Como lo prometí cada semana estaré subiendo un nuevo capítulo de esta historia, y pues bien aquí está el tercer capítulo.
Que pasara con Serena y Darien una vez que lleguen a casa de Mina?, se decidirá Darien a intentar algo con Serena?, pues ya no tengamos más dudas y leamos el siguiente capítulo.
Capítulo Tres
—Aquí vive Mina —Serena señaló una casa baja, de color amarillo y con ventanas azules, aislada entre dos edificios mucho más grandes—. La acaba de pintar y le ha quedado bien —añadió.
Darien aparcó ante la casa, apagó el motor y la contempló con interés. No es que estuviera bien, era fantástica. La nueva pintura hacía que la casa pareciera un sueño. De niño había soñado con vivir en una casa parecida a la de Mina. Una casa con contraventanas azules, un gran tejado y un porche con balancines en la parte delantera.
Los demás niños del orfanato soñaban siempre que se descubría que eran los hijos de condes, o millonarios que se los llevaban a vivir a mansiones, Pero él no. Sus sueños habían sido más prosaicos. Él sólo quería un padre y una madre y una pequeña casa donde jugar en el porche durante las tormentas de verano.
La mirada de Darien pasó al rostro de Serena. La mujer era perfecta para una casa así. Le correspondía el dormitorio principal. La anticipación se apoderó de sus sentidos. Un gran dormitorio con una enorme cama en la que jugar con Serena durante las tormentas de verano. La tomaría en sus brazos y besaría su hermoso rostro antes de dibujar un camino por su cuello hasta su elegante y seductor escote. El placer imaginario de desnudar su cuerpo exquisito le hizo estremecerse.
Tuvo que contener su imaginación, para dominarla. «Piensa que es una campaña de publicidad», se dijo. «Tienes que vender un producto, tú mismo. Tienes que convencer a Serena de que puedes ser el más perfecto amante que pueda imaginar».
Pero tuvo que tragarse un suspiro. No tenía ni idea de lo que Serena buscaba en un amante y no lo descubriría sin preguntar, y eso era demasiado peligroso. Si llegaba a expresar su deseo, nunca podría volverse atrás. Su declaración pesaría entre ellos y podría envenenar su amistad, que era ya una gran conquista. Y no quería que se marchara de la oficina, pues sabía que Serena encontraría trabajo al día siguiente de dejarlo.
Serena estudió la expresión seria de Darien preguntándose en qué estaría pensando. El color de la casa de su hermana no podía despertar una concentración tan profunda. Quizás intentaba descubrir cómo escapar de aquella situación demente. La respuesta ansiosa de su madre sin duda lo había asustado. Pero no era posible. Hacía falta mucho más que una madre entusiasta para asustar a Darien Sutherland.
Por otra parte, aunque Darien se estuviera arrepintiendo, tenían un trato. Y Darien lo cumpliría. Y sería pagado por ello, pues ella iba a hacer su campaña de las sopas... Serena se estremeció al quedar su mirada prendada de los labios del hombre, que ejercían sobre ella un magnetismo irresistible. Tenía tantas ganas de sentirlos de nuevo sobre su boca...
Guiñó los ojos cuando Darien se inclinó hacia ella, cubriendo su visión. Era como si su intenso deseo lo hubiera arrastrado hacia ella. Se lamió el labio inferior nerviosamente, incapaz de moverse, fascinada por las acciones de Darien. Dejó de respirar cuando se acercó más. Entonces la rozó con sus labios en un gesto que la llenó de sensaciones.
Darien olía tan bien, y sabía aún mejor, pensó Serena soñadoramente. Quería más, mucho más.
Quería tomarle la cara con las manos y besarlo con pasión, hundiendo los dedos en su cabello para descubrir si eran tan sedosos como parecían.
Pero el comentario susurrado de Darien la devolvió a la realidad:
—Bueno, esto debe ser suficiente para convencer a cualquiera de que estamos juntos.
En absoluto, se dijo Serena. Hacía falta mucho más. Pero no hizo más que suspirar su anhelo.
—¿Cansada? —interpretó Darien.
—Un poco —Serena se agarró a la excusa del cansancio. Luego salió del coche y fue hasta la casa cuya puerta se abrió de inmediato dando paso a su hermana.
