Mūn
Disclaimer: Todos los personajes de InuYasha pertenecen única y exclusivamente a Rumiko Takahashi.
Advertencia: Posible Lemon en el futuro.
Capítulo dos: Sobrevivir
El dulce cantar de los grillos hacía que la noche fuera tranquila y acogedora. Muy apacible y disfrutable. Todo el bosque parecía completamente ajeno a lo que acababa de suceder.
El joven se desplomó en el suelo al no ser capaz de mantener su cuerpo en pie.
La mujer se llevó las manos a la boca, horrorizada. Se mordió el labio para contener un sollozo, pero eso no evitó que las lágrimas escurrieran por sus mejillas.
Se arrodilló al lado del cuerpo inerte del joven y le tocó el rostro con suavidad.
—Lo siento…—dijo en un sollozo. — ¡No debías mirarme! —cerró los ojos con fuerza.
Había pasado de nuevo. El cuerpo del joven aldeano se desintegraría en cuestión de segundos. No pudo evitar contemplarlo. Parecía dormir, tal como todos los hombres con los que antes se había cruzado.
Era atractivo. Muy atractivo. Seguro debía estar comprometido, y ahora por su culpa el joven estaba muerto.
¿Por qué tenía que pasarle eso a ella?
Las únicas noches que quedaba libre de su maldición no le daba la oportunidad de acercarse a nadie. Tenía años de no hablar con nadie, excepto las típicas palabras de ¡Aléjate!, o ¡No te acerques!
—Ugh…
Ese pequeño sonido llamó su atención.
¡Se estaba moviendo! Seguía vivo. Pero… Era imposible.
¿Cómo?
—Maldición…
Con los ojos brillantes observó como el joven se llevaba una mano a la cabeza, como queriendo calmar algún dolor.
Está vivo…
Está vivo.
¡Está vivo!
—Estás vivo…—susurró aun sin poder creerlo.
El joven abrió los ojos y la miró con confusión. ¿Qué acababa de pasarle? Al ver a la chica sintió como sus fuerzas lo abandonaban y cayó al piso sin más.
—Maldita sea, ¿Qué ocurrió? —masculló para sí mismo, sentándose y aguantando su peso con un brazo mientras mantenía su mano en la cabeza.
—Oh, estás vivo. —sollozó la chica.
El joven se tensó en el momento en que las lágrimas inundaron el rostro de la joven frente a él.
¿Por qué está llorando?
—Lo lamento, ¡de verdad! —sollozó ella. — ¿Te duele la cabeza? ¿Te sientes mal? ¿Puedo ayudarte en algo?
InuYasha, mareado por las preguntas de la chica, suspiró sonoramente.
— ¿Por qué estás aquí sola?
Cri, cri, cri…
Ella secó sus lágrimas y negó con la cabeza, dando a entender que eso no era importante.
—Respóndeme.
—No puedo decirte. —dijo ella con la cabeza gacha. —Lo siento.
Él se rascó la cabeza.
— ¿Te encuentras bien? —se animó a preguntar.
—Sí, estoy bien. —contestó él. El mareo inicial había desaparecido y ahora se sentía exactamente igual que antes.
Se pudo en pie sin perder más tiempo y estiró su espalda.
—No entiendo que carajos me pasó. —musitó.
—Es raro encontrar un hombre en el bosque en las noches de luna azul.
Él la miró.
— ¿Por?
—Bueno, los que salen no suelen regresar. —ella también lo miró.
—No creo en esa historia de espíritus, brujas, hechiceros y gente loca.
Ella sonrió.
—Deberías.
La observó detalladamente durante unos segundos.
— ¿Quién eres?
La chica se tensó casi instantáneamente.
—No soy de por aquí.
—Esa no fue mi pregunta.
Ella suspiró.
—Hace mucho que no hablo con nadie. —murmuró, viendo el suelo.
— ¿Ah, sí? —parpadeó.
Ella jugueteó nerviosa con sus dedos.
—Sí…
— ¿Desde hace cuanto?
—Muchos años…
Él la miró unos segundos más.
— ¿Es en serio? —murmuró, incrédulo.
Ella suspiró y asintió con la cabeza.
— ¿Cómo te llamas?
Ella lo vio y se mordió el labio.
¿Estaría bien decirle su nombre al chico? Él no sabía quién era, así que no debería temer.
—Kagome. ¿El tuyo?
—Que nombre tan extraño. —murmuró.
— ¿El tuyo? —insistió.
—InuYasha.
Ella puso los ojos en blanco.
— ¿Y dices que mi nombre es extraño?
— ¡Keh! Ambos tenemos nombres extraños. ¿Qué importa? —se cruzó de brazos.
—Deberías irte.
Él alzó una ceja.
— ¿Y dejarte aquí en el bosque sola, de noche?
—Yo estaré bien. —sonrió.
—Te vienes conmigo. —declaró.
—No puedo ir contigo. No me conoces. No sabes si estar conmigo pueda ser peligroso.
Él roló los ojos. ¿En serio creía esa niña que la dejaría sola en el bosque?
— ¿Por qué me pediste antes que me alejara de ti?
La pregunta debió de habérsela imaginado, pero aun así la sorprendió.
Se sentó de nuevo junto al río y metió sus pies en el agua.
