NA:
No actualizábamos desde Febrero. Ruego nos perdonéis pero el capítulo se descontroló y ha acabado teniendo más de 80 páginas.
Ha sido un poco infierno.
Finalmente, lo hemos dividido en dos. Este, Crêpes, y el siguiente, que supongo que tendremos corregido para la semana que viene.
Esperemos que la historia os esté gustando tanto como a nosotras escribirla.
Referencias necesarias del capítulo a:
-Moll Flanders
- It
- Bridget Jones
- Ruther Hauer
- Lady Gaga
-Alaska Thunderfuck
- Sonata Arctica
- Simple Minds
- Verdi
BSO del Capítulo de Hoy:
- Letter To Dana de Sonata Arctica
- Don't You de Simple Minds
- Your Makeup is Terrible de Alaska Thunderfuck
Las canciones están guardadas en la lista del Fic, Periscope, de Spotify, cuyo link es el siguiente:
user/mykacam/playlist/1B5NVK5calwRwhLAU0vvb1
Disculpad nuestro francés, hacemos lo que podemos, si detectáis algún error, no dudéis en decírnoslo para que podamos corregirlo.
La receta de Crêpes es facilísima y está riquísima, podéis hacerla en casa.
La trama se complica, como veréis se introducen ligeras subtramas que poco a poco iremos aclarando o cerrando.
Odiad a Spandam, por favor, nosotras lo hacemos.
Este fic está escrito con la única pretensión de entretener y con amor, con mucho amor y cariño y muchas de las situaciones que se explican o que se perfilan, están basadas en hechos reales. Esperemos que siga vuestro interés por la historia.
Estaría bien que dejarais algún comentario con vuestras impresiones.
No podemos contestar a veces, porque FFiction no nos deja, pero tenéis nuestros tumbrl. sanjiaholic y camfrica, donde os atenderemos con gusto.
Gracias a tod s.
#loveislove
.2.
Crêpes con Nata, Chocolate, Nueces y Miel.
2 huevos, una tacita de harina, 2 tacitas de leche, nata, chocolate fundido (Nocilla o Nutella), nueces picadas, miel, azúcar, 1 trozo de mantequilla de un dedo de grosor.
En el vaso de la batidora (o si tienes mucha traza y bíceps, como Sanji, a mano) mezclas la harina, la leche, los huevos (os recomendamos que primero lavéis la cáscara de los huevos y después los rompáis, uno por uno, en un vaso aparte, y después los pongáis en el vaso de la batidora. Si alguna vez os ha salido un huevo podrido, entenderéis por qué, y si no, os lo podéis imaginar…) y un poco de azúcar, batiéndolo hasta que quede una masa fina.
En una sartén mediana se ponen un par de daditos de mantequilla, a fuego bajo. Cuando la mantequilla se haya fundido y esté bien esparcida por la sartén, vertís la masa en una de las tazas que habéis usado para las medidas de harina y azúcar -esperemos que sean las mismas medidas de taza, que, si no, la liais- y la derramáis sobre la sartén, procurando que se extienda bien por el fondo y se forme una masa fina.
Se deja cocer un par de minutos y cuando veáis que se empieza a dorar por abajo, le dais la vuelta y cocéis otros dos minutos más. Lo sacáis sin que se os rompa y lo dejáis en un plato.
Es el momento de rellenarlo con lo que vosotros queráis: nueces, miel, nata, chocolate… Pero también caramelo, fresas, plátano…
Se pueden hacer saladas.
Sanji se despertó tiritando y con un espantoso dolor de cabeza.
Abrió los ojos lentamente y por un angustioso momento, creyó que estaba en el infierno, en aquella casa. Ahogando un gemido y desorientado, se incorporó de repente, con el corazón acelerado por la taquicardia. Esperando encontrarse con aquel tipo a su lado, casi se cae del estrecho sofá donde había pasado la noche. La calefacción debía haberse apagado hacía rato, porque el frío del ambiente del salón le hirió en la cara, escociéndole en el rostro.
Aun jadeando y con los ojos desorbitados por el pánico, recordó varias cosas: que no estaba allí, sino en casa de un tío con el pelo teñido de verde llamado Zoro, que su coche estaba destrozado y que él se hallaba atrapado en aquel pueblo de mierda llamado Bighorn.
Gimoteó y se dejó caer hacia atrás, tumbándose de nuevo en el sofá donde había pasado la noche. Se quedó varios minutos en esa postura, intentando no pensar en aquel tipo hasta que, finalmente, se llevó una mano a la cabeza, frotándose los ojos con los dedos. Si por lo menos se le pasara ese maldito dolor de cabeza podría pensar con claridad. Las costillas también le dolían y recordó que, aunque había salido del consultorio del Doctor Chopper con una receta de analgésicos bajo el brazo, aún no los había comprado y, por tanto, no tenía nada que le aliviara el dolor.
Alargó la mano izquierda, buscando la sábana y las mantas que le había dejado Zoro para echárselas por encima. Estaba helado. Hacía un frío de tres pares de cojones y aquel juego de cama no era suficiente para él, que era tan sensible a las bajas temperaturas.
No sabía qué hora era. Su teléfono móvil estaba en el bolsillo del abrigo de paño que los tres cabrones del día anterior habían destrozado. No sabía si se lo habían cargado o no, porque el cacharro, que tenía ya tres años y estaba bastante trotado, se había quedado sin batería justo después de salir del casting.
Su Ipad estaba en la maleta, con la ropa que aquellos hijos de puta habían convertido en jirones. No creía que los mamones esos hubieran encontrado el cacharro, porque siempre lo guardaba en un doble fondo que tenía la valija, aunque tampoco le extrañaría encontrárselo destrozado.
Le esperaba un día de perros. Tendría que limpiar mínimamente su coche, buscar un mecánico, llamar al Sr. Doflamingo para explicarle lo que había pasado, a los chicos, a Sabo que estaría preocupadísimo…
— Mierda…
De todas las cosas que debía hacer, la llamada al dueño de los estudios era la que más le preocupaba. No podía decirle al Sr. Doflamingo que si se había quedado un rato más en Bighorn y no había vuelto a Dressrosa con todos los demás era porque se había presentado a un casting. Tampoco podía contarle la misma milonga que le había soltado a Sabo (y aun sabiendo que su amigo no se lo tragaría, no le haría preguntas). Y es que el Sr. Doflamingo era un hombre realmente inteligente, que daba miedo, y a veces, incluso parecía leer los pensamientos de los demás, o intuir lo que realmente sentían, por eso había llegado a lo más alto de la industria del porno.
— Mierda, mierda, mierda… — Repitió. Tampoco tenía ni puta idea de cuándo abrirían nuevamente la carretera, pero por lo que había oído aquellos días en Drum, iba a estar por lo menos, un mes incomunicado allí.
Tenía ganas de fumar, pero no iba a hacerlo en casa de Zoro sin saber si al hombre-musgo le molestaría. Eso le recordó que no podía quedarse allí y debía buscar alojamiento.
Si bien, lo primero que haría después de ir a la policía (porque esta vez, sí pensaba denunciar a aquellos hijos de puta) es acudir al Robson Park, hablar con Miss Bakkin y negociar un precio de estancia razonable por el tiempo que tuviera que permanecer en Bighorn.
El dinero no era problema.
Tenía una nada despreciable suma depositada en el banco, además de un fondo para imprevistos. Y, estaba claro que aquella situación se podía calificar de imprevisto.
O de putada, más bien.
Se sentó en el sofá, de medio lado, con las piernas estiradas encima de los cuadrantes y las mantas por encima.
Como una abuela.
Desde su no tan cómoda posición, dirigió la vista hacia el ventanal que le quedaba delante y se quedó unos minutos observando el exterior.
Suspiró con resignación.
Sus despertares no eran tranquilos, pero aquella mañana, y al encontrarse en un sitio extraño, había sido especialmente angustioso. ¿Cuantos años habían pasado ya desde lo de aquel tipo? ¿Tres? ¿Cuatro? Se estremeció involuntariamente, intentando quitarse aquellos jodidos recuerdos de la cabeza.
"Eres un pedazo de mierdecilla…"
No.
"Buen chico. ¡Mírame!"
No, joder.
"¿Por qué lloras, mierdecilla?"
¡No!
No iba a tener uno de sus ataques de ansiedad allí. En casa de aquel chaval desconocido. Se obligó a relajarse y contar hasta diez, respiró hondo e intentó dejar su mente en blanco.
"Ça…! Basta…"
— Relájate, relájate… — se dijo en voz alta, llevándose las manos a la cabeza. Hizo una mueca angustiada. Era agónico intentar no pensar en aquello. La náusea le asaltó y se mareó levemente, el corazón retumbaba en el pecho como si le fuera a estallar dentro de la caja torácica. Gimió angustiado cuando la estancia empezó a girar sobre sí misma. — Dios, no… Mon Dieu…
Cocinar.
Tenía que cocinar.
Era la única forma de parar el ataque de pánico… Podía hacer Crêpes… Crêpes dulces, con miel, nata, chocolate y fresas. Crêpes de azúcar, de mermelada de naranja o de licor. Crêpes saladas con jamón y queso o con carne picada y lechuga, estilo mejicano. Crêpes con harina, huevos, leche y mantequilla.
Sus Crêpes eran una maravilla, una delicia.
Crêpes.
Sabo y Cavendish no podían resistirse a ellas. Seguro que el gorila amable también las apreciaría si él conseguía ponerse en pie y encontrar el camino a la cocina.
Crêpes, Crêpes, Crêpes….
Sí.
Tenía que cocinar sus malditas Crêpes, para agradecerle al hombre-musgo todo lo que había hecho por él.
— ¡Cocinar, cocinar, cocinar…! — se lo repitió varias veces, canturreándolo angustiado, limpiándose las lágrimas que, de la tensión, se le habían acumulado en los ojos. — Una taza de harina, dos huevos, dos tazas de leche, una onza de mantequilla, azúcar, una taza de harina, dos huevos, dos tazas de leche, una onza de mantequilla, azúcar, una taza de harina, dos huevos, dos tazas de leche, una onza de mantequilla…
"Merde!"
Con mucha dificultad, consiguió sentarse en el sofá, poniendo los pies en el frío suelo, y repitiendo la receta de las Crêpes como mantra, consiguió, poco a poco, regular su respiración.
Joder.
Necesitaba un puto cigarrillo.
Se levantó de la improvisada cama y se encaminó hacia el interior de la vivienda, no sin antes doblar cuidadosamente las dos mantas y la sábana que Zoro le había dejado para que pudiera taparse.
Tenía frío y le empezó a gotear la nariz, que se limpió con el dorso de la mano.
¿O eran lágrimas resbalando desde sus ojos?
— Tské… Fils de pute…
Se llevó las manos al pelo tirándose el flequillo hacia atrás, dejando a la vista sus dos cejas en espiral giraban hacia el mismo lado. Aunque el corazón aun le retumbaba en el pecho, se obligó a inspeccionar la estancia donde se hallaba.
A su derecha, la ventana del salón, donde una cortina de hilo blanco estaba medio corrida y dejaba pasar algo de claridad. Si bien, era una claridad plomiza, como la que precede a la tormenta. Hacía mucho frío, que le hacía castañear los dientes y no sabía qué hora era, pero parecía que pronto, quizá las siete o las ocho de la mañana.
Había dormido fatal, estaba magullado, le dolían las costillas, estaba congelado y encima se había despertado aterrorizado. Suspiró y siguió inspeccionando lo que no había podido cuando llegó. Las dramáticas circunstancias del día anterior habían aniquilado la curiosidad que, en otro momento, le hubiera asaltado hacia su salvador. Ahora, más tranquilo, aunque llevándose las manos al costado, que le punzaba, no pudo dejar de cotillear el espacio en el que se hallaba.
Se trataba de un amplio salón comedor cuadrado, decorado con algunos muebles antiguos y otros de IKEA, de madera blanca. Una mezcla habitual en cualquier casa que, en conjunto, era acogedora.
El sofá en el que había pasado la noche estaba tapizado en blanco y a su derecha, entre el mismo sofá y un enorme ventanal de carpintería de aluminio blanca, el tal Zoro había colocado una maceta con un filodendro de grandes y enormes hojas verdes.
"La planta de los solteros", se dijo Sanji sonriendo, ya que el vegetal no necesitaba demasiados cuidados para sobrevivir y siempre hacía bonita cualquier estancia.
El ventanal, protegido con cortinas de tela blanca, daba al pequeño jardín delantero de la propiedad de Zoro, que en ese momento, estaba completamente cubierto de nieve, tal como podía ver Sanji desde donde se hallaba.
Delante del sofá donde el rubio había pasado la noche, una televisión de plasma, bastante moderna, Full HD, marca Samsumg, de unas 32 pulgadas; y, entre la televisión y el sofá, había una mesita baja de madera blanca donde reposaba una PlayStation3 con varios mandos y juegos esparcidos.
Sanji giró la cabeza para inspeccionar la parte trasera de la habitación.
Apoyada contra la parte posterior, una mesilla de patas latas, de la misma largura y altura que el sofá, donde reposaban un flexo de luz, una extraña cabeza de samurái de madera, libros y varias revistas deportivas en completo desorden.
Detrás había una mesa grande y cuatro sillas de comedor, todo blanco. Debajo, una alfombra de lana color crudo y dibujos abstractos pintados en rojo. En esa mesa habían cenado la noche anterior.
En algún momento de la noche, sin que él se diera cuenta, Zoro había depositado en el medio, un jarrón con flores secas de aspecto siniestro.
También había un pequeño cuenco de cristal labrado, con bombones de licor y un reloj deportivo marca Garmin.
Sanji enarcó una ceja. Ese reloj costaba una pasta.
Cerca de la mesa de comedor y contra la pared, dos aparadores con vitrina y puertas de cristal donde había una vajilla, vasos, copas y algún jarrón. Y aún más allá, detrás de la mesa de comedor, una chimenea con repisa blanca, donde descansaban muchas fotografías. Otro ventanal, cerca de la chimenea, daba a una pequeña terraza.
Era un espacio sencillo, pero realmente acogedor, que no tenía nada que ver con su caótico duplex en Dressrosa, compartido con Sabo y Cavendish y algún chico más que iba y venía.
Si bien, aunque la decoración era hogareña, el color blanco del mobiliario no ayudaba en nada a calentar el aterido y dolorido cuerpo de Sanji. El chico rubio supuso que, en primavera, con todo el cálido sol entrando por los ventanales, haría la estancia realmente bonita y confortable.
