Bueno, éste es oficialmente el último capítulo de la historia.
Es posible que haga un pequeño epílogo, con el único fin de redondear un poco más el final, pero hasta aquí ha llegado mi idea original.
He disfrutado mucho escribiendo este fic desde el punto de vista de Dean, con su humor, con su complejidad y con todo ese drama que arrastra el personaje. Y lo más importante: he conseguido quitarme esa espinita que tenía clavada desde la novena temporada.
Espero que vosotros también lo hayáis disfrutado. Gracias por llegar hasta el último capítulo.
Muchas gracias a Heiko y Hermione, mis betas, mis amigas, mis compañeras. Nada sería igual sin vosotras.
III. Tercera parte. Las noches están hechas para decir lo que no puedes decir por la mañana.
I dreamt about you nearly every night this week
How many secrets can you keep?
'Cause there's this tune I found
that makes me think of you somehow
and I play it on repeat
Until I fall asleep
Spilling drinks on my settee
Do I wanna know
If this feeling flows both ways?
(Do I Wanna Know, Arctic Monkeys)
—Venga, Sam, descuelga el puto teléfono.
Salta el buzón de voz. Entorna los ojos. No se lo puede creer. Lleva tres días deseando la muerte violenta del teléfono de Sam y ahora, cuando lo necesita, salta el jodido buzón. La ironía es una puta muy traidora. Lo intenta en el móvil de emergencia y por fin responde un gruñido.
—Son las seis de la mañana, Dean. —Un bostezo—. ¿Qué pasa?
Oye la voz de su hermano desperezándose, estirándose suavemente por el auricular, e intuye que acaba de empezar con el ritual de cada mañana: Sam sentado sobre la cama, con los ojos enrojecidos y cansados. Mirada vulnerable al vacío de la habitación antes de levantar ese enorme cuerpo para ponerle una camiseta y seguir con la búsqueda desesperada de café. A Dean siempre le ha resultado fascinante observar todo el proceso, porque durante un momento, Sam vuelve a ser su Sammy (frotándose los ojos, somnoliento), para transformarse, dos minutos después, en el cazador que tan bien conoce, el que sostiene la responsabilidad del mundo sobre sus hombros.
El que le sostenía cuerpo a cuerpo hace dos horas.
Tose. Tiene que concentrarse en el caso:
—Nuestro Dr. Holmes (1) es un súcubo, Sam, un demonio sexual. Absorbe la energía de sus víctimas hasta que, después de varias noches, mueren de un ataque al corazón. Por eso no dejaba rastros y por eso no había correlación entre las víctimas.
Un momento y después:
—Vale… —Sam se está animando. Oye una silla y el tecleo del ordenador—. Hace tiempo leí algo sobre estos seres. Creo recordar que se presentan ante sus víctimas en sueños bajo la forma de la persona que desean para cumplir sus fantasías y así absorber su energía. —Dean no puede evitar la culpabilidad. Pinchándole, estremeciéndole. Agazapada en su estómago. Su hermano, ajeno a todo ello, continúa con su monólogo acelerado—: ¿Pero qué hacía en ese hotel? Si no me equivoco los súcubos sólo acuden mediante invocación. No me digas que la Sra. Taylor…
—Por Dios, no. —Dean se sacude la imagen mental que acaba de cruzar por su cabeza y que incluye desnudos y arrugas nivel Sharpei (2)—. Sam, joder, deja de imaginar perversiones. Ha sido Thomas, el hijo de la dueña. Un chaval de veinte años. Al parecer, husmeando entre las "inofensivas" posesiones de nuestra abuelita, Thomas encontró un libro sobre estos seres. Y decidió que, ya que carecía de cualquier tipo de actividad sexual, y de méritos para poder tenerla, lo mejor era invocar secretamente a un demonio. —Suspira con impaciencia—. Si vieras al chico comprenderías su desesperación.
—¿Y cómo has descubierto que era un súcubo?
Y. No. Está. Preparado. Para. Esa. Pregunta.
Decide que el "pues mira, Sam, he soñado que me estabas follando y que me gustaba" no es la mejor respuesta. Así que omite, le miente. Otra vez. Como siempre. Por necesidad, se dice.
