Segundo capitulo, agradecer al comentario y a quienes agregan para seguir esta historia, pronto aparecerán más personajes, pero recalco, esta historia es lenta. Saludos.

Placeba.


ANTES DEL AMANECER

II

La respuesta


El llanto de un bebé resonó por el silencio de la casa.

Sobre un mullido sofá color verde claro, la joven que dormitaba abrió sus ojos en el acto, siendo pillada de improvisto por aquel bebé que solía dormir como roble y pasaba de largo hasta la mañana siguiente.

Con cierta sorpresa, se puso de pie y la revista que antes estuvo sobre su regazo cayó a sus pies, descubriendo la portada que rezaba con letras grandes "Rolling Stones". Media adormecida aún, la muchacha sacudió su cabello rubio y desperezándose se encaminó hacia las escaleras, sin embargo, su cuerpo se detuvo abruptamente antes de poner un pie sobre el primer escalón.

Sus ojos grandes y celestes se alzaron hacia el techo, justo sobre su cabeza, y se quedó quieta, esperando para rechazar la suposición que había emergido en su mente.

Otro crujido más se escuchó y la joven terminó de despabilar. En efecto, eran pasos, lo cual era impensado dado que en casa solo estaba la bebé que debía cuidar y ella.

Sin poder detener el influjo de la paranoia, analizó lo más rápido que pudo algún objeto que le sirva de defensa si era necesario. Nunca se sabía con la delincuencia y la pequeña podía estar en serio peligro. Pensó que por mucho malestar que le causará su trabajo de niñera, sobre su cadáver dejaría que algo le pasé a una indefensa bebé.

Un florero de vidrio de al menos unos treinta centímetros fue capturado por su mano derecha. Podía jurar que los pasos se habían detenido, pero eso no significaba que iba a quedarse de brazos cruzados sin saber que sucedía allá arriba. Maldijo no tener un teléfono cerca, el único aparato de la casa yacía en el salón, quedando muy lejos. Sin perder más tiempo pisó el primer peldaño. Suponer que algo podía pasarle a la pequeña bebé mientras ella se había quedado dormida, no era una opción.

Subió con cuidado sin buscar hacer ruido. Su idea era pillar de imprevisto a quien sea que haya osado entrar, antes de que puedan hacerle algo. Al llegar al final de la escalera notó que el pasillo, que llevaba a las tres habitaciones superiores, se encontraba completamente en penumbras.

Tragó saliva empezando a sentir el miedo recorrer su cuerpo cuando el renovado llanto de la bebé la envalentonó. Recorrió el camino con sigilo para evitar advertir su presencia hasta que se detuvo tras una puerta blanca y entreabierta. Aquello le sabía a película de terror y, como tal, su corazón acelerado presentía que algo se iba a avecinar.

Sacando fuerzas de su flaqueza, llevó su mano al pomo de la puerta y empujó lentamente, sin quererlo, provocando el chillido agudo de las bisagras.

El resto fue rápido e indoloro.

Un hilo de color plateado rasgó el aire, dándole de lleno en el pecho de la muchacha y produciendo que ésta quedara congelada, literalmente, en su sitio. El llanto de la bebé inmediatamente terminó, tal como si sospechara que el siguiente destello podía ser para ella, o tal vez solo estaba prendida del novedoso estímulo que acababa de suceder frente a sus tiernas y curiosas narices. Volvió a romper en sollozos quedos.

Afuera de la casa, los árboles seguían meciéndose al compás del ritmo frenético del viento y por los cristales de la única ventana que otorgaba luz hacia la cuna del bebé se reproducían sombras distorsionadas por el choque de las ramas en el exterior.

El rostro pálido, ojeroso y cansado de Hermione Granger se perfiló tras la luz que entraba por la ventana. Su mirada se dirigió hacía la bebé que yacía inquieta dentro de una delicada cuna de maderas blancas.

Silenció con suavidad, casi maternalmente, y el llanto calmó.


La muchacha, inerte, estaba en verdadero pánico.

