2

Penny sale de viaje con el tío de ultratumba.

¿Qué si estaba molesta? Molesta no alcanzaba a describir todo lo que sentía en ese momento. No podía creer lo idiota que podía llegar a ser mi hermano Alex cuando se trataba de chicas.

Siempre las chicas, eran su debilidad.

Podía escoger cualquier punto de su patética vida para explicar el porque las chicas siempre lo metían en problemas, pero eso sería desperdicio de mi tiempo, y digamos que yo no soy una persona muy paciente.

Sea como fuere, lo dejé con esas estúpidas chicas Williams y me fui sin tomar algún rumbo en particular. Al menos si se metían en problemas, no podrían culparme a mí por ser la mente maestra de la travesura o algo por el estilo.

Caminé por las calles nevadas de Londres, tratando con mucho esfuerzo el no llamar la atención de las personas mayores, ya que si alguien conseguía averiguar que me había fugado de la escuela, lo más probable es que me llevarían a una estación de policías y tendrían que llevarme en patrulla hasta mi casa o la escuela. Ninguna de las dos opciones me agradaba y no podía ser atrapada dos veces seguidas en la misma semana por la misma situación.

Anduve por calles aparentemente tranquilas, donde de vez en cuando salía una mujer a recoger el correo o un chico pasaba en bicicleta tirando el periódico a la puerta de las casas. Todo parecía estar tan tranquilo que me dieron ganas de tomar algunos botes de basura y empezar a golpearlos con un bate de beisbol. No me malentiendas, no soy una delincuente juvenil anarquista con deseos de caos. Lo que pasa es que sufro de THDA, así que las cosas tranquilas y pacificas de verdad me estresan. No puedo estar un segundo sin estar haciendo ruido, moviendo mis manos, o provocando un desastre, esto último casi siempre es por accidente.

Varios de mis profesores en la escuela habían intentado llevarme a psicólogos y grupos de ayuda, pero mis padres insistían en que no necesitaba nada de eso, pues ellos también sufrían del mismo trastorno y decían jamás haber necesitado un psicólogo ni nada para poder calmar su ansiedad.

Ah, mis padres.

Si buscas la formula del desastre, entonces junta a cuatro disléxicos hiperactivos en una misma casa y observa el resultado. Te sorprendería la rapidez con la que estos empiezan a desarrollar un instinto asesino, como si se trataran de dos peces betas en una misma pecera.

No quería pensar en ellos, tenia peores cosas de que preocuparme. La pelea de la mañana me había estresado lo suficiente como para arruinar el resto de mi dia, así que decidí ir a algún lugar que me ayudara relajarme, la piscina de algún vecino de la comunidad podría funcionar, pero primero tendría que ir a casa para ponerme un traje de baño, así que tomé rumbo hacia mi hogar.

Sé lo que piensas, ¿Cómo podía pensar en nadar en una piscina cuando el invierno estaba por llegar y en el exterior estaba nevando? Lo que pasa es que estando en el agua me siento en completa paz, como si el agua hiciera un efecto positivo en mi cuerpo y en mi mente, no puedo describir la sensación, pero es increíble.

En cuanto llegue a la calle en la que mi casa se encontraba me escabullí entre los callejones para poder entrar por la ventana de mi habitación, lo más seguro era que mis padres siguieran en casa discutiendo un rato antes de irse al trabajo, así que era mejor que no me descubrieran.

Había entrado varias veces por la ventana, así que no fue difícil entrar sin hacer ruido.

- Buenos días, princesa. – escuché la voz de un chico detrás de mí.

Me asusté por un momento, pero al voltear la mirada, me encontré con que sólo estaban mis dos peces dorados, Lewis y Lola, nadando felizmente en su pequeña pecera, como si nada les preocupara.

- Hola Lewis, hola Lola. – saludé en un susurro.

- ¿No deberías estar en la escuela, princesa? – me preguntó Lola.

De acuerdo, tal vez también tenga que explicar esto antes de continuar. Lo confieso, puedo hablar y entender perfectamente a los animales marinos. No sabía si de pequeña había caído en algún tipo de pozo radioactivo, o si mi madre había tomado alguna medicina experimental durante el embarazo. O drogas. Lo único que sabía es que tenía esta habilidad para hablar con mis peces, y los peces del acuario que está a unas cuantas calles de mi casa, desde que tenia uso de razón. Al principio les contaba a mis padres sobre la situación, y ellos no hacían mas que ignorarme, diciendo que esas voces eran sólo un producto de mi imaginación, pero conforme fui creciendo y las voces no desaparecían, decidí mejor quedarme con el secreto. Después descubrí que, bueno, podía respirar perfectamente bajo el agua.

Lo sé, lo sé, suena a locura, pero explicarlo era imposible. Yo no era ningún tipo de super heroína, y estaba segura de que cualquier cosa que quisiera hacer no funcionaría de nada si no estaba cerca del mar. Lola y Lewis insistían que mi lugar era cerca de las playas, y me hablaban maravillas de lo que era la vida marina, a pesar de que ellos eran peces que jamás habían salido de una pecera. Siempre se referían a mí como "princesa", pero cuando les preguntaba el porque lo hacían, ellos cambiaban el tema o no se animaban a responder. Y bueno, yo suponía que era una clase de respeto hacia mi persona o algo por el estilo. Tal vez por esa razón mis películas favoritas eran La Sirenita y Buscando a Nemo.

No importaba realmente en ese momento, porque pude escuchar a mis padres hablar a través de las nada finas paredes de mi habitación.

- ¿Han estado discutiendo? – pregunté a los dos peces mientras acercaba mi oído hacia la pared.

- Oh sí. – respondió Lewis con énfasis. – ahora están más calmados, pero debería haberlos escuchado cuando se fueron, princesa.

- Basta Lewis, no le digas eso a la princesa. – le reprendió Lola.

- Pero si ella preguntó. – replicó Lewis.

Sabía que si seguía escuchando a ese par de peces no iba a poder escuchar la conversación de mis padres, así que salí sigilosamente de la habitación y me puse frente a su dormitorio, que estaba cerrado, tratando de escuchar con la oreja pegada a la puerta.

- …pasado demasiado tiempo, ya no puedo hacerlo, Percy. – alcancé escuchar a mi madre antes de que soltara un sollozo.

- Lo sé, lo sé. – respondió papá, y me imaginé que se sentaba a lado de mamá y la abrazaba para reconfortarla. – pero tenemos que hacerlo Annabeth, sabes que tenemos que hacer esto.

¿Hacer qué?

Mamá suspiró.