Le entró una tiritona y se frotó los brazos. La camisa de los Guns N' Roses que le había dejado Zoro, le era demasiado grande y estaba muy gastada y agujereada, como para calentar algo. Aterido, decidió ir a la cocina. Seguro que alga-man tenía lo necesario para hacer las Crêpes, ya que todos los ingredientes eran productos de primera necesidad, que seguramente, el gorila, había acumulado para pasar un invierno como aquel.
Se encaminó, congelado y aun con el corazón acelerado, por un estrecho pasillo, decorado con varios paneles de estilo oriental. Estos reflejaban la vida cotidiana de los samuráis.
Vaya.
No había que ser muy observador para percibir los rasgos asiáticos del hombre-musgo; sus ojos, rasgados y oscuros, casi sin pestañas, eran prueba más que suficiente de su origen. Seguramente era mitad japonés y eso explicaba también las armas ninja colgadas en el pasillo, junto a los paneles: shurikens, kunais y un par de wakizashis de aspecto antiguo adornaban la pared. El retrato de un adusto guerrero le observó con el ceño fruncido.
"Kinemon", leyó Sanji al pie del retrato, gracias al poco kanji que sabía. Frunció las cejas en una mueca graciosa, Kinemon, debía ser el nombre de aquel tipo con cara de mala leche. ¿Quién querría decorar su casa con aquel tío tan feo? Soltó una risilla, de la que se arrepintió inmediatamente al sentir el dolor punzante en las costillas.
Más espadas adornaban las paredes del comedor y Sanji adivinó que por muy asiático que fuera el tatarabuelo del tal Zoro, solo un fanático de las artes marciales tendría tal arsenal colgado en sus paredes.
"Cada loco con su tema". Pensó. No era nadie para criticar las aficiones de los demás, cuando, precisamente, él era un fan de los fogones.
Finalmente, encontró la cocina, después de abrir tres puertas: un cuarto de aseo sin ducha, una especie de sala de estar donde había una librería enorme, un sillón, un escritorio y un ordenador; y, una especie de trastero con todo tipo de objetos, entre otros, unas pesas enormes.
La cocina, estaba al final del pasillo.
Era pequeña, pero igual que todo lo que había visto hasta el momento, acogedora. Disponía de una sola pica de fregar, una pequeña encimera y el fogón. Apenas si había espacio para dejar los platos fregados o el lavavajillas. Pero toda la parte de pared de encima del fogón estaba repleta de estanterías y alacenas.
Entre fogón y pared posterior, apenas sí cabía la nevera, una silla plegable y una pequeña mesita, donde reposaba un frutero repleto de manzanas.
Todo estaba muy limpio y ordenado.
Maravilloso.
— Une belle cuisine…
Se puso manos a la obra, primero chafardeó un poco en la nevera, las estanterías y alacenas de Zoro hasta encontrar lo que buscaba: una espátula, azúcar, huevos, harina, mantequilla y leche. Soltó una alegre exclamación cuando encontró en la nevera un bote con nata montada y en las alacenas, un pote con miel, un tarro con nueces y un bote de Nocilla.
Iba a hacer algo muy sencillo, pero muy rico, fácil y rápido.
Le dolían las costillas y aun sentía la angustia amargándole en la boca, pero la sensación se fue disipando poco a poco cuando empezó a batir huevos con fuerza y velocidad. Estaba acostumbrado a hacerlo a pulso y no necesitaba batidora eléctrica. A los huevos batidos añadió la leche y la harina y volvió a mezclar rápidamente con la espátula. La velocidad y la fuerza de su brazo, eran las de un cocinero profesional y, en poco tiempo, todos los ingredientes estuvieron bien combinados.
La masa espesa y líquida de las Crêpes, estaba preparada.
Sanji volvió a rebuscar en los estantes hasta encontrar una sartén de la medida adecuada. La untó con un poco de mantequilla y esperó a que se calentara.
Se encontraba mucho mejor y miró a su alrededor. Ojalá hubiera una radio.
Si la ponía muy bajita, no molestaría a su anfitrión, que parecía seguir durmiendo, pero no vio ninguna, así que empezó a tararear una canción que siempre le venía a la cabeza cuando estaba metido en harina.
— Little Dana O'Hara oh, Dana my dear, How I wish that my Dana was here, Little Dana O'Hara decided one day, to travel away, faraway — sin dejar de tararear y cuando la mantequilla estuvo caliente, Sanji cogió la tacita que había usado para las medidas de harina y leche, y vertió la mezcla que había elaborado con el huevo hasta llenarla. Entonces, y con sumo cuidado, vertió el contenido de una taza en la sartén.
El mejunje empezó a cuajar de inmediato y el rubio sonrió levemente al percibir el rico olor de la masa al cocerse.
Calculó unos dos minutos y con suma maestría le dio la vuelta, ayudándose solo de un tenedor. Perfecto. Una vez conseguida una especie de tortilla plana, el chico la depositó en un plato y la rellenó con miel y nueces, la dobló por la mitad y lo espolvoreó todo con azúcar. Siguió cantando mientras cocinaba y repetía la operación. La siguiente Crêpe, la rellenó de Nocilla y la siguiente con nata.
Cuando llevaba cinco tortitas hechas, el olor a chocolate, nata y miel invadía la pequeña cocina. Sanji estaba totalmente concentrado en el trabajo, mientras continuaba cantando.
— Little Dana O'Hara, oh Dana my dear… How I wish that my Dana was here…
— ¿Solo te sabes el estribillo?
El rubio pegó un respingo y miró hacia su derecha, sobresaltado.
Zoro estaba apoyado en el quicio de la puerta de la cocina, mirándole con una media sonrisa en los labios y los brazos cruzados.
Llevaba puesto un pijama de invierno de Emidio Tucci, a cuadros azules y verdes, de algodón; la camisa del pijama con cierre de botones, tenía tres bolsillos: dos en la parte inferior delantera y uno más pequeño en la zona superior izquierda. El pantalón, con la cintura elástica y bolsillos delanteros, era bastante vulgar, pero de aspecto confortable y le quedaba bien, porque la V que hacía la camisa al cerrarse revelaba parte de la clavícula y el cuello de toro de Zoro.
Además, el color del pijama hacía juego con el estúpido pelo verde.
Sanji sintió su estómago retorcerse y crepitar el calor en sus mejillas. Intensamente.
Y también se sintió terriblemente idiota.
Estaba en la cocina de un tío al que no conocía de nada, preparándole el desayuno.
¿Qué demonios tenía en la cabeza? Ni siquiera sabía si al gorila verde le gustaba el dulce.
¿Y qué coño había pensado hacer? ¿Llevárselo a la cama y darle un beso de buenos días?
Sin saber qué decir, sonrió tímidamente y apartó la mirada de su anfitrión para concentrarse en la última Crêpe.
No vio que Zoro enarcaba una ceja, bastante divertido.
El musculoso chico entró en su cocina, observando la montaña de tortitas que el rubio había elaborado. Se colocó a su lado y olisqueó la sartén, como un sabueso.
— ¿Son para ti solo o es que me estás preparando el desayuno?
Sanji tragó saliva y con mucho esfuerzo volvió a mirar a Zoro. Su rostro ardía.
— No sabía cómo agradecerte todo lo que hiciste por mí ayer… Y esto se me da bien… — Sanji señaló la montaña de Crêpes con el tenedor — Así que… Espero que no te moleste.
Zoro no contestó, se dio la vuelta y abrió la puerta de la nevera. Sacó una botella de lo que parecía zumo de naranja y a morro, dio un largo trago sin respirar.
Sanji se quedó hipnotizado observando cómo la nuez del gorila verde subía y bajaba, mientras los músculos de su cuello se contraían y distendían al tragar. Cuando Zoro retiró la boca de la botella, se relamió los labios, húmedos por el zumo, con una lengua gruesa, rosada, de aspecto suave y blando y se limpió la boca con la manga del pijama.
Sanji apartó la vista.
Joder. Hostia Santa.
Tragó saliva.
Aquel tío era realmente impresionante.
Irradiaba sexualidad y explosión y fuerza y Sanji no supo cuántas cosas más se le pasaron por la cabeza…. Y, a la vez, había algo de tierno en observar a aquel pedazo de ejemplar de hombre, bebiendo zumo a morro de la botella, en pijama y descalzo, mientras él cocinaba unos putos Crêpes.
Por un momento, Sanji se sintió como si estuviera rodando un mal anuncio de televisión, con él en el papel principal de ama de casa americana y sesentona, preparándole el desayuno al fontanero, que se había pasado a desatascarle las cañerías.
Sintió cómo Zoro le observaba con detenimiento.
"Mon Dieu…" No sabía por qué aquel cabeza de musgo le estaba mirando, pero le entró la risa.
Una risa nerviosa, idiota, y de lo más inoportuna. La reprimió.
La verdad es que se sentía abrumado y su sonrojo era más que evidente. Zoro debía haberse dado cuenta de lo avergonzado que sentía, porque no había que ser un genio para percibirlo.
Faltaba que aquel mastodonte le viera reírse solo, para acabar de hacer el puto ridículo más espantoso.
— No me molesta, al contrario… — dijo de pronto el otro chico cuando acabó con el escrutinio de su incendiado rostro— Ya te dije ayer, que yo cocino fatal… Aunque supongo que, precisamente ayer, no estabas para muchas gaitas….
— No… — sonrió Sanji — No me enteré casi de nada.
Zoro no pareció ofenderse. Señaló las tortitas.
— Esto está bien. Por las mañanas estoy muerto de hambre. Voy a poner la mesa.
El del pelo verde salió de la cocina, dejando a Sanji tenso, como una cuerda de violín.
La verdad es que la situación tendría gracia, sino fuera por toda la mierda por la que le habían hecho pasar el día anterior en aquel estercolero de pueblo; y de la que le esperaba, al tener que enfrentarse a un par de semanas aislado ahí.
Si es que solo eran un par de semas…
Acabó de cocinar la última Crêpe y la depositó encima de la montaña que formaban las que ya había preparado. Cogió el plato y se dirigió nuevamente al salón comedor, donde Zoro había dispuesto dos vasos, dos tazas, dos servilletas de hilo, dos platos y dos juegos de cubiertos. Sanji levantó la vista cuando se cruzó con Zoro por el pasillo, pero el gorila ni le miró y se encaminó a la cocina, mientras el rubio colocaba el plato con las Crêpes en el centro de la mesa. Tres minutos después, el hombre-musgo volvía con la botella de zumo de la que había bebido a morro y una jarra llena de leche.
Sanji era escrupuloso, metódico y muy limpio. Aun así, no se quejó cuando Zoro vertió algo de zumo en un vaso para él. Se iba a beber, por pura educación, las babas de aquel gorila que había metido el morro en la botella.
— ¡Ups! — Como si le leyera el pensamiento, Zoro se levantó de la mesa y se encaminó nuevamente a la cocina. Volvió enseguida, con otra botella de zumo de naranja sin abrir y la puso delante de Sanji, cambió los vasos, dejando el vacío delante del rubio y quedándose él, con el que tenía el zumo y sus babas.
Sanji alzó la vista, algo sorprendido. Por toda respuesta, Zoro frunció las cejas en un gesto de disculpa y se encogió de hombros.
El rubio no pudo evitar sonreír.
El amable gorila verde.
Empezaron a comer, en silencio absoluto, como la noche anterior. El rubio, a diferencia de cómo se sentía en la cena, estaba rígido, pero como no sabía qué demonios decir, ni cómo romper el hielo, permaneció callado.
— ¿Te duele? — preguntó Zoro de repente, señalándole con el tenedor — Tienes el labio algo hinchado y la cara magullada.
— Me duelen las costillas…. — Sanji se alegró de tener algo que comentar, porque realmente ese tío le estaba poniendo de los nervios con tanto silencio — Tengo el cuerpo dolorido.
Zoro asintió. Y no dijo nada más.
— ¿Te gustan? — el rubio señaló las Crêpes, esbozando una sonrisa algo azorada. Sus Crêpes eran famosas entre Sabo y los demás chicos de Dressrosa que decían que eran mucho más buenas que las que hacia cualquier pastelero de la zona.
— Están bien… — sin levantar la cabeza del plato, el musculitos siguió comiendo sin añadir nada más.
Sanji, algo picado, enarcó la ceja que se le curvó de forma graciosa. Sus Crêpes eran una jodida delicia. Se merecían algo más que un seco "están bien".
Zoro levantó la vista y le miró directo a los ojos. Como si supiera lo que estaba pensando.
El rubio se sonrojó intensamente. Después de lo que el hombre-musgo había hecho por él, no iba a cabrearse como una histérica, porque no cantara las alabanzas de un puto postre de huevos, harina y leche. Quizá es que aquel rinoceronte tenía la desgracia de no tener paladar.
— ¿De dónde eres? — la pregunta de Zoro pilló a Sanji desprevenido.
— ¿Eh? De Dressrosa…
— No. Tu acento. No es dressrosiano. ¿De dónde es?
— Ah… Eso… — Sanji rio de nuevo, algo azorado. El tal Zoro no se perdía detalle. — Mi madre era francesa. Mis abuelos maternos también. Y yo nací y viví en Francia hasta los siete años. Hablo francés y escribo en francés.
— Entonces, eres francés… — apostilló Zoro con algo de sorna y una sonrisa de comemierda pintada en la cara— No hay duda.
Sanji alzó la cabeza, sorprendido. No se esperaba que Zoro se fuera a burlar de él. Se sonrojó inmediatamente. El otro chico, que no le quitaba los ojos de encima, enarcó una ceja.
— Eh, es solo una broma… Me lo has puesto a huevo… — le dijo con guasa y sin dejar de sonreír, ni de mirarle a los ojos.
Hasta el cuello. Sanji se había sonrojado hasta el cuello. Sentía las mejillas crepitar de calor y bochorno. No sabía dónde meter la cabeza.
Mierda.
— Ja, ja, ja. — Se limitó a fingir la risa, porque no sabía qué demonios contestarle. Y además, aquel jodido tipo no apartaba la vista de su enrojecida cara.
— Oi… — dijo entonces Zoro cambiando de tema. Parecía contener una carcajada. — Entonces… ¿Actor?
El rubio asintió y agachó la cabeza.
Nuevamente se hizo el silencio.
— ¿Pornografía? — Sanji levantó la cabeza ante la nueva cuestión. Observó con detenimiento a Zoro, intentando buscar algún significado oculto en la pregunta, pero en realidad, parecía que orangután-man, no tenía ningún interés en entablar una conversación con él y solo estaba haciendo preguntas por pura educación y quizá, porque había notado que el silencio le ponía nervioso.
