UNA NOCHE MUY LARGA


Pansy se habría ido. Sin dudarlo un segundo. Habría salido a la calle y se habría aparecido justo en la entrada de su casa. Habría ordenado a uno de sus elfos domésticos que le preparase un baño y una taza de chocolate caliente. Se habría puesto ropa limpia y se habría tumbado en su cama, tapada hasta las cejas.

Pero Draco no está.

(Ni Greg, ni Vincent; ni Theo, ni Millicent, ni Sally-Anne. Tienen que estar juntos. O no).

Y Daphne se ha empeñado en quedarse con los de primero de su curso. Mandar a algunos a casa por la Red Flu.

(Buscar algo de comer, alguna manta. Pansy duda que vaya a encontrar suficiente para todos y se lo dice. Lo intenta de todas formas).

Así que Pansy se queda sentada en una esquina, con una taza azul y vieja con whisky de fuego entre las manos.

Esperan.


—Pansy. Pans…

—¡Estoy despierta, estoy despierta! —exclama dando un salto en su asiento y abriendo bruscamente los ojos. La diferencia de luz la ciega durante unos instantes. Todavía tiene la taza vieja entre los dedos (es un milagro que no se le haya caído), aunque hace horas que ya no contiene nada.

Es Daphne la que está junto a ella.

—Todo ha terminado —susurra. Tiene el mismo aspecto que unas horas antes. Si cabe, más cansada y ojerosa. Pero tiene algo en la cara que promete esperanza.

Está contenta.

—¿Si?

No le gusta ni un pelo.

—Deberíamos ir al castillo —susurra separándose—. Van a empezar a hacer las evacuaciones desde allí, quizá necesiten…

Se detiene y sonríe, enseñando los dientes. Los ojos le brillan, como si fuera una colegiala enamorada.

—¿Crees que estarán bien? —pregunta levantándose de la silla de madera que le ha servido de (incómoda) cama y dejando la taza sobre ella.

La expresión de Daphne se ensombrece por un momento. La sonrisa se le resbala un poco.

—No te preocupes de eso —murmura—. Venga, vamos, los demás prefectos ya están saliendo.

Daphne la agarra del brazo y tira de ella. Bajan las escaleras a la sala común del Cabeza de Puerco donde aún quedan restos que dejan entrever que durante la noche han dado cobijo a un centenar de alumnos. Mantas y capas abandonadas, con vasos sucios y cervezas de mantequilla a medio beber.

—¿Cuánta gente cupo aquí anoche? —pregunta arrugando el ceño.

—Nos hemos quedado cincuenta y tres. Estuvimos hasta las cuatro de la mañana mandando alumnos a sus casas.

Salen. El cielo está despejado y hace frío. Como anunció Daphne, hay una hilera de alumnos que se dirige de nuevo hacia el castillo. Llevan buen ritmo y parecen animados.

Pansy se abraza a sí misma.

Tracey las está esperando junto a los pocos alumnos de Slytherin que parecen haber echado la noche allí. No puede evitar fijarse en que se ha duchado y que lleva ropa limpia.

—El padre de Tracey vive aquí, como sabrás —le lee el pensamiento Daphne—. De hecho, ayudó trayendo comida y mantas.

—Oh. —Pansy inclina la cabeza a modo de saludo al verla y continúan su camino.

—¿Cómo has dormido? —pregunta con cierto retintín. A pesar de tener mejor aspecto, parece tan cansada como Daphne.

Pansy se detiene y aprieta los labios.

—No seas impertinente —le espeta, levantando la barbilla.

—Espero que no se te vuelva a ir la olla.

—Tracey… —advierte Daphne.

—¿Qué pasa contigo?

—¿Que qué pasa conmigo? —Tracey da un par de pasos hacia ella. De pronto parece mucho más alta de lo que realmente es—. ¡Tú pasas conmigo! Eres… ¡Ugh!

Levanta los brazos y se da la vuelta. Daphne tarda un par de segundos en seguirla.

Pansy baraja la idea de irse de una vez por todas a casa. Si se ha quedado es, nada más ni nada menos, por ellas. Para hacerlas compañía.

Y, Merlín, quiere saber si Draco está bien.


El camino hasta el castillo se le hace eterno. No lleva zapatos para andar y, debido a la humedad de la madrugada, las zapatillas se le han llenado de barro. Se siente expuesta, a pesar de la soledad del camino, con su ridícula bata.

Llegar al colegio supone un paso muy difícil. Hay sangre en el suelo y el castillo parece que se va a caer a cachos. Hay algunos magos vestidos con túnicas de sanadores rescatando heridos y muertos del campo de batalla.

Pansy pisa un trozo de armadura (y, Merlín, no quiere pensar cómo ha llegado allí).

Sale corriendo hasta alcanzar a sus amigas y agarra a Daphne por el codo.

—Está horrible, ¿eh? —murmura con amabilidad—. ¿Estás segura de que todo ha acabado?

—Yo no… —Daphne se encoge de hombros—. No sé mucho más que tú. Estaba dormida cuando pasó.

—«Está muerto» —dijo Tracey—. «El castillo vuelve a ser seguro, volved».

De nuevo aquella sensación desagradable.

—¿Quién está muerto?

—Él. Ya lo sabes.

—No, ¿quién es él?

—¡Quien-tú-ya-sabes! —interviene Daphne perdiendo la paciencia. Alguno de los chicos que están delante suya giran la cabeza para mirarlas.

—No me lo creo —replica Pansy apretando el paso. Daphne y Tracey la siguen—. ¡Es imposible!