—¡Serena! Llevo toda la tarde esperando. ¿Es éste tu Darien? ¡Qué guapo! —Mina continuó hablando sin esperar una respuesta—. Si es la mitad de simpático que de guapo, habrá valido la pena esperar.
—Gracias, pero fui yo el que tuvo que esperar a que Serena se decidiera a casarse conmigo. Pero ahora que ha aceptado, no pienso soltarla —al decirlo, la voz de Darien se hizo profunda y aunque Serena sabía que se trataba de una farsa, no pudo evitar la oleada de placer y orgullo que la recorrió al oírlo.
Mina alzó sus pobladas cejas pelirrojas y asintió con aprobación:
—Además es romántico. Cada vez mejor. Bienvenido a la familia, Darien —y abrió los brazos para abrazarlo.
Serena miró con placer a su hermana en brazos de Darien y pensó que si fuera inmadura sentiría celos, pero sólo sentía el nerviosismo de la absurda situación en la que se había metido.
—Vamos, entrad en casa. Me alegra teneros conmigo. Mamá intentó colocarme a los niños del tío Soichi, pero le dije que antes renunciaba a la familia que tenerlos de nuevo en mi casa. Te digo que la tía Setsuna está haciendo monstruos con sus absurdas ideas contra la disciplina y en favor de la libertad infantil. Después de catorce años dando clases, sé de sobra que los niños necesitan límites para madurar.
—Me encanta la pintura de la casa —dijo Serena intentando cambiar de tema, pues su objetivo del fin de semana consistía en convencer a Darien de que el matrimonio y los hijos eran una cosa excelente y saludable. Si seguían hablando de los pequeños monstruos, saldría huyendo.
Pero no había forma de engañar a su hermana, aunque en esta ocasión malinterpretó su reserva. Miró a Darien de reojo y comentó:
—Será mejor que sepa cuánto antes lo loca que está esta familia.
Serena hizo una mueca.
—¿Es eso un consejo de un miembro ilustre del club de «deja para mañana lo que puedas hacer hoy»? —bromeó.
—Qué hermanita tan tonta has resultado ser —dijo Mina alzándose de hombros—. Y pensar que prometías mucho de pequeña.
Darien escuchó sus bromas y piques con una punzada de nostalgia. Toda su infancia había sido un inmenso anhelo de pertenecer a una familia. Una familia que compartiera sus recuerdos y supiera qué amaba y qué le disgustaba. Una familia cuya aceptación y amor fuera incondicional.
Pero ese anhelo era propio de un crío, se dijo, y él era un adulto y podía controlar su propio destino. Y para vivir ya no necesitaba una familia. Ni para construir recuerdos comunes. Quizás pudiera crear ciertos recuerdos con Serena durante el fin de semana. Para eso sólo necesitaba convencerla de que se acostara con él.
Y ya había progresado. Había logrado besarla. En varias ocasiones. Y el fin de semana no había hecho más que empezar. Todo era posible.
Darien siguió a las hermanas por la casa, observando con curiosidad el cómodo salón. Todo era acogedor y lleno de encanto. Como la propia Mina.
—Es una suerte que seáis novios —dijo Mina—. Porque si no, Darien tendría que dormir en el sofá y tiene muelles sueltos por todas partes. De manera que he instalado a Rubeus en una cama con nosotros y tenéis su cuarto. No me he decidido a cambiar la cama doble en la que duerme, así que estaréis muy bien.
Serena tragó saliva al escuchar las palabras de Mina, sintiendo una mezcla de emociones confusas. Se sintió caliente y preocupada, y sin habla. Y asustada. No había previsto que se vieran forzados a tan inmediata intimidad, aunque la idea de compartir cama fuera excelente. En realidad, siempre había imaginado que dormirían en casa de su madre cuyas ideas sobre el sexo harían de los puritanos unos liberales avanzados.
Serena miró de reojo a Darien, pero no hubiera podido decir en qué pensaba. Su rostro era impasible, aunque notaba cierta tensión en su mandíbula. ¿Por qué? ¿Estaba enfadado o se sentía manipulado? A lo mejor creía que ella lo había preparado todo. La vergüenza la atenazó y deseó explicarle que no había sido nada deliberado. Pero no podía hablar delante de Mina, o ésta pensaría que estaban locos. Y acabaría por descubrir la verdad, y con ella toda la familia, pues Mina no era capaz de guardar un secreto para salvar su alma.