- ¿Qué te dijo Nico exactamente? – preguntó un poco más compuesta.

Sentí un escalofrio en mi espalda al escuchar ese nombre.

De mi árbol genealógico sabía muy poco, solo conocía la parte paterna de mi madre, y la parte materna de mi padre. Las partes que faltaban eran un misterio, al parecer los padres de mis padres habían decidido divorciarse y cada uno había tomado por su lado, quedándose la abuela Sally con papá, y el abuelo Frederick con mi madre. Hasta ahí sabía del pasado de mi familia.

Pero el misterio de la parte paterna de mi papá tenia una pequeña grieta llamada Nico di Angelo. Él era primo de papá, hijo del hermano mayor de su padre, por lo tanto era algo así como mi tío. Él era cuatro años menor que mis padres, vivía en Nueva York junto con su esposo Will (a quien nunca habíamos visto, así que yo dudaba de su existencia), pero tenía un empleo de "no se qué" que le pedía viajes constantes a Londres, así que era una visita recurrente en nuestro hogar. Un sujeto muy cool a decir verdad, nos llevaba obsequios muy excéntricos a Alex y a mí desde que teníamos memoria, como peluches en forma de esqueletos y ese tipo de cosas espeluznantes.

No me malentiendan, el tipo era bastante bueno con nosotros, pero había algo en él que me ponia nerviosa. Tal vez era su palidez extrema, o la forma en que siempre vestía de negro. O como en sus ojos oscuros se podía ver directamente el infierno, como si dentro de su mente se encontrara un loco bastante lúgubre buscando la ocasión perfecta para escapar, y al mismo tiempo se tratará de la mirada de un anciano que sabe que su hora esta a punto de llegar y se encuentra en total paz respecto a eso. El tío Nico me agradaba, pero también me daba escalofríos.

Papá no hablaba sobre como había conocido al tio Nico, pero Nico sí había comentado algo antes. Él había conocido a mis padres cuando ellos tenian catorce y el diez años, (lo que prueba que mis padres alguna vez fueron amigos y quizás se quisieron en algún punto de sus vidas) y que una noche, mientras hablaba con ellos, descubrieron que su padre y mi abuelo paterno eran hermanos.

Bueno, él no había dicho hablar, más bien había dicho "discutir acaloradamente", pero supongo que son detalles sin importancia.

Alejé mis pensamientos sobre Nico de mi mente y me concentré en escuchar a papá.

Un suspiro.

- Dice que necesitan de nuestra ayuda. – fue todo lo que respondió papá.

Pude sentir como mamá se tensaba a través de la puerta.

- Sabes que no podemos volver a Nueva York. – respondió mamá desesperada. – nuestra vida esta aquí.

- Sí, y mira la vida que llevamos. – replicó papá. – Annabeth, nosotros no somos felices aquí.

- Lo sé, pero sabíamos que ese era el sacrificio que íbamos a pagar. – gritó mamá entre lágrimas. – nos prometimos que Alex y Penny no pasarían por lo que nosotros pasamos ¿lo recuerdas?

¿Sacrificio? ¿De qué demonios estaban hablando?

Yo no sabía porque habrían pasado mis padres, pero por la forma en que mamá lo había dicho, al parecer era algo bastante serio.

- Prometimos protegerlos. – susurró papá. – y eso es precisamente lo que vamos a hacer, por eso tenemos que ir con Nico.

- ¿Y qué hay de Alex y Penny? – preguntó mamá más calmada.

- Ellos pueden quedarse en el campamento hasta que arreglemos el asunto. – propusó papá.

¿Alex y yo en un campamento en Nueva York? ¿Acaso la conversación podía volverse más extraña?

- ¿El campamento? – preguntó mamá con un aire soñador. – oh Percy, parece que fue ayer cuando te dieron tu primera cuenta.

- Teniamos doce años, Annabeth. – respondió papá. – aún recuerdo el olor del campo de fresas.

- Y como el clima siempre era perfecto. – continuó mamá, pude imaginar una sonrisa en su rostro.

- Y la playa, era lo mejor. – papá sonaba bastante emocionado. – ¿recuerdas mi cumpleaños dieciséis?

- Nuestro primer beso submarino. – respondió mamá con aire de ilusión. – y cuando les presentamos a Alex al resto del campamento, todos estaban sorprendidos en como se parecía a ti.

- ¡Si! Jason, Leo y Piper no dejaron de molestarme durante una semana diciendo que él no era mi hijo, era mi clon. – papá soltó una carcajada que parecía bastante relajada. – realmente se sentía como estar en casa cuando estábamos con ellos.

- Volver a casa. – mamá parecía meditar la situación, ¿pero que había que pensar? el lugar sonaba bastante genial. Ademas ¡estaba cerca de una playa! Si querían mi opinión, yo decía ¡Sí! ¡Hagámoslo! – pero ¿es posible Percy? ¿realmente podremos tener una vida de paz?

Hubo silencio durante unos segundos, luego papá se decidió a hablar.

- Creo que nosotros nunca tendremos una vida así, listilla. – me sorprendió que papá le dijera de esa manera a mamá, espere un grito o una reprimenda de parte de ella, pero nada pasó. – pero sé que Alex y Penny merecen saberlo.

- Detesto decirlo, pero tienes razón. – suspiró mamá. – la pregunta es ¿Cómo y cuándo decirles?

Comenzaba a cansarme del misterio. ¿Decirnos qué?

- Hagámoslo hoy, durante la cena. – propusó papá. – Nico vendrá, así que será mas fácil explicarlo.

- Nunca es fácil explicarlo, sólo espero que entiendan nuestros motivos. – suspiró mamá.

- Lo harán, son buenos chicos. – prometió papá, pero yo no estaba segura de entender nada. – tú mantente tranquila, listilla, volvemos a casa.

Y de repente, escuche algo que no había escuchado en años. La risa de mamá, seguido de un beso que, a como se había oído, había sido en los labios. No pude evitar sonreir ante la imagen en mi imaginación.

- Volvemos a casa, sesos de alga. – dijo mamá con un aire de broma en la voz. – hay tantos planes que dejamos atrás cuando nos marchamos, nuestra casa de los sueños nos espera, podremos retomar todo.

- O podemos empezar desde cero. – propusó papá. – una nueva casa, un nuevo sueño, ahora con Alex y Penny incluidos en él.

- Oh Percy, tenemos que hablar con todos, entonces. – respondió mamá. – tengo que hablar con mi madre, y tú con tu padre, estoy segura de que querrán ver a los chicos.

- No lo sé, Annabeth, no creo que papá quiera verme después de todo este tiempo. – susurró papá con tristeza.

