El correcaminos

Autor del Fanfic:Gale el Remolino.

Autor del anime:Masashi Kishimoto.

Anime/Manga:Naruto.

Aviso:Número de capítulos sin definir.

Disclaimer:Los personajes, espacios y demás elementos de Naruto no me pertenecen. Por ello, no cobro por hacer esta historia, si no que escribo para el disfrute propio y ajeno.

¿Quién es el correcaminos?

El sonido del pito del árbitro dio la señal para que los jugadores de fútbol se pusieran en marcha. El público estaba como loco. Una persona del instituto de Konoha atisbó desde lo alto del estadio a un conejo gris que maniobraba volteretas con auténtica agilidad.

-¡Vamos Bunny!

Pareciese que el conejo estaba animando a su equipo. Pero no era el único, por lo visto. Algo más apartado del estadio de fútbol, se encontraban las piscinas de natación, donde otro equipo era animado por un pato negro. En las pistas de voleibol, el equipo tenía un gallo. Y otros varios equipos también sacaron su vieja y polvorienta mascota del desván.

-Si al final. Se va a convertir en la moda del momento. –Dijo uno.

-Creo que no hay un solo instituto que no la esté utilizando. –Comentó otro.

-Todo empezó con algo tan absurdo. A mí me parece hasta gracioso.

-No es gracioso. El tema de las mascotas es una ceremonia que ha quedado olvidada desde hace mucho. Me parece muy bien que decidan hacerlas participar de nuevo.

-El director estaba llorando. Dijo que le traía muchos recuerdos de cuando él hacía de mascota.

Y en otro lado. En el instituto de Amega, no iban a ser menos.

-¿Estás listo?

-¡Ya casi estoy! –Respondió con desagrado una voz familiar.

-¿Pero cuanto puede tardar uno en ponerse un traje? –Preguntó un alumno al borde de los nervios.

-Depende de la complejidad del traje. –Respondió una compañera a su lado.

Un chico embutido en un traje de coyote se quitó con fuerza la cabeza, la del coyote. Sus compañeros miraron atentamente al hombre. Era alto, de pelo negro y rizado. Además tenía una cara parecida a la del Joker, aunque hacia abajo, porque no le apetecía sonreír.

-¿Y por qué tengo que hacer yo de coyote? –Se quejó el cara bonita.

-Por que el coyote es la mascota de nuestro instituto y tú eras el único que se acoplaba perfectamente a él. Al resto de alumnos o les queda muy grande o muy pequeño. Tu estatura y musculatura parecen ser los únicos que el traje de coyote ha admitido. –Argumentó su compañero.

-Lo dices como si el coyote me hubiera elegido. –Gruñó el cara bonita.

-Te ha elegido. –Afirmó él. –El director nos ha contado que fueron pocos los alumnos capaces de encajar perfectamente en el traje de coyote. Se podría decir que los pocos que pueden son los elegidos por el coyote. –Además, levantó su pulgar en señal de aprobación.

-¡¿En serio?! –Ahora el cara bonita parecía complacido. Le gustaba sentirse especial. Cogió del suelo la cabeza del coyote y la miró fijamente. –¿Me has elegido? –Por supuesto, no obtuvo respuesta alguna. Pero eso le daba exactamente igual. En su interior había escuchado una vocecilla que él interpretó como la del coyote y que le decía: "Sí". El cara bonita se colocó la cabeza del coyote. –De acuerdo. Acepto el papel de mascota. ¡Témeme correcaminos, porque pienso alcanzarte! ¡Y lo conseguiré!

La soleada mañana de Konoha trajo consigo el alegre cantar de los pájaros. Por una de las ventanas abiertas del instituto, se colaba la brisa mañanera. Caminando por el pasillo, Minato se paró a contemplar a través de la ventana abierta aquella sinfonía.

-¿Qué sonido hará el cuco chaparral? –Pensó en voz alta tras un rato de silencio.

-¡Minato! –Llamó una voz en la lejanía. Se trataba de Fugaku Uchija, su compañero de clase. Él y Minato no solían tener mucha conversación. No es que no se llevaran bien. Simplemente más que juntos, les gustaba hablar con otras personas. De hecho, era muy raro que uno de los dos se dirigiese al otro para algo que no fuese hacer trabajos de clase.

