Disclaimer: Todo lo que reconozcan le pertenece a una mujer rubia inglesa llamada J. K. Rowling.
Capítulo II: Royals
"And we'll never be royals (royals). It don't run in our blood. That kind of lux just ain't for us, we crave a different kind of buzz" Lorde
Se asomó un momento por la ventana y la mañana en Amsterdam le devolvió la mirada. Vivía en un viejo departamento, no muy grande, a la orilla de uno de los canales que, en semicírculo, recorría la el centro de la ciudad. Se puso un par de pendientes que acababa de agarrar de la mesilla de noche y terminó de abrocharse la túnica. Volteó hasta la cama, donde Niklaus seguía metido, apenas con los calzoncillos puestos. Torció la su diminuta boca mientras se pasaba las manos por el cabello desordenado.
—¿Cómo están mis padres? —se animó a preguntar por fin. La misma pregunta que le hacía cuando iba a verla.
—Bien —respondió él. Como siempre, sin ningún cambio—, están bien. Aunque… preocupados… bueno, tu madre. —Niklaus se puse en pie y fue hasta la silla que estaba a un lado del espejo, enfrente de la cama y tomó la camisa blanca que llevaba puesta—. La oí comentar con mi madre que le preocupa no saber a quién heredar… Desde que tu padre tuvo lo de la viruela tiene esa obsesión.
—Que no me pueden heredar a mí… —musitó ella—, al menos, no lo que está en Inglaterra, que, a decir verdad, es la mayoría de la fortuna. —Sacudió la cabeza—. Pero eso ella ya lo sabía cuándo escogió esto para mí. Tuvo dos opciones en sus manos, y una de ellas era Azkaban, Nik. —Justine Higgs fue a posicionarse justo delante del espejo, donde Niklaus se vestía apresuradamente—. Y eligió esta. Eligió el exilio para mí. ¿Me quiere, no crees? —Sonrió sarcásticamente, como siempre lo hacía—. Prefirió no volver a verme, que ver como pasaba dos años en prisión… —Tomó un pintalabios que estaba delante de su espejo y se pintó los labios color caoba, insistiendo en hacer que se vieran un poco más largos de lo que en verdad eran—. Yo hubiera elegido lo mismo que ella, a decir verdad. Pero no hice nada. Me senté y respondí las preguntas como me dijeron que hiciera.
—Te torturas con eso, ¿no? —inquirió Niklaus Pucey, poniéndose la última parte de la túnica, detrás de ella.
—¿Te han juzgado alguna vez? —cuestionó ella—. Después de oír el testimonio de Albus todos me encontraron culpable. Lo único que pudo hacer el idiota abogado defensor que mi madre convenció para que me representara, fue alegar que sólo tenían la mitad del rompecabezas. —Terminó de maquillarse y se puso en pie, después de sonreír frente al espejo, más convencida con el resultado—. No lo consiguieron nunca… romper la barrera del obliviate en mi cabeza. Me salvó… Y ahora estoy aquí, en uno de los viejos apartamentos de mi abuelo materno. —Suspiró, como siempre—. ¿Les llevarás noticias de mí?
—Como siempre… —murmuró él—, pero… deja de torturarte, ¿quieres?
«¿Cómo te sentaría a tu soñar con tu propio juicio, una y otra vez?», pensó en contestarle, pero no lo hizo. Su vida había dado un giro completo dos años atrás y no estaba muy segura de lo que había hecho. Albus Potter en algún momento había sido un chico muy guapo, un chico muy guapo con tema de conversación que la había ayudado a pasar las horas, que le había enseñado cosas que no conocía. Albus Potter había sido todas las esperanzas rotas de su madre, Tracey Higgs, que esperaba verla convertida en Justine Potter, algo que no pasaría nunca.
—Está bien —respondió ella—. Dile a mi madre que ya encontrará alguna solución. Sé por qué no han dejado Inglaterra, ¿sabes? —le espetó—. Aún no saben si me quieren más a mí o a su dinero.
—Quizá sólo quieren heredarte.
—No pueden y lo saben.
—No les hace gracia que el Ministerio se quede con todo —le comentó Niklaus Pucey—. Dentro de cincuenta años, dentro de veinte. Cuando ellos mueran…
—Ya… —musitó Justine, volteándolo a ver—, ¿y luego?
—Cásate conmigo.
