Disclaimer: Todos los personajes de este fic, pertenecen a CLAMP.

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Extremadamente opuestos

Capítulo 3: Perdón

La joven amatista observó con ímpetu, la escena que no hacía mucho acababa de pasar delante de sus ojos. Desde siempre tuvo esa percepción de saber, sin error a equivocarse, cómo es una persona sin si quiera hablar con ella; tal vez por los gestos que la misma hacía o, porque era muy observadora, no lo sabía y, tampoco le importaba.

Aún seguía parada, en medio del camino, observando con sus ojos atentos el camino por el que se había marchado la joven. Sintió un vacío en el estómago al pensar en cómo serían los próximos días, semanas y meses, que durara su estancia en ese instituto, de Sakura. Parecía una joven carismática, alegre, dulce, aniñada e inocente. Sin embargo, aquel arranque que tuvo, no hacía más de cinco minutos, en plantarle cara al chico más cruel y vengativo de todo el instituto, había sido un gran shock, tanto para los alumnos espectadores de la escena como para el propio Shaoran.

Seguramente, el chico ya estaría planeando algo así como su venganza y todas esas bromas pesadas que le caerían a la pobre chica. Sintió pena por ella, se le notaba a leguas que ella no era una persona busca pleitos, no obstante, aún la desconcertaba cómo había osado plantarle cara a aquel chico de ojos marrones.

Pero, ¿Qué podía hacer ella? Absolutamente, nada. No quería meterse en problemas con el sensual y macabro chico que tenía a todos con los cinco sentidos en alarma. Sin embargo, no podía dejar a Sakura en medio de todo aquel caos, ¿Por qué había tenido esa mala suerte de encontrarse con Li Shaoran, antes de que le avisaran del peligro que corría si se encontraba con él de frente?

Tomoyo, giró sobre sus talones, y se fue a resguardar bajo la gran sombra del árbol que había a su derecha, junto a sus amigas. Lamentablemente, ella no podía hacer nada, apreciaba demasiado ese instituto como para verse obligada a cambiarse. Lo sentía por la chica de ojos verdes, pero no estaba en su mano hacer algo.

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Aún le temblaban las manos, y el corazón aún no había vuelto a su ritmo normal. Cogía y expulsaba aire por la boca, temiendo que si respirara por la nariz, el aire se le quedara estragado en mitad de su función por llegar a los pulmones. Se recostó sobre el grueso tronco, y cerró los ojos, tratando de sentirse tranquila.

Sin mirar por dónde iba, acabó al final del patio, en un lugar casi desierto, para poder respirar con tranquilidad. Sin embargo, sentía un presentimiento acechándola, obligándola a mirar a sus espaldas para cerciorarse de que no había nada ni nadie. Era una sensación... de intranquilidad.

Como era bastante obvio, la poca comida que se salvó tras el encontronazo con aquel joven, no podía si quiera tragársela, parecía como si el estómago se hubiese acongojado, provocando que tragar se le hiciera una tarea imposible y costosa.

Realmente, se lamentaba por no poder probar bocado del almuerzo que, tan amablemente, le preparó su padre.

Lo que quedaba de día no se volvió a encontrar con aquel chico, sin embargo, notó como las personas la evitaban e intentaban por todos los medios no dirigirle la palabra. Al principio, pensó que era porque había llegado nueva y nadie se sentía con ánimo de decirle nada, pero, luego, cuando descifró en la mirada de su compañera de clase –la que levantó la mano, y respondía al apellido de Daidouji– preocupación y temor, supo que había metido la pata y ni si quiera sabía cuándo.

Al llegar a su apartamento, vio una maleta al lado de la puerta de entrada, y a su padre, preparar con rapidez la cena que, probablemente, él no comería.

- ¿Cuándo te vas? – Fujitaka sonrió cálidamente, no obstante, Sakura aún resguardaba resentimiento, y ocultaba, tras una máscara, las amargas lágrimas.

- Enseguida, sé que te dije que me iría por la noche, pero...

- No te preocupes, lo entiendo. El trabajo es el trabajo. Me voy ha hacer los deberes – se encaminó hasta su cuarto, dejando a su padre con la palabra en la boca.