— Sí. — musitó Sanji mientras atacaba una riquísima Crêpe de Nocilla. — Soy actor de cine para adultos.
— ¿Dirigido a hombres? — preguntó con curiosidad Zoro, mientras se zampaba su tercera Crêpe.
— Sí. Y soy gay. — Odiaba tener que decirlo. Casi se le escapaba de los labios cada vez que conocía a alguien nuevo. No porque tuviera algún problema con su orientación, nunca la tuvo, por lo menos, él no, sino porque parecía que siempre tuviera que dejar claro lo que era para no llevar a nadie a error.
Él no conocía a ningún hetero que se presentara diciendo "hola, soy Perico de los Palotes y me gustan las mujeres", ni sus amigas lesbianas lo hacían, desde luego que no… Pero ellos, siempre… O casi siempre. Era como una alerta, un aviso a todo el mundo, para lo bueno y para lo malo. Las cosas eran así, no había que darle más vueltas, pero no dejaba de joderle tener que sacar el tópico, casi sin pensar en que lo hacía.
Musgo-man levantó la cabeza y se encogió de hombros.
Estaba claro que al alga musculosa, le importaba una puta mierda su orientación sexual.
— Eso ya me lo había imaginado, por lo que pasó con el cabrón de Jabra… ¿Te la vas a comer? — Y, Zoro señaló la última tortita que había encima del plato, cogiéndola con alegría cuando Sanji negó con la cabeza.
— ¿Tú a qué te dedicas? — preguntó Sanji con curiosidad.
— Soy el profesor de Educación Física de Bighorn, gimnasia… — Aclaró Zoro — A veces, también soy entrenador personal de cincuentonas que quieren bajar de peso y compito. Esgrima. Se me da bien.
Sanji retiró su plato vacío de delante y apoyó la barbilla en su mano, sonriendo casi sin pensar.
Esgrima. Le pegaba.
— Por qué será que no me sorprende nada… — inconscientemente fijó la vista en el trozo de piel morena que se veía a través de la camisa del pijama de Zoro.
"Hot, hot, hot…", pensó sin apartar los ojos del cuello de toro del otro chico.
— ¿Por qué lo dices? — el gorila verde lo preguntó mirándole directamente a los ojos. El calor volvió a ascender por la cara de Sanji, que se sentó rígido en su silla. ¿Por qué tenía que ser tan bocazas?
Rápidamente contestó.
— Se te ve una persona fuerte y tumbaste al tal Jabra con una sola mano, mientras me pateaba.
Zoro le observó con detenimiento.
—No fue para tanto… — Dijo finalmente y cambió el tema. — ¿Has dormido bien?
— Sí. —Sanji mintió. Había pasado un frío terrible y había sido peor contra la mañana, pero no quería ser descortés con quien le había ayudado, total solo había sido una noche...— ¿Podremos salir hoy? Tengo que recoger mis cosas, aún están esparcidas por ahí fuera…
Zoro le miró en silencio. Asintió con la cabeza.
— Creo que sí, no estoy seguro… La tormenta ha parado, de momento, pero volverá esta noche. Si quieres recoger lo tuyo e ir al pueblo, tendremos que despejar el camino de la entrada y, mucho me temo, que tus cosas estén enterradas bajo un palmo de nieve…
Sanji se mordió los labios y asintió. Seguramente su Ipad se habría ido a tomar por el culo. Tendría que comprarse otro.
Le sabia fatal pedir más favores, pero no le quedaba otro remedio.
— También, si no te importa, debo ir al Robson Park a pedir una habitación, buscar un mecánico, ir a la policía... ¿Es mucha molestia? Me puedes dejar en el pueblo y yo me apañaré solo.
Zoro rebañó con ansia el plato con los restos de chocolate, cogió su botella de zumo y le dio otro largo trago. Cuando acabó de beber y se limpió la boca, esta vez con la servilleta, se incorporó.
— Aunque no te lo parezca, este pueblo tiene muchas cosas buenas… Vale que la tolerancia no es una de ellas… —concedió encogiéndose de hombros—. Si podemos salir, te acompañaré. Es sábado y estará todo cubierto de nieve, mejor ir en coche.
— ¿En serio? — Sanji, nervioso, se pasó la mano por el mechón de pelo que le cubría el ojo izquierdo, aplastándoselo hacia abajo.
— No tengo nada mejor que hacer. — Respondió Zoro. — Además, el mecánico del pueblo es mi amigo Ace, te lo presentaré.
— Muchas gracias… — Sanji volvía a estar realmente abrumado por la amabilidad de su anfitrión y esbozó una sonrisa aliviada y radiante. El rubio vio como Zoro le observaba con una extraña expresión en la cara durante un par de segundos, para luego recuperar su indiferencia existencial.
— Ven, te dejaré algo más de ropa. Con eso pareces un fardo… — Zoro sin mirarle, se encaminó con los platos vacíos hacia la cocina — Soy más ancho que tú, pero creo que tengo un par de pantalones de cuando era adolescente y alguna camiseta que se me ha encogido.
— Gracias… — volvió a musitar el rubio, levantándose y siguiendo a Zoro hasta la cocina, con las botellas de zumo medio vacías.
XXXX
Lo cierto es que a Zoro, menos sus amigos, el resto del mundo le importaba una verdadera mierda. Claro que había excepciones, como Tashigi, la guapa oficial de policía, que tanto se parecía a Kuina, por ser su prima carnal; o los idiotas de Yosaku y Johnny, dos imbéciles descerebrados, pero buenas personas, con los que compartía equipo de esgrima.
A parte de esos pocos elegidos, nadie más despertaba su interés.
La gente le agobiaba. Hablaba lo justo con sus convecinos y se le hacían un mundo las reuniones con las madres y los padres de sus alumnos.
No tenía ninguna necesidad de conocer a nadie nuevo. Llevaba con las mismas personas toda la vida y ya le estaba bien. Era celoso de su intimidad e introvertido, aunque no tímido. No le importaba la vida de los demás y exigía que a los demás no le importara la suya.
Si bien, en ese momento y aunque le molestara admitirlo, no podía negar que sentía muchísima curiosidad por su inesperado invitado. Le había ayudado, igual que lo hubiera hecho con cualquiera que estuviera en apuros, pero después de verle llorar tan desesperado el día anterior, había nacido en Zoro un extraño sentimiento de protección hacia aquel desconocido.
Había algo más detrás de aquel llanto.
Y es que aquella manera de llorar no había sido por la pérdida material que suponía el terrible destrozo del coche, sino que Zoro vislumbró en los sollozos del rubio una desolación tan profunda y una pena tan infinita que él, habitualmente impasible a los dramas ajenos, se había conmovido hasta el punto de querer abrazar a aquel chaval, para intentar confortarle.
Quizá habían sido las lágrimas, o el silencio que las siguió, o los azules ojos hinchados y enrojecidos por el llanto, o las magulladuras a causa de los golpes, o el aura de triste derrota que le envolvía como a un cachorro herido y abandonado...
Zoro no tenía ni puta idea de qué había sido, pero se encontró secándole las lágrimas y preparándole la cena al tal Sanji, como si él fuera Mamá Pato.
Lo curioso es que no le importó.
Cuando finalmente la casa se quedó en silencio y él se arrebujó entre las mantas de su confortable cama, aun oyó sollozar al rubio desde el piso de abajo, durante un buen rato, hasta que ambos se durmieron.
El rico olor a chocolate, le había despertado a las ocho de la mañana.
Al principio pensó que estaba soñando, pero sus papilas gustativas no se equivocaban nunca y empezó a salivar mientras su estómago rugía con fiereza. Cuando su embotado cerebro se despejó, intuyó que su invitado debía estar cocinando algo. Se sonrió.
Estaba claro que el rubito estaba intentando dar las gracias.
Se levantó de la cama y, aunque hacía frío, ya que la calefacción debía haberse apagado sola, -otra jodida vez-, no se puso la bata de estar por casa por encima del pijama.
Era una bata horrenda, regalo de Navidad de Luffy del año anterior. Incluso Zoro, al que la moda le importaba un comino, la miró con espanto, mientras Luffy se la entregaba con solemne reverencia y Nami rodaba por el suelo muerta de risa. El cachondeo de sus amigos había sido mayúsculo y ninguno de los idiotas le había dejado ir a descambiar aquella prenda de vestir de señorón viudo y lúgubre.
Pero ahora, sin tener claro por qué, le dio cierta vergüenza bajar a la cocina con aquel engendro de seda de imitación. Así que descalzo y solo con el pijama, se dirigió hacia donde su sentido del olfato le indicó.
— Little Dana O'Hara, oh Dana my dear… How I wish that my Dana was here…
Oyó cantar a Sanji a media escalera y se detuvo.
Se quedó helado. Petrificado en el sitio.
La voz del chico rubio era profunda y rasposa y no pegaba demasiado para esa canción, escrita para tenor y falsete, pero aun así, Zoro tuvo que sentarse en la escalera, completamente abrumado.
Conocía bien esas letras. Era Letter to Dana, una de las baladas más tristes de uno de sus grupos estrella de cuando era un preadolescente, Sonata Arctica.
Y era la favorita de Kuina.
Zoro tuvo que respirar hondo para controlar la agitación y la angustia que amenazaban con atenazarle el alma al escuchar aquella letra casi olvidada.
La canción narraba la historia de amor unilateral, profundo, atormentado e incondicional de un hombre que intenta desesperadamente y sin éxito, obtener una reacción de su amada, Dana O'Hara, desheredada por su padre al escapar de una vida predefinida y convencional.
A Kuina le gustaba, porque el nombre de Dana O'Hara le hacía pensar en las protagonistas de las novelas épicas escocesas, en mujeres valientes con falda, arco y espada. Zoro se reía de ella, porque la canción no estaba ambientada en la Baja Edad Media, sino en el Siglo XVIII, en plena Revolución Industrial, y no hablaba de una princesa escocesa y valiente, sino de una especie de Moll Flanders, pero a Kuina le daba exactamente lo mismo y seguía soñando con guerreras pelirrojas, mientras lloraba con la tristísima letra y le daba collejas cada vez que él se reía.
No la había vuelto a escuchar. Nunca más. Lo cierto es que no había vuelto a poner una sola canción de Sonata Arctica desde que Kuina murió.
Que el rubito estuviera cantando, precisamente eso, le resultó extraño y fuera de lugar. Respiró hondo y se levantó de su improvisado asiento, con la desazón aun intentando bullir desde su estómago para convertirse en ansiedad.
No.
No se lo podía permitir.
Y aunque fuera su casa, tampoco podía arriesgarse a que el rubito le encontrara ahí sentado, en medio de la escalera, escuchándole cantar, como si fuera una especie de acosador, ya que a buen seguro, se acojonaría, como cuando le intentó colocar el cinturón de seguridad en el coche, el día anterior.
El pensamiento tuvo la virtud de hacerle reír y disipar un poco la angustia que siempre le causaban los recuerdos de su querida Kuina.
Se levantó de su improvisado asiento en la escalera y se dirigió a la cocina.
Sanji estaba concentrado y no le oyó llegar. El rubio volteaba con mucha destreza una especie de tortitas que olían de maravilla. Las colocaba en un plato y las rellenaba con una pasta hecha con Nocilla templada, había otras de miel y nueces, de nata y de azúcar.
Joder.
Qué bueno.
Él, que, por no perder el tiempo por las mañanas, le daba tres mordiscos a una manzana como desayuno y salía pitando hacia el trabajo, casi se ahogó en su propia saliva al ver la montaña de tortillas rellenas.
Se apoyó en el quicio de la puerta y se cruzó de brazos en un gesto muy suyo. Aunque estaba en su casa, no sabía cómo hacerse presente para que Sanji le mirara y se percatara de su presencia, porque tampoco quería interrumpirle. Era algo extrañamente hipnótico observarle manejarse en la cocina.
Si bien, el rubio no paraba de repetir el estribillo de la puta canción de Kuina, sin cantar ni una estrofa más.
— ¿Solo te sabes el estribillo? — le preguntó finalmente con una media sonrisa dibujada en los labios, que intentaba disimular su desasosiego.
El rubio se giró hacia él, sobresaltado, le observó unos segundos con detenimiento y enrojeció hasta las niñas de los ojos.
Coño.
El rubito se había puesto muy colorado.
Totalmente avergonzado. Hasta el cuello tenía rojo.
Zoro enarcó la ceja con guasa, cuando el tal Sanji apartó la vista y sin saber qué decir, siguió cocinando. ¿Y ese tío era actor porno? ¡Venga ya! Pero si estaba terriblemente abochornado…
Sumamente divertido, se dijo que quizá era por la situación, a fin de cuentas, el rubito estaba atrapado en la casa de un perfecto desconocido que había visto sus miserias esparcidas por la nieve, el día anterior. Se apiadó de él y sin decir nada más, entró en su cocina, saboreando -con cierta diversión-, la incomodidad de su invitado cuando se le colocó al lado y olisqueó la sartén donde se cocía la masa.
En un plato adyacente había una montaña de tortillas de esas.
Ese chaval había cocinado un montón.
Zoro no era sociable y no sabía cómo halagar el esfuerzo de su invitado.
— ¿Son para ti solo o me estás preparando el desayuno? — fue la única estupidez que se le ocurrió decirle.
Vio a Sanji hacer un esfuerzo enorme por mirarle. Solo se le veía un ojo y era muy azul. El rubito seguía colorado y más tenso que una cuerda de violín. Le dijo que era para agradecerle lo del día anterior o algo así; y, estaba preocupado por si le había molestado que hiciera el desayuno.
La verdad es que Zoro no le escuchó demasiado, más pendiente de identificar el acento de su invitado. Ese tío no era del país de Grand Line, no parecía de la provincia de Dressrosa, tampoco de Arabasta o de Baldimore o de las islas Sabaody… Ni idea. Zoro no tenía ni idea. Seguramente debía ser extranjero, suizo, alemán o tirolés… Algo de por el norte, vista su cabeza rubia, sus ojos claros y las facciones caucásicas.
Sin preocuparse por lo que le decía Sanji y con el tema del acento dándole vueltas a la cabeza se giró, abrió la nevera, sacó una botella fresquita y empezó a beber a morro. Sintió cómo los ojos de su invitado le observaban mientras él se tomaba el zumo de naranja que había puesto a enfriar la mañana anterior.
Dejó de beber y se limpió la boca con la manga mientras el rubor de las mejillas de su invitado, que había apartado la vista, aún más avergonzado que antes, se intensificaba.