-Buenos días, Fugaku. –Saludó Minato con una sonrisa serena. –¿Qué es lo que quieres de mí?

El compañero de clase de Minato lo miró con sorpresa, como si esa pregunta lo hubiese cogido desprevenido. Al momento se serenó y se aclaró la voz.

-Las olimpiadas de boxeo son hoy por la tarde. Me gustaría invitarte ti y a tus amigos a venir a verme.

-¡Ah! ¡Es cierto! Estás en el club de boxeo. –Recordó Minato. –Con mucho gusto iré.

-Ya, oye. –Insistió él. –Asegúrate de que… Bueno, olvídalo. –Como si hubiese estado a punto de decir alguna tontería, Fugaku apartó la mirada y dio media vuelta.

Mientras tanto, en el campo donde practicaban las animadoras con su uniforme azul con el emblema del correcaminos, las chicas se acercaron con prisa a su líder.

-¡Mebuki! –Llamó una de las porristas. –¡Hay una chica que quiere hablar contigo!

-¿Y qué quiere? –Preguntó la nombrada.

-Dice que viene a reclamar su puesto de líder. –Concluyó asustada la porrista.

Mebuki miró como las chicas se alejaban para dejar pasar una silueta. Mebuki agudizó su vista. Se trataba de Mikoto.

-Hola, Mebuki. –Saludó con seriedad Mikoto.

-Hola, Mikoto. –Respondió Mebuki con cara seria.

El ambiente se tornó frío y silencioso. Daba la sensación de que una leona se había metido en el territorio de caza de otra, e iban a disputar quien se quedaba y quien se largaba. Las animadoras tragaron fuerte. Algunas pensaban lanzarse hacia Mikoto al más mínimo movimiento por parte de esta. Otras estaban asustadas, no querían conflictos.

-¡Mebuki! –Gritó entusiasmada Mikoto, como si fuesen amigas de toda la vida.

-¡Jefa! –Y Mebuki se lanzó a los brazos de Mikoto como si fuese una amiga a la que no hubiese visto en años. A las animadoras se les desencajó la mandíbula de lo mucho que abrieron la boca de la sorpresa. –Creía que no volverías nunca. ¿Cómo se te ocurre abandonarme así a mi suerte?

-No te abandoné a tu suerte. –Se defendió Mikoto. –Primero te preparé, y luego te dije que estabas preparada para tomar el cargo de líder del grupo.

-¡Pero yo no quiero ser la líder del grupo! ¡Quiero que lo seas tú! –Mebuki dejó de abrazar a Mikoto para mirarla a los ojos. –Porque vas a volver, ¿Verdad?

Mikoto sonrió.

-Estas de suerte. Debido a ciertas circunstancias, he decidido retomar mi puesto. –Explicó.

-Perdona –Una de las animadoras se metió en la conversación. –pero, ¿Quién es ella? –Le preguntó a Mebuki refiriéndose a Mikoto.

-¡A claro! Es que vosotras sois nuevas. –Recordó la, por ahora, líder. –Ella es Mikoto. Es la animadora más espectacular que jamás veréis sobre el campo. Y también es mi maestra y mi antigua líder.

Todas las chicas soltaron un suspiro de la impresión. Algunas estaban contentas de tener a Mikoto entre sus filas. Otras, no tanto, pero no objetaron nada.

-En realidad solo me quedaré para ayudaros un poco en las prácticas y daros ideas. –Dijo Mikoto. –Algo así como una entrenadora.

-¿No te vas a unir entonces? –Preguntó desilusionada Mebuki.

-Me uniré, descuida, pero más tarde. Ahora mismo tengo cosas que hacer. Solo necesitaba avisaros de que voy a usar vuestro vestuario.

-Descuida tú. Todo lo nuestro es lo tuyo, jefa.

Mikoto sonrió. Tras una alegre charla y unos cuantos consejos, Mikoto abandonó el campo e hizo una seña a Kushina para que la acompañase a los vestuarios de las animadoras.

