Outtales 3 - Vuelta a la vida…normal.
-¿Y sí…?- dudó Bella para sorber la nariz- ¿Y si quiere que le arropen con su mantita? ¿O su león de peluche? Le gusta tenerlo cerca cuando se despierta.
Edward no contestó y en el trajín de ir llenando la bolsa de Lexie de pañales, biberones, baberos o ropa para cambiarle, dobló la mantita que tenía sobre la cuna - que la propia Rosalie le había tejido - para ponerla también en la bolsa y coger el leoncito de peluche y posarlo encima.
Pero como a Bella eso no la disuadió siguió insistiendo con Lexie contra su pecho al que acunaba como si fueran a separarse por meses.
-¿Y si no le gusta estar allí? ¿O si me echa de menos? ¿O quiere que le cantes? Lo pasará muy mal- volvió a sorber la nariz- No es buena idea.
Ahora, suspirando, dejó la bolsa sobre la cuna, negó con la cabeza y le hizo un gesto a Bella para que le pasara al bebé. Ella le respondió negando también la cabeza para aferrarse más a Lexie.
-Va a estar perfectamente, amor. Se quedará dormidito en el coche y cuando se despierte alguna trabajadora le dará su biberón. Tiene sus tres favoritos en la bolsa y dos más de repuesto, todo va a salir bien.
-Tú no lo entiendes- murmuró- Y no es buena idea. No puedo explicarte por qué, pero lo sé. Aunque esperaré el tiempo que haga falta para oírte decir: Bella, tenías razón.
Edward ahora se rió y dado que su mujer no iba a soltar al bebé, optó por abrazarlos a los dos, dándole un beso sonoro en la frente a ella y otro en la cabecita a él. Claro que lo comprendía: la vida de Bella en los cuatro meses de Lexie sólo habían sido eso, Lexie, y aunque desde que habían empezado con la lactancia artificial eso le daba una cierta independencia e incluso había vuelto a retomar sus clases del programa online - donde apenas pasaba unas horas en el estudio haciendo los trabajos que le mandaban por email - el momento de tener que separarse espacialmente de él se le estaba haciendo no duro, sino durísimo. La semana pasada habían hecho un ensayo general mientras terminaba de hacer sus papeleos para la matrícula de este semestre y cuando llamó por cuarta vez decidió que sólo tomaría una clase hasta el final de curso porque se volvería loca de preocupación sin saber de su bebé.
-¿Y si al final a Lexie le encanta la guardería y tú te das cuenta de lo que echabas de menos ir a clase? Yo también puedo esperar a oírte decir: Edward, tenías razón.
-Eso no va a pasar- dijo en un refunfuño- Porque aunque sea verdad, jamás lo admitiré.
Se volvió a reír, la besó nuevamente y tras unos segundos de reflexión esperó a que Bella asintiera y quisiera moverse. Tomó la bolsa preparada para ponérsela al hombro y siguió a Bella fuera del cuarto y escaleras abajo.
-Estará bien, cariño- dijo Esme- Además, es muy beneficioso que esté en contacto con otros bebés, potencia su sistema inmunológico. ¿A que sí, Carlisle?
Carlisle miró a su mujer y antes de contestar, suspiró.
-No me hagas representar ese papel, Esme. Bella lleva llorando toda la mañana y me rompe el corazón- contestó- En la guardería tienen mi busca, si ocurre algo estoy a menos de cinco minutos.
-Genial, papá- se quejó Edward- Creía que habíais venido a apoyar. Y me había costado un triunfo que bajara las escaleras.
Carlisle se rió y se acercó a Bella para acariciarle la cabecita a Lexie que respondió al roce de su abuelo con un balbuceo, lo que Bella contestó pasándoselo para que lo cogiera. Aún era muy pequeño pero Bella estaba segura de que si pudiera echar los brazos, lo haría alrededor del cuello de Carlisle para que le acunara sin descanso como siempre hacía. Incluso le sonreía. Era muy cómico: a veces estaban en su Pediatra y el bebé sonreía en su cochecito cuando escuchaba la voz de su abuelo pasillo adelante. Como con Esme. Seguro que conocía la manera que tocaba el timbre porque balbuceaba desde su corralito cuando venía a visitarle. O que le diera el biberón. La miraba con sus ojitos verdes como si se pudiera comunicar con ella.
Por eso estaban allí en aquel momento tan importante, si es que Bella decidía dejarle en la guardería y no huía con él escaleras arriba.
-Estoy bien, estoy bien. Sólo es una hora. Cuando acabe mi clase, llamaré para ver qué tal está. Pero si le oigo llorar, me plantearé allí y me lo traeré a casa.
-Seguro que no hará falta- insistió Edward- Te gustará tanto volver a clase que ni siquiera te acordarás de que Lexie está en la guardería.
-Ahí- se rió Carlisle- creo que te has pasado, hijo. ¿Vamos? ¿Listo para tu gran día, Lexie?- añadió en un arrullo.
