Al día siguiente regresé a Kioto sin ánimos de nada, como si una parte de mí se hubiera ido y dejara medio cuerpo apenas funcionando. Porque esa parte era mi padre…

Sanosuke me recibió, y al ver mi cara desencajada no pudo más que decir:

-Akira…lo siento mucho.

Y me quebré.

-Sano, mi padre se fue. Extraño a una persona que no existe más…quedé con un vacío tan de repente…parece como si me hubieran dado un golpe en la cabeza, aún no lo puedo creer. – le decía entre sollozos, mientras mi amigo me daba suaves palmadas en la espalda - Ahora necesito ese trabajo más que nunca, Sano…tengo que ir a hablar con mi primo en Radio En Confidencia… - No necesitaba exactamente el trabajo para vivir, pues mi padre me había dejado una herencia; sino más bien para distraerme y ocuparme de algo, y así cumplirle a mi viejo la promesa de hacer lo que me haga feliz.

Me dirigí entonces al edificio que compartían la Gaceta de Kioto y la Radio En Confidencia, que si bien no pertenecían al mismo dueño, compartían información y empleados y trabajaban juntos en la cobertura de casos importantes.

Para llegar a la redacción de la Gaceta de Kioto había que subir una escalera donde sólo cabían dos hombres delgados, y a duras penas un hombre gordo; al verme subiendo la escalera, el portero me miró como si no pudiera creerlo: al final, no era algo común que la gente subiera las escaleras que llevaban a la redacción, la Gaceta de Kioto pertenecía al gobierno del Estado y era un periódico que agonizaba, vivía en un estado de penuria, y estaba atrasado en el pago de la redacción — y el del portero — desde hace seis meses.

Económicamente, el panorama no era el mejor; pero como había dicho antes, no lo necesitaba.

Al verme, ya en la desierta redacción donde viejas máquinas Remington parecían abandonadas, un agitado periodista que iba de aquí para allá, llegó a mi encuentro; era alto y delgado; su rubia cabellera de punta me recordaba a las escobas, y tenía un extraño tic en el ojo izquierdo, al principio pensé que era tuerto. Era Cho Sawagejo, la voz de Radio En Confidencia.

-¿Quién eres? – me preguntó, abriendo los dos ojos.

-Soy Akira, primo de Shinji Kiyosato, dijo que estaría aquí por la tarde.

-Ah, el primo. – era evidente que había sido avisado - Siéntate, ¿quieres un pastel?

-No, gracias. Ya comí.

Cho se dispuso a tomar unas carpetas para luego regresar al estudio a hacer su programa. Antes de salir, me dijo:

-Shinji-san ya debe regresar en un momento. – y agregó con una sonrisa - El reportaje que vas a hacer será historia.

-¿Qué reportaje?

-¿No te contó? - preguntó divertido - ¡Vas a cubrir el caso de Harikēn Kaoru! Tienes que descubrir por qué ella fue a parar a la Zona Bohemia. – y cerró la puerta, dejándome solo y perplejo.


La noticia del debut de Harikēn Kaoru en la profesión más antigua del mundo se extendió como pólvora por todo Kioto. Luego de anunciar la noticia, esa misma noche, Kaoru iba a hacer su presentación pública saliendo por primera vez del Aoiya desde que llegó para ir al Akabeko Dancing a disfrutar del espectáculo. Está demás comentar que hubo un batallón de hombres ansiosos y periodistas a la caza de una foto, una entrevista o simplemente tocarla.

Y cuando salió la susodicha del Hotel Aoiya del brazo del travesti Kamatari, se hizo el silencio. Parecía una diosa, con un vestido azul marino que resaltaba sus ojos y dejaba sus hombros al descubierto. Se la notaba temerosa, era la primera vez que salía a enfrentar al mundo después de huir de su boda; pero Kamatari le dirigió una sonrisa de aliento y un guiño cariñoso, y así los dos, altivos, se dirigieron al cabaret.

-Siéntate aquí, Harikēn. – le indicó Kamatari, una vez adentro y tranquilos.

-Gracias, Kamatari. – Ella miraba embobada el lugar. ¡Jamás en su vida había entrado a un cabaret! La iluminación tenue, en general de color rojo, junto con la música y los clientes le daban al lugar un aire más pecaminoso de lo que el nombre incitaba.

