Un nuevo caso
La cafetería Kirkland llevaba mucho tiempo siendo una de las más famosas de Inglaterra. Situada en la famosísima Baker Street, llevaba funcionando durante casi 65 años. Ese día, la cafetería cumplía una semana con su nuevo dueño, Arthur Ignatius Kirkland, hijo de Emerald Elizabeth Kirkland y Allistair Scott Sr. Kirkland.
Idéntico a su madre por su mal humor y fuerte temperamento (salvo con unos pocos allegados), de pelo rubio, cejón, ojiverde, paliducho, flacucho y ojeroso, prefería volver a ser detective semi profesional junto a su querida Isabel Fernández Garrido, quien sí era profesional.
Una mujer anciana muy embadurnada y con el culo más grande que su cabeza se acercó con cara de malas pulgas. Sería un cliente difícil, a los que Arthur sabía tratar:
-Jovencito, desearía que mi pastel se pareciera más al del expositor.
-¿Lo quiere de poliexpán tóxico? Por mi parte sin problema.
-En el exterior.
-¡Ah, con pintura! Vale, sin problemas.
-Con la misma forma.-La mujer iba a perder la paciencia.
-Para esculpir el poliexpán y pintarlo debe venir mi mujer.-Un bastón le golpeó en la cabeza. El disfraz cayó y Arthur pudo ver una versión femenina y mayor de sí mismo.
-¿Así es cómo te enseñé a llevar la cafetería?
-Mamá, sabes que soy detective.
-A ratos. ¡Que te casaras con una mitad detective mitad médium no significa que tú lo seas!
-¡Isabel hace unas cosas y yo otras!
-Claro, por eso lleváis dos años sin un caso gordo.
-¡Ya te conté lo que pasó hace dos años! Por eso nada de asesinatos.
-Y así pasa, que ella persigue ladronzuelos sin oficio ni beneficio mientras tú arruinas el negocio familiar. Y mientras, Haydden Merdinus y Allistair Scott Jr. son policías de verdad.
-Corrección: Haydden Merdinus es forense. ¡Si has venido a compararme, comparame con Irene!-Al oír el nombre, Emerald le propinó una bofetada.
-Nunca vuelvas a mencionarla.-Su tono fue demasiado serio. Se fue sin siquiera despedirse.
Arthur sabía que con mencionar ese nombre había metido la pata por completo. Esperaba que a Isabel las cosas se le dieran mejor.
Y así era. Se encontraba en una sala enorme rodeada de mucha gente y con el arrestado ya esposado y a sus pies. El museo le había alertado de la desaparición de algunas joyas, de modo que esta mujer de pelo castaño ondulado, ojos verdes, tez morena y con atuendo de pirata empuñó su nueva espada portátil y apuntó con ella al cuello de ese tipejo.
-Dígame ahora mismo dónde están las cuentas de Trieste.
-¡Nunca!
La espada voló, pero no sobre el cuello del asustado mangante, sino sobre una de las pesadas cortinas de terciopelo, de sonde cayeron unas piedrecitas que Isabel no dudó en recoger. Esbozó una sonrisa de suficiencia mientras las depositaba en las manos de su cuñado.
-Cada vez son más fáciles de atrapar. Desde Fingerless no ha habido ningún ladrón decente.
-Aye, qué le vamos a hacer.
-¿No hay algo más interesante?
-En realidad sí, pero Arthur me pidió que no eligiera esos casos tras lo ocurrido en Austria.
-¿Y mi opinión qué? ¡He estado con imbéciles de poca monta durante dos largos años de mi vida! ¡Llévame a ver a ese imbécil sobreprotector ahora mismo!
Isabel parecía realmente enfadada, así que Allistair cerró la boca y abrió su coche a turba lumínica. Durante el paseo vio la expresión de su cuñada torcerse más y más, pensando en cómo su marido había ignorado su opinión por completo, haciendo que en su mente se resaltaran momentos de discusiones previas con él, por muy ridículas que fueran, como quién debía limpiar los platos o quién cuidaba de su sobrina Sharon. Allistair continuó sin abrir el pico ni cuando Isabel entró abriendo la puerta con violencia y escuchando el grito proferido llamando a su hermano. Se limitó a seguirla y a sentarse, pensando en lo divertido que le podría resultar a cierta persona ese espectáculo.
-¡Arthur Ignatius Kirkland, ven aquí si eres hombre!
-¿Y ahora qué?-Aún seguía enfadado tras la breve aparición de su madre.
-¿Desde cuándo decides tú sobre mi trabajo?
-¡Sólo le pedí a Allistair que no cogiera casos muy graves por lo que te pasó en Musiker Seele!
-¿Y cuándo preguntaste mi opinión?
-¡Si lo hacía sabía que dirías que no te importaría la magnitud de lo que te dieran!
-¡Porque a mí me gustan los retos!
-¡Y a mí! ¡Pero que un fantasma posea y mate gente porque le controla un ente maligno no es un caso normal!
-¡No fuimos a investigar en un principio! Además, así estamos más entretenidos. ¿O es que te gusta estar aquí sirviendo tés y pastelillos?