En realidad, los deberes mandados, habían sido puestos para otro día. Así que, tenía la tarde libre, y no sabía exactamente qué hacer. Estuvo un largo rato tumbada en la cama, con la mente en blanco; aún deseaba volver a su pueblo, con todas sus amistades y vivir allí.

Era curioso que no sientes la ausencia de algo cuando ya lo has perdido. Ella perdió su casa, amigos y su vida por culpa del trabajo de su padre, aunque no se lo echara en cara, Fujitaka sabía los sentimientos de Sakura, respecto a ese tema. Estuvo tentada en llamar a Touya para cerciorarse de que todo estaba bien, pero desechó la idea. Estaría burlándose de ella por toda la eternidad.

El timbre sonó, provocando un respingo a Sakura. Se levantó con sigilo, se ocultó tras la pared del comedor, hasta que sintió una voz tan sensual como escalofriante.

- Buenas tardes, ¿Usted es mi nuevo vecino, verdad? – abrió los ojos desmesuradamente, negando con la cabeza. Aquello no podía suceder, aquel chico, de quien era vecina, tenía mala fama en su colegio, no sabía ni cómo ni por qué, pero las miradas, regaladas de sus compañeros, que le mandaban, le dejaban el mensaje muy claro.

No podía estar totalmente segura de lo que se cocía en aquel instituto, respecto a ese alumno, cuyo nombre desconocía. Pero, sabía que, fuese lo que fuera, no podía ser nada bueno.

- Sí, yo soy el dueño del piso, pero mi hija es quien vivirá – casi pudo imaginar a su padre sonriendo.

¡Estás hablando con el enemigo! ¡Ciérrale la puerta y no me dejes volver al instituto! ¡Te lo ruego!, tenía los ojos cerrados y se mordía el labio, con la intención de acallar el grito que se afloraba en su garganta.

- ¿Tiene una hija? – Sakura pasó su mano sobre los ojos, aquello iba mal, debía intervenir o, sino, no quería pensar en lo que pasaría.

- Si, se llama Sakura, y deberá tener tu misma edad, o tú eres más grande, no lo sé – la castaña estaba a punto de tirarse de los pelos.

¿Por qué sentía que esa visita no era solo mera cortesía? ¿Estaría evaluando el campo de su enemiga? ¿Querría entrar cuando ella se estuviera duchando y amenazarla?

- Bueno, será mejor que me vaya, vivo en el piso de al lado, por si necesita algo, usted o su hija – Sakura, asomó la cabeza para ver aquel panorama de irrealidad.

Se restregó los ojos con la punta de sus dedos, incrédula. Aquel sujeto arrogante, se había portado bien y echo una reverencia a su padre, y él se la había devuelto, antes de cerrar la puerta.

- Papá, ¿Qué hacías hablando con ese... ese individuo? – preguntó, tragándose las palabras amargas que querían salir sin consentimiento.

- Es un chico bastante majo, deberías ser su amiga, quizá podrías integrarte más conociendo a alguien, ¿No?

- Papá, hace muchos y muchos años que no pisas una escuela siendo alumno, las cosas han cambiado...

- Exageras – concluyó antes de darle la espalda, y seguir cocinando.

- Ojala exagerara – murmuró por lo bajo, mirando de forma amenazante la puerta de entrada.

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- ¿Qué? ¿Te han echado a patadas?

Eriol le acosó a preguntas, en el momento en que cerraba la puerta de su casa, y se dirigía al comedor. Suspiró de forma dramática, quitándose la pequeña chaqueta que se puso para causar 'buena' impresión.

- Su padre es un hombre bastante simpático – dijo, dejando el comentario en el aire.

- Entonces, ¿Te olvidas de la chica? – el joven de gafas tenía una bolsa de patatas fritas en su regazo, y su mirada fija en el chico de ojos ámbar.

Se removió el pelo con una mano, y se quedó mirando un punto fijo de la pared, meditando. Eriol, volvió a su tarea de comer patatas, a la vez, que esperaba una respuesta.