No era planeado, y Justine se quedó viéndolo como si le hubiera dado una noticia demasiado mala. La boca medio abierta de la joven de diecinueve años dejó en claro que no esperaba una propuesta de matrimonio aquella mañana, menos durante aquella plática. Así que no dijo nada, porque no lo consideró pertinente, porque consideró que Niklaus ya sabía lo que ella pensaba de aquello. Tenía diecinueve años, no iba a ser parte del juego de ajedrez de sus padres. Era una exiliada y entre lo que planeaba hacer, no era casarse.
—Justine… ¿oíste lo que dije? —le preguntó Niklaus, preocupado porque la joven no respondió absolutamente nada.
—Claro que lo hice, pero, fingiré que no oí nada y podremos seguir con nuestra vida… —espetó Justine dos segundos antes de que Niklaus la volviera a interrumpir.
—No creo en el amor eterno, pero fue tu padre quien lo dijo, ¿sabes? —empezó él—. Tu madre fue a hostigar a Zabini, que ha derrotado unas cuantas veces al Winzengamot y fue él quien le dijo que buscaran un vacío en la sentencia. Si me caso contigo y te conviertes en Justine Pucey, podré heredar en tu nombre.
—Y hacer lo que te venga en gana con mi fortuna…
—… ¡Yo no sugerí nada, es la solución de tus padres! —le espetó él, que estaba poniéndose nervioso. Ella lo notaba, lo olía con ese instinto femenino que tenía.
—¡Un matrimonio blanco!
—¡No precisamente blanco! —Niklaus señaló la cama, con las sábanas revueltas de la noche anterior. Respiró hondo cuando se dio cuenta de que sólo lo estaban desvirtuando todo—. Sólo es una solución, Justine, puedes decir no, si te apetece. Seguiré viniendo, seguiremos siendo tú y yo, a nuestra manera. —Acabó de recoger sus pertenencias—. Tengo que irme… Los negocios no esperan a nadie. —Torció la boca y Justine se preguntó porque le gustaba un chico que tenía la barbilla tan salida, para evitar preguntarse alguna otra cosa.
Cuando lo vió llegar a la puerta, sin embargo, no se contuvo.
—¿Lo desearías, no? —musitó.
Niklaus se quedó de espaldas, con la puerta a medio abrir, y Justine apenas si oyó las palabras que musitó antes de salir.
—En el fondo, siempre seremos tú y yo.
Las exequias de Arthur Weasley se le estampaban en la frente cada vez que abría el periódico con nerviosismo. Iban a dar las cinco de la tarde y ella debería estar en casa, oyendo como Ashley le contaba cosas sobre sus clases, los chicos, todo lo que había hecho con Lucy y con Eva aquellos meses en Hogwarts, y no allí, un domingo perdido en la oficina de la División de Aurores. No había casi nadie ya. James y Ted se habían ido al funeral y Alec Holmes había pedido permiso porque su esposa tenía una cita en San Mungo. Harry, que había regresado a la División, aunque no a su antiguo puesto, había ofrecido a quedarse, pero Rose le había espetado que se largara al funeral. Ya sólo quedaba el mejor amigo de James Potter, un chico de cara redonda y cabello café oscuro llamado Frank Longbottom y unos cuantos más.
Ella esperaba una cita. Desde el Departamento de Control y Regulación de Criaturas Mágicas le habían dicho que tenían una pista de lo que podían ser aquellas criaturas y estaban intentado contactar con alguien. Resopló y siguió leyendo El Profeta. Las exequias de Arthur Weasley, sin ninguna foto, porque no habían permitido que la prensa sensacionalista entrara a la boda, un anunció de la próxima apertura de Sortilegios Weasley en la Rue d'Magie de París, algo sobre los negocios millonarios de los Nott, y algo más sobre los nuevos fichajes de los Chuddley Cannons, que seguían sin ganar absolutamente nada.
—¿Zeller? —era Longbottom—. Ya han llegado. Es una mujer y… le gustaría hablar directamente contigo.
—Que pase, entonces —respondió ella, dejando el periódico a un lado.
Frank abrió un poco más la puerta y dejó pasar a la mujer. Era, evidentemente, extranjera, que rondaba entre los treinta y los treinta y cinco. Tenía el cabello casi negro, muy oscuro, corto hasta los hombros, las mejillas regordetas, los labios pintados de rojo oscuro y un maquillaje discreto en general; iba vestida con una sencilla túnica gris. A Zeller le pareció, a primera, vista, que se entenderían.
—Buenas tardes —saludó la mujer cuando Frank cerró la puerta, dejándolas solas—. Regina Ferrer —se presentó, extendiendo la mano para dejar que Zeller la estrechara. Hablaba con un acento muy marcado y había pronunciado «Ferrer» de una manera que Zeller nunca podría hacerlo. Además de que la pronunciación de «Regina» era extraña, diferente a lo que estaba acostumbrada—. De la Secretaría de Magia de México, Departamento de Control de Criaturas Mágicas —aclaró.
