Capítulo 3: Dudas y tormenta.
Dominique se tomó su tiempo para llegar hasta el punto del río donde seguramente sus dos primas la esperaban. Años atrás, antes que cualquiera de ellas pisara Hogwarts por primera vez, se habían topado con aquel lugar una tarde de otoño. Ese sitio era simplemente maravilloso. Cubierto de piedras alisadas por la misma corriente, formaba parte de un gran claro que se abría en el pequeño bosque que acompañaba a aquel hilo de agua. Era mágico. Cuando al fin llegó vio a Lily acomodada de espaldas sobre su toalla que había colocado sobre una piedra enorme. A su lado, aunque en una roca algo más pequeña se hallaba Rose, que leía atentamente un ejemplar, seguramente perteneciente a Hermione, de La Historia de Hogwarts. Ambas se habían despojado de sus prendas quedándose con sus bañadores para aprovechar el sol que cada vez se hacía sentir más.
—No hay manera de que te alejes de ese libro, ¿verdad? —comentó Dom divertida a Rose, provocando que ambas chicas se giraran a verla.
—¿Qué quería el pesado de mi hermano? —preguntó Lily intrigada.
—Quería saber si podía acompañarnos —mintió la pelirroja que acababa de llegar hasta la orilla, al tiempo que se dedicaba a extender su toalla sobre el pedregal evitando la mirada de las otras muchachas.
Rose comprendió que su prima no estaba siendo sincera con esa respuesta. Si James hubiese querido acompañarlas se lo habría consultado a todas; pero supo también que la chica de ojos azules tendría sus buenas razones para no develar la verdad, al menos en ese momento. Conocía bien a Dominique. Presionarla para que hable no serviría de nada, al contrario, se cerraría en banda y solo lograrían enfadarla. En algún momento, cuando se sintiera lista, compartiría aquello que le ocurría. Lily también lo notó y estaba dispuesta a seguir indagando al respecto, pero Rose le envió una mirada significativa para que no hurgara más sobre aquello. La menor de los Potter entonces, decidió cambiar de tema. Un tema que le parecía muchísimo más interesante que su hermano cabeza hueca.
—Y dime, Dom… —comenzó Lily, dibujando una sonrisa pícara en su rostro —. ¿Cómo es eso que tienes una cita el sábado y nosotras nos enteramos hoy, jueves?
Dominique sonrió ampliamente, un poco agradecida por el desvío de la conversación, y otro tanto porque realmente tenía ganas de acudir a aquella cita.
—Es que en La Madriguera siempre hay alguien husmeando a espaldas de uno, y no quería que todos lo supieran —se excusó mientras se encogía de hombros.
Rose alzó las cejas divertida, conteniendo una evidente risa, y Lily rodó los ojos.
—No sé si te has percatado mi querida Dominique, pero esta mañana lo gritaste a los cuatro vientos frente al setenta por ciento de la familia, y créeme cuando te digo que te oyeron, porque más de uno se giró a verte con los ojos como platos —dijo la menor de las primas.
Rose soltó al fin su carcajada y contagió a Lily, que también rió con ganas. Al principio, a Dom le pareció exagerada la aseveración de Lily, pero a medida que lo analizaba cayó en cuenta que tenía toda la razón con lo que había dicho.
—Si me pagaran por ser tan idiota, tendría una cámara gigante en Gringotts repleta de galeones de oro —dijo con dificultad la chica, carcajeando sonoramente por su enorme error durante el desayuno —. Oh, bueno… —prosiguió —. Supongo que tendré que soportar a tío Ron darme lecciones de cómo cuidarme de los chicos. Quizás hasta quiera acompañarme a la cita para comprobar que el muchacho con el que me encontraré no tiene segundas intenciones —concluyó riendo con más ímpetu.
—No me extrañaría en lo más mínimo —habló Rose, divertida también, porque sabía perfectamente como era su padre —. Pero basta con mi padre, ¿quién es el misterioso muchacho? ¿Dónde se encontrarán? —instigó la chica de cabello rizado.