- Eriol, te lo digo de verdad – le miró con una mirada semejante a la pena –, esa chica a firmado su sentencia de muerte, y a parte, hay un punto jugando a mi favor, su padre la mayoría del tiempo no estará en casa, así que, su pobre hija estará sola y sin protección. Me gustaría no tener que hacerle nada, pero... las cosas están como están.

Shaoran, le quitó la bolsa de patatas y comenzó a engullir lo que quedaba de comida, dentro de esa bolsa.

- Y, te agradecería, que no te comieses mi comida, que no eres tu el que vas a la compra – le reprochó a su amigo, quien hizo caso omiso a su comentario.

- En fin, echo ya el trabajo, me voy, que he quedado – se puso en pie, dirigiéndose hacia la puerta.

- ¿Otra vez has quedado con Ayumi?

- ¿Quién? – su entrecejo se frunció, para luego suavizarse –. No, no, es otra, una de cursos superiores. No lo sé, Shaoran. ¡Nos vemos mañana!

Cerró la puerta con un estrepitoso ruido, y Shaoran se estiró sobre el sofá, y encendió la televisión. Él a diferencia de Eriol, no tenía plan. Así que, se quedaría en su piso, descansaría lo suficiente, y, al día siguiente, ya se encargaría de cierta castaña.

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Corría por las desconocidas calles de Tomoeda, las lágrimas provocaban que su vista se nublara, y jadeaba cada vez más alto. El aire comenzaba a faltarle, y las piernas a fallarle. Sabía que dentro de poco caería, la atraparía, y, aún así, no quería creerlo.

Tropezó con una piedra minúscula del suelo, y cayó al suelo de bruces. Cogió todo el aire que se le había negado minutos antes, y, tras escuchar un grito de guerra a su espalda, giró la cabeza. Allí, encima de un tanque militar, se encontraba con medio cuerpo fuera su vecino, cuyo nombre desconocía, la observaba con arrogancia y superioridad, su mirada era heladora, y parecía haber surtido efecto en Sakura, quien aún estaba en el suelo, con todo el cuerpo paralizado, y los ojos desorbitados.

La iba a matar. La había atrapado, como un gato acorrala a su presa, dejándola indefensa y sola, a punto de devorarla.

Cuando de repente, se abalanzó contra ella, haciendo gestos semejantes a un gato, y Sakura chilló como un ratón viendo pasar toda su vida.

Abrió los ojos, encolerizada. Tenía la frente perlada de sudor, el pelo se adhería a su cuello y rostro, respiraba con dificultad, y el corazón le martilleaba dentro de su pecho. Tanteó el colchón con sus inseguras manos, confirmando que aún se hallaba en su casa, y, sobretodo, viva.

- Ha sido solo un sueño – murmuró, creyéndoselo –, una terrible pesadilla.

Dejó soltar un bufido. Ese día iba a ser muy largo.

Después de arreglarse y desayunar, se aseguró mirando por la mirilla que, allí, no había nadie. Asomó primero la cabeza, y luego, más confiada, salió y cerró la puerta tras de si.

En el momento, en que se alejó de su edificio, sonrió. No se había encontrado con aquel chico, y, con un poco se suerte, llegaría al colegio sin ningún percance, de camino a él. Tarareaba una canción por lo bajo, quizá no debería ir tan contenta, pero, no podía evitarlo.

Cuando quedaba solo una calle para llegar a su destino, escuchó pasos seguirle, el corazón se le estrujó dentro del pecho, y las manos comenzaron a sudarle. Con disimulo giró la cabeza, de soslayo pudo ver que era él, su vecino, el chico con el que había chocado. ¿Cómo no se había dado cuenta que le había estado siguiendo? Apretó el paso, yendo con más rapidez. No miró a atrás, pero sabía que le estaba siguiendo.

Tú no te gires, no mires atrás, si él piensa que no le has visto, pues no tienes por qué aturarte.

Nunca se alegró tanto de ver el instituto, alto e imperioso, casi echó a correr para perderse por el tumulto de todas esas personas. No obstante, cuando quiso darse cuenta, ya nadie la seguía, ¿Se lo habría imaginado? Por supuesto que no. Sus ojos no le hicieron pasar una mala jugada, o eso quiso pensar.