—He pillado esta noche al chico en plena orgía onanista mientras farfullaba algo que pretendía ser latín, rodeado de velas y… desnudo. —Dean, hace lo que puede por disimular su desazón, así que le da motivos a Sam para no seguir preguntando en esa línea—: Sam, ese pequeño imberbe estaba completamente en pelotas, con sus cosas colgando, y…
—Suficiente, Dean. —Se apresura Sam—. Me hago una idea, ¿de acuerdo? No necesito conocer todos los detalles.
A veces resulta extremadamente fácil.
—La cuestión es que cuando he encontrado al chico, lo ha confesado todo. Estaba aterrorizado. Supongo que el hecho de que le apuntara con una pistola ha ayudado a que colaborase abiertamente. —Se levanta de la silla y empieza a pasear por la habitación—. Al parecer, utilizaba un hechizo de atadura vinculado a un anillo para invocar y controlar al demonio, pero…
—Cuando se hizo fuerte, ya no pudo seguir dominándolo —completa Sam.
Dean asiente. Resulta asombrosa la facilidad con la que son capaces de trabajar cuando no están jodiéndose mutuamente. Esa dinámica que funciona sola, engranajes que simplemente encajan uno detrás de otro.
—Así, es. Durante un tiempo funcionó el hechizo de atadura, pero pronto se descontroló. Así que aquí estamos, con un mocoso llorón que ha invocado a un puto demonio que no puede controlar y que ha matado a su abuela y a unos cuantos más a base de polvos.
—¿Y el chaval dónde está ahora?
—Los he sacado del hotel a los dos, a su madre y a él. Me he quedado solo. —Hace una pausa, recodando la cara de Martha y todas sus preguntas. Se vuelve a sentar frente al ordenador, observando el resultado de su búsqueda—: Mira, Sam, creo que he encontrado la forma de matar a este hijo de puta, pero necesito que me confirmes que es la correcta, porque cuanto te dije que moriría por echar un polvo, hablaba en sentido figurado.
El chascarrillo no parece hacerle mucha gracia a su hermano y Dean intuye que el escepticismo está sobrevolando la conversación. Sam se encarga de materializar la intuición:
—¿Y de dónde has sacado toda esa información?
—Sé leer y no eres el único que sabe utilizar Google, Sam. —Se impacienta—. ¿Puedes mirar en la biblioteca a ver si hay algún libro que nos sirva?
Sam suspira.
—Está bien… Dame un segundo. —Escucha cómo arrastra la silla por el suelo. Y se lo imagina caminando por el búnker y yendo de asombro en asombro. No puede evitar ser un sabiondo repelente. Al cabo de un rato, vuelve su voz—: Bien… Aquí tengo un libro. —El sonido de las hojas de papel se cuela en la conversación—. Los Hombres de Letras aseguran que hay dos formas de vencer a los súcubos o íncubos. Una consistente en hacerles beber fluidos sexuales de una mujer u hombre virgen y otra clavándole un puñal de plata bañado en una mezcla de semen, sangre de cordero, agua bendecida, y hierba de San Juan.
Mueca de asco. Lo anterior confirma la información que él había encontrado y que prefería no creer.
—¿Pero por qué con esta gentuza todo tiene que ser siempre tan repugnante? —Hay momentos en los que odia su trabajo—. En fin, dudo que consiga hacerle beber fluidos de ninguna clase con un "eh, te invito a un chupito", y además, no hay nadie disponible para hacer la donación. Así que sólo nos queda la segunda opción.
Dean se recuesta sobre la silla. Su cabeza trabajando a toda velocidad. ¿Dónde va a encontrar los jodidos ingredientes? Uno de ellos es sencillo, desde luego… Sam le interrumpe:
—¿Pero cómo conseguiremos que acuda a tu habitación?
—Sé que vendrá a buscarme esta noche. Tengo el amuleto de Thomas.
Eso sin contar con que es plenamente consciente de que el súcubo tiene que terminar lo que ha empezado. Aunque prefiere no comentarlo.
—De acuerdo—Ruido, papeles. Hay agitación en el lado de Sam y eso no es lo que más le gusta a Dean—. Preparo los ingredientes y salgo para allí. Tengo varias horas de camino, pero si me doy prisa puedo llegar esta noche.
