Saludos a todos los que hayan decidido pasar por aquí, amigos escritores y lectores.
Para empezar, debo decir que estoy muy agradecido de todos sus comentarios. Ese capítulo me costó mucha sangre, al igual que el presente…bueno, en realidad, no fue tan rematadamente complicado, pero lo cierto es que este episodio de ahora es una antesala al que vendría a ser el final de esta parte de la historia para así, dar paso al siguiente arco argumental, el cual será un tanto más amplio (todo esto varía según el número de personajes). Si en principio les parece que he copiado el esquema de un episodio en particular…estarán en lo cierto, lo reconozco abiertamente, tomé una escena de un episodio para darle forma a este capítulo, el mismo que intenté trabajar desde otras aristas, desde comenzarlo en una iglesia hasta darle el puntapié con una pelea en un bar, pero como ninguno de esos escenarios encaja con la serie, tuve que echar mano de otros recursos. Espero haber estado a la altura, aunque es difícil, muy difícil, por lo que siéntase en confianza de criticar con palabras bonitas, insultos, amenazas de muerte, lo que deseen, todo lo mereceré por donde se mire.
En esta ocasión quiero darle las gracias a joriness, JoriForever, LeeGilliesD, Ali, JORI4EVER y jadecalliopetorresdelavega, en serio gracias a todos. Me habría gustado brindarles un mejor trabajo, lo merecen…sólo espero que este capítulo sea disfrutable.
Ya sin más que añadir, los invito a pasar. Sean todos bienvenidos.
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Los golpes en la puerta me despertaron. Y aturdido como estaba, apenas concebí una respuesta:
−¡No estoy! –Demás está decir que los golpes siguieron y con más insistencia que antes, como una forma de castigarme por tan estúpida excusa. Y cuando dejé pasar unos minutos, di por sentado que todo cuanto hacía esa persona era albergar la absurda esperanza de sacarme de la oficina por cansancio…y lejos no estaba, cualquier cosa era mejor que oír los golpes insistentes que te impulsaban a mandarlo todo al diablo.
Pero qué prisas tendría…y qué cansado estaba yo. Finalmente tenía un segundo de paz que sabía que no sería eterno, pero lo ansiaba…aunque de ahí a imaginar que no tardaría ni diez minutos en dormirme y volver a despertar me parecía casi una burla. Una pastilla antes de olvidarlas, la seguridad de la estabilidad cerebral por unas horas y ya podía levantarme e intentar reponer el cuerpo en tiempo récord, preguntándome qué sería aquello que impulsara la continuidad de los golpes, como si no fuera suficiente el resonar de mis pasos para dar a entender que ya había escuchado su llamado, bastando únicamente que abriera para acallar de una vez el grito silente reemplazado por los nudillos sobre la madera, sin sorprenderme más de la cuenta encontrar la presencia responsable de tanto escándalo ahí, a la espera.
−Déjame adivinar –solté con una mano en la cabeza y la otra apoyada en el umbral–, ahora Lane no te recomendó venir, ¿verdad?
Y en el fondo, me obligué a decirlo para que no se notara que acababa de despertar y para alejar la impresión de que esperaba algo así…en realidad, no sabría decir si lo esperaba o no, sólo tenía claro que no me sorprendía demasiado, o estaba demasiado cansado o los acontecimientos de la noche anterior quizás seguían demasiado frescos en mi memoria como para verse consumidos por una posible extensión de mi amnesia o permitirle espacio de acción a mi capacidad de asombro ya mermada.
−Doctor…yo… −Apenas un hilo de voz quebrada, apenas un susurro angustiado que escapó de sus labios con excesiva dificultad antes de mirarme al ojo con esa misma mirada que imaginé en ella de estar destrozada, la misma que me había mostrado parcialmente durante la que había sido la primera y última (dentro de mi concepción de gratitud) sesión…aunque seguía estando más presente en ella esa necesidad de agradar a los demás o en última instancia, de pedir disculpas cuando no hacía falta, como toda mocosa que intenta ser o aparentar ser una niña buena–, la…lamento no…no ser más agradecida, pero…pero…
−Sólo pasa –gruñí mientras volteaba en busca de agua, el mismo vaso lleno que le ofrecí en silencio una vez ella tomó asiento, el mismo que ella prácticamente vació en un par de tragos con tal de ahogar su propia angustia–, y si vas a explicarme qué carajos haces aquí, ahórrate las disculpas, nada disculpa que hayas decidido venir, simplemente estás y ya.