Un minuto. ¿Mamá y papá conocían a sus respectivos padres? ¿Por qué nunca hablaban de ellos entonces? Siempre que me imaginaba a esas personas desaparecidas, creía que eran unos completos idiotas por jamás habernos buscado, o haber hecho el intento de saber algo de nosotros. Pero al parecer, mis padres eran los verdaderos idiotas, ellos se habían alejado. De no ser así ¿Por qué nunca visitábamos Nueva York o San Francisco? Ahí vivian la abuela Sally y el abuelo Frederick, y nunca sabíamos nada de ellos a menos que ellos fueran los que vinieran a vernos. Y si Alex o yo hacíamos la alusión de querer visitar a los abuelos en vacaciones o algo parecido, mamá y papá siempre hacían un escándalo en el que nunca llegábamos a un acuerdo.

Si aquel campamento era tan espectacular como ellos decian, ¿entonces por que parecían huir del lugar? ¿A qué le temían tanto?

Noté por debajo de la puerta como las sombras de mis padres comenzaban a moverse hacia mi dirección, así que sigilosamente me escabullí hasta mi habitación, tratando de no hacer ruido, dejando la puerta entre abierta para poder observar a mis padres salir de su propia habitación con las manos entrelazadas.

Mamá tenia un leve sonrojo en las mejillas, papá tenia una sonrisa enorme en el rostro, y a ambos les brillaban los ojos de una manera que nunca había visto antes, así que por un momento, casi pude imaginar una vida feliz y estable en Nueva York con mi familia, haciendo amigos que me aceptaran y quisieran.

Casi.

- Hablaremos de esto más tarde, por ahora tenemos que ir a cumplir con nuestras obligaciones. – sugirió mamá mientras acariciaba dulcemente el rostro de papá.

Papá tomó a mamá de la cintura y la besó de una manera que hizo que hasta yo me sonrojara levemente. Cuando se separaron, les faltaba el aire.

- Necesitaba eso. – respondió papá con una sonrisa que parecía que buscaba problemas, algo así como la mia. – ¿y si mejor nos quedamos aquí un rato más y celebramos a nuestra manera?

- ¡Percy! – reclamó mamá escandalizada y con un rubor en las mejillas bastante intenso.

Papá comenzo a reir, y tomados de la mano salieron de la casa. Esperé unos segundos sentada en el suelo, sin hacer ningún movimiento, temiendo que ellos regresaran y me encontraran, pero el tiempo pasaba y no sucedia nada, así que decidí salir de mi escondite.

Todo me daba vueltas en la cabeza y sentía que estaba a punto de explotar. Por un lado, me emocionaba la idea de irnos a vivir a Nueva York y empezar de cero todo. ¡Y la playa! Era la mejor parte del acuerdo. Pero por otra parte, no podía dejar de pensar en que mis padres eran unos cerdos egoístas que nos habían alejado de la familia por quien sabe cual razón. ¿Qué era lo que escondían? ¿Por qué le temian tanto a su pasado?

Yo no soy una chica que fisgoneé en su casa o que ande metiendo la nariz donde no debe, pero la intriga me carcomía desde adentro, así que no pude evitar entrar a la habitación de mis padres.

Esta no tenía grandes lujos ni nada por el estilo. Entrabas y podías ver un tocador donde estaban el maquillaje de mamá, sus perfumes, las lociones de papá, cepillos, etcétera; también estaba el armario donde guardaban su ropa y los regalos de navidad que no querían que encontraramos cuando éramos niños Alex y yo (a pesar de que siempre terminábamos por hacerlo); y al fondo estaba la cama matrimonial, con dos pequeñas mesas de cada lado de la cama en la que había lámparas y fotografías de la familia.

Me puse a buscar en el armario, saqué las blusas de mamá y los pantalones de papá, completamente segura de hacer un desastre y no dejar un solo lugar sin inspeccionar, buscando algo que tuviera que ver con Nueva York o con el pasado de mis padres, pero no encontré nada.

No iba a rendirme, así que seguí buscando en los cajones, sin obtener un resultado, parecía como si ellos hubieran destruido todo. ¿Por qué no conservar fotografías o algo? ¿De verdad su vida había sido tan mala?

Me senté exhausta en la cama, pero en lugar de sentir el comodo y suave colchón debajo de mí, sentí como si me hubiera sentado en algo duro, como un libro. Me levanté para ver qué era en lo que me había sentado, estaba cubierto por las sabanas, así que lo saque.

Era una laptop plateada con un triangulo azul en la tapa, que parecía ser de ultima generación. ¡Era preciosa!

Me sentí molesta porque les había rogado a mis padres que me compraran una computadora para que Alex y yo pudiéramos hacer nuestros trabajos para la escuela, pero ellos se habían negado, diciendo que no la necesitábamos, y que para eso estaban las bibliotecas públicas, para trabajar el intelecto, según mamá.

Abrí la computadora, completamente segura de que iba a encontrarme con que estaba bloqueada con una contraseña, pero para mi sorpresa esta no me pidió ninguna clave ni nada por el estilo.

Me sentí mal por estar espiando la laptop de mis padres, pero quería creer que tenía razones justificadas. Ellos nos habían estado ocultando cosas durante, ¿Qué te gusta? ¿Todas nuestras vidas? Merecíamos saber la verdad, sin importar que tan dolorosa o desagradable fuera. Es decir, no es que fueran agentes secretos o algo por el estilo, o que unos asesinos seriales no estuvieran persiguiendo y ellos estuvieran en una especie de programa para la protección de testigos. ¿Cierto?

Ellos no eran el matrimonio más interesante del mundo, eran más que normales, más que ordinarios, era como si quisieran pasar desapercibidos en el mundo. Pero toda familia tenia secretos (o eso es lo que había oído en algún programa de televisión) y yo iba a averiguar cuales eran los nuestros.

Al encenderse la pantalla de la computadora, noté que había una especie de nota post-it en una esquina del fondo de pantalla con una pequeña dedicatoria:

"Annabeth:

Toma mis ideas y mejóralas, actúa sabiamente, pero siempre recuerda que el genio no disculpa la maldad.

Haz sentir a nuestra madre orgullosa.

Con cariño, D."

¿Qué? ¿Así que teníamos otro tío misterioso? ¿Mi madre tenía un hermano? ¿Qué era lo que seguía? ¿Mi padre teniendo una segunda familia? ¿Y que demonios significaba "D" y todas esas estupideces sobre la sabiduría? Esto ya era bastante confuso como para que ahora tuviera que enterarme que la familia era más grande de lo que Alex y yo creíamos. Era increíble cuanto podían ocultar dos treintañeros frustrados.