Ese chico estaba bastante cortado y él se estaba empezando a poner nervioso con tanto sonrojo de idiota. Cruzaron un par de palabras de cortesía más y Zoro se fue al salón a poner la mesa.
Observó que la improvisada cama de Sanji estaba hecha. El chico había doblado con pulcritud la sábana y las dos mantas que le había dejado y si no fuera porque las había apilado encima de los cuadrantes del sofá, nadie hubiera sabido que alguien había pasado allí la noche.
Zoro no sabía cuánto tiempo llevaba Sanji cocinando, pero en el salón-comedor hacía bastante frío. La jodida caldera llevaba un tiempo haciendo el idiota y aunque Ace le había echado un vistazo y ajustado un par de tornillos aquí y allí, no dejaba de apagarse. Quizá tenía que habérsela cambiado en primavera, antes de que el aparato se escacharrara del todo en pleno invierno drumsiano.
Quizá Sanji había pasado frío. Luego se lo preguntaría.
Se dirigió hacia la cocina a por la botella de zumo y la de leche, cruzándose con el rubito por el pasillo de su casa; por el rabillo del ojo, Zoro vio al actor hacer un amago de sonrisa, pero como él no sabía qué hacer en esas absurdas situaciones, prefirió ignorarle, entró en la cocina y fue a por lo que buscaba. Se tuvo que volver a levantar de la mesa cuando estaba a punto de atacar aquellas tortillas rellenas de aspecto suculento, porque vio cómo Sanji miraba con cara de asco la botella de zumo de naranja que le había traído.
Hostia.
Era verdad, la botella de la que él había bebido a morro.
Zoro pensó con algo de guasa que por muy acostumbrado que el rubito estuviera a meterse en la boca cosas peores, quizá era mucho pedirle que se desayunara sus babas mezcladas con naranja. Se levantó, fue a la cocina y le llevó una botella sin abrir que, aunque no estaba fría, no tenía su ADN imprimado en la boquilla.
El rubio le miró algo azorado y sorprendido, para después sonreír. Era una sonrisa hermosa. Le alegraba las facciones y le daba un aspecto aún más juvenil, si eso era posible ya que, seguramente, por lo que Zoro aventuró, su invitado o no debía tener más de dieciocho o diecinueve años.
El profesor de gimnasia se descubrió cavilando que ese chaval debería sonreír más, porque la cara se le iluminaba de una manera muy bonita. Por fin se sentó y sin mucho miramiento, se llevó a la boca un trozo de tortita que había cortado previamente.
La hostia.
Era una puta delicia.
La cosa más buena que Zoro había probado en años.
Estaba tan rico que casi se pone a gemir de gusto, pero como no era nada expresivo y tampoco conocía a Sanji como para bromear con él, se contuvo.
Aun así, era maravilloso, nunca le había pasado que salivara a la vez que comía e incluso las papilas gustativas le dolían de puro placer. No estaba bueno, estaba buenísimo, era algo extraordinario, como si estuviera en una confitería de lujo o en un restaurante de cinco estrellas.
Cómo coño ese tipo había hecho una cosa tan rica.
Si solo era harina, huevo y leche mezclados ¿no? O por lo menos, esos eran los ingredientes que había visto encima del mármol de la cocina. Si Zoro hubiera intentado cocinar algo con los mismos ingredientes, habrían tenido que llamar a la ambulancia y al Departamento de Sanidad.
Durante los minutos que siguieron, lo único que Zoro hizo fue disfrutar de aquel desayuno tan maravilloso, aunque enseguida, detectó la incomodidad de su invitado, a quien, por cómo le temblaba ligeramente la mano, estaba claro que el silencio le estaba poniendo nervioso. Por el rabillo del ojo, el profesor de gimnasia observó cómo el labio que el cabrón de Jabra le había partido el día anterior, estaba todavía hinchado y tierno. La mejilla derecha del chico tenía una rozadura y el extremo exterior de la ceja visible, sangre coagulada.
Zoro le preguntó si le dolía y el rubito le contestó que lo que le molestaba eran las costillas. Claro, no habían comprado analgésicos y él no tenía en casa ni una triste pastilla para el dolor de cabeza. Se dijo que después le acompañaría a la farmacia.
— ¿Te gustan? — el rubito señaló las tortillas aquellas con cierto orgullo, lo que tuvo la virtud de hacer que a Zoro, sin saber por qué, le dieran ganas de tomarle el pelo. El tío debía saber que aquel desayuno estaba tremendo y quería que se lo dijeran.
Bien, pues no iba a ser él quien le adulara.
El del pelo verde se limitó a contestar con indiferencia.
— Están bien… — dijo apático. Inmediatamente sintió cómo el nerviosismo de su invitado se convertía en irritación, cosa que le divirtió sobremanera, aunque no lo demostró.
Así que el rubito tenía su orgullo.
La mirada directa que le dirigió Zoro volvió a convertir en un incendio las mejillas de su invitado.
Era muy gracioso.
Su extraña ceja espiral se había curvado en un giro imposible, delatando con ello su agitación. El del pelo verde siguió observándole, mientras el otro chico intentaba recobrar la compostura controlando su respiración.
Rubito, ojos azules, piel bronceada, pero rasgos norteños… Acento raro.
— ¿De dónde eres? — la pregunta surgió sin que Zoro pudiera evitarlo.
Resulta que el tío era francés.
Claro, coño. Francés. La forma gangosa en cómo pronunciaba las erres y la cadencia cantarina del final de las frases… Solo un franchute podía tener ese acento.
Zoro le tomó un poco más el pelo.
Era bastante fácil abochornar a su invitado y aunque al profesor no le gustaba meterse con nadie, el color sonrosado en las mejillas de aquel chaval y sus evidentes nervios, le parecían sumamente graciosos. Cuanto más le miraba, más nervioso se ponía el rubito y esa estupidez parecía entretener al del pelo verde, que cada vez sentía más curiosidad por el otro chico.
— Entonces… ¿Actor?
El francés contestó sin palabras, agachando la cabeza y sin dar más explicaciones.
— ¿Pornografía? — No pudo evitar preguntarlo. Ahora Sanji levantó la cabeza. No había que ser un genio para darse cuenta de que a su invitado le incomodaban aquellas preguntas, pero no había malicia en Zoro, sino que realmente estaba intrigado: cómo ese chico tan tímido, de tan buenos modales y que cocinaba como un puñetero Chef de restaurante de lujo, podía dedicarse a entretener a la gente dejándose hacer de todo y haciéndole de todo a otros.
Zoro sentía más curiosidad por él a cada minuto que pasaba.
— Sí. Soy actor de cine para adultos. — contestó finalmente el rubito.
— ¿Dirigido a hombres? — preguntó Zoro mientras se zampaba su tercera Crêpe con auténtico delirio.
Si ese tío actuaba igual de bien que cocinaba, estaba delante de una puñetera estrella de cine.
— Sí. Y soy gay.
Hombre, tío, ya.
De no ser así, lo de Jabra no hubiera ocurrido; además de que, aunque al principio le había pasado inadvertido, el pequeño pendiente de esmalte con la bandera del arco iris en su oreja derecha, era bastante significativo. Si bien, Zoro había pasado demasiado tiempo con Ace como para saber que la revelación de su invitado era a la vez, información y advertencia, pero al profesor de gimnasia le importaba una verdadera mierda con quien gustara de acostarse la gente.
Ni pedía explicaciones ni quería que se las dieran, bastante tenía Zoro con sus propios asuntos y suficiente mierda había pasado en la vida, como para preocuparse de quién se enamoraban o dónde metían la polla los demás.
Que cada uno fuera feliz como pudiera, con quien pudiera.
El del pelo verde siempre había considerado el sexo como algo libre y la orientación como algo inherente a cada persona. No había nada que comentar. No veía los problemas ideológicos, religiosos y casi metafísicos que planteaban algunos gilipollas con pocas cosas que hacer y mucho tiempo libre, -como por ejemplo los de la Liga de Protección de la Familia de Bighorn (la LPF)-, que la habían liado parda cuando los de Dressrosa habían elegido la provincia de Drum como enclave idóneo para rodar sus películas.
Allá cada cual con sus genitales y con quien le gustara frotárselos, por lo que a él respectaba, hasta ese momento, le gustaban las mujeres.
Zoro se había tirado a algunas turistas y algunas chicas del pueblo, Perona, Monet, Porche y por desgracia, a la amiga de Jabra, Califa; aunque, en todas las ocasiones había sido puro instinto animal y cuando iba muy, muy borracho, que era cuando se descontrolaba y dejaba salir la bestia que llevaba dentro. Si bien, después de haber liberado tensiones, caía desplomado, totalmente noqueado por su verdadero amor, el sake. Cuando despertaba no se acordaba de casi nada, y en más de una ocasión, había tenido que soportar escenas de lágrimas y despecho de sus amantes, que no entendían cómo, después de una noche de pasión, él no recordaba ni un solo detalle.
Y es que en realidad, a Zoro no le interesaba recordar nada.
La única chica con la que había repetido alguna vez, era Perona, y no porque le gustara especialmente, sino porque aquella lolita gótica de pelo teñido de rosa, boca de pitiminí y tetas estupendas, era la única que no se tomaba en serio el sexo con él. Se encontraban, bebían hasta la inconsciencia, se reían de cualquier gilipollez y acababan copulando como dos animales en celo en casa de Perona, o incluso alguna vez, en su viejo e incómodo Suzuki.
Si bien, la chica, que no estaba mal, era algo vulgar y bocazas, y por su culpa el anormal de Ace había empezado a llamarle, "Zorontal", una horrenda combinación de palabras entre su nombre y semental, después de que Perona hubiera contado con orgullo, a todo el que quisiera escuchar, que después de follar con él, se tiraba más de una semana con todos los agujeros de su cuerpo escocidos y untándose cremas de aloe vera entre las piernas.
La introversión de Zoro y su aire de apática y melancólica indiferencia hacían que, –además de Perona-, tuviera una legión de fans que se morían de ganas por visitar el dormitorio de su profesor musculoso favorito.
Eso, unido a los comentarios soeces de la lolita gótica que siempre estaba encantada de relatar con pelos y señales sus encuentros sexuales, habían contribuido a alimentar la leyenda. Era tal el entusiasmo de Perona explicando que en Zoro se unían un buen diámetro y un buen manejo, que incluso Ace, durante un tiempo, lo intentó muy fuerte con él, pero Zoro le rechazó con guasa, alegando que estaba guardando su virginidad homosexual, para el macho adecuado.
En el terreno sentimental, la prima de Kuina, Tashigi, le gustaba un poquito, y tenía la certeza de que, si lo intentaba, sería correspondido, pero aún no le había dicho nada a la chica. Tampoco pensaba hacerlo.
No tenía ganas de meter a nadie más en la ecuación que formaban él y su propio yo.
Además, la gente aparecía, y todo eran risas y diversión, pero después se iban para no volver jamás y entonces ¿qué hacer con el vacío que dejaban al partir? O, como decía aquel cantautor español tan coñazo y ñoño, "¿Cómo dejar de querer?"
Zoro no estaba dispuesto a despedir a nadie más. Con Kuina había tenido más que suficiente para esa vida y tres más, y por tanto, no pensaba decirle hola a nadie, ni siquiera a Tashigi, para no tener que decirle nunca, adiós.
Y, tampoco se lo merecía.
Todos estos pensamientos se vieron interrumpidos cuando Sanji le preguntó por su profesión. No le pasó inadvertida la mirada que dirigió el rubito a sus pectorales, ni el estúpido comentario que precedió al terrible sonrojo cuando el profesor volvió a tomarle un poco el pelo con fingida inocencia. El resto del desayuno transcurrió tranquilamente entre sonrojos del francés, preguntas y comentarios de lo más normales. Finalmente, Zoro prometió a Sanji que, si la nieve no se lo impedía, saldrían y le ayudaría a recoger sus cosas esparcidas por todas partes y a hacer los recados que necesitara.
Entonces fue cuando ocurrió algo que Zoro no esperaba.
El francés sonrió realmente agradecido y fue una sonrisa absolutamente deslumbrante, franca y sincera, que iluminó la cara del rubio.
Se hizo de día en el salón.
Guapo.
Muy guapo.
Jodidamente guapo.
Zoro se sorprendió pensando que Sanji era realmente guapo, deseable y apetecible.
Joder.
Intentó hacer que el pensamiento desapareciera, pero no pudo. Apartó la vista de Sanji y fingió una indiferencia que, en ese momento, no sentía en absoluto.
Coño.
Nervioso, pero aparentando indiferencia, se levantó de la silla, recogió los platos vacíos de encima de la mesa y se encaminó hacia la cocina, sin mirar a su invitado mientras le decía que le prestaría ropa de su talla.
El rubito le siguió en silencio, ayudándole con las botellas de zumo, no sin antes musitar las gracias, nuevamente cohibido y gracias a Dios, sin darse cuenta de que, en ese momento, al del pelo verde, le ardían las orejas.
XXXX
Apilaron los platos en el fregadero y subieron al primer piso de la casa, donde se ubicaba la habitación de Zoro.
Era un dormitorio austero, con muebles en madera oscura, presidido por una cama King Size de aspecto mullido y confortable. Al pie, dos bancos reposapiés con asiento extraíble para guardar cosas dentro. Detrás de la cama, en la pared izquierda, una ventana rectangular con cortinas blancas y mosquitera color gris, estaba entreabierta. La mesita de noche de tres cajones, del lado derecho y encima, una lámpara de Ikea y dos libros apilados. En la pared izquierda había un armario con dos módulos y doble puerta que tenía insertados varios focos en su parte superior, y a su lado, la puerta entreabierta de un cuarto de aseo con lavabo y váter, pero sin ducha. Una moqueta gris cubría el suelo de la habitación y aunque hacía frío, la sensación térmica quedaba amortiguada.
Zoro dejó pasar a Sanji y le indicó que se sentara en uno de los reposapiés, ya que la cama estaba sin hacer.
El del pelo verde abrió el armario y rebuscó en su interior para extraer, varios minutos después, un par de camisetas, una con el logo de Nirvana y la otra con un cubo de Rubik desdibujado por el uso, unos pantalones tejanos de color azul y una camisa de cuadros de leñador rojos y negros.
— Creo que esto te irá… — le comentó— No es tan bonito como lo que tú llevas, pero no tengo otra cosa... Elige la camiseta que más te guste.
— Ahora mismo, lo mío es solo un montón de basura cubierto de nieve. — Dijo Sanji sonriendo tímidamente. — Todo lo que me dejes está bien… Muchas gracias, por todo.
