ACTO III

– Recuérdame otra vez como me has convencido para participar en esta feria del tres al cuarto.

– Porque de vez en cuando es bueno hacer algo por tus amigos que te cuidan la bestia indomable esa que tienes – Antonio sonríe y a Gilbert le recorre un escalofrío.

Los martes son su día libre, normalmente se entrega a sus otros y numerosos hobbies. Montar campo a través está reservado a ciertos días: antes solía ser porque le daba la vena de ir, por eso de no perder la constancia pero ha llegado un punto en el que no encuentra razones. Antonio le pasa un auricular y se le pasa un poco, pero sigue pensando que debería estar tirándose en Pisos Picados y no en un tren.

Porque encima va engañado completamente.

Cuando llegan al rancho, hay muy poca gente aún. Son solo las siete y media, normal. Está Rómulo que acaba de volver de su paseo matutino con César. Se sorprende de verlos, así que aunque Antonio le ha contado que ahora que tiene un ayudante – lo que significa que su trabajo es un poco más serio –, tiene que dar ejemplo, es un poco mentira: sigue llegando tarde.

No es culpa suya, el pobre hombre tiene un problema con los despertadores.

–Buenos días, chicos. ¿Os apetece desayunar?

– Buenas – contestan los dos, con un ánimo mucho más alto ahora que han oído hablar de comida.

Antonio se adelanta porque si algo le gusta es desayunar dos veces y Gilbert corre un poco detrás de él porque él también quiere comer antes de que Antonio se apropie de todas las cosas buenas. Rómulo le pilla y le pone el brazo alrededor de los hombros y por un momento se raya, hasta que recuerda lo físico que es este hombre.

–Con que te han logrado convencer.

– Vengo bajo coacción – dice.

– ¡Di que no, que es mentira!

No tiene caso discutir con su amigo.

– Bueno, después de todo, a quién más ibais a pedir que diese una actuación – sonríe, dándose aires. Después se sienta en la mesa del comedor –. Con mi asombrosa presentación estoy seguro de que conseguiré triplicar los socios – después se ríe.

Rómulo suspira y Antonio le mete en la boca una tostada para que coma. Le dirían algo pero de eso puede estar orgulloso, de ser un buen jinete. Gilbert mastica y traga y woah la mermelada de arándanos esta rica lo cual es una sorpresa porque los arándanos solos no le gustan.

– Ayer se pasaron por aquí tu padre y tu hermano – Rómulo dice mientras les mira pelear por un bote de Nocilla, que es una de esas cosas que Antonio ha traído específicamente a esa casa –. Se pensaron que estarías haciendo el cabra.

–Estuve ayudando a Francis con no sé qué pajadas de qué palabra queda mejor para describir tal cosa – se chupa los dedos –. No pude venir a sacar a Shleiß.

–Francis se toma muy en serio lo de entregar todo perfecto y las clases y el vivir en general – Antonio rebaña con un cuchillo de untar mantequilla.

Eso es un caos.

Rómulo bebe un poco más y piensa que debería empezar a mezclar el café con algo más fuerte. Como Brandy, por ejemplo. Unas gotitas nada más.

ESCENA I

Elizaveta casi lo mata del susto cuando aparece de la nada y dice:

– Puedes dejar de ponerme ese emoji de Satanás, por favor .

– Nunca. Sufre – le dice, apretando los ojos y Eli frunce los labios y asiente. En el plan: "está bien, me la guardo".

– ¿Vas a utilizar a Schleißen?

Los dos miran al caballo, con la cabeza sacada para poder estar contra la cabeza de Terézia. Le hace gracia la ironía de su caballo y el de su mejor amiga teniendo un romance equino súper raro del que nunca hablan porque es un poco incómodo. Schleißen es un buen caballo, es rápido y entiende lo que quiere hacer y hacia donde en cada vez menos tiempo. A pesar de eso, de ser suyo – lo compró su padre cuando empezó a hacer hípica 13 años antes – ha pasado demasiado tiempo desde que compitió junto a él.

–A Adler – gira sus ojos al otro, grande y negro e imponente que solo tiene desde hace dos años y con el que todo el mundo del mundo de competición le recuerda.

Eli hace ese sonido que solo hacen las madres cuando están decepcionadas por la decisión que has tomado pero se niegan a decírtelo directamente.

– ¿Qué?

–No, nada.

– ¿Tú no tienes que dar clases o algo? – le dice algo irritado.

– Ahí me has pillado.