Revisé la computadora buscando cualquier cosa que pudiera decirme algo del tal "D", pero no había nada mas que archivos de proyectos de arquitectura que podían llegar a ser simples edificios, hasta algunos que superaban la locura. Había planos de una especie de laberinto subterráneo, e instrucciones de cómo construir ¿autómatas? ¿Qué diantres significaba eso?

Toda la información en esa computadora era solamente proyectos y más proyectos, pero lo curioso era que ni siquiera estaban escritos en inglés o en español, parecían más bien una especie de idioma antiguo, como runas o algo por el estilo. Lo curioso de la situación es que podía entender a la perfección todo lo que decía, sin necesidad del Google Translate.

- Es griego antiguo. – escuché a alguien hablar detrás de mí y casi grité del susto.

Nico di Angelo me observaba con sus profundos ojos oscuros, como si estuviera a punto de darme un regaño o fuera a insistirme que siguiera leyendo lo que fuera que encontrara en la laptop. Venía vestido con un enorme abrigo negro que le llegaba a las pantorrillas, un pantalón del mismo color, su cabello oscuro estaba ligeramente desarreglado y tenía una barba que parecía de una semana. Estaba parado en el alfeizar de la puerta de mis padres, como si hubiera estado ahí desde siempre, con los brazos cruzados y una sonrisa a medias, sin apartar la mirada de mí. Pude notar el anillo dorado de matrimonio en su dedo anular.

- Tío Nico, no… no te oí llegar. – apenas balbuceé, sintiéndome nerviosa por haber sido descubierta.

- ¿No deberías estar en la escuela? – preguntó sin quitar esa sonrisa socarrona del rostro.

- Yo… eh… - iba a tratar de inventarme una excusa, pero decidí mejor cambiarle la jugada. – ¿Por qué estas en mi casa? Mis padres ni siquiera están aquí.

Nico no parecía sorprendido, sino que más bien, esperaba que yo atacara de esa manera.

- Tengo llave de la casa, tu padre me la ha dado. – respondió encogiéndose de hombros. – he venido a visitarlos y decidí darles una sorpresa.

- Bueno, sí que me la has dado a mí, casi me matas de un infarto. – me quejé llevándome una mano al pecho.

Nico comenzó a reír, como si la mención de la muerte le hiciera una especie de gracia. Escalofriante ¿no te parece?

- ¿Sabes que esta mal espiar en el cuarto de tus padres? – me preguntó.

Genial, iba a darme un sermón.

- Lo sé, tío Nico. – respondí con la cabeza baja.

Nico suspiró y se acercó a mí, haciendo que ambos nos sentáramos en la cama y yo dejara la laptop de lado.

- Sabes Penny, mi padre también me ocultó muchas cosas cuando tenía tu edad. – me confesó con un tono suave de voz.

- ¿De verdad? – pregunté sorprendida.

Al parecer, era de familia ocultar secretos.

- Sí, verás, la historia de nuestra familia no es sencilla, y a veces es mejor dejar las cosas como están y creernos las cosas que nos dicen. – me explicó Nico, pero eso hizo que me molestara más.

- ¡Pero eso es conformarse! – me quejé. – yo no quiero conformarme, yo quiero saber la verdad, no importa cual sea. Quiero conocer a mis abuelos, y a toda esa familia que mis padres dejaron atrás.

- Ten cuidado con lo que deseas, Penny. – me advirtió Nico, como si desear aquello fuera algo peligroso.

Yo resoplé.

- ¿Qué tiene de malo nuestra familia? – le pregunté con un suspiro.

Pude notar en la perturbadora mirada de Nico que él quería decirme la verdad, él quería que yo supiera todo sobre nuestra familia, pero parecía estar discutiendo en su interior si debería o no hacerlo, o tal vez solo estaba escogiendo las palabras adecuadas para decirme la verdad de una manera que me dejara totalmente confundida.

- Tu abuelo, mi padre y la madre de tu madre son… personas importantes, por llamarlos de alguna forma. – respondió lentamente. – y a menudo, nos meten en problemas a nosotros con sus asuntos, es por eso por lo que tus padres decidieron alejarse, ellos no querían que los problemas de tus abuelos llegaran hasta ustedes.

- Pero tú no te has alejado de tu padre, ¿o sí? – pregunté un poco mas calmada.

- No, pero no somos exactamente cercanos. – contestó tranquilo. – la última vez que lo vi fue en la boda de mi hermana Hazel y eso fue hace un poco más de dos años.

- No sabía que tienes una hermana. – confesé, tratando de calmar el ambiente tenso que había provocado nuestra charla.

A Nico se le iluminó el rostro al pensar en su hermana.

- Es mi media hermana en realidad, hija de mi padre. – contestó encogiéndose de hombros. – pero la quiero mucho, ella es genial, es un año menor que yo.

- ¿Y no tienes más hermanos? – pregunté tratando de hacer conversación.

- Pues tuve una hermana mayor, pero ella murió cuando yo tenía diez años y ella doce. – su mirada se volvió triste y distante por un momento, pero después cambio a una expresión más tranquila. – pero he encontrado una familia, no solo en Hazel, sino también en tus padres, en una chica que conocí cuando tenia catorce años llamada Reyna, que se comporta como si fuera mi hermana mayor…

- ¿Y Will? – pregunté con una estúpida sonrisa en el rostro.

Nico se sonrojo notablemente.

- Y Will. – fue lo único que respondió, con una sonrisa que me daba escalofríos.

Sin embargo, no pude evitar sonrojarme también.

- Espero algún día conocerlo. – deseé aún sonriendo. – y a Hazel, y a esa tal Reyna también.

- Espero que los conozcas, a todos, no sólo a quienes te mencione. – respondió con un guiño.

Pensé en un momento en el campamento en Nueva York que mamá y papá habían mencionado mientras yo escuchaba a escondidas. Me pregunte si ellos también habían encontrado una familia en alguien de ese campamento. Y luego recordé los tres nombres que papá había comentado: Jason, Leo y Piper. ¿Ellos habrían sido "su familia" antes de que decidieran marcharse? Papá había dicho que ellos habían conocido a Alex de recién nacido, tal vez ellos eran los demás que Nico quería que conociera.

Antes de que pudiera preguntarle por aquellos tres, ambos escuchamos como la puerta de la entrada se abría rápidamente y se cerraba de un portazo, poniéndonos alerta a Nico y a mí.

- Quédate aquí. – me ordenó Nico, mientras se levantaba de la cama y se llevaba la mano a un costado, como si fuera a sacar un arma de su pantalón, lo cual me asustó bastante.

