Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de la saga de la grandiosa Stephenie Meyer y Sylvia Day.


CAPITULO 2

Bella dejó la fiesta de la sala de conferencias en el momento en que Edward fue atraído.

Tenía las próximas dos semanas de descanso. Si pudiera simplemente deslizarse fuera de la oficina, podría salir de esta situación mortificante.

Ella había tenido una sensación cuando tiró ese estúpido trozo de papel que debió hacer pedazos primero. O quemarlo. Pero entonces, se había dicho a sí misma que sólo estaba siendo paranoica. La maldita cosa estaba en la basura.

¿Quién iba a verlo? Desde luego, Edward no. Él no cavaba en los botes de basura. O eso es lo que había pensado.

Mientras aumentaba su temperamento, su paso se aceleró y llegó a su oficina en un tiempo récord.

Esto era ridículo. Esos eran garabatos privados realizados durante una reunión especialmente aburrida.

Ella no había sido capaz de concentrarse con Masen sentado frente a ella y luciendo tan increíblemente guapo como siempre. En lugar de eso, había estado totalmente absorta mirando fijamente la pequeña parte visible de su muñeca al borde del dobladillo, piel oscura libre de vello junto al dorado de su reloj y el blanco de su camisa.

Ese pequeño destello de nada la había puesto caliente y húmeda entre los muslos.

Había algo acerca de Edward Masen. Tal vez era la peligrosa belleza de su rostro. O ese cuerpo alto y bien afinado. Tal vez era su inteligencia increíble y postura agresiva en la sala del tribunal. O tal vez era su trabajo sin cobrar para el Programa de Mujeres Abusadas... Mierda, no sabía por qué. Ella sólo sabía que su historial con las mujeres era una mala noticia y que ella ya había tenido suficientes malas noticias para toda la vida.

Gruñó. Esa maldita lista había sido una forma de terapia purgativa. Nada de eso nunca fue dicho literalmente. Aún así, mientras empujaba documentos en su maletín, agarró la caja plateada con la foto no apta para menores de Edward y también la metió adentro.

—Feliz Navidad a mí —murmuró.

—Sólo estoy empezando —ronroneó una voz profunda en su oído. El delicioso sonido golpeó la parte superior de su espalda y luego se acurrucó hasta el fondo.

Con la boca abierta para protestar, ella se giró para mirar a su torturador.

Y se encontró capturada contra un cuerpo duro como una roca y besada hasta quedar sin sentido.

Al ser tomada con la guardia baja, para el momento en que su desconcertado cerebro descubrió quien la estaba abordando y lo que estaba haciendo, no quería que se detuviera. A medida que sus sentidos se llenaron del perfume del hombre excitado, las manos que empujaban contra los hombros de Edward se deslizaron alrededor de estos en su lugar.

Dios, era bueno. Igual de exigente que de sensible. Sus labios eran cálidos, el interior de su boca suave. Sus manos se deslizaron entre su chaqueta y blusa, extendiéndose a cada lado de su columna vertebral y acercándola más. Cuando su toque se deslizó más abajo para ahuecar su culo, el calor estalló y se le enrojeció la piel.

—No —susurró ella contra su boca.

Gimiendo suavemente en respuesta, Edward inclinó la cabeza y profundizó su beso ya ahogante. Tiró de ella, robándole el equilibrio para que cayera en él. Aprovechando la ventaja, la levantó y la sentó sobre el escritorio, acuñando sus delgadas caderas íntimamente entre sus muslos. Al instante el latido que había comenzado en el momento en que la tocó se convirtió en un dolor que lo consumía todo.

—Ed...

Su frente húmeda se apoyó en ella, sus jadeantes respiraciones caliente contra sus labios hinchados.

—Déjame darte lo que quieres para Navidad, Bells.

—Yo no te quiero.

—Mentirosa. —La mano de él se acercó y le acarició el pecho. Dedos expertos encontraron el pezón endurecido que la traicionaba. Besando su camino a su oído, le susurró:

—Apuesto a que estas cremosa para mí.

—¡Jesús, Edward! —Ella se estremeció, pero no podía negarlo.

—Cerré la puerta...

—¿Estás loco? —replicó ella, alejando de un empujón su de ambulante mano.

Edward la agarró de las caderas, la atrajo hasta el borde de la mesa y colocó la dura longitud de su polla directamente contra su coño.

—Sí. —Él movió las caderas, empujando su clítoris a través de la suave tela de sus pantalones de vestir. Ella gimió.

—¿No sabes lo loco que estoy por ti?

—Estás loco por todas las mujeres.

—No —argumentó, empujando contra ella con mayor urgencia—. Me gustan las mujeres. Estoy loco por ti.

