El tercer día desde el ataque recibió todo el teatro viejo, y en especial Courfeyrac, la visita del barón. Marius Pontmercy era un joven algo aniñado, de pelo moreno y rebelde, algunas pecas adornando sus mejillas y unos ojos grisáceos de aspecto inocente. Hablaba con prudencia y apocamiento, pero resaltaba sus convicciones con gestos de manos largas y cuidadas. Courfeyrac lo encontró gracioso, aún cuando parecía haberse adueñado del teatro tras la famosa ley a favor de las actrices.

- Sabed, señor, que no pretendo avasallaros –le dijo Marius a Courfeyrac tras una hora inmerso en el ensayo. Julieta aún no había aparecido -. Mi prometida, mademoiselle Fauchelevent es justa y admira a monsieur Prouvaire. Habría escuchado con gusto sus consejos.

- También admiraba Bruto a César –le contestó Courfeyrac.

- ¿Qué queréis decir? –intentó adivinar el barón, pero Courfeyrac se calmó. El barón parecía ofendido -. Condeno el acto violento al que vuestro compañero fue sometido. Cosette es piadosa y no deja de hablar de Jean Prouvaire y de cómo gustaría de visitarlo.

- Perdonadme entonces –Courfeyrac bajó la voz y se acercó a la butaca en la que Marius se había acomodado -. Estamos alterables estos días.

- ¿Practicáis esgrima, monsieur Courfeyrac? –preguntó Pontmercy de repente.

- Me temo que no –Courfeyrac jugaba como mucho al Paumé, un deporte parecido al tenis que sustituía las raquetas por las palmas de las manos.

- Pero sabéis que cuando alguien gana, otro tiene que perder –El barón lo miró a los ojos. Había algo de empatía en sus palabras -. Mi amada Cosette ha estudiado a Shakespeare hasta dormirse en sus líneas. Ella merecía una oportunidad, y eso llevaba implícito hacer daño a alguien, aunque eso fuera lo último que ella pretendía.

- Dejad que la conozca, y podré juzgarla –contestó Courfeyrac ya sin dureza-. Es una mujer, y a mis oídos ha llegado que es bella y de voz lírica, pero eso no la convierte en Julieta. Traedla mañana al ensayo, barón, y dejad que interprete sus líneas. Si mi Romeo puede amarla, yo la amaré.

Pontmercy se puso color escarlata y los ojos se le abrieron como dos lunas llenas.

- ¡No literalmente! –exclamó Courfeyrac – No sufráis.

Marius sonrió con timidez y asintió, poniéndose el sombrero antes de partir.

….

Aquella tarde perdió el doctor a un paciente de sífilis. El cielo era claro y despejado, como si le abriera los brazos, pero Joly se sentía angustiado y perdido. Se sentía idiota. Sabía leer, escribir y aplicar cobre para cauterizar heridas, pero apenas conocía nada de todos aquellos demonios invisibles que arrancaban la vida a las personas con fiebre y sudores.

No quería encerrarse, y a la vez, tampoco deseaba encontrarse con nadie. Aún olía a muerte a su alrededor.

Abrió la puerta de madera que daba al jardín con resignación, y encontró a Prouvaire bajo un árbol. El sol de la tarde le doraba el cabello y las mejillas. Los golpes eran apenas perceptibles en su rostro y se ocultaban entre la ropa holgada. Joly sabía que estaba casi recuperado, al menos físicamente, pero había algo en él que no quería verle partir. La melancolía del muchacho le hacía sentir cierto cariño y esa sensación era agradable en una mente tan científica y solitaria.

Había un libro en su regazo, como siempre, pero era un paso importante que se hubiera animado a salir de su cuarto. Estar encerrado lo debilitaba.

- Buenas tardes, doctor –dijo Jehan; su tono de voz era cordial e inocente, algo tentativo.

- Malas tardes, mon ami –respondió Joly- , pero no quiero entristeceros. Habéis salido y el sol os hace brillar. Temo no seos ya útil.