Salió de la habitación sigilosamente y por un instante no escuché absolutamente nada. No sabía que hacer, no sabía si salir a asegurarme que todo estuviera bien o quedarme justo donde Nico me había ordenado que me quedara. Observé de nuevo la laptop de mi madre y las dudas volvieron a arremolinarse en mi cabeza. ¿Quién era "D"? ¿Y cómo había sabido Nico que el lenguaje en el que estaban escritos los proyectos era griego antiguo? Y la más importante. ¿Cómo diablos había logrado entender el griego antiguo?

Me prometí a mi misma que la próxima vez que hablara con Nico, no me dejaría engañar con sus relatos e iría directo al grano, preguntándole todo lo que quisiera saber y lo obligaría a contestarme.

- Vaya, espero que el otro haya quedado peor. – escuché a Nico en la sala.

El comentario me desconcertó bastante que decidí salir de la habitación, solo para encontrarme con la sorpresa de que Alex había llegado a casa bastante mal.

Estaba recargado sobre la puerta con la frente perlada en sudor y le faltaba el aire, como si hubiera corrido un maratón de diez kilómetros, su rostro estaba lleno de cortes y su ojo izquierdo estaba morado. Su abrigo estaba rasgado y sus rodillas estaban raspadas. Además, tenía la mirada perdida, como si hubiera presenciado algo horrible.

- Alex ¿Quién te hizo eso? – pregunté bastante molesta.

Alex parecía haber salido del trance en cuanto lo había llamado y me miró, como si estuviera agradecido de que yo me encontrara en casa.

- ¡Penny! – ignoró completamente el hecho de que el tío Nico estaba frente a él y se acercó a mi corriendo, abrazándome inmediatamente, lo cual me hizo sentir bastante incómoda. – ¿estas bien? ¿no te ha pasado nada?

Me aparté de su abrazo con un poco de dificultad y traté de mirarlo a los ojos.

- Estoy bien ¿pero qué te pasó a ti? – pregunté confundida. – fueron esas chicas Williams ¿cierto? Te juro que mañana en cuanto las vea voy a…

- ¡No! – gritó bastante asustado. – no lo entiendes, no son lo que parecen, nada es lo que parece.

El comentario de Alex había llamado la atención del tío Nico, así que se acerco a nosotros, bastante preocupado de la situación de mi hermano mayor.

- ¿A qué te refieres con eso? – preguntó con seriedad.

Alex, en lugar de responderle a Nico, se fue corriendo a la cocina y tomó un cuchillo, amenazando a Nico con este.

- ¡Alex! ¿Qué estas haciendo? – pregunté bastante nerviosa.

- ¡Quiero respuestas y las quiero ahora! – le gritó a Nico sin alejar el cuchillo.

- Alex, baja eso ahora. – ordenó Nico lentamente, sin una pizca de nerviosismo en la voz.

Algo me decía que se había enfrentado a situaciones más peligrosas que un adolescente en plena crisis nerviosa con un cuchillo en mano.

- ¿Qué tienen que ver mamá y papá con los daimones? – preguntó Alex, aún alterado. – ¡respóndeme tío!

- ¿De qué diablos estas hablando? – pregunté confundida.

Pero fue en ese instante que por primera vez pude notar como Nico perdió la serenidad por un segundo, como si Alex hubiera dado en el blanco de, no solo uno, sino de todos los secretos que todos nos habían estado ocultando durante años.

- ¿Quién te hablo de eso? – preguntó Nico con nerviosismo.

- Hoy me atacaron cuatro de ellos. – respondió Alex aun con el cuchillo en mano. – tres anfilogías y una hismina. ¿Te resultan familiares los términos, tío Nico?

Fue entonces que la expresión nerviosa de Nico cambio a una expresión de terror.

- Los encontraron. – susurró, luego se volvió hacia Alex. – ¿Qué te dijeron los daimones?

Alex bajó el cuchillo poco a poco, pero yo no estaba segura de comprender nada en absoluto.

- Querían llevarme con su madre, pero me negué, así que hicieron que varios estudiantes me golpearan haciendo… no sé, de alguna manera los controlaban. – contestó mi hermano, un poco mas tranquilo.

- Alex, lo que dices es una locura. – le dije bastante molesta.

- No lo es. – me corrigió Nico. – ¿Querías respuestas Penny? Pues creo que tus respuestas están a punto de llegar.

Se acerco al teléfono de la sala y comenzó a marcar un número, dejándonos a Alex y a mí completamente confundidos.

- Alex ¿Qué son los daimones? – pregunté asustada.

Alex suspiró, aún asustado por lo que sea que hubiera pasado, y dejó el cuchillo en la mesa de la cocina.

- Sólo ruega con que nunca te tengas que encontrar con algunos de ellos. – respondió sin mirarme. – son lo más horrible que he visto en mi vida.

La respuesta de Alex me puso más nerviosa de lo que estaba que ya no sabía si quería o no saber sobre lo que mi familia ocultaba. Es decir, ver a mi hermano en ese estado tan lamentable me hacia pensar que mis padres solo querían protegernos de cosas como lo que le había sucedido a Alex. Pero por otro lado, no podía alejar de mi mente el pensamiento de que, si hubieran sido honestos desde el principio, nada de esto habría sucedido.

Nico esperó un momento, antes de que alguien contestara del otro lado de la línea, quien al parecer, era papá.

- ¿Percy? Soy yo, Nico. – habló mi tío inmediatamente. – escucha, estoy en tu casa con Penny y Alex, es urgente que Annabeth y tú vengan ahora.

Nico espero un momento, escuchando la respuesta de papá.

- No Percy, estoy es serio. – respondió Nico. – encontraron a Alex, es hora de dejar la farsa y volver a Nueva York hoy mismo.

- ¿La farsa? – preguntó Alex molesto. – ¿de qué está hablando?

Quería responderle que papá y mamá planeaban internarnos en un campamento en Nueva York mientras ellos solucionaban quien sabe que problema con el tío Nico, también quería hablarle de la laptop que había encontrado en la habitación de mis padres y del supuesto tío "D" que teníamos, pero honestamente, todo lo que había sucedido me dejaba tan confundida que ya no sabia nada de nada.

- Muy bien, los esperamos aquí. – dijo Nico antes de colgar el teléfono, luego nos miro a nosotros. – chicos, empaquen ropa para unos días, nos vamos a Nueva York.

- No, yo no me voy hasta que me respondas. – se negó Alex con enfado.