-¿Qué quieres beber?

-Sake.

-Trae sake, y del bueno porque se lo merece, y a mí un anís. – le dijo Kamatari al mozo, luego se sentó junto a ella en una diminuta mesa - Este es el Akabeko Dancing. Creo que puedo considerarme tu madrina, a fin de cuentas fui yo quien te bautizó como Harikēn Kaoru y ahora todo el mundo lo dice, en las radios, los periódicos…

-Hablan mucho… - repuso Kaoru.

-Y tú hablas poco, cosa que está bien. – le dijo el travesti con simpatía.

Al otro lado del salón, cerca de la barra, Shura y Yumi observaban a la extraña pareja.

-Ya están todos locos por esta Kaoru. – protestó Yumi entre dientes. Shura soltó una bocanada de humo antes de contestarle.

-Y bueno, es así cuando alguien tiene un trato muy delicado. Muy diferente de las mujerzuelas que andan por aquí. – dijo mirándola significativamente y volviendo a meter el cigarro a la boca.

-Para mí esas delicaditas terminan siendo las peores. – Yumi no se daba cuenta de la indirecta, concentrada en Kaoru - Porque aquí las mujerzuelas lo son por necesidad, ella ni eso. Está aquí porque le gusta todo esto. – y de repente cayó en lo que Shura le insinuó y la miró fijamente - Al fin y al cabo la vida de prostituta es horrible.

-Calla esa boca, Yumi.

-¡Yo no soy prostituta! ¡No me confundas! – se alteró la otra, para luego darse aires - ¡Soy una artista, una estrella! Estoy aquí para hacer mis shows y no a ofrecerme en el salón como ustedes. Pero si me gusta un hombre estaré con él, soy libre y no le debo explicaciones a nadie. Tengo admiradores que me dan regalos y esas cosas. Y eso, pequeña, es muy diferente de la prostitución.

Shura no se quedó atrás.

-¿O sea que la prostituta aquí soy yo? – inquirió - Yo vine aquí a bailar, a disfrutar. Prostituta es la comadreja de Misao que se anda ofreciendo en la calle…

Pero Shura no contó con otra persona que estaba cerca de ellas.

-¿Qué les pasa conmigo? – reclamó una molesta Misao saliendo de entre las sombras - Escúchame bien, yo me paro en un poste de una calle CERRADA, no en una calle cualquiera como muchas otras.

Yumi suspiró. Al fin y al cabo, en el fondo sabía que las tres eran la misma cosa.

-Permiso chicas, en un momento daré mi show. – y se fue ceremoniosamente a su camerino.

Misao seguía quejándose.

-No me gusta estar en este salón, hay mucha cobra suelta. – le dijo a Shura, señalando a Yumi - Sólo estoy para ver que Kaoru esté bien y no le pase nada nada en este nido de víboras. – se dirigió al barman - ¡Pon mi cognac en la cuenta de Yumi! – y ella y Shura rieron a carcajadas.

Kaoru en cambio, se ponía más nerviosa. Había divisado a dos hombres que la miraban desde uno de los extremos del salón. Pero no eran cualquier par de hombres: eran amigos de Enishi, personas que ella conocía de su vida anterior y con los que se llevaba bien. Hasta ese momento, en que ya no la veían como la prometida de su amigo, sino como un buen pedazo de carne listo para ser devorado.

Kamatari percibió eso y con una mano tomó a Kaoru por la barbilla, obligándola a levantar la mirada hacia él y hacia ellos.

-La mujer debe ser siempre superior, debe saber darse valor. – le dijo seriamente - Sea en un palacio o en la zona, ella debe ser siempre una reina y nunca sacarse la corona de la cabeza. – luego agregó en un tono más jocoso - Yo por ejemplo, tuve muchos hombres a mis pies; y si un hombre puede eso, imagina una mujer. ¡Brindemos por Harikēn Kaoru! – terminó, arrancando una sonrisa del rostro de su nueva amiga.


Como un poseído, Kenshin le arrebató a Sanosuke el paquete que éste le había traído. Paquete que contenía sus adoradas jaleas de ciruela hechas por su madre. Eran su debilidad…

-Mi madre no se olvida de mí… - murmuró mirando su tesoro. A continuación, tomó un vaso y vertió jalea en él, y se lo ofreció a Sanosuke.