-Aquí hay pocas probabilidades de que alguien nos escuche. –Le dijo Mikoto a Kushina. –Ahora bien. ¿Me puedes explicar porque has vuelto a bajar al sótano del instituto?

-¡Solo quería devolver el traje! –Se defendió Kushina. –Pero cuando bajé por las escaleras, la puerta estaba cerrada.

-¿Y dónde lo dejaste?

-Lo dejé al lado de la puerta cerrada. Pero luego me arrepentí y fui a por él. Cuando baje las escaleras ya no estaba. Había desaparecido.

-Y en vez de comerte tanto la cabeza con ese tema. ¿No has pensado que algún profesor podría haberlo guardado en el desván de nuevo?

-No lo creo. Todos los institutos han empezado a hacer uso de sus mascotas. Sería estúpido que justo el nuestro lo guardara. Además –Kushina sacó un papel doblado de su bolsillo y lo desdobló. Era un cartel que ponía: "¿Quién es el correcaminos?". –todos quieren saber quién es el correcaminos. Si guardas el traje, es casi seguro que nadie se lo vuelva a intentar poner, por lo que el sospechoso nunca saldrá a la luz. Y eso no es lo que quieren, lo que quieren es saber quien hace de mascota.

-Kushina. –Llamó una animadora, que entró en los vestuarios, interrumpiendo la conversación desde el mismo momento en el que las dos chicas escucharon el sonido de la puerta al abrirse. –Hay un chico que te está buscando. Dice que es urgente.

Kushina salió entonces a encontrarse con Minato, que la llevó todo lo rápido que pudo a uno de los gimnasios del instituto.

-¿Y qué es eso tan urgente que tengo que ver? –Preguntó la pelirroja.

-Tú misma lo comprobarás cuando lleguemos al gimnasio, –Pasaron por la puerta de entrada y Minato señaló un ligar en específico. –mira.

Kushina abrió los ojos tanto como sus párpados se lo permitieron.

-¡Están exponiendo a la mascota del instituto! –Gritó cuando vio un cúmulo de alumnos reunidos alrededor de la vieja y polvorienta mascota azul.

-Más bien, están buscando a una Cenicienta. –Aclaró Minato. –El directo casi ha obligado a todos los alumnos del instituto a probarse el traje del correcaminos. Supuestamente, el que mejor encaje en el traje, será el elegido para animar a nuestros equipos.

-¿Pero la mascota no animaba solamente al equipo de fútbol americano? –Preguntó extrañada Kushina.

-Esa es una mentalidad que se ha ido extendiendo. –Explicó Minato. –La mascota realmente es una representante, que bien puede aludir a una institución, o a un grupo de personas mucho más grande. La palabra "mascota" la obtuvimos del fancés "mascotte" y esta a su vez viene del provenzal moderno "mascoto" que significa "talismán" y tiene sus raíces en "masco" que hacía referencia a las brujas. –Minato miró a Kushina, que parecía echar humo por las orejas. –¿Me he explicado bien? –Cuestionó inocentemente.

-Entonces… ¿La mascota es un talismán? –Preguntó Kushina, intentando aclarar las ideas.

-Se podría decir que sí. El correcaminos es nuestra mascota, nuestro talismán. –Aclaró Minato.

-¡Al fin hemos encontrado a nuestra mascota! –Gritó de repente el director del instituto, Hiruzen.

A Kushina casi se le cayó el pelo al oír la noticia. No se lo esperaba para nada. Ella que quería ocultar su identidad. Giró la cabeza lentamente mientras veía como Hiruzen se acercaba a ella a paso lento y con una sonrisa en la cara. Minato tampoco se lo podía cree. El director pasó de largo a ambos chicos, los cuales casi se caen de culo del susto y el alivio.

-Mañana hará su debut animando en las olimpiadas de tenis. –Sentenció, saliendo del gimnasio.

-Y ahora todo el mundo a sus clases. Los que no hayan sido invitados a alguna olimpiada que no se le pase por la cabeza saltarse las clases. –El profesor Jiraiya echó a todos los alumnos del gimnasio y cerró la puerta.

-¡Es cierto! –Dijo Minato de repente. –Fugaku me ha dicho que invite a unos amigos para verlo boxear esta tarde. ¿Vas a venir? –Preguntó a Kushina. Esta solo suspiró cansada.