- No me duele el cuerpo, pero quién sabe cuando sanará mi alma. Sin embargo, hablar con vos podría ayudarme. Creed que sois útil.

Joly sonrió por primera vez desde que partiera por la mañana.

- ¿Tengo permiso para sentarme? –dijo el médico señalando la hierba que rodeaba su manzano más lustroso.

- El suelo es vuestro –le contestó Jehan con simpatía. Joly lo interpretó como una invitación y cruzó las piernas a su lado. El día era menos frío que los anteriores. Casi le sobraba la chaqueta.

- ¿Escribís o leéis? –dijo Joly tras unos minutos contemplativos.

- Os he robado la Eneida del despacho. Esperaba que no hubiera inconveniente en que la leyera –el muchacho sonrió con timidez.

- El único inconveniente es que leáis cosas tan tristes. Un buen médico no os lo recomendaría –señaló Joly medio en broma. El aire fresco lo hacía sentirse algo mejor, más animado.

- ¡Pero Eneas fundó Roma! –le dijo Jean.

- Después de perder a dos amores en la vida, ¿no os parece demasiado por una ciudad?

Jehan pensó en el amor. No en Julieta, aunque había algo de imposible en su pensamiento. Pensó en Bahorel y en como el asistente lo amaba de un modo fraternal; que a veces, parecía romántico. Pensó en como siempre que conseguía tenerlo cerca, de verdad, se rompía la cuerda entre ambos y Bahorel se alejaba, confundido. Él creía amar a Bahorel, pero ¿sería ese su amor verdadero? ¿Sería su Roma?

- ¿Habéis amado, doctor Joly? –dijo Prouvaire casi ajeno. Joly se quedó pensativo.

- No del modo en el que ama Dido a Eneas. No habría muerto por ese amor. Ese amor me trajo aquí, de modo que debió ser profético que acabara.

- ¿Qué pasó? –Jean se sentía curioso, no pretendía inmiscuirse; o hacer daño.

- En este caso, en contra de lo que los griegos dirían, éramos demasiados –concluyó el doctor con las mejillas coloradas, pero un deje seductor en la voz. Sabía exactamente lo que acababa de confesar.

- ¿Demasiados? –Prouvaire lo entendió y se encendió como una hoguera.

- Por eso sé que perder dos amores no vale una ciudad, ni siquiera París. Al menos sé que no murieron, que ese amor sigue amando.

- Pero aceptasteis la soledad –añadió Prouvaire casi con un susurro.

- Acepté la medicina –concluyó Joly con decisión.

Vivía Combeferre en una casa pequeña a las espaldas del Marais. La casa había sido de su abuela y él era el único heredero de la pobre viuda. Sus padres habían sido humildes, pero trabajadores, y el trabajo se los llevó jóvenes. Combeferre tenía una hermana mayor que había partido a América, y que renunció a toda herencia para perseguir fortuna de la mano de un historiador francés que dibujaba tribus de salvajes y secuoyas en los bosques de Québec.

La piedra de la casa era porosa y el viento se colaba por las rendijas, haciendo del fuego un aliado, pero Combeferre amaba su localización y su pequeño jardín. Aquella noche recordaba a su abuela plantando salvia y romero cuando escuchó pasos en el portón delantero. No eran horas de visita.

Unos nudillos fuertes hicieron temblar la madera y el actor abrió una rendija sujetando una vara que tenía oculta tras la espalda.

- ¿Quién va? –susurró asomando un ojo. Se distinguía una silueta que cargaba un bulto en la oscuridad.

Un gemido heló la noche:

- ¡Ayudadme!

Combeferre reconoció la voz.

- ¿Grantaire? –preguntó, conociendo la respuesta. Estaba seguro de que era él.

- Perdonad la larga ausencia, pero dejadme deciros que lo he conseguido –Grantaire señaló el bulto que se apoyaba sobre su hombro, vagamente consciente, y Combeferre reconoció los rizos rubios de su amigo. Maldita oscuridad.