-Akira no vino porque comenzó su trabajo en un periódico. – dijo Sanosuke levantando la mano para rechazar el ofrecimiento de su amigo, qué manías raras tenía ese pelirrojo condenado - Va a cubrir el caso de Harikēn Kaoru.

-¿Quién es Harikēn Kaoru? – preguntó Kenshin sin mucho interés, tomando jalea del vaso como si fuese agua.

-Ay,mira lo que haces. – se asqueó Sanosuke, luego le preguntó, sorprendido - ¿Realmente no lo sabes? ¿No lees los diarios o escuchas la radio? Kenshin, no se habla de otra cosa en toda la ciudad.

-No me interesa nada excepto Dios, Sano.

-Kenshin, nunca tuviste novia, nunca fuiste a una fiesta, nunca tomaste. – empezó a burlarse su amigo. En realidad quería empaparlo un poco del mundo real, le molestaba que fuera tan mojigato - Si Dios quisiera que así fuera la gente, lo sería. Pero la vida no es así en la realidad. – Dicho esto se dirigió hasta la cómoda del pelirrojo donde tomó un enorme frasco con galletas.

-¿Y qué tipo de vida es ésa? Unos queriendo dominar a otros, ¿qué es eso, Sano? – cuestionó Kenshin.

-¡El mundo es así, Kenshin! – contestó Sanosuke, pasando una de las galletas en la jalea. Él sí la comería como era debido - El mundo es así, y no puedes hacer nada. Ya llegué y encontré la manera de incomodarte, mira nada más. – le dijo divertido y con la boca llena.

-Si cada persona se preocupase un poco, se notaría la diferencia. – explicó Kenshin mientras el otro seguía comiendo - Para construir una pared, hay que ir paso a paso, ladrillo a ladrillo…

-La única pared que me interesa es la del mundo del cine, ¿ya pensaste lo que sería una marquesina enorme que diga Sanosuke Sagara y Marilyn Monroe?

Kenshin supo que era inútil razonar con Sanosuke. Y menos cuando Hollywood entraba en la discusión.

-¿Quién es Harikēn Kaoru? – preguntó como si nada, para cambiar de tema.

-Un monumento que está en la Zona Bohemia… - empezó Sanosuke con cara de bobo, pero Kenshin lo interrumpió.

-Ya entendí. No hace falta que me expliques nada más…

Sanosuke lo miró con cariño y diversión.

-Kenshin, Kenshin, eres un personaje…

-¿Ya encontraste trabajo? – intentó de nuevo cambiar de tema.

-No, aún no. Pero ya vendrá. Bueno, tengo que irme. – se apuró su amigo y se fue, dejándolo solo en su celda. Kenshin suspiró con una sonrisa; ese Sanosuke era un caso perdido. Miró a su crucifijo y dijo:

-Sano tiene esa cosa de no gustarle el trabajo y pasarse hablando de Hollywood, pero es una buena persona. Tiene un corazón de oro. Es así porque su mamá…fue criado en la casa de uno, de otro. Y él habla de esos lugares pecaminosos sólo para hacerme enojar. – luego dijo en un tono más angustiado - Aunque…estoy sintiendo una tristeza. Primero pensé que era por causa de Sano…pero no…


En ese momento, en medio de la vorágine en torno al Akabeko Dancing, logré colarme dentro junto al fotógrafo Daigoro Okuma, quien trabajaría conmigo en el caso. Mientras ideábamos una forma de acercarnos a Harikēn Kaoru, una figura bastante conocida llamó mi atención. Me miraba y hacía anotaciones con el cigarrillo en la boca, y aunque no lo distinguía bien, sospechaba quién podría ser.

-Daigoro, ¿aquel hombre es Hajime Saito? – le pregunté a mi compañero.

-Es él.

-Maldita sea, parece que puede estar en todos los lugares al mismo tiempo…ve y fíjate que está anotando. – le pedí.

Mientras me hacía el tonto, Daigoro se deslizó sigilosamente hasta quedar detrás de Saito y ver sobre su hombro lo que hacía. Volvió antes de que el policía se diera cuenta y me dijo con expresión grave.