−Pero…es que usted dijo…
−Ah, ¿y te tomas en serio todo lo que dice la gente? –En realidad, sí lo había dicho en serio, pero lo último que quería era que me cantara las mil y un razones que tuvo para tragarse toda mi actuación…y parecía dispuesta a eso y lo último que quería era darle más razones para sentirse miserable, más de lo que ya se sentía, que si llegaba a salir llorando de la oficina, que no fuera por mi culpa, que ésta se quedara simplemente en cierto rastro de inseguridad con la que parecía cargar desde la única sesión–. Chica…ya estás aquí, yo estoy aquí para la gente que lo necesite, así que no hagas caso a lo que te pueda decir alguien en su trabajo con el ceño fruncido y un pésimo humor, te aseguro que el noventa por ciento de lo que te dijo carece de credibilidad y no tardará demasiado en decirte que olvides todo lo que pasó –porque en cierta forma, la ira es como el alcohol o cualquier droga, adictiva, te ha sentir poderoso y capaz de todo sin contemplaciones y cuando baja su efecto, recae sobre ti el cargo de conciencia por todo aquello que hiciste y que muchas veces eres incapaz de recordar, así como el dolor que produce la certeza de saber que no puedes reparar lo que dejas atrás.
−Y… ¿Eso se aplica a una persona…que siempre está de mal humor…sin importar la razón de fondo?
De haber sido otras las circunstancias, quizás qué habría respondido. De haber sido otras las circunstancias…probablemente me habría pensado seriamente la respuesta, pero esas circunstancias no tenían validez, al menos no en ese segundo en particular. Acaso porque tenía sueño, porque lo único que quería era dormir una hora corrida sin el miedo a que alguien golpeara mi puerta o interrumpiera de cualquier otra manera…acaso porque, una vez más, ella no sabía que se le habían adelantado y que por su causa, tuve que hacer horas extras de la peor manera y para más remate, esas horas no contarían en mi rendimiento mensual ni me pagarían más por eso.
−La ira es la ira, Tori, es la misma sea cual sea la situación…aunque su naturaleza puede variar según su origen –con la silla a su lado, pero a una prudente distancia, parecía una sesión convencional…a su manera, acaso porque sabía cuál sería la respuesta a la pregunta que tenía en mente–, pero esta vez… ¿Estás enfadada o alguien más se enfadó contigo?
−Ambas…no, en realidad…yo…no lo sé –y sí, era exactamente ésa la respuesta que esperaba de su parte, por algo parecido no había logrado conciliar el sueño la noche anterior.
Oh Dios, dame paciencia, porque si me das las fuerzas…
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Desperté sobresaltado.
Por un segundo, no fui capaz de decir dónde estaba parado o acostado. Sólo sé que al abrir los ojos me encontré a mí mismo sobre mi sillón favorito…en realidad, era mi único sillón. No es como que tuviera demasiadas cosas en ese departamento, sólo las justas y las necesarias. Y no sé qué carajos hacía sobre mi regazo la novela de Richard Castle cuando ya sabía cómo terminaba…pero claro, amaba esos libros y su autor era mi favorito. Y cuando acaba un libro, lo volvía a leer cuando me daba la gana. En realidad, era lo más satisfactorio de volver a casa.
Pero estaba seguro de no haber despertado por un llamado del libro abierto, aunque éstos solían llamarme a su manera. No, el eco de los constantes golpes sobre la puerta parecían resonar mucho antes de morir y poco después de que nuevos golpes reemplazaran el eco anterior. Lo cual era raro, nunca recibía visitas ni falta que hacían. Y quizás por eso mismo sentí extrañeza y luego el sobresalto del despierto, ése que te dice que la visita tiene su razón y no precisamente la mejor…ésa que te dice que si abres, lo lamentarás de una u otra manera…a quién quería engañar, ya lamentaba haber despertado, aunque no me había dado cuenta de lo mucho que disfrutaba del sueño, tenía que despertar para valorarlo…como casi todo lo bueno de mi vida, qué remedio.
Aturdido como en las mañanas (con la diferencia de que eran casi las diez de la noche) me levanté del asiento y caminé a oscuras tropezando con todo, aunque encender la luz no me ayudó demasiado salvo sentir un dolor agudo en los ojos…bueno, en el ojo, el mismo que pasó a la cabeza y a punto estuve de gritar. Pero no, los golpes seguían y me orientaban, los mismos que me llevaron a abrir pensando que si me esperaba una sorpresa desagradable, que dejara caer todo lo malo de golpe, esperaba que no me doliera demasiado.
Claro que al abrir, esperaba de todo menos sentir que alguien jalaba de mis entrañas hasta sacármelas por la boca.
−Pero qué… −y antes de poder confirmar o negar nada, la sombra pasó rauda cerca de mí, sin esperar invitación y con algo parecido a un cuadro en las manos y dejándome momentáneamente sin aliento, incapaz de articular palabras hasta que volteé para verla ahí parada con el dichoso cuadro–, qué…Jadelyn…
Porque en la noche esperas la invitación de un amigo a emborracharte o que el vecino te pida una taza de azúcar o que la casera te cobre la renta si es la situación y mía no era…en la noche casi esperas a la policía en busca tuya o de alguna declaración si es que te has metido en algún problema…y no, nadie me vio, nadie puede afirmarlo…y en lugar de todas las opciones loables, estaba ella ahí, de pie en medio de mi sala con el cuadro en las manos, en cabello revuelto y negro como siempre, más pálida de lo usual y con el maquillaje que enmarcaba los ojos corrido a causa de las lágrimas que marcaban un surco en sus mejillas, senda oscura que parecía a punto de remarcarse debido a la nueva oleada de lágrimas que amenazaba con escapar de esos ojos ya hinchados e irritados.