Seguro que parecía una maníaca pero podría caminar hasta mirando hacia atrás. Primero, le parecía que por megafonía un bebé lloraba. De psiquiátrico. Y segundo, le daba la sensación que la gente le miraba. Menuda tontería. En aquel campus había estudiantes por centenas. ¿Alguien iba a percatarse que ella retomaba las clases ese semestre? La gente estaría muy ocupaba con su propia vida para reparar en ella.
Gente se saludaba, unos chicos jugaban con un balón en el jardín junto a las escalinatas centrales, una pareja se besaba junto a las puertas…
Lo que se dio cuenta, sí, es que era la única persona que caminaba sola. Todo el mundo lo hacía en parejas o grupos. Bueno, la soledad nunca le había importado, jamás había sido buena haciendo amigos, las chicas que conoció el semestre pasado no habían optado por esa asignatura cuando se lo preguntó vía email, así que debía de ser su destino.
Y estaba demasiado lejos del edificio de Ciencias donde estudiaba Edward.
Bueno, sólo era una hora. Lexie estaba dormido. A la mujer de la recepción de la guardería ni siquiera le daría tiempo a secuestrarlo. Ella llegaría mucho antes.
Edward la había mirado como si estuviera loca, pero tenía toda la razón: ¿por qué aquella mujer de la recepción tenía que besar a su bebé? Su misión era recogerle, coger sus pertenencias y ponerle en su cuna. Pero no, le achuchó, le jaleó, alabó lo guapo que era…
Que rabia le daba que la gente sobara a su bebé.
Entró en su clase y tomó uno de los asientos traseros. Junto al pasillo para salir rauda. Compró que su móvil estaba en silencio, acarició la foto del papel tapiz de Edward con Lexie en brazos y cuando lo iba a guardar para abrir sus libros y comprobar si recordaba cómo se tomaban notas, una chica prácticamente la saltó para sentarse al lado. Le pidió disculpas, dejó un par de asientos libres por el medio y se puso a sacar ruidosamente sus cosas.
El teléfono le vibró en la mano y a punto estuvo de que se le resbalara al suelo, lo que supuso que su compañera de mesa dejara de revolver en su bolsa y la mirara suspicaz.
¿Estás bien? E.
Sonrió a esas simples dos palabras. Para él también había sido duro, aunque no lo admitiera. Seguía con todo ese rollo de que era bueno para Lexie, para ella volver a clase e ir recuperando su vida. Tener una vida normal. Pero ellos dos no eran normales. No era normal haberse casado a los 18 años, tener un bebé, una casa en propiedad y unos suegros con apenas la treintena. No sabía por qué Edward se empeñaba en aquella tontería. Pero cuando le vio besar a Lexie media docena de veces en cada centímetro de su cuerpecito al despedirse de él en la guardería casi estuvo lista para oír el "Bella, tenías razón" que su orgullo le impidió pronunciar.
Os echo de menos. B- contestó rápidamente.
Al segundo, el móvil volvió a zumbar:
Y yo a vosotros. ¿Has hecho amigos? E.
Suspiró divertida mientras empezaba a teclear rápidamente.
Sólo se me da bien hacer amigos en clase de Biología. Y el último se convirtió en mi marido. B.
En zumbidito se repitió en segundos.
Y se siente muy afortunado. Llámame si necesitas algo. Cruzaré el campus por los jardines si es necesario. Te quiero. E.
Sonriendo cual bobalicona, miró el texto del mensaje y acariciándolo de nuevo se quedó quieta hasta que alguien le habló preguntándole:
-¿Ocupada?
La chica de al lado estaba de pie junto a uno de los dos asientos libres que había dejado en medio con todas sus pertenencias en brazos: un bolso rosa chillón y con un reborde de pelusa fucsia, las uñas del mismo color, una carpeta llena de garabatos con purpurina,…
-Eh…- balbuceó- No.
La chica sonrió y tomó asiento, dejando sus cosas en bloque sobre la mesa. Para ello Bella tuvo que apartar su carpeta a un lado y colgar su cazadora en su respaldo para que no la aplastara con aquel bolso tan discreto.
-¿Gucci?
-¿Cómo?- preguntó Bella.
-La…- señaló la cazadora- si es de Gucci.
¡Oh! ¿Era una de esas chicas? ¿Cómo Alice? ¿Por qué siempre se le arrimaban? Sus compañeras de clase del semestre pasado también sabían de esos nombres de marcas, alababan su ropa, su coche o que su piel luciera tan bien sin maquillaje. Y eran agradables, pero ya se sentía bastante conejillo de indias de su hermana política favorita cuando la aturdía con revistas de moda que no le importaban y le mandaba decenas y decenas de bolsas con ropa.
