A la mañana siguiente, Albert estaba ansioso de estar con ella. Le había propuesto juntarse temprano para estar todo el día afuera. Un día de pic-nic los dos. Había mandado a preparar todo y estaba todo listo para ese gran día. Albert despachó al conductor y el mismo se encargó de manejar hasta el lugar que tenía en mente ir. La Tía Abuela no estaba de acuerdo que salieran los dos solos, pero había visto tan desanimado a Albert estos días, que pensó mejor no opinar, total ellos habían vivido juntos, no había mucho que hacer.
Ese día estaba espléndido para un día de pic nic. Candy echada sobre la hierba podía observar a Albert. Se veía triste, apagado. Candy se acercó a él y él la miró fijamente. Candy se estremeció un poco ante esa mirada. Estaba muy preocupada por él, por lo que Candy le preguntó:
- Bueno Albert. Ahora me vas a contar realmente que es lo que pasa. La verdadera razón por la que me trajiste a vivir acá
- Los ojos de Albert se llenaron de lágrimas. Se molestó consigo mismo por eso. No quería mostrarse débil frente a ella. Candy nunca lo había visto llorar. Algo estaba pasando. Albert se paró bruscamente huyendo del lado de Candy. Candy se paró y fue tras él. Corrió hacia él y lo abrazó fuertemente por la cintura.
- Candy perdón, no te quiero preocupar con mis cosas, son puras tonterías, no es nada pequeña.
- Albert, ella apoyó su frente en su espalda. Donde quedó eso de compartir nuestras penas y nuestras alegrías siempre.
Albert se volteó a verla y tenía la cara empapada en lágrimas. Y se abrazó a ella muy fuertemente, tanto que la hizo tambalearse.
Candy, ya no puedo más. Estoy muy agobiado, quisiera poder huir de todo. No tengo tiempo para nada. Me levanto al alba para trabajar y me acuesto muy tarde por la noche. No tengo un minuto de paz. No tengo nadie con quien conversar, nadie con quien salir, nadie que quiera estar conmigo. O me ven como el jefe de la familia, o como un buen partido para las sras que quieren casar a sus hijas, pero nadie me ve a mi, a nadie le interesa saber nada de mi, de mis gustos, de mis preferencias, nada. Ya no existe el Albert libre, espontáneo, amante de la naturaleza, el de los animales…. Candy me encantaría perder la memoria nuevamente y volver contigo a vivir a Chicago- dijo en tono desesperado.
- Albert, que triste estás- sollozó Candy. Albert sentía correr sus lágrimas por sus mejillas, pero no hizo nada. Necesitaba desahogarse, necesitaba gritar, llorar, y qué mejor que en brazos de su amada Candy. Se quedaron así por un momento, Candy no quería romper la magia de ese momento, Albert no era un persona que comunicara sus sentimientos, y menos de esa manera, al cabo de un rato Candy le dijo:
- Albert cuenta conmigo para lo que quieras. Yo si te conozco, yo si sé quien eres y que te gusta. Te prometo que pasaremos mucho tiempo juntos de ahora en adelante.
- Pero Candy, tú debes seguir con tu vida. No es necesario que te sacrifiques por mí.
- Albert, yo también estoy sola. También te necesito- dijo ella sonrojándose. Cuando fuiste al hogar de pony a buscarme fue el día más feliz de mi vida. Podría estar nuevamente a tu lado. Al menos por un tiempo…hasta que tu encuentres novia- dijo Candy sin pensar esto último
- ¿Hasta que qué?- rió Albert
- Claro hasta que encuentres novia y pretendas casarte. Ahí me dejarás sola.
Albert no dijo nada. Solo pensó: pero tonta, no te das cuenta que no me casaré con nadie más que contigo.
- Nunca te voy a dejar sola- me entiendes. Nadie podrá cambiar nunca este lazo que hay entre los dos. Acto seguido la besó en la frente. A demás tú también te puedes casar- le dijo- Albert se estremeció: no eso no candy, nunca dejaré que te cases con otro, nunca!- pensó con firmeza
Luego comenzaron a degustar toda la comida que Albert había llevado, no pasaron ni cinco minutos desde que habían terminado de comer, cuando Albert cayó en un profundo sueño. Candy lo tapó con una manta mientras lo miraba sonriente. Albert, solo estás agobiado, es normal, a todos nos pasa. No te preocupes, yo te ayudaré a salir de esa rutina. Ya verás.
