La eterna espera.

Habían vivido una gran batalla, y unos sacrificios habían sido hechos, pero no era completamente suficiente; las cuatro bestias sagradas luchaban encarecidamente de nuevo por derrotar el avance de la oscuridad, en una batalla muy cruenta. Homeostasis era especialmente sensible a esa situación y notaba como la oscuridad en lugar de disminuir aumentaba pese a que esos amos oscuros estaban controlados hasta cierto punto, el equilibrio seguía siendo precario y eso no lo podía permitir pues deseaba la armonía y el equilibrio del mundo. Hacía ya años que esos cinco niños habían derrotado al mal que moraba el mundo digital, pero este había resurgido y los cuatro guardianes, las cuatro bestias sagradas, enseguida habían acudido a enfrentar el nuevo y poderoso mal que moraba el mundo.

Por ello había recurrido a los agentes, unos seres que al igual que Homeostaris eran puros datos pero que estos si que tenían el potencial de manifestarse en forma de sustancia, aunque carecían de ninguna característica. Los agentes eran una creación suya, una manera de poder manifestarse en el mundo y al mismo tiempo hallar la manera, junto a las bestias sagradas, de restablecer el equilibrio en el digimundo. Durante una de esas batallas, un digihuevo había caído a través del mar cuántico, apareciendo en el "mundo real" o mundo de los humanos; se mantuvieron vigilantes a ese hecho mientras se les ocurría como recuperarlo. Para sorpresa suya, el huevo se abrió en ese mundo, algo que tenían prácticamente como impensable así que comenzaron a leer los datos de los niños con los que estaba el digimon recién nacido, lo que vieron a continuación no hizo sino aumentar su creencia en que esos niños eran especiales, pues lograron hacer evolucionar al digimon en tres ocasiones, siendo una de ellas fruto del afán del digimon por protegerlos cuando otro digimón más grande y poderoso había aparecido en la ciudad. Ya sabían que había humanos que podían establecer vínculos con los digimon, pero no comprendían muy buen como funcionaban esos vínculos aunque con los datos de esos niños estaban bastante cerca de hacerlo. Aprovecharon el altercado para analizar los de todos los niños cercanos al lugar, todos los que estaban allí observando, encontrando que un grupo de otros seis niños, compartía características con esos dos. Ello tenía que significar algo. Se centraron en esos momentos no sólo en recabar los datos sino en abrir la puerta para devolver a esos dos digimon a donde pertenecían, quedándose en el mundo real podían alterar mucho más el equilibrio de ambos mundos.

Tras aquellos sucesos empezaron a trabajar seriamente en un sistema de alerta que pudiese restablecer el equilibrio, Homeostasis dejó de encargado responsable a uno de los agentes Genai, quien tenía la tarea de coordinar todos los preparativos y encargarse de dar la información necesaria a los elegidos en cuanto llegase el momento. Desarrollaron unas etiquetas que iban unidas a unos circuitos y se conectaban con unos dispositivos creados por la misma Homeostasis. Eso establecería un contacto personal con cada uno de los niños, amoldándose a las características de estos y respondiendo a ellos. Lo tenían todo bien planeado y así lo desarrollaban en el castillo que había sido su base de operaciones desde que el conflicto comenzó. Trabajaban en el sótano de ese mismo castillo, donde tenían los distintos planes a desarrollar; allí mismo tenían una puerta, con la que podían comunicarse con los distintos mundos existentes, aunque el más cercano era la tierra, el mundo de los humanos. La puerta la podían abrir colocando en una mesa de piedra unas cartas en un orden en concreto.

Un día, cuando estaban con el proyecto casi desarrollado, los amos oscuros se percataron de sus planes y buscaron voicotearlos. Mientras tres de ellos realizaban un ataque muy lejos de allí con la colaboración de algunos aliados; Piedmon dirigía el asalto al castillo, con un ejército compuesto de Guardromons y Mekaronimon, estos últimos estaban pilotados por un Bakemon, de forma que el Mekaronimon era una especie de traje mecánico.

- ¡Nos atacan! - Exclamó uno de los agentes poco después que se escuchase una explosión.

