Sabine estaba intentando pensar en alguna solución, pero nada se le ocurría. Lo único que tenía claro era que hoy era lunes, hoy iniciaba la semana. ¿Cómo harían eso del cambio? Ella no podía ser su hija, ya había pasado por la etapa escolar y en definitiva, no quería volver a pasar por lo mismo.

Marinette por su parte estaba horrorizada. Ella escondía muchos secretos solo porque no quería herir a su madre, ella era una mujer realmente buena y no merecía saber todo lo que sus compañeros hablaban de ella. Fuera de eso, tenía dos grandes secretos.

—¿Qué haremos, mamá? —preguntó Marinette después de un rato —. No nos podemos quedar así para siempre.

—Eso lo sé, tesoro. Pero... siendo sincera, no creo que podamos cambiar hoy —confesó Sabine —. Creo que lo mejor que podemos hacer es vivir la vida de la otra.

—¿Quieres que atienda la panadería por hoy? —preguntó una entusiasmada mujer.

Sabine jamás le había permitido a su hija atender la panadería, ella quería que su hija se esforzará en sus estudios, que tuviera las mejores notas y que luego pudiera estudiar lo que sea que quisiera.

—¿Tienes alguna tarea para mañana? —le preguntó.

—No —admitió Marinette.

—Vaya, eso me deja sin muchas opciones —Sabine intentó pensar en algo —. Voy a estar estudiando tus materias, porque mañana tendré que ir a tu colegio.

El rostro de Sabine se desconcertó. ¡Eso no podía suceder!

—¿No podría faltar por un día? —preguntó alterada.

—Ni soñando. Mañana te daré el ejemplo de lo que es ser una alumna ejemplar, ya verás —habló su madre con orgullo —. Ahora, escucha: tienes que ir al Supermercado, te va a pagar Laura y...

Sabine le explicó a su hija lo que debía cobrar, con quien debía hablar y sobre todo: lo que tenía que comprar. Esa noche cocinarían pizza.

—Sal en un rato —le ordenó a su hija.

Subió la escalera y se dirigió a la habitación de Marinette.

Se encerró en ella y revisó los libros de su hija. En Literatura estaban leyendo la tan conocida obra "Romeo y Julieta".

—Una tragedia romántica, ¡qué bien que les enseñen esto a los jóvenes! —pensó con satisfacción.

Dejó aquél libro de lado, después de todo, también lo había leído hace años. Revisó el libro de Historia.

—Historia, siempre es gratificante recordar el pasado, los sucesos y los nombres —pensó de modo positivo.

Comenzó a leer la unidad en la que se encontraban.

Sabine salió de casa a las ocho, no encontraba las cosas pertenecientes a su madre. De hecho, se sintió extraño tocar todo lo que antes estaba prohibido.

Internamente se sentía mal porque por culpa de éste programa había tenido que faltar a algo que era muy importante para ella.

—Cobrar dinero, nunca he hecho esto... —estaba nerviosa.

Los sábados normalmente salía con su madre, era por ese motivo que conocía bien a sus clientes y a aquél supermercado, le gustaba mucho. Pero... no se sentía bien siendo una adulta.

Como adolescente era tímida y miedosa. ¿Podría actuar como una adulta aunque se trate solo de un día?

En cuanto llegó, abrazó fuertemente su cartera e intentó no comerse las uñas.

—Hola, buenas —saludó un guardia. Era el guardia Octavio.

—Hola —respondió de modo tímido e ingresó al supermercado. Pero había olvidado sacar un carro, por eso volvió a la entrada y sacó uno, luego, revisó la lista de compras.

Carne, huevos, bebida, mantequilla, café, leche y más.

¿Café? ¡en mí cuerpo no puede tomar café! —pensó con horror, esa cosa sabía terrible.

Ingresó al supermercado, vio a muchos desconocidos y sintió profundos deseos de esconderse. Solo que no lo hizo, porque se vería raro viniendo de una adulta.

—¡Holis!

Su corazón dio un salto. Reconocería esa voz en cualquier lugar, era Adrien. El amigo de su madre —y también suyo—.

—Hola... —saludó de modo tímido, como era su costumbre.

Él se acercó y la abrazó, la envolvió con todo su cuerpo. Marinette normalmente lo abrazaría de modo tímido, pero no era ella, era su madre. Ella le devolvió el abrazo y sintió una dicha increíblemente enorme en el momento en el cual él acarició su espalda.

No se quería separar, pero de todas formas tuvieron que hacerlo. Estaba un poco sonrojada.

—¿Cómo estás? Tanto tiempo —le preguntó ella. Se sentía bien poder hablar con él sin tontos tartamudeos, era algo nuevo.

—Bien, ¿y tú?

Feliz de poder hablar contigo y poder mirarte fijamente, ¿sabes algo? Tienes unos ojos hermosos, ese color verde es hipnotizante.

—Bien, gracias.

—¿Y Marinette cómo está?

¡Pregunta por mí! ¡cielos, jamás lo creí posible!

Sonrió de modo torpe. A Adrien le sorprendió esa reacción.

—Esto... está bien, gracias —casi se delata a sí misma.

—¡Qué bueno! Dale mis saludos.

—Eso no... —¡concentración! ¡no eres tú ahora! —, se me olvidará. No lo olvidaré, ya sabes, tengo una gran memoria —sonrió de modo torpe. Adrien rió.

—Pronto van a rebajar los cuadernos, tienes que traerla.

—¡Oh, eso sería fantástico! —exclamó —, ¡los cuadernos son... —Adrien la miraba con sorpresa, ¡claro! A la que le gustaban los cuadernos era a Marinette, no a ella. ¡Torpe! —, seguramente mi hija estará feliz. Porque es Marinette la que ama los cuadernos, obvio.

—¿Te sientes bien? —Adrien se acercó un poco más a ella y ella sin poder controlarlo retrocedió un poquito, estaba nerviosa —, hay algo distinto en ti.

—¿Sí? No digas eso, sigo siendo la misma Sabine de siempre, la misma mujer que conoces.

Era algo incómodo hablar con él. Él conocía muy bien a su madre, ¿y si la descubría? ¿eso sería posible?

—Bueno, ¡adiós!

Presa de sus nervios se alejó lo más rápido que pudo.

Adrien observó como la mujer corría de modo nervioso y quizás un poco... torpe. No pudo evitar pensar en Marinette, la hija de Sabine. Ella corría exactamente de ese modo.

—Qué raro... —pensó Adrien.

Marinette hizo las compras y después le cobró a las cajeras que correspondían. Laura pagó sin problemas, pero una de ellas tuvo que subir a buscar dinero y se demoró bastante en regresar. ¿Acaso su madre siempre tenía que esperar a sus clientes? Eso era un poco abrumador.

Por otro lado, Sabine se había quedado dormida estudiando Historia. La materia le resultó sumamente aburrida, no pudo evitar dormirse.