El dulce roce de su sexo en seco hizo que su coño tuviera espasmos de necesidad. Con el corazón acelerado y la respiración entrecortada, ella lo empujó débilmente.

—Deja de hacer eso... no puedo pensar...

—Piensas demasiado. —Él la mantuvo en su lugar mientras frotaba su pene contra ella. Ella no se había molestado con las luces cuando entró, ya la luz de la luna iluminaba la habitación por la ventana del piso al techo. Pero incluso en la semi-oscuridad, los ojos de Edward ardían con un hambre que hizo que se le apretara la garganta. Manteniéndola quieta, acarició la impresionante longitud de su pene arriba y abajo de su raja. Era tan guapo, tan decidido, simplemente observarlo dándole placer a ambos era casi orgásmico por sí solo—. Te deseo, Isabella. Te he deseado desde hace mucho tiempo. Y tú también me deseas.

A punto de llegar, Bella puso sus manos sobre el escritorio y giró sus caderas en ese gran bulto tenso, acariciándolo con su coño. El crudo gemido de dolor de Edward fue el impulso que la empujó al límite. Gritando, montó las olas de placer que se propagaban a través de sus venas y la mareó.

—Eso es —elogió con voz ronca, meciéndose en ella, haciéndolo terminar—. Ah, cariño. Eres tan hermosa.

Ella se hundió en su pecho mientras la tensión huía. Con el rostro de ella caliente apretado contra su garganta, el olor de su piel era casi abrumadora.

—Oh, Dios mío —se quejó ella, deseando que la tierra se abriera y se la tragara. Lo último que el ego de Masen necesitaba era su calentón orgasmo.

—Para ti ha pasado un tiempo, ¿no? —Sus grandes manos le acariciaron la longitud de la espalda, calmándola.

—¿No vas a atribuirte el mérito por eso? —Ella no pudo ocultar su sorpresa.

—¿Yo? —Se apartó ligeramente—. Ojalá. Eso fuiste solo tú. Pero el próximo lo pago yo.

Una risa se le escapó en contra de su voluntad y enterró la cara en su hombro para ocultar la sonrisa. Era encantador, nunca lo había negado.

—No va a haber una próxima vez.

Su abrazo fue casi aplastante.

—Lo que tú digas. Realmente me habías engañado. Hasta que vi esa lista de deseos pensé que no te gustaba.

—No se trata de si me gustas o no, Masen. De hecho, creo que eres un gran tipo, pero...

—Estás buscando a alguien para algo serio.

—En realidad, no estoy buscando a nadie.

—Puedo ser serio. —Ahuecándole la cara entre las manos, usó los pulgares para acariciar sus mejillas—. No hay ninguna razón para que no pueda. Pero nunca lo sabremos si no me das una oportunidad.

—¿Por qué? —Ella lo empujó—. ¿Porque andamos calenturientos el uno por el otro? Estar cachonda no es la base para una relación y yo no quiero ser tu experimento en la monogamia.

—Ahí está —dijo en voz baja, dando un paso atrás para que ella pudiera deslizarse fuera de la mesa—. La mujer exterior que no me quiere, mientras que la verdadera Isabella interior sí.

Ella hizo una mueca. La verdadera Bella había aprendido a renunciar a algunas de las cosas que quería. Era un sacrificio que había aceptado de buen grado cuando lo hizo.

—¿Ya terminamos?

—De ninguna manera. Ni de cerca. —Él se pasó la mano por el cabello grueso y brillante.

Lamentó no haberlo tocado cuando tuvo la oportunidad.

—No te corriste, pero no me siento demasiado culpable por eso. Puedes tener a cualquiera de las chicas de la sala de conferencias.

—Vete a la mierda, Isabella —dijo bruscamente—. No se trata de echar un polvo y lo sabes.

Ella soltó un bufido.

—Esto se trata por completo de echar un polvo.

De repente él se enderezó, sus ojos se iluminaron con un brillo peligroso.

—Dame un par de días para ir a través de tu lista de deseos. Luego, una vez que hayas vivido tus fantasías, las cuales resultan ser también las mías, podemos volver a los negocios como siempre. Sin toda esta tensión sexual.

—Eso no va a funcionar. —Pero su estómago dio un pequeño vuelco ante la idea.

—Entonces te cambias de oficina de todos modos, como lo planeaste. Pero al menos conseguiste tener sexo salvaje, sudoroso y sucio antes de irte. Si esto es todo acerca de echar un polvo, hagámoslo.

Oooh, era bueno argumentando un caso. Él también sabía que la había tenido desde la palabra "salvaje".

Podía verlo en sus ojos.

—¿Un hotel? —sugirió, resignada. Una chica sólo tenía un tanto de fuerza de voluntad y se enfrentaba con un argumento irrefutable, ¿qué otra cosa podía hacer?