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Se dejó caer en su asiento, ante la mirada atenta de su compañera de al lado, le devolvió la mirada. Y, justo cuando parecía que ella iba a abrir la boca para hablar con el bicho raro del instituto, la silla de atrás se arrastró formando un gran estruendo. Las habladurías de la clase, cesaron en un instante como, si en vez de haber entrado un alumno hubiese entrado el profesor. Giró todo el cuerpo para ver quien era el que había formado todo ese estrépito. Se quedó de piedra al verlo allí, de pie, con su heladora mirada en ella, y sus ansias de venganza se extendían por todo el rostro. Pudo ver de refilón, pues se quedó encarcelada en la mirada de su vecino, que no llevaba el uniforme reglamentario.

Agradeció en silencio que, en ese momento, llegara el profesor, y comenzara a pasar lista. Apenas pudo prestar atención, puesto que el sujeto –que respondía al nombre de Shaoran–, tenía la mirada fija en la nuca de Sakura, y ella la sentía como si le taladraran.

Pensó que, quizás, a medida que el día avanzara, dejaría de ser el blanco de miradas de compasión y pena, sin embargo, todo empeoró cuando llegó la hora del almuerzo.

Shaoran la esperó fuera de clase, donde no había casi ningún alumno, y comenzó a sudar frío.

- ¿Eres Kinomoto Sakura, no? – preguntó, como si no lo supiera de sobra el nombre de la muchacha, pues se le quedó grabado con fuego en la mente.

La susodicha asintió lentamente. Apretaba con fuerza su almuerzo contra su cuerpo, temiendo que se le cayera otra vez en la ropa de Shaoran.

- Tengo que decirte una cosa de suma importancia – su rostro estaba serio, y carecía de emoción –, ayer, cuando chocamos, me tiraste toda tu comida, y me contestaste de esa forma tan... impensable, me enfurecí, no lo niego, pero voy a enmendar este error – Sakura levantó una ceja, confundida –. Quiero que me perdones, no me comporté como un caballero. Lo siento.

La castaña tenía los labios ligeramente abiertos, y su rostro era la viva imagen de la confusión. ¿Qué pasaba en ese colegio? ¿Su intuición le había llevado por mal camino? ¿Todas esas miradas, en vez de compasión, eran de burla?

- N-No pasa nada – susurró, encogida.

- No sabes cuanto me alegra escuchar esto – comenzó a caminar, dejando a una pasmada Sakura, en mitad del pasillo –, ya nos veremos – exclamó, antes de desaparecer por el pasillo.

Eso era lo único que le faltaba, para saber que la gente de Tomoeda, estaba loca.

Comenzó a caminar, sin embargo, antes de dar un paso más, alguien le cogió del brazo y la metió en su clase. Abrió la boca para chillar, pero una mano femenina y cálida, le tapó la boca.

- No chilles – susurró –. Soy Daidouji Tomoyo – dejó caer su pálida mano, para observar el rostro confuso de Sakura.

- ¿Q-Qué quieres? – preguntó en un murmuro asustado.

- Tranquila, no te voy ha hacer nada – se apoyó contra su pupitre, y la observó por largo rato –. ¿Te ha pedido perdón verdad? Shaoran, quiero decir.

- ¿Eh? S-Sí.

Tomoyo negó con la cabeza, y le tendió un papel pequeño, con un número de teléfono apuntado.

- Si pasa algo, llámame – Sakura miró confusa el papel. Necesitaba salir de esa ciudad, ¡Todo el mundo estaba loco!

¿Si pasa algo? ¿Qué tenía que pasar? Aquel chico se había disculpado, y ella se lamentaba por haberlo juzgado mal, puesto que parecía un chico bastante simpático. Frunció el ceño, cabía la posibilidad, de que aquella muchacha quisiera gastarle una broma. Su cerebro se debatió entre qué hacer y no.

La opción más correcta, era salir corriendo, pero, estaba demasiado confusa, asustada y sorprendida para que su cuerpo reaccionara. Lo único que atinó ha hacer fue, negar con la cabeza y devolverle el papelito. No quería ser el blanco predilecto de las burlas, de todo el colegio.

