Advertencia: un par de detallitos de spoilers, pero vamos, que si no habéis leído el libro ni os vais a enterar de cuáles son...

N/A. Dios mío, he tenido que releer los dos xapis anteriores para poder seguirlo, así que supongo que vosotros tendréis que hacer otro tanto de lo mismo. Hace tantísimo que no actualizo este fic que dudo que os acordéis siquiera de qué iba xD Me he inspirado en la academia... para que luego la gente diga que no sirven para nada LOL

Por si acaso no queréis leer, os hago un breve resumen. Bella lleva diez años casada con Sirius, tiene dos hijos (Mizar y Denébola) y ahora vuelve a estar embarazada de casi 9 meses. La cosa va de que Voldemort les hizo una promesa, les dijo que podían pedir una cosa, lo que quisieran [porque un ataque (que acabó con la destrucción del edificio del Ministerio) les salió estupendamente. Bella le pide que le deje matar a Alphard Black, traidor a la Sangre de su familia que la humilló en un acontecimiento social. En el segundo capi Lucius le informa de que tras muchos años de esconderse, han conseguido dar con su paradero. Bella quiere ir inmediatamente, pero Sirius se cabrea, porque cree que una lucha contra Alphard (Auror y miembro de la Orden) puede ponerla en peligro a ella y al niño que espera.

Eso es básicamente. Jo, qué bien me ha quedado el resumen xD Espero que éste os guste. Al final el tres y el cuatro los voy a unir en uno solo, así que éste es el último xapi de este fic :) decid todos conmigo: por fiiiiin xP jeje.

BLACK MIRROR II: BLACK FAMILY

3. LA PROMESA

Mizar miró a sus padres, e intercambió una dubitativa mirada con su hermana pequeña, pero no abrió la boca.

Sirius y Bellatrix comían en silencio. Sirius parecía masticar el tenedor cada vez que se llevaba un bocado a los labios, su mandíbula tensa, sus labios apretados. Bellatrix jugueteaba con la comida sin probarla, bebiendo mucho y lanzando desafiantes miradas a su marido.

Esa batalla silenciosa se había alargado durante media hora, desde que se habían sentado a la mesa a cenar. Ella le esquivaba, lo hizo durante toda la tarde en casa de su hermana, y luego, más tarde, cuando ya volvieron a casa. Ahora Sirius había optado por no hablarla por el momento, y tenía la certeza de que se debatía recelosa, porque no sabía si él planeaba algo.

-Niños, a la cama –ordenó Bellatrix, sus dedos largos tensándose en torno al tenedor.

-¡Pero si es muy pronto! –protestaron los dos a la vez, mirando a su padre.

-Obedeced.

No estaba de humor él tampoco para aguantar a sus hijos. Sus ojos no se apartaron de Bella, estudiando todas sus expresiones, sus gestos y movimientos. ¿Por qué, de pronto, había decidido enfrentarse a él?

Los chiquillos salieron silenciosos, sin protestar ni una sola vez. No hicieron ruido ni al recorrer el pasillo ni al subir las escaleras. Bellatrix sólo se movió cuando escuchó las puertas de las habitaciones cerrarse.

Enfrentaron sus miradas unos interminables segundos, tanteando el terreno. Al final, la mujer sonrió, confiada, apretando los dedos del tenedor contra el plato y haciéndolo chirriar.

-Para –le espetó Sirius bruscamente.

Ella soltó el tenedor abriendo mucho la mano, estirando extravagantemente los dedos. El repiqueteo del metal contra porcelana duró un momento en sus oídos.

-Voy a ir, Sirius, tanto si te gusta como si no –dijo con voz profunda, levantándose y dejando la servilleta de tela sobre la mesa con parsimonia. Black la imitó.

-Es peligroso.

Fue el turno de la mujer de echarse a reír.

-¡Somos mortífagos! ¿Qué esperas? –cortó mordaz-. Llevas suficientes años metido en esto para saber a qué nos enfrentamos.

-No puedes ir.

-Puedo ir, e iré –respondió seca-. Me lo prometió, ¡me lo prometió a mí! No dejaré que nadie más se encargue de Alphard.

La maldita promesa. Sirius sabía que ahí no podría inmiscuirse, que no era su terreno.

-Podría estarte esperando. ¿Y si le han avisado?

