Woaaaaaaaaaa antes que nada como siempre tengo que regar esto con miles de agradecimientos porque sigan leyendo este montón de depresión, en serio muchísimas gracias por los reviews y a los lectores silenciosos por sus favs. Espero estar correspondiendo debidamente y bueno, disfruten del siguiente drabble.

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THEORY OF TRAGEDY

Inglaterra

Arthur llegó a su destartalado departamento con su nueva adquisición, se relamió los labios al tiempo que dejaba la pequeña bolsa plástica con heroína en la mesa.

Fue a su cocina que estaba infestada de cucarachas y mientras sostenía un cigarrillo entre sus labios buscó un encendedor hasta que finalmente optó por encender el cigarro con la misma llama de la estufa. Aspiró un par de veces dejando salir el humo por la nariz al tiempo que volvía a su sala riendo entre dientes, los mismos que desde hace poco comenzaban a dolerle, seguramente por toda la metanfetamina que fumaba.

No le dio importancia a su insalubre estado, y se dedicó a sentarse en el mullido sillón mientras que en la mesa rebuscaba algo que aumentara el efecto de su futuro viaje a Wonderland, como le gustaba llamar a los efectos provocados por la droga.

El ojiverde que en su juventud solía tener una mirada llena de vida, pasó sus ahora mortecinos ojos verdes a las tiras de LSD que tenía y recortó un par de cuadritos de papel que sin miramientos se llevó a lengua y de nuevo el cigarrillo estaba entre sus labios, ahora tocaba el turno de preparar la heroína.

No era la primera vez que usaba drogas intravenosas pero si la primera que usaría de esa calidad en específico; muchos de sus amigos yonquis se lo habían recomendado, pero él estaba tan ocupado inyectándose cualquier otra porquería en el cuerpo que había pospuesto el gran día para probarla.

-Veamos…- dijo entre dientes tomando la jeringa llenándola del ahora líquido marrón en el que se había convertido el polvo tras mantenerlo bajo la llama de una vela sobre una cuchara. Se enredó el cinturón de su pantalón en su brazo haciendo toda la presión posible esperando a que una de sus venas sobresaliera de su piel ya amoratada al tiempo que el papelito con ácido comenzaba a disolverse junto con su saliva.

Arthur apagó su cigarrillo justo después de inyectarse, recostándose en el sillón esperando el efecto deseado al tiempo que se pasaba constantemente la mano por la nariz, sintiendo el escozor en esta que se había vuelto eterno gracias a toda la coca que inhalaba cuando se iba de fiesta, necesitaba aguantar toda la noche.

Ya comenzaba… su cuerpo se iba aligerando lentamente mientras que los colores en la habitación se iban volviendo brillantes y la silueta de los pocos muebles en ella se distorsionaba. Una risa estúpida salió de sus labios cuando sintió su cuerpo adormeciéndose pero frente a sus ojos un espectáculo de colores y formas se iban haciendo presente.

Era como entrar en un caleidoscopio, todo tan hermoso… todo tan irreal pero a la vez palpable. El escenario a su alrededor se convertía en un bosque que parecía sacado de un libro de ilustraciones infantil… como le gustaba eso… le recordaban a su infancia cuando creía en hadas y elfos, antes de convertirse en ese despojo humano que ahora era.

Y ahí estaban las criaturas mágicas revoloteando justo frente a él, saludándolo e invitándolo a jugar pero él solo se limitaba a ondear su mano e intentar correr tras ellos. Cuando miraba al supuesto cielo podía ver a las hermosas mujeres aladas sobrevolando con sus alas de libélula tornasol, un firmamento que tenía varios soles que eran como planetas.

En el piso el pasto alto y espeso desprendía un aroma agradable gracias al rocío, la maleza era tan verde como sus ojos alguna vez fueron. Cuánta paz, cuanta hermosura. Arthur era tan feliz ahí que no quería volver jamás.

Los animales de formas peculiares lo rodeaban y pronto se encontraba a si mismo siendo acosado por todas esas criaturitas de figuras bizarras y colores neón… se arremolinaban en sus pies y algunas de ellas llegaban volando para posarse sobre sus hombros. Tan reconfortante, un calor que le recordaba que no estaba solo, nunca lo estaría si ellos permanecían a su lado.

Y entonces las criaturas que eran mayores en número seguían agolpándose a sus pies, trepaban por sus piernas. Pronto esta competencia por escalar por su cuerpo se volvía violenta y encajaban sus uñas en sus piernas, de un momento a otro ambas extremidades estaban repletas de ellas.

-Oigan, esperen…- les pidió Arthur pero al bajar la vista se encontró ya no con seres mágicos, eran ahora monstruos grotescos de pieles putrefactas que desprendían baba a su paso, que se arrastraban por su cuerpo. Arthur quiso moverse pero no pudo, intentó sacudirlas de él pero tampoco tuvo efecto pues esos seres de apariencia tétrica se pegaban a su piel como si estuvieran succionándola con ventosas.

Los que estaban posados sobre sus hombros hacían los mismo y en un abrir y cerrar de ojos Arthur estaba repleto de ellos.

-¡No! ¡Suéltenme, aléjense de mí! ¡Quítense!- gritaba a todo pulmón y por cada vez que abría la boca algún animalejo se colaba en ella

Sus boca entera, sus orejas, sus fosas nasales, las cuencas de sus ojos, entraban en él y nadie venía a ayudarlo. Dolía… no podía respirar, estaba perdiendo el conocimiento en ese país de maravillas que se estaba convirtiendo en una pesadilla que solo él podía ver.

Ya no podía más, se estaba rompiendo por dentro, lo estaban llenando con esos cuerpos carcomidos, carroña pura se filtraba dentro de él, toda esa putrefacción estaba invadiéndolo haciéndolo percibir un hedor insoportable, una textura viscosa, colores obscuros, marrones, carmín, invadiendo cada orificio de él, cada parte de su piel y de sus órganos… ¡No podía escapar… no lograba despertar!

Al mismo tiempo en la realidad, Arthur Kirkland se convulsionaba en medio de la abandonada habitación, sus ojos estaban en blanco, le sangraba la nariz y una especie de espuma salía de su boca. Sin que nadie pudiera ayudarlo su corazón, demasiado excitado por las sustancias, sencillamente no soportó el estrés y Arthur desapareció en medio del viaje… sin nunca llegar a su destino.

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-Míralo… otra vez hablando solo- dijo con desilusión Estados Unidos a Francia que solo optaba por suspirar.

-Déjalo, toda la vida se la ha pasado teniendo alucinaciones- respondió Francia instando al americano a alejarse de Inglaterra cuando este jugaba con su imaginación.

En realidad el británico estaba muy contento de ver de nuevo a las criaturas de los bosques de toda su casa que iban a recibirlo, ahí estaban todos: Unicornios, hadas, y claro, su conejito verde volador que tanto quería.

-No les hagan caso, ya saben que ellos no entienden porque no pueden verlos- dice el ojiverde acariciando la suave crin plateada del unicornio que relincha en agradecimiento.

-Solo yo puedo verlos…- reitera Inglaterra viendo al conejito color menta sobrevolando su cabeza y estirando su mano también para acariciarlo… de pronto, una duda le surge.

-¿Por qué solo yo puedo hacerlo?- pregunta y de pronto este cuestionamiento parece lastimarlo pues prefiere solo acercar a la criatura a él y abrazarlo para cerciorarse de que es real… aunque nadie más pueda verlo.