-Te está dibujando a ti.


Al día siguiente llegó el gran día. El día en que Harikēn Kaoru se convertiría en miembro de la Zona Bohemia de manera oficial. Cuando Daigoro y yo llegamos, cámara y libreta en mano, la fila de hombres se extendía por toda la rotonda Kasshin. Ya quisieran el padre Anji y mis tías que esa cola fuera de feligreses.

Hannya peleaba con quienes querían pasarse de listos y echar un vistazo en el cuarto 304.

-¡Aléjense! ¡Sólo van a poder entrar cuando ella diga!

En ese mismo momento, en el convento, Kenshin era víctima de otra crisis de fe.

-Tengo una sensación muy extraña…como si alguien me estuviese llamando…y yo quiero atender a ese llamado…pero no sé de dónde viene… ¿Quién me llama? ¿Quién me espera?

Kaoru se había preparado como nunca. Peinada, maquillada y perfumada como nunca. Se había puesto su vestido de novia, tal como el día en que no se casó. Le parecía una buena manera de presentarse, pues fue conocida al principio como "La novia", sin contar que perdería esa noche su virginidad. Estaba posicionándose y dando los últimos retoques cuando alguien llamó a la puerta.

-¡Adelante!

Era Hannya, que quería saber si estaba lista, pero al verla quedó mudo. La miraba como si fuera una aparición, y estuvo así por unos minutos hasta que volvió a la realidad mientras Kaoru le sonreía dulcemente.

-¿Ya pueden? – quiso saber, y al asentir ella volvió a salir - ¡Ya saben! ¡Van a entrar y cuando la bombilla roja se prenda tienen dos minutos adentro! ¡Ahí voy a tocar la puerta! ¡Tienen dos minutos! ¡Dos minutos! ¡Que entre el primero!

El primero fue Tani Juusanrou, un profesor que había estado desde el mediodía haciendo guardia para encabezar la procesión de hombres y ser el primero en la vida de Harikēn Kaoru. Cuando entró, el pobre hombre no estaba preparado para la maravillosa visión que le esperaba. Una bella novia mirándolo fijamente para luego acercarse a él con ese embriagador perfume de jazmines.

-¿Es verdad? ¿Es verdad que eres virgen? – preguntó ansioso.

Sudaba a montones, así que Kaoru tomó un pañuelo y empezó a pasárselo por la cara; el profesor se sentía morir.

-Te estaba esperando a ti. – se limitó a contestar ella.

Dicho esto, le dio la espalda para que el hombre pudiera desabotonar su vestido. Él lo hacía con cuidado, para no romper esa bella tela que envolvía a su adorada. Una vez desvestida, le ofreció sus senos para que los tocara, y él, tembloroso, los adoró por un buen rato hasta que fueron a la cama. A Kaoru no le importaba perder la virginidad con él, un hombre feo, regordete y viejo, pues para ella él tenía igual o más derecho que hombres como Enishi y sus amigos de disfrutar de las cosas bellas y placenteras. Lo recibió de mil amores, y el profesor fue todo lo gentil que ella nunca vio en un hombre.

Un rato después, ya consumado el acto, Kaoru prendió la luz roja. Hannya, que estaba afuera, vio la bombilla brillar y bramó:

-¡Dos minutos! ¡A partir de ahora sólo tienen dos minutos!

Y a partir de allí, también comenzaba el hechizo de Harikēn Kaoru. Le había entregado su virtud a un hombre que a su juicio se lo merecía, y ahora la muy astuta sólo le daba dos minutos al resto de los hombres (salvo a sus amantes más poderosos); obviamente en dos minutos nadie podría poseerla, teniendo en cuenta que ella hacía toda una previa bailando y rodeando seductoramente a sus víctimas. Y cuando se la querían llevar a la cama, esos dos minutos de oro ya habían pasado y no quedaba más que desearle suerte al próximo. Pero no se enojaban, les bastaba estar en ese cuarto de jazmín con esa mujer bailando desnuda a sus ojos para sentirse satisfechos.

En eso radicaba la leyenda de Harikēn Kaoru. En que tenías la ilusión de tenerla al alcance de tus manos, pero se escurría como el agua y nunca la podrías poseer.