Y la alerta de Dean se activa hasta alcanzar el nivel 8000. ¿Sam? ¿Quién ha hablado de que tenga que venir? No, no. NO, ni en broma. El corazón le bombea a mil por hora. Es lo último que necesita. Ya tiene suficiente con el súcubo convirtiéndose en su puto hermano como para lidiar con el original. Discuten. Su hermano patalea, se queja, se resiste con un "es peligroso que lo hagas solo" pero a Dean tanto lloriqueo sólo le sirve para hacerse más fuerte en su posición. Si lo tuviera delante, le metería un puñetazo. En serio. Cuelga el teléfono mientras Sam hace el último intento con un "Joder, Dean, espera…". E inmediatamente después, lo apaga. Sólo para tener la seguridad de que Sam no va a pegarse todo el día llamando al puto móvil o de que si lo hace, no va a tener que escucharlo.
Además, ya sabe dónde conseguir los ingredientes que necesita.
Recoge un puñal de plata que guarda en el maletero de su Preciosidad del 67 y se pasa el resto del día rebuscando en la habitación de Buffy, la cazafantasmas octogenaria. Su intuición no le ha fallado. Encuentra todo lo que necesita después de rebuscar en todas las cajas y estanterías, después de sudar polvo y juramentos blasfemos. Una despensa bien provista, pero desordenada. Y no puede evitar pensar en Bobby, en su casa, en su sótano y en que ahora mismo le daría una colleja por estar compadeciéndose de sí mismo en vez de trabajando. No se lo reconoce muy a menudo, pero lo cierto es que le echa de menos a ese hijo de puta.
"Tú sabrías qué hacer con este desastre, Bobby." Y en realidad, Dean no sabe si se refiere al caso o a otra cosa.
Cuando llegan las nueve de la noche, ya está preparado. Se tumba en la cama, aferrado al puñal. En silencio. A oscuras. Todo está planificado y quiere terminar con esto cuanto antes. Y aunque se repite que devolverlo al infierno es su prioridad, no puede evitar que se le acelere la respiración al pensar que quien va a aparecer en esa habitación es Sam. Pasan los minutos. Lentos, constantes, con su propio ritmo. El insomnio de la noche anterior empieza a pasarle factura. Los ojos se le cierran, agotados, y ha sido un momento pero ha sido suficiente. Tiene las muñecas y los pies inmovilizados.
En cuanto el súcubo aparece, enorme, desnudo, masculino… sabe que no ha sido una buena idea hacerlo solo. Es el rostro y el cuerpo de Sam, perfeccionados hasta el último detalle. Es la boca de Sam diciendo todo lo que él ha deseado oír: "Dean, quédate conmigo, te necesito. Tú y yo. Sangre de mi sangre". Susurros y caricias y "tú lo deseas y yo lo deseo y después de tanto sufrimiento, ¿por qué vamos a privarnos de ello?" El súcubo miente mientras le acaricia el pecho, mientras le dice "esto es lo que somos, un ser completo". Dean sabe que miente, que todos los demonios mienten, pero nunca nadie, nunca él, ha estado tan dispuesto a creerse la mentira. Así que afloja la mano del puñal y cae, porque prefiere esta realidad.
Sabe que no debe, pero no puede resistirlo. No con el rostro de Sam sobre su boca, con la mirada… Así que se abandona, cede a sus instintos. Cede a la lengua y a la carne. Durante un momento de breve lucidez es consciente de que seguramente va a morir. Pero no es importante. Quizás deba de ser así, quizás sea mejor así. Apenas es capaz de reconocer a lo lejos un grito sordo y desesperado. Pasos rápidos, puertas que se cierran. Sólo puede atender a Sam y a él. La oscuridad se cierra sobre él. Sobre su Sam… Dolor, placer, gemir. Todo lo demás es secundario.
Un grito: ¡DEAN!
Y se sumerge en la profundidad. Silencio. Callado.
El primer indicio de que todavía sigue vivo es el puto dolor de cabeza que se ha instalado en su nuca con vocación de permanencia. El segundo, que tiene la boca pastosa y los músculos del cuerpo en huelga general. Se parece demasiado a una resaca de alcohol barato como para tratarse de un lugar menos terrenal. Abre los ojos, no sin dificultad. Y se arrepiente inmediatamente. Una tonelada de rayos de luz acribillan sus pupilas y tiene que parpadear (varias veces) para recuperar algo parecido a la visión. Sobre él, un dosel que podría ser parte del atrezo de Dinastía (3), le confirma que continúa en Monterey y en el hotel. Se palpa el cuerpo para comprobar que sigue entero. Y sí, parece completo: conserva las piernas (las tres, perfecto) y los brazos. Respira aliviado.