La explosión había destrozado la puerta de entrada al sótano y de repente todos los agentes se vieron desbordados, sin tener forma de defenderse frente a ese agente invasor; solo uno de ellos pudo salir del lugar, haciéndose con uno de los Mekaronimon y llevándose con él los digihuevos, los dispositivos digitales y los emblemas. Volando por el aire, huía con aquello que suponía la base de su plan, no podía salvar a sus compañeros, pues ahora lo importante era la seguridad de esos digihuevos, pues en ellos crecían los digimon que serían la salvación de este mundo. Se percató que unos cuantos Guardromon lo estaban siguiendo, aceleró en el traje que iba embutido, notando un ligero dolor en la espalda al que prefería no dar importancia en esos momentos; escuchó las indicaciones de Homeostasis, un lugar seguro y lejano al que ir, allí debía llevar a los huevos. Uno de los ataques que le lanzaron los Guardromon que le seguían le impacto en una de las manos, apretó con más fuerza aferrando con seguridad los digihuevos que en esta portaba para no perder ninguno al tiempo que hacia un movimiento brusco para evitar otro de los ataques. Nunca supo que se le cayo uno de los huevos, acompañado de su dispositivo y su emblema, el cual quedo separado del huevo y el dispositivo al caer en la espesura de aquel bosque del continente Server. Tan sólo lo supo Homeostasis, pero era demasiado tarde para corregir aquello y lo importante ahora era preservar los otros digihuevos, que permaneciesen juntos.

Bastante tiempo después, en una isla antaño completamente congelada, ahora en vías de descongelarse, siete digihuevos se habrían saliendo de cada uno de ellos un digimon. Al lado de estos huevos estaban los dispositivos, unos aparatos que no sabían lo que eran pero a los que se sentían muy unidos. Se hicieron amigos entre ellos enseguida, dado que eran los únicos en esa isla que tenían esos aparatos y sentían que estando juntos estaban mejor. De cuando en cuando, cuando podían jugaban con esos dispositivos, lanzándolos al aire y volviéndolos a recoger, una y otra vez. Sus nombres eran Botamon, Punimon, Nyokimon, Pabumon,Pichimon, Yuramon y Poyomon. Entre ellos se cuidaban y apoyaban, también se ayudaban a ocultarse cuando el molesto Kuwagamon hacía aparición. Un día cambiaron de forma, digievolucionaron, y se hicieron un poco más fuertes; ahora podían lanzar los dispositivos mucho más alto, incluso competían entre sí a ver quien lograba lanzarlo más alto, hasta que llegó un día que sus juguetes no regresaron a ellos, sino que se perdieron completamente en el cielo, pero sentían que quienes habían estado esperando estaban cada vez más cerca, pues todos ellos esperaban a alguien.

Mientras ellos se tenían los unos a los otros, una pequeña Snowbotamon no se tenia más que a si mismo y a ese juguete además del pensamiento que le alegraba los días y las noches que alguien iría junto a ella, por ello esperaba con entusiasmo para conocer a ese alguien, cuyo nombre sabía perfectamente, con el entusiasmo de alguien que pronto dejará de estar solo. Se esforzó por crecer rapido, necesitaba serlo para sobrevivir en soledad; poco a poco fue dejando de jugar con ese pequeño juguete de ocho lados, blanco y con botones; en parte porque se preocupaba por obtener su sustento, en parte porque de poco podía distraerle en una espera que ahora comenzaba a hacérsele completamente eterna; sola, a la intemperie y sufriendo por la climatología. Uno de los pocos días que estaba jugando con este, el juguete no regresó, y sintió un poco de pena pues había sido su única compañía durante todo aquel tiempo. Pensaba que así quien estaba esperando vendría, más nunca vino y comenzó a impacientarse, había olvidado ya su nombre, el no repetirlo a diario había tenido ese efecto en su joven mente, eso y la decepción de que nunca viniese. Así que decidió salir a buscarle, tenía fe en que cuando le encontrase lo sabría, por ello comenzó a entrenar hasta que logro pasar de Nyaromoy a Salamon. Así si que podía iniciar su viaje y defenderse en mejores condiciones en ese bosque que le parecía bastante hostil. Tras una última comida a lo que había sido su hogar, su lugar de espera durante años, comenzó a caminar.