Después, se arrepintió de haber reaccionado así conmigo, me sacó del armario en el que me había metido por horas como castigo y me encerró entre sus brazos, acunó paternalmente mi cabeza contra su pecho, como si fuera un padre disculpándose por haber abofeteado con demasiada fuerza a su hijo, y me ofreció una disculpa. Limpió mis heridas y me envolvió en vendas y curitas, dejando un beso detrás de cada zona lastimada. Confesó también en desesperados susurros que no era su culpa ser así, que no tenía la culpa de nada, sino su progenitor que tenía mal temperamento y le daba palizas a él y a su mamá. Me preguntó si lo perdonaba, y asentí con la cabeza, no porque de verdad lo hiciera sino por temor a que enfureciera de nuevo, sus cambios de humor eran impredecibles y aterradores. Odiaba ser dominado, pero, ¿Qué más podía hacer? Quería seguir con vida, y volver a ver a mi abuelo, al tonto de Viktor y Katsudon quienes por iniciativa de Viktor se hacían creer que eran mis padres, a Yakov y a Lilia aunque fueran estrictos conmigo y me hicieran entrenar hasta el cansancio, quería ver a Beka y volver a sentirme seguro en sus brazos. Tenía que seguir con vida.

El imbécil, y no sólo lo llamo imbécil por lo que me hizo sino porque nunca me dio un nombre, se había quedado una semana en el apartamento después del secuestro vigilando que no intentara nada y adiestrandome como si fuera su mascota para que le obedeciera, ahora partía en la mañana donde yo debía prepararle el desayuno y llegaba en la tarde esperando encontrar la cena lista. Hizo las cosas más fáciles para mí que ya supiera cocinar, Beka era al que se le quemaba todo, habíamos pensado en que se mudara a Rusia para vivir juntos, habíamos planeado un montón. En fin, la tarde siguiente trajo una bolsa con cajas de tintura para el pelo color castaño y base para la cara del tono de mi piel, con los que me pintó la cabeza y las cejas y ocultó mis moretones bajo capas de polvo. Entonces sacó un objeto que me hizo palidecer.

—Este es mi pequeño amiguito, nos acompañará el día de hoy. —Movió la pistola de lado a lado. —Ya que estás tan preocupado por tu abuelo, te llevaré a hacer una llamada para que preguntes por su estado y puedas estar tranquilo, puedes llamar a quien quieras, excepto a la policía, claro está. Si pides ayuda, si tienes la brillante idea de dar un paso en falso, mi amiguito se encargará de disparar contra todo aquel que se involucre. —Chasqueó la lengua un par de veces con desaprobación. — ¿Estarías dispuesto a cargar con esa culpa?

Hice que no con un movimiento de la cabeza.

—Otra cosa más, si preguntan en donde estás, ¿Tú qué vas a decir?

Fruncí el ceño y apreté los puños con impotencia.

—Que me escapé y que no me busquen más.

— ¡Perfecto! —Acarició mi cabello castaño con repulsiva ternura—. ¡Eres un buen gatito, Yura!

«¡No me llames como él, maldito!» Quise gritar, ese apodo estaba permitido sólo para Beka.

Me cubrió de ropa abrigadora y metió su mano con el arma debajo, así parecería que me estaba abrazando o sosteniendo, caminaba con lentitud por los golpes recientes. En cuanto salimos de la casa, nunca estuve tan agradecido de que besara mi cara el invierno, de ser libre, estaba afuera y quise echarme a correr y reír con júbilo, pero la punta de la pistola enterrada en mi espalda hacía que su amenaza fuera una presencia constante en mi cabeza. Condujo al teléfono público más cercano y echó una moneda, tendiendomelo y mirándome expectante. Marqué el primer número que se me vino a la mente y recé por que contestaran, anhelaba escuchar una voz familiar...

— ¿Hola?

Mis ojos se llenaron de lágrimas y exhalé tembloroso: —Viktor.

— ¿Yuri? ¡Oh Dios! Sí, es él. —Lo escuché afirmar a otra persona. —Yuri, ¿En dónde estás? ¿Quién está contigo?

—Estoy... —Titubee, la punta de la pistola hizo presión. —... No puedo decirte.

— ¿Qué? ¿Por qué no?

— ¡Yuri tienes que decirnos para ir a buscarte! — ¡Katsudon!

— ¡No! —Me espanté, ¡Ni loco les iba a decir! El maldito les haría daño. —Digo, no puedo por eso mismo, no quiero que me vengan a buscar, no quiero que me busque nadie, por un motivo me escapé, tontos. Diganle a la policía que pare la búsqueda, estoy bien.

«Por favor, no lo hagan.» Rogué en mi interior.

— ¿Quieres que creamos que te escapaste por tu cuenta cuando te conocemos, Yurio? ¿Sabes lo que le pasó a tu abuelo?

—Sí, por eso llamé en realidad, quería saber cómo sigue.

—Todavía está en el hospital, tiene fiebre y muchos dolores —Me informó Viktor—, según el doctor tiene pericarditis, pero no hay motivo para que no pueda recuperarse.

Nunca me consideré un creyente, pero en ese momento sólo pude decir, Gracias a Dios.

—Esa es otra razón que nos lleva a creer que no te escapaste, Yuri. Si hubiera sido así, habrías venido a estar a su lado de inmediato y nadie podría sacarte.

— ¿Puedes al menos decirnos si estás a salvo? —Pide Katsudon suavemente.

Di un respingo.

—No. ¿Beka está ahí?

—S-sí, te pondremos en altavoz.

— ¿Yura? ¡Yura! ¿Dónde estás?

Su voz. Cerré los ojos. Cómo la extrañaba.

—Beka.

La pistola se hundió más en mis omóplatos.

—Men seni süyemin.

Te quiero en kazajo.

— ¡Yura..!

Colgué el teléfono. Desearía haberle pedido que me enseñara a hablar kazajo.