Entonces ve a Sam, que está sentado en un sillón junto a su cama, observando fijamente el color rosa de la pared. Sammy… Morros apretados, puños apretados, todo él parece a punto de detonar. Ahí está el por qué sigue vivo. En el estómago de Dean confluye una maraña enredada a la que no puede ponerle nombre. Contra su voluntad, el recuerdo de la noche anterior se abre paso con una motosierra a través del sopor que le envuelve todavía el cerebro. Tres palabras: súcubo, follar (con), Sam. Resulta alarmante, por decirlo suavemente, que todas ellas puedan estar juntas en una misma frase a modo de resumen. Y durante un instante, se le pasa por la cabeza que Sam viera…, pero lo desecha. Los súcubos se muestran a cada persona con una forma diferente. O eso espera.
Se incorpora un poco.
—Hey… —La voz le sale ronca, chatarra vieja.
Sam no responde. Se limita a mirarle con algo parecido al alivio o a la conmoción. No está muy seguro. Sin embargo, dura poco, porque un segundo después, los ojos de Sam se ensombrecen y su brillo se convierte en otra cosa, en algo áspero, abrupto. No es una buena señal, pero tampoco es un buen momento. El efecto jetlag de su encuentro con el súcubo está en su apogeo y necesita urgentemente agua, un baño, y no necesariamente por ese orden. Intenta levantarse, pero la enorme manaza de Sam lo devuelve de un golpe a la maldita cama y con un mensaje: "ni se te ocurra moverte de aquí".
—No soy ninguna señorita, Sam. —Lo aparta con cierta dignidad y se levanta.
Cuando nota que el suelo se mueve bajo sus pies, tiene que reconocer que no ha sido la mejor idea que ha tenido. La verdad es que últimamente tiene demasiadas ideas disputándose un puesto de honor en la categoría de "pésimas". Inspira lentamente para calibrar su equilibrio: izquierda, derecha, arriba, abajo. No tiene la completa seguridad de que sus piernas vayan a sostenerle, pero desde luego, no va a darle la satisfacción de reconocérselo a su hermano. Se dirige al baño con la mirada de Sam acuchillándole la espalda. Un asesinato silencioso.
Sale del aseo algo más espabilado, pero Sam continúa en modo mute. Brazos cruzados (preocupante) y mirada penetrante (muy preocupante). Resulta extraño, casi espeluznante, verlo tan cabreado y a la vez tan callado, sin soltar ni un solo reproche ni una sola queja ni un solo "Dean por aquí y Dean por allá". Es como ver la explosión de una bomba nuclear a cámara lenta.
—¿Te pasa algo o es que tienes problemas con tu flora intestinal?
Sam se levanta del sillón y por fin abre la boca. Tono gris y helado. Bien, al menos conserva la lengua, se dice. Y se asusta, porque no debería reconfortarle tanto esa idea.
—Sí, claro que me pasa. —Muy serio, muy Sam en "esos días del mes". Hasta saca el dedo acusador—. Lo que pasa es que anoche si yo hubiese llegado cinco minutos más tarde, tú estarías muerto.
Es un buen motivo. Un motivo razonable. Están en la zona de seguridad. Se da cuenta de que ha estado conteniendo la respiración.
—Bueno, afortunadamente, dispongo de mi propio príncipe azul. —Guiño, sonrisa.
—No es gracioso.
Y ciertamente no, no parece hacerle mucha gracia. Dean hace un esfuerzo por continuar sonriendo.
—Oh, vamos, un poco gracioso sí que es. Te falta el caballo blanco y el "vengo a rescatarte, nena".
—¡Maldita sea, Dean, has estado a punto de morir! —Dean encierra su sonrisa y empieza a recordarle que ni es la primera vez ni… Pero Sam le interrumpe con un rugido—. ¡Cállate! Te dije que no lo hicieras solo, que era peligroso, que me esperaras. Pero no, tú no podías esperar, tenías que apagar el móvil, hacerlo a tu manera, tenías que…
Se parece a papá en uno de sus días malos, en uno de esos días melancólicos (mamá, amargura y whisky) en los que el primer y obsesivo punto del día era encontrar y matar a Ojos Amarillos. Sam sube y baja por la habitación, sacudiendo la cabeza, sacudiendo las manos, expulsando sus demonios. Al final se detiene. Se pasa la mano por el pelo y le mira:
—He pasado toda la noche haciéndome mil preguntas: si ibas a volver a abrir los ojos, si debía llamar a Cas...