— ¿Sabías que me desmayaría? —preguntó mientras se le acercaba.
—Sabía que morirías, pero no fue así.
— ¿Morir? —preguntó sin entender.
—No puedo ir contigo. Si alguien más me ve estará en peligro.
— ¿A qué te refieres? —se sentó junto a ella.
Ella pataleó el agua un poco, disfrutando de la sensación.
— ¿Has escuchado la leyenda de la luna azul? —lo miró.
Y entonces el comprendió.
—Tú… ¿Tú eres la chica de la que cuenta la leyenda?
Ella sonrió con tristeza, respondiendo de esa forma a su pregunta.
—Entonces… ¿Eres algo así como un ser mágico o infernal?
Esperaba que la pregunta no hubiera sonado tan mal como le pareció.
—Soy humana. —respondió. —Pero estoy maldita.
Él miró el agua, sin saber que decir.
—Cuando amanezca… ¿qué te ocurrirá?
Ella lo miró.
—Desapareceré hasta la próxima luna azul.
Eso no sonaba muy amigable.
— ¿Qué pasa contigo durante ese tiempo?
—La verdad es que no lo sé. Solo sé que pierdo la noción del tiempo y estoy en una especie de oscuridad. —ella suspiró. —Y cuando quedo libre, en noches como esta, lo único que puedo hacer es andar en el bosque.
— ¿Nunca has pensado en pedir ayuda? —preguntó con interés.
—Si algún hombre me ve a los ojos será condenado al infierno y muere de forma instantánea.
— ¿Estás insinuando algo? —preguntó sin gracia.
No es que se quejara de estar vivo, pero él era un hombre.
—No. —rió. —No sé porque estás vivo, pero me alegro. No soporto ver a gente inocente morir.
—Por eso evitas el contacto con las personas.
—Sí.
—Eso suena horrible. —admitió.
—Lo es.
— ¿No hay forma de revertir lo que te hicieron?
Ella suspiró.
—La hay, pero nunca he entendido lo que significa.
—Dímela.
— ¿Para qué quieres saber?
Él se encogió de hombros.
—La única forma de que pueda volver a ser normal, es si encuentro al chico que pueda ver en mí la luz.
…
— ¿Y eso que significa?
— ¡Acabo de decirte que no lo sé!
Volvió a rascarse la cabeza.
— ¿No tienes ninguna pista de eso?
Ella negó con la cabeza y volvió su vista al río.
—Tal vez yo pueda ayudarte.
Ella alzó la vista de nuevo hacia él.
— ¿Qué?
—Bueno, no morí. Supongo que soy el único que puede ayudarte.
—No morir no quiere decir que puedas hacerlo.
—No morir quiere decir que algo puedo hacer.
Ella suspiró.
—No puedes hacer nada.
—Lindo pesimismo.
Ella lo fulminó con la mirada.
—Hablo en serio. —se quejó.
—No lo sabrás si no lo intentas.
— ¿Por qué quieres hacerlo? En cuanto salga el sol yo me iré.
—Bueno, es aburrido vivir en una aldea donde lo único que haces es trabajar y aguantar a tu madre decir que cuando te casas. —dijo como si nada.
— ¿Eres soltero?
— ¿Te sorprende?
—Por tu carácter no, pero estás en la edad de casarte.
Él roló los ojos.
— ¿Qué edad tienes? —se animó a preguntar el joven.
—No lo sé.
Volvió a rolar los ojos.
—Antes de que fueras maldecida. —aclaró.
—Tenía quince años. Ahora el tiempo no pasa para mí.
—Podría ayudarte…—comenzó de nuevo.
—No puedes hacer nada.
—Pero que terca.
Ella lo miró con recelo.
—Hace mucho que no hablo con un muchacho. —murmuró.
—Ya lo dijiste.
—No, había dicho que hace mucho no hablaba con nadie.
— ¿Qué no es lo mismo? —preguntó, confundido.
Ella lo inspeccionó con la mirada.
—No. —hizo una pausa y sonrió. —Eres lindo.
— ¿Qué?
Em… ¿Qué?
Ella se encogió de hombros.
—Nada, solo que me pareces un chico atractivo.
Él se sonrojó.
— ¿P-Por qué me lo dices? —preguntó, nervioso.
—Bueno, como de todos modos me iré, no tiene importancia.
El cielo comenzó a aclararse de a poco.
—Está amaneciendo.
¿Qué? ¿Ya había pasado toda la noche?
—Me gustó conocerte. —le sonrió a InuYasha.
Él se puso de pie, furioso.
— ¡No me hables de esa manera, ¿me oíste, tonta?! —ella lo miró asustada. —Tú no te irás a ninguna parte. —declaró con firmeza.
Ella sonrió y se puso en pie.
Con cuidado desabrochó el colgante que estaba en su cuello. ¿Desde cuándo lo traía puesto?
—Toma. —se lo entregó.
— ¿Eh?
Los primeros rayos del sol comenzaron a hacer acto de presencia.
Su cuerpo comenzó a volverse transparente.
—No, espera, Kagome, ¡tú no puedes irte! —exclamó.
Ella le sonrió con lágrimas en los ojos y, antes de desaparecer por completo, se acercó y besó su mejilla, provocándole un sonrojo.
—Gracias…
Y luego él se encontraba solo en el bosque, otra vez.