Los días comenzaron a pasar y Albert definitivamente, estaba mejor. Andaba de muy buen ánimo y eso se notaba. La Tía Elroy lo denominaba el Factor Candy.
Ya había pasado una semana desde la llegada de Candy a la mansión Andrew. Y todos los días pasaban algunas horas juntos. Ya fuese para desayunar, cenar o simplemente compartir algunas horas en la biblioteca.
Candy como no quería molestar a Albert ni distraerlo de sus deberes, se dedicaba a leer un libro de medicina o alguna obra literaria. Así, ella le acompañaba, Albert no se encontraría solo… esa sola presencia de Candy le daba una inmensa paz a Albert.
La tía Elroy preocupada de que pasaran tanto tiempo encerrados juntos en la biblioteca, sin más entró a la habitación, le parecía increíble que estuvieran en silencio todo el rato sin decirse nada. Candy y Albert reían de la cara de sorpresa de la Tía. Candy sintió que la Tía también quería participar con ellos, por lo que la invitó a unirse a ellos por las tardes.
La Tía bordaba, Candy leía y Albert revisaba atentamente los papeles de sus negocios. No era necesario hablar, los tres se hacían compañía, ninguno de los tres se sentía solo. Por primera vez, se podía respirar paz en presencia de la Tía Abuela.
Candy ya comenzaba a impacientarse un poco. Sabía que su tiempo de vacaciones estaba llegando al final. Ella no le había dicho nada a Albert de que su regreso a trabajar se aproximaba. No encontraba el valor. Pero al menos, podría estar una semana más.
Albert consideraba que habían pasado mucho tiempo encerrados en la mansión, por lo que decidió llevar a Candy a cenar afuera a un elegante restaurante. Hizo las reservas por medio de George y partieron muy elegantemente vestidos a pasar una agradable velada. Candy al ver a Albert se había impresionado. Era realmente guapo. Iba tan elegante, tan bien arreglado, que Candy no podía creer la suerte que tenía de poder salir con él. Era muy varonil y Candy recordaba en ese instante lo fuerte que era. Recordó la pelea que sostuvo él cuando los intentaron asaltar en Chicago, cuando Albert aún tenía amnesia…Dios que guapo y varonil es!
Albert se había sentido observado por Candy, pero él todavía no estaba seguro de sus sentimientos hacia él. Aunque ahora que recordaba, no le había escuchado ni mencionar a Terry durante estas semanas. Ni una vez, quizás, ya lo olvidó- pensó esperanzado.
Esa noche prometía. Habían cenado, reído, estaban listos para ir a bailar cuando de repente, se acerca una muy distinguida Srta a saludar a Albert.
- ¡Hola Guapo! Lo saluda ella- Albert casi te atraganta por el saludo
- EH, perdón ¿usted me conoce?
- Pero Albert, ¿cómo, no me recuerdas?
- Albert la miró fijamente y luego esbozó una amplia sonrisa.
- ¡Margaret! ¿Eres tú?, ¡pero que alegría más grande! -exclamó Albert poniéndose de pie para saludarla y darle un fuerte abrazo
Candy quedó perpleja. La reacción de Albert la sorprendió.
Albert se dio cuenta de Candy y las presentó. Margaret, te presento a Candy, mi pupila. Candy ella es Margaret, una vieja amiga de la Familia.
Candy sintió como si la bofetearan. "Pupila"- pensó. Que manera de referirse a mí, ahora no soy su amiga ni su confidente, soy su "pupila".
- Oh. Encantada Srta Candy- interrumpo algo. Candy iba a contestar, pero Albert se le adelantó:
- No para nada, pero con quien andas, siéntate, siéntate con nosotros. Candy lo quiso matar con la mirada. No sabía que le pasaba, pero la reacción de Albert hacia ella, la había descolocado.