-Eh…- la retiró mejor en su respaldo. ¿Gucci era una persona o simplemente una marca comercial? Debía de consultarlo en Internet. Aunque se le olvidaría. Además, dudara que ese Gucci, fuera lo que fuera, diseñara ropa en los 50, porque Alice le había dado la cazadora al encontrarla al vaciar su armario cuando se mudó a Austin porque había visto que le encantaba la moda de aquella época y se había convertido en su prenda favorita, sobre todo desde que un enorme vientre no le precedía- No. Es… antigua. Una reliquia de familia.
-Pues es preciosa.
-Gracias- sonrió.
-¿Nueva?- añadió la chica.
-Más o menos.
-¿Más o menos?- repitió.
-Empecé el semestre pasado, pero lo dejé temporalmente para estudiar desde casa con el programa online y me vuelvo a incorporar hoy- explicó.
-Soy Cassie- le tendió la mano con una sonrisa.
-Bella- respondió respondiendo al gesto.
-Encantada de conocerte, Bell…- dijo sacudiendo su mano teatralmente- ¡Vaya! ¡Me encanta!
Tiró tanto de su mano que pudo hasta desencajarle el hombro porque la distancia para observar su brazalete no parecía ser el suficiente sin pegárselo debajo de la nariz. Incluso lo tocó. Y no es que le molestara mostrarlo, tampoco lo lucía ni se lo restregaba a la gente en la cara, pero debajo de ese brazalete había una cicatriz en forma de media luna de la que tampoco quería dar explicaciones.
-¿Vintage, también?- añadió la chica.
-¿Cómo?
-Antiguo, como la cazadora.
-Eh, sí, más o menos. Es también… un recuerdo de familia.
-Tu familia tiene muy buen gusto.
Bella asintió en una sonrisa y volvió a juguetear con su teléfono móvil, pero cuando estuvo a punto de resbalársele, lo dejó sobre la mesa.
-Yo tampoco conozco a nadie, no te preocupes- dijo la chica- He cambiado de programa completamente desde el semestre pasado y me he dejado a todos mis amigos al otro lado del campus. Podemos darnos compañía mutuamente, ¿qué te parece?
-Eres muy amable.
-¡Genial!- dijo en un gritito muy de Alice- ¿Qué más clases tienes? ¿Literatura contemporánea 101?
-No, sólo ésta, el resto las hago en el programa online.
-Oh, vaya, sería genial compartir más clases. Aunque eso del programa online suena bien, ¿es fácil?
-Es…- buscó la palabra adecuada- llevadero. Te dan los textos y tienes que hacer los test en el tiempo que te dicen. Tienes tutorías online y entrevistas una vez por semana con la tutora. Está bastante bien.
-Pero… ¡te pierdes toda la diversión!- exclamó- Los chicos guapos, por ejemplo. Le he echado el ojo hoy a uno que espero tropezármelo más de una vez por el campus. ¿Me acompañarás después a la cafetería para ver si me lo encuentro?
-A decir verdad… tengo cosas que hacer y… yo ya tengo a mi chico guapo.
La jovialidad de la chica - a lo Alice- desapareció de la misma manera que la felicidad se borraba de la cara de duendecillo de su cuñada como quien explota una pompa. Las comisuras de los labios se le quedaron tensas formando una línea recta y le bastó apenas scannear toda su figura - desde el pelo, hasta el jersey, hasta posarse en sus manos - para percatarse de la alianza de boda, en un dedo y del anillo de compromiso, en el otro. Instintivamente y como tiempo atrás, cerró el puño rápidamente y sus mejillas se volvieron a turbar a estas alturas de la película, como si tuviera que dar explicaciones.
-¿En serio?- añadió, incluso levantando una ceja- Pareces muy joven.
-Eso dice todo el mundo- murmuró.
-Perdona, perdona- se disculpó rápidamente- No quería molestarte. Sólo que… ¿cuántos años tienes? ¿18?
-19. Con lo mismo insistía mi padre, no te preocupes. Sólo que cuando encuentras a la persona, no quieres perder tiempo.
Emitiendo un suspirito lacónico como quien lee una novela de amor, se le quedó mirando batiendo las pestañas para insistir:
-¿Estudia aquí?
-Está en el programa avanzado para entrar en la Escuela de Medicina.
-Entonces, hiciste bien en pillarle cuanto antes- se rió.
Mordisqueando la taza de papel de su café dio un par de vueltas a la manzana de la guardería de Lexie mirando incluso su reloj. Había acabado su clase, tomado ese café y dos más mientras repasaba notas en la Biblioteca, había hablado con su tutora y ahora caminaba como una posesa acera arriba y abajo del edificio de la guardería.
La mujer de la recepción seguía tras el mostrador, así que no había secuestrado a Lexie.
Bien.
Pero… aún era muy temprano. Le prometió a Edward que por lo menos estaría en la Biblioteca hasta las 12 para ir a comer juntos y que les acompañara a casa en el SUV antes de que él tuviera que regresar a sus clases prácticas. Pero ya no lo soportaba más. Quizás Lexie la añorara. ¡Ella le añoraba! Quería abrazarle, darle un montón de besos y no soltarle hasta que se le empezaran a cansar los brazos, cosa que nunca pasaba.