—Pues, quedamos en encontrarnos en el parque principal de Ottery; y no sé si conocen al muchacho, su nombre es Sean, Sean Robbins, de Ravenclaw —informó Dom, calmando un poco su risa.
—Oh sí, sí, yo lo he visto varias veces —dijo Lily, acompañada por Rose que asentía, dando a entender que ella también lo conocía —. Y cada vez que lo he visto te ha estado mirando con cara de bobo enamorado —terminó la pequeña Potter, haciendo una curiosa mueca con la boca mientras pestañeaba rápidamente.
—Ya Lil, deja de decir paveces… Es solo una cita, un encuentro para conocernos un poco. No es como si fuera a pedirme que me case con él —sentenció la ojiazul.
—Por lo que sé, ganas no le faltan —esta vez fue Rose la que habló, bastante seria —. Me han comentado que el chico hace meses que ha intentado acercarse a ti, aunque no es sorpresa Dom. Ya te lo hemos dicho todas. Tu físico ha cambiado, y para bien. Ya verás cuando regresemos en septiembre al colegio. No te quitarán los ojos de encima —finalizó con aire de suficiencia por una afirmación de la que estaba cien por ciento segura.
Dominique hizo un gesto con su mano quitándole importancia al asunto, pero continuando la conversación al respecto. Las chicas discutieron sobre un atuendo, aunque tenían opiniones bastante opuestas al respecto. Rose sugería algo mas casual, como unos jeans con alguna camiseta y chaqueta; mientras Lily se decantaba por un vestido corto, que destacara las piernas de Dom. La ojiazul estaba confundida al respecto y dejaron el asunto viendo que no llegaría a buen puerto. Además, esa misma noche después de la cena harían alguna prueba de vestimenta, si es que Dominique no lograba escabullirse de aquello. Si bien le hacía ilusión la cita, no le gustaba planear demasiado las cosas. Ella se dejaba llevar por las situaciones. La espontaneidad se sentía mucho más natural para ella. La voz de Rose la volvió a la realidad en un instante.
—Creo que deberíamos volver a La Madriguera. Parece que va a llover —dijo la chica de cabello rizado mirando al cielo con aprensión.
Dominique y Lily la imitaron. Parecía increíble que tan solo unos momentos atrás el clima era soleado y cálido. Pero ahora, nubarrones grises se apiñaban unos contra otros y comenzaban a oírse truenos a lo lejos.
—Genial clima, el británico. No lo cambiaría por nada —comentó Lily con sarcasmo al momento que recogía su toalla y comenzaba a vestirse.
—No sé qué esperabas Lil, hace alrededor de un mes que no llueve. Ya iba siendo hora que tuviéramos algo de agua —contestó Rose.
—Vamos, o la abuela se preocupará por nosotras —finalizó Dominique, que ya tenía su ropa puesta y su bolsito cargado al hombro.
Así, las tres chicas emprendieron el camino que las regresaría a la casa, mientras la tormenta amenazaba cada vez más de cerca.
