a mi casa cerca de las cuatro cuando sonó el móvil. Alice.

—Hola mala amiga —le recriminé de inmediato.

—¡Lo siento, lo siento, amiga! Pero Jasper me distrajo y no podía decirle que no. Tú sabes, tiene fama de esquivo —soltó una carcajada.

—¡Idiota! Me tuve que venir con Cullen —ella rió más fuerte.

—Pero, al menos es inofensivo, no como el cowboy ese —podía verla llorar de la risa— ¿Ya sabes cómo ponerle al video?

—Ni lo había pensado ¡Ni siquiera lo he bajado! En cuanto llegue a casa lo veré —prometí.

—Tengo un par de ideas —musitó entusiasmada— pero eso quedará para mañana, hoy me debes acompañar, tenemos una cita doble —aseguró feliz.

—¡Eh, eh! ¡Para! ¿Con quién? —no tenía ganas de arreglos romanticotes para hoy.

—¡No me puedes hacer esto! Es con Jasper y un amigo suyo ¡porfis, porfis! —me suplicó con la voz.

Mmmm, está bien —asentí de mala gana— ¿A qué hora?

—En veinte minutos te paso a buscar —cortó y más puntual que un inglés, estuvo en mi caso en el tiempo que habíamos acordado.

Salí aún media somnolienta por lo poco que había dormido la noche anterior.

—¿Dónde vive el guapetón Whitlock? —pregunté, mientras acomodaba mis pies sobre el asiento del copiloto y mi amiga conducía.

—En las fueras de la ciudad. Creo que tiene que ser una de esas casas fastuosas porque ni siquiera tiene número definido. Está en un risco frente al mar.

—¡Fabuloso! Al menos vamos a un lugar lindo. Espero que su amigo sea igual de regio que él —suspiré resignada.

—No puede haber nada poco agraciado que lo rodee, es cosa de mirarme —me guiñó un ojo pagada de sí misma.

—Eso está por verse… —respondí con una risita.

Efectivamente era una casota en medio de unos árboles enormes y milenarios. En cuanto cruzamos el gran muro de la entrada, vimos que él nos esperaba de pie junto a la entrada. Reí.

Nos detuvimos y él se acercó al descapotable de Alice para abrirle la puerta "¿Y a mí qué?", reclamé resentida y mi amiga sonrió. Jasper la besó en la mejilla ¿Qué desilusión para mi amiga? Me imaginaba lo desilusionada que se abría sentido con ese saludo. Cruzamos nuestras miradas y ella esbozó una risita igualmente alegre, al parecer me había equivocado.

Saludé al dueño de casa, quien cordialmente nos indicó la entrada.

—Gracias por venir —nos condujo hacia un salón cerca de la chimenea.

—¿Y tus padres? —pregunté curiosa. Era raro que ese caserón fuese sólo de él.

—Están fuera del país. Por negocios —le sonrió a Alice.

Nos sentamos y él nos sirvió unas copas de vino. Acomodamos nuestros cuerpos sobre un confortable sofá con vista al mar, mientras el sol dejaba huellas sobre el mar y se entraba, maravillándonos con una fabulosa puesta de sol.

—¡Hermosa casa! —añadió Alice.

—Creo que sí —contestó rápidamente como a la gente que le incomoda hablar de su fortuna y dijo— iré por mi amigo ¡Un fabuloso chef! No será necesario —concluyó— ya está aquí.

Nos dimos vuelta entusiasmadas y se me cayó la cara cuando vi aparecer a Edward con una copa de vino y una gran sonrisa, que se le apagó en cuanto me vio. Se tornó un silencio incómodo y Jasper, torció una risita para distender el ambiente.

—¿Se conocen? —miró el rubio a ambos lados, extrañado.

—Sí —contestó Edward— somos vecinos —volvió el color a su rostro y Alice me pegó un codazo en el brazo.

Jasper nos observó a todos confundidos y agregó.

—Bueno ¡Cuánto mejor! Así nos ahorramos las presentaciones —enarqué una ceja y me crucé de brazos.

—¡Claro! —continuó Alice, ansiosa. No dije nada.

Trajeron distintas delicatessen para picar, junto a unas cuantas botellas de vino. Ya comenzaba a marearme, esa era la única manera de hacer soportable esta situación. Por más que le hacía gestos a mi amiga, ella me ignoraba o no los notaba, de lo prendada que parecía estar del rubio ricachón.

Ya había oscurecido. Miré mi reloj y Jasper partió en dirección a la cocina. En menos de cinco minutos se asomó y llamó a Alice.

—Pequeña, ¿puedes venir? —espetó dulcemente ¡Oh, no! ¡Eso sí que no! Quedarme sola con Cullen ¡No! Miré a mi amiga con cara de odio. Ella me devolvió la mirada con cara de "perdona" y se puso de pie para seguir a su nueva conquista ¡Arggggg! Ya sacaba chipas de ira.

Edward no dijo nada, hasta que me ofreció otra copa de vino.

—¿Más? —indicó la botella. A él también le había hecho efecto el alcohol porque tenía las mejillas rosadas.

—Por favor, gracias —respondí entre cordial e indiferente, ahora con la vista pegada en la inmensa y oscura noche.

—De nada —se paró y fue a cambiar la música. Bostecé.

Me miró de medio lado y farfulló.

—Parece que no dormiste mucho… considerando las energías que gastaste anoche —sus palabras eran en doble sentido y eso me dio rabia. De seguro se debían a los comentarios de Rose.

—Puede ser… —enarqué una ceja desafiante. Bebí otro sorbo de vino, ya completamente mareada.

De fondo se oía "Try sleeping with a broken heart" de Alice Keys. Se reclinó en el sofá en frente mío y mientras jugaba con el líquido de la copa entre sus manos, preguntó serio.

—¿Siempre te acuestas con chicos que conoces una sola noche? —tragó saliva. Estaba muy, muy formal. Clavó sus candentes ojos en mí.

Quedé sin habla inmediata y acto seguido, más encima, titubeé.

—E… eso no es problema tuyo —reclamé irritada.

Bufó irónico, se puso de pie y caminó hacia mí, en tanto yo, me mantenía reclinada sobre el sofá, pero a estas alturas, ante su reacción quedé más bien paralizada. Se inclinó hacia mí, dejando su rostro a escasos centímetros del mío, acariciándome el rostro con su aliento tibio.

—Entonces, no tendrás problemas en estar con uno por segunda vez… —susurró y entreabrió mis labios con los suyos.

PD: Otra vez las invito a pasar por mi blog, que está con link en mi perfil. Ahí escribo una historia mía que se llama "Hermandad".

Espero sus visitas!