-Pero por la tarde no se pierden clases, –Argumentó bastante molesta. –solo se pierde el tiempo.

Minato se desanimó en seguida.

-Se lo pediré entonces a Mikoto, a ver si quiere venir. –Sentenció el chico.

Cuando Kushina se dirigió a sus clases, Minato echó un vistazo por última vez a la puerta cerrada del gimnasio.

-¿Sabes quién es? –Jiraiya se colocó al lado de Minato, esperando una respuesta que nunca llegó. –La mascota que te animó en tu carrera de atletismo, no es la misma persona que animará mañana al club de tenis. –Se atrevió a afirmar el profesor. Minato solo asintió levemente. –Todo el mundo se pregunta quién es el correcaminos. Mañana las pistas de tenis estarán abarrotas para ver al correcaminos participar.

-El correcaminos, -Comenzó a decir Minato. –el correcaminos que apareció en la carrera de atletismo, el auténtico correcaminos, no va a volver.

-¿Y eso?

-No quiere armar más escándalo. Además, le ha prometido a una persona muy especial que no lo volvería a hacer.

-¿Y esa persona especial eres tú? –Minato negó con la cabeza. –¿Te gustaría volver a ver al auténtico correcaminos? –Minato asintió esta vez. Jiraiya detuvo su interrogatorio y se dirigió hacia las clases. –Vas a llegar tarde como te quedes ahí parado, Minato.

Minato escuchó un sonido metálico chocar contra el suelo. Se agachó y cogió una llave. Era la llave del gimnasio. Luego miró a Jiraiya que, aunque este no lo mirara, lo saludaba con su mano derecha. Minato se guardó la llave en el bolsillo y se fue a clases.

Al finalizar las clases, los alumnos se dispusieron a recoger sus cosas.

-Mikoto, ¿Quieres venir esta tarde a ver a Fugaku en las olimpiadas de boxeo? –Preguntó un compañero de clase a la chica.

-No, lo siento. –Se disculpó esta.

Minato entró entonces tranquilamente a la clase de Mikoto y Kushina.

-Mikoto, ¿Quieres venir esta tarde a ver a Fugaku en las olimpiadas de boxeo? –Preguntó Minato.

-De acuerdo. –Respondió ella con una sonrisa, desinflando a su compañero de clase. Luego añadió, dirigiéndose a Kushina. –Kushina, ¿Te vienes con nosotros?

-Ella ya me ha dicho que no quiere venir. –Dijo Minato.

-¡¿Cómo?! –Mikoto agarró a Kushina por el cuello. –Tú te vienes si o si.

-Pero… –Intentó excusarse la chica.

-El único motivo por el que eres una asexual es porque nunca aceptas salir con nadie –Recriminó Mikoto.

-Sí que salgo. –Intentó excusarse Kushina.

-Tu familia no cuenta. –Mikoto apretó su agarre, obligando a Kushina a doblarse. –Nos vamos ahora a ver a Fugaku.

-Vale. –Afirmo sumisa y casi sin respiración la pelirroja. Minato no pudo si no reírse de la situación provocada. A decir verdad, esas dos chicas juntas llamaban mucho la atención.

Mientras tanto, unos descolocados alumnos buscaban dentro del gimnasio.

-¡¿Dónde está el traje de mascota?! –Dijo uno.

-¡Pero si hace unas horas estaba aquí! –Comentó otro.

Hiruzen Sarutobi entró en el gimnasio a paso lento. Miró el alboroto provocado en el gimnasio y luego buscó con la mirada a Jiraiya.

-Ya veo. –Dijo mientras exhalaba humo de su boca y se apartaba la pipa. –Así que así están las cosas. –Sarutobi abandonó el gimnasio, dejando que sus alumnos se comieran a gusto la cabeza por encontrar al correcaminos.

El trío de compañeros habían llegado ya al estadio de boxeo. Se sentaron en penúltima fila, pues el estadio estaba abarrotado de gente. Mikoto entonces, obligó a Minato a acompañarla a un puesto de comida mientras Kushina se quedaba cuidando los asientos.