Así que… cruzó la calle sin más, tiró la taza de café prácticamente inservible y se encaminó hacia el recinto.
-Hola- dijo acompañada del tintineo de la campanilla al empujar la puerta.
La mujer tardó unos segundos en levantar la vista del montón de papeles que manejaba, y cuando lo hizo la miró por encima de sus gafas para sonreír y contestar con voz chillona:
-¡Hola, querida! ¿Cómo han ido las clases?
Sí, la mujer además de sobar a su bebé, se dedicó a interrogarles. Y eso no le gustó en absoluto. Suerte que los Cullen siempre eran buenos en las respuestas rápidas y cortantes y la mujer sólo obtuvo de ellos que estudiaban en Dartmouth, que el doctor Cullen trabajaba en el Hospital y que en principio Lexie no estaría la jornada entera. Ya era suficiente y si no le bastante, le había achuchado de lo lindo.
Y además de por ese dato, le caía bastante mal. No sabía si porque obviamente ella era demasiado joven para ser madre, a Esme la llamaba educadamente señora Cullen, a Carlisle doctor Cullen, ¡incluso a Edward le llamaba señor Cullen! Y a ella querida.
Que despropósito.
Debía de decirle en su avidez de información que cuando se quedó embarazada el señor Cullen - biológicamente - aún tenía 17 años.
-Muy bien. ¿Cómo se ha portado Lexie?
-¡Excelente, querida! Sólo ha llorado una vez y porque estaba hambriento.
-¿Le ha sentado bien el biberón? A veces come demasiado deprisa y vomita después.
-Le ha sentado muy bien. Es un angelito. Las cuidadoras están encantadas. ¿Se lo llevan ya a casa?
-¿Llevan?- repitió.
-El señor Cullen está dentro- señaló el pasillo que llevaba a la sala de las cunas.
¡Oh! ¡Traidor! ¿Así que estaba allí? Lo diría, vamos que lo diría. Tenías razón, Bella. Bien alto y claro. Quedar para comer juntos y después ir a por Lexie. ¡Ja! Dejar a Lexie en la guardería no era buena idea, ¡todos lo sabían! Esme, por mucho que insistiera en el sistema inmunológico ahora que se preocupaba desmesuradamente por la salud de Lexie o Carlisle que había dado incluso el número de su busca de urgencias.
-Sí, creo que ha sido suficiente para el primer día.
La mujer sonrió y empezó a parlotear sobre el tiempo, lo que se notaba que se acercaba la primavera o algo igual de trivial mientras empezó a cumplir su cometido: darle la pulsera a Bella para que pasara al recinto, idéntica a la que le ponían a Lexie para que nadie saliera por el lector de la puerta con el bebé que no le correspondía. Cuando se lo contaron por primera vez, le dio incluso la risa porque ella podía distinguir a su bebé en una habitación a oscuras entre 100 más, pero cuando la mujer se puso seria y empezó a hablar de normas de seguridad, secuestros de padres divorciados o de la alerta Amber, dio gracias por los cientos de dólares que costaba la carísima matrícula que pagaba el dichoso fideicomiso de Edward.
Iba a acompañarla pasillo adelante con su verborrea, pero le dijo que no se molestara que iría sola, así que pudo cruzar hacia la habitación de los bebés. La mujer que estaba allí solamente le sonrió al verle la pulsera y ella sonrió más cuando, al fondo de la habitación donde estaba la cunita que sería de Lexie - identificada con colores con su nombre en divertidas letras con rostro - Edward estaba sentado al lado observándolo, apoyado en los barrotes, mientras le acariciaba con un dedo.
Podía quedarse así, de pie, mirándoles a ambos. Mirando como Edward miraba a Lexie con aquella cara de adoración mientras le acariciaba la espaldita como si la joya más preciada del mundo se tratara. Y en esos momentos daría algo por poder ser ella la que le leyera la mente a él porque seguro que le veía así: el ser más especial del mundo.
Se acercó sigilosa hacia él y antes de decir nada, le puso una mano cuidadosamente en el hombro para estrechárselo, pero Edward dio un respingo para mirarla con ojos casi desorbitados.
-¿Qué…?- balbuceó- ¿Qué haces aquí?
-Esperar a que lo digas- respondió- Venga, estoy lista- cruzó los brazos para sonreír- Bella, mi amor- le imitó fingiendo una voz grave- tenías razón.
Edward meneó la cabeza y se volvió de nuevo hacia Lexie, dormidito bocabajo chupando su chupete y arropado con su mantita de punto, ajeno a todo. Resopló y murmuró:
-No pienso darte la razón. Como tú- apostilló- Jamás lo admitiré.
Se rió, ahora a carcajadas y se entornó hacia él para abrazarle a la altura de los hombros, apoyando la barbilla en el derecho.
-¿Día duro?- añadió Bella.
-No puedes imaginar cuánto.
-¿Por qué? Tú llevas asistiendo a clase desde que Lexie nació. Para ti, circunstancialmente, nada ha cambiado.