«¿México?», se preguntó Zeller. Así que la cosa era más grande de lo que había pensado.
—Buenas tardes —respondió ella, a su vez—. Rose Zeller…
—Llegó un extraño informe a mi oficina —empezó la mujer—, sobre animales enormes que cambiaban de forma a voluntad. —Sacó una cajetilla de cigarros—. ¿Le importa que fume? —Zeller negó con la cabeza. Fumar no era un hábito común entre los magos, pero le daba igual. La mujer, Regina, encendió el cigarrillo con la varita y luego de darle una calada, continuó—. Son nahuales, criaturas que sólo viven en México y en Centroamérica, ¿sabe?
—Nunca había oído sobre ellos…
—Normal —espetó Regina—. No suelen salir de su territorio y se encuentran en peligro de extinción desde hace casi un siglo. —Le dio otra calada al cigarro—. El caso llamó mi atención porque no es la primera vez que pasa en Europa, señora Zeller, aunque si la primera vez que ocurre aquí. —Zeller la miró, esperando a que continuara—. Polonia, Lituania. En todos los países ha habido incidentes con nahuales, criaturas extremadamente peligrosas si no se sabe cómo tratarlas.
—Aquí ya causaron un asesinato —le dijo Rose Zeller.
—Lo sé —respondió la mujer con la voz seca—. Los de Cooperación Mágica Internacional me lo informaron cuando llegué y me mandaron con usted en vez de con Control de Criaturas Mágicas. Aunque dudo que fuera de utilidad. Sólo México y algunos centroamericanos tienen conocimientos para tratar con los nahuales. Pero ya ve, amenazaron con contárselo a la Confederación Mágica Internacional y acusarnos de negligencia. Los nahuales son criaturas muy controladas, señora Zeller, viven en reservas especiales y ninguno ha desaparecido en los últimos meses —aclaró—. Lo que me lleva a pensar que allí afuera hay alguien con los conocimientos suficientes para para criar nahuales y pasar desapercibido.
Le dio una calada al cigarro mientras tamborileaba con los dedos, con las uñas perfectamente pintadas de rojo. Aquello le dio la pista a Zeller de que la mujer estaba nerviosa.
—¿Vino usted sola? —preguntó Zeller, intrigada.
—Vengo con los tres chicos de mi equipo —le respondió la mujer—, están informándose en el Departamento de Control y Regulación de Criaturas Mágicas. —Le dio una de las últimas caladas al cigarro, que se había fumada con extrema rapidez—. Aunque no creo que nadie aquí esté lo suficientemente capacitado como para tratar con nahuales.
—Tenemos buenos magos…
Regina Ferrer sonrió, compasiva.
—No lo dudo, señora Zeller —le dijo—, pero… ¿sabe cómo son conocidos los magos Mexicanos precolombinos? —Zeller, sin saber que responder, negó con la cabeza, así que Regina respondió—: Los amos de la muerte. Tendrá que buscar a los expertos en criaturas mágicas, no a un montón de magos que pasan los días sentados en escritorios solucionando problemas rutinarios. ¿Conoce a alguien que sea experto en criaturas extrañas y peligrosas?
Rose Zeller barajó nombres un momento, pero no le costó nada encontrar a la persona adecuada.
—Luna Scamander, es investigadora —aclaró—. Maneja una revista y se dedica a viajar por el mundo en busca de nuevas especies animales.
Regina asintió.
—La ayudaré a encontrar a esos nahuales, señora Zeller —dijo Regina, poniéndose en pie—. Busque a los mejores magos que conozca, los necesitará. Sobre todo si se especializan en Criaturas Mágicas y magia desconocida. Volveré mañana. ¿Le importa que analicemos el lugar del ataque? —preguntó.
—Para nada —respondió Zeller, pensando que era mejor dejar aquel pedazo de tierra del que ellos no habían conseguido sacar nada, a quienes sabían más—. Frank… el auror que la trajo hasta aquí —aclaró—, se encargará de llevarlos.
La mujer asintió antes de salir.
Había protecciones, así que él no estaba muy seguro de que aquello funcionara, pero no dijo nada. Mascullaba en alemán la mala idea que había sido ir hasta allá sólo por un capricho de Morrigan, pero no se quejaba. La joven de casi veintiocho años le había prometido un campo completo de experimentación y lo estaba cumpliendo. Tenía que seguir sus órdenes, pero hasta el momento no les había ido mal. Habían descabezado a la familia Weasley, matando a su patriarca.