—¿Hay algún problema? —Mina se volvió a mirarlos ante su silencio—. ¿He metido la pata en algo? ¿No tendréis problemas sexuales o algo así?
—¡No! —exclamó Serena.
Para su sorpresa, Darien le pasó el brazo por los hombros y la atrajo hacia sí. Su gran cuerpo acogedor parecía defenderla de la curiosidad de Mina.
—Es que Serena no acaba de acostumbrarse al hecho de que estemos prometidos —explicó Darien rozándola con su voz seductora y obligándola a apretarse instintivamente contra él.
—¡Es verdad! Se me ha olvidado mirar tu anillo. Mamá me llamó hace un rato y me dijo que era una preciosidad.
Serena tendió la mano, dividida entre la vergüenza por mentir a su familia y el orgullo de llevar el anillo de Darien. El orgullo ganó.
—¡Oh! —Mina miró a Darien con una sonrisa radiante—. Eres mucho, mucho mejor que el hijo del primo segundo del marido de la vecina de mamá.
Mina saltó al escuchar una alarma en la cocina y exclamó:
—¿Ya es la hora? Por si mamá no te lo hubiera dicho, la tía Luna nos espera a todos para cenar, y sabes lo maniática que es con la puntualidad. Me va a poner verde porque Yaten trabaja hasta tarde y no podrá llegar a la cena. Yaten es mi marido —explicó ante la mirada interrogativa de Darien.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Serena.
—Como mucho, un cuarto de hora. ¿Por qué no abrís las maletas mientras saco mi contribución culinaria del horno? Si veis a Rubeus, decidle que es la hora.
—Voy a por las maletas —se ofreció Darien y salió del salón.
—Vuestra habitación es la de la derecha al final del pasillo —gritó Mina corriendo a la cocina.
Serena subió lentamente las escaleras. De pronto se sentía como si se hubiera subido a una atracción de feria, una montaña rusa emocional que estaba destruyendo su habitual serenidad.
La idea de compartir cama con Darien la excitaba enormemente, pero también la aterraba.
Llevaba tanto tiempo fantaseando sobre la posibilidad de hacer el amor con él que ahora temía a la realidad. ¿Y si se ponía a tocarlo durante el sueño? ¿Qué pensaría Darien si se despertaba y se encontraba con Serena acariciándolo? La idea la sobresaltó. A lo mejor pensaba que era una mujer sin control, o sexualmente frustrada. Y tendría razón. Al menos en lo referente a él.
—¿Por qué pones esa cara, tía Serena?
Serena sonrió a su sobrino Rubeus que salía en aquel momento del baño.
—Hola, Rubeus, estoy pensando —saludó—. ¿Qué tal el colegio?
—Odio el colegio. Cuando sea mayor, no pienso ir más al colegio.
—¿No me digas? —Serena estaba sorprendida, pues en general Rubeus contaba maravillas de su clase—. ¿Por qué?
—Porque Mike no deja de pegarme y me hace daño —estalló el niño y miró a su alrededor como temiendo recibir un golpe por quejarse.
—Díselo al profesor —recomendó Serena.
Rubeus le lanzó una mirada dolida.
—Ya lo he hecho y habló con él, pero no hizo ni caso. Ahora me pega cuando no mira la maestra.
—Los brutos rara vez responden a las razones —dijo Darien desde las escaleras.
Serena giró y lo miró. El último sol entrando por las ventanas hacia brillar su cabello y llenaba de colores la entrada y la escalera. Era como un regalo de Navidad. Su regalo envuelto en un lazo rojo. Sintió los párpados pesados al imaginarlo desnudo, con un lazo rojo... ¿Dónde se lo pondría? En la cintura... ¿o más abajo?
—¿Quién es? —la pregunta de Rubeus la sacó de sus fantasías deliciosas.
Sonrió e intentó recuperar un semblante normal, y no la cara de embobamiento que se le ponía ante Darien.
—Es un amigo mío, Darien Chiba.
Rubeus miró a Darien.
—Es grande. No me importaría que me pegaran si fuera así de grande.
—Intenta devolverle el golpe a Mike —sugirió Darien.
—Mamá dice que la violencia no sirve de nada —se quejó Rubeus.
—Lo que me recuerda que tu madre dice que bajes ya —intervino Serena.