-Claro que ha cambiado- respondió, en otra caricia a Lexie- Hasta ayer, siempre estabais juntos. Las dos personas más importantes para mí, estaban bajo el mismo techo. Era una sensación… bonita. Llegar a casa y encontraros a los dos.
Sonrió porque pensaba lo mismo. Era… sí, bonito. Estar todo el día en casa con Lexie, que su vida se compusiera de las dos personas más importantes para ella: de Edward y de Lexie. Preparar cenas, coladas y atenderles. No estaba tan mal. Ni siquiera estuvo mal hacérselo a Charlie cuando vivía en Forks más para ellos, que eran la familia que había formado.
-Es un pensamiento un tanto anticuado, pero me gustaba mucho. Lo que no significa que me disguste que hayas vuelto a clase.
-Lo sé- respondió Bella- Porque si no te hubieras empeñado tanto ni siquiera hubiera retomado el programa online. Y volver a clase no ha estado tan mal- le guiñó un ojo- Incluso he conocido a una chica.
-Vamos a casa y cuéntamelo todo. Lexie ya ha pasado demasiado tiempo aquí.
-¡Eh! ¡Bella!- batió la mano para echar una carrerita hacia ella.
Cassie era una chica genial. Era amable, risueña, agradable y estaba bien eso de conocer a alguien en el campus. Le hablaba sin descanso de los amigos que había conocido el semestre pasado, de su compañera de piso o del chico que le gustaba tanto encontrarse. Siempre insistía en ir a tomar un café juntas o encontrarse en la Biblioteca o incluso en quedar algún fin de semana. Así llevaba constantemente en las dos semanas que llevaban de clase. Pero se había dado cuenta que seguía sin molestarle estar sola, que lo peor del día era separarse de Lexie al dejarlo en la guardería y decirle adiós a Edward hasta el término de su jornada, así que pasar unas horas sin compañía no la matarían.
Por eso, ahora mismo, tras su entrevista con la tutora, había decidido prescindir de la Biblioteca y quedarse sentada en el murete de la entrada disfrutando del sol primaveral aunque decenas de parejas y grupos de personas la rodearan.
-¿Qué haces aquí?- añadió al llegar a su altura.
-Impregnarme de vitamina C- a lo que la chica frunció el ceño- Es una broma que siempre hace mi madre- explicó- Le encanta el sol, vive en Florida.
-¿Ah, sí?- se sentó a su lado de un salto soltando su bolso ruidosamente- Nunca hablas de ella. La verdad que nunca hablas de nadie. Ni de ese marido tuyo- le guiñó el ojo- Tienes que presentármelo. ¡No puedes tenerle escondido siempre, chica! O pensaré que no existe y que ese pedrusco- señaló el anillo de compromiso- lo ganaste en una caja de cereales.
Bella rió sin ganas porque era toda la verdad. Nunca había sido muy dicha a hablar de su vida - excepto con Edward, Alice o el resto de los Cullen - pero normalmente con Cassie se trataba de escuchar sus aventuras. Divertidas, eso sí, nada del estilo de Jessica allá en Forks. Pero quizás quería mantener una parcela de su vida… privada. Sí, eso era. Cuando comenzó el semestre pasado era imposible ocultar el embarazo y ahora era una estudiante más. Y le estaba gustando disfrutar del anonimato.
Además, le ponía nerviosa presentarle a la gente a Edward. Como cuando era vampiro. Antes se trataba de ocultar que no podía mostrarse a la luz del sol, que sus ojos cambiaban de color o la temperatura de su piel. Ahora no podía soportar el magnetismo que seguía ejerciendo sobre el personal femenino como cuando el semestre pasado se lo presentó a sus compañeras, le miraron embobadas y empezaron a dar palmas cuando tenía que quedar con ellas para darles los trabajos al estar de reposo absoluto.
-Está muy ocupado, ya te lo he dicho. Por las mañanas está en el programa avanzado y por las tardes tiene prácticas.
-¿Y los fines de semana? El sábado hay una fiesta en mi residencia. ¿Por qué no os acercáis?
-No creo que sea buena idea.
-¿Por qué?- insistió en un desinflo de felicidad- ¡Será divertido! ¡Anímate!
Lo dijo incluso en un aspaviento, pero cómo explicarle que los fines de semana los pasaban en la Mansión de los Cullen. Era tan pomposo como sonaba. Se marchaban allí para que Esme y Carlisle pudieran pasar su tiempo libre con Lexie y hacer cualquier actividad en familia. Porque nadie tiene unos suegros con la treintena y tienen Mansiones. Ni nadie a los 19 tiene un bebé y sigue estudiando en Dartmouth. Mejor obviar el tema.
-Ya tenemos planes. Muchas gracias por invitarnos- dijo escuetamente- Quizás en otra ocasión.