-Sí.-Mintió Arthur.
-Pues sirve muchos mientras Allistair y yo investigamos cosas de verdad.
Siguieron discutiendo frente al pelirrojo hasta que una anciana vestida de verde y con esa tonalidad en su pelo entró. Pusieron la sonrisa más falsa que pudieron y se dirigieron a ella.
-Buenos días, ¿desea algo?
-Sí. ¿Es alguno de vosotros Arthur Ignatius Kirkland?
-Soy yo.
-Soy tu vecina, la señora Mint. Me han dejado una carta dirigida a ti, por error, seguramente. Toma, hijo.-Mint tendió la carta antes de despedirse comprando un pastel.
Arthur empezó a leer la carta con cierto interés, sobre todo al ver que el remitente era Haydden Merdinus Kirkland, el mayor de los hermanos. Al terminar se fijó en Isabel, aún con gesto enfadado, sólo habiéndole dejado por el momento una pequeña tregua. Esbozó una sonrisa divertida mientras se disponía a explicar lo que ocurría:
-Isabel, ¿no decías que querías un reto? Aquí lo tienes.-Le pasó el papel, esperando la respuesta ante la invitación de su hermano a investigar unos asesinatos acaecidos en la siempre famosa y elegante Città Acquatica.
Haydden Merdinus explicaba la muerte de los primogénitos de unos matrimonios bastante adinerados, los Karpusi y los Hassan. Las víctimas parecían haber sufrido un ataque por algún tipo de alimaña antes de que algún loco hubiera intentado unirlas quirúrgicamente. Haydden les pedía ayuda desesperado, considerando, en base a historias de tiempos pasados de la ciudad, que las muertes podrían estar relacionadas con asesinatos en serie más antiguos. Advertía también, en caso de que fueran, que la gente allí era prácticamente obligada a vestir con elegancia, ley que consideraba ridícula, pero obligatoria. Además, así podrían dar mayor confianza a la aristocracia a la que iban a interrogar. La carta pasó a manos de Allistair, quien debía aprobar el caso.
-Yo quiero ir.
-Yo también.
-¿Allistair?
-De acuerdo, pero Eloise vendrá conmigo. Podríamos dejar a Enzo con mamá.
-Aún no me puedo creer que volvieras con una perra que te abandonó a tu suerte frente a un demonio...
-Tú estás casado con una médium.
Isabel desconectó mientras les oía discutir, cogiendo el coche de Allistair sin que ninguno se diese cuenta para dirigirse a su casa, un lugar apartado y aislado gracias a la cantidad de plantas que lo rodeaban.
Entró haciendo ruido, recordando que Constança vivía con Vincent en Ámsterdam. Escuchó un ruido similar a latidos en su cabeza mientras una figura híbrida entre un forzudo y alguna alimaña cruzaba el pasillo. Se lanzó contra ella, pero Isabel esquivó ante lo pesado de la criatura. Le dio fin a lo que fuera eso con su espada, pero en lugar de escuchar un grito moribundo, volvió a aparecer en su punto inicial y sonrió. Con una voz que podría haber salido del mismísimo infierno y, a pesar de su expresión, con tono adolorido dijo:
-Sálvanos. Salvadnos...-Desapareció en el aire como si nunca hubiera existido.
El hospital
Llevaban dos largos años vagando por el mundo. Desde el momento en que Toris, un hermoso joven de melena castaña y ojos claros, se hubo recuperado tras su cautiverio, él y Feliks Lukasiewicz habían huido de su mundo.
Al principio les pareció una idea un tanto romántica, ser amantes que se escondían sólo necesitando el amor del otro; pero con el tiempo se iban dando cuenta que ello sólo les provocaba problemas, en especial sobre el abastecimiento y una posible residencia fija. Las rencillas se manifestaban como peleas cada vez más frecuentes y violentas. El cansancio sólo aumentaba los problemas entre ambos, que trataban de luchar desesperados por algo que podría extinguirse por el hambre.
Hasta que llegaron a Città Acquatica. Quedaron cautivados por sus canales y sus arquitecturas desde clásicas a barrocas, pero el precio de las cosas les superaba por completo, viéndose obligados a permanecer en una de las muchas pequeñas islas, racionando el dinero por si se veían obligados a irse de forma temporal.
Por desgracia, uno de los guardas llegó hasta el lugar que Toris y Feliks consideraban su nuevo hogar, expulsándoles sin miramientos. Los ojos almendrados verdes de Feliks reflejaban tal preocupación y desesperación que Toris decidió animarle haciéndole reír con algo tan simple como unas cosquillas.
-¡Para ya!-Lo apartó suavemente entre risas, mirándose a los ojos por primera vez en mucho tiempo.
Sin necesidad de hablar fueron acercándose el uno al otro para besarse, pero una voz con alto volumen les interrumpió. Un hombre muy alto con pelo rubio de punta que cargaba con unas flores se acercó a toda velocidad.
-¡Lukasiewicz, cuánto tiempo!
-¿Nos conocemos?