- Perdonad vos –le dijo a Grantaire mientras abría la puerta y los dejaba pasar. Señaló hacia la cama para que el asistente dejara allí a Enjolras.

- Hacéis bien al ser precavido – dijo Grantaire mientras tapaba a Enjolras y le acariciaba la frente -. Pensaba que no llegaríamos a tiempo.

- ¿Qué le ha pasado? ¿Dónde estabais? –le cortó Combeferre.

Grantaire se levantó y caminó hacia él, señalándole la mesa que ocupaba el centro de la sala para que ambos se sentaran. Combeferre lo siguió y Grantaire se acarició el cabello azabache antes de sentarse.

- ¿Tenéis vino? –dijo Grantaire casi son vergüenza, aunque era obvio que estaba alterado.

- Un poco. Acomodaos, os lo traigo –Combeferre caminó hacia un pequeño armario casi oculto al otro lado de la cama del que sacó una botella y dos copas.

- Llevo días sin dormir –suspiró Grantaire. Combeferre le llenó la copa y luego la suya por la mitad -. Pensaba que no lo encontraría y me quedé sin dinero recogiendo pistas. Al fin, una noche, una prostituta me dijo que había un hombre que cumplía mi descripción actuando en la taberna de Morain. Es un antro de perversión que se mofa del rey y la aristocracia –Grantaire hizo una pausa para beber un poco más -. Allí estaba él, vestido de Desdémona, riéndose de los nobles en un teatro improvisado, bebiendo entre comerciantes y ladrones.

- Ciertamente que no lo reconozco –confesó Combeferre.

- Creo que él tampoco lo hace. Su reflejo se ha vuelto una mancha gris. – Grantaire abrió los brazos, casi suplicando-. Vos sois mejor que yo. Demostráis paciencia y sois justo. Tenéis que hacerle creer en sí mismo de nuevo. Debéis darle una razón para vivir.

Combeferre se levantó.

- Lo tenéis en gran estima. Él no es perfecto. Sois vos el que debe hacerle ver todo lo que veis en él –Había seriedad en sus palabras, pero Combeferre habló desde su conocimiento. Sabía en parte lo que Grantaire sentía, pero no podía leer su mente o su corazón -. Debéis enseñarle que esa pasión por el teatro puede hacer el bien en otros campos. Hacedle creer.

- Esa tarea es una prueba de Hércules para alguien que no cree en nada. Soy escéptico, mi señor.

- Pero censuradme si me equivoco; creéis en él.

Grantaire no dijo nada, y Combeferre les permitió que se quedaran esa noche. Sabía que no podía cuidar a Enjolras; no con la vorágine del teatro y la responsabilidad de encontrar una nueva Desdémona sobre él.

A la mañana siguiente, cuando su amigo despertó, Combeferre lo sanó con sopa de pan y vino dulce, y dejó que Enjolras comiera sin dejar escapar preguntas indiscretas.

Ya era día abierto cuando Enjolras se vistió con ropa limpia y miró a Combeferre a los ojos.

- Puedo leerte la mente, amigo –Dijo Enjolras.

- Lo siento –le contestó Combeferre-. Me he preocupado tanto. Barajaba cada situación, rezando para que no estuvieras…ya sabes.

- No te imagino rezando –contestó Enjolras con una ceja levantada, y Combeferre no pudo evitar una sonrisa.

- Espero que un día tengas el valor de contármelo –dijo Combeferre con suavidad.

¿Qué podía contarle? ¿Qué cuando Grantaire lo encontró estaba borracho y tirado en el suelo? Nunca hallaría el valor para decirle que el maquillaje se le esparcía por la cara, y que dejó que algunos hombres metieran la mano bajo su vestido. Era tan poco él. Iba en contra de todo lo que promulgaba, de todas sus creencias.