-Me ahorrarán el trabajo –siseó la mujer-. Tiene que saber por qué muere.

-Haz el favor de olvidarte de esa noche, no fue para…

-¿No fue para tanto? –Bellatrix escupió prácticamente las palabras, mirándole con furia. Como si le odiase-. Me humilló, Sirius. Se atrevió a decir todo aquello delante de todos. ¡Tú estabas allí, no has podido olvidarte!

-No lo he olvidado, pero tienes que pensar…

-Lo he pensado mucho –le cortó. No pensaba seguir con la discusión. Ella ya tenía su decisión tomada-. Es mi oportunidad, después de tanto tiempo. No pienso dejar que vuelva a esconderse como una vulgar rata.

Sirius apretó los puños, furioso. Le daban ganas de abofetearla, de hacerla entrar en razón. Estaba loca en su fría seguridad.

No la detuvo cuando se le dio la espalda después de una última mirada. Se sentía tan impotente que por él la hubiera encerrado y se hubiera encargado de matar a Alphard con sus propias manos. Su fanatismo la cegaba, no se daba cuenta… Era un miembro de la familia Black, con su misma predisposición en la Sangre para la magia, con su habilidad para los duelos. ¿Era incapaz de darse cuenta de que en su estado no podía combatir con alguien en plenas facultades?

-Si vas a seguir insistiendo, prefiero que no subas –añadió Bellatrix finalmente, deteniéndose bajo el umbral de la puerta. Pareció esperar a ver si Sirius contestaba, pero no tardó mucho en dirigir sus pasos al piso de arriba. Cerró la puerta.

OoOoOoOoO

Sirius salió al jardín, dando un portazo. Hacía un viento cortante que le secó los labios. Empezó a vagar por el jardín. Sus pisadas quedaban marcadas en la tierra húmeda, mojada por la inesperada lluvia de esa mañana.

Alzó la vista hacia la casa. Las habitaciones de los niños estaban iluminadas. Aún no se habrían dormido (lógicamente, era demasiado pronto). La suya estaba a oscuras, pero podía intuir la silueta de su mujer cerca de la ventana, inmóvil.

Salió a la calle, sin fijarse mucho hacia dónde le llevaban sus pasos. Su cuerpo, aterido de frío, se movía casi mecánicamente, y lo único que parecía estar de verdad despierto y alerta era su mente.

No podía dejarla ir. No podía permitir que se pusiera en peligro, ni por la promesa, ni por la humillación. No pensaba correr el riesgo de perder a su hijo y a su mujer por un capricho.

Se le ocurrió, de pronto, que él aún no había pedido nada.

OoOoOoOoO

-Espera.

-He esperado suficiente, Sirius. –Bellatrix se acercó a él, quedándose apenas a unos centímetros, y esbozó una sonrisa oscura-. La paciencia no va conmigo.

Iba a irse; lo sabía. Ni siquiera esperaría al amanecer. Sabía, asimismo, que nada de lo que dijese la detendría.

La agarró de la muñeca, y la obligó a volverse.

-Cómo algo le ocurra, Bellatrix, cómo lo pierdas…

-¿Qué?

La dura mirada que recibió de Sirius fue como una bofetada que la hizo tambalearse. Se dio cuenta de que quizá no lo dominase tanto como había pensado.

-No fallaré –susurró la mujer, lamiéndose los labios.

La dejó marchar, pero había visto esa mirada en sus ojos. Esa cuando le centelleaban, como si ella misma ardiera. La que tenía cuando sólo pensaba en el Señor Oscuro.

OoOoOoOoO

Aquella casa era una trampa para ratones. Una sola puerta, por la que ella entraría y volvería a salir. No pensaba dejar que Alphard se acercase a ella. Desde el jardín, oculta por la sombra que proporcionaba un árbol, estudió la disposición de las habitaciones. Echando cuentras, habría unas cuatro, puede que cinco. A través de la ventana abierta podía adivinar la silueta del salón, con sus grandes sillones y sus estanterías contra la pared.

Se relamió los labios, ansiosa, cuando vio que Alphard se había quedado dormido en uno de los sillones orejeros.

Qué sorpresa iba a darle.

OoOoOoOoO

El chasquido resonó en sus oídos, y agradeció que el Señor Oscuro hubiese situado el cuartel general en un lugar en el que el vecino más cercano estaba a casi un kilómetro. Aquel ruido habría despertado hasta los muertos.