−Cómo…cómo carajos…
−El puzle…no está completo –dicho esto, me mostró el cuadro, una imagen cubierta por una fina capa de vidrio. Debía de ser de esos típicos de mil piezas, los malditos que requieren más paciencia. Parecía ser la imagen del atardecer romántico con la silueta de dos amantes abrazados y con las frentes pegadas, la cursilería que podrías ver en una tarjeta de aniversario. Pero más allá de la imagen misma, lo que me llamó la atención fue la ausencia de una pieza en el centro exacto del todo, demasiado evidente a pesar del diminuto espacio que dejaba vacante la carencia.
−Qué pena –solté dubitativo, intentando verle la lógica a la observación.
−Tardé tanto en…en encontrar la posición exacta de algunas piezas, muchas estaban…estaban mal puestas y otras…otras parecían estar siempre ahí y…y a pesar de todo…sentía que no estaban bien…y ahora mismo…cuando parecía tan cerca…resulta que me falta una pieza para completar todo…y alguien tiene que encontrarla.
−Una pieza –murmuré, comprendiendo en parte la frustración y preguntándome qué tenía que ver yo con todo eso–, y…ehm… ¿Quieres que te ayude a encontrar la pieza que te falta?
−¡Olvide la maldita pieza, demonios! –Y dicho esto, toda la obra fue a parar al piso, rociándolo con las piezas y vidrios finos rotos, convirtiendo mi casa en una verdadera trampa.
−Será difícil olvidarla…con todas ellas esparcidas en mi alfombra –murmuré, intentando mostrar la sutileza necesaria para darle a entender que había causado un desastre, pero fiel a su forma de ser, poco pareció importarle–. Escucha, siento que tanto trabajo se vea interrumpido por eso, pero… ¿Qué sacas con hacérmelo saber a mí?
−Estoy…estoy… ¡Estoy harta de darlo todo y no conseguir nada! Quiero…quiero decir…hace poco terminé con Beck…
−¿Beck? Ah, tu novio…bueno, ex novio…pero no decías que…
−Y ahora que…ahora que quiero…ser honesta por primera vez en mi vida…termino peleando con ella y ganándome su odio –ni siquiera se molestaba en darme nombres, daba por hecho que yo sabía de qué chingados me estaba hablando.
Definitivamente no era ni el mejor de mis despertares ni mucho menos el más lógico. Era absurdo. Es decir, tenía que interpretar la ausencia de la pieza con una carencia de ella y la misma carencia parecía estar relacionada con la chica que le quitaba el sueño. Y además… ¿Cómo carajos le había hecho para llegar a mi departamento si uno de los datos más ocultos de mi vida era la dirección? Tenía sueño, estaba cansado, lo único que quería era dormir como correspondía y en lugar de eso, tenía a una gótica en el living de mi departamento con los ojos llenos de lágrimas, semblante vulnerable, hablando a través de acertijos y con la determinación necesaria para llegar allá donde se suponía que no podía o no debía.
−Muchacha…por qué… ¿Por qué no mejor te sientas y respiras profundo? –Y para mi asombro, no tardó ni un segundo en obedecer dejándose caer sobre mi sillón favorito, el único que tenía–. Ahora vamos a calmarnos un poco, a aclarar las ideas…y a ordenar las palabras lo mejor posible –en ese punto sí que no me hizo caso, acaso porque los sollozos contenidos la llevaban a respirar con cierta agitación–. Dices…que te falta una pieza para completar todo…y has hecho todo para llegar a esa instancia –asintió como una niñita pequeña fascinada ante la certeza de que dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis–, y que a pesar de todo, no logras los objetivos –una vez más, una afirmación–. Háblame de las piezas, cuáles son todas, cómo son…
−Primero…primero fue hablar con usted –me lo imaginaba, el punto de partida para darle forma a mi nueva pesadilla hallaba su origen en mi bocota–, y después…logré reunir el valor para…para terminar con Beck…
−¿Y te duele haberle hecho daño después del tiempo compartido? –Por favor, que fuera eso, que fuera eso, así tendría rápida solución y me iría a dormir.
−Él…él siempre toma las malas noticias con serenidad y…de hecho…dijo que lo entendía y me deseó suerte en todo –pinche cabrón comprensivo y caballero, nada le costaba ser la trabita de fácil solución, pero no, se le ocurría ser un ejemplo de hombre educado justamente la noche en que más me dolía la cabeza. Y la voz sollozante de la chica no me ayudaba demasiado a encontrar serenidad, ni siquiera a metro y medio de distancia, la misma que nos separaba.
−Bueno…no es mayor problema en tu rompecabezas, así que… ¿Qué es lo que te falta para completarlo? –Quería que lo dijera, no que me obligara a adivinarlo, y esperaba que estuviera lo suficientemente sosegada como para volver a la realidad y no relacionar más sus problemas con una imagen incompleta.