Como la contestación pareció disuadirla un rato empezó a parlotear de unos zapatos que había visto que seguro que quedaban genial con el vestido que llevaba el lunes, porque si había algo que le gustaba era hablar de zapatos, cuando de repente cesó su verborrea. Incluso se puso pálida y después roja de golpe. A punto de preguntarle si estaba bien o zarandearla - como si de Alice se tratara- dio un respingo para sujetarla por los antebrazos.
-¡Oh, Dios mío! ¡Es él! ¡No puedo creerlo! ¿Me está mirando? Dime que sí. Dime que sí.
-¿De qué…?- Bella meneó la cabeza- ¿De qué estás hablando?
-De el chico. Se acaba de bajar de ese coche plateado. Me gusta hasta su coche. Lleva una cazadora azul. ¿Me mira? ¿Me está mirando? Podría desmayarme ahora mismo.
Bella volvió a menear la cabeza y miró, jardín adelante, a los estudiantes que pululaban por allí. Un chico de sudadera negra corría tras otro que escapaba con un balón. Otro de cazadora verde saltaba los setos que delimitaban el camino para llegar a un grupo sentados en el césped. Otro, de gris, saludaba a una chica efusivamente. Y…
… Edward avanzaba por la acera principal que llevaba a las escalinatas de la Biblioteca.
Con una cazadora azul. Comprobado.
Y el Volvo estaba aparcado en la primera fila delante de la acera.
Se puso nerviosa de golpe. ¡Menuda tontería! Pero se puso. Tener a Edward entre un grupo de personas donde no se movía normalmente le tensaba por ese tipo de reacciones. Porque después vendrían las miradas de suspicacia. ¡Como en Forks! Del tipo de "Bella Swan en muy poco para Edward Cullen y la dejará muy pronto" que escuchaba constantemente en los pasillos cuando sus ojos cambiaron perpetuamente al verde y las chicas dejaron de tenerle miedo. Y eso era una completa locura porque ya ni siquiera era Bella Swan, sino Cullen. Llevaba un anillo que lo demostraba. Dos, para ser exactos. E incluso el blasón en su muñeca. Y su boda no sólo había sido mágica por lo preciosa y emotiva que le había parecido, si no porque desde ese día dejó de sufrir ese miedo atroz a que Edward la dejara.
-Vi…- tartamudeó Cassie- Viene hacia aquí. No puedo creerlo.
-Es…- contestó con la boca seca- Es Edward.
-¿Le conoces? ¿Sabes su nombre?- cacareó cual gallina.
Asintiendo en un mohín, movió el dedo anular de la mano izquierda que a Cassie le costó incluso seguir. La miró de hito en hito y justo se giró para mirar a Edward subiendo las escalinatas hasta el murete con esa sonrisa que derretía al mismo metal mientras se bajaba las gafas de sol, roja cual tomate.
-¿Escaqueándote de la Biblioteca?- dijo- Me has estropeado la sorpresa.
-Hace muy buen día- se excusó- Pero tengo los libros aquí- movió su carpeta- Iba incluso a estudiar.
Le volvió a sonreír y le dio uno de sus sonoros besos en la frente, aferrándola por la cintura para estrecharla contra él. Después reparó en la chica que le faltaba el aire y educado como era siempre, contestó cual caballero:
-Que descortés por mi parte, espero no haber interrumpido ninguna conversación privada.
-No- suspiró Bella- Sólo hablábamos de…
… ti, y de que atraes a todas las mujeres del mundo, ¿crees que me es fácil vivir con eso?- pensó como si ahora le pudiera leer la mente.
-… los deberes de clase- concluyó.
-Asumo entonces que eres Cassie- dijo él- Encantado de conocerte, soy Edward- le tendió la mano- Bella me ha hablado de ti.
La chica pestañeó como si le costase. Y seguía roja cual tomate. Miró, a cámara lenta la mano que Edward le tendía y primero reparó en la muñequera con el blasón - le faltaba sumar dos más dos para darse cuenta que eran iguales- para corresponderle no sin buscar antes la alianza en la izquierda que seguramente probaba que no le estaba tomando el pelo.
Cuando por fin lo hizo y su riego sanguíneo volvió, balbuceó:
-A mí también me ha hablado de ti. Que quieres estudiar Medicina y eso. Poca cosa más. Bella es muy reservada.
Edward le miró levantando una ceja con un gesto totalmente divertido y estrechándola más contra él, añadió:
-Se le debe de haber pegado de mí. Porque antes Bella era muy abierta. Ahora le gusta el misterio.
-Oh, no- insistió Cassie en otra oleada de rubor- No soportaría a nadie más misterioso. Tengo suficiente con mi compañera de habitación. ¿No te lo he contado? Ayer me salta con que cree en vampiros y que viven entre nosotros. Está completamente loca.
Bella emitió un ruido entre un tosido nervioso y una deglución de golpe que a punto estuvo de ahogarla más cuando Edward se rió a carcajadas, estrechándola más, si era posible.
-¿Vampiros? ¿Y cómo saldrían a la luz del sol?- añadió jocoso.