Me encontraba con Daigoro haciendo guardia fuera del hotel, listos para hacer preguntas a los que pasaran por la cama de Harikēn Kaoru. Al ver al profesor salir con cara de tonto, corrimos a su encuentro.

-¿Cómo se está sintiendo? – pregunté, listo para anotar su respuesta.

Tani Juusanrou no encontraba palabras para describir lo que sentía en ese momento.

-Es como … como…como oler perfume… - trató de decir, para luego salir disparado como loco a gritar por las calles de la ciudad - ¡Harikēn Kaoru!

Horas más tarde, al cerrar el Hotel Aoiya, Kaoru salió a saludar desde el balcón a la marejada de clientes que clamaban por ella. A Lenin le hubiera dado envidia tal clamor.

-¡Kaoru! ¡Kaoru! ¡Kaoru!

Mientras ella les tiraba besos y sonrisas.

-¡Kaoru! ¡Kaoru! ¡Kaoru!


Más tarde, durante el día, las noticias no se hicieron esperar.

-¡Primera plana! ¡Harikēn Kaoru, musa del pecado!- gritaba el repartidor de diarios - La Iglesia le declara la guerra a Harikēn Kaoru. Y lanza campaña para la construcción de La Ciudad de las Camelias. Padre quiere acabar con la Zona Bohemia.

Mientras compraba un diario de esos en el bar Shueiya, frente al Akabeko Dancing y el Hotel Aoiya, Aoshi Shinomori se enfrascaba en una discusión con Oibore Yukishiro.

-¿Sabes qué hay detrás en todo eso de La Ciudad de las Camelias, Yukishiro? – le decía - ¡Especulación inmobiliaria! ¡El padre Hoji no es más que el testaferro de Hiko Seijuro!

-Pero para ustedes, los comunistas, es más conveniente que la Zona Bohemia continúe aquí, en esta parte de la ciudad. – replicó Yukishiro.

-¡No pierdes la oportunidad de desmoralizar mi partido!

-¡Qué partido! Todo el mundo sabe que esa Kaoru es más responsable por la huelga que tu partido. – le retrucaba el otro.

-No te permito…

-Lo dicen las estadísticas. Más del 60% de los empresarios bancarios están afectados por el Mal de Kaoru.

-¿De dónde vienen esos datos? ¿De dónde vienen esas estadísticas? – Y así estuvieron toda la mañana discutiendo.


Mientras, en la casa de la tía Akane, el padre Hoji convocó a una reunión de emergencia para tratar el asunto.

-Soy justo. – empezó muy solemne su discurso - A Magdalena lo que es de Magdalena. Si las magdalenas quieren seguir con su oficio, está bien. Pero no en el centro de una ciudad como Kioto. No en el corazón de una ciudad que crece y se desenvuelve, que se está ganando el derecho de una capital del mundo. Vamos a llevarlas a la periferia. Vamos a construir para ellas La Ciudad de las Camelias, donde podrán vivir en paz y dejar en paz a las buenas familias. – no contento con eso, agregó - Y allí es donde los comunistas se ocultan. Los comunistas están aliados a esa escoria para intentar robar ese proyecto. Por eso, he de pedirles ayuda. La mujer es la gran fuerza de la sociedad. Estoy seguro que el gran cambio no se dará sin ayuda de las mujeres. – y llegó un momento en que se arrebató - ¡Sólo las mujeres pueden detener el avance peligroso de los comunistas que quieren plantar en nuestro país cosas de afuera! ¡Tomar el poder para liquidar la religión! ¡Incendiar las iglesias! ¡Abolir la familia! Estoy seguro que la señora Akane Yukishiro como presidenta de la Liga por la Defensa de la Moral y las Buenas Costumbres sabrá orquestar como nadie el valiente coro de las mujeres de la zona de Kansai, exigiendo un basta.

Y la tía Akane, ni lerda ni perezosa, le puso la guinda del pastel a la reunión:

-¡Estamos dispuestas a todo para defender nuestras casas, nuestros maridos, nuestro hijos, y a la tradicional familia japonesa! ¡Mujeres unidas jamás serán vencidas! – gritó, entre aplausos de los presentes.