−Hoy…hoy hablé con Tori –sorpresa, hablamos de Tori, no de Vega y ella había hablado primero, no la otra chica–, o…o…al menos intenté hablarle antes…antes de arruinarlo todo –y ya iba a ponerse a llorar en serio, obligándome a dar un paso al frente y mirarla directo
−Antes de que las palabras se te atasquen… ¿Qué te hace pensar que lo arruinaste todo? ¿No dijiste que hablaron?
−Ésa…ésa era la intención, pero…parece natural que siempre terminemos discutiendo por algo o porque…la única forma que tuve…o que tengo de llamar su atención es siempre…por medio de insultos…
−Lo estás haciendo jodidamente bien –solté sarcástico, considerando por primera vez que, a pesar de lo absurdo de todo, a diferencia de la sesión inicial, estábamos en mi territorio y podía emplear los métodos que me vinieran en gana–, sinceramente… ¿No te quedó claro la última vez que ella ya no está para los jueguitos?
−¡Lo sé! ¡Intento comportarme bien con ella, pero ella saca lo bueno y lo malo de mí! ¡Quiero tenerla a mi lado, pero no soporto que nadie se le acerque, ni ese imbécil de novio que tiene ni nadie! –Creí adivinar lo que seguiría a continuación y el solo imaginarlo me ayudó a arquear las cejas con incredulidad.
−Me estás diciendo… ¿Le armaste una escena de celos? ¿Allí precisamente y delante de todos?
−Fue…fue en el armario del conserje –ah, qué gran diferencia, una escena sin público de por medio sigue siendo escena, quizás con menos humillación, pero escenita al fin y al cabo y siendo como era de despistada la otra, probablemente había tomado todo eso como una acción absurda destinada a perjudicarla y como los mismos celos que a veces te pueden halagar…todo en su justa medida, acaso porque los celos no dejan de ser la señal que te hace saber que eres querido por alguien, que ese mismo alguien teme a tu distancia, a tu lejanía…a perderte en resumidas cuentas–, y antes…antes de darme cuenta…ya nos estábamos gritando de todo porque…porque yo no me supe controlar…es decir…siempre ha abrazado a André, es su mejor amigo y ahora…la última vez…sólo quería estrangularlo porque creía que quería alejarla de mí…
−Primero, la alejaste tú solita, que no se te olvide y segundo…ya en serio, muchacha, ¿no crees que exageraste un poquito? –La mirada fiera que me dedicó a través de las lágrimas bastaba para enfriarle la sangre a cualquiera…menos a mí, claro, el cansancio parecía anular mi noción del peligro inminente o de hipotéticos daños graves–. Porque con esa actitud…
−Usted…usted no entiende –ah, no que no, si estaba quedando más que claro a medida que pasaba el tiempo que yo parecía entender más cosas de las que en realidad me apetecía en favor de mi salud mental–, no entiende lo que es sentir que…que esa persona se aleje contra el deseo propio y que…el miedo a perderla a veces ya no tenga sentido porque la ha perdido de alguna manera…o de todas las posibles y ahora…sólo me queda resignarme y…y…es lo último que quiero…
−Créeme que sí te entiendo –y mejor de lo que ella creía, pero eso último no tenía por qué saberlo si parecía saber demasiado–, pero…vamos, chiquilla, ¿qué es lo peor que le dijiste?
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−No sé a qué vino el decirme…que lo único que me preocupaba era coquetearle a todo aquél que tuviera ojos para verme…y que sólo vivía de eso –más o menos eso, palabras similares había oído hacía ya horas…y quizás eso ayudara a que las mismas no produjeran en mí mayor efecto–, que…yo intento pasar por niña buena cuando en realidad…me gusta jugar con los demás…
−Apuesto que dijo palabras peores, ¿no es así? ¿Por qué no lo repites textual? Sé que lo recuerdas –a ver si la otra parte no mentía cuando le había pedido exactitud y a ver si le quedaban fuerzas a ella para replicar la supuesta crudeza.
−Dijo que era una maldita presumida que dependía de lo físico y que...era una hipócrita porque a mí sí que no me importaba nada de nada y quería aparentar lo contrario –qué frágil, en mi rancho nos peleábamos por menos que eso, al menos había sido fiel a la versión real de los hechos–, y lo peor es que…en lugar de medirme, todo lo que hice fue…caer en el juego…y responderle…
−¿Qué tendría de malo el haberle respondido si se lo ha buscado todo este tiempo?
−¡Quiero que esa persona me corresponda, no que me odie más de lo que ya podría odiarme por creer que le quise quitar a su novio alguna vez!
−Ah, por favor, Victoria, lo último que haces en la vida es meterte de lleno en una discusión, podrás tener increíbles dotes artísticas, pero si algo te falta es experiencia en una pelea de verdad, así que estoy seguro de que tu respuesta habrá estado a la altura de la de ella con mucha dificultad.