Dean percibe la angustia de Sam en las palabras que no pronuncia, en lo que calla, en los puños cerrados y crispados. Se propaga por la habitación como una onda expansiva, creciendo imparable desde el epicentro. Desde Sam y sus ojeras. Desde Sam y sus hombros tensos. Y está a punto de ceder a su primer impulso, a punto de acercarse, a punto de decir "no pasa nada, Sammy" y llenarlo de abrazos. Está a punto, pero algo le hierve por dentro. Rugiendo, bullendo, escociendo. Una bola de fuego. Recuerda el "yo no te salvaría, Dean" y no puede evitarlo. Tiene que empujar hasta el final, hacerlo explotar. Lanzarse dentro de esa rueda interminable de censuras y llagas en la que están inmersos. Se le acelera el pulso. Se le seca la boca.
—¿Y quién te dijo que vinieras a salvarme, Sam? Yo no te lo pedí y tú hace tiempo que dejaste claro que ya no querías hacerlo. —Y lo último se lo escupe (casi) con auténtico desprecio. Casi como si se estuviera rompiendo por dentro.
El efecto es instantáneo. Sam lo empotra contra la pared, ayudándose, el muy cabrón, de toda su estatura. Respiración agitada, peligrosa. Los perros del infierno, en comparación, no le parecieron en su día tan fieros.
—Ya está bien, Dean. —Puñetazo en la pared—. Basta de discutir… Yo no quería, no pretendía…
Balbucea alguna tontería más y por fin cede al silencio. Todo un milagro. El rostro de Sam está contraído en una mueca de sufrimiento y Dean, no debe (no quiere), pero se alegra de una forma un tanto perversa, porque necesitaba soltar este veneno, hacerle gritar, lanzarle este maldito ácido que le ha estado consumiendo por dentro durante las últimas semanas. Está tan jodidamente enfadado, tan cansado… Intenta escapar de esa jaula de pared y manos, pero Sam utiliza todo el cuerpo (piernas, torso) para inmovilizarlo, aplastarlo... Respiran el uno en el otro. Tensión. Sudor. Vaqueros contra vaqueros. Dean no tiene muy claro si están luchando o llegando a algún tipo de acuerdo. Si su rabia quiere abrazar a su hermano, darle una paliza o… Prefiere no pensarlo. Sam no ayuda. Permanece en silencio, mordiéndose los labios, rígido, dudoso, ansioso. Presionando. Dios. Transcurre una eternidad y entonces, Sam se acerca a su oído y, con un susurro, provoca un terremoto:
—Lo vi. —El aliento de Sam cae sobre su cuello mientras la alarma se activa en el cerebro de Dean. Ese "lo vi" se repite en modo bucle como una sirena. Una y otra vez. Y aunque no sabe con seguridad a qué se está refiriendo, tiene claro que NO va a preguntar. NO. Ni de coña. Pero no le sirve de mucho—: Vi al súcubo, vi en lo que se había convertido, en quién…
Sam se detiene justo ahí, con la voz ronca, con la intención, imagina Dean, de provocarle un ataque al corazón. Está muy cerca. Tan cerca que Dean puede aspirar, saborear, la tensión que se está construyendo entre ellos. Huele a Sam, a ira, a dolor, al sudor nervioso que ahora le recorre la espalda. No sabe qué cojones está pasando. Pero en ese momento, en ese instante mudo en el que los ojos de Sam se encuentran con los suyos llenos de SÍ, de HAZLO, DEAN, ya no puede contenerse, ya no quiere contenerse. Se lanza al vacío para hacer explotar de una vez esta jodida bomba, para morir o sobrevivir a ella, para matar todas las preguntas. Con el estómago en un puño (miedo, angustia, determinación), recorre esa distancia que, pese a ser tan corta, siempre ha sido tan grande, tan intransitable; una distancia que, ahora se da cuenta, dejó de ser un pecado hace tiempo para ser algo más grande que ellos mismos y que su sufrimiento. Todo su cuerpo se abalanza sobre su hermano con rabia, con avidez, con "joder, Sam" hasta hacer contacto y provocar la detonación: labios, lengua, saliva. Dean se aferra a su hermano con uñas y dientes mientras el hambre de Sam responde, robándole gemidos a mordiscos.