¡Y tanto que lo es! ¿Cómo iba a ganar un niñato como Potter al Señor Oscuro? ¡Imposible! Seguro que es una broma pesada.

Deja atrás a sus amigas y se adentra en el castillo. Los relojes de arena que contaban los puntos de cada casa han sido estallados a lo largo de la batalla y sus cuentas de colores se esparcen por el suelo.

Esas estúpidas cuentas representan mucho más de lo que quiere reconocer. Son su infancia, su adolescencia. Ha ganado cientos de ellas y se ha alegrado. Ha vivido la amarga derrota de perderlos.

Se agacha y coge una de ella. Poca cosa, menos que una canica. Es verde y está llena de polvo.

Entonces le ve. Parece que el tiempo se detiene a su alrededor. Levanta la cabeza y es imposible confundirle. Tiene el pelo negro azabache, sucio, mal cortado y demasiado largo. Ropa muggle y aspecto derrotado.

Sonríe.

Las tripas de Pansy se retuercen. Las mejillas le arden y solo quiere desaparecer. Potter ha ganado.

(Y ella había pretendido entregarlo).

(Y había más de un centenar de personas que podrían declararlo en un juicio).

Él no la mira, claro. Sigue su camino junto a Granger y a Weasley. Suben las escaleras con paso lento y acaban desapareciendo de su vista.

—¿Qué haces?

Es la voz de Daphne. Gira la cabeza hacia ella y la mira. Está inclinada hacia ella, con expresión amable. Una sonrisa.

—Yo… yo le intenté entregar —farfulla, no muy segura de qué responder.

—Oh.

Daphne aprieta los labios y niega la cabeza.

—Lo hecho, hecho está. Levántate, anda. Te vas a manchar las rodillas.

Lo dice como lo diría una madre. Con ese tono en una mezcla entre mandón y cariñoso. Pansy la obedece por inercia.

—Venga, vamos a buscar a algún profesor —las apura Tracey—. Allí nos organizarán o lo que sea.

Señala el Gran Comedor.

(Pansy no tiene claro qué pinta en todo esto).


No se ha dado cuenta de lo preocupada que estaba hasta que lo ve. No ocurre a cámara lenta, es más bien como una sombra a lo lejos, sentado junto a su madre. Va vestido tan oscuro, con el pelo tan claro.

Parece entero.

Pansy corre hacia él. Sortea las camillas de heridos. Las camillas tapadas con mantas. Los grupos que hablan. No se atreve a lanzarse a su cuello.

Se detiene a medio metro de él y le sonríe. Tiene un aspecto horrible, el pelo alborotado y lleno de ceniza, el cuello manchado de sangre. A Pansy no le importa, porque está entero.

Entero.

—Draco —lo llama. Él y la señora Malfoy levantan sus rostros. Ella ha llorado, está sonriendo; sujeta con fuerza la mano derecha de su hijo entre las suyas—. Señora Malfoy.

—Ey —responde él con poca gana.

—Pansy.

Quiere preguntarle por qué se ha quedado. Cómo puede ser tan estúpido. Renegar de Potter, hacer causa común. Como siempre han hecho.

—¿Te vas a quedar ahí mirando? —le espeta.

—Yo… no… —balbucea un poco nerviosa. Draco siempre ha tenido un humor difícil.

—Siéntate, me pones nervioso.

Suspira de alivio y le hace caso. Han movido las mesas y los bancos del comedor hasta formar una especie de hospital de campaña. Desde allí se ve todo: la suciedad, las heridas. El dolor.

Su victoria resulta agridulce. No sería así si hubiese vencido Él.

—¿Qué hacéis aquí? —pregunta sin mirarlos.

—Esperar.

—¿Por qué? —Pierde el nervio. Suena impaciente, exigente.

Draco bufa.

La señora Malfoy responde.

—Los aurores no quieren imprevistos y están organizando la evacuación de la zona desde aquí. Primero los heridos, luego el resto.

Pansy se muerde el labio y asiente. No se atreve a reformular su pregunta. A preguntar por qué no se los han llevado a Azkaban, por qué están allí. Aparentemente libres.

Así que esperan.


—Crabbe está muerto —suelta de sopetón Draco. La señora Malfoy se ha levantado a preguntar cuándo podrán irse. Llevan dos horas esperando y la sala está libre de heridos. Acaban de empezar con la evacuación de civiles—. Vincent.

Pansy baja la cabeza y se mira a los pies. Las pantuflas rosas, con un reborde que recuerda a pelo de animal.

—Fue culpa suya, ¿sabes? —La voz se le rompe un poco. Pansy se niega a mirarlo, odia cuando hace eso. Odia cuando se muestra débil—. El muy idiota.

—Yo he dormido en una silla —dice, intentando cambiar el hilo de la conversación.

—Greg casi muere. Y yo.

—En Cabeza de Puerco, ¿sabes?

—Potter nos salvó —añade bajando la voz—. Nosotros fuimos a atraparle y él nos salvó.

—Bebí Whisky de Fuego en una taza sucia.

El corazón le late con fuerza. Sabe que debería interesarse, pero no puede. Solo de pensarlo siente escalofríos. Y no quiere ponerse triste ni llorar. Está bien allí sentada, junto a Draco.

Sin preguntarse si los demás están bien.

Mañana.

—Y… ¿qué pasó?

Gira la cabeza. Está llorando, en silencio. Las lágrimas arrastran la ceniza de su rostro, limpiándolo. Podría ser poético.

Pansy solo piensa que es patético.

Draco entreabre la boca.

Se lo cuenta.


tbc.