−¿De verdad? Porque yo le dije que…que durante mucho tiempo se había comportado como una bruja maldita conmigo y que lo que hiciera o dejara de hacer no era de su incumbencia…que ni siquiera entendía qué me reprochaba tanto si eso era lo que quería…
−Pues sí estuviste a la altura, claro que sí, una respuesta más que lógica a mi parecer y sin duda servirá para que esa chica aterrice de una vez y te deje en paz…
−¿Acaso está sordo o lo olvidó todo? ¡La alejé de mí! ¡Después de esa pelea seguramente piensa lo peor de mí!
−¿No lo pensaba mucho antes de la pelea? –En un segundo me encontré enfrentando una mirada fría y herida que me resultó increíblemente familiar…es decir, nunca me detuve a pensar hasta qué punto una persona puede influir en nuestras acciones, incluso cuando hablamos de ausencia…incluso cuando parece haber un muro de piedra entre ellas–. Bueno, bueno, todo puede empeorar, qué optimista… ¿Y tan difícil sería pedirle disculpas?
−Yo le dije cómo es ella y después de su reacción de hoy… ¿Cree realmente que aceptaría mis disculpas?
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−Después de…después de todo lo que le dije… ¿Cree que aceptará una disculpa? –Lo peor de todo era que me preguntaba la opinión franca…y si añadía todo el historial anterior a ese nuevo numerito…tendrían que replantearse todos en el gremio si realmente era ético usar la verdad en alguna ocasión–. La he tratado mal todo este tiempo, terminé con Beck para poder…poder decirle lo que siento y por una…por una estupidez la insulté y ahora… ¡Ahora no me quiere ver!
−¿Ella te dijo eso? –Podía no conocerla demasiado, pero me costaba mucho imaginar a Victoria Vega gritándole eso a una chica, sin importar cuánta rabia pudiera tener.
−Bueno…no, pero…pero después de decirme que he sido una maldita bruja con ella…está más que claro que no quiere volver a verme…
−Si no lo dijo, no es así, así que ya párale, ¿no? Además…además… ¿Qué chingados esperas que haga al respecto?
−¿No podrías…hablar con ella? Eres…eres psicólogo, sabes hablar con la gente sin meter la pata y podrías…podrías convencerla…
−¿Convencerla? ¿De qué? –Aunque me lo imaginaba, necesitaba que esas palabras las dijera ella a fin de convencerme de que sí era ella y no una ridícula alucinación.
−De que…sin ella yo me muero –no supe en qué momento había agarrado un cojín y lo mordía, como conteniendo los sollozos…como si temiera despertar a alguien… ¿A quién? Ya estaba despierto y las paredes retenían toda forma de sonido, mis vecinos no escucharían nada. Quizás fuera el esfuerzo de contener el llanto, el intentar bajar su propio volumen…quizás ahí se le iban todas las fuerzas, porque de la chica mala e indiferente apenas si quedaba el vago recuerdo que era capaz de retener y su expresión plasmada en una fotografía diminuta–, que sin ella…sin ella nada es igual ni lo será…y que si me deja atrás…si lo hace yo…yo no podría…
−Demonios…Jade –gruñí, empleando inconscientemente el diminutivo que empleaban los que ella decía, eran sus amigos, sintiendo algo a la altura del pecho que no sentía hacía ya mucho y por lo mismo me resultaba extraño y muy lejano de la incomodidad convencional tan conocida…acaso porque la misma chica que yo tomaba por ser un engendro de Satanás como tantos hay estaba empleando un lenguaje que se podía acercar con facilidad a cualquiera de esos poemas desesperados de autores sumidos en la agonía de un sentimiento no correspondido…y lo peor es que era contagioso, demonios, yo no hablo así nunca ni menos pienso de la misma manera–, yo…yo no…
−Por favor…por favor…tienes que hacer…tienes que hacer que Tori me perdone, por favor…necesito que sepa que ella…ella… −ella qué, demonios, pero ya qué sacaba si se estaba ahogando con su propio llanto y la cara plantada en lo más profundo del cojín que hasta hacía poco contenía mi cabeza dormida.
No es la mejor perspectiva, ¿verdad? Recapitulando y con todos los puntos a la vez, tenía a una chica en mi sillón con aspecto de haber pasado mil años de dolor…ehm…no creo que sea la mejor metáfora, pero ya que estamos en el asunto…mil años de pena, incapaz de procesar que está lanzando su reputación por la mismísima borda de mi embarcación y… ¿Pidiéndome ayuda? ¿A mí, el psicólogo de Hollywood Arts? ¿No que tenía amigos? ¿No que esa chica llamada Cat era su mejor amiga? Habiendo otros prospectos… ¿Tenía que hacerlo yo? ¿Qué tenía a favor? Según ella, sabía cómo no meter la pata…inocente criatura, le faltaba por vivir…y además de eso… ¿Qué? Podía ser la ascendencia latina, quizás ella veía ese pequeño rasgo en común como una forma de acercarme a la chica e interceder a su favor, pero eso era relativo, por Dios, si bien ambos apellidos eran españoles, Vega era de Tierra de Campos, de Castilla y León mientras que Santana viene de Galicia y es netamente religioso…demonios, no tenía relación con el tema, tenía mil y un excusas a mi favor y sólo pensaba en el apellido…
¿Qué había hecho para merecer eso?