Había convertido la elegancia de Desdémona en la decadencia de una ramera que busca un cliente para pasar la noche caliente. Las letras doradas de Shakespeare se habían convertido en palabras obscenas, burlas bañadas de coñac y desesperación.

¿En qué se estaba convirtiendo?

Llevaba la ropa de su amigo. Era un hombre. El pelo recogido, un ligero camino de barba adornando sus mejillas, y sin embargo, no se reconocía. No quedaban en él dulzura, ni pasión.

Así se marchó a la soledad de sus cuartos. Desde la ventana, el teatro del Marais lo saludaba con el aspecto brillante de la cultura. Lo echaba tanto de menos.

Ni siquiera se dio cuenta de que Grantaire había entrado tras él, con una cesta bajo el brazo.

- Sería tan hermoso vivir así, sólo en las historias que nos vanaglorian –resopló Enjolras con melancolía, sin abandonar la ventana. Grantaire lo miró, había cariño en sus ojos.

- ¿Y repetir la misma escena una y otra vez? ¿Es ese vuestro deseo? –dijo, acercándose a él -. Dejad que os prepare algo de comer. Sois humano.

- No tengo hambre, Grantaire –suspiró Enjolras con tristeza-. Podéis marcharos.

- He jurado que no lo haría –le respondió el asistente. Le dolía tanto verlo así -. Os prepararé la cama.

- ¡No! –gritó el actor - ¿Queréis verme caer?

- ¡Quiero ver cómo os levantáis! –el grito de Grantaire retumbó en las paredes y Enjolras cayó vencido sobre el suelo de piedra.

Grantaire lo ayudó a levantarse y lo llevó a la cama. Estaba débil, pero no podía obligarlo a comer. Consiguió que se acostara y que el sueño lo venciera de nuevo. Grantaire no se separó de él. Le tomó la mano y no la soltó mientras dormía. Cada vez que pensaba en Enjolras, degradado en esa taberna, todo su cuerpo temblaba.

Había sido tan diferente unos meses antes. Entonces era Enjolras el que le recriminaba sus acciones, sus decisiones y sus palabras. Intentaba educarlo en algo más que literatura, porque de historias, Grantaire andaba sobrado. Para él todo eran cuentos de ficción, hasta la vida.

Ese Enjolras era obstinado, orgulloso y estar en presencia de un hombre que desprestigiaba la existencia de ese modo parecía causarle aversión. Le daba rabia ver cómo Grantaire desaprovechaba cada oportunidad. Lo aguantaba porque no tenía más remedio, aún cuando le suponía un reto convencerlo de que la vida valía la pena. Ese Enjolras no se habría dejado ayudar, no se habría mostrado vulnerable. No con él.

Ahora dormía, y dejaba que Grantaire lo cuidara, porque ya le daba todo igual. Por momentos, Grantaire prefirió a ese otro hombre, a aquel que lo desdeñaba, aquel que tenía un motivo para vivir.

Pasó una semana en la que ningún vecino requirió los servicios del doctor Joly. Aquello no fue ni una mala, ni una buena noticia.

Por un lado, el hombre se volvía intranquilo cuando no tenía ningún trabajo, y en esos momentos vivir solo no lo beneficiaba demasiado. Se encerraba en sus cuartos y releía libros de anatomía según él o de brujería, según la señora Dubois. Solía pasarse las mañanas arrancando las malas hierbas, pero si pasaban semanas acababa arrancando también las buenas, lo que hacía que los campesinos del lugar lo miraran mal. Bastante les costaba a ellos mantener los cereales en pie después de las lluvias.

Sin embargo, tras la decepción y la impotencia sufridas al perder un paciente, era necesario que el médico descansara, que reflexionara. Había pasado otras veces, y todas lo habían encontrado paseando solo por su pequeño huerto, sin fuerzas ni para arrancar las hierbas, las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta.

Aquella semana, en cambio, todo fue diferente. Era como si la luz entrara por la ventana, cegándolo. Y esa luz se llamaba Jean Prouvaire.