Rubeus suspiró, aburrido, pero fue a las escaleras, aunque se detuvo antes de bajar y declaró:
—Pero, tía Serena, tenéis que marcharos el domingo, porque no quiero dormir con ellos. Papá ronca.
—Esta es mi familia, bienvenido a ella —dijo Serena cuando se quedaron a solas. Por alguna razón, nunca se había dado cuenta de lo espontáneos y desinhibidos que eran todos hasta que los había mirado con los ojos de Darien. ¿Qué pensaría de ellos? ¿Serían muy diferentes a su propia familia? Probablemente. Por la forma de comportarse de Darien y su visión del mundo, seguro que provenía de un medio educado, profesional y frío.
Abrió la puerta del dormitorio y se quedó mirando la gran cama que dominaba el cuarto.
Sintió que se le ponía la piel de gallina al notar que Darien entraba detrás de ella. Deseaba más que nada compartir aquella cama con él y al mismo tiempo se sentía petrificada por el temor a dejar escapar su única oportunidad o echarla a perder.
—No pongas esa cara de angustia —dijo Darien—. No suelo atacar a las mujeres —añadió dejando las maletas en el suelo.
Serena reaccionó al oír cierta ofensa en sus palabras. E incluso dolor. La idea de Darien sufriendo por su culpa le resultaba insoportable.
—No estoy preocupada por lo que tú puedas hacer —dijo con honestidad—. Me preocupa lo que puedas pensar.
Darien frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Tengo miedo de que creas que yo he arreglado esto —dijo con timidez—. Y sé de sobra que eres demasiado atractivo para no saber comportarte con una mujer.
Darien sintió que su tensión se deshacía bajo sus palabras. ¿Lo encontraba atractivo de verdad o lo decía por cumplir? Miró los brillantes ojos azules de Serena intentando leer las evidentes emociones que luchaban bajo la superficie. Pero le resultaba tan inútil como mirar el fondo del mar. Sólo deseaba tomarla en brazos y apretarla y sentir sus senos desnudos contra su pecho.
Quería cubrir cada milímetro de su piel exquisita con besos y mirarla al mismo tiempo, mientras lo hacía. Quería ver en qué se convertía entonces el azul de sus ojos.
—En serio —añadió Serena, incapaz de interpretar su mirada grave.
—¿Por qué? —preguntó al fin Darien, queriendo seguir hablando del tema anunciado.
Serena no lo entendió.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué crees que soy atractivo?
Serena abrió la boca y la volvió a cerrar. ¿Qué podía decir? «Estoy obsesionada pensando en ti. Me fascina tu aspecto. Adoro tu inteligencia y tu sentido del humor. Me encanta tu personalidad y su fondo oscuro. Tanto que me paso las noches haciendo dibujos en los que apareces en mil posturas».
No iba a decirle aquello. No podía admitir su enamoramiento, pues la confesión la haría parecer tan vulnerable, tan joven... Como una adolescente confesando una pasión juvenil.
Pero por el contrario, podía admitir que se sentía atraída, sin dejarle ver la profundidad de su pasión. Que deseaba besarlo, pero que no daba una especial importancia a ese hecho.
El deseo le apretaba la garganta, amenazando con ahogarla. No sabía qué podría pasar, pero tenía que intentarlo. Si no lo hacía, se lo reprocharía toda la vida.
—No sé que es lo que encuentro mas atractivo en ti —comenzó lentamente.
—¿Oh? ¿Qué te parecen mis músculos? —bromeó Darien.
Serena observó con cautela el brillo malicioso de sus ojos.
—En realidad, nunca me había fijado mucho en tu apariencia física —mintió.
—Pues deberías —dijo él con fingida seriedad—. La apariencia física es muy importante en una relación, aunque sea falsa. ¿Por qué no me tocas y así puedes apreciar mi forma?
Serena lo miró con asombro. Si apreciaba un poco más su forma, como decía, caería en el pecado de idolatría.
Pero aprovechó la ocasión y se acercó a él con lentitud, observando que ciertamente tenía músculos, incluso en lugares que nunca hubiera imaginado. Con precaución, alargó la mano y le tocó el pecho. El tacto era una delicia. Era sólido, seguro, cálido. Como él mismo. Darien era una persona honrada, cariñosa, en la que se podía confiar. No era alguien frívolo, ni tendente al entusiasmo y el abandono fáciles. Era la clase de hombre con el que puede contarse para el futuro. La clase de hombre que no sale huyendo ante el primer conflicto.