Lo peor de todo era que no recordaba haber hecho nada de nada.
Casi con miedo (para qué negarlo) me acerqué a la chica, sin saber si valía la pena o no darle unas palmaditas en la espalda a riesgo de que un mal movimiento me costara el cuello o el ojo, intentando consolarme de que podía ser peor (¿acaso podía haber algo peor que eso?), hasta que finalmente, decidí que lo mejor era dejarla llorar, que se desahogara, que usara mi cojín como pañuelo y lo ensuciara con sus lágrimas y el maquillaje, que después le acercaría toallitas húmedas para que limpiara el desastre que pudiera quedarle en la cara (¿por qué guardaba toallitas húmedas en primer lugar?). Pero…canijo, la desgraciada lloraba y lloraba y yo ahí, de pie, finalmente con una mano en su hombro, sintiéndola temblar bajo el tacto, variando el compás hasta terminar dándole palmaditas amistosas.
−¿Entiendes a cabalidad lo que me estás pidiendo? –Ni siquiera se tomó la molestia de mirarme o dar alguna señal de haber escuchado mis palabras, sólo me quedaba continuar dándolo por hecho–. Yo soy psicólogo, Jade, no una especie de intermediario, me pides que haga algo que va contra mis principios.
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−Cómo… ¿Por qué no puede ayudarme? –Articuló la chica, mirándome con incredulidad, con la típica mirada que más de alguien ha intentado emplear conmigo, como si imitar a un cachorro herido bastara para remover la conciencia de cualquiera.
−No creo que te respete mucho si llego a intervenir…en realidad, tú te has quejado de que ella siempre te ha tomado muy poco en serio, haciéndote miserable desde el principio, ¿crees que cambiaría en algo la situación si un día llegara un tipo que le diga que Tori Vega está locamente enamorada de ella y necesita que la escuche porque no era su intención ofenderla? Así, las palabras tienen validez si te limitas a pronunciarlas al vuelo, pero si las pronuncias tú…si lo llegas a hacer, te aseguro que se lo creerá, porque de hacerlo yo… ¿Quién le asegura que no le estoy tomando el pelo?
−Pero…doctor…esto es tan grande que…temo arruinarlo todo…
−Lo arruinarías si me permitieras a mí hacer lo que tú tienes que hacer –con delicadeza retiré el vaso de entre sus manos y la obligué a levantar más la mirada–. Vamos, chica, ¿a qué le tienes miedo?
−Si me dice que no…si me rechaza en todos los sentidos…yo me muero, ¿entiende eso? No…no podría seguir viviendo así –a pesar del cansancio, no pude evitar sonreír ante esas palabras–, y no…no resistiría ver su expresión desdeñosa y enfadada al momento de…de rechazarme…
−Te aseguro que no te vas a morir si eso llega a pasar, creo incluso habértelo dicho antes, ¿no es así? –No sé si es que no estoy de humor para estar de mal humor o acaso el cansancio logra ablandarme, acaso porque me faltan las fuerzas para ser el perfecto hijo de puta que no ha nacido, ha elegido serlo o yo al menos así lo quise…pero no en ese momento en particular–. Perdóname que te lo diga, pero… ¿Cómo va a respetarte ella si ahora mismo estás frente a mí probando que eres una niñita asustadiza?
Guardó silencio, como si realmente considerara con seriedad mis palabras. Si llegaba a ser así, lo agradecía de corazón, quizás alcanzara a quedarme dormido, quizás notara que, de alguna manera, se estaba convirtiendo en un incordio. Pero sería imposible, no tenía idea de cómo carajos me había incorporado del asiento, cómo era posible que estuviera de pie junto a ella…no me quedaría dormido, sólo esperaba que la chica comprendiera que no estaba en mi mano, que no podía hacer algo así, pero nadie lo entiende en principio, ¿verdad? Incluso cuando creen que perjudicas, todo cuanto haces es ayudar, da igual que parezca que les llevas la contra, si no los sometes a presión, seguramente jamás serán capaces de encontrar la solución por sí mismo. Es mejor que te odien con intensidad a que dependan de ti en el futuro, independencia asegurada para ambas partes.
−Habla de todo esto…como si se limitara a una terapia –me reprochó la chica con voz trémula…y yo conocía esas palabras demasiado bien, tenía que impedir que me llevaran al mismo camino de la noche anterior.