-Oye. –Comenzó diciendo Mikoto a Minato, –¿Qué es lo que quieres de Kushina? –que como buena amiga que era, se tenía que asegurar que su querida casi hermana menor estuviera sana tanto física como mentalmente. Aunque la pregunta resultó sorpresiva para el chico.

-¿Cómo? –Preguntó sin comprender.

-A lo mejor es cosa mía. –Habló Mikoto. –Pero tengo la sensación de que intentas pegarte mucho a ella.

-Sí. –Asintió el rubio, luego sonrió, como si no hubiera mayor misterio en su respuesta.

-¿Qué es lo que ves en ella? –Volvió a preguntar Mikoto.

-A mi salvadora. –Respondió él. –A alguien que sin conocerme apenas de nada me dio la fuerza suficiente para avanzar. –Esto sorprendió a Mikoto. –Se que a ti te parecerá una tontería, porque no lo has vivido. A mí me gusta mucho correr, pero también me duele mucho cuando corro. Cuando la gente me insulta, cuando me mira mal o cuando se burlan de mí. Solo por mí pasad. A mí me duele. Pero en ese momento, en la carrera, cuando apareció el correcaminos, no me dolía tanto como otras veces. No, no me dolía. Por una vez desde que mi padre fue encarcelado, no me ha dolido correr. –Ambos se dirigieron con los refrescos y las patatas fritas a sus asientos. –Quiero conocer a mi salvadora. Puede que para el resto y para ti sea una persona normal. Pero es la persona normal que ha sido capaz de arrancarme la depresión y luchar por lo que quiero.

-Minato –Mikoto interrumpió de repente al rubio. –Kushina no es normal. Es una persona que solo nace una vez cada millones de décadas. Y por eso –Antes de llegar a su fila, Mikoto encaró a Minato. –pienso protegerla de todo y a pesar de todo.

Aunque Minato no sabía si estaba hablando de forma figurada, le guardó un enorme respeto a Mikoto. Al final los dos llegaron a sus asientos y se repartieron las bebidas y las patatas fritas. El combate de Fugaku estaba a punto de comenzar tras dos rápidos asaltos por parte de un boxeador desconocido. Todo el mundo estaba frenético y con ganas de más, aunque algo más tranquilos.

Fugaku entró en el cuadrilátero. Llevaba guantes azules y pantalones cortos del mismo color con la insignia del correcaminos en los laterales exteriores. Curiosamente, la gente empezó a levantarse de sus asientos y a irse.

-¿Por qué se va la gente? –Preguntó Kushina.

El combate comenzó. Era un asalto de tres tiempos con tres K.O. Al final, en el estadio se quedó la mitad de la gente que había antes en el primer combate.

-Pues no lo sé. Tendrán cosas que hacer. –Comentó Minato, un tanto sorprendido.

-No quieren verle, simplemente. –Reveló Mikoto. Sus dos compañeros la miraron sorprendidos. –Por un supuesto error que cometió hace un año.

-¿El qué? –Interrogó Kushina.

-Por lo visto hizo trampas en el tercer asalto. –Desveló nuevamente Mikoto. –Aunque no se tiene mucha información. Fugaku, por lo visto, cuando comenzó a boxear tenía un problema de muñecas debido a una clase de gimnasia. Su entrenador le colocó unas vendas alrededor con unas pesas dentro de los guantes para que corrigiera su problema durante el entrenamiento. El caso es que el día de la competición, Fugaku siguió utilizando las pesas.

-¿Pero, por qué? –Preguntó Minato.

-Su entrenador se lo dijo. –Continuó Mikoto. –Le hizo creer que n pasaba nada y que nadie se enteraría. Por lo visto, hace un año Fugaku era muy dócil y obedeció ciegamente a su entrenador. Por supuesto, cuando golpeó a su adversario en el tercer asalto, los nudillos de Fugaku comenzaron a sangrar.

-¿Por las pesas? –Preguntó Kushina.

-Claro, –Respondió Minato. –los guantes sirven para proteger los nudillos. Pero si colocas un trozo de plomo te los destrozas.

-Todo el mundo se enteró –Mikoto continuó su relato. –de que Fugaku llevaba pesas dentro de los guantes y lo tacharon de tramposo. Nadie quiere ver competir a un tramposo.

