La varita de Ojaranzo
Callejón Diagon. 31 de Agosto de 1991
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—Prueba con esta, —dijo un hombre de avanzada edad y contextura delgada, el señor Ollivanders, al entregarle a la niña una varita fabricada con madera de roble inglés.
Lillian miró nerviosa la varita que estaba en sus manos antes de decidirse a hacer un movimiento de muñeca. Su anterior experiencia con una de cornejo no había resultado nada alentadora provocando que los anteojos del dependiente de la tienda salieran disparados contra la puerta de entrada.
La muchacha se dirigió hacia su madre, quien con un gesto de aprobación le incitó a probar la varita. Dicho y hecho, Lillian dio dos movimientos circulares con la mano e instantaneamente un grupo de varitas que se encontraban en la parte superior del estante izquierdo, salieron volando por poco golpeando en la cabeza al señor Ollivanders quien tuvo que agacharse tan rápido como su viejo cuerpo se lo permitía.
Sin pensarlo dos veces, Lillian soltó la varita mirando aterrorizada al anciano que pesadamente se levantaba. Una risa socarrona se anunció por detrás, furibunda por la burla Lillian giró sobre sus talones para descubrir al dueño de aquella estúpida risita. Rostro afilado y pálido, ojos grises y cabello rubio meticulosamente peinado hacia atrás. Se trataba de Draco Malfoy.
—Narcissa, Lucius —saludó Elizabeth Woodville— y el pequeño Draco, aunque no debería decir pequeño. ¡Vaya que has crecido!
Lillian saludó a los señores Malfoy y lo mismo hizo Draco a la señora Woodville, saludándola de una manera exageradamente elegante para después acercarse petulantemente a la niña mientras que los adultos conversaban entre ellos.
—Woodville, cuanto tiempo sin verte —dijo Draco con una sonrisa que más parecía una mueca. Desde el incidente ocurrido en la fiesta del quinto cumpleaños del pequeño Malfoy, los Woodville no habían vuelto a ser invitados y se corría el rumor que Lillian incitaba a la violencia entre los niños. Sin embargo, todo era una táctica de los Malfoy para evitar tener que relacionarse demasiado con la desprestigiada familia.
—Igualmente, Malfoy —contestó Lillian mirándolo de reojo mientras esperaba a la tercera varita que traería el señor Ollivanders— y veo que no has cambiado nada —dijo casi susurrando— burlesco y arrogante.
Draco alzó una ceja con incredulidad, aquella niñata siempre le había llevado la contra, incluso en su cumpleaños, algo totalmente inimaginable para el chico. Realmente, ella le caía mal—. Verás Woodville, —dijo mirándose sus uñas perfectamente cortadas—es mucho mejor ser arrogante que seguir siendo tan torpe como un niño de cinco años, por lo que he visto.
—Nada de eso pequeño —intervino el señor Ollivanders quien entregaba una nueva varita a la niña—. La varita escoge a su dueño, las otras dos anteriores no encajaban con tu personalidad, Lillian, pero si no me equivoco, ésta será la adecuada.
Draco miró al viejo mago con desdén y se cruzó de brazos. Por su lado, Lillian con una sonrisa de autosuficiencia realizó amplios movimientos tanto de muñeca como de brazo tan pronto recibió la varita en sus manos, acercando intencionalmente la punta de la varita tan cerca a la cara de Draco que este último tuvo que dar un par de pasos atrás quejándose de la molesta niña.
Los ojos de Lillian brillaron de felicidad, al ver como de la punta de la varita salía una mezcla de chispas doradas y plateadas que le hicieron sentir una placentera sensación de tranquilidad y sinergia.
—Madera de ojaranzo, núcleo de pelo de unicornio, semiflexible, 26.5 centímetros —dijo el señor Ollivanders—. Es toda tuya, pequeña.
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Lillian hubiese deseado quedarse a ver la "magnífica habilidad de Draco para la magia", sin embargo, su madre insistió en que tenían que recoger a su hermano menor, así que despidiéndose de los Malfoy, madre e hija salieron de la tienda de varitas. La niña sintiéndose más completa que nunca.
