Aquella era una mañana como cualquier otra, sentía cierta pesadez en su espalda y el dolor de la herida de su estómago volvía a dar señales de vida, se acarició la pequeña cicatriz y estiró los brazos. Bostezó. Aún era temprano y tenía tiempo suficiente de darse una buena ducha y prepararse para ir al trabajo, no era algo que la apasionara pero cuidar de las flores y plantas superaba con creces sus expectativas de acabar barriendo los suelos de la ciudad de Tokio.

Se alzó y fue prácticamente a rastras hacia el baño, tras desvestirse se metió en la ducha, el agua se sentía tan bien. Cerró los ojos.

- Yo soy la novia de la rosa, y a partir de hoy seré su flor.

"Hime…miya"…

-Jamás podrá convertirse en mi príncipe… porque es una chica.

Apagó el chorro de agua y se llevó las manos a la cara, aquellos recuerdos intermitentes llevaban atormentándola desde hacía un año y por más que intentaba no conseguía descifrar nada de su pasado… se dio por vencida.

Salió de la ducha y se miró al espejo, su largo cabello le caía cubriéndole el rostro "¿Quién soy…?" se sentía impotente y vacía, notaba que algo en su subconsciente deseaba salir pero no tenía la fuerza suficiente para brillar entre todo aquel mar de confusión.

Agarró su ropa y tras peinarse se vistió, había perdido demasiado tiempo y si no se apresuraba llegaría tarde al trabajo. Se desplazó hacia la cocina y tomó un café algo cargado mientras ojeaba el periódico, uno de los titulares llamó su atención "La Academia Ohtori ha sido galardonada…" vaciló unos instantes, "Academia… Ohtori" parpadeó, le quedaban tan solo cinco minutos y aún tenía que abrir y preparar la tienda.

Bajó precipitadamente las escaleras del edificio saludando a la vecina que fregaba con ímpetu el rellano del recibidor.

"No estoy muy lejos de la floristería… no puedo quejarme" se puso la chaqueta a la par que corría llamando la atención de todo aquel, hombre o mujer, que se la cruzara. Fuera quien fuera todos se paraban un segundo junto a furtivas miradas para contemplar su esplendor.

Al fin llegó al pequeño local, sin embargo éste ya estaba abierto lo que le dio a entender que su jefe ya debía estar dentro.

- Buenos días – Saludó sin atreverse a entrar – Lo siento… llego tarde…

Un joven apareció por la puerta y la saludó con una sonrisa, era alto y de cabello oscuro, cualquiera que le viera podría decir que era un hombre atractivo. De hecho, ese era uno de los pilares base de aquella floristería, la razón por la que acudía tanta gente y su nombre se había hecho famoso era por él, Nakamura Kano. Muchas jovencitas al salir de clase se pasaban por la floristería a comprar cualquier niñería tan solo para estar unos instantes junto a él y poder dirigirle la palabra, cabe destacar que la llegada de Utena provocó que una nueva oleada de chicas, y esta vez también de hombres.

- Pasa Tenjou, no seas tímida. – Nakamura hizo un gesto con la mano invitándola a entrar – Estaba acabando de podar las rosas, la mayoría de clientes las prefieren sin espinas… sin embargo no se dan cuenta que esa es una parte del encanto que tiene la flor.

Kano siempre estaba hablando de flores, era un apasionado del tema y con mucha razón había sacado adelante y sin ayuda aquel local.

Utena echó un vistazo a su alrededor mientras se situaba en el interior de la tienda, todas las macetas estaban a la derecha y a su izquierda el mostrador de madera de roble le daba la bienvenida. El suelo de piedra tenía aspecto de estar recién fregado por lo que pasó con cuidado dirigiéndose a la parte más sublime de la floristería, el invernadero.

Al más puro estilo de una jaula para pájaros, el invernadero se alzaba en un pequeño patio interior de que disponía el local, sus paredes de cristal y el hierro forjado color nieve le daban un aspecto encantador y permitían que la luz que se reflejaba en la multitud de plantas y flores que allí se exponían saliera al exterior cautivando la sala.

- Veo que ya lo has recogido todo Nakamura… - Utena se quitó la chaqueta y la colgó en el guardarropas de dónde sacó un delantal color beis adornado con el logotipo de la floristería.- ¿Has regado también los rosales?

Kano se echó a reír y con una sonrisa ladeada le contestó.

- No, sé que esa tarea adoras hacerla tú, así que por favor haz los honores – le pasó la regadera y Utena la tomó con cuidado devolviéndole la sonrisa.

Él se dirigió a la puerta y volteó el cartel de "Cerrado", aún era demasiado pronto y los clientes tardarían un poco en llegar, se giró y se quedó mirando como la joven regaba con sumo cuidado aquellas flores, el color de sus cabellos parecía desprenderse de la variedad de rosas de ese color y le pareció, ahora más que nunca, magnífica.

- ¿Has dormido bien Tenjou? Te noto cansada – le hablaba desde el mostrador donde comenzó a preparar la parte tecnológica del negocio y encendió el ordenador.

- No del todo… He vuelto a tener pesadillas… - Utena rió dulcemente y continuó encargándose de las flores.

- ¿De nuevo las mismas? - Él la contemplaba con preocupación pero ella no se percató de aquella mirada.

- Si… a veces pienso que hay algo en mi cabeza que quiere salir… pero últimamente sueño cosas dispersas, cosas… - paró un momento – solo unos ojos verdes, muy profundos y serenos, que me miran sin parpadear…

- Espeluznante – bromeó.