Sin mostrar ni la más leve duda, estiró el brazo, dejando a la vista la Marca tatuada. Pudo atravesar la puerta de dura madera como si se tratase de una cortina de humo.

Avery se levantó de un salto, sacando su varita instintivamente.

-Soy yo -se apresuró a decir Sirius, pudiendo escuchar la respiración agitada del otro mortífago. Avery pareció reconocerle, y bajó la varita. Instantes después volvía a tenerla en el bolsillo.

-Joder, qué susto me has dado -masculló, volviéndose a dejar caer en el sillón-. Podría haberte matado.

-¿No deberías estar de guardia? -preguntó Sirius, sorprendido por verle allí. No había esperado encontrarse con nadie.

-Nos han dado el soplo de que la Orden ha retrasado la reunión para mañana -respondió, encogiéndose de hombros-. Así que me ha ordenado quedarme vigilando el cuartel. No sé para qué, aquí no viene nadie.

-Estoy yo -rectificó Sirius, y Avery acentuó sus instintos, entrecerrando los ojos.

-Verdad... ¿Se puede saber para qué?

-Te aseguro que no por venir a hacerte una visita -siseó entre dientes-. Tengo que ver al Señor Oscuro.

-Tú mismo -respondió Avery, su voz aún sonando curiosa. Señaló a la puerta que había a su espalda, y Sirius no tardó ni dos segundos en cruzar la habitación para pasar por ella.

OoOoOoOoO

Tras conseguir esquivar por los pelos uno de los hechizos de protección que guardaban el jardín, Bellatrix apuntó con la varita a la cerradura. Se escuchó un suave siseo y el olor a metal derretido invadió la noche. Un clic, y la puerta de la casa se abrió para ella.

Entró en el pequeño vestíbulo, a oscuras, intentando no tropezar con nada. Estaba tan excitada por poder cumplir de una vez por todas su venganza que ni se acordaba del cansancio.

El cuarto de estar en el que se encontraba Alphard era una habitación pequeña, demasiado colapsada por los muebles. Una alfombra algo vieja cubría prácticamente la extensión de todo el suelo de la sala, y se pelaba bajo las patas de los pesados sillones.

Alzó la varita, apuntándole directamente al pecho. La sangre bullía en sus venas como si fuese la primera vez que se encontrase en una situación así. Había esperado tanto tiempo...

-Buenas noches, Alphard.

OoOoOoOoO

Cuando Sirius entró en la sala donde se encontraba el Señor Oscuro, éste estaba de pie, mirando a la noche (a ningún punto en concreto) a través de la única ventana de la habitación.

-Mi Señor... -empezó el hombre, quedándose bajo el umbral de la puerta. Debía ir con cautela si quería conseguir lo que se proponía, no precipitarse con palabras futiles.

-Supongo que habrás despertado a Avery... Lleva durmiendo desde que se sentó ese sillón. -Sirius no dijo nada, pero súbitamente se sintió demasiado vulnerable. Intentó controlar el temblor que amenazaba con recorrer su cuerpo, y concentrarse en lo que había ido a hacer allí. Sabía lo que esas palabras supondrían para Avery a la mañana siguiente-. ¿Qué quieres pedirme, Sirius? No creo que hayas venido a estas horas por placer.

Black se dejó caer de rodillas. Odiaba arrastrarse, pero a veces era mejor así. Esa vez era necesario.

-Mi Señor, concédame lo que me prometió -suplicó-. Ya sé lo que quiero.

-¿Y bien, Sirius? -preguntó el Señor Oscuro al ver que el mortífago no seguía, sus ojos rojos refulgiendo en la oscuridad de la habitación-. ¿Qué quieres?

OoOoOoOoO

No pudo evitar soltar una carcajada al verle despertarse tan rápido. Adormilado, los ojos hinchados por el reciente sueño... Atónito.

Reconocerla no pareció tranquilizarle.

-Vaya, Bellatrix -dijo Alphard, su voz pastosa, aparentando una calma que no sentía-. Te ha costado encontrarme.

-Admito que no ha sido fácil. Como la rata que eres, sabes ocultarte bien -respondió ella, esbozando una mueca. Volvió a reírse al ver como él daba un paso atrás para acercarse a la mesilla, donde su varita descansaba. Bellatrix chasqueó la lengua, y le avisó-: Yo que tú no me movería más.