—No entiendo qué ganas allanando un departamento muggle en Amsterdam —masculló él, en alemán, como siempre. Ella le respondió en inglés, pues llevaba mucho tiempo sin usar el alemán. Desde que había salido del Instituto Durmstrang, ni más ni menos.
—Vamos, Ilusionista —Morrigan curveó la boca—. Tú y yo sabemos que aquí no vive un muggle precisamente. Y no es qué gano, si no a quién.
La encontraron mirando a la ventana, con la varita aferrada en la mano. Él sólo pudo ver su cabello rubio, que le llegaba un poco debajo de los hombros. Aún llevaba la blusa blanca que se había puesto por la mañana.
—No sé cómo han burlado las protecciones —dijo ella, con la voz fría, más cortante que le hielo, pronunciado en un pobre neerlandés con un fuerte acento inglés—, pero deberían ir largándose.
Morrigan rió. Ese era su estilo. Reírse. No dar explicaciones, hacer lo que le diera la gana siempre. Él suspiró y se preparó para ver como resultaba todo aquello.
—Justine —empezó Morrigan—, Justine Higgs —paladeó esas dos palabras, hablando justo con el tono adecuado para que la chica rubia se volviera y él pudiera apreciarla por fin. De piel blanca y delicada, tenía los labios más pequeños que él hubiera visto jamás, y los dejaba en una permanente sonrisa torcida, una mueca con la que intentaba disimularlo—. La chica que nos vendió a Albus Potter.
Aquello pareció despertar las alarmas de la chica.
—Todos parecen saber más sobre eso que yo —espetó, apuntándoles con la varita.
—Vendiste a Albus Potter, lo sé, y no lo recuerdas, eso también lo sé —empezó Morrigan—. También sé que te exiliaron para que no fueras a Azkaban y que todas tus expectativas terminaron allí. —Morrigan jugaba con la varita mientras la chica le apuntaba, con los ojos entrecerrados. Así parecía peligrosa, pero Morrigan no parecía demasiado preocupada por eso—. Sé que tienes un único deseo. Puedo cumplirlo.
—Nadie puede hacerme volver a Reino Unido. Nada —espetó ella.
—Yo sí —aseguró Morrigan—, únete a mí y te compensaré por todo. Te daré lo que siempre has deseado, poder. Puedo hundir a Potter si eso es lo que quieres. —En los ojos de la chica, Justine, apareció un brillo de codicia—. Poder, volver a tu tierra natal…, ¿no es eso lo que quieres?
—¿Por qué yo?
Morrigan sonrió antes de contestar.
—Porque ya no tienes nada que perder.
Justine lo consideró o fingió hacerlo. Él miró la escena sin entrometerse, esperando, analizando aquello. Morrigan ya no tenía aliados y estaba empezando a buscarlos. Y si aquella chica aceptaba, Morrigan encontraría la forma de atarla a ella, de convencerla de que la necesitaba. Quizá Morrigan le concedería sus deseos. Pero, por supuesto, primero cumpliría sus deseos.
—Entonces, cumple mis deseos —dijo Justine.
Su forma de decir «seré tu aliada».
Morrigan sonrió. Empezaba ganando batallas.
¡Hola!
Un segundo capítulo bastante fuerte, sí, con Justine como protagonista absoluta de dos escenas. ¿Por qué? Bueno, ya lo verán, ya lo verán.
Niklaus, que sigue con ella, le propone una solución orquestada por sus padres para que la herencia no se vaya al ministerio, pero a ella no le gusta la idea. ¿Qué hay detrás de ese «siempre seremos tú y yo»? Y luego Morrigan irrumpe en su departamento y le ofrece un trato: sus sueños a cambio de una aliada.
Rose Zeller ya sabe qué atacó a Arthur Weasley: nahuales, criaturas muy conocidas en la mitología mexicana. Muchas versiones existen, pero todas coinciden en lo mismo: son enormes animales con habilidades de cambiar de forma. Sin embargo, aparece un nuevo personaje: Regina Ferrer, de la Secretaría de Magia Mexicana, experta en criaturas de este tipo, dispuesta a averiguar que ocurre allí.
Y eso es todo. El capítulo tiene el título de una canción de una neozelandesa con voz increíble: Lorde. La canción es Royals y pertenece a su disco Pure Heroine. Habla de Niklaus y Justine, y de Justine en general.
Así que…
Cuando el portal se activa, es que las coordenadas no son incorrectas.
Andrea Poulain
A 1 de Noviembre de 2013
(día de muertos)