- No, sé que sonará extraño pero, tengo la impresión que me transmiten esperanza… y estoy segura que alguna vez pude contemplar esos ojos – Utena hablaba en tono serio.

- Puede que fueran de algún ex novio tuyo, Tenjou. – Kano intentó que aquello sonará como una broma más pero en el fondo de su corazón deseaba que no fuera así.

- Esos ojos no son de hombre Nakamura – Ella rió satisfecha y continuó acariciando con sutiles gotas de agua los pétalos que cuidaba.

Kano pareció tranquilizarse y tras emitir un leve suspiro fue a recolocar las macetas.

- ¿Te importa que te deje sola unos minutos? – Tras acabar con su tarea se acercó a la joven – Ha salido una nueva variedad de flor y me gustaría comprar sus semillas para ver cómo se defiende.

En sus términos, defenderse significaba cómo aquella planta se las ingeniaba y daba lo mejor de sí.

- No pasa nada, tampoco incendiaré el local – Utena le sonrió con malicia y le dio un beso en la frente – Pero no vuelvas muy tarde, ya sabes que a la hora de cobrar a los clientes me hago un lio…

- Eso es porque no tratas bien al ordenador… - Kano le dio unas palmaditas en la cabeza.

- ¡Es él que no me trata bien a mí! – Ambos rieron y él dio media vuelta, después de coger su chaqueta salió por la puerta.

El sonido de la campanita avisó a Utena que Nakamura ya se había marchado y al acabar de regar las rosas dejó la regadera en el armario de herramientas "A esperar…".

Se sentó detrás del mostrador dejando su mirada fija en un punto al azar y se cruzó de piernas, los únicos recuerdos que tenía de su vida era lo sucedido en torno al año y medio que había vivido en aquel piso y había trabajado para Nakamura, se llevó la mano a la cabeza. Le dolía no poder recordar nada, no poder saber quién era y de dónde venía… y es que todo comenzó aquel día…

[…]

Se despertó en un hospital con un fuerte dolor de pecho y cabeza, por alguna razón no notaba el estómago y más tarde tras contemplar una cicatriz que en él se dibujaba entendió el por qué. La sala era pequeña y ella estaba conectada a un par de máquinas que no sabía del todo qué hacían… Se escuchó el ruido de la puerta y un hombre de mediana edad entró por ella.

- Veo que has despertado. – Le dijo en tono amable mientras depositaba una libreta en la mesita que había junto su cama - ¿Cómo te sientes?

- P-pues bien… - tartamudeó un poco al principio y carraspeó para que su voz volviera a adquirir el tono habitual – Algo mareada y confusa…

El doctor se le acercó y le tomó el pulso.

- Veamos… - aquel aparato frío en contacto con su piel le provocó un ligero escalofrío. – Todo correcto.

Aquel hombre dio media vuelta y echó mano de nuevo de su libreta, la cual abrió y esta vez también llevaba un bolígrafo.

- ¿Sabe cómo se llama?

Ella se quedó parada y sus pupilas se agrandaron, por más que lo intentaba su mente era un vacío inmenso del que no podía extraer ni su propio nombre… notó como el pánico y la confusión la llenaban y sutiles gotas de agua salada bajaban contoneándose con su mejilla.

- Ya veo… como pensábamos sufre usted pérdida de memoria transitoria, por el momento no es capaz de recordar nada de su pasado debido a un fuerte shock que debió haber tenido – el doctor le hablaba despacio pero de forma clara y concisa – no obstante, hay una posibilidad que en un futuro pueda volver a llenar ese vacío.

La sala permaneció en un incómodo silencio.

- De todos modos – se levantó y rebuscó algo en un cajón de la mesita – Tenga.

Recibió un sobre blanco con un emblema dibujado en él, le pasó la yema de los dedos por encima "parece una rosa…" acto seguido abrió el sobre. La carta que había en su interior estaba pegada con celo, en ella figuraba un nombre como claro destinatario "Tenjou Utena".

- Estaba entre los efectos personales que llevaba encima el día de la operación.

"Tenjou Utena" ese debía ser su nombre, continuó leyendo la carta pero no entendía nada, el duelo llamado revolución, la novia de la rosa… todo aquello le sonaba a películas de época de samuráis…

[…]

La campanita de la tienda volvió a sonar seguida de "Un momento, por favor" balbuceado por la dependienta, Utena estaba ocupada y distraída recordando y había olvidado sus quehaceres y que debía atender a los clientes. Alzó su muñeca y contempló el reloj "Es pronto…" se sacudió levemente el delantal y avanzó a paso firme hacia el mostrador.

La figura de la mujer, o mejor dicho, la joven que había esperándola la sorprendió, llevaba un vestido corto lila muy sugerente acompañado por un cinturón que marcaba su cintura y un sombrero de paja que dificultaba la visión completa de su cara pero los cabellos ondulados que caían por sus hombros y los dulces labios que enmarcaban su rostro hacían que Utena adivinara de antemano que se trataba de una mujer preciosa.

- Buenos días – la saludó ella desde el mostrador - ¿Qué desea?

Aquella joven se acercó y tras dibujar una sonrisa alzó la mirada, aquellos ojos verdes se clavaron en la piel de la dependienta y parecía que fueran a atravesarle el alma, aquellos ojos con los que tantas veces había soñado, estaba segura de que eran esos. Por su parte la mujer misteriosa tan solo volvió a sonreír ante el asombro de la otra y entreabrió los labios intentando decir algo pero la fuerte emoción que sentía aquel momento le dificultaba el habla.

- Al fin nos volvemos a encontrar… señorita Utena.