Mientras, durante el programa radial, Cho estaba contentísimo con la polémica levantada:

-Y quien nos escribe es una esposa desesperada, que nos dice: mi marido fue atacado por el Mal de Kaoru, y ahora me trata como si fuera una extraña. – narraba con voz de circunstancia - Vive distraído, con la cabeza en las nubes. – y cuando terminó - ¡Es el Mal de Kaoru, mis amigos! Un dulce mal que ataca a los hombres de Kioto. Y continuamos la encuesta, llámenos y diga su respuesta, ¿usted está en contra o a favor de la Zona Bohemia? ¿Y de La Ciudad de las Camelias?

Una joven:

-Estoy en contra. Yo estaba de novia, nunca tuve una sola pelea con mi novio. Hasta que en la despedida de soltero él perdió la cabeza por esa tal Harikēn Kaoru…

Una señora:

-Quien tiene marido no tiene más sosiego. Hay que tomar cartas en el asunto y ya.

Y Misao:

-Escribe: es más fácil mandarme al cementerio que llevarme a esa Ciudad de las Camelias. ¡De aquí nadie saca a Misao Makimachi! ¿Lo escribiste? Quiero ver…

Hacíamos parte de las encuestas en la calle, éstas mostraban que el 85% de la población de Kioto estaban a favor de la creación de La Ciudad de las Camelias; es más, una maqueta de la futura ciudad, que recordaba una ciudad liliputiense, podía ser vista durante el día en la plaza del Ayuntamiento de Kioto, donde quien quisiese podía firmar el manifiesto que sería entregado a la Cámara Municipal pidiendo la aprobación del proyecto. Ciertos puntos no estaban claros, por ejemplo: ¿Quién estaba detrás de la creación de La Ciudad de las Camelias?

Como con Yukishiro pero con más tacto y sin dar nombres, el consejal comunista Aoshi Shinomori denunció a la Cámara:

- La Ciudad de las Camelias no pasa de una brutal y cruel especulación inmobiliaria. Prometo dar con el nombre de quien esté detrás de todo esto.

Pero el padre Hoji Sadojima, autor del proyecto, retrucó:

- Estamos ante la voluntad expresa de Dios. Y en materia de Dios usted no es un experto.

Y obviamente, la Liga por la Defensa de la Moral y las Buenas Costumbres, presidida por la tía Akane, lideraba la campaña a favor de La Ciudad de las Camelias. Todos opinaban; todos, menos la parte más interesada: las prostitutas.

Y después de unos días de suspenso, la tía Akane convocó a todos los hijos de Adán y Eva a la gran manifestación en pleno territorio enemigo, en el corazón del pecado, la rotonda Kasshin.

En los muros de la ciudad donde estaban escritos, ya un poco atenuados, eslogans como "La industria es nuestra", empezaron a mostrarse inscripciones a favor y en contra de La Ciudad de las Camelias; y en algunas plazoletas y puntos centrales, como la rotonda Kasshin, se manifestaban con una nueva frase: " Harikēn Kaoru es nuestra". Y en ese clima febril, me ordenaron:

- ¡Vas a entrevistar a Harikēn Kaoru!

Y fui; junto con Daigoro Okuma fuimos una tarde al Hotel Aoiya; pero vimos con estupor que ella estaba rodeada de otros periodistas aunque no les decía nada concreto, sólo se reía de la situación que había provocado.

-¿Pero todo ese escándalo es por mi culpa? – reía; cuando se deshizo de todos ellos, Daigoro y yo nos acercamos, rezando para que aceptara darnos la entrevista. Cuando se lo planteé, me miró y preguntó - ¿Entonces tu periódico quiere saber de mí? ¿Cuál es tu nombre?

-Akira Kiyosato, de la Gaceta de Kioto.

-Gaceta de Kioto… Ven mañana a las 15 hs a la habitación 304, y ahí decido si doy o no la entrevista.


En ese mismo momento, en el convento de los jesuitas, la tía Akane miraba impresionada al atractivo y pelirrojo joven que tenía enfrente.

-Así que usted es el Santo, Kenshin… ¡Dios mío! ¡Pensé que encontraría a un señor mayor! Tan joven y ya con aura de santo. Usted es el santo que estoy necesitando, Kenshin.

-¿En qué puedo ayudar, Akane-san? – preguntó Kenshin amablemente. Conocía de nombre a la beata.