Y así después de darle una palmada muy fuerte en la espalda, se marcha. Gilbert se acerca y le pone la mano en el centro, donde tiene un mancha blanca. Adler cierra los ojos y Gilbert pone esa sonrisa torcida, mientras se sonríe a sí mismo. Cómo le gustaría montar a Adler hasta el otro lado del bosque, pero es un caballo de competición por excelencia y no podría saltar rocas como lo hace el otro.

Sigue utilizando las riendas de su anterior amo. Echa de menos a Fritz. Él sabía montar a Adler campo a través y controlarlo. En realidad, no es indomable pero echa de menos y la nostalgia es peligrosa.

ESCENA II

Vamos a ver, esos trajes siempre le han sentado de puta madre. Está hecho para llevar uniformes, lo entendería si la gente se parase a rendirle tributo. Con el casco, Gilbird no parece tan cómodo pero su pajarito se adapta porque es así de mono y genial. Su pajarito es lo mejor, pero no le gustan los saltos y tumbos que da así que le deja volar hasta uno de las ramas cercanas pero decide apoyarse en el alféizar de la ventana. Él sabrá que es mejor.

Antonio está sentado en la valla, mientras dirige a Adler dentro del área de adiestramiento.

– Hum… Pensé que sacarías a Schleißen.

– Liz me ha dicho lo mismo.

– Deberías hacerla caso.

– Antonio, que somos colegas, pero te tragas mi bota como vuelvas a decirme eso – se acerca porque le gusta mirarle por arriba y Antonio se encoge de hombros.

– ¿Qué vas a hacer?

Gilbert y Adler, casi al mismo tiempo, giran la cabeza para volverse hacia donde está la pista. Hmpf. Cierra los ojos mientras se imagina la rutina, quiere algo que llame mucho la atención, pero tampoco quiere hacerlo parecer imposible porque la gente no se une si creen que es imposible de repetir. Buah, pero es que como van a poder imitarle. Imposible, vamos. Su rutina es demasiado genial.

Empieza por comprobar que… sí, claro que Adler es capaz de leer el ritmo. Antonio silba, no es la primera vez que le ve pero lo entiende.

Antonio y él llevan siendo amigos desde críos, cuando se conocieron Gilbert ya llevaba un año a caballo y fue capaz de convencerle de probarlo aunque Antonio tampoco tenía los medios para venir aquí cada día casi como hacía él. Francis sigue montando como una mujer del siglo XIX que aún no se ha rebelado contra la idiotez y peligro que es ir de lado.

– Toño, ¿tienes conos? Como los de los niños.

– No sueltes las riendas, se lo que es un cono – salta de la valla y se va a buscarlos.

– Gracias, eh – le grita.

Cuando el calentamiento es suficiente, empieza a hacer paradas. En la primera, siempre tarda más de lo que le gustaría en volver a arrancar de nuevo pero es porque se olvida momentáneamente de que no es su jinete original. Adler se para sin dudarlo y avanza al segundo casi con pensarlo. La doma es fácil, los demás son solo impacientes.

Hace como si nada un half-pass y se pone a recorrer en óvalo haciendo piaffe porque le gusta ver cómo puede combinarlo. Sólo la derecha, luego solo la izquierda después cambia a algo un poco menos cansino y se ríe cuando Adler parece quejarse.

Oye a Antonio venir desde una distancia bastante alejada pero qué es nuevo. No le presta mucha atención ahora que va a galope medio porque no tiene mucho interés. Impresionante su concentración, verdad. Si es que es increíble, wow. Va reduciendo por qué necesita esos conos y por ello necesita acercarse sin que parezca que se le va a llevar – a su amigo – por delante. Cuando se fija mejor, hay otra persona más que lleva exactamente un cono y que le mira como si hubiese matado a su abuela, pero antes le ha visto medio embobado así que cuál es la verdad.

No suele haber muchas caras nuevas, para cruz de Rómulo.

– Este es mi ayudante, Gil. Venga, Lovi, preséntate.

A Antonio deberían comprarle un hermano pequeño o algo. Supone que el cambio de idioma a mitad de frase es porque el pequeño mequetrefe no es de por ahí. En serio, que le ha hecho para que le mire así.

– Como esto no avanza, empezaré yo. No sé si me conocerás pero soy Gilbert Beilschmidt. Mi entrenamiento es tan genial que te ha dejado sin palabras, huh. Lo entiendo, lo entiendo. Te haré otra demostración~

El chaval se queda un momento pensando y después de susurrarle algo a Antonio y que este le responda de vuelta, mira directamente a Gilbert que arquea las cejas un poco expectante, porque el Lovi este tiene una sonrisa torcida hacia abajo mientras dice:

– Gilipollas – en un alemán perfecto y casi sin acento.

Y una parte de Gilbert se siente insultada.


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