Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer, yo sólo me divierto&juego con ellos. ^.^

Enséñame a sonreír.

-¡Apúrate, Alice! –Rugió el señor Brandon desde la parte baja de la casa.

El señor Brandon, estaba siempre serio, ya no era el mismo hombre vivas que había dejado embarazada a la hermosa señora Brandon y quien había sonreído cuando vio a su pequeña niña viva… pequeña y respirando.

Era muy bien sabido por las calles que el señor Brando era viudo y tenía una hija… una niña que tenía un aura muy parecido al de su madre. Que la niña tenía seis años, ya, y que aún no podía mirar fijamente a alguien sin echarse a llorar. No había podido ser la misma niña alegre y llena de color desde que vio a su madre morir…

-¡Corre, Alice! –volvió a rugir el señor Brandon, entrando a la habitación de su hija.

-¿Por qué…? –susurró ella, moviéndose suavemente en su cama, con sus ojitos bien cerrados, apaciguada, hermosa-. ¿Por qué no puedes revivir a alguien muerto, Jazz…?

-¡¿Ha dicho mi nombre? –El joven ángel estaba alarmado cuando escuchó el diminutivo de su nombre salir de los labios de aquella hermosa chiquilla.

-¿Por qué la gente muere? No lo entiendo. -Su voz seguía sonando tan calmada, mostrándose totalmente ajena a la presencia de su padre.

Jasper estaba mirándola, sentado en su hasta lo más arriba de su closet, en posición india. Miraba como su carita se contraía cuando arrigaba la nariz, como sus ojos se apretaba más fuerte de vez en cuando, pero, lo que más le molestó ver en todo ese tiempo fue cuando a la pequeña Alice le brotó una lágrima de su ojo izquierdo.

-¡Levántate, ingrata! -Le espetó su padre, agarrándola del bazo y sacándola por la fuerza de su cama-. ¡Llegaras tarde a la escuela por estúpida! -Volvió a gritarle su padre y, para estas alturas, Jasper no deseaba más que golpear al hombre, era un descorazonado. ¿Cómo le hablaba así a la pequeña niña?

-Tranquilo… hay voy –se limitó a susurrar ella, con los ojos vidriosos pues su padre le estaba lastimando el brazo-. Suéltame…

Su padre le dio un apretón mayor en el brazo y luego la tiro contra su cama. Alice se levantó con cuidado y sintió un fuerte ardor en el brazo.

Ella no dijo nada, se limitó a ver su brazo con nostalgia. Las marcas de los gruesos dedos de su padre estaban tatuadas en su piel con un intenso color rojo.

Ella ya no hablaba más, se limitaba a ver al suelo, no se sentía bien viendo a las personas a los ojos. La muerte de su madre le había más que afectado, había modificado su forma de ver, pensar y sentir todo a su alrededor.

-Mi pequeña… -susurró Jasper para sí mismo, viendo a la pequeña tirada en su cama con todo su corto cabello que le llegaba hasta la barbilla apenas.

-¡Tú me odias! –gritó de la nada, señalando al techo. Jasper se sobresalto, casi cayéndose al piso por el susto-. Tú me detestas –susurró esta vez.

Jasper la miró con tristeza y se dejo caer desde el armario hasta el pie de su cama para poder observar como las dulces lágrimas caían por sus mejillas y se acumulaban en su níveo cuello.

-Él te ama, mi niña –susurró Jasper.

La pequeña escuchó un pequeño tintineo cuando él hablo y volteó a ver hacía el pie de su cama con un estruendoso gemido, pero no vio nada, sólo sintió un aire tranquilo.

Resignada a que no había nadie junto a ella se paro con pereza para quitarse su pijama y ponerse el uniforme de la escuela que constaba de una blusa blanca con mangas que llegaban hasta los codos y, encima, un overol de cuadros rojos y grises con unos zapatos cerrados negros, que ella los mantenía perfectamente pulidos, y unas calcetas blancas para completar el conjunto.

-Ojala eso de que Él me ama fuese real, a Él seguro no le importo, dejo morir a mi madre… me quito lo más importante que tenía –balbuceaba mientras se apuraba para ir a la escuela.

Jasper caminaba sigilosamente tras de ella, recordándose a sí mismo que no podía abrazarla para consolarla, pero sus manos le picaban y sus brazos querían obligatoriamente abrazarla. Quería acurrucar su cabeza en su hombro y acariciar su muy corto cabello hasta que ella entendiera lo mucho que la quería Él.

-Todo irá bien, Ali –susurró Jasper mirando como ella caminaba, con las puntitas de su cabello revoloteando en el aire, moviéndose a diferentes direcciones cada una y como su carita pálida dibujaba una mueca de tristeza.

-¡Alice! ¡Apúrate, inútil! –rugió su padre.

Puede que él no la hubiese lanzado a la calle como tenía planeado al inició, pero no se sentía en lo más mínimo responsable por esa pequeña criatura del Señor y pensaba que podía maltratarla cuando él quisiera y porque se le diera la gana. Jasper, siempre deseaba poder ver al ángel guardián de ese estúpido hombre y poder hacer que dejase de maltratar a su protegida.

-¡Siempre lo mismo! –susurró Alice con frustración, dejando caer su cabeza hacia el frente y golpeándose la frente con su mesa de caoba.

-Ay, mi niña, desearía ayudarte como no tienes idea –susurró Jasper para sí mismo más que nada. Deseaba dejar de sentir esa necesidad aplastante de correr y abrazarla, pero, en lugar de eso, se dedicaba a verla ahí e intentar olvidar donde había ocultado su cajita de cristal con grabados de oro.

-Desearía que me ayudaras –susurró Alice, como si lo hubiese escuchado, haciendo que Jasper se sobresaltara.