-Con protectores solares de pantalla total- puso los ojos en blanco- ¿No es de locos?
-Yo tengo otra teoría- insistió Edward- Viven entre nosotros e incluso tienen trabajos normales. Pero en turno de noche. O en lugares que siempre está nublado. Y si consigue pasar unas pruebas, algunos hasta se vuelven humanos.
Cassie abrió la boca hasta el suelo y como la que se estaba poniendo ahora roja era Bella, sin soportar más la situación, exclamó con otra risa nerviosa:
-¡Edward! ¡Deja de decir locuras!- volvió a reír- Vampiros que se vuelven humanos. ¿Qué va a pensar Cassie de nosotros? Creerá que de aquí vamos a alguna reunión de ocultismo o cualquier cosa por el estilo.
-Tienes razón- dijo en otra de esas sonrisas que derretían el metal- Perdona mi broma. Y perdóname por hacerte prescindir de la compañía de Bella, pero venía a secuestrar a mi esposa para que pudiéramos comer juntos.
-¡Claro! ¡Claro! ¡Faltaría más! ¡Id y divertiros!- exclamó en su jovialidad- Mañana hablamos, Bella- añadió guiñándole teatralmente un ojo.
Eso es lo que pasaba. Por eso se ponía nerviosa. Ahora sí que la gente les miraba. Y pensarían qué hacía una chica tan zarrapastrosa con un chico tan guapo. Y eso que seguía el protocolo de moda de Alice: nada de mezclar colores, ni usar zapatillas viejas, ni texturas, ni…
Llegaron al Volvo y como siempre, Edward le abrió la puerta para que pasara, la cerró y lo rodeó para entrar por su puerta. Le pidió que se pusiera el cinturón y después arrancó, pero hasta que no se incorporó al tráfico no habló.
-He reservado mesa en ese restaurante italiano al que fuimos el otro día. Aunque tus raviolis con setas son mucho mejores- dijo apretándole la rodilla en una caricia.
Bella asintió y siguió inmersa en el paisaje que se sucedía por su ventanilla: el tráfico de las calles de Hanover a medida que se separaban del distrito universitario. Y de la guardería. ¡De Lexie! Aún ahora le horrorizaba hacer cualquier tipo de actividad lejos de su pequeño.
-¿Todo va bien?- insistió Edward- ¿No te habrá molestado la broma sobre los vampiros? Te noté un tanto tensa.
-Cassie habla mucho, se le habrá olvidado pensando en cualquier trivialidad.
-¿Entonces…? ¿No te ha gustado la sorpresa? Quizás debí decirte que tenía unas horas libres por si habías hecho planes.
-No, sólo que…- suspiró- Mañana me querrá interrogar. Y no me gusta. Me recuerda a Forks, a Jessica y a Angela- volvió a suspirar- Creía que esa etapa ya estaba superada.
-Ahora no tienes nada que ocultar, mi amor. Todo está claro. Y cualquiera que vaya a comprobarlo no encontrará ningún cabo suelto.
-No me refiero a eso. Me refiero a nosotros. A ti, en especial. Siempre me hablaba de un chico guapo que se encontraba por el campus, ¡y eras tú! Ahora querrá saberlo todo: cómo nos conocimos, cuándo nos casamos, si existe alguna posibilidad que nos divorciemos…
Edward se echó a reír a carcajadas apretándole de nuevo la rodilla, lo que ofendió más a Bella, si cabe, que cruzó los brazos enfadada lanzándole una mirada furibunda. Edward se disculpó y añadió:
-Puedes empezar por la clase de Biología, seguir mostrándole el Álbum de Boda y diciéndole que no, que no existe ninguna posibilidad. Sería gracioso que alegáramos diferencias irreconciliables y que amenazaras con contar todo lo que sabes de mi familia si no te cedo nuestras pertenencias que no están en régimen de separación de bienes- se volvió a reír.
-No le veo la gracia- se quejó dándole un codazo.
-Perdona- añadió de nuevo divertido- Parece una chica amable. Seguro que sólo quiere conocerte un poco mejor. Dijiste que te gustaba entablar amistad con alguien de clase.
-Pero eso fue después de saber que estaba obsesionada con volver a toparse contigo. Oh- bufó- Me es muy duro vivir así, ¿sabes?
Se echó a reír de nuevo y repitiendo su caricia, concluyó:
-Tonta Bella. Tú sabes que yo jamás me fijaré en nadie más. Ni me fijé. Durante 90 años. Te esperé durante todo ese tiempo y esperé pacientemente aquellos horrible 40 días que me parecieron una eternidad más.
-¿Pacientemente?- rió Bella- Eso no lo piensan los tirantes de mis sujetadores de lactancia.
-¿Me he perdido algo?