−¿Por qué crees que soy psicólogo, Tori? Porque las personas están inmersas en sus problemas, es eso lo que las vuelve incapaces de comprenderlos, aceptarlos, incluso considerar siquiera si éstos poseen una solución o varias posibilidades, para eso estoy aquí, para que tú creas que no entiendo cuando en realidad sí lo hago, con la diferencia que no estoy en tu lugar y eso me permite contemplar la totalidad de tu mapa –no quería caer en el tono agrio, pero la chica me estaba provocando–. Todo cuanto necesitabas te lo dije anteriormente, ¿lo recuerdas? Si vas a hacer algo, no lo hagas por otros, hazlo por ti…pero ahora incluye a otra persona, ¿no es así? ¿Quieres que esté a tu lado? Pues gánatela.
−Usted…usted no la conoce…hablar con ella o intentarlo…es una pérdida de tiempo…
Ahí caía en un error tanto una como la otra. Ambas creían conocerse. Se necesitaban y al mismo tiempo, no se molestaban en ponerse de acuerdo e intentar ahondar un poco más en la personalidad de la otra. Ése siempre ha sido considerado trabajo sucio y cuando era adolescente llegué a considerar ser basurero…y terminé siendo psicólogo, al final no había demasiada diferencia. Un psicólogo que descubría la ironía de todo aquello. Un basurero que las veía contemplarse a lo lejos, fingir que existía una ridícula tensión cuando en realidad lo único que querían era estar en los brazos de la otra y lo más gracioso de todo, ambas manifestaban el miedo a su manera, una siendo una maldita cabrona las veinticuatro horas del día, la otra pretendiendo que buscaba su amistad, relación que tarde o temprano, terminaría por colapsar…en realidad, ya había llegado al colapso, ambas creían que la otra le hacía daño y bueno, una llevaba más razón que la otra, para qué negarlo, pero era tanto el miedo que imaginaban rabia que no existía. No existía la rabia propiamente tal…o tal vez sí, rabia consigo mismas por saberse tan cobardes, tan asustadas de sus propios sentimientos que necesitaban desesperadamente de alguien a quien le reprochaban su frialdad aparente, la misma que parecía mantenerlo apartado del problema y sin embargo, necesitaban de esa frialdad, de esa imparcialidad para establecer un puente entre sus miedos, sus demonios.
A su manera me reprochaban aquello que me volvía útil a sus ojos. Quizás sí había cierta hipocresía.
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−No… ¿No se supone que está aquí para ayudar? –Otro habría sentido culpa de haber siquiera imaginado la propia sonrisa en la mente…pero demonios, ya había dado el paso necesario que separaba la imaginación de la acción.
−¿Aquí? Yo estoy aquí para ser quien soy, por algo es mi casa, ¿no?
Aquello no podía ser peor. Que olvidara que estaba en mi territorio incluso yo mismo. Que en el mismo territorio no estaba obligado a hacerle un favor a nadie porque nadie me pagaría ni mucho menos podrían despedirme por algo así. Por vez primera, todo eran ventajas y bendita fuera la fuente que le dijera dónde vivía, la había llevado a un callejón del cual no podría salir sin mi ayuda o simplemente comprendiendo que tenía que acceder a mi petición o a los criterios establecidos…
−¡Y yo estoy aquí para pedirle ayuda! ¡No puede dejarme así! –Sabía que de haber sido otras las circunstancias, esas palabras habrían despertado lo más profundo de mi miedo y en lugar de eso, sólo tornaban más bizarra la situación por el solo hecho de estar ella llorando a medida que hablaba.
−Claro que puedo, es mi casa y no me van a despedir porque no accedí a atender a un estudiante en mi tiempo libre, por ser tal puedo hacer lo que yo quiera con él –sabía que estaba furiosa, que las lágrimas a duras penas lograban disimular la ira que amenazaba con aplastarlo todo–. Ah por favor, ¿qué harás al respecto? ¿Arrancarme el ojo? ¿Cortarme la garganta con tus tijeras? –Pero no esperaba que estuviera tan frágil que mis sugerencias apenas si sirvieran para aumentar el rango de su pena, desfigurándose su cara ante la nueva oleada de llanto.
−Usted…usted tiene que entenderlo…yo sé que lo entiende si…si por algo se casó, ¿no?
Aquello me cayó como un balde de agua fría. Una cosa era saber mi dirección y otra muy distinta era… ¿Cómo sabía eso? Pero claro, la sortija…el oro se nota a cualquier distancia y más si está en un dedo específico, eso siempre tiene un único significado que no acepta negociación…pero demonios, hacía tanto de la última vez que había empleado ese estado civil que oírlo de su boca siendo empleado debido a la desesperación logró contraer algo dentro de mí. Es decir, no lo esperaba…no esperaba que ella intentara relacionar su situación con la mía…no esperaba que viera alguna semejanza entre nosotros, que intentara apelar a lo emocional…que diera por hecho algo de mí a ese punto. Y quizás…sólo quizás…sí estaba en lo cierto parcialmente, pero no podía decírselo, que ya bastante tenía con lo que sabía sin venir de mi voluntad, violando mi propia confidencialidad.