-Te veo confiada. ¿Sin máscara? ¿O es que tu Señor ha cambiado el uniforme?

El rubor subió a las mejillas de Bellatrix, que empezaba a ponerse furiosa. Deseaba matar a ese hombre, hacerle sufrir, destrozarle poco a poco. Consiguió controlarse, y sonrió, los músculos que rodeaban su boca tensos.

-Tengo un particular interés en que sepas quién te mata.

-No lo dudo. Te reconocería hasta sin luz. No pasas precisamente desapercibida.

Esa lengua tan Black...

-Sirius no quería dejarme venir -añadió Bella divertida. Le tenía en la palma de la mano. Sólo tenía que cerrarla y apretar para destruirle.

-¿Sirius...? ¿Sirius también? -alcanzó a decir en un hilo de voz.

Ahora sí. Alphard parecía estupefacto, aterrado por la noticia.

-Por supuesto. ¿En serio te esperabas que consintiera que fuera sólo mi marido? -preguntó, incrédula-. ¿Quién te crees que mató al inútil de Potter?

-Pero si Sirius era...

-¿Su mejor amigo? -Se echó a reír, fijando una mirada ávida en su familiar-. Díselo a James, a ver qué opina.

Alphard parecía haber perdido el control de la situación. Control que nunca había tenido, pero, por un momento, se había creído capaz de dominar la situación.

¿Qué clase de degeneración hacía que los mejores amigos se matasen entre sí? Habían defendido su amistad incluso a pesar de las peleas constantes entre sus Casas.

Habían sido como hermanos.

-No tengo todo el día, Alphard. Tengo que llegar a tiempo para para dar de desayunar a mis hijos -anunció, en el tono de quien nunca ha hecho cosa semejante.

-Encantador -musitó el otro.

-He venido a cobrar mi venganza -masculló Bellatrix, su voz tan suave como el siseo de una cobra-. No he olvidado todo lo que dijiste.

-Te humillaste tú misma.

-¡No te atrevas a decir eso! No iba a permitir que le insultases -cortó, alzando un poco la voz-. No a Él.

-Me limité a decir la verdad. Que es un cobarde que se protege tras aquellos lo suficientemente idiotas como para obedecer sus órdenes...

-¡Calla! ¡CÁLLATE! -Le apuntó directamente entre los ojos, su pulso temblando por la furia-. ¡No vuelvas a repetirlo! Me dejaste en una posición muy comprometida delante de todo el Ministerio. ¡Se supone que éramos espías! ¡Espías!

-Le insulté, y tú saltaste como si fueses su más ferviente servidora.

-¡Es que lo soy! -exclamó triunfante, sus ojos brillando de orgullo y ferocidad.

-No quiero pensar en cómo serán el resto entonces -resopló, temerario. Tenía poco que perder ya-. Prácticamente confesaste que eras una mortífaga, y lo hiciste tú sola.

-¡Le insultaste...! Yo no podía permitir... ¡Te hubiera matado allí mismo!

Hablaba incoherencias. Apenas había tardado unos segundos en perder completamente la cabeza. Su expresión era febril, fanática, y parecía incapaz de entender las razones de Alphard. Para ella, había hecho lo correcto, lo que cualquier mortífago fiel hubiera hecho.

-¿A qué esperas entonces? -la desafió el hombre, y la mujer estaba tan furiosa que ni se dio cuenta de que se movía hacia la varita, no de cómo la cogía.

-No va a ser tan fácil -respondió, riéndose-. Ni tan rápido. ¡Crucio!

Todas las advertencias de Sirius parecieron cobrar forma en ese mismo instante. Era verdad que no se movía como alguien que le sacaba al menos tres décadas. Era rápido, seguro con la varita. Un auténtico Black en duelos.

Se las arregló para esquivar la maldición de la mujer y responderle con un rayo de color plata, que cruzó la habitación estrellándose contra la pared, haciendo añicos un retrato que había ahí. La adrenalina pareció estallar dentro de la mujer, haciéndole esbozar una sonrisa auténticamente depredadora.