-Lo entiendo. –Dijo Minato por lo bajo, ganándose una mirada comprensiva por parte de las dos chicas. –Voy al baño. Dijo de repente.

Las dos chicas se quedaron mirando el asalto hasta que tocó el timbre de una campana y los boxeadores relajaron las posiciones.

-¿Qué ocurre? ¿Ya se ha terminado?

-No, solo marca el final del primer tiempo.

-¿El primer tiempo? –Preguntó Kushina. El timbre, volvió a sonar.

-En el boxeo, el tiempo se reparte en un minuto por asalto, tres asaltos en total y por lo tanto, tres minutos por combate. Cuando se acaba el tiempo, se toca el timbre, de esta forma los boxeadores pueden relajar la posición y recibir consejos de sus segundos.

-¿Segundos?

-Son como una especie de consejeros. Los que buscan los puntos débiles del rival, los que corrigen a sus boxeadores y los que tiran la toalla por ellos.

-¿La toalla?

-Literalmente. –Mikoto señaló al segundo. –Mira.

Kushina vio al segundo con una toalla blanca en la mano. Parecía ajeno al pasado de Fugaki, como si a pesar de todo lo ocurrido, lo comprendiera. Kushina llegó a la conclusión de que al fin y al cabo, había buenas personas en el mundo.

-¡Bip-bip!

Un sonido captó la atención de todo el mundo.

-¿Ese no es…? –Empezó a decir Kushina, bastante sorprendida.

-Por lo visto. –Dijo Mikoto, también con los ojos bastante abiertos.

-¡Es el correcaminos! –Se empezó a murmuran, tras un rato a gritar, por todo el estadio.

Como los rumores corrían como la pólvora marca Ácne. El estadio comenzó a llenarse de gente que quería ver la leyenda de las olimpiadas de atletismo en persona. El correcaminos xorría de un lado a otro, daba piruetas, saltaba e imitaba a un entrenador gruñón que no para de decirle que se fuera, porque allí molestaba y no tenía nada que hacer. El correcaminos se hacercó a Fugaku, que estaba boxeando muy concentrado. El timbre del segundo tiempo sonó y los boxeadores dirigieron la mirada al disfraz del cuco chaparral azul.

-¡Tú eres…! –Dijo Fugaku. Una sonrisa apareció en su boca. No se podía creer que eso estuviese ocurriendo realmente.

-¡Bip-bip! –Dijo el correcaminos.

El personal del estadio se dispuso a agarrar a la mascota, pero esta fue más rápida y puso pies en polvorosa. Y tan rápido como apareció, una vez más, el correcaminos abandonó el estadio.

-¡Vamos a seguirlo! –Gritó Kushina.

-¡Pero si no sabemos donde esta! –Intervino Mikoto. Demasiado tarde, la pelirroja ya se había propuesto seguir el rastro de la mascota y no pensaba ceder a ideas ajenas. Bajo las escaleras del estadio a toda prisa y se sentó en el suelo. Quizás era demasiado esfuerzo para ella. Una vez más, sintió sus tobillos hinchados. –¡Kushina! ¡No corras! ¡Correr te hace mal, y lo sabes!

Mikoto ayudó a su amiga a levantarse.

-Vamos. –Dijo Kushina. –Necesito un baño. Una vez dentro de un vestuario femenino de boxeo, Kushina pudo sentarse en un banco a descansar para próximamente beber agua. –Puf. Estoy agotada.

-¡Pues claro, cacho burra! ¡Si es que a quien se le ocurre salir corriendo escaleras abajo! –Recriminó Mikoto.

-Solo a mí. –Dijo Kushina con una sonrisa en la cara.

-Vaya, vaya. –Una voz resonó en los vestuarios, alertando a las dos chicas. Era el profesor Jiraiya.

-Profesor, ¿qué demonios hace usted aquí? –Preguntó Mikoto, bastante sorprendida.

-Estaba siguiendo el rastro del correcaminos. Y acabé aquí. –Se defendió este.

-¿Y qué le hace pensar que el correcaminos está en un vestuario femenino? –Contraatacó Mikoto.