- Sé que es extraño, pero guárdalo – y, dicho esto, la amatista se fue del aula, dejándola clavada en el suelo. Resopló antes de guardárselo en el bolsillo pequeño de su mochila. Luego, ya se encargaría de tirarlo.

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El día pasó sin inconvenientes, dejó de sentir esa mirada de furia, clavada en su nuca. Los alumnos parecían más simpáticos, incluso le había saludado. Posiblemente, se dijo, lo sucedido el primer día, había sido producto de su imaginación, debido a los nervios. Solo eso. Se lo fue repitiendo, hasta que se lo creyó.

Todo resultaba casi perfecto, hasta que llegó a su casa. Puesto que no le apetecía subir las escaleras, esperó al ascensor. Cuando subió en él, iba por el segundo piso; escuchó un extraño ruido, luego un breve balanceo que la hizo caer al suelo, y, después, se paró, quedando suspendida en el aire, con las luces apagadas.

No, no, no, no, por favor, no odiaba los sitios pequeños y estrechos, pero sí quedarse en ellos mucho rato. Comenzó a jadear, y, desperada, tocó la campana de alerta, varias veces. Entre la oscuridad, vio un papel enganchado en el espejo del ascensor. Lo cogió, y lo alumbró haciendo luz con su móvil.

"Pensé que la mente femenina tenía inteligencia, y que la masculina carecía de ella. Pero, veo que no. Nunca te fíes de alguien que hace las paces y, luego, todo el colegio te comienza a tratar bien. En fin, espero que no seas claustrofóbica, sino, lo pasarás muy mal.

Con cariño, Shaoran"

Arrugó el papel entre sus manos, con un millón de preguntas rondándole por la mente. ¿Cómo sabía que estaba ella en el ascensor? ¿Y si, en vez de ella, hubiese subido otra persona? ¿Como había conseguido aturar el ascensor?

Desperada, apretó, seguidamente, el botón de la campanita. Las lágrimas se apretujaron en sus ojos, y la rabia, el desespero y la impotencia, se hicieron uno.

- ¡Socorro! – gritó –, ¡El ascensor se ha parado! – chilló, al borde del colapso.

¿El techo estaba más bajo o, era ella, que estaba enloqueciendo?

Se acordó del número de teléfono de la chica amatista, Daidouji Tomoyo, y la llamó, agradeciendo haber portado con ella su móvil. Se fijó que no era un número de casa, sino, el propio móvil de la chica, eso la sorprendió de sobremanera.

- ¿Quién? – preguntó una dulce voz, al otro lado de la línea.

- ¿Daidouji? Soy Kinomoto Sakura – habló apresuradamente, no sabía cuanto tiempo duraría la poca cobertura que le quedaba, así que tenía que pedir ayuda –, ¡Li Shaoran me ha dejado encerrada en el ascensor! Necesito tu ayuda.

- ¿Dónde vives? – Sakura, como nueva ciudadana de Tomoeda, no conocía su calle, así que depositó todas sus esperanzas a la suerte.

- Donde vive Li, ¿Sabes dónde es?

- ¿En el mismo edificio?

- Sí – dijo, con voz sombría.

- Voy para allá, no te preocupes.

La llamada se cortó; se había quedado sin cobertura. Se sentó en el suelo, procurando no ensuciarse, y esperó. Jugó con el móvil, hizo los deberes de la escuela –con la poca luz que el móvil le proporcionaba–, pensó en sus amigos, en su padre, en Touya, en lo qué haría a partir de ahora, en Li Shaoran, en Daidouji, en fin, cuando el ascensor volvió a moverse y la chica amatista la esperaba fuera, se dio cuenta de cuán aburrida había estado allí a dentro.

Abrazó a Tomoyo, pues necesitaba un bastón de apoyo, una amiga en aquella tétrica ciudad. La joven amatista la consoló, dándole breves palmadas, y la acompañó hasta la puerta de su casa.

En cuanto estuvo segura dentro de su vivienda, un pensamiento le cruzó la mente, de forma fugaz. Y, en su interior, se asustó.

Esto es la guerra Li Shaoran.


¡Hasta aquí! Bueno, como siempre, espero que les haya gusatdo, y me dejen sus opiniones :)

¡Nos leemos pronto!

Cuidenseee..!!

Marinilla14