−Pero…cuando le pedí matrimonio, te aseguro que no envié a un intermediario –murmuré, aunque mis palabras estaban provistas de la claridad necesaria como para ser captadas a la primera–. Cuando lo hice…era un poco mayor que tú, no demasiado, pero sí lo suficiente como para no necesitar el consentimiento de mis padres…y estaba aterrado, así como tú, no lo negaré, porque…demonios, ¿crees que se fijó en mí de inmediato? –Quise sonreír, pero me costó mucho, aunque el recuerdo parecía ameritarlo–. Era más joven, sí, y con todo…le pedí matrimonio y estaba muerto de miedo porque ese mismo factor, la edad, podía jugarme en contra y yo…yo no estaba dispuesto a esperar –me acerqué a ella, ayudándola a incorporarse de su asiento y entregándole un pañuelo de paso, que se secara de una vez–. Tú todo lo que necesitas es la instancia y las palabras correctas, eso se puede lograr fácilmente, pero más allá de eso…no sería correcto que me metiera más donde no me llaman…
−Yo lo estoy llamando –interrumpió ella con voz ahogada–. Necesito…que sea un maldito entrometido porque tengo miedo…
−Yo también tenía miedo y así me casé, ¿qué pasará si llegan a estar juntas? ¿Enviarás a un mediador para que discuta con ella porque tendrás miedo de decir las palabras erradas? El mismo miedo que le has tenido todo este tiempo te ha llevado a cometer torpezas…aunque claro, ¿quién no tendría miedo si despierta una mañana descubriendo que te gusta alguien del mismo sexo?
Me iba a golpear, lo veía venir…o en última instancia, iba a sacar las tijeras, pero en lugar de eso…claro, en lugar de eso, volvió a caer sobre el sillón, intentando ahogar el llanto con el mismo cojín. Demonios, muchacha, si vas a llorar, llora de verdad y no te ahogues que de verdad duele el pecho después…pero claro, estaba en mi casa, estaba pidiendo ayuda y quería quedar bien y la mejor forma de hacerlo era no despertando a nadie en la casa. ¿A quién si a leguas saltaba a la vista que sólo había un ocupante?
Pero ella no tenía eso en consideración. Sólo el significado de la sortija en mi mano izquierda.
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Y claro está que ambas se retiraron después de llorar. Una tardó más que la otra, aunque creía entenderlo en el caso de Jade. Es decir, ella parecía menos expresiva que Tori, quizás se guardaba más a la espera de la chispa que encendiera la dinamita, aunque estar cerca de una explosión que podía extenderse hasta el amanecer…cielo santo, ¿cuánto café había bebido ese día? Y ambas se retiraron furiosas a su manera…bueno, Tori se retiró con el ceño fruncido después de mi última negativa y Jade…me preguntaba seriamente cómo le iba a hacer para sacar el vidrio de la alfombra y las dos tijeras que tuve que esquivar y que quedaron clavadas en mi pared. Pero si de algo estaba completamente seguro era de que no tardarían en volver, quizás fuera mañana, quizás pasado, pero eso no terminaría porque ambas tenían miedo de la reacción de la otra, así como también eran poseedoras del bochorno necesario como para guardar todo eso como secreto. Sus amigos podían notarlas raras, pero de ninguna manera podían sospechar que había algo entre ambas, es decir…eran como el agua y el aceite, nadie se lo imagina hasta que ve y oye la situación en sí. Y cuando la sueña es el equivalente de una pesadilla y lo que más deseas es olvidarla.
Volverían, estaba seguro de eso. No las conocía como a la familia, pero sabía que volverían, como las mismas crisis que lograba mantener bajo control con un suministro diario de pastillas, sería idiota pensar lo contrario, si no me pedían ayuda de esa manera, lo harían de otra porque seguía siendo el único imbécil que conocía el secreto que ambas compartían y que protegía por temor a que la otra se enterara y que no gritaba a los cuatro vientos por tener arraigada la maldita ética y porque ser Doctora Corazón iba contra todos los pocos principios que todavía se aferraban a mi sano juicio.
Y lo peor de todo es que la desesperación me llevó a elaborar la solución. No era mi mejor idea. De hecho, era una idea horrible, pero como sólo tenía ideas horribles, dada la situación, ésa parecía ser la mejor idea horrible de todas. ¿Qué más podía perder? El trabajo no y si lo llegaba a perder…quizás fuera para mejor. Para eso existe el término de tapadera, una idea de algo grande que sirve para cubrir la verdadera intención, más pequeña y al mismo tiempo, más mortífera. Quizás hasta acarreara algo más de trabajo al final, pero…demonios, ¿podía haber algo peor que un caso dividido en dos partes?
Por eso mismo, logré la autorización y al día siguiente ya podía actuar. Y es que nadie se resiste a alguien que hace más de lo que dicta el contrato. Por eso me encontraba frente a la puerta que daba a…
−¡Ejercicio sorpresa! ¡Todos son monjes shaolin protegiendo su templo! ¡Ahora!
Dios mío, ¿qué hecho para merecer esto? Ah, ya me acordé.
Mi última carta para librarme de esta pesadilla.