No hay dulzura en el beso, no hay dulzura en la forma en que se arrancan la ropa. Nunca ha sido su estilo. Tampoco el de Sammy. Sus músculos, su garganta, su voz quebrada cuando pronuncia el nombre de Sam, sólo entienden de necesidad, de pasión, de desesperación ciega. Es lo único que tiene, lo único que puede entregarle sinceramente. Y lo hace, mientras su corazón se deshace, se arruga, mientras se muere lentamente. Porque es ahí, enterrado en ese beso cargado de todo aquello que no puede decir, de todo aquello que no se atreve a nombrar, donde la carretera que ha recorrido hasta ahora adquiere el significado completo para Dean (en la piel, en el sudor de Sam).
Y ya no hay forma de pararlo. Es mejor de lo que había imaginado.
De algún modo inexplicable alcanzan la cama, tropezando, famélicos el uno del otro. Se despojan de los pantalones y los prejuicios, antes de que la culpabilidad entre a formar parte del juego y se funden con las sábanas. Dean sobre Sam, sus dedos memorizando el torso de su hermano, devorándolo centímetro a centímetro hasta alcanzar los calzoncillos. Se detiene sólo un segundo para mirar a Sam y ya no duda. Se sumerge en la extraña perfección y por un breve instante, sudar, jadear, gemir, se convierte en la única actividad que ocupa sus pensamientos. Se frota contra su hermano, contra su piel, contra su dureza. Los movimientos son bruscos, por momentos torpes, repletos de pura y primaria necesidad. Y es que le faltan manos y labios para saciarse de Sam (de su Sammy), para verificar que sigue junto a él, que están vivos.
Su hermano se retuerce bajo sus dedos, susurrando "Dean" a cada roce. Y la verdad es que su nombre nunca ha sonado tan bien en otros labios, jamás ha sonado tan húmedo, tan líquido, tan desesperado... Cuando se encuentra con la polla de Sam sobre su lengua, ya ha desconectado la parte funcional de su cerebro (quejas, protestas). Se lanza sobre ella, la envuelve con su boca, y Sam ruge convertido en un animal suplicante. No sabe muy bien lo que está haciendo, tira de su instinto, de ese innato depredador. Y gracias a Dios, conoce los presupuestos básicos: lubricación y preparación. Un dedo, dos dedos, mientras se hunde en la mirada vidriosa de Sam, en el cuerpo de Sam, quien no para de decir "vamos, Dean", "ya, Dean", "por favor, Dean".
Joder. No le hace esperar mucho más. Dos dedos, tres dedos. Saliva, mucha saliva, mientras coloca las piernas de Sam sobre sus hombros. Se pregunta en qué momento este crío que se largó a Standford adquirió el poder de reducirle a este estado de alienación, donde ya no puede pensar en nada más, donde ya no importa nadie más. Empuja en la entrada de Sam. Respira. Empuja. Una vez y otra y Sam es todo anticipación y Dean todo enajenación. Una vez más y cuando consigue entrar, enterrarse, ser uno con su hermano, la sensación que le recorre es abrumadora. Espalda arqueada, ojos cerrados, temblor en las manos. Pierde el sentido de la orientación, la percepción del tiempo y del espacio. De repente se le ocurre que volvería a vender su alma a cambio de reincidir mil veces en este pecado. Se recompone como puede y pone todo su empeño en hacer que, al menos, sea algo memorable. Empieza a mover las caderas (embestidas lentas, anhelantes) mientras la polla de Sam se desliza dentro de su mano con la misma naturalidad que una pistola. Subiendo y bajando, resbalando de forma perfecta. Están hechos para esto. Para cazar, matar, follar. Cada embestida es el preludio de su orgasmo. Y aunque se ha propuesto aguantar lo suficiente para no resultar ridículo, Sam no se le pone fácil: los gruñidos, los gemidos, los labios cargados de deseo (¿dónde aprendió a hacer eso?) arremeten directamente contra su polla. Dean empuja (estrecho, feroz) mientras Sam le atrapa con sus piernas, obligándole a entrar más dentro, más fuerte, más rápido. En la cara de Sam hay todo ensayo sobre lo que es el placer y Dean no puede evitar pensar que así es como debería ser siempre: salvaje, indómito, delicioso. Entonces le oye susurrar con urgencia "Voy a correrme…" Y Dean se apresura a masturbarle mientras entra, sale, empuja, suda… Fuertemente, rápido. Sam se retuerce en su mano, convertido en un gemido, hasta que explota caliente, empapado, repitiendo Deanjoderdeandeandean... Y Dios, ya no puede contenerse. Embiste una última vez contra el culo de Sam, clavándole las uñas, mordiendo, y se corre, se corre, se corre... Se corre eternamente hasta desfallecer, hasta caer rendido sobre el hombro de Sam masticando su nombre, hasta descubrir que han sido los arañazos de su hermano los que por fin han acabado con esa comezón, con el dolor.