James observó a las tres muchachas que se acercaban corriendo hacia La Madriguera, riendo a carcajadas y empapadas porque la lluvia las había alcanzado incluso antes de salir del pequeño bosque. Con un gesto de resignación acompañado de un suspiro, apoyó su frente contra el frio vidrio, mientras las pelirrojas se perdían de su vista al atravesar el umbral de la puerta de la cocina. Se alejó de la ventana y girando sobre sus pies, se lanzó a su cama, acomodándose para ver el techo. Colocó sus manos sobre su vientre y volvió a suspirar una vez más. Las palabras dichas por Dominique le pesaban más de lo que jamás hubiese esperado. Y si lograban hacerle eco de tal manera era porque bastante de cierto tenían. Ella tenía toda la razón. No podían seguir así. Pero él no sabía cómo manejar la situación. Para ser sincero, ni siquiera comprendía que le pasaba cada vez que veía a la muchacha. Pero si podía darse cuenta que las emociones y sensaciones que Dom le provocaba eran incontrolables, y no tenían ni un poco de comparación con lo que le ocurría con Lisa. La hija de Terry Boot era una buena chica, algo posesiva e histérica, si, pero de corazón noble. Sin embargo, a James, cada día que pasaba menos le interesaba, por más cualidades que tuviese. Con Lisa era "fácil" fingir. Ella nunca se daría cuenta que algo le ocurría a él. Mientras trataba de dilucidar que era aquello que realmente sentía, se vio interrumpido por el chirrido de la puerta de la habitación que se abría. Albus ingresó entonces, con un trozo de pergamino en las manos y una sonrisa enorme. James rodó los ojos con hastío. Quería a su hermano menor, pero en esa ocasión necesitaba estar solo para poder meditar sobre sus sentimientos. Se percató que el muchacho que acababa de entrar estaba tan sumido en su lectura, y evidentemente, en la alegría que aquellas líneas le causaban, que ni siquiera había visto a su propio hermano tirado encima de su cama. James carraspeó un poco para hacerse notar, y ahí sí, Albus volteó hacia él.
—¡James! —exclamó sorprendido —. No te había visto… —concluyó, todavía sus ojos verdes bien abiertos.
—Sí, me di cuenta, no te preocupes —dijo James mirando hacia la ventana, viendo como además de caer un aguacero, el viento del Oeste comenzaba a azotar con fuerza.
—¡Mira! —volvió a exclamar Albus, sin prestar demasiada atención al semblante derrotado de su hermano —. Scorp me ha invitado a su casa. Dice que le escriba a papá y a mamá y les consulte si puedo ir hoy mismo y quedarme hasta fines de la semana que viene. Sabes que Malfoy Manor es enorme… ¡Me designarían mi propio cuarto! ¿Puedes creerlo? —concluyó Al, con ojos soñadores y totalmente emocionado al respecto.
—¡Yey! —gritó James de modo sarcástico, levantando los brazos como si estuviera vitoreando a los Chudley Cannons.
—No necesitas ser un idiota conmigo también, James. Creo que suficiente es con lo que le haces a Dom —espetó el ojiverde sabiendo que aquello quizás le dolería a su hermano, pero al menos lo haría retractarse.
—Lo siento, Al. Sabes bien que los Malfoy no son santo de mi devoción. Pero me alegro por ti. Aunque no sé si papá y mamá le darán el visto bueno a que estés más de una semana allí. Además, el jueves que viene tenemos boletos para ir a ver a las Hollyhead Harpies. Quiero creer que lo recuerdas —sentenció James.
—Sí, ya sé que son varios días y sí, ya sé que tenemos entradas para el partido de las Harpies, pero está todo arreglado. Los padres de Scorpius también irán al juego. Así que no estaría una semana sin verlos. Nos encontraríamos allí —comentó Albus con entusiasmo, mientras se acercaba al escritorio y sacaba una pluma y pergamino para escribir a sus padres.
—Sí, bueno "Señor Plan Maestro", más vale escríbele a los dos y consúltales, pero yo en tu lugar, no me haría muchas ilusiones —dijo James apartando la vista del inclemente clima exterior y mirando a su hermano, aunque sin malicia.
—Sí, eso iba a hacer… —Albus apartó su vista del escritorio, y miró directamente a los ojos ambarinos de su hermano —. James, ¿qué te pasa? No es mi intención entrometerme en tu vida, pero estos últimos días te he visto muy preocupado, y a veces tienes mirada melancólica… Como ahora, por ejemplo.
James sabía que mentirle a Albus no surtiría ningún efecto, aquel muchacho podía detectar una mentira a millas, por mínima que sea.
—Pues, para ser sincero Al, no tengo ni idea de que me pasa. Creo que nunca antes había estado así de confundido —contestó el muchacho apesadumbrado.