Volvió a lanzar la maldición, una y otra vez. No acertó ninguna. Resoplaba, cansada por el esfuerzo de moverse lo más rápido posible, de intentar esquivar todo lo que su Alphard le lanzaba. Vio hasta una estatua cruzar la habitación para estamparse contra la pared, hundiéndola en ese punto.

Jugaba demasiado bien. Tenía que terminar rápido con aquello.

Saliendo de detrás del sillón, lanzó un hechizo anaranjado que hizo estallar en llamas la librería que su familiar tenía la espalda. Eso le distrajo lo suficiente como para que el siguiente hechizo de Bellatrix le hiciera un tajo en un costado, alcanzándole casi las costillas. Aquello empezó a sangrar a borbotones.

-No deberías distraerte -se burló Bella, poniéndose en pie, aún con la varita en la mano. Alphard estaba doblado sobre sí mismo, dolorido, empapando el suelo que había a sus pies.

-Ni tú confiarte -balbuceó el hombre de pronto, incorporándose. Esta vez el Expelliarmus le dio de lleno en todo el pecho. La varita se le escapó de entre las manos por mucho que trató de retenerla, y salió volando hacia chocar contra la pared. El golpe en toda la espalda le hizo soltar el aire retenido en los pulmones, y cayó al suelo bruscamente. Un dolor atroz le cruzó el vientre de lado a lado.

-Tienes mucho que aprender aún -masculló, sujetándose el costado, apuntándola con las dos varitas-. Lástima que en Azkaban no vayas a poder hacerlo.

Si hubiera habido un espectador en ese momento, posiblemente hubiera jurado que no tenía ni idea de dónde había salido el cuchillo. Alphard tampoco lo vio. La daga salió volando rapidísima, cruzando el aire, hasta clavarse directamente en su pecho. Apenas alcanzó a emitir un grito ahogado de sorpresa.

-¿Decías algo? -consiguió musitar Bellatrix a través del dolor que la atenazaba, mientras miraba cómo los ojos de Alphard se iban poniendo vidriosos y caía de boca al suelo, completamente inmóvil.

Por primera vez en toda su vida, no la respondió.

La mujer se intentó incorporar, pero fue inútil. Un latigazo la obligó a dejarse caer en el suelo como si sus piernas fueran de gelatina. Miró su varita desesperada, dándose cuenta de que no podía alcanzarla desde dónde estaba. Y tampoco podía moverse.

Estaba intentando controlar su respiración agitada cuando sintió que sus piernas y su túnica se empapaban.

OoOoOoOoO

La encontró allí, en el suelo, pálida y sudorosa. Más que respirar boqueaba, y parecía estar muriéndose de dolor a cada contracción que recorría su cuerpo.

Sirius se agachó a su lado, mortalmente preocupado. Lo primero que había visto al entrar había siido la casa destrozada, y luego el cadáver de Alphard. Eso le tranquilizó hasta que vio a su mujer tirada en el suelo, apoyada contra la pared.

Pareció espabilarse al sentirle a su lado, y abrió los ojos, tan acuosos y brillantes que parecía estar delirando de fiebre.

-Sirius...

Le sorprendió ver que aún guardase fuerza para odiarle porque estuviera ahí.

-Le pedí que me dejase venir -susurró-. Aún no le había pedido nada.

Sabía que Bellatrix no le dejaría tocarla hasta que no le diese una explicación. Al parecer estaba tan exhausta que era incapaz siquiera de enfurecerse.

-Mi varita -dijo de pronto, sorprendiendo a Sirius-. Coge mi varita y hazla.

-Tengo que sacarte de aquí -protestó el mortífago-. Has roto aguas, estás a punto de dar a luz.

-¡Hazla!

Soltando un bufido, Sirius se levantó a recuperar la varita. Alphard la tenía entre los dedos, aferrada con mucha fuerza. Aprovechó y le arrancó también la daga; prefería hacerlo él ahora a enterarse en unos días de que su mujer había entrado en el depósito de cadáveres para recuperarla.

-Morsmordre -susurró, y una luz verde inundó la estancia, atravechando el techo como si éste no estuviera. Proyectándose en el cielo, enorme y aterradora. Sirius no se molestó en contemplarla. Se agachó al lado de Bellatrix, y la fulminó con la mirada-. Ahora cállate de una vez, que voy a llevarte a casa.