El actor estaba visiblemente recuperado. El color había vuelto a sus mejillas y la sonrisa a sus labios. El campo le sentaba bien.

Había encontrado en la biblioteca del doctor todo lo que necesitaba. Los libros calmaban su ansiedad, y el sol primaveral le calentaba el corazón. En ese entorno, reía como un niño, leía para los hijos de los vecinos, preparaba teatros de marionetas y le pedía a Joly que leyera para él.

Así las tardes pasaron, bajo aquel lustroso manzano, los dos hombres leyendo por turnos. A Joly la melancolía se le fue con las palabras y empezó a sentir la mezcla de alegría infinita y pavor que da saber que algo maravilloso no va a durar demasiado. Prouvaire tenía una vida a la que tendría que volver cuando su aceite de romero ya no fuera necesario.

La séptima tarde se acercó Jehan al médico, que resumía todos sus casos prácticos en un viejo cuaderno. Había sacado al jardín una mesa de madera cuyas patas se estaban pudriendo. Era la mesa tan estable como su escritura.

- ¿Qué os mantiene tan atento, mi doctor? –le dijo Prouvaire con curiosidad- ¿No leeréis a Chapelain? Dicen que "La pucelle" es difícil de digerir.

- El poeta lleva atado a su destino cantar de guerras –le contestó Joly levantando la vista de sus papeles. El chico sonrió. Parecía tan joven… -. Sin embargo mis guerras incluyen peste y dolor.

- Es otra guerra la del cuerpo –Jehan se sentó con él y miró sus escritos - ¿Encontráis belleza en esa otra guerra? –le dijo con inocencia.

- Menos de la que desearía, y en cambio me fascina cada músculo, cada pestañeo. Esa máquina que nos mantiene pegados al suelo y tan vivos que no podemos contenernos –Joly levantó la vista, asombrado por el poder de la ciencia que aún no era capaz de comprender - ¿Leéis para mí? –dijo de pronto-. No quiero enturbiar un día tan hermoso con tanta pena.

- Hay…hay algo que he escrito –le contestó Jean arrugando un papel que cogió de su bolsillo -. Me temo que no es ningún Chartier.

- No os lo quedéis para vos –susurró Joly.

- Es sólo algo que la soledad ha inspirado. No sé bien si habla de algo que profesé, o de algo que profeso ahora. Es difícil delimitar las emociones –dijo el joven con rubor en las mejillas. Abrió la pequeña hoja arrugada y comenzó a recitar con voz clara. Aquella era la voz que utilizaba para dejar al público sin palabras, y en cambio sonaba tan masculina en esa tarde…

"¿Cómo queréis que no sienta, cómo crecen las raíces?

De esas flores de colores que plantasteis en mi pecho

Cómo por arte de magia, llenasteis de girasoles

El jardín que antes estaba sólo lleno de temores

Se llenó de girasoles.

Y las lavandas lejanas, velaban a sus jacintos

Esas flores de colores que arrancasteis de mi espalda

Sólo hay velas, mar y limbo

Y ese jardín postrado, dejado.

Con ese muro de escarcha.

Se llenó de girasoles"

Prouvaire tenía los ojos húmedos, cristalinos, y Joly no sabía qué decirle. Él también había amado y había perdido, y sin embargo en el joven pudo ver un hilo rojo de esperanza, de esos que acaba tejiendo una colcha.

Deseó que fuera por él, que esos girasoles fueran sus sonrisas, sus cuidados.

- ¿Lo recitaréis para alguien? –dijo Joly con la voz cuarteada de un frío que no existía.

- Ya lo estoy haciendo –respondió Prouvaire.

Las mejillas del doctor acompañaron al joven nuevo poeta como si se mirara en un espejo, y Jean comprendió lo que había dicho. Se levantó de un golpe y salió corriendo. Estaba tan confundido…

El médico volvió a su cuaderno. A su lado, una bola de papel arrugado se mecía con el viento.