Albus estudió a su hermano por algunos momentos antes de volver a hablar. James era un joven inquieto y bromista, tanto que a veces rayaba lo insoportable. Pero ahora se lo veía callado y como en un trance constante.
—Pero alguna idea de dónde viene tanta incertidumbre tendrás, ¿no? —habló por fin el ojiverde.
—Sí, eso sí… —admitió James —. Albus, te lo contaré, o al menos, te diré aquello que creo que me pasa, no estoy de todo seguro. Eso sí, promete que cerrarás la boca. Nadie puede saberlo, ¿está bien?
El hermano menor asintió en silencio y se preparó para la confesión, aunque ya imaginara de alguna forma de que se trataba todo aquello.
—Creo que me he enamorado; y no precisamente de Lisa —soltó el chico de ojos ambarinos de repente, como si fuera algo que hacía años que necesitaba decir. Se llevo las manos hacia su cara, cubriéndola con ellas al tiempo que negaba con su cabeza, como si no pudiera aceptar del todo lo que él mismo había dicho.
—Es Dom, ¿verdad? —James miró por entre sus dedos de manera incrédula a su hermano. Le había hecho una pregunta que a él le sonó lapidaria, aunque el ojiverde no la había pronunciado con esa intención en lo absoluto —. La chica de la que crees haberte enamorado, es Dominique, ¿no es cierto? —volvió a inquirir Albus, sin perder su tono apacible.
—Sí, es ella. Y no sé qué hacer al respecto, Al… ¡Por Merlín! ¡Es nuestra prima! —reconoció el confundido chico, todavía cubriendo su rostro con sus manos.
—Sí, soy consciente que es nuestra prima, pero James, sé razonable. Sin desprestigiarlos, no somos muggles. Piensa en cuantas familias mágicas se han dado matrimonios entre primos para no perder la pureza de sangre. Creo que se podría consentir una relación así por amor… ¿No lo crees tú? —finalizó Albus con idoneidad, sabiendo que tenía un buen punto.
—No lo sé Al, realmente tengo mis dudas. Sé que papá lo comprenderá, pero la sangre Weasley es un poco, como decirlo… —dijo dubitativo —. Extremista. Tío Percy pondrá el grito en el cielo por algo así. Y hablamos de estas reacciones suponiendo que ella siente lo mismo que yo y que está dispuesta a una relación con todo lo que hay que perder en medio —finalizó James, con actitud derrotista.
—Bueno, algo de razón tienes al respecto. Lo primero que tienes que hacer es hablar con ella y serle sincero —apuntó el hermano menor.
—¿Y decirle qué, Al? ¿Qué no entiendo bien lo que ocurre entre ella y yo? Es absurdo —expresó James alzando un poco el tono de voz.
—Absurdo es que después de tantos años y tantos momentos juntos que han compartido no le confíes esto que la implica a ella directamente. Siempre has podido contar con Dom. Lo menos que puedes hacer por ella es serle honesto y dejar de tratarla como lo has hecho últimamente —James lo miró ofendido por sus palabras, pero Albus prosiguió —. Oh, vamos James, los he visto discutir e ignorarse, y no solo aquí, sino también en Hogwarts. Sé que soy menor que tu, pero créeme que se cuando llevo la razón. Y esta vez definitivamente la tengo —concluyó el ojiverde, sabiendo que no había más por decir. Ahora la decisión era de James.
