Imagen 63 y 68.

Digimon no me pertenece. Hago esto sin fines lucrativos.


―La niña del ayer―


―¿Todavía piensas que cambié demasiado?

Aquella pregunta le tomó desprevenido. Indudablemente pensó que sí, la niña del ayer se desdibujaba cada vez que dejaba de sonreír, porque en ella era lo único que quedaba de lo que había sido, su sonrisa dulce.

Con la vista hacia el sol que caía del cielo y se fundía en tonos cálidos, Taichi calló. No quería mentir, respondió con un silencio seco.

No fue difícil adivinar en qué pensaba él, incluso ella pensaba lo mismo. Sora apretó las cadenas del columpio con fuerza, hasta que dolió.

Noches anteriores a ese ocaso, soñó que flotaba en un río de tulipanes grises, de espaldas a millones de estrella. No se veía a sí misma, a la del ahora, veía a una niña de cabellos cortos, de ojos brillosos, con unos goggles sobre su frente. No le pertenecían, eran de otro niño que creyó conocer a la perfección y que tampoco estaba ya.

¿Qué hacían esos goggles sobre su cabeza?

La Sora de adulta, en medio del sueño pesado y gris, se vio hincar una mano sobre la nube de flores. La niña deslizó en el aire un avión de papel, lleno de recuerdos de alguien que ya no era. Corazones flotaban del avión a medida que acortaba el camino hasta sus manos.

―Tú tampoco eres el mismo ―volvió a hablar, rompiendo el silencio.

Taichi apartó los ojos de la puesta de sol. Giró de espacio y le miró, sonriendo al final, una sonrisa que escondía mucho más de lo que dejaba ver.

―¿Por qué lo dices?

―Dejaste de ser el chico de los goggles. Cambiaste el balón por los libros. Ya no eres tan v… ―dejó las palabras en el aire flotando como los corazones que destelló el avión en sus sueños.

―¿Valiente? ―completó, soltando con sorpresa diversión.

La vergüenza pintó el rostro de la muchacha de rojo. Quiso devolver sus palabras, pero Taichi no le dejó. De pie frente a ella le tomó por las mejillas, el cálido toque de su mano le hizo brincar el corazón que marcó el ritmo de segundos apresurados, segundos descontrolados que se paralizaron cuando sintió los suaves labios del niño de los goggles sobre los de la niña del ayer.

Lentamente los separaron. Un beso inocente con sabor a más... Él seguía siendo valiente, ella silenciosa y preocupada. Cambiaron, pero seguían allí, enviándose aviones de papel para hacerse notar.


Gracias de nuevo por sus bellos mensajes.