Al menos eso es lo que le dijo su demonio interior.

—Mi casa —dijo suavemente, teniendo la gracia de no regodearse—. Tengo todo lo que necesito para cocinar la cena... —Él le dedicó una sonrisa deslumbrante—, desnudo.

—Oh, Señor... —Se estaba sonrojando, podía sentirlo. Que él supiera sus anhelos secretos era embarazoso al extremo. Y excitante, lo que era peligroso. Tenía que mantener a los dos separados: al abogado que admiraba y al playboy que quería follar.

—Vamos a mantener esto simple.

Metió la mano en el bolsillo y sacó una hoja de papel doblada. Metiéndosela a ella en la mano, rozó los labios con los suyos.

—No. Has sido una niña buena, por lo que mereces que tus deseos se hagan realidad. —La besó de nuevo y no se le escapó ni por un segundo que él era la estrella de sus sueños sexuales.

—Vamos, Swan, juega. Va a ser divertido.

Divertido. Los tipos como Masen siempre se estaban divirtiendo.

—Esta son las indicaciones de cómo llegar a mi apartamento. Voy a estar esperando.

Para el momento en que Bella llegó a la casa de Masen, estaba cruzando los dedos, comprometida a pasar un buen rato. Si iba a darse atracones, iba a darse el gusto. Punto. Así que cuando sonó el timbre de la puerta y Edward respondió usando nada más que un sombrero de Santa y un delantal que decía "Besa al cocinero", ella no lo dudó. Dejó caer su mini-gabardina a sus pies y saltó hacia él.

—Mierda. —Él se tambaleó hacia atrás, sorprendido, pero se las arregló para cerrar la puerta de un empujón antes hacer su camino hacia el sofá más cercano. Cayeron en el sofá de cuero negro en un charco de hombre guapo semidesnudo y mujer determinada.

A horcajadas sobre él, Bella se inclinó hacia delante y le dio un beso duro y profundo. Su aroma le inundó sus sentidos y sus pezones se endurecieron en puntos adoloridos.

Edward gimió.

Se sentó encima de la dura cresta de su erección, un signo evidente de que estaba tan listo como ella.

Excavando en el bolsillo de su falda de gasa ondulante, sacó un condón y se lo tiró en el pecho.

—Date prisa y póntelo.

Parpadeando hacia ella, Edward farfulló:

—¿Sólo así? Zas, bam, ¿follemos?

—¿Te estás quejando?

—Diablos, no. —Cuando ella levantó las rodillas para levantarse la falda, él buscó a tientas el paquete de papel de aluminio con cómica prisa. Luego levantó la vista y quieto, su mirada se clavó entre las piernas de ella—. Oh rayos. Bells... No llevas bragas.

—Ups. Deben habérseme olvidado. —Se metió el dobladillo sobrante en la cintura elástica.

Dejando caer el condón, él se lamió los labios.

—¿En la lista de quién estamos trabajando aquí?

El calor depositado en los pesados párpados de él la hizo estremecer. Su sombrero de Santa estaba torcido, con el cabello cobrizo cayéndole sobre la frente. Agregando el delantal, debería de haber lucido tonto. En cambio, se veía comestible. Sus brazos eran sexy como el infierno, la piel seguía teniendo los restos de un oscuro bronceado veraniego y bajo este los músculos estaban bellamente definidos.

—Ven aquí. —La orden fue emitida con una seductora voz ronca que hizo que se le pusiera la piel de gallina a pesar del crepitante fuego de la chimenea.

—¿Ir a dónde? —bromeó ella en voz baja.

—Ven a mi boca, dulzura. Quiero lamerte.

¡Oh, Dios Mío!

Se obligó a arrastrarse sobre él lentamente para no verse desesperada, Bella se arrodilló a horcajadas sobre su cabeza. Con una rodilla en el reposabrazos del sofá y la otra en el mismo borde del sofá, estaba abierta a lo largo, permitiéndole obtener a Edward una vista sin obstáculos. Sus cálidas manos se deslizaron por sus muslos, su aliento soplaba sobre su sexo. Él apretó su culo. Ella gimió su emoción...

Y luego le lamió el coño en un lengüetazo deliberadamente largo.

Ella se aferró a la parte de atrás del sofá como un salvavidas y gimió.

Amasando el dorso de sus muslos, se acomodó para el festín, deslizando su lengua a través de su coño.

Hundiéndose en su interior. Encontrando todos los lugares que la hacían gritar y concentrándose allí antes de vagar para encontrar otro lugar. Y a continuación, volvía a acariciar de un lado a otro a través de su clítoris.

—No te corras demasiado pronto —murmuró mientras sus piernas comenzaron a temblar.