Albus se giró en su silla, volviendo la vista hacia el escritorio y así escribir una carta a sus padres, que enviaría con Dánae, la lechuza que Harry le había regalado durante su segundo año en Hogwarts. Apresuró la escritura, dejando sus dedos profusamente manchados con tinta negra. Cuando tuvo las líneas listas, sacó al animal de su jaula. Le entregó el pergamino y le susurró "A papá y mamá, Grimmauld Place". Luego de la guerra, Harry y Ginny habían salido por un par de años solamente antes que su padre le pidiera a su madre que se casase con él. A pesar de su juventud, ella aceptó sin miramientos y lo anunciaron a la familia con gran emoción. Así, Ginny se había mudado meses antes de la boda a la antigua casa Black; lugar que Harry había arreglado de punta a punta hacía tiempo, después de arduos meses de trabajo y con gran ayuda de Hermione y Kreacher. Si bien el elfo había opuesto resistencia, tuvieron éxito al sexto intento de quitar el antiquísimo cuadro de la madre de Sirius, que profería insultos a quien se parase en frente. El número doce de Grimmauld Place, bien oculto bajo un Fidelius, había quedado espectacular como hogar de familia. Con los años y la llegada de los niños, el exceso de habitaciones que ostentaba aquel lugar fue infinitamente provechoso, pensó Albus. De todas maneras, su padre también se había esforzado por reconstruir la casa de sus padres, en Godric's Hollow. Las costumbres de auror de Harry lo llevaron a reflexionar que en casos extremos sería oportuno tener otro lugar donde mudar a la familia. Y por esa razón había levantado desde los cimientos nuevamente aquella residencia. En épocas tranquilas como las que vivían, les servía como casa de verano o de fin de semana, aunque también se hallaba protegida celosamente por un Fidelius y algún que otro hechizo más. En pocos días volvería al Valle de Godric. Sus padres estarían de vacaciones por un mes al menos y allí festejarían el décimo séptimo cumpleaños de James. Pero, por el momento podría disfrutar de la cálida Madriguera y la compañía de los Weasley.
Acordándose de su hermano y la situación que estaba viviendo, volteó nuevamente hacia la cama, sorprendiéndose al ver que éste ya no se encontraba allí. Albus dirigió su vista hacia la ventana. Se sintió mal consigo mismo por enviar a su fiel lechuza hasta Londres con aquel clima tan desagradable, pero era por buena causa pensó. Estaba ansioso por poder pasar unos días en Malfoy Manor con su mejor amigo, pero además acunó esperanzas de encontrarse a aquella chica de Slytherin que le quitaba el aliento cada vez que la veía.
Comprendiendo que su hermano no tenía más que decir y se decidía a escribir una carta a sus padres, James se incorporó y con parsimonia salió del cuarto. Bajó las escaleras al tiempo que su abuela anunciaba que faltaba poco para almorzar. Sabiendo que no era conveniente impacientar a la matriarca Weasley, apuró su andar. Cuando llego a la cocina, notó que había más gente que la habitual en los últimos días. Entonces vio a sus tíos Percy y Audrey saludando a sus abuelos y sobrinos. Se estremeció al recordar la imagen mental que se había hecho en caso de que ese tío se enterase de una posible relación entre Dom y él. Sacudió su cabeza tratando de alejar esos pensamientos y saludó a sus tíos como era debido. Además de Percy y su esposa, que habían llegado con sus hijas, Molly y Lucy, también habían venido Fred y Roxanne, hijos de sus tíos George y Angelina. Molly y Lucy eran Weasley en toda regla: pelirrojas, de tez clara con pecas por doquier, ojos color ámbar en el caso de Molly y pardos los de Lucy. En cambio, Fred y Roxanne eran una mezcla más que interesante. Ambos eran de tez oscura, aunque un poco más clara que la de su madre, Angelina; y de cabellos negros. Pero no por eso eran menos Weasley. Todo lo contrario, a decir verdad. Fred tenía la misma alma bromista que su padre y ayudaba en Sortilegios Weasley durante el verano, mientras que Roxanne le recordaba muchísimo al carácter de su abuela, infinitamente amable pero severa cuando las jugarretas de su hermano mellizo se excedían.
De los cuatro primos que acababan de llegar, su favorito era Fred. Tenían la misma edad y se habían ganado el puesto de Grandes Alborotadores en el colegio gracias a seis años de continuas travesuras que frecuentemente incluían artículos de la tienda de bromas.