-Su fama ya se extendió por todo Kioto y no hay quién no le respete. Por eso, vine a pedirle ayuda sobre el asunto de la…Zona Bohemia. – explicó la tía Akane, bajando la voz.

-La Zona Bohemia…

-Sí.

-La Usina del Pecado…

-Sí.

-Ya sé qué es. – dijo Kenshin tranquilamente - Dios está siendo desafiado por el demonio.

-Y el demonio ya tiene su representante, Harikēn Kaoru. Y es necesario que nosotros también tengamos un líder. Una figura en la que apoyarnos. Por eso vine a invitarlo, en nombre de la Liga por la Defensa de la Moral y las Buenas Costumbres para asumir el comando de nuestra campaña.

-La señora puede contar conmigo.

-¡Qué bueno! – festejó la tía Akane - Será un enfrentamiento entre el pecado y la virtud. El Santo Kenshin contra la fuerza maligna de Harikēn Kaoru.


A la mañana siguiente, Kaoru frunció cada vez más el ceño a medida que leía el diario; enojada, lo dejó a medio leer. Había escuchado algo por el estilo y quería confirmarlo con Shura.

-Shura, ¿cómo es que se llama el jesuita ese?

-Creo que Kenshin o una cosa así. Dicen que es santo…

Kaoru hizo un gesto de burla. Santo. Sí, claro.

-Si fuera santo no estaría enredado con Akane Yukishiro para meterse en la vida de quien no le hace mal a nadie. – repuso.

-Ella mandó rezar por tu alma allá en el convento de los jesuitas…

Kaoru se levantó de un salto, alterada.

-¿Por qué por mi alma? ¡Yo no morí! ¡No estoy muerta para que anden pidiendo por mi alma!

-Dice todo eso aquí en el periódico… - le mostró Shura.

-¡Pues mira lo que voy a hacer con ese santo! – Kaoru le arrebató el diario y furiosa lo empezó a romper. Poco sospechaba ella (y todos) que en el futuro ella rompería algo más en él.


-Su nombre tiene mucha fuerza, Santo. Por eso venceremos. – le dijo la tía Akane a Kenshin cuando volvió a verlo esa mañana.

-Dios vencerá, señora. Dios.

-Pero el diablo está costando mucho trabajo. – explicó ella - Hoy fui a buscar al jefe de la policía a exigirle un archivo. Usted no sabe hasta dónde esa niña puede llegar. – dijo como si estuvieran hablando de una criminal - Tengo vergüenza de traerle una cosa así, pero es para que tenga una idea de la gravedad de la situación. Están repartiendo fotos indecentes, claro que no vi nada. Tome. – y le extendió la carpeta maldita.

Ya en su celda, Kenshin se deshacía en rezos mientras miraba de reojo esa carpeta demoníaca, donde supuestamente había evidencia de esa sicaria del diablo llamada Harikēn Kaoru. Se debatía consigo mismo, no sabía si abrir o no ese expediente. Sabía que si lo hacía no tendría nada de malo, al fin y al cabo era para informarse sobre el enemigo. Pero algo lo inquietaba.

-¡Si mi misión en esta tierra es lidiar con el demonio… - miró al crucifijo con horror - ¿Será que estoy siendo víctima de la astucia del demonio? Eso es lo que hace con los hombres, sucedió con Adán… ¿Será que ésta es la manzana que el demonio me ofrece? – corrió a buscar la jalea de ciruela y se llevó una cucharada a la boca - Ay, cuando como esta jalea me siento tan bien. ¡No voy a mirar!

¿Si nuestro Santo tenía dudas y crisis? Las tenía, y no eran pocas como ya les narré, pero las resolvía degustando la jalea de ciruela hecha por Sakura-san, su madre, eximia cocinera; de esta manera, cuando la guerra entre los dos Kenshin, el Santo y el pecador, parecía anunciar la victoria del pecador, él — al contrario de otros religiosos que se auto flagelaban chicoteando el propio cuerpo – se llevaba a la boca dos o tres cucharadas de jalea de ciruela y el Santo vencía.

Pero se preocupaba, y mucho, de una cuestión: era un Santo que aún no había hecho ningún milagro, — apenas derrotaba las tentaciones de la carne — y es en esa cuestión milagrosa donde entraba Harikēn Kaoru.