Apretujada, sentía su cuerpo tieso, como una estatua, mientras que un caos de pensamientos confundía su mente. No entendía nada y toda esa mezcolanza de porqués e incertidumbre estaba por matarla de los nervios.

Desde el suelo observó con pánico a la persona desconocida que se acercaba a la bebé y más que nunca quiso gritar, patalear, hacer algo, sin embargo, su cuerpo no reaccionaba ante ninguna orden. Parecía estar en estado de coma y aquella suposición la transtornaba.

Un ruido agudo resonó por toda la casa. Hermione no sabía, pero la otra muchacha conocía que aquel sonido era el ruido de un colgante que yacía en la puerta, cuando esta era abierta el objeto de cristal sonaba. Ambas se alertaron, no obstante, la única que reaccionó ante ello fue obviamente la bruja.

Mermó la distancia hacía la entrada del dormitorio, esquivando el cuerpo petrificado de la Muggle, y agudizó su oído. Por su parte, la otra chica pensaba con alivio, pero no sin cierto susto, que podían ser los dueños de la casa. No sabía contra qué clase de abominación podían enfrentarse sus jefes.

Cerró los ojos con fuerza, impotente, al borde del colapso y entregada a rezarle a algún dios allí en el cielo que le preste auxilio y confort.

Las manos magulladas de Hermione hormigueaban y supuso que su magia estaba igual de alerta y ansiosa que su cuerpo, pendientes de atacar en cualquier momento. Además, el guardapelo en su bolsillo temblaba. Quizá sentía algo también.

Se dispuso a actuar. Se quitó la capa la cual estaba totalmente hecha trapos, ya no servía ni tenía el tiempo para componer, quedando solo con sus jeans rotos, su poleron con evidentes manchas de sangre y suciedad, y su bolso cruzandole el pecho. Iba a guardar el guardapelo pero mejor decidió colocarse el collar en torno a su cuello y esconderlo bajo sus ropas.

Transitó caminando de puntillas por las penumbras del pasillo hacía el inicio de la escalera. Trató de ser sigilosa, pero su cuerpo no la acompañaba mucho. Aún dolía a horrores y su respiración la sentía pesada como yunque. La herida en su costado escoció pero se tragó el dolor ahora que la hipótesis de que allí habían Muggles quedaba descartada.

Sentía la magia en la casa. Olía a magia.

Su mirada recorrió su alrededor instintivamente y recordó al bebé con la mujer que quedaron metros atrás. Debería no importarle ambas dado que resultaban irrelevantes en la misión, pero ese sentimiento de despreocupación la atormentó. No debía ser tan egoísta, pensó con cierta confusión. Si bien de la chica no sabía nada, enemigo, aliado o inocente, la pequeña que esperaba en la cuna no tenía porqué correr peligro cuando lo más probable era que ella misma había ocasionado la amenaza al equivocarse de aparición. O al menos eso era lo que Hermione suponía.

Vajilla y quién sabe qué otros objetos más caían al suelo, generando más ruido. Sin duda estaban buscando a alguien. Rápidamente la bruja lanzó un hechizo para insonorizar la habitación de la bebé por si volvía a llorar.

Asomó su rostro desde las alturas de la escalera con cautela y se hizo un repentino silencio. Frunció el ceño un poco desconcertada, esperando, hasta que la puerta de entrada volvió a abrirse y el tintineo de los cristales colgantes nuevamente resonó por todo el lugar.

Observando raudamente las ropas que ambos adultos traían y sus gestos despreocupados no cabía duda que esa joven pareja eran los dueños de la casa, y al parecer no tenían ni la menor idea del infierno que se les esperaba dentro.

Tragó saliva y apretó sus párpados pensando, sopesando en una milésima de segundo sus posibilidades.

Volvió a descubrir su mirada, ahora segura y firme. Ojos cafés cargados de la convicción que te da defender una causa completamente honorable y justa.