Saludó también a sus primos, preguntando por qué no habían ido antes a La Madriguera y hasta cuando se quedarían. Él y Fred se sumieron en una charla sobre los nuevos artículos que su padre, George, tenía pensado lanzar poco antes del comienzo del curso en Hogwarts. Fueron interrumpidos cuando un alboroto se produjo en la sala cuando el grupo de las seis primas exclamaban frases inteligibles. James y Fred se acercaron a la reunión de chicas con sigilo, aunque por el volumen de los gritos, sugerían que no era un asunto muy secreto. Algunas reían, otras aplaudían, mientras su hermana Lily se ponía de pie.
—¡Yo lo sabía, ya lo había anticipado el año anterior! —exclamó la pequeña Potter aceptando los vítores del resto, mientras señalaba con su índice a Lucy que estaba tan roja como su cabello y trataba que Lily dejara el escándalo.
—Oh, vamos Lily, no eras la única que lo pensaba… —dijo Roxanne con suficiencia, aclarando que ella también era conocedora del hecho.
—No, probablemente no era la única —agregó Lily alzando las cejas —. Pero sí fui una de las que apostó al respecto y he ganado —terminó con una sonrisa en el rostro.
—Lily Potter, dime que no has apostado dinero a cuestas de mi vida —dijo Lucy, mirándola con picardía, fingiendo sorprenderse por aquello.
—Por supuesto que lo he hecho, y estoy esperando mi paga —contestó sonriendo cada vez más ampliamente mirando de reojo a una de sus primas.
—Oh, por Merlín, no puedo creer que haya perdido diez galeones de una manera tan estúpida —dijo Dominique al momento que le pagaba su deuda a su prima sacando las doradas monedas del bolsillo trasero de su pantalón.
—Un placer hacer negocios contigo, Dom, como siempre —finalizó Lily guardando las monedas en su propio bolsillo contenta como un niño con un dulce en la mano.
—Habiendo zanjado el tema monetario, lo que realmente interesa aquí es cómo Lucy se ha enterado, ¿no creen? —dijo Rose hablando por primera vez. Todas asintieron al instante y voltearon sus miradas a la susodicha esperando la explicación.
—B-Bueno, la verdad es que la que se enteró de todo esto fue Molly —titubeó Lucy, mirando a su hermana.
—Sí, mejor les cuento yo como fue el asunto… —asintió la chica tomando aire para comenzar su relato —. Bien, esta tarde fui al Callejón Diagon a buscar un encargo para mamá a Madame Malkin. Como de costumbre estaba a rebosar de gente y tuve que esperar. De repente alguien me tocó el hombro. Era Sean Robbins —Molly detuvo su relato por un segundo para mirar a Dom, al igual que el resto de las chicas, mientras la chica sonreía tímidamente —. Lo saludé y viendo que faltaba siglos para que nos atendieran, entablamos conversación. Por supuesto que me preguntó por ti, Dom, y dijo que estaba impaciente por verte el sábado —se detuvo una vez más para estudiar a la muchacha con la mirada —. No habías dicho nada de una cita con él.
Dominique le quito importancia al asunto con un ademán y le sugirió que continuara con lo que estaba contando.
—Ah, sí, sí —prosiguió Molly —. Hablamos sobre algunas cosas más que no tiene caso nombrar ahora porque no interesan, y finalmente le pregunté por los Scamander, si sabía algo de ellos desde que se habían ido con sus padres de viaje a África. Sean me dijo que no tenía nuevas noticias sobre ellos más que lo que dejaron dicho antes de irse, que regresarían a mediados de Julio. Entonces me preguntó cuál era el asunto entre mi hermana y Lysander, ya que hacía tiempo que llevaban haciéndose ojitos el uno al otro y él lo había notado. Le pregunté de dónde había sacado aquello y me dijo que era obvio con tan solo observar como Lysander miraba a Lucy para saber que ella le gustaba —dijo alzando sus manos a la altura de su rostro para dar la narración por terminada.