El resto de la noche fue todo Margaret. Hablaban y reían de los viejos tiempos, del su niñez, de cómo hacían rabiar a todo el mundo, de la Tía Elroy, de todo. Candy casi había quedado excluida de la conversación, ella participaba y reía de las cosas, pero sabía que estaba demás en esa conversación.
- Oh Albert, ha sido todo un gusto. Me gustaría ir a saludar a la Tía Elroy si no te molesta. Ahora que llegué de Europa para quedarme en América, será bueno que contacte a la familia y a mis antiguos amigos. -¿no crees?
- Pero encantado, por favor. Anda a verla, estamos en Lakewood, anda y te quedas el tiempo que estimes necesario. Te invito a pasar unos días allá.
- Albert- dijo ella sorprendida. Gracias, bueno acepto. Mañana te informaré con mi chofer cuando apareceré por allá- ¿te parece?
- Si claro, le dijo Albert feliz
- Bueno, me despido
- Adiós Miss Candy, parece que nos veremos nuevamente.
- Adiós Margaret-le dijo ella. Así parece.
Candy no lo podía creer. Albert se había olvidado de ella por completo al ver a Margaret. Albert pudo notar el disgusto de Candy y le dijo:
Candy, no te enojes, ella es vieja amiga de la familia. Creo que hace como 10 años no la veía.
- Si Albert está bien, no tienes que darme explicaciones. Pero era una noche para los dos, y fuimos tres. Pero no te preocupes. No importa- dijo molesta.
La actitud de Candy hizo que Albert se enfadara un poco con ella. Regresaron sin dirigirse la palabra por el camino. Lo que había empezando siendo una linda noche había terminado siendo una angustiosa situación.
Al día siguiente Candy bajó a desayunar. Ahí ya se encontraban Albert y la Tía Abuela. Albert había meditado lo de anoche y estaba decidido pedirle una disculpa a Candy. Si las cosas se hubieran dado al revés, él también se hubiese molestado.
- Candy- te parece que salgamos un rato a caminar por el jardín- le preguntó Albert
- Eh, no gracias Albert. Hoy me siento cansada. Me retiraré a mi habitación.
Albert se sorprendió por la respuesta. La Tía también.
- Bueno, te acompaño a tu habitación
- No, no gracias- se paró y se fue.
- ¿Que sucede aquí Albert?- le preguntó la Tía sorprendida.
- Nada Tía, perdóname pero tengo que hablar con ella. Es solo un mal entendido- le dio un beso en la frente a su tía y se paró decidido a explicarle las cosas a Candy.
- Toc, toc- golpeó Albert la puerta de Candy
- Pase- dijo Candy pensando que era Dorothy en ese momento
- Candy- quiero hablar contigo
- Albert no creo que haya mucho que hablar
- Pero Candy, está bien tienes razón, no me debí comportar así, solo que me dio mucha alegría verla. No medí las consecuencias, no pensé que te fueras a molestar.
- Está bien Sr. Andrew, no me tiene que dar explicaciones. Usted es un hombre muy codiciado, y yo no debo estorbarte en tus conquistas.
- Sr. Andrew, ¿usted? Candy ..¿desde cuando me llamas así?
- Sabes, en verdad no quiero hablar contigo. Albert rendido se dio media vuelta para salir de la habitación… AH, pero antes que te vayas- prosiguió Candy, te aviso que mis vacaciones terminan este viernes Albert, por lo que he decidido volver al Hospital. Así tú podrás recibir a tus invitados sin que yo esté estorbando de por medio. No está bien que tu "PUPILA" esté entremedio - ¿no te parece?
Lo dicho por Candy fue un balde de agua fría para él.
- Pero Candy ¿no crees que exageras?, ¿estás celosa?
- Estoy molesta Albert- no tuviste ninguna consideración por mí- y eso me molesta. Yo era tu invitada, pero ahora veo, que invitas a quien sea con tal de no estar solo.
Estás palabras calaron profundo en Albert. Se molestó a tal punto que su cara se desfiguró. ¿Cómo puedes decirme eso? ¿Quien diablos crees que soy?- le gritó
Candy se sorprendió mucho al ver a Albert encolerizado. Solo le dio la espalda.