Zoro esbozó una media sonrisa de comemierda y, de pronto, sin saber exactamente por qué, le lanzó la ropa con fuerza, arrojándosela a la cara con intención.
— ¡Eh! — La ropa cayó al suelo cuando Sanji, en un acto reflejo, se protegió levantando ambas manos y miró a Zoro sorprendido — ¿¡Qué haces!?
— No estés tan tenso…—Zoro contestó, mirándole con guasa. — Relájate un poco. Todavía no me he comido a nadie.
Sanji le miró torciendo de forma imposible su graciosa ceja en espiral, pero después de unos segundos, agachó la cabeza y sonrió mientras asentía, reconociendo al otro chico, de esta forma que sí, que estaba nervioso.
El del pelo verde se sentó encima de su cama, después de estirar un poco las sábanas y el edredón de plumas que las cubría y se quedó mirando la espalda de anchos hombros del francés, esperando tranquilamente a que su invitado se cambiara. Zoro estaba acostumbrado a Ace, a Luffy y a los chicos y a cambiarse de ropa delante de sus alumnos y compañeros de equipo y ni se le pasó por la cabeza dejar intimidad a su huésped.
Mientras, Sanji cogió la ropa que había caído al suelo y respiró hondo, como si hiciera un ejercicio de relajación. Se giró hacia Zoro, que le observaba indiferente.
Sanji sonrió, y su sonrisa se ensanchó, a la vez que enarcaba la ceja con una picardía seductora que pilló totalmente desprevenido al profesor de gimnasia.
Le tocaba bromear al rubio.
— ¿Me desnudo aquí mismo? ¿Delante de ti?
Y fue el turno de Zoro para sonrojarse hasta el nacimiento del pelo.
Sanji soltó una risilla. No quería incomodar a su anfitrión, así que cogió la ropa, se levantó y se dirigió al cuarto de aseo que estaba a la izquierda de la cama de Zoro.
— Ya me voy, perdóname… —dijo entonces el del pelo verde, se había quedado muy serio de repente y se estaba incorporando, bastante avergonzado.
Sanji le miró, sorprendido, con su ojo azul celeste brillante.
— No te preocupes, no te voy a hacer salir de tu propia habitación… — sonrió de nuevo, ahora algo cohibido, como si se arrepintiera de haberle gastado una broma a su salvador.
Antes de que Zoro se pusiera de pie, Sanji se metió en el pequeño lavabo de la habitación y no tardó ni cinco minutos en salir. La ropa pequeña del Roronoa le quedaba bien. La camiseta que había elegido era la del logo de Nirvana, bastante antigua y gastada y se había puesto encima la camisa de leñador, que había dejado desabotonada.
El rubio se colocó bien los pantalones, se estiró la camisa, se peinó con los dedos y sonrió de nuevo.
— Voilà! — Exclamó alegremente — ¿Qué tal?
Zoro enarcó la ceja y se encogió de hombros sin saber qué decir.
— ¿Te gusta Nirvana? — preguntó el francés señalando el logo de la camiseta que le había dejado.
— Estaban bien… Un poco sobrevalorados, pero tienen un par o tres de temazos… — de pronto, Zoro se acordó de algo — ¿A ti te gusta Sonata Arctica? Antes estabas cantando Letter to Dana.
Sanji abrió levemente los ojos. Era verdad, se le había olvidado.
No todos los días se encontraba con alguien que compartiera gustos musicales. Tenía colegas en Dressrosa que consideraban que ellos solo podían escuchar a Lady Gaga y los grandes éxitos de Alaska Thunderfuck.
No es que Sanji tuviera nada en contra de ninguna de las dos. Al contrario, con Alaska se había dejado la garganta, la piel, los músculos y los huesos bailando "Your Make Up Is Terrible" más de una noche, mientras Cavendish y Sabo le hacían los coros, totalmente borrachos.
Y amaba a Gaga, le encantaba la Diva, tenía toda su discografía, se sabía todas sus jodidas canciones al dedillo y había ido a la mayoría de sus conciertos. Aun así, le reventaba que algunos consideraran que ese era el único tipo de música, junto a la clásica e indie, que debían escuchar.
Pues no, a él también le gustaba el Power Metal.
Cómo no. Era una música jodidamente inspiradora y genial.
Si bien, aunque Sonata Arctica no era su banda preferida, Letter To Dana, era una canción especial para él, ya que se sentía algo identificado por la historia que explicaba. No podía dejar de cantar el estribillo por inercia cuando cocinaba o estaba distraído, aunque si se daba cuenta, intentaba no pensar demasiado en la letra, ya que le resultaba terriblemente cercana y por tanto, dolorosa.
— Es una canción algo especial para mí… — comentó Zoro fingiendo indiferencia, en reflejo de los pensamientos de Sanji.
— ¿Ah? ¿Sí? Para mí también.
Los dos chicos se observaron en silencio, de repente, ambos cohibidos. No se atrevieron a preguntarse nada, por si después tenían que darse unas explicaciones que, en ese momento, no deseaban.
Zoro tragó saliva.
— ¿Quieres que salgamos? — Preguntó para cambiar de tema — La tormenta de nieve ha parado de momento, podemos aprovechar y salir a recoger tus cosas.
— O lo que queda de ellas… — asintió el rubio.
Zoro torció el gesto en una muestra de consideración hacia el otro chico.
Minutos después Sanji, embutido en el abrigo que le había dejado Zoro el día anterior, más un gorro, una bufanda y unos guantes también prestados se hallaba en la puerta principal de la casa intentando retirar con palas y sal, la nieve que cubría el porche, mientras el profesor de Educación Física hacía lo mismo que él.
En el exterior y según comentó Zoro, debían estar a menos veinte grados bajo cero, pero aun así, ambos chicos resoplaban como dos bisontes.
Les costó más de media hora llegar a lo que quedaba del coche y a la maleta que aquellos malnacidos del día anterior habían reventado sin compasión. El equipaje estaba semienterrado en la nieve y Zoro tuvo que ayudar a Sanji a sacarlo, dando un fuerte tirón que casi hace caer a ambos chicos al suelo.
El rubio se agachó murmurando con rabia en francés y aunque Zoro no entendía ni una jota de lo que el otro decía, no dudó ni un instante en que se trataba de maldiciones muy floridas.
— Qué cabrones… — murmuró finalmente Zoro, enfadado, cuando volvió a ver el montón de basura en el que habían convertido al precioso coche.
Al no obtener respuesta del rubio, Zoro se giró hacia él y le observó con curiosidad. Sanji rebuscaba en su maleta y parecía disgustado.
— ¿Qué buscas? — preguntó intrigado. El francés había retirado la tela del fondo de la valija y palpaba frenético el interior de su equipaje, tenía la ceja espiral fruncida y un gesto entre el enfado y la concentración.
— Mi Ipad y el cargador del móvil… No lo encuentro… — De repente, soltó un grito de alivio. Sacó un cacharro plano y un cable con un enchufe en el extremo. — ¡Aquí! ¡Menos mal!
Zoro esbozó una sonrisa de simpatía y siguió observando los desperfectos del vehículo.
— Tienes seguro del coche, supongo… — preguntó el del pelo verde, después de unos minutos de silencio. Sanji asintió.
— Sí, lo tengo con el Buggy Insurance Clown, esa aseguradora que anuncia un tío vestido de payaso.
Zoro asintió.
— Sé cuál es… Parece bastante completa.
— Yo creo que me cubrirá toda la reparación de los daños… — Sanji se puso de pie, con el Ipad en la mano. — Esos tíos… Los que me han hecho esto… ¿Los conoces?
Zoro suspiró hastiado, dando a entender a Sanji, que los conocía de sobra.
— Son unos cretinos del pueblo… Siempre la están liando. —Zoro se lo explicó. — Jabra es un imbécil fantasioso, un tío que se cree que todavía es un adolescente. Los otros dos, son como sus satélites. Unos buenos para nada. Pero son más, un grupito que siempre está en el bar del pueblo, el CP9. No salen de ahí.
— Les quiero denunciar. — Sanji miró a Zoro con indignación. — Son unos cobardes.
Zoro asintió con la cabeza. Sanji tenía razón. Irían a ver a Tashigi.
— Si no me hubieran pillado por sorpresa, les hubiera dado una buena paliza… — comentó Sanji indignado.
Zoro no dijo nada, pero miró de reojo a su invitado, sonriéndole con algo de condescendencia y cuidando mucho de no expresar en voz alta lo que pensaba: que ese rubio enclenque no podría luchar ni contra una mosca. Aun así, le pareció gracioso el convencimiento con el que el chico se expresó, como si él solo y sin ayuda, pudiera patear al bestia de Jabra.
Disimulando la sonrisa ante lo que pensó, era una bravata de consolación del francés, Zoro se encaminó hacia el coche de Sanji. Empujó la puerta del conductor con la mano, intentando cerrarla, pero no pudo. Habían destrozado los goznes con una palanca y había reventado los cristales de la ventanilla.
— Déjalo, no te vayas a cortar o a hacer daño… — musitó Sanji con tristeza poniéndose a su lado. Se quedó mirando a su coche con pena — ¿Sabes? Este es el único capricho caro que me he dado en mi vida.
Zoro le miró, silencioso. El francés tenía, otra vez, ese aire de cachorro desvalido, que conmovía el corazón del profesor y le impulsaba a ayudarle a toda costa.
— Tienes un Ipad… — Comentó Zoro —. Ese también es un capricho caro…
— ¿Esto? — preguntó Sanji levantando el cacharro. — No, no, esto es el regalo de un fan.
— ¿Tus fans te compran Ipads? — preguntó Zoro totalmente sorprendido. — Yo no me gastaría tantos belis en alguien a quien no conozco, por mucho que me gustara su trabajo.
Sanji rio, algo azorado.
— Te sorprendería la cantidad de gente que me hace regalos… Tengo una lista de deseos en .
— ¿Qué es eso?
— Es una lista de cosas que quiero, un Ipad nuevo, una PlayStation4 o ropa, o algún CD o libros… Cosas así. Mis fans pueden acceder a esa lista y comprarme algo, si quieren. Los regalos llegan a DofflyxStudios, me los entregan y yo se lo agradezco con una sesión de video en las redes sociales o una carta, o una película firmada, o algo así…
— ¿Y por qué lo hacen? — Preguntó Zoro sumamente intrigado — ¿Qué pretenden?
Sanji sonrió con algo de tristeza.
— Nada. Algunas personas se sienten bien haciéndolo, porque les soy simpático o porque me admiran, o porque solo buscan algo de atención.
— ¿No es como si te vendieras? — comentó Zoro después de unos segundos de silencio, soltando lo que pensaba, sin pensar en realmente en lo que decía. — Te dan regalos a cambio de escenas eróticas… No. Eróticas no. Sexuales…
La mirada de Sanji se ensombreció de repente, miró a Zoro y después, sin decir nada, agachó la cabeza. La sonrisa se le había congelado en el rostro.
Inmediatamente, Zoro se maldijo. Había sido un bocazas y había herido al rubio. Se removió incómodo, claramente arrepentido. No quería hacer daño al rubio.
— Soy actor, no un gigoló. — murmuró Sanji unos segundos más tarde.
Y no comentó nada más. Miraba al suelo fijamente y el rubor incendiaba sus orejas. Estaba dolido.
— Lo siento… — se disculpó Zoro sinceramente, con remordimiento. — Ha sido un comentario idiota…
Sanji levantó la mirada y se la clavó a Zoro durante unos segundos, como sopesando si la disculpa era sincera. Finalmente, suspiró y sonrió con simpatía. Se encogió de hombros.
— No pasa nada… No eres el primero que piensa algo así… — y murmuró — A veces hasta yo lo pienso…
Zoro, nervioso, se frotó la frente con una mano.
No estaba acostumbrado a disculparse
—Tendría que haberme callado… La verdad es que pareces un tío… interesante.
Se arrepintió de inmediato de haberle dicho eso, sobre todo cuando vio la cara de sorpresa del francés y el intenso rubor incendiar sus mejillas como una bomba de lava, pero las palabras habían salido solas de su boca y ya no había vuelta atrás.
Le había traicionado el subconsciente.
— Vamos a mirar cómo está la carretera — Zoro optó por salirse por la tangente y dar el esquinazo a la mirada de Sanji que, aun aturdido por el comentario, le observaba con la boca abierta. — Si está más o menos bien, vamos primero a la policía y después a ver a Ace.
— ¿Quién es Ace? — la voz de Sanji salió algo estrangulada.
— El mecánico, mi amigo. Te lo dije antes.
— Ah, sí… — el actor estaba tan abochornado que ya no se acordaba de lo que le habían dicho — También tengo que ir al Robson Park. Tengo que pedir una habitación para quedarme, hasta que abran la carretera.
Zoro asintió.
— Iré contigo, de lo contrario, esa usurera de Miss Bakkin, te va a dejar sin un beli.
— Muchas gracias… — el francés volvió a agachar la cabeza, con la sonrisa dibujada, nuevamente, en su rostro.
Zoro le observó en silencio. Y se irritó, sin saber exactamente por qué, pasando por el lado de Sanji sin decir palabra. Al llegar a su altura, le quitó el gorro de un tirón en un impulso infantil. El pelo rubio se le erizó debido a la electricidad estática.
— ¡Eh! — El rubio se llevó las manos a la cabeza mientras su cabello crepitaba— ¡Qué haces!
Zoro se pasó la lengua por el labio inferior, conteniendo la risa.
— Venga Cejillas Rizadas, vamos a ver cómo está la carretera antes de que se te congele el culo…
— ¿Qué…? — El francés le miró incrédulo — ¿Qué me has llamado…?
— Cejillas Rizadas. — Y Zoro se acercó nuevamente a él, dando tres grandes zancadas con tanto ímpetu que Sanji se echó hacia atrás, abrumado por su personalidad y cuando el profesor se colocó a casi dos centímetros de su nariz.
Sin mediar palabra, Zoro le alborotó el pelo.
El francés abrió la boca y la volvió a cerrar. No pudo ni balbucear.
Y, su rostro, se convirtió en pura llama.
El rubio bajó la vista, intentando ocultarlo, pero Zoro le observaba fijamente, con intensidad, y le fue imposible disimular. El corazón le latía con tantísima fuerza que creyó que se le iba a salir del pecho, o peor aún, que Zoro le iba a oír. Nunca le había pasado algo así. Nunca se había sentido tan intimidado por alguien.
Jamás.