Lo que no le serviría de mucho a menos que pudiera convencer a Darien de que olvidara su aversión a la familia y se comprometiera con ella. Frunció el ceño al acordarse de cierta rubia con la que había estado dispuesto a comprometerse.
—¿Tienes alguna queja sobre mi forma? —preguntó Darien al ver su gesto.
Serena hizo un esfuerzo por olvidar el pasado y concentrarse en el momento presente.
—A lo mejor no eres la clase de chica que le da mucha importancia a la fuerza —propuso Darien.
Serena intentó pensar cómo responder. Le parecía absurdo alabar la fuerza física, pero lo cierto era que lo admiraba también por eso. Era una frivolidad, pero no podía engañarse.
—¿A lo mejor eres la clase de chica que aprecia a un hombre por su inteligencia? —sonrió Darien y su expresión perversa aumentó la excitación de Serena.
—¿Se te ha ocurrido que a lo mejor me gustan los tipos callados? —bromeó.
Darien ladeó la cabeza y la estudió con detenimiento. De pronto, alargó el brazo y la tomó por un hombro para acercarla. Su gesto fue tan inesperado que Serena perdió el equilibrio y lo recuperó contra su pecho, embriagada por el repentino contacto. Deliberadamente se relajó, dejando que su cuerpo se adaptara a la forma deliciosa de Darien, y sintiendo una vibración en su estómago que ascendía por su pecho.
Alzó la cara para mirar sus ojos brillantes y preguntó:
—¿Por qué has hecho eso?
—Aclárate de una vez, mujer. ¿No querías a un tipo callado y decidido?
Serena tomó aire y se llenó de la fragancia de agua de colonia de Darien. Olía un poco a lima.
Le encantaba el aroma de lima y todo lo relacionado con limas. Las bebidas, los aromas, los hombres...
¿Sabría a lima también? Hundió la nariz en el cuello de Darien y sonrió para sí al sentir que el hombre se tensaba levemente. Sin poder evitarlo, sacó la lengua para probar el sabor de su piel.
La reacción de Darien fue apretarla más contra su cuerpo. Serena rió con placer al sentir su deseo contra el vientre. Le parecía justo que Darien fuera sensible a sus gestos.
—Serena... —la voz de Darien tenía una advertencia cuando besó de nuevo su cuello. No sabía a lima, decidió. Sabía a sal y a algo mucho más indefinible. Algo que sin embargo la alcanzaba profundamente, emocionándola. La hacía desear tirarlo en la cama, arrancarle la ropa y hacerle el amor de forma apasionada.
Colocó las manos sobre su pecho y lo acarició, sintiendo su solidez. Darien era sin duda su ideal masculino. El hombre en el que habían tomado cuerpo todas sus fantasías eróticas.
Deslizó las manos hasta los hombros y las enlazó detrás de su nuca, mirándolo y deseando besarlo. Lo deseaba tanto que no temía ser rechazada.
Pero un rechazo parecía ser lo último en lo que Darien pensaba. Fascinada vio cómo sus labios se iban aproximando a ella y su excitación iba creciendo hasta convertirse en un rugido en sus oídos. Pero de pronto, Darien alzó la cabeza y miró a la puerta.
—¿Qué pasa? —dijo Serena con la voz ronca.
Darien señaló la puerta, y Serena pestañeó y recordó que había escuchado a su sobrino decir su nombre. Cohibida al darse cuenta de lo concentrada que había estado, miró a Darien que no parecía en absoluto molesto por la interrupción.
La realidad la asaltó de pronto y se apresuró en recuperar la compostura. Era normal que Darien no se sintiera frustrado, pues era ella la que tenía una fijación erótica, no él. Sin duda él disfrutaba besándola como disfrutaría besando a cualquier otra mujer. La idea le pareció horriblemente deprimente.
—Tía Serena —repitió la vocecita quejosa de Rubeus—. ¿Por qué no me contestas? Tengo que sacar algo del armario.
—Estamos... —comenzó Darien, pero Serena lo interrumpió, temiendo que fuera uno de esos adultos que dicen toda la verdad a los niños.
—Deshaciendo las maletas, Rubeus —dijo Serena intentando parecer normal—. Puedes entrar, corazón.