-¿Acaso no me conoces Candy?- le preguntó dolido Albert
Candy pensó aquella pregunta por algunos segundos….Pensándolo bien, no, no Albert, sabes, no te conozco… Primero lo que sé de ti es que eres un vagabundo, luego te apareces como un veterinario en Londres y luego vas a África. Entras y sales de mi vida como una sombra. Ahora resulta que eres el tío abuelo William y el jefe de la familia Andrew (no quiso mencionar que era también su príncipe). La verdad, no te conozco nada sabes, no sé quien eres, no sé de tu infancia, si has tenido novia, si te has enamorado, si te piensas casar, quieres formar una familia, ¿hijos? - nada- le dijo Candy como dándose cuenta de que en verdad, no conocía muy bien a Albert. Sabía que era bueno, gentil, bondadoso, amante de la naturaleza y de los animales, y eso le bastaba, pero nada de su vida privada y de lo que quería para el futuro.
Albert quedó sorprendido. Mucho de lo que Candy decía era verdad. Candy yo…no tengo nada que ocultarte pequeña
-¡Y no me digas más pequeña quieres!- me llamo Candy- le dijo fríamente
-¡Cómo quieras Candy!- le respondió en forma triste. En esos momentos, llegó un sirviente y entregó un sobre a Albert.
-Es de Margaret - comentó- vendrá mañana al medio día. Y se quedará una semana.
- Perfecto Albert, porque te aviso, que me voy mañana temprano- regreso a mi departamento. Tú recibe a tus visitas y pásalo bien. Así no estorbaré. Ahora por favor, retírate, quiero arreglar mis cosas.
Albert quedó perplejo. Estaba furioso con la actitud de Candy, es una niña- pensó, pero más furioso estaba con él, porque no midió las consecuencias. Él lo había hecho en forma espontánea y no pensó en que Candy se había sacrificado para estar con él, dejando incluso su trabajo y ahora él traía otra mujer a su casa.
Cuando la Tía Elroy se enteró de todo, miró a Albert con decepción. Aunque igual le agradaba Margaret…sobre todo para ser esposa de Albert, no le gustó como hizo las cosas con Candy.
Candy por su lado, al irse Albert de su habitación, comenzó a ordenar sus cosas furiosa. Cuando terminó y se dio cuenta que su maleta estaba lista y que partiría muy pronto, rompió en llanto. Esa noche Candy no bajó a cenar. Pidió que le llevaran la cena a su habitación. Nadie se opuso, ni siquiera la Tía Elroy.
Al otro día muy temprano, Candy pidió al chofer que la llevara a su departamento. Decidió no volver al Hogar de Pony, no quería preguntas. No se quiso despedir, solo les dejó unas cartas a la Tía Elroy y a Dorothy, en donde agradecía sus cuidados y atenciones para con ella.
Albert bajo a desayunar convencido que podría convencer a Candy de que se quedara. Pensó en hablar con Margaret y pedirle las disculpas necesarias…inventar que tenía un viaje urgente, y se llevaría a Candy a pasear new york, Boston, florida, donde ella quisiera ir. Candy era todo para él y él había invitado a otra mujer a su casa, esa frase lo torturaba…no podía creer lo estúpido que había sido. Pero él sabía que la podría convencer.
Casi se murió cuando supo que Candy se había marchado. Más se deprimió cuando se dio cuenta de que Candy no le había dejado siquiera una nota de despedida.
Estaba asumiendo lo que había pasado, cuando en eso, siente la llegada de un auto: Candy- pensó y salió corriendo a recibirla, pero para su desgracia, era Margaret.
- ¡Hola Albert!- dice ella corriendo a su encuentro y dándole un beso en la mejilla
- ¡Hola Margaret! - ¡qué gusto verte!
- hummm- no sé porque no te creo mucho
- ¡Pero que dices Margaret, claro que me alegra!
- Por favor, cochero, tome el equipaje de la Srta. Margaret y llévelo a su habitación.
Ya no había nada que hacer. Ella ya había llegado y no la podía echar. La conversación con Candy, tendría que esperar.