Lo que Sanji tenía en ese momento en el estómago no eran mariposas, sino un enjambre de avispas asesinas que le picaban por todas partes, clavándole los aguijones directamente en el corazón, inyectándole grandes dosis de veneno que circulaba con rapidez por su organismo, abrasándole las venas, las arterias y los órganos vitales.
Clavado en el suelo, paralizado por una sensación nueva y algo angustiosa, pero a la vez, paradójicamente, emocionante, miraba fijo a Zoro, con la pupila de su único ojo visible, dilatada.
— Vamos. — Zoro dio por finalizado el momento, dándose la vuelta y echó a andar sin mirar atrás. — Si no nos movemos ahora, se nos hará tarde. Si vuelve a nevar, no podremos salir del pueblo y no quiero pasar la noche en casa de ningún amigo.
Sanji se quedó inmóvil unos segundos más observando cómo el profesor de gimnasia atravesaba el jardín delantero de su propiedad, no sin cierta dificultad, para llegar a dónde debía estar la carretera.
Finalmente, como si despertara de un largo sueño, el rubio le siguió como un autómata hasta que sintió que los pulmones le iban a estallar.
No se había dado cuenta de que, sin querer, había dejado de respirar.
XXXX
Sanji volvía a estar sentado en el asiento del copiloto del viejísimo Suzuki Vitara de Zoro. Miraba por la ventana, intentando evitar el contacto con el profesor de gimnasia. El corazón aun retumbaba dentro de su pecho y se sentía totalmente descolocado. Estaba tenso y su mente no dejaba de reproducir el momento exacto en el que musgo-man se le había aproximado como un depredador sediento de sangre, para desordenarle el pelo en un gesto infantil, pero a la vez, intenso.
Su estómago se retorció al recordar la cara del hombre alga a dos centímetros de la suya.
Joder.
Qué ojos. Como los de un dragón escupe fuego.
Sanji apoyó el codo en el quicio de la ventanilla del copiloto, sosteniendo su barbilla, pensativo. El tío verde era impresionante y estaba más claro que el agua que le atraía.
A quién no. Estaba buenísimo.
Para qué iba a negarlo.
Joder. No era el mejor momento para ponerse a suspirar por alguien… Aunque, no era como si él hubiera suspirado por nadie alguna vez.
Tampoco estaba suspirando. Zoro era un tío bueno y ya estaba.
Él se había encontrado con millones de tíos como ese.
Joder.
Si no le conocía de nada…
Bueno, tampoco era nada malo, ni tan raro…
El gorila verde era amable, misterioso -un pelín comemierdas-, se veía buena persona y le estaba haciendo un favor enorme. Además, de que, y eso era obvio para cualquiera que tuviera un mínimo sentido del gusto, era terriblemente atractivo y musculoso…
Y, hetero… ¿no?
¿Estaba idiota, o qué?
No le iba a gustar un hetero... Eso era demasiado cutre y tópico.
Joder.
Suspiró levemente.
Total, qué más daba, no era como si fuera a conocerle mucho más.
Esa misma mañana, se trasladaría al Robson Park, donde pasaría un largo y aburrido invierno en la cafetería del hotel, leyendo la prensa y viendo la televisión, como un señorón jubilado y rico… Al menos, la comida del restaurante era buena…
Miró a Zoro de reojo, que mientras conducía, tarareaba la canción de Simple Minds, Don't You, que sonaba en ese momento en la radio del coche. El dragón verde tenía sintonizada Radio Sakura, una de las emisoras locales en las que ponían buena música, y que, curiosamente, él también había captado desde la radio de su Audi, antes de que el cabrón de Jabra y sus amiguitos homófobos se lo dejaran hecho un guiñapo.
Joder. Su coche. Esperaba que el seguro que había contratado con Buggy le cubriera todas las reparaciones, ya que de lo contrario, se iba a arruinar para dejar el Audi en perfecto estado.
Le volvió a asaltar el nerviosismo al pensar en ello y miró al conductor del coche, para apartar la vista rápidamente. ¿Le daba vergüenza mirar a Zoro?
Estaba idiota.
Solo era un chico guapo. No era para tanto.
Empezó a divagar, intentando encontrar un tema de conversación con su anfitrión, que a decir verdad, parecía cómodo, cantando tranquilamente, sin importarle un pepino que él estuviera al lado "Don't you try to pretend, It's my feeling we'll win in the end, I won't harm you or touch your defenses, vanity and security…".
Joder.
Y además, cantaba bien.
Le entró la risa de nuevo, y la volvió a reprimir. Al hacerlo, sintió otra punzada en las costillas.
Mierda.
Qué estupidez de situación.
Definitivamente, estaba idiota…
Después de que a Sanji se le parara el corazón, gracias a Zoro, y con las piernas como gelatina, había seguido a musgo-man para comprobar el estado de la carretera. Finalmente, el del pelo verde había dictaminado que podían ir al centro del pueblo con las cadenas en las ruedas.
El profesor estaba seguro de que si nevaba, lo haría por la noche, otra vez, pero tenían que salir en ese momento si querían hacer todos los recados de Sanji.
No iba a ser él quien contradijera al drumsiano en lo que atañía a la meteorología de aquella provincia de mierda, así que se limitó a asentir y a quedarse calladito, aunque antes de salir de casa, conectó el cargador de batería a su teléfono para que, cuando volviera, pudiera hablar de una vez con Sabo y con el Sr. Doflamingo.
Ya estaban en el centro del pueblo y al llegar a la Avenida Lapahn, pasaron delante del Robson Park, pero Zoro comentó que era mejor ir primero a la Comisaría de policía, porque la oficial Tashigi tenía guardia a esas horas, así que cabeza de col siguió conduciendo unos metros más, hasta que giró a la izquierda en un pequeño acceso que, según una señal de tráfico, era la calle Joy Boy. Allí, detuvo el coche. Apenas eran las diez y media de la mañana y casi no había nadie por la calle, así que el cabeza de musgo no tuvo ningún problema de aparcamiento.
Esta vez el Sr. Músculo, no le ayudó a bajar del coche, aunque le miró con la ceja enarcada, cuando él pegó un respingo al sentir un tirón en las costillas. Sanji negó con la mano, indicándole que se encontraba bien y Zoro se encogió de hombros.
— Vamos… — se limitó a decir el gorila sin esperar respuesta. Sin asegurarse de que le estaba siguiendo, como así era, abrió la puerta y entró.
La comisaria era pequeña y fea.
Las paredes pintadas de verde, estaban desconchadas en diversas zonas y las ventanas cerradas con barrotes color marrón, tenían las persianas medio bajadas. La sala no tenía luz natural y solo se iluminaba por un fluorescente que, a buen seguro, daría dolor de cabeza después de una exposición prolongada.
No había mucha gente trabajando. Una oficinista en la puerta y dos oficiales de policía sentados en sendos escritorios llenos de papel.
Zoro se dirigió directamente a uno de los dos agentes, una mujer joven, vestida impecablemente de uniforme. Tenía la nariz metida en un voluminoso expediente y estaba tan enfrascada en la lectura que Sanji solo veía el destello de unas gafas rojas y cuadradas que le resbalaban por la nariz.
— Oi, Tashigi… — Zoro no gritó, pero la muchacha dio un respingo y levantó la cabeza, sobresaltada.
Se quedó mirando como idiotizada al gorila verde antes de que procesara quién le estaba hablando. El profesor se limitó a mirarla sin decir nada más.
— ¡Zoro! — La chica enrojeció violentamente, de repente. Se puso nerviosa, le temblaron las manos e intentó quitarse las gafas, subiéndoselas por la cabeza, pero con tan mala suerte que se le quedaron atrancadas en la frente.
Sin hacer caso a la extraña posición en la que le habían quedado los lentes, la agente de policía cogió un lápiz de encima de la mesa y se lo llevó a la boca en un extraño intento de parecer interesante, pero falló cuando al morder el extremo, la goma de borrar que llevaba en la punta, se le partió y se le quedó entre los dientes.
A la pobre criatura no le quedó otro remedio que escupírsela en la mano. Tiró la cosa a la papelera y con el rostro enrojecido por la vergüenza se quedó quieta, esperando.
Zoro se limitó a observar todo aquel despliegue de atolondramiento propio de la Bridget Jones de la novela, con el rostro absolutamente impasible.
Sanji frunció las cejas.
No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que a la chica le gustaba Zoro.
Y mucho, por lo que parecía.
No le extrañaba nada. A él también le gustaba y le acababa de conocer.
— ¿Qué haces aquí? — Preguntó finalmente la muchacha con la voz estrangulada, al ver que Zoro no emitía ni un sonido.
Sanji, que hasta ese momento observaba la escena como interesado espectador, vio la esperanza asomar a las facciones de la muchacha. Quizá pensara que el gorila de musgo quería pedirle una cita.
Pues no.
La esperanza se apagó cuando la muchacha se fijó, finalmente, en él.
— Bonjour… — Sanji sonrió tímidamente, levantando una mano. — Hola.
— Hola. — respondió amablemente la agente de policía, para dirigir una mirada interrogativa a Zoro.
— Tashigi, este es Sanji. — el gorila verde no perdió más tiempo. — Ayer Jabra, Fukuro y Nero le dieron una paliza tremenda y después le destrozaron el coche. Por su culpa, se ha quedado atrapado en Bighorn. Venimos a denunciarles.
Tashigi se quedó con la boca abierta mirando al hombre-alga.
Qué graciosa.
Y mona.
— ¿Ah? — inmediatamente recobró la compostura y le observó con detenimiento. Él, intentando ser simpático, se señaló el labio partido frunciendo las cejas. Tashigi se limitó a asentir. — Sentaos, por favor.
La muchacha retiró el voluminoso expediente que tenía delante, encima de la mesa, y limpió de papeles, como pudo. Cogió una libreta de un cajón y el lápiz que antes había mordido, dispuesta a apuntar.
— ¿Eh…? ¿No tenéis ordenadores? — preguntó el francés extrañado. No es que él tuviera mucha experiencia en denuncias, pero por lo que sabía, la tecnología había llegado al país de Grand Line hacía un par de cientos de años.
Tashigi enrojeció.
— Sí, pero con la nevada se ha estropeado la red. Hasta que el Sr. Vega Punk no pueda arreglarlo, tenemos que trabajar así.
La última frase la pronunció más para Zoro que para Sanji, que no tenía ni pajolera idea de quién era el Sr. Vega Punk, ni le importaba un bledo, realmente. Si bien el francés supuso que era el informático.
— Bueno, necesito tus datos personales. — dijo Tashigi, intentando centrar el tema. Y se dispuso a tomar notas. El rubio espero a que la agente de policía estuviera preparada, para empezar a hablar.
— Me llamo Sanji, nací el dos de marzo de 1.997…
— Tienes veinte. — comentó Zoro, interrumpiendo, de repente.
— ¿Eh? — Sanji se giró hacia él.
— Veinte años… Yo tengo diecinueve. — El gorila verde le había dado esa información sin mirarle. — Los cumplo en noviembre. El día 11.
El francés le miró algo estupefacto. Muy bien. ¿Y eso a qué venía?
— Ah, qué guay… — Sanji volvió a mirar a Tashigi, quien a su vez miraba a Zoro con adoración.
— Eres Escorpio, Zoro… — dijo la chica sonriendo tímidamente. — Yo soy Libra.
Sanji se irritó ligeramente.
— Y yo Piscis, somos todos compatibles. ¿Podemos seguir con la denuncia, por favor?
Tashigi enrojeció abochornada y recuperó sin mucho éxito, la compostura, prosiguiendo con su toma de datos. Zoro carraspeó.
— ¿Cómo te llamas?
Tashigi tenía un bonito cabello negro que llevaba recogido en una cola de caballo y en ese momento, se lo apartaba de la cara, intentando coquetear con Zoro. No parecía tener éxito, porque el orangután estaba observando un punto indeterminado del escritorio de Tashigi, donde reposaba una grapadora enorme color berenjena.
Sanji se volvió a irritar.
Joder.
Era extraño.
Habitualmente era muy amable con las chicas, a las que consideraba criaturas absolutamente fascinantes, estilosas, preciosas y mucho más inteligentes y superiores que los hombres, en general…
Sin embargo, aquella agente de policía le estaba sacando de quicio con el intento de flirteo fallido con alga-man. ¿Es que no veía que no le hacía caso? Además, estaba trabajando ¿no? Pues que trabajara.
— Oi… Te he dicho que me llamo Sanji…
— Pero no me has dicho tu apellido. — Repuso Tashigi algo seca. — Solo tu nombre.
— Ah… — Sanji enrojeció. Era cierto. — Kuroashi.
Uno a cero para la poli.
Zoro dio un respingo y se le quedó mirando con los ojos muy abiertos y ambas cejas enarcadas, aunque el francés, que estaba empezando a ponerse nervioso, hizo caso omiso del sobresalto de alga-man; y, aunque Tashigi también miró a Zoro por el rabillo del ojo, siguió con la entrevista con actitud profesional.
— Kuroashi Sanji… Kuroashi… Eso no es un apellido, es un apodo en japonés. — le dijo la chica, después de meditar un segundo. — Significa "Pierna Negra."
— ¿Pierna Negra…? — murmuró Zoro de repente — ¿Tú eres Pierna Negra?
Sanji asintió, ya del todo alterado. Esa situación era muy rara.
No iba a decir su apellido. No iba a causar un revuelo.
Kuroashi era un apodo, sí, pero todos le conocían por él, desde el Sr. Doflamingo, hasta su peluquero, pasando por la Sra. que le vendía la fruta en el mercado; incluso en su contrato laboral constaba como Kuroashi Sanji.
No veía por qué ahora, tenía que dar su nombre real en una jodida denuncia de mierda.
— Si no me das tu apellido, no puedo cursar la reclamación ¿lo entiendes? — el tono de Tashigi era todo, menos amable. La oficial de policía no estaba para tonterías y Sanji pensó que quizá aquella chica estaba exagerando la situación para aparecer más dura y profesional delante de Zoro, que en realidad, pasaba de ella olímpicamente.
— ¿Por qué tengo que decirlo? — preguntó el rubio histérico. — ¿Qué tiene de malo Kuroashi? ¡Pone Kuroashi hasta en el carné de conducir! Si te doy mi Número de Identificación de Ciudadano servirá igual, ¿verdad? A fin de cuentas, lo que sirve es el número identificativo, no el apellido.
Tashigi le observó unos segundos como si le hubieran salido de repente, cuernos y colmillos. Finalmente, suspiró.
— Esta bien, veré qué puedo hacer… — se bajó las gafas que aun llevaba en la frente — Dime entonces tu Número de Ciudadano.