Sacando fuerzas de flaqueza, con la adrenalina corriendo a mil por su cuerpo y la magia otra vez flameando en su interior, Hermione bajó rápidamente las escaleras sorprendiendo a la pareja.

La mujer soltó un alarido cuando vió a una chica correr como loca escalera abajo y más gritó cuando vio a un par de hombres aparecer en el salón de su casa. Su marido, presó también del susto y la conmoción de que habían desconocidos en su hogar, solo atinó a ganarse frente a su mujer con las manos alzadas en señal protectora.

Nadie alcanzó a decir nada. Hermione llegó al primer piso y se ganó frente a los Muggles. Con su mano descubierta impulsó su magia hacía la puerta de entrada abriendola de tirón como por cuerdas invisibles. Después de tantos años, había aprendido a hacer un poco de magia sin varita, pero solo lo más básico.

En segundos, con el mismo hechizo no verbal, dirigió su mano hacía la pareja y los empujó afuera de la casa tal como si una rafaga de viento los hubiera obligado a salir hasta el pórtico, luego la puerta volvió a cerrarse dejando solo a los magos y su tácita disputa dentro.

— ¡Alice! ¡Mi bebé! —se escuchó inmediatamente los gritos desesperados de la mujer al otro lado de la puerta, golpeándola con sus puños. —¡No le hagan nada por dios! ¡Ayuda! ¡Mi bebé!

Hermione observó a los dos hombres fijamente, casi sin parpadear. Ellos se veían impasibles con sus máscaras tenebrosas de color plateado, esperando con una fría calma. Dispuesta a no dilatar más el encuentro, la joven lanzó las primeras maldiciones protegiéndose por lo bajo. Obviamente recibió de vuelta lo mismo asi que con un bombarda logró sacarselos de encima bajo la lluvia de maderas y muebles que explotaron por todos lados. Pronto Hermione se alertó, no podía destruir la casa por temor a que las dos personas arriba cayeran entre los escombros.

Rodeó el salón esquivando la maldición de su oponente que se repuso antes que el otro, movida casi por pura adrenalina. La joven rápidamente vió su oportunidad cuando agarró una revista del piso y sin más se la lanzó al hombre en la cara, despistandolo por el inusual y hasta bobo ataque, pero lo que él no esperó fue que Hermione mientras tanto, siendo rápida por sus constantes entrenamientos, le lanzara un petrificus totalus aturdiendolo al instante.

El segundo Mortífago estaba ya de pie cuando la puerta se abrió detrás de él, producto de las patadas que el dueño de la casa le propinó buscando entrar. Hermione se asustó y, aprovechando el descuido del otro que se volteó, le lanzó un hechizo para que siguiera peleando con ella y perdiera la atención de los Muggles.

— ¡Entren rápido! —exclamó Hermione tirando hechizos sin parar para no dejarle tiempo al otro mago de querer interponerse en el camino de la pareja. — ¡Entren que yo los cubro!

El hombre alto frunció el ceño, sorprendido y muy agitado. La quedó mirando un segundo y sólo asintió. No le quedaba más que confiar en esa extraña. Junto a su mujer ignoraron la batalla campal en su hogar y subieron a buscar a su hija.

—No… no sacas nada con detenernos —dijo de repente el hombre. Su voz era grave, pesada por el ajetreo. Hermione no supo identificarla, menos cuando la máscara gris escondía el rostro de su enemigo. —, ya dimos aviso que estás aquí, pronto vendrán… pronto vendrán más estúpida perra —masculló. Hizo una floritura en el aire que la dejó en el suelo.

Hermione lo observó estupefacta y negó. No podía ser que sabían su locación. Esa declaración la dejó en blanco. Era peligroso para todo: misión y la orden, pero sobre todo para esos Muggles inocentes y esa bebé que venía entre los brazos de su mamá buscando escapar.

—Y ustedes, asquerosos Muggles, ¡también morirán!

Los aludidos quedaron a mitad de escalera, congelados por tamaña amenaza y Hermione, desde el suelo, observó como el Mortifago alzó su varita hacía ellos, los cuales miraban la escena en estado de shock.