—¿Es necesario? —susurró Darien medio en broma, y Serena se sintió mejor. Así que le había molestado la interrupción.
Rubeus abrió la puerta y corrió al armario.
—Mamá me dijo que me cambiara de camisa, pero me dijo también que no abriera la puerta o podría ver más de lo que quiero ver.
El chico rebuscó en los cajones haciendo volar unos cuantos calcetines y siguió hablando:
—Le pregunté qué quería decir con eso y se echó a reír y me dijo que era muy joven para entenderlo.
—Y es verdad —Serena disimuló aunque estaba convencida de que el niño merecía una respuesta honesta. Pero no podía ofrecérsela. Ni ella entendía lo que sucedía entre Darien y ella, difícilmente podía explicárselo a un niño de seis años.
—Será mejor que bajemos —dijo, aunque lo que realmente quería hacer era esperar a que Rubeus saliera y seguir besando a Darien. Pero ahora era imposible que el niño abandonara su cuarto, seguro cómo estaba que allí sucedían cosas interesantes. Por otra parte, no quería que Darien creyera que se moría por besarlo de nuevo. Así que tendría que simular algún accidente para volver a sus brazos.
Serena sonrió maliciosamente mientras salía del cuarto seguida por Darien y por Rubeus que no les perdía de vista. ¿Podría utilizar el viejo truco de simular un tropiezo o estaba muy visto?
No. Por desgracia si tropezaba yendo delante de él, se arriesgaba a matarse en la escalera sin que Darien pudiera asirla a tiempo. Más tarde quizás...
En ese momento, lanzó un grito de terror y se agarró frenéticamente al pasamanos cuando su pie pisó algo que se movía. No sólo se movía sino que lanzó un aullido que le heló la sangre mientras saltaba y se lanzaba escaleras abajo como un destello de furioso pelaje negro.
—¿Qué ha sido eso? —Darien la agarró por detrás, abrazando su cuerpo tembloroso.
—Cuidado con el gato, Serena —gritó Mina desde la cocina—. Olvidé decirte que suele dormir en las escaleras.
—Eso no es un gato, es una catástrofe —la mano amplia de Darien acarició suavemente la espalda tensa de Serena para relajarla.
—Es verdad —murmuró Serena contra su pecho, preguntándose cuánto tiempo podría seguir allí sin parecer estúpida—. Pero no puedo quejarme.
—Claro que sí —Darien acariciaba ahora su nuca para distender los músculos agarrotados por el susto. Serena se dejó hacer sin pudor.
—Lo que quiero decir es que no tengo derecho a quejarme. Yo encontré ese monstruo abandonado en la carretera el año pasado y la pobre Mina aceptó adoptarlo.
—Pues podría haberlo educado —sonrió Darien y su aliento rozó su mejilla.
—Hmmm —murmuró Serena, intentando no mover un músculo para no distraerlo de lo que venía a continuación, es decir besarla. Debía acordarse de comprarle al gato un juguete nuevo como recompensa por su colaboración. La idea se diluyó en su cerebro cuando Darien la besó finalmente y sólo pensó en la firmeza y calor de sus labios, en el ardor que invadía su cuerpo mientras Darien la abrazaba con seguridad. Separó los labios dócilmente ante la presión de la lengua de Darien y sintió que la arrastraba un remolino de pasión sexual que no parecía tener fin.
Era increíble que un simple beso provocara en ella tales sensaciones. Se sentía como si hubiera echado a volar y no fuera a posarse nunca más en la fealdad de la vida.
Los brazos de Darien la estrecharon con más fuerza al sentir su temblor. Estaba asombrado de lo maravilloso que le resultaba besarla. Casi le asustaba pensar en lo que pasaría si hacía el amor con ella. Quizás explotara de placer. Pero valía la pena morir así.
Una extraña sensación que nada tenía que ver con Serena penetró en su conciencia, rompiendo su euforia. Intentó ignorar la molestia, pero allí seguía. De manera que tuvo que alzar los ojos y se dio cuenta de que había unos ojos azules mirándolo fijamente.
¡Rubeus! La imagen del niño fue más eficaz que una ducha fría.
—¿Qué está haciendo con mi tía Serena, señor? —preguntó Rubeus.
Darien dejó ir a Serena muy a su pesar y respondió, intentando no mostrar su irritación:
—¿No te ha enseñado tu madre que no se hacen preguntas personales a los desconocidos?