OoOoOoOoO

Le había costado encontrar a la matrona que ahora estaba en la habitación, atendiendo a Bellatrix en el parto. Hubiera sido tan fácil convencer a una muggle de que se ocupase de ello, una que no reconociera la Marca en el brazo cuando la viese. Pero obviamente Bellatrix no consentiría que la tocase, y a él tampoco le hacía demasiada gracia.

Había tenido que ir hasta San Mungo, y pedir a una mujer gruesa, de rasgos poco afortunados, que le acompañase. Tenía tanta prisa, estaba tan ocupado por el estado de su mujer, que ni siquiera se había acordado de ocultarle la Marca cuando la dejó desnuda sobre la cama.

Se había fijado en ella nada más entrar en la habitación, destacando contra esa piel pálida, inmaculada. Sirius se había puesto en la puerta, impidiéndole la salida cuando la matrona quiso escapar de allí.

-No voy a dejar que te marches hasta que mi mujer y mi hijo estén a salvo -la amenazó, y quizá fue el ver que tenía la varita en la mano, o quizá sus ojos agresivos, los que le indicaron a la mujer regordeta que no mentía. Como les pasase algo la consideraría responsable, y no vacilaría en matarla.

Tuvo que encargarse de Bellatrix en el parto, que entre que se complicó y que la mortífaga no era precisamente una paciente agradable, la pobre mujer sudaba muerta de miedo. No paraba de dar órdenes a los elfos domésticos, que se encargaban de traer todo lo que necesitaba al instante, bajo la atenta mirada de Sirius, que no se movió de la habitación.

Fue una noche muy larga, y para cuando todo terminó había pasado mediodía. Bellatrix dio a luz a un niño, al que la matrona se apresuró a cortar el cordón umbilical con un movimiento de varita, envolviéndolo posteriormente en una toalla blanca. Intentó dárselo a la madre, pero ésta se negó. Sirius se adelantó a cogerlo, sin sorprenderle que Bellatrix se mostrase tan fría con su hijo recién nacido. Tanto con Mizar como con Denébola había actuado igual. La habían hecho sufrir demasiado como para que quisiera verlos en ese preciso momento.

Cuando levantó la vista de su hijo, vio que la matrona seguía allí, petrificada en el sitio. Aunque había terminado todo, aunque que el niño estaba sano y Bellatrix sólo necesitaba descanso durante varios días, no parecía ser lo suficientemente valiente como para irse.

-Puedes usar la chimenea -le indicó Sirius.

La mujer salió de allí sin decir una palabra más, con pasos cortos y rápidos, pues estaba claro que lo que quería de verdad era echar a correr.

-Tienes que encargarte de ella -siseó Bellatrix, su frente perlada de sudor, fulminándole con la mirada-. La ha visto.

Sirius sabía que tenía razón, aunque no se la dio. No quería matarla, pero estaba seguro de que la mujer contaría todo lo que había visto en cuanto saliese de allí.

-No estás en posición de pedirme nada -masculló, sintiéndose súbitamente furioso, ahora que el peligro para ella había pasado. La había advertido, y ella había sido tan insensata arriesgando su vida de aquella manera, sólo por mantener su orgullo.

Bellatrix sonrió, dejando caer la cabeza sobre la almohada, su cabello oscuro desparrado por ésta, mechones pegados a su frente. Se hundió en un profundo sueño nada más cerrar los ojos, segura de que Sirius le haría ese pequeño favor. Ni se enteró cuando el hombre dejó a su hijo al lado de ella.

Ya había hecho muchos sacrificios por Bellatrix, pensaba Sirius, mientras salía de la habitación, siguiendo los pasos de la matrona. Los que le había pedido, y los que le pediría.

Si de algo estaba seguro es de que pocas veces le negaría nada.

N/A. Mmm... XD No sé. Creo que éste es un final que cierra todo esto un poco. Espero que os haya gustado y blablabla, porque menuda panzada a escribir me he dado jaja x) Tengo la idea para otro que iría después de éste, en el mismo AU, unos 6-8 años después. Es solo la idea principal, no la tengo nada desarrollada, así que no sé si acabaré haciéndola o no. En todo caso si al final me animo será dentro de bastante, quiero seguir con otros fics que tengo pendientes (muchos), con nuevas ideas, y además es que el séptimo libro me dejó tan desencantada con el mundo de HP... T.T últimamente me da mucha pereza escribir sobre eso.