- Escucha niño, esas cosas vienen por ti, y al menos que quieras convertirte en su rehén, vas a tener que hacer todo lo que yo te diga. – le respondió Nico, perdiendo la paciencia. – tus padres te explicarán cuando lleguen, mientras tanto empaquen.

- ¿Pero no nos puedes decir algo? – preguntó nervioso. – es decir, no sabemos lo que está pasando ¿y ahora quieren que vayamos a Nueva York solo porque sí? Todo es muy confuso, tío Nico.

Nico nos observo con lástima, como si de verdad lamentara todo lo que estaba sucediendo, y había una especie de terror en su mirada. Quería decirle que dejara de ser un cobarde y nos explicara todo de una buena vez, pero ni siquiera podía hablar. Siendo honesta, también estaba aterrada.

- Solo alisten sus cosas, chicos. – fue lo único que nos pidió Nico, mientras se dirigía a la cocina a guardar comida.

Alex y yo nos observamos por un segundo, bastante confundidos, entonces lo tomé del brazo y nos dirigimos a su habitación. Le di ropa para que se cambiara la que tenia manchada de sangre y empecé a guardar algunas cosas por él en una mochila vieja, como camisetas limpias, pantalones y su cepillo de dientes.

- Puedo hacer mi maleta por mí mismo. – lo escuché quejarse, pero lo ignoré.

Seguí guardando sus cosas y luego lo dejé para que se cambiara. Me dirigí a mi habitación y comencé a hacer lo mismo con mis cosas. Busqué en mi armario y saque mi sudadera de la Sirenita, la que yo decía que era de la suerte. Me la puse sin dudar un instante y seguí guardando cosas en mi mochila.

Luego, corrí hacia la habitación de mis padres y tomé la laptop.

Sabía que estaba mal, que mi madre había escondido esa laptop por una razón, pero eso no evitó que la tomara y la guardara en mi mochila, tal vez podría sernos útil en algún momento, aunque en ese momento no se me ocurriera alguna situación en el que planos y proyectos fueran a sernos útiles.

También tome una fotografía de nosotros cuatro, cuando Alex tenia nueve años y yo siete, y estábamos en un picnic en verano. Papá se veía feliz y mamá reía mientras que Alex me hacia orejas de conejo por encima de la cabeza y yo hacia una mueca hacia la cámara. Era mi fotografía favorita, pues ahí nos veíamos como una familia de verdad, no lo que sea fuéramos en ese momento. Todo parecía irreal.

Salí de la habitación de mis padres y volví a la mía para seguir arreglando mis cosas, no sabía que más hacer.

- Lewis, Lola, voy a… – comencé a hablarle a mis peces, pero en cuanto me di la vuelta, me di cuenta de que la pecera estaba vacía.

Me acerqué corriendo a la pecera, pero estaba claro, ellos no estaban. ¿Dónde rayos estaban mis peces? Era imposible que hubieran salido de la pecera, estarían muertos en el piso o algo por el estilo.

Busqué por todo el suelo, tratando de encontrar un charco, a mis dos peces muertos o yo que sé, teniendo cuidado de donde pisaba, pero no había rastro ni de Lola ni de Lewis. Habían desaparecido.

- ¿Qué estas haciendo? – preguntó Alex molesto al verme tirada en el suelo. – mamá y papá están afuera en el auto esperándonos, vamos.

Me tomó del brazo y apenas pude tomar mi mochila, pues él empezó a jalarme por toda la casa hasta que él, Nico, quien se encargo de guardar en una mochila algunas pertenencias de mis padres, y yo estuvimos afuera.

Mamá y papá estaban esperando al lado del carro con el rostro lleno de preocupación, y en cuanto vio a Alex, mamá se acercó corriendo a él para ver que tan herido estaba.

- Dioses, Alex ¿Cómo pasó esto? – preguntó asustada.

Un minuto ¿dioses?

- No hay tiempo para eso, tenemos que salir de la ciudad ahora mismo. – apuró Nico, observando todo el tiempo hacia el cielo.

- Yo conduzco. – se ofreció mamá mientras todos subíamos al auto.

Mamá y papá tomaron los asientos de adelante, mientras que Nico, Alex y yo nos sentábamos en la parte trasera del auto de papá. Cuando se trataba de llegar rápido a alguna parte, mamá siempre se encargaba del volante. Eso, y que papá odiaba que el volante del auto estuviera "al revés".

- ¿A dónde vamos? – pregunté intimidada.

- Al aeropuerto. – contestó mamá sin quitar la vista del frente.

- ¡No! – gritaron Nico y papá al mismo tiempo.

- ¿Quieres que nos maten? – preguntó Nico escandalizado.

Por la manera tan desenfrenada en que conducía mamá, lo más seguro era que sí, por suerte no había tantos automóviles en la calle.

- Sabes que Nico y yo no podemos viajar por aire. – agregó papá como si fuera lo más obvio del mundo. – tenemos que ir por mar, es mas seguro.

- Percy, no hay tiempo para ir a un puerto. – respondió mamá.

- Y yo no puedo viajar por mar. – intervino Nico. – hay que hacerlo a mi manera.

- No, tiene que haber una manera de salir de Londres sin utilizar mar, aire o tu manera. – contestó mamá desesperada.

Alex y yo nos miramos confundidos.

- ¿Alguien podría explicarnos que sucede? – preguntó Alex bastante molesto.

Mamá dio una vuelta brusca en la siguiente avenida, aún dirigiéndose al aeropuerto, pero el tráfico comenzaba a hacerse más denso. Aún así, mamá no disminuyó su velocidad. Esquivaba los autos y se metía entre los carriles, como si se tratara de una conductora ebria, o de alguien que esta siendo perseguido por la policía.

- Escuchen chicos, queríamos decirles esto de una manera diferente. – comenzó mamá a explicar.

- Nunca es fácil decir esto, pero ustedes merecen saber la verdad. – añadió papá.

- Y queremos que sepan que los amamos, y que entenderemos que estén molestos por ocultar algo tan enorme durante tantos años, pero todo lo hicimos para protegerlos. – mamá seguía conduciendo como loca, pero sus palabras sonaban calmadas.

Sentía que el corazón me palpitaba a mil por hora, y no sabía si era por la emoción de que los secretos acabarían, o porque mamá de verdad estaba conduciendo muy rápido entre los automóviles.

- Y costará trabajo creerlo, pero todo lo que decimos es cierto. – papá y mamá intercambiaron una mirada, como si estuvieran hablando con el pensamiento. – su madre y yo somos…

- ¡Cuidado! – gritó Nico interrumpiendo a mi padre, pues un ave enorme estaba a punto de estamparse en el parabrisas.