Mientras él seguía ahogado en sus propias tribulaciones.

-Sólo tengo miedo de precipitarme… ¿Cuál es mi prueba? ¿Mirar o no mirar? ¡No debo mostrar miedo al demonio! ¡La Biblia dice que si temo el enemigo vencerá! ¡No tengo miedo del demonio al no querer mirar esas fotografías!


-¡No puedo creer que gastes en un vestuario tan lindo por esos hombres! – exclamó Misao mientras husmeaba el vestidor de Kaoru, ésta estaba sentada, inmersa en un libro de Geografía General - ¡Yo que trabajo en la calle y no en un cuarto no gasto nada en esos condenados! ¿Pero cómo te preparas?

-Con sedas, ligas, zapatos combinando, con perfume…ellos vienen aquí a soñar, no quiero decepcionar a nadie… - contestó ella sin sacar la vista de su libro.

Misao se quedó de piedra cuando vio un chal negro con estampado y apliques de flores.

-¡Qué cosa linda! ¡Parece de princesa! – se maravilló, mientras se lo probaba.

Kaoru miró.

-Entonces te lo regalo. ¡Te queda bien!

Misao se puso seria y se quitó la prenda.

-No me digas eso, no combina conmigo. Es muy delicado, y mírame…

-¡Misao deja de ser boba! – la regañó Kaoru y fue hacia ella - No tienes que tener vergüenza de arreglarte. Quédatelo, no me hagas un desaire. – se volvió a sentar y escuchó unos golpes en la puerta - ¡Entra!

Mi corazón latía acelerado cuando Daigoro y yo llegamos a la puerta del cuarto 304; la puerta estaba entreabierta, igualmente toqué, asomé la cabeza y la vi, sentada en un sofá, a la chica del bañador dorado, tenía en las manos un libro de Geografía General, y sentí el fuerte y embriagador aroma a jazmines que ella usaba; cuando nos vio dejó el sofá, cerrando el libro y marcando la página con un dedo, y caminó hacia nosotros, que la mirábamos como un par de idiotas.

-¡Los estaba esperando! – nos recibió con una sonrisa; Misao se retiró en silencio con su nuevo chal, se lo restregaría en la cara a las demás - ¿Quieren refresco de grosella? ¡A mí me encanta el refresco de grosella! – mientras nos servía el refresco, me miró - ¿Eres pariente de Aiko Kiyosato?

-¿Eh? – salí de mi aturdimiento.

-Si eres pariente de Aiko Kiyosato. Miss Japón.

-Sí, es mi prima…

-Fue mi amiga del colegio. ¿No se van a sentar? – nos invitó -¿Les gusta la geografía?

Volvió al sofá, cruzó las piernas, mostrando las rodillas, sus inolvidables rodillas.

-More or less. – contesté, queriendo hacerme el gracioso.

-Well, do you speak English? – se alegró - ¡Me encanta la geografía! Lo que más me gusta es hacer preguntas de geografía. ¿Probamos?

-¿Y qué apostamos? – preguntó Daigoro. Ella lo miró de forma seductora.

-Un beso. Quien acierta se gana un beso. – dijo - Así que les voy a hacer una pregunta muy fácil, ¿cuál es la capital de China?

-¡Hanói! – contestó Daigoro sin pensar.

-No, no es. Hanói es la capital de Vietnam. ¿Y tú?

Me miró, esperando mi respuesta.

-Pekín. – le dije, sintiéndome vencedor - La capital de China es Pekín.

Ella me puso cara de burla y me dijo:

-También te equivocaste. Pekín es la capital de Mongolia.

Pero yo capté su juego, y no iba a dejar escapar mi premio.

-No, señora. Y puedes darme el beso porque gané la apuesta. La capital de China es Pekín. – aseveré.

-Es Shangái.

-Pekín.

-Entonces verificaremos. – repuso ella alegremente - Este atlas de geografía no me dejará mentir. – un segundo después me miró - Así que estabas en lo cierto, la capital de China es Pekín. Quien debe, paga.

Se aproximó y, con una sonrisa, besó mi rostro con todo el pecado del mundo.

-¿Por qué viniste a la Zona Bohemia, Kaoru? – le solté.

Y la sonrisa se le borró de la cara.