-El correcaminos también podría ser una chica. ¿Cómo se que el correcaminos no eres tú?

-¿Me estas tomando el pelo? –Mikoto no se lo podía creer.

-O bien podría ser tu amiga. –Y esto lo dijo mirando fijamente a Kushina, la cual se sintió intimidada. Mikoto se puso entre la pelirroja y el profesor.

-Kushina tiene fatiga cardíaca, no puede correr. –Aclaró Mikoto. –Y a usted lo podríamos denunciar por acoso. No debería estar aquí.

-Ey, tranquilas. –Jiraiya puso las manos en alto. –Solo quería comprobar que el correcaminos no estuviera por aquí, ahora me largo. –Jiraiya dio media vuelta y se fue, no antes sin escuchar los griteríos de Mikoto.

-¡Te puedo denunciar! ¡Como vuelva a enterarme de que rondas por los vestuarios femeninos te denunciaré a la policía! ¡Se lo diré al director y haré que se entere el consejo de padres y el consejo estudiantil! –Un largo silencio se hizo presente en el vestuario. –Parece que se ha ido ya. –Concluyó Mikoto cuando escuchó la puerta cerrarse.

-¡Bip-bip! –El correcaminos asomó la cabeza por el vacío vestuario de chicas. –¿Se ha ido ya?

-Sí. –Contestó Kushina.

El correcaminos tan solo se hacercó a las dos chicas y se quitó la cabeza del cuco chaparral. Era Minato, aunque tampoco fue muy sorpresivo.

-¿Por qué tienes tú al correcaminos? –Interrogó Kushina.

-No quería echarlo a perder, –Contestó Minato. –y hay alguien que tampoco quería. –Minato se quitó el traje forzosamente y lo metió en una enorme taquilla. Luego cerró con llave. –Así que lo guardo aquí.

-Pero este es el vestuario de chicas. –Dijo Mikoto.

-Sí, pero nadie lo usa. Está abandonado. –Respondió Minato. –Al final nos hemos perdido el combate de Fugaku casi por completo.

-¿Qué era lo que pretendías? –Preguntó Mikoto.

-Atraer más público, nada más. –Respondió el chico.

Cuando el sol se puso en el horizonte, los tres compañeros ya se habían despedido y se dirigían a sus respectivas casas. Casualmente también comenzó a llover, así que Minato aceleró su marcha para poder llegar cuanto antes a su casa. Mientras caminaba, alguien lo llamó al móvil. Era Kushina y exigía su ayuda desesperadamente. Minato se temió lo peor y fue corriendo en su busca. Era un mal día para recibir la lluvia.

-¡Kushina! –Llamó Minato mientras corría por la carretera, que estaba pegada a un bosque. A lo lejos divisó un cuerpo desparramado por la carretera, manchando esta de sangre. Fuera de esta, Kushina estaba sentada, mojada, tiritando del frío y aferrándose con fuerza a algo desconocido entre sus brazos. -¡Kushina! ¡¿Qué ha ocurrido?!

-Su madre –Comenzó diciendo Kushina. Minato comprobó mejor que el cuerpo destrozado pertenecía a un zorro completamente negro. Debía de ser una zorra que cruzaba la carretera. –a muerto. Y ella… –Kushina dejó ver entre sus brazos a una cachorra de zorro tiritando del susto más que del frío. –ella ya no tiene madre.


Aclaraciones:

Poner pies en polvorosa: Escapar precipitadamente.

Adelanto:

Minato lleva a Kushina y a la pequeña cría de zorra a su casa. La que le espera. ¡¿Es que esta chica no se está quieta?! ¿A qué chica te refieres? ¡A las dos!

Próximo episodio (Lunes 28):

Tras la mata de pelo.

Comentarios: Gracias a todos los que están siguiendo esta historia. Ya se que está arrancando bastante lenta. Si os sirve de consuelo, en uno o dos capítulos pienso subirlo de categoría, pero tampoco quiero correr y forzar la cosas.

En fin. Espero que lo hayáis disfrutado. ¡Dejar comentarios sobre cualquier duda o sujerencia y tal vez vuestras ideas aparezcan en el próximo capítulo!

¡Hasta luego!