Con la pregunta, dejó caer sus libros en bloque sobre la mesa, como cada día, y la saltó para tomar su asiento. Bella negó con la cabeza, dejó de juguetear con su teléfono móvil y se sentó con la espalda recta lista para lo que fuera que se le avecinara. Pero eso no era duro; tras haber pasado la comida de la tarde anterior con Edward y después regresar a casa con Lexie, separarse de ellos hoy por la mañana le había costado un triunfo. Además, Lexie parecía algo acatarrado. Debía de estar bajo su mantita con él para verle estornudar, cuyo gesto era - una vez más- igual que el de Edward.
La chica se sentó, pero no abrió su bolso, ni tomó sus lápices, ni nada: cruzó los brazos mirándola sin pestañear.
-¿Qué?- preguntó Bella.
-¿No te enfadarías, verdad?
-¿Por qué?- añadió.
-Porque dijera que… Porque Edward fuese…
Su color de piel en la cara - debajo del maquillaje - empezaba a tornar bermellón - así que como había captado a lo que se refería dijo rápidamente:
-No, no te preocupes, estoy acostumbrada.
¿Había sonado tan pedante como se lo había parecido? Así que añadió en tono explicativo:
-Edward suele llamar la atención allá donde va. Él y toda su familia. A veces siento…- exhaló el aire- que soy yo la única que no encaja entre ellos.
¡Ops! ¿Había dicho eso también? ¡Vaya! ¡Y eso que quería dejar algo para el terreno personal! Pero… bien pensando, nunca hablaba con nadie. Y si lo hacía era con los Cullen. Cuando comenzó el semestre pasado tenía otras cosas en las que pensar y la única persona con la que se había sincerado, Angela, sabía demasiado poco de su vida, cuando estaba ocupada en ocultar mentiras, para llegar a conocerla tan bien. Así que quizás…
-¡Que dices!- exclamó Cassie- Hacéis una pareja perfecta. Y parecéis muy enamorados.
-Gracias- añadió con su rubor.
-¿Cómo fue? Lo tuyo con… Edward.
Suspiró hondo. Bueno, qué más daba. Ya le conocía. Y si no contaba nada, seguiría interrogándola. Así eran las chicas. La inmensa mayoría, cotillas por naturaleza. Seguro que sólo quería conocerla un poco mejor, como decía Edward. Así que Biología-Boda-No divorcio, como él explicó.
-Nos conocimos en el Instituto, en penúltimo curso. Nos casamos al graduarnos. Nos mudamos aquí. Y después llegó Lexie.
Le dijo tan rápido que hasta sopló al terminar porque casi se hago. Seguro que a Cassie le costó seguirla porque tardó unos segundos en reaccionar a su mensaje de telegrama para dar un saltito en su asiento.
-¿Lexie?- repitió- ¿Tenéis una hija?
-Hijo. Alexander. El diminutivo se le ocurrió a Edward, pero ahora todos le llamamos así. Y yo tenía razón, es demasiado cursi para un niño- añadió frunciendo el ceño.
-¡No! ¡Es muy cuco! ¿Cuántos años tienes? ¿No tienes ninguna foto?- exclamó en su jovialidad.
Se le pintó una sonrisa de oreja a oreja. Hablar de Lexie: ¡eso le encantaba! Podía hablar horas y horas con Charlie por teléfono de las cosas que hacía, de sus gustos, disgustos o de la personalidad que ya demostraba. Como con Rosalie, Alice, Jacob o incluso con Renee, aunque siempre le interrumpiera con sus trivialidades. Lexie gobernaba el 90% de sus conversaciones. Y a veces pasaba medio día y se daba cuenta de que con Edward sólo había cruzado palabras sobre el bebé. "Eso es lo que significa ser padres", les decían siempre Carlisle y Esme.
Sin más desbloqueó su teléfono móvil y buscó una de las centenares fotos que tenía. Una de primer plano, sonriendo y haciendo una pompita con la saliva. Era para morder directamente el aparato.
-Tiene cuatro meses, ésta es de hace unas semanas.
Cassie cogió el teléfono y se lo pegó debajo de la nariz para observar la foto al detalle antes de exclamar:
-¡Dios mío! ¡Es precioso! ¿Cómo un bebé puede ser tan lindo?
-Supongo que se debe a que es una copia exacta de Edward- respondió para reírse.
-¿Por eso dejaste de asistir a clase y te matriculaste al programa online?
Asintió y tendió la mano para que le devolviera el móvil antes echándole un vistazo a la foto de nuevo. Pasó la siguiente y esa era de Edward con Lexie en brazos mostrándole al bebé su reflejo en el espejo donde apoyaba una manita e incluso ella salía reflejada apuntándoles con el móvil. Podía pasarse horas mirando las fotografías.
-Ahora sí que me siento mal- dijo en un suspiro ruidoso.
-¿Cómo?- preguntó Bella saliendo de su ensimismamiento.
-No solamente mi chico guapo está casado, sino que es contigo y ¡es padre!- emitió el mismo suspiro- Con eso seguro que estoy condenada al infierno.
Bella se echó a reír justo para guardar su móvil y abrir sus libros ya que el profesor entraba en el aula.