Entonces, cuando el Mortífago iba a entablar la maldición asesina, Hermione, impulsada por un sentir extraño y potente, lanzó un grito y le pegó con su pie en la entrepierna con tanta fuerza y rabia que sintió romper los genitales del hombre.

Sin que Hermione lo notara, los Muggles arrancaron por la puerta llevando consigo apenas el cuerpo tieso de la otra chica, y se perdieron por el ante jardín quien sabe con qué rumbo.

La bruja se puso de pie a duras penas, mirando al Mortífago retorcerse de dolor y gritar incoherencias hacia ella. Lo desarmó y ató con sogas invisibles. Le dio ganas de escupirle en la cara por lo que era y lo que representaba, pero se arrepintió. Ella no era así. Dió un paso, cojeando, hasta quedar más cerca de él.

— ¿Quien eres? —preguntó quitándole la máscara. Con odio el hombre escupió al suelo y la observó. — ¿Quien rayos eres? —murmuró alterada. No reconocía esa cara y Hermione se había dedicado a estudiar cada cara de los Mortífagos más activos en Reino Unido. Tal vez, pensó, simplemente no le había llegado información de este, como tampoco del otro que había reducido primero.

El hombre comenzó a hablar atropelladamente y sin parar. Hermione lo miró sorprendida y sólo captó unas cuantas runas casi inentendibles. No captó nada del mensaje, parecía decir solo incoherencias ofreciendole algún tipo de maldición e insultos por ser impura. Molesta por la desfachatez del sujeto lo noqueó con su magia.

Suspiró y ojeó a su alrededor el magnífico desastre que habían producido. Los sillones estaban tirados por cualquier parte, destruidos, el candelabro del techo estaba tirado a mitad de salón, hecho trizas y, en general, todo era un desorden y caos, como si un huracán hubiera arrasado con el lugar.

Pronto vendrían más, recordó, quizá hasta la policia Muggle podría aparecer, sin embargo, Hermione se sentó en el suelo con impropia tranquilidad. Merecía, es más, necesitaba descansar un par de minutos y poder recuperar el resuello.

Apoyó su espalda en la pared cercana y levantó la cabeza para cerrar los ojos. Su cabello lo tenía pegado en el rostro por el sudor, la suciedad y la sangre de sus magulladuras.

Inhaló y exhaló, casi tortuosamente. No iba a durar mucho con su cuerpo tan maltratado.

Soltando un ruidoso quejido y entre mareos, se puso de pie. Ahora un poco angustiada por la idea de que la encuentre alguien indeseable. Avanzó un paso pero entre sus pies se enredó un objeto liviano. Bajó la mirada casi por instinto, eran hojas, o más bien esa revista de papel que ocupó en su desesperada defensiva y que había parado en el suelo.

En la portada, con letras grandes y coloridas, decía "Rolling Stones", y en la portada salía David Bowie muy joven y galante. No había tiempo para esa nimiedad, ni era el momento, pero algo le llamó la atención. Frunciendo el ceño recogió el maltrecho papel entre sus manos y su varita. Hermione sabía perfectamente quién era ese hombre, muy famoso por cierto, pero la descolocó lo joven que se veía siendo que, para ese entonces, ya era un hombre de bastante edad.

Entre sus conjeturas algo hizo click.

No pensó más, solo ávidamente busco alguna esquina de la portada que indique más información, algo, lo que sea… y entonces lo encontró.

—Oh, Merlín…

Apretó las hojas entre sus puños con fuerza y miró hacia el frente. Ahora si que no podía esperar más para marcharse, pero tampoco podía deshacerse de los Mortífagos cuando no sabía ni siquiera su propia ubicación.

La revista estrujada cayó al suelo entre los escombros de lo que una vez fue un hogar luminoso y acogedor, mientras que la joven bruja, cojeando, desapareció por el umbral de la puerta.

Y justo por el mismo lugar, de la nada hizo aparición el cuerpo de un hombre con barba larga y gafas de media luna.