—Bueno… —cortó Rose el momentáneo silencio —. Por el momento es un rumor, pero entre todas lograremos averiguar más cuando los gemelos regresen —afirmó tomándole la mano a Lucy para darle su apoyo.
—Sí, eso mismo —secundó Roxanne entretanto el resto de las muchachas le sonreían.
La abuela Molly anunció por fin que el almuerzo estaba listo. Así todos se dirigieron a la cocina. Camino a sentarse en su lugar, James meditaba sobre lo que había oído, y no era precisamente el idilio entre Lysander Scamander y su prima Lucy.
Sean Robbins era la cita de Dominique y mientras tanto él había considerado decirle que se estaba enamorando de ella. Se sintió un estúpido. Tragar la comida se volvió para él un reto olímpico y solo logró pasearla por todo el plato. Se dio cuenta lo mucho que había temido aquello. Enamorarse y no ser correspondido. Dolía, sin dudas. Pero tendría que aceptarlo, después de aquello no se le ocurría más que resignarse. Una hora atrás había admitido ante Albus lo que sentía por Dominique y se resolvía decírselo, ser sincero con ella. "Si tan solo existiera la posibilidad que ella compartiera aquello que le pasaba", admitió en su mente. Ahora parecía todo tan claro. Había sido paulatino pero constante. Aquello que le asaltaba cada vez que la veía con algún muchacho tan solo hablando eran celos. El pánico lo consumió cuando comprendió que cabía la posibilidad que ella y Robbins comenzaran a salir. ¿Qué haría entonces? ¿Soportaría ver al muchacho de Ravenclaw besando esos labios que tanto deseaba él? Lo dudaba seriamente.
No creía que Robbins pudiera llegar a apreciar alguna vez todo sobre Dominique. Como su cabello reflejaba la luz del sol, lo testaruda que era y lo preciosa que se veía frunciendo el ceño cuando se enfadaba. Se encontró sonriendo al rememorar todo aquello. Levantó la vista para verla. Allí estaba, del otro lado de la mesa sentada entre Lucy y Rose, riendo despreocupada. Sintió la necesidad de saltar el mueble que los separaba y decirle que la quería, pero simplemente se quedo allí, sentado con los cubiertos en la mano. Sin previo aviso, ella lo había mirado fijamente hundiendo sus azules ojos en los ambarinos suyos. Pero no solo ella lo miraba, sino que el resto de su familia también lo hacía. Giró hacia la cabeza de la mesa donde estaba sentado su abuelo Arthur y vio extrañado a su abuela Molly de pie detrás. Pero no estaba sola.
—James, querido, Lisa está aquí —dijo su abuela con una sonrisa de cortesía.
Efectivamente, allí parada al inicio de la mesa donde se encontraban todos almorzando estaba Lisa Boot, esperando su beso de bienvenida.
James se incorporó y la saludó con un beso en la mejilla, pero sin sostenerle la mirada a la muchacha. Arthur le indico que le acercara una silla a su novia, invitando a la chica a sentarse a almorzar.
—Déjalo James, toma mi silla, yo ya terminé —dijo Dominique de improviso, levantándose de su lugar como un rayo con su plato, que dejo en el fregadero y corrió escaleras arriba.
Lily y Rose se miraron entre ellas y le dijeron a su abuela por lo bajo que había estado delicioso, pero que les apetecía una siesta después de una comida tan copiosa. Hicieron lo propio con sus platos y cubiertos, para luego subir hacia su habitación a paso más pausado que el de Dom. Sin que James pudiera oírla, Lily rompió el silencio mientras caminaba.
—No creo que te gusten las apuestas Rosie, pero sería una afirmación ganadora decir que entre James y Dom hay más que cariño fraternal —dijo sin poder contenerse.
—Sí, una afirmación ganadora sin dudas… —confirmó Rose, justo al llegar a la puerta de la habitación donde una muchacha de ojos azules se encontraba sentada en su cama con los hombros caídos y lágrimas silenciosas que caían por sus mejillas.
