Hola de nuevo. Aquí estoy de nuevo... actualizando este pequeño Fic que me esta ayudando mucho como terapia antistress, a parte de diversión, ya que Mi adorada Antonia siempre será alguien supremamente divertida de escribir, al igual que Arthur. Espero que este capitulo sea de su agrado, dado que me he apresurado bastante en escribirlo porque no se si pueda escribir más en esta semana, por lo que quería dejarles un adelantico. Cómo han de saber, Hetalia Axis Power no me pertenece, aunque un Herakles Karpossi no me caería nada mal en las noches y en los días también. En fin, espero que este capitulo sea de su agrado. Y mil gracias por detenerse a leer.

Se les quiere y se les adora,

Andrea desde Colombia


Capitulo 3

Found


Llevaba horas recorriendo las calles de Londres y más de doscientos Euros gastados en transporte público. Pero eso no era importante. No. Aún tenía un juego que ganar y a una española que encontrar. No sabía cómo había hecho la castaña para desaparecer así, de la nada y sin dar algún signo o advertencia. Pero eso sólo intensificaba sus ganas de encontrarla. El saberla efímera la hacía más tentadora ante sus ojos.

Había intentado buscarla en otros bares, en discotecas y otros pubs que podría haber frecuentado. Había ido a su casa y a parques, esperando verla sentada en alguna banca vacía, con esa insolente sonrisita que la ha acompañado desde siglos atrás. Sonrisa que le recuerda otras épocas, y un par de guerras pasadas. Sonrisa que le sabe a melancolía y que le gustaría adueñarse por completo al saber que no es exclusiva.

Ahora, dos horas después, con un par de billetes menos en su cartera y un algo más sobrio pero no menos decidido, se tomaba la molestia de buscarla en el primer lugar que debió haber pensado. Su habitación de hotel.

Caminó con seguridad, o toda la que podía mostrar alguien ebrio, buscando la puerta indicada, no pudiendo evitar sonreír al dar con ella. Y comenzó a golpear, intentando llamar su atención, pero con el tiempo su desespero creció y no pudo controlar su impaciencia.

Cuando la puerta por fin se abrió y la vio frente a sí, supo que había ganado el juego. Ahí estaba ella, tan efímera y esquiva. Tan condenadamente escurridiza y adictiva como siempre. Miserable mujer traicionera. Llegaba a engatusarlo con su olor y su presencia, para luego arrebatársela de un solo. No era justo y ahora le haría pagar por su falta de tacto.

Pero todas sus fuerzas flaquearon y su anhelo se intensificó cuando la vio sonreír y deseo con tanta fuerza ser el dueño de esa sonrisa. En eso escucha otro nombre salir de sus labios, y la rabia le corroe por completo, reemplazando cualquier otro sentimiento exceptuando la posesión. Ahora si estaba condenado a perderse por completo en esa melena castaña y esos ojos verdes que le jugaban bromas, al tiempo que le prometían algo más que sol, prados verdes y un mar cálido.

Se adueñaría de esa boca y esa sonrisa traicionera, una y otra vez, hasta que ella estuviera completamente segura que él, era su dueño.


-No soy ningún "Lovi", Spanish Git.- le escuchó murmurar contra su boca. -Finally, i've found you, Spain.- añadió él, y sin darle suficiente tiempo de recuperarse de la sorpresa, la volvió a besar con demanda. Sintió como sus pulmones se volvían a vaciar por completo y como la adrenalina comenzaba a correr por su cuerpo.

Y sin darse cuenta cómo o cuando, le estaba devolviendo el beso con la misma demanda y necesidad. Mientras se dejaba atrapar entre los brazos del rubio sin oponerse del todo. Se robaron el aliento mutuamente, mientras cada uno estaba absorto en su propio mundo. Con pensamientos tan distintos y emociones tan parecidas.


Arthur la presionó contra si, tratando de fundirse con ella y arrebatarle todo el calor posible. Las noches en Londres eran frías y solitarias como para no desear ser egoísta con respecto al calor corporal. Y con cierto mezquino regocijo notó como la española no se quejaba o intentaba zafarse de su agarre. Simplemente permanecía allí, sumisa y frágil entre sus brazos. Tan delicada que si quisiera, podría quebrarla en miles de pedazos. Tan distinta a su vieja y guerrera forma. Antes no hubiera concebido la idea de tener a España en esa condición. Lo cual era una completa mentira, porque siempre había deseado tener al país ibérico a su merced. Pero todo el alcohol ingerido le hacía olvidar cosas y entre esas estaba su añoranza, que ahora le golpeaba fuerte como si se tratase de un sentimiento recién descubierto.

Y cuando pensaba que podría permanecer de manera indefinida unido a su boca, ella pareció despertar de su ensoñación y empujarlo lejos de sí, con esa fuerza remanente de tiempos mejores y con ese brillo que conocía muy bien. Sus ojos refulgían con el clamor de viejas glorias y con la fuerza de un imperio. Y eso le excitaba.

Adoraba la visión frente así. Le encantaba la idea de tener a Antonia, frágil y pequeña, mirarlo con esa dignidad tan suya y ese silencioso aire imperial que llenaba todo su ser. Así quería domarla y estremecerla de una vez por todas.


-¿Qué te trae por aquí, Arthur?- preguntó Antonia, mientras intentaba recuperar el aliento e ignorar el hecho de que hasta un par de segundos antes había estado embriagada por el sabor a whisky que tenía la boca del rubio.

-Vengo a terminar nuestro juego, Spanish Git.- respondió el inglés con una sonrisa. -Me hiciste buscarte por largo rato, pero por fin he dado contigo, Antonio.- añadió el inglés, volviendo a acercarse lentamente.

-Ahora soy Antonia, Arthur.- comentó la española, quieta en su lugar y con una pequeña sonrisa que trataba de contrarrestar el frenético latir de su corazón.

-No tengo tiempo para lidiar con tu transexualidad, España.- murmuró el inglés con tono burlón. -Vengo a buscar una explicación y una compensación.- añadió con descaro, mirando fijamente los labios de la joven.