Se desploma sobre la cama con un "joder" envuelto en una sonrisa. Kurt Cobain se cuela en su cabeza con la perfección hecha canción. Con la mejor descripción de un instante perfecto.
Luego, el inevitable silencio. La calma. La enumeración mental de los daños y desperfectos que ha dejado tras de sí la tempestad. Mira a su alrededor y ahí están las pruebas del delito: la ropa interior en el suelo, el olor a sexo impregnando la habitación, la humedad en su entrepierna. Se pasa la mano por la cara. Mierda. A Dean no se le escapa que este es uno de esos momentos patentados por los Winchester. Un momento tenso que requiere de una explicación que no va a producirse, uno de esos momentos en los que van a tener que ignorar el inmenso elefante de la habitación. Hacerse el dormido y luego "¿Quieres desayunar, Sam?, ¿lo de siempre, Sam?, ¿una mamada después, Sam?". El silencio chirría en su cabeza como un enjambre de nada. Se ahoga hasta que siente la mano de su hermano sobre su pecho. Aunque no quiere, Sam le obliga a girarse, a mirarle. Sobre la cama, despeinado, sudoroso, satisfecho, Sam parece más grande que nunca, y lo que acaban de hacer más grave que nunca. Algo dentro de Dean se rebela, dispuesto a romperse, a estrellarse. ¿Cómo cojones hemos acabado así?, ¿cuándo empezamos a estar tan jodidos? Pero Sammy, que sabe reconocer los síntomas de su autodestrucción (maldito sea), encuentra su mano debajo de las sábanas y la aprieta fuertemente, sujetándole, atándole. Le lanza la sonrisa de emergencia, esa sonrisa que tiene ensayada para él, la sonrisa cargada de "no lo hagas, Dean, no pasa nada, estoy bien, muy bien". Dean no está convencido, pero lo que Sam susurra a continuación reverbera en la habitación. En su corazón. En su cabeza. Sam siempre ha tenido ese don, el de oír lo que la gente no dice, el de dar lo que necesitan aunque no lo pidan. El de decir todo aquello que el corazón de Dean precisa oír para volver a funcionar.
—Dean—ojos brillantes, rostro deslumbrante—, estoy orgulloso de nosotros.
Después, le besa. Tranquilo, apacible, como un bálsamo. Dean no puede resistirse.
Y sí, están jodidos. Realmente jodidos. Pero cuando Sam le besa, comprende que su hermano es el único lugar donde encuentra la paz, que su hermano es lo único a lo que puede llamar hogar.
Su hogar. Su paz.
Aclaración general:
En esta historia no se distinguen los súcubos de los íncubos, porque, a pesar de la información que hay por internet, doy por supuesto que se trata del mismo ser que adopta la forma de hombre o de mujer según los deseos y preferencias de su víctima.
La forma de matar al súcubo es totalmente inventada, al menos la que utilizan los hermanos. Por tanto, no esperéis información rigurosa.
Notas:
(1) Doctor Holmes: Nada que ver con Sherlock Holmes. Es una referencia a Herman Webster Mudgett, un asesino en serie estadounidense que confesó hasta veintisiete asesinatos y cincuenta intentos de asesinato en el hotel que él mismo construyó a este fin.
Más información en wikipedia.
(2) Sharpei: raza de perros con muchas arrugas.
(3) Dinastía: Serie americana de televisión de los años 80.