Y Sanji se lo dio.
— ¿Domicilio? — preguntó Tashigi bastante irritada.
— Dressrosa. Vivo en Dressrosa. En la calle Colosseum, número 66, apartamento 3.
La oficial de policía levantó la cabeza.
— ¿Dressrosa? ¿Eres uno de los de Dressrosa? ¿Los de las películas? — estaba muy sorprendida. Miró a Zoro estupefacta, quien con aire aburrido asintió.
La agente de policía miraba al simio verdoso, incrédula. Estaba más que claro que se estaba preguntando qué diantres hacía el profesor musgo con alguien como él.
— Soy uno de los actores de Dressrosa.
La mueca de disgusto de Tashigi fue evidente. No pudo disimularlo.
Azorado, el rubio bajó la cabeza, sintiéndose mal.
Estaba algo harto de aquel tipo de situaciones. En cuanto hablaba de su profesión, la gente le empezaba a juzgar, haciéndole sentirse como basura. Levantó la vista para mirar fijamente a Tashigi, mientras esbozando una triste sonrisa en los labios. La oficial de policía tuvo la decencia de sonrojarse, avergonzada de su reacción.
No le pasó inadvertida la tensión que, de repente, se generó en el asiento contiguo, donde el hombre-fotosíntesis se removía inquieto.
"Oh, allez…", pensó decepcionado. El francés supuso que, seguramente, Zoro ya se estaba arrepintiendo de haberle acompañado y llevado allí, con su amiga, ligue o lo que fuera Tashigi…
Y es que las cosas siempre eran igual. Nadie quería tener nada que ver con alguien que usaba su cuerpo para ganar dinero y el hombre alga, aunque era amable y buen tío, no tenía por qué ser una excepción. Además, hacía menos de una hora que le había dejado claro lo que pensaba sobre su forma de vida.
Últimamente, todas aquellas cosas le afectaban demasiado, porque Sanji sabía que cuanto más tiempo permanecía en aquella industria, más lejos quedaba su verdadero sueño de ser un actor convencional.
Sanji suspiró y cogió aire, intentando relajarse, arrepintiéndose de haber acudido a la policía. Sabía que iba a pasar aquello, o algo parecido, si es que era un ingenuo y un idiota.
— Explícame qué ha pasado. — Dijo Tashigi, cuyo tono era ahora, cortante y frío. — Qué es lo que crees que quieres denunciar.
Zoro volvió a removerse inquieto en el asiento, sin decir nada. Sanji miró a la chica que le observaba con ojos gélidos y expresión adusta.
"Mon Dieu…", con lo mona que era y la cara de arpía que le estaba poniendo, estuvo tentado en decirle que le iban a salir arrugas antes de tiempo, pero pensó que era un comentario machista, así que se lo guardó para él.
Si bien, pensó en levantarse y marcharse, para nunca volver. Había sido un error acudir a la policía, por muy amiga del Musculitos que esa agente fuera. Estaba claro que para ella su condición de actor no era, precisamente, una virtud.
Un asesino en serie tendría más credibilidad que él en ese momento.
Hizo el gesto para incorporarse, mover el culo del asiento y poner pies en polvorosa, pero una manaza de hierro se le posó en el hombro derecho, obligándole a quedarse sentado. Sanji miró a Zoro y se encontró con sus ojos oscuros mirándole con fiereza.
"Oh, là, là…l'homme mousse…", aquel tío era muy intenso.
Sanji se sonrojó sin poder evitarlo… Otra vez.
Joder.
— Cuéntaselo. No te preocupes. — el gorila verdoso solo dijo eso y su mirada emanaba tal confianza que Sanji sintió un nuevo retortijón de estómago que también le retumbó en el corazón.
Joder.
Basta ya.
Era como si aquel mastodonte supiera lo que él estaba pensando, lo cual era una auténtica estupidez. Sanji que estaba estúpidamente con la boca abierta, la cerró de golpe.
— Tashigi te ayudará.
El profesor de gimnasia y retiró la mano de su hombro, creando en Sanji la sensación de que le faltaba alguna cosa cálida y pesada en esa parte del cuerpo, como si se hubiera quedado huérfana.
— Ella es de confianza. — añadió el gorila.
Sanji observó por el rabillo del ojo el sonrojo de la muchacha, al parecer era su turno de abochornarse. Si bien, esta vez la oficial, no perdió los papeles y no dijo absolutamente nada para ponerse en evidencia. Se limitó a mirarle de forma extraña y curiosa, esperando a que hablara. Esperando a que le contara la historia.
Algo en la actitud y el carácter de Zoro hacían que pudiera confiar en él, que se sintiera confortado. No a la manera de un hermano mayor, o de un amigo, sino algo híbrido. Algo más que un amigo y algo menos que familia, Zoro era carismático sin ser demasiado sociable. Una extraña mezcla que al francés le resultaba atrayente.
Finalmente, Sanji se resignó, suspiró, miró con gratitud a Zoro cuyo rostro era una máscara impasible y habló. Total, tampoco tenía nada que perder. Explicó todo lo que había ocurrido, con pelos y señales, y sin omitir ningún detalle.
Eso incluyó también la aparición en escena de Zoro y su intervención divina. Lo cierto es que, aunque reprimió todo lo que pudo la admiración que la actitud del homme mousse le había causado y lo mucho que su fuerza le había impresionado, no pudo ocultar un leve tinte de orgullo en la voz que, a alguien como la oficial Tashigi, que estaba claro que bebía los vientos por el musculoso profesor, no le pasó desapercibido. Y es que cuando el rubio acabó su relato, Tashigi, que hasta ese momento había tomado notas sin levantar la cabeza del papel, observaba a Zoro con tal adoración que el francés apartó la vista, abrumado ante el fervor que demostraba la oficial.
El hombre musgo, en cambio, seguía observando la grapadora color berenjena, ajeno a la epifanía de Tashigi.
— Tu testigo es Zoro... — comentó la agente de policía con los ojos brillando de orgullo, más para sí misma que por confirmar algo con el francés. No apartaba la vista del indiferente profesor.
Sanji asintió.
La muchacha se levantó sin dejar de sonreírle, pero Zoro no le hacía ni puñetero caso.
— Espera un momento que llamo a mi superior... Esto es bastante grave. Es una agresión homófoba.
"… Ne me dis pas… No me digas…", pensó Sanji hastiado y molesto.
¿La oficial le hacía caso ahora, porque había sido víctima de una agresión homófoba? O, porque el testigo era su adorado Musgo-man… En cualquier caso, la muchacha se levantó del asiento y se dirigió a las oficinas interiores. La voz del, hasta ese momento silencioso, Zoro, la detuvo justo cuando iba a llamar a una puerta de cristal. La sonrisa que le dedicó Tashigi podría derretir a un iceberg.
"Mon Dieu…Quelle beuté…"
Qué guapa.
Sin embargo, el del pelo verde, no se inmutó.
Joder.
Ese tío era de hielo.
Es más, Sanji empezó a pensar que era excesivamente indiferente a los encantos de la oficial. Cualquier hombre hetero hubiera perdido el culo por una sonrisa de aquella muchacha. Hasta él, en ese momento, se sentía cautivado por su belleza.
Parecía que Zoro se escudaba detrás de una máscara de impasibilidad, así que seguramente, -Sanji no pudo menos que reflexionar sobre ello-, la chica no le era tan indiferente como el hombre musgo aparentaba.
En cualquier caso, se dijo que ese no era su problema.
— ¿Está Smoker? — preguntó Zoro interrumpiendo sus pensamientos.
— No. El Vicealmirante Garp le necesitaba en la provincia de Baterilla, al parecer han descubierto una red de trata de blancas y le querían al mando.
— ¿Quién está? — preguntó el profesor de gimnasia.
— Está Spandam. — Tashigi hizo una mueca de disgusto.
— Hostia puta… — Sanji escuchó renegar a Zoro.
El rubio estaba a punto de preguntar qué pasaba con ese tal Spandam cuando la puerta a la que Tashigi llamó se abrió de golpe para dejar pasar a un oficial de policía no demasiado alto, con el pelo ondulado teñido de rosa y una máscara terapéutica colocada en la cara.
— ¿Qué coño quieres Tashigi?— el tío tenía una voz nasal y empalagosa. La parte visible de su cara mostraba unas facciones crueles y torcidas de lo más desagradable. — ¿Necesitas ayuda para encender la luz del wáter?
Mierda.
Era el tipo que le había visto llorar a la salida del casting, que se había burlado de él y le había llamado "la niñita de Dressrosa".
¿Y ese era el superior de Tashigi? ¿Ese homófobo de mierda era policía?
No hacía falta ser muy listo para darse cuenta. Estaba jodido.
Aunque quizá tuviera suerte y el capullo aquel no le reconociera…
— Ha venido Roronoa Zoro, Señor. — dijo Tashigi nerviosa, haciendo caso omiso de los ofensivos comentarios de su superior, quien en ese momento se alisaba el uniforme dándose importancia. — Ha venido a poner una denuncia.
El oficial Spandam pareció interesarse y, dejando lo que estaba haciendo, miró hacia donde estaba Zoro.
Y…
También le vio a él.
Por un momento, su único ojo visible, el que la máscara terapéutica dejaba al descubierto, se entrecerró intentando recordar dónde le había visto antes. Después, le reconoció, las facciones del policía se dilataron y contrajeron hasta que la mueca de su cara se adornaba con una sonrisa de extrema crueldad.
La cara de Spandam mientras le miraba era la misma que la de una hiena al detectar un cachorro de león alejado de su madre.
— Tú eres ese tipo de Dressrosa ¿verdad? — Preguntó sin modales, educación o un mínimo de respeto o diligencia profesional. No dejaba de esbozar la sonrisa de piraña que adornaba su cara. — Ese actor marica…
Spandam era un gilipollas máximo.
Zoro se retorció en su silla, visiblemente incómodo, mientras Tashigi observaba la escena abochornada.
La primera reacción de Sanji fue la de mandar a la mierda a aquel espantajo, pero después pensó que si se mostraba ofendido le daría a ese estúpido la carnaza que quería.
Entonces, hizo todo lo contrario de lo que el cretino esperaba.
Se levantó de la silla y con modales exquisitos le tendió la mano.
— Enchanté Monsieur Spandam… — le dijo en perfecto francés. — Soy Kuroashi Sanji. Un placer.
El oficial, que había esperado una reacción totalmente diferente del francés, se quedó sin saber qué decir. Por la cara de dolor de almorranas que puso el mamarracho, Sanji tuvo claro que nadie, en toda su vida, le hubiera llamado "señor".
Y no le extrañaba nada, porque no lo era.
El francés vio cómo, por el rabillo del ojo, Zoro intentaba mantenerse impasible, pero le costaba contener la sonrisa de comemierdas, esa que a veces esbozaba. El del pelo verde fingía mirarse las manos, que había cruzado sobre el regazo.
Sanji sintió cierto orgullo de sí mismo. Había hecho sonreír al rinoceronte.
La estupefacción ante la reacción del francés, le duró poco a Spandam que, aunque un poco lento, se percató de que Sanji le había puesto en evidencia. Eso, como era de esperar en un perfil de necedad máxima como la suya, tuvo la virtud de irritarle.
No devolvió el apretón de la mano que le tenía el francés.
Al contrario, se le encaró, quedando a dos milímetros de su cara. Sanji podía verle hasta el intestino grueso a través de la fosa nasal que no quedaba cubierta por la máscara.
— A ti te quería yo ver, rubito… — el oficial se dirigía a él como si fuera un traficante de órganos. — Sé que ayer intentaste violentar a un pobre muchacho del pueblo y luego iniciaste una pelea.
Sanji se quedó en blanco por un momento, mirando estúpidamente al oficial. La ceja visible se arqueó en un arco imposible y abrió la boca varias veces antes de contestar.
— Quoi…? — estaba estupefacto. — ¿Que yo qué…?
— Ayer, por la tarde, tres respetables muchachos del pueblo vinieron a denunciarte.
— ¿Que qué…? — Sanji no daba crédito a lo que oía. La indignación ascendía por su espina dorsal alojándose en su pecho y el rubor había vuelto a sus mejillas, pero esta vez nada tenía que ver con Zoro, que a su lado, parecía igual de atónito que él.
— Oficial Spandam… — Tashigi de repente, interrumpió a su superior. Aunque, cuando le habló, lo hizo con un hilo de voz. — Ayer por la tarde no había nadie aquí… La tormenta…
— ¿Estabas tú en la Comisaria a las cinco, Tashigi? — interrumpió el de la máscara terapéutica con voz de hielo. — ¿O te fuiste a casa a las tres de la tarde a dormir la siesta?
— Me fui a casa, señor… — respondió la muchacha cabizbaja.
— Entonces, como estabas durmiendo, no sabes que yo estaba trabajando aquí a esas horas ¿verdad?
— No, señor… — la muchacha tenía las orejas rojas.
— No, claro que no… Cierra la boca, Tashigi.
La oficial enmudeció y Sanji vio la mueca crispada de la muchacha, que se apretaba los labios con rabia. No tuvo mucho tiempo para compadecer a Tashigi por tener a ese gilipollas como superior, porque Spandam volvió a dirigir su atención hacia él, mirándole de nuevo, con aquella mueca cruel dibujada en los labios.
— Mira, guapito… — le dijo, mientras esbozaba una sonrisa falsa. — Me da igual donde pongas la polla allá en Dressrosa, pero mientras estés en Bighorn, te aconsejo que la tengas quieta y te la metas en el culo.
— ¡Qué coño estás diciendo Spandam…! — Zoro que hasta ese momento había permanecido callado, se había puesto de pie.
El del pelo verde estaba realmente indignado. Tenía las cejas tan enarcadas que parecía que iban a juntársele con el nacimiento del pelo.
— Estas no son maneras de tratar a nadie y menos cuando este chaval no ha hecho nada de lo que esos capullos le acusan… Los conoces igual… No, les conoces mejor que yo y sabes perfectamente de lo que son capaces.
Spandam miró a Zoro como si le hubieran salido tres piernas de las orejas. Segundos después, agachó la cabeza y suspiró, como si soportara el peso del mundo sobre sus hombros. Cuando finalmente habló, no había ni una nota de compasión en su voz.
— Roronoa… siempre me has caído bien. Eres un buen tipo que no se mete con nadie, le caes bien a todos, eres trabajador y decente… — le dijo — Así que no atino a comprender por qué le has cogido cariño al marica este, ni qué te habrá contado…
Zoro entornó los ojos y Sanji percibió un aura espesa y pegajosa a su alrededor. El profesor parecía una bestia a punto de saltar sobre su presa. No fue el único que detectó el peligro. Spandam alzó la vista, pero lejos de amedrentarse, negó con la cabeza frunciendo los labios.