—¿Es una broma? —Se quedó sin aliento, sus caderas meciéndose en su apretada boca—. No seas tan bueno en esto.

Su sonrisa estaba llena de pura satisfacción masculina.

—Quiero estar follándote cuando te corras.

Se estremeció violentamente.

—Entonces es mejor que te des prisa con ese condón.

—Estoy listo cuando tú lo estés.

—¿Eh?

La sonrisa de Edward era maldad pura.

—Supongo que estabas un poco distraída.

Al mirar hacia abajo al sofá, sus ojos se abrieron como platos. Se había levantado el delantal y envainado el objeto de sus fantasías tanto de día como de noche. Largo, grueso y arqueando hasta su estómago, su polla le hizo agua la boca. No es de extrañar que el hombre tuviera ese aire sobre él que gritaba "sé cómo follarte hasta volarte los sesos".

La foto no le había hecho justicia.

Ella tragó saliva y se trasladó a horcajadas sobre sus caderas. Él inclinó su pene hacia arriba, solícito. Con el pecho apretado y el corazón acelerado, Isabella se detuvo justo encima de él. Era el punto de no retorno. Nada volvería a ser lo mismo entre ellos una vez que tuvieran relaciones sexuales.

¿Podría manejarlo? ¿Podría mantener la distancia que necesitaba?

—Bells.

Su mirada se disparó para encontrar la de él.

—¿Recuerdas tu lista? —El atractivo rostro de Edward estaba ruborizado y sus labios estaban resbaladizos por su crema, pero a pesar de la mirada descaradamente sexual de él, sus ojos verdes brillaban con apenas tanta compasión como lujuria—. Está bien tomar lo que quieres —dijo en voz baja—. Especialmente cuando se te es dado.

Ella respiró hondo. De repente, registró la música de fiesta tocando suavemente y el olor a pino del pequeño árbol sin decoración en la esquina. Si se fuera a casa, estaría sola en este momento. O podría pasar la noche con Edward Masen.

Ella quería esto, lo quería a él. ¡Era Navidad, maldita sea!

Resbaladiza por el deseo, se sentó en él lentamente, tomando lo único que había pedido este año. Lo único que había pedido en muchos años. Ser tocada y sostenida. Ser querida.

—Oh sí —gimió él, sus manos acariciando a lo largo de sus muslos, su espalda arqueándose—. Dios, te sientes bien.

Bella se mordió el labio inferior mientras el lánguido deslizamiento continuaba. Su polla la llenó demasiado. El calor y la dureza de la misma le robaron el aliento. La maravillosa longitud y anchura... Cuando sus nalgas golpearon sus musculosos muslos y la cabeza de su polla golpeó profundo, el sonido que fue arrancado de ella fue crudo y necesitado.

—Te tengo. —La tranquilizó con voz ronca mientras se inclinaba sobre él, temblando. Le acarició la longitud de la columna vertebral, murmurando:

—Levántate un poco... Ssh, te lo daré... Ahí mismo. Ahora no te muevas.

Sus caderas se levantaron, acariciando su coño con un empuje que quitaba el aliento.

—Edward. ¡Oh, Dios mío! —Hundió la cara en su cuello, su coño daba espasmos alrededor de él.

Él bajó y se levantó de nuevo, follándola hacia arriba en sus codiciosas profundidades.

—¿Cómo se siente esto? —jadeó.

—Como si estuviera perdiendo la razón. —Ella levantó la cabeza y lo miró. El pecho de Edward subía y bajaba con dureza contra sus pechos, haciéndola desear haberse tomado el tiempo para desnudarse para que pudiera sentirlo piel contra piel.

—Bien. No me gustaría ser el único. —Manteniendo sus caderas firmes, apresuró el ritmo, subiendo hacia arriba en un ritmo implacable, retirándose hasta que sólo la gruesa cabeza estaba en ella y luego sumergiéndose hasta las bolas con gruñidos primales.

Gimiendo en voz baja, agarró sus hombros y se preparó para el golpe de sus caderas contra las suyas. Se sentía tan bien... Olía delicioso...

Edward habló entre dientes:

—No esperes por mí. —Puntualizó su orden con un empuje brutalmente duro que alcanzó a su clítoris en el lugar correcto.

Su orgasmo fue impresionante. Estaba paralizada, incapaz de moverse, cada célula de su cuerpo se centró en el murmullo de su coño a lo largo de la interminable longitud de su dura polla. Tiró de ella hacia abajo y luego la aplastó contra su pecho, gruñendo en su oído mientras se corría.

Sosteniéndolo, escuchó el latido violento de su corazón y los sonidos suaves de la música, y ella se sintió cuidada.

Por primera vez en mucho tiempo se sintió como Navidad.