—No —contestó Rubeus con sencillez—. ¿Por qué la estabas besando así?
—No te preocupes por eso —dijo Darien crecientemente cohibido. ¿Eran todos los críos igual de curiosos? Su experiencia con niños se limitaba a emitir exclamaciones de admiración cuando sus amigos le relataban las hazañas de sus pequeños. En el hogar de acogida donde había crecido los niños estaban separados por edades y nunca había tratado con los más pequeños. Si todos eran como Rubeus... Darien sintió un estremecimiento al considerar la idea y se alegró, por una vez, de su decisión de no tener familia. Imaginar a un hijo suyo mirándolo con la cara de absoluto desprecio con que lo miraba Rubeus era una idea aterradora.
—Rubeus, ponte los zapatos, nos vamos en cinco minutos —dijo Mina desde el piso de abajo. Esperó hasta que Rubeus hubo desaparecido para disculparlo— Perdona por su curiosidad. Es un poco precoz.
Darien mantuvo una expresión impasible pero tenía ganas de decirle a Mina que si el niño no dejaba de interrumpir sus intentos de besar a Serena, iba a descubrir los peligros de la precocidad.
—¿Te importa esperarnos en el salón, Darien? —añadió Mina—. Serena, necesito tu ayuda para sacar una gelatina. Siempre se me rompe.
—Claro —Serena la siguió a la cocina aunque le dolía separarse de Darien.
—Es una pena que a Darien no le gusten los niños —comentó Mina tendiéndole a Serena un molde.
—Sí que le gustan —dijo Serena automáticamente, aunque no tenía ni idea de si era cierto.
Simplemente tenía que defenderlo.
—Pues no parecía encantado con el pobre Rubeus —insistió su hermana—. Lo miraba como si fuera a comérselo.
Serena deshizo el molde y logró poner la gelatina en una fuente sin romperla.
—No puedes reprocharle que se enfade cuando ha sido interrumpido dos veces cuando intentaba besar a su novia.
—Puede ser —dijo Mina—. Debo admitir que se me ha olvidado cómo se siente uno en los primeros meses de noviazgo. Yaten y yo no dejábamos de tocarnos. Y pensar que ahora... —suspiró sin terminar de hablar.
—¿Pasa algo?
—No, nada en absoluto —dijo Mina con una obstinación que dejó más preocupada a Serena—. Todo está bien. Tengo un grupo estupendo en el colegio, uno de los mejores. ¡Odiaría dejar de dar clases! —su voz se endureció al decirlo.
Serena la miró con sorpresa ante su tono vehemente.
—¿No hay razón por la que debas dejarlo, verdad? —preguntó con cautela.
—Hay gente que cree que los puestos de profesor crecen en los árboles. ¿Te acuerdas de todo el tiempo que estuve haciendo sustituciones antes de conseguir un puesto fijo? ¡Seis años, creo!
—Claro —Serena se preguntó qué significaba aquello. ¿Tendría su hermana problemas laborales? Pero se lo hubiera contado.
—Oh, cielo, mira qué hora es —comentó Mina mirando el reloj de cocina—. Tenemos que salir corriendo. Debes estar deseando llegar a casa de Luna y enseñar esa piedra. Por no hablar del propio Darien.
—Espero no parecer tan vanidosa —dijo Serena, pero lo cierto era que se moría de ganas de presentarse con Darien ante sus familiares, y sobre todo ante algunos de los más pesados. Aunque luego se iban a reír al saber que su compromiso se había roto.
Frunció el ceño mientras se dirigía en busca de Darien. Tendría que inventar una buena excusa si todo salía mal, pues no quería hacerlo pasar por un canalla. El pobre no se merecía que su familia lo despreciara más adelante.
Continuara…
Hasta aquí les dejo con el tercer capítulo, como ven al oportuno de Rubeus, apoco no les ha pasado una situación en la que te interrumpen (no específicamente en una situación así dijo jajajaja) y no es nada grato, ya me imagino la desesperación de nuestro querido Darien pero pues animo.
Gracias a todas aquellas personas que están siguiendo esta historia, y también a aquellas chicas que se toman su tiempo para dejar sus reviews:
Cristal de plata, Alejandra, Moon 86, Angel negro 29.
Bueno hasta la próxima semana chicas, bye,bye.