— Zoro, Zoro, Zoro… Relájate. Te voy a explicar muy claramente lo que de verdad ocurrió. — Spandam se sentó encima de la mesa de Tashigi aplastando con su culo, el bloc con las notas que la oficial de policía había tomado durante la declaración de Sanji. — Lo que pasó fue que este tipo fingió haber pinchado una rueda y provocó que el pobre Jabra detuviera su coche para ayudarle.
— ¡Eso es mentira! — rojo de ira, Sanji no pudo más y se abalanzó sobre Spandam. No llegó a alcanzar su objetivo, porque la mano férrea de Zoro le detuvo antes de que hiciera una tontería— Fue él el que me paró... ¡Me atacaron! ¡Eran tres tíos contra mí! ¡Casi me matan!
— Cállate, si no quieres que te meta en el calabozo… — le dijo el oficial con una sonrisa de comemierda pintada en la cara, volvió a suspirar con falso hastío, para luego proseguir con su torticera versión de los hechos. — Cuando el pobre Jabra estaba comprobando las ruedas del coche de este tipo, este vicioso, se abalanzó sobre él, metiéndole mano e intentando bajarle los pantalones.
— ¿¡Qué coño dice…!? — Sanji respiraba con agitación, el rostro desencajado, las orejas rojas y las venas del cuello marcándose a causa de la presión que en ese momento, tenía disparada. Sentía su airada sangre bullir en sus venas como si fuera un rio de lava. Quería partirle la cara a ese hijo de puta.— ¡Eso es un montón de mierda! ¿Qué coño estás diciendo…? Yo jamás haría una cosa así.
Jamás.
Jamás, jamás, jamás.
Spandam reía abiertamente, disfrutando de la reacción del rubio y adornando la historia inventada, a cada minuto que pasaba.
— Lo que no sabía este niñato, es que Fukuro y Nero estaban dentro del Land Rover de Jabra y bajaron a ayudar. Entre los tres consiguieron despegarle de Jabra y reducirle…
— Mentira… ¡Mentira! — Sanji volvió a retorcerse entre los brazos del profesor de gimnasia, que a duras penas podía sujetarle y evitar que partiera la crisma a ese malnacido.
El indigno policía prosiguió con su novela de ficción.
— Sí es cierto… — concedió — Se intercambiaron algunos golpes, lo cual es comprensible después de lo ocurrido…
Spandam ensanchó la sonrisa más falsa que Sanji había visto en toda su vida.
— Quiero decir… — y Spandam se dirigió a Zoro — ¿Qué hubieras hecho tú, Zoro, si este te hubiera metido la mano en la polla?
Sanji dejó de removerse en los brazos de Zoro, que no dejó de sostenerle. Qué coño estaba diciendo ese hijo de perra. Se estaba inventando aquella mierda, a medida que la relataba. Hasta una ameba tendría más imaginación. La situación que estaba viviendo, parecía sacada de una película de Ruther Hauer de serie B.
El francés no sabía qué hacer, quería matar a ese tipo, pero no era tan idiota como para no darse cuenta de que la situación sería aún peor si hacía lo que su instinto le dictaba y le reventaba la cara a ese mamarracho.
— Spandam, todo eso es un montón de mierda… — fue Zoro quien habló. Su tono era glacial y casi ronco.
Sanji se percató de que el del pelo verde estaba muy enfadado y a duras penas contenía el impulso de hacerle tragar la mesa al cabrón aquel.
Ese tío, al que acababa de conocer, se estaba preocupando más por él, que nadie en toda su vida. Zoro continuaba encarándose con Spandam, sin miedo y sin dudar. Realmente, era un tipo valiente y orgulloso.
Admirable.
Sanji sintió una cálida oleada de gratitud hacia el hombre musgo.
— Cuando yo llegué tenían cogido al… a Sanji por los brazos, mientras Jabra le molía a golpes y le insultaba. — le explicó Zoro. — Y tú sabes perfectamente que tu amigo es capaz de eso y de más.
Así que Jabra, el cabrón homófobo que le había pegado y destrozado el coche, era amigo de Spandam, el oficial de policía homófobo que se suponía tenía que detenerle.
Estaba muy jodido, muy pero que muy jodido.
— Es más… — lo que dijo Zoro a continuación fue fiel reflejo de los pensamientos del francés. — Lo lógico es que siendo Jabra, tu amigo, deberías desentenderte de este asunto y dejárselo a otro policía más objetivo.
Zoro miró a Tashigi, quien había permanecido callada todo el tiempo. Sin embargo, la muchacha, rota de vergüenza, no se atrevió ni a mirarle.
— Eres muy buena persona, Zoro... — comentó finalmente Spandam con tanta falsedad, que Judas Iscariote, a su lado, hubiera enrojecido como un colegial. — Pero esta vez, malinterpretaste lo que viste.
— Sé lo que vi. Eran tres cobardes de mierda pegando a un chico desvalido.
Sanji alzó la cabeza para encontrarse con el porte digno del profesor. En ese momento, el del pelo verde, le recordó a Sanji al samurái que había visto en los paneles de madera de su casa. Un hombre digno, noble y fiero. Un auténtico guerrero.
Mientras hablaba con aquel mamarracho con uniforme de policía, el hombre verde, que no le había dejado ni un momento, le sujetaba nuevamente el hombro, apretándoselo con fuerza, indicándole con aquel gesto, que no abriera la boca.
— ¿Fuiste testigo de cómo se generó la pelea? — preguntó Spandam.
Zoro se quedó mudo. No podía contestar que sí. La sonrisa que esbozaba Spandam en ese momento, era horrenda. Esa vez, le recordó a Sanji al payaso Pennywise de la novela It de Stephen King.
Aquel mamón tenía cogido a Zoro por las pelotas. El profesor no había visto cómo se inició la pelea, porque cuando apareció, ya le estaban pateando.
Zoro no podía saber qué había pasado antes de que le vapulearan como a una estera.
— No. — El musculitos casi escupió la respuesta.
Spandam ensanchó su asquerosa sonrisa. Jugar con la nobleza de Zoro era algo repugnante. Se notaba a la legua que se lo estaba pasando en grande.
Aun así, Zoro prosiguió e insistió.
— Le han reventado el coche, Spandam, se lo han destrozado, se lo han llenado de mierda y han pintado obscenidades e insultos homófobos en la carrocería. — hizo una pausa — ¿Cómo justifican eso tus amigos?
El policía enarcó las cejas con falsa inocencia.
— ¿Qué es lo que han pintado en tu coche? — Al oficial de policía le importaba un carajo lo que ponía en su coche. Haciendo que repitiera el insulto, solo buscaba otra forma más de humillarle.
— Marica. — contestó Sanji mirándole fijamente. Ese mamón no le iba a amilanar.
— Bueno, pero eso no es un insulto ¿no? — Preguntó Spandam con cinismo — Eres marica… ¿Verdad?
Sanji cerró los ojos, intentando concentrarse.
No lo conseguía. Quería partirle la cara, reventársela a golpes, patearle hasta dejarle inconsciente y hacerle, después, comerse sus propios huevos. Estaba hasta los cojones de ese tipo de gentuza de mierda con la que se había encontrado toda la puta vida. Debería estar acostumbrado ya a aquellos cabrones, pero no conseguía aislarse del todo.
Sentía el férreo apretón de Zoro en su hombro y no supo exactamente por qué, eso le dio fuerzas para seguir defendiéndose, aun sabiendo que tenía la batalla totalmente perdida.
— No creo que no sé dé cuenta, oficial Spandam, que esas palabras no describen una condición, sino que, ya que las han pintado con spray naranja en la puerta de mi coche negro, junto al dibujo de un enorme pene eyaculando, con sus gónadas y todo, es evidente que la intención que ha tenido el pintor es la de ofender.
La voz de Sanji estaba a punto de quebrarse, pero prosiguió su discurso con modales exquisitos y vocabulario cuidado.
— Coincidirá conmigo en que nadie pinta un pene y la palabra marica con spray naranja, en las puertas del coche de otro, porque quiera ingresar en una escuela de arte o iniciar un debate sobre orientación sexual.
Zoro y Tashigi le observaron con admiración, mientras que Spandam lo hizo como si una cucaracha que acabara de salir de un montón de mierda, le cantara el brindis de La Traviata.
— ¿Lo viste con tus propios ojos? ¿Viste cómo ellos pintaban y destrozaban tu coche? —Spandam volvía a sonreír.
— No. — Respondió Sanji con un nudo en la garganta. Estaba contendiendo las lágrimas. Se dijo que no iba a llorar delante de ese hijo de puta que le estaba denigrando. No le iba a dar el gusto.
— ¿Y tú? — Preguntó Spandam dirigiéndose a Zoro. — ¿Viste cómo le destrozaban el coche a este?
— No.
— ¿Tenéis alguna prueba de que fueran ellos?
— No. — Respondieron a la vez.
— Entonces, chicos, no tenéis nada.
Spandam pronunció la frase con la sonrisa aun dibujada en el rostro y abriendo mucho los brazos, como queriendo abarcar a las personas que tenía delante.
Tashigi miraba hacia el suelo, visiblemente horrorizada.
Pobrecilla.
Sanji sintió algo de simpatía por aquella muchacha, considerando que tenía que lidiar con aquel malnacido como jefe.
Por fin, Spandam se levantó de la mesa, arrastrando el trasero por encima y tirando varios papeles e informes que Tashigi había apilado cuidadosamente.
El oficial no se molestó en agacharse a recogerlos.
— En atención a los golpes que tú también has recibido, aunque realmente están justificados… — Spandam le habló mirándole a los ojos con desprecio. –…No voy a cursar la denuncia de Jabra, así que puedes estar agradecido… Tómatelo como un empate.
Hijo de puta.
Sanji hacía todo lo posible por aguantar el llanto, pero tenía los ojos acuosos y le estaba siendo muy complicado contener los pucheros.
No iba a llorar.
No delante de ese cabrón.
— Sin embargo, guapito, te advierto que la próxima vez no seré tan benevolente.
Spandam se le acercó intentando amedrentarle. Era perfectamente consciente de que Sanji estaba combatiendo las lágrimas, pero aun así, no cedió ni un ápice.
Quería verle llorar.
— Te guste o no, tendrás que quedarte en Bighorn, así que estate quietecito hasta la primavera y no te pasará nada. — Continuó el oficial — Te quiero fuera del pueblo en cuanto abran la carretera. No queremos gente como tú por aquí.
Spandam pareció satisfecho cuando vio cómo una lágrima no pudo aguantar más presión y resbaló por la mejilla del francés. Era como una hiena feliz, como un carroñero que acababa de refocilarse en los despojos de un cadáver.
Y ese cadáver, era él.
— Ahora, si me disculpáis, tenemos gente a la que proteger. Gente respetable, con vidas respetables y trabajos respetables.
Cínico de mierda.
Spandam se dio la vuelta y se dirigió a su oficina.
Cuando estaba a punto de meterse en su despacho se giró hacia ellos.
Aún no había acabado.
— Ah, Zoro, por cierto... — Giró media cabeza hacia la derecha, dejando a la vista el lado de la cara cubierto con la máscara terapéutica. — Ya te lo dijo Jabra: deberías estar de nuestro lado, del lado del pueblo, no del de ese tío… pero considerando que lo de Kuina fue por estas fechas, voy a entender que estás especialmente sensible. Seré comprensivo por esta vez, pero la siguiente no habrá trato especial ¿Lo pillas?
Tashigi lanzó una exclamación ahogada y se llevó las manos a la boca, mirando a Zoro horrorizada, a la vez que Spandam se metía en su oficina y cerraba la puerta de un portazo.
Sanji sentía ganas de vomitar y se llevó una mano a los ojos para intentar secarse las lágrimas que se habían desbordado de las comisuras de sus ojos, incontrolables.
Cada vez se sentía más frágil e impotente. No sabía qué podía hacer contra lo que le acababa de ocurrir, pero al mirar a Zoro el estómago le dio un vuelco.
El gorila se había quedado clavado en el sitio. Estaba pálido como un muerto y su gesto no era del todo impasible como antes, sino que su pecho se agitaba al ritmo de una frecuencia respiratoria anormalmente rápida. Continuaba apoyándose en su hombro y Sanji sentía su manaza como el plomo, aunque temblorosa.
Finalmente, Zoro le miró y Sanji se echó hacia atrás involuntariamente: el del pelo verde, tenía las pupilas dilatadas por la ira, que brillaba dentro de sus ojos como dos hogueras. Era como si estuviera a punto de gritar o de estallar. La vena de su poderoso cuello le palpitaba de forma frenética y parecía que en cualquier momento iba a destrozarlo todo.
El francés no sabía qué había pasado, pero lo que fuera, había dejado totalmente fuera de combate a su anfitrión.
El francés aún se sintió peor de lo que se encontraba. Si por su culpa, aquel policía de mierda había hecho daño a Zoro, que tanto se había preocupado por él, no podría perdonárselo jamás.
— Zoro… — la voz de Tashigi amenazaba con romperse en mil pedazos. Sanji vio como el gorila se dio media vuelta y sin mirar a la muchacha se encaminó hacia la puerta. — Zoro, lo siento mucho… Smoker no hubiera permitido esto…
— Vamos… — Zoro hablaba con él. La voz del gorila era ronca y temblorosa. Como con emoción contenida. — Vámonos de este lugar…
Tashigi volvió a repetir el nombre del gorila, pero él no le hizo ningún caso. Se dirigió hacia la puerta sin comprobar si él le seguía y solo cuando llegó a la salida, pareció arrepentirse, se dio la vuelta y miró a la chica. Su mirada reflejaba tanto dolor que Sanji pudo sentir sus propias tripas retorcerse de angustia.
— No te preocupes Tashigi, yo también lo siento por ti.
— Adiós… — Sanji se despidió de la muchacha, pero no obtuvo respuesta.
Recogiendo la dignidad que le quedaba, siguió al profesor de gimnasia hasta la salida, y juntos, abandonaron la comisaria.
Fin del capítulo 2.
Notas Finales:¿Qué os ha parecido? Se perfilan sentimientos. ¿Superficiales? ¿No correspondidos? También mucho drama y angustia, que siempre ayuda a provocar una buena catarsis.
Os esperamos en el siguiente.
Muchas gracias.
#loveislove.
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