Pero, luego se dio cuenta de que la pequeña seguía hablando consigo misma.

Era las ocho de la noche cuando la pequeña terminó de hacer su tarea y decidió irse a dormir temprano. Se cambió rápido de ropa y se metió en su pijama para apagar la luz y dormirse.

Jasper se escurrió bajo su cama y tomó la cajita que deseaba olvidar donde la había guardado y, resignado decidió ponerse a buscar otro escondite.

-No entiendo porque no la podemos llevar con nosotros –se dijo así mismo viendo la cajita desde todos los ángulos que podía.

Puede que la pequeña y muy fina cajita estuviese echa de cristal, pero no se podía distinguir el interior porque, debajo de los marcos de oro que tenía, en cada cara de la cajita había un grabado de una flor, rosas, girasoles, petunias, miles de flores, dándole a la cajita un aspecto muy floreado y vivaz. En la tapa de ésta, había una rosa con pétalos de oro y al pie de ésta había unas letras resaltadas con el nombre de Jasper.

-¡Jazz! –gritó la niña moviéndose más brusquedad haciendo que Jasper volteara a verla con desesperación. Su sentido de protección se activo al 100% cuando la vio retorcerse en medio de la cama-. No me dejes por favor… no ahora, te lo suplico.

La niña balbuceaba y Jasper quería saber que estaba pasando en su sueño.

-Lo siento –susurró mirando hacía el techo, como si se estuviese disculpando con Él.

Abrió muy cautelosamente la cajita y, lo primero que vio fue un corazón latiendo con todos sus mecanismos funcionando a la perfección sin la necesidad de estar conectado a un cuerpo. Lo vio latir con regularidad y en las arterias veía como la sangre iba fluyendo lentamente pero sin derramar ni una sola gota sino, más bien parecía que recibía la sangre de un lugar totalmente ajeno a él (el cuerpo de Jasper) y luego la devolvía a ese mismo sitio.

Después de dos palpitaciones por parte del corazón empezó a escuchar una hermosa melodía, como la de las cajitas musicales donde sale una pequeña bailarina y se pone a dar pequeñas vueltitas sobre su mismo eje.

Se dejo envolver con la suave nana que salía que la delicada cajita, y se le quedó viendo a Alice quien ya se había calmado un poco pero seguía revolviéndose ligeramente en su cama.

De pronto, Jasper se fue hundiendo tanto en la música que su cuerpo se sentía aún mucho más liviano de lo normal y pudo visualizar una escena totalmente diferente a la que estaba frente a él en ese momento.

Lo primero que pudo visualizar fue a Alice parada junto a un árbol con su largo vestido color azul mar y con su corto cabello moviéndose con el aire y luego se vio a él y después, esa falsa imagen de él desapareció.

-Jazz… -volvió a susurrar Alice, buscándolo por todos lados.

-Mi niña… estoy aquí –susurró, caminando hacía ella, con el pasto picándole sus pies descalzos.

Alice se volteó rápido y lo vio. Cuando sus ojos hicieron contacto ella sonrió… sonrió de un modo tan natural que lo asusto.

-¡Jasper! –gritó la niña de felicidad, corriendo hacía sus brazos.

Jasper le devolvió la sonrisa y, a lo lejos, pudo escuchar la dulce nana que salía desde la cajita de su corazón.

-Mi pequeña –susurró contra su cabello cuando estuvo entre sus brazos-. No sabes cuánto me tortura no poder hacer esto a diario. –Le dijo, hablando contra su cabello.

-Desearía que lo hicieras –dijo ella-. Es algo feo que tu propio ángel guardián no te pueda ayudar cuando más lo necesitas.

-Los ángeles guardianes no estamos para ser el pañuelo de lágrimas de nuestros protegidos sino para crecer junto a ellos, literalmente, y ayudarlos a salir a delante y seguir el buen camino –dijo, acariciando sus hombros mientras la miraba a los ojos.

-¿Por qué no puedes abrazarme? –susurró ella-. ¿Por qué no los podemos ver?

-Porque son las reglas a las que tenemos que estar sometidos los ángeles y… de hecho, justo ahora –miró hacia arriba con un poco de frustración-, estoy rompiendo una de las más importantes…

-¿Te irás? –preguntó ella.

Él la miro un momento y lo único que ella pudo hacer fue subir su manita y acariciar sus rubios cabellos.

-¿Escuchas? –preguntó él, refiriéndose a la música.

-¿Esa nana? –Él asintió-. Sí, es muy hermosa, parece de una cajita musical, pero no se parece a ninguna que haya escuchado antes.

-Es porque no es ninguna que se haya escuchado antes, mi preciosa.

-¿Qué es? –preguntó con sus ojitos brillando.

Justo cuando Jasper iba a hablar para contestarle la musiquita de la caja paró.

-Te estoy cuidando no lo olvides –susurró Jasper antes de volver a la realidad en tan sólo un segundo.

Cuando estuvo nuevamente frente a ella, la miró y no pudo hacer más que sonreír al recordar esa hermosa sonrisa que la niña tenía en sus sueños, casi la había olvidado porque a sus seis años –de ambos-, no había visto su sonrisa desde hace mucho y, Jasper recordaba más vívidamente los recuerdos que tuvo a partir de los cinco años que fue el momento en el que ellos empezaron a vivir juntos.

Con dificultad recordaba su sonrisa por eso no notó que su cadena se había reducido aproximadamente un centímetro y perdió ligeramente un poco de su color dorado. Él no sabía que ese cambio había ocurrido, pero realmente… no era algo que mereciera ser pasado por alto.


(:

₪ т.с.ωоιғ ✖