-¡Soy Mathias Khøler! Me encargaba del hospital en Musiker Seele cuando viniste con un montón de cardenales.
-¿Y se acuerda de mí tras todo este tiempo?-Preguntó extrañado.
-Nunca olvido una cara. ¿Él es el tal Toris del que me hablaste? ¡Todo un placer!-Le estrechó la mano efusivamente.
-¿Y qué hace aquí?
-Ahora me dirigía a mi nuevo trabajo en el Hospital de la caridad. Cuidamos de enfermos y personas sin techo.
-¡Es justo lo que necesitamos!
Mathias fue quien pagó la barca, llegando a una isla con un único edificio de color blanco. Detrás se veía un bosque no muy frondoso, seguramente ahí darían paseos algunos de los necesitados. Mathias se acercó muy contento a unos niños, una niña rubia de ojos azules y un niño rubio también, pero con ojos más próximos a una tonalidad violeta. Fueron ellos los que recibieron las flores, pareciendo muy felices por ello.
-Dejad que os presente: Ellos son mis pacientes principales: Emil Steilsson y Eira Køhler. Chicos, ellos son mis amigos, Feliks y Toris.
-¡Hola, estoy encantada de conocer gente nueva!-Eira les abrazó con fuerza. Emil se limitó a mover su mano antes de entrar al hospital.
Mathias también entró al edificio para indicarles las localizaciones, desde la sala de pediatría hasta un laboratorio sólo para personal autorizado donde se encargaban de las enfermedades más complicadas. En una ocasión se toparon con un señor muy pálido, alto, fuerte, con el pelo rubio y los ojos celestes, cuya sola presencia les hizo sentir un pavor inexplicable.
-Buenos días.-La voz del médico intentaba no sonar temblorosa.-Soy Mathias Khøler y empecé anoche. No nos conocemos.
-Soy Berwald Oxenstierna.-Respondió con voz muy profunda y seca.-Me encargo del laboratorio.
-¡Yo soy pediatra! Ellos son Feliks y Toris. No tienen hogar.
-Las habitaciones de acogida están arriba.-Berwald se levantó sin mediar más palabra y entró a su lugar de estudio o trabajo.
Ello les hizo suspirar aliviados. Hicieron caso de las indicaciones y fueron al piso superior, donde las habitaciones estaban vacías, algo un tanto extraño. Volvieron a cruzarse con un nuevo desconocido, esta vez un chico bajo y delgado, rubio, con ojos marrones y una expresión tan amable que se sintieron seguros por completo.
-¡Hola de nuevo, señor Väinämöinën! Chicos, él fue quien me contrató. Mire, jefe, ellos son amigos míos y se van a quedar aquí un tiempo.
-¡Vaya, es fantástico, hace mucho que no viene nadie! Y, por favor, llamadme Tino. Señor Väinämöinën es muy formal.
Los espectros se sintieron muy cómodos con Tino. Accedieron a su cuarto, encontrando un cuarto en tonos beige con dos camas de color blanco impoluto, donde los únicos toques de color venían de los cuadros y de unos sillones verde brillante. No parecía el típico dormitorio de hospital, sino que para ellos era un remanso de paz y descanso frente a lo vivido durante esos dos años. Los médicos les dejaron a solas para que se instalaran y asearan o descansaran tranquilamente.
-Oh...
-¿Ocurre algo?
-Olvidamos preguntar los horarios del lugar.
-Toris, no creo que halla horarios fijos, sino que se tendrán que adaptar a cada paciente.
-No pierdo nada por preguntar. No tardaré mucho ni me expondré a grandes peligros, no es necesario que te preocupes por mí.-Le dedicó una sonrisa tranquilizadora a Feliks.
Se guió sin muchos problemas por los pasillos, conteniendo sus ganas de adoptar su forma de sombra y recorrer hasta el más mínimo milímetro de las claras paredes. Le extrañó lo vacío que estaba, no encontrando a nadie en la sala que se suponía que era el comedor ni en los pasillos ni en las consultas. Sólo escuchaba el sonido de sus pasos y de su respiración, cada vez más agitada, hasta que llegó a la enorme y pesada puerta metálica del laboratorio, donde escuchó unos gemidos muy bajos y unas palabras, que si bien no entendía bien, eran dichas con un cariño tranquilizador. Apoyó la mano en la puerta, sintiendo él otra muy fría que le apretaba para apartarle.
-¿Quién eres?-Toris contuvo un grito al oír una voz cansina y baja.-¿Eres nuevo?
-Algo así...-Apenas había calmado sus nervios cuando se giró ante un hombre prácticamente esquelético, rubio cenizo, con los ojos como Emil y cubierto de vendas y heridas.
-Khøler, no deberías haber venido.-El extraño dio media vuelta y se fue a toda la velocidad que sus piernas le permitían, dejando a Toris demasiado confuso.
¿Por qué no debería haber venido si ese lugar estaba casi vacío? Los sonidos de dolor le respondieron, mostrándole que quizá, ese lugar no fuera tan apacible cómo habían creído...
