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III

Dibujo

(Eres como un arcoíris: estás llena de vida y color).


Ariana contemplaba el horizonte desde la ventana de la biblioteca; callada, pensativa, ausente. Un grueso cuaderno, viejo y desgastado, descansaba sobre su regazo y una pluma le bailaba entre los dedos en una especie de danza silenciosa. Aberforth buscaba libros sobre el control de la magia y, a ratos, dejaba sus quehaceres y se limitaba a mirar a Ariana. A veces le parecían horas; otras, segundos. Fuera como fuere, Aberforth disfrutaba con la simple imagen de una Ariana tranquila y en aparente paz.

Ariana se movió bruscamente, sin previo aviso, y sin acordarse de que aún tenía el cuaderno apoyado sobre las piernas. Éste se deslizó por su falda y calló al suelo con un golpe seco que sacó a Aberforth de su ensimismamiento, haciendo que dejará de fijar su vista en Ariana y se dirigiera hacia el cuaderno en su lugar.

—Toma, ten más cuidado —le dijo tendiéndole el cuaderno que acababa de recoger— ¿en qué pensabas?

—En nada —contestó ella aún ausente.

Aberforth hizo amago de volverse y seguir con sus asuntos pero algo le llamó la atención y lo maravilló casi al instante.

—¡Ari! ¿Cómo has hecho eso?

—¿El qué? —preguntó ella sin comprender. Bajó la mirada hacia donde apuntaba el largo y huesudo dedo de su hermano y se encogió de hombros—. Es solo un dibujo. ¿Qué tiene de malo?

—No tiene nada de malo, Ari. Simplemente no sabía que fueras capaz de crear algo tan hermoso.

Sobre lo que antes había sido una lámina blanca y sin vida, Ariana había conseguido plasmar un hermoso paisaje de tan bellos y vivos colores que era imposible describirlos todos. Los amarillos y naranjas brillaban con luz propia, los azules parecían saltar de la hoja y acariciarte la piel como los primeros vientos frescos de otoño, los verdes eran como música que silbaba en tus oídos y los rojos y rosados bailaban y se fundían en tu retina. Fue solo entonces, tras la oleada de sensaciones, cuando Aberforth se dio cuenta de que Ari tan solo tenía una pluma, sin tinta, entre sus manos.

—Y no lo hago. No lo sé, no se siente como si fuera yo. La mayoría de las veces no soy consciente de lo que plasmo en el papel. Yo solo me limito a pensar, a divagar... y la pluma se encarga del resto. A veces no tengo ni que tocarla, se empieza a mover sola cuando algo bonito se me viene a la mente.

—Eso es increíble, Ari. ¿Por qué no me habías hablado de eso antes?

—No es nada importante. Albus y tú sí que hacéis cosas increíbles. Magia.

—Ari, lo que tú haces también es magia.

—Ya, magia inútil —suspiró ella con tono casi desesperado.

Aberforth se acercó a ella y la abrazó.

—Algún día te darás cuenta de lo especial que eres, de todo lo que vales. Y el resto del mundo también.

—Me da igual el resto del mundo, hermano. Solo me importa lo que pienses tú —le dijo la pequeña acariciando su rostro.

—Y yo creo que eres única, Ari. Poderosamente única.


¿?