Mamá perdió el control del auto en medio del trafico, lo cual provocó una carambola, y el hecho de que la calle estuviera cubierta de hielo y estuviera nevando no ayudo en nada a que el auto no derrapara y terminara al lado del camino, totalmente averiado, y con un montón de autos chocados y averiados detrás.

- ¿Están bien chicos? – preguntó mamá preocupada.

Miré a Alex y al tío Nico, pero nadie había sufrido ningún daño, solo estábamos algo aturdidos.

- Sí, estamos bien. – contesté en un susurro.

- ¿Qué fue esa cosa? – preguntó papá mientras mamá y él se desabrochaban los cinturones de seguridad y bajaban del auto.

Alex, Nico y yo hicimos lo mismo, a pesar de que me estaba muriendo de frio.

- ¡Son ellas! – gritó Alex señalando hacia el cielo.

Al principio me costó trabajo ver a que se refería Alex con "ellas". Lo que señalaba parecía mas a una parvada de pájaros entre la nevada, pero conforme se iban acercando pude notar que en realidad estos eran similares a mujeres murciélagos, con piel de color gris, colmillos largos y filosos, y alas negras similares a las de los murciélagos. Y yo estaba segura de que ellas no tenían nada que ver con Batman.

- ¿Qué son esas cosas? – pregunté asustada.

- Son daimones. – respondió Nico molesto.

Volvió a hacer aquella finta que había hecho en casa de llevarse la mano a un costado de su cadera, pero en lugar de sacar una pistola o algo similar, sacó una espada color negra de aproximadamente tres pies de largo, daba escalofríos al verla.

- Atrás, monstruos. – gritaba Nico con la espada en alto, mientras mamá y papá se ponían a un lado de el, como si de verdad pudieran hacer algo.

Eran alrededor de cincuenta daimones y todas parecían estar interesadas en un mismo objetivo. Nosotros.

Una de las daimones descendió del cielo y se paró a unos cuantos metros de distancia de nuestra familia.

- Esta no es tu guerra, Nico di Angelo. – gritó la mujer murciélago a mi tío. – entréganos al chico, vuelve a tu hogar, y te prometo que Madre será benevolente contigo y tu familia.

- ¿Y perderme la oportunidad de mandar a tu familia y a ti de nuevo al Tártaro? – contestó Nico con sarcasmo. – yo creo que no.

Escuchaba todo el ruido detrás de nosotros, la gente estaba hecha un caos, las sirenas de las patrullas y las ambulancias sonaban fuertemente sobre los gritos y llantos de las personas, pero me preguntaba porque nadie venía a ayudarnos. ¿Acaso no veían a esta pandilla de mujeres demonios?

- No te llevarás a mi hijo. – grito mamá hacia la daimon. – primero tendrás que asesinarme.

La daimon sonrió satisfactoriamente.

- Eso se puede arreglar. – contestó con orgullo, luego miró a papá. – oh Perseus, he esperado este momento con ansias. ¿Dónde está papi ahora? Oh cierto, él nunca contesta cuando lo llamas.

Mamá y Nico miraron a papá confundidos, mientras que él tenía una expresión en el rostro de haber sido descubierto en la travesura.

- ¿De qué está hablando? – preguntó mamá molesta.

- Bueno, ehm, puede que sea mi culpa que nos hayan encontrado. – respondió papá apenado.

- ¿Fuiste al mar, cierto? – preguntó Nico molesto. – ¿Fuiste a hablar con Poseidón?

¿Poseidón? ¿Ese era el nombre de mi abuelo? ¿Y lo había buscado en el mar? Pero eso era imposible, ese nombre era de un…

- ¡Tenia que hablar con él! – respondió papá a gritos. - ¡Han pasado doce años! ¡Estaba desesperado pero nunca me contestó!

- Percy, si salimos vivos de esta, me voy a separar de ti. – amenazó mamá bastante enojada.

- ¡Basta de charla! – gritó la daimon. – entreguen a Alexander o desatarán la furia del Tártaro.

A pesar de lo mucho que las daimones parecían estar interesadas en Alex, ellas no le prestaban mucha atención a él, o a mí, así que me incliné un poco hacia él para hablarle.

- Alex ¿Por qué las daimones te quieren llevar con ellos? – le pregunté a Alex en un susurro.

Él no dejaba de ver a mis padres fijamente.

- No lo sé. – respondió con un susurro, y casi pude sentir el terror en su voz, como si de verdad temiera que nuestros padres fueran a entregarlo a las daimones.

Papá, mamá y Nico se miraron unos a otros, como si estuvieran trazando una especie de plan entre ellos.

- Estuvimos ahí una vez, podemos manejarlo. – fue lo único que respondió papá.

Fue entonces cuando las daimones atacaron. Todas se lanzaron en picada hacia nosotros, con las garras afiladas apuntando a nuestras gargantas.

Nico blandió su espada y logro golpear a un par de daimones con ella, las cuales sus esencias fueron absorbidas por el metal, formando parte de la espada de Nico y siendo convertidas en polvo. Mientras eso sucedía, mamá había sacado de su bota una especie de cuchillo de bronce y se dirigía a atacar a tres daimones a la vez de cerca, era alucinante. Mamá las golpeaba con el mango del cuchillo, aplicaba técnicas de defensa personal y les encajaba el cuchillo por la espalda, haciendo que las daimones se convirtieran en un montón de polvo dorado.

- Chicos, corran. – nos ordenó papá, guiándonos hacia el auto de nuevo.

- ¿No vas a pelear? – le pregunté molesta al ver como el tío Nico y mamá se enfrentaban valientemente a las daimones.

- Solo voy a tomar mi arma. – me respondió molesto.

Estaba a punto de abrir la cajuela cuando la daimon que había hablado con ellos se posó encima del auto, mirándonos amenazantemente.

- Alexander viene conmigo. – gritó la daimon.

Alzó su garra altamente que ya casi podía sentir la muerte cerca. Cerré los ojos y esperé a que no me doliera demasiado, pero entonces, escuché como algo retumbaba, como cuando golpeas una campana.

Abrí los ojos y me di cuenta de que Alex estaba entre la daimon y nosotros, sosteniendo un enorme escudo de bronce, tratando de contenerla.

- ¿De dónde sacaste ese escudo? – pregunté alterada.

- Al parecer, nuestros brazaletes se convierten en escudos. – me contestó mirando con enojo a papá. – pero date prisa papá, no resistiré mucho.

Papá hizo caso y se apresuró en abrir la cajuela del auto. Estaba literalmente abastecida de armas. Había tres tipos diferentes de lanzas, un par de arcos con su respectivo carcaj lleno de flechas de plata, espadas y cuchillos de diferentes tamaños. Era alucinante.

Papá tomo una espada de bronce, aunque por la cara que puso, no parecía estar conforme con ella. Aun así, miro a mamá con una sonrisa traviesa.

- ¡Te dije que los brazaletes-escudos serían buena idea! – gritó hacia mamá.

- Maravilloso Percy, ahora ven y ayúdanos. – respondió mamá, mientras se cargaba a otra daimon.

Papá asintió y quitó a Alex de en medio para poder a luchar contra la daimon que nos había amenazado. Parecía ser un excelente espadachín, pero aun así, se le veía un poco fuera de lugar. Tal vez fuera porque aun traía el traje del trabajo, o porque no había practicado con la espada durante mucho tiempo. Quizás no estaba acostumbrado a esa espada.

- ¿Cómo se supone que haces que aparezca tu escudo? – le pregunté a Alex, mientras nos escondíamos a un lado del auto, lejos del alcance de la pelea.

- Yo solo elevo el brazo donde tengo el brazalete y el escudo aparece. – contestó mirando hacia donde el tío Nico se enfrentaba a dos daimones.

Hice lo que me indicó e inmediatamente mi brazalete de bronce se desplegó, apareciendo un escudo similar al que Alex tenia. Salí de mi escondite y empecé a inspeccionar en la cajuela, sin saber exactamente que arma tomar.

- ¿Qué estas haciendo? – me preguntó Alex aun escondido.

- ¡No podemos dejarlos solos! – grité.

Tomé un cuchillo similar al de mamá y me adentré a la batalla. No sabía si Alex me seguía, pero no podía dejar que mis padres y mi tio cargaran con todo el peso de la lucha, tenía que ayudarlos.

Mamá estaba en problemas, había cinco daimones alrededor de ella. Ni siquiera me lo pensé, aproveché que todas estaban concentradas en ella y ataque a tres por la espalda con mi cuchillo rápidamente. Estas se convirtieron en polvo dorado en un santiamén.

- ¿Qué estas haciendo Penny? – preguntó mamá mientras luchaba contra otra daimon.

- Ayudando. – respondí mientras me protegía con el escudo del golpe de una daimon.

No sabía como lo lograba, pero parecía que tenía talento para esto de luchar contra mujeres demonio. Ellas atacaban pero lograba esquivar sus golpes rápidamente, como si tuviera unos buenos reflejos, y aprovechaba para hacerlas polvo. Ya ni siquiera sentía frio, era como si pelear me diera calor y había una especie de emoción que me recorría de pies a cabeza.

- ¡Debes mantenerte a salvo! – me ordenó mamá.

- ¡Y tú debes cerrar la boca! – le respondí.

Destruí a otra daimon y miré hacia donde estaban papá y Nico. Ellos tenían su propia lucha con su propio grupo de daimones, mientras que Alex se acercaba a ellos corriendo con una espada y su escudo, y atacaba a una daimon, la cual parecía estar más interesada en atraparlo a él que en sobrevivir.

- Su espada no esta equilibrada. – me dijo mamá, también observando a Alex.

Pude notar que su frente sangraba y estaba agotada, sin embargo, había una especie de excitación en su mirada, como si de verdad disfrutara el estar luchando contra esas cosas. Tal vez así era.

- Hay que ayudarlos. – sugerí.

Mamá y yo nos acercamos corriendo a los chicos, pero éramos cinco contra los treinta daimones que restaban, y parecía que más se acercaban hacia nosotros para continuar con la lucha. No importaba lo bien que nos desenvolviéramos durante la lucha, en algún momento nos agotaríamos y terminaríamos perdiendo. Miré a papá, tenía unos cortes en el rostro y su brazo sangraba. Nico tampoco tenía buena finta, estaba totalmente agotado, con la nariz sangrando y parecía estar reprimiendo algo.

- No lo lograremos. – susurré asustada.

Papá y mamá intercambiaron una mirada de desesperación. Lo sabían, sabían que no lograríamos salir vivos de esta. Mamá comenzó a llorar y papá la tomo de la mano. Entonces la besó en los labios.

- Fue un placer luchar a tu lado, listilla. – susurró, luego miró al tío Nico. – Nico, tienes que llevarte a Alex y Penny.

- ¿Qué? – preguntamos Alex y yo asustados.

- No Percy, no voy a dejarlos aquí. – se negó Nico. – tiene que haber una forma.

- Es la única manera. – interrumpió mamá. – nosotros haremos tiempo para que puedan escapar, debes llevarlos al campamento y explicarle a Quirón lo que sucedió, el sabrá que hacer.

- No vamos a dejarlos. – insistió Alex. – nos quedaremos con ustedes, no importa lo que pase.

Los daimones se acercaban cada vez más.

- No entiendes lo importante que eres, hijo. – susurro papá, y siendo honesta, sentí un poco de celos por como todos parecían interesarse en Alex. – lamento haberles mentido a tu hermana y a ti durante tanto tiempo, pero pronto comprenderán todo, Quirón les explicará, tal y como lo hizo conmigo.

- No quiero dejarlos. – respondió Alex a punto de romper en llanto.

Papá y mamá abrazaron a Alex, mientras yo los observaba. Ellos eran la familia perfecta, yo solo era el elemento sobrante en su sagrada trinidad.

Mamá me miró y estiró su brazo hacia mí, pero negué con la cabeza. Estaba molesta, no quería abrazarlos, ellos eran unos mentirosos y unos traidores, además, dentro de mí sentía que ellos se estaban despidiendo y no quería despedirme. Eran mis padres después de todo, pero aun así, no podía dejar de sentirme tan enojada.

- Esto no es una despedida. – les dije tratando de armarme de valor y no llorar en frente de ellos. – nos volveremos a ver.

- Tienes razón, Penny. – me aseguró mamá. – nos volveremos a ver.

- Es hora Nico. – dijo papá hacia mi tío. – sácalos de aquí.

Nico me tomó de la mano e hizo que Alex se tomará también de la suya, luego miramos a mis padres.

- Enviaré ayuda. – prometió Nico.

Mamá y papá sonrieron antes de darnos la espalda, y enfrentarse a los daimones.

Nico apretó nuestras manos y corrimos hacia el auto. Tomamos nuestras mochilas y Nico volvió a tomarnos de las manos, acercándonos bastante a él.

- Sujétense chicos, este viaje será oscuro y aterrador. – nos advirtió.

Y entonces, nos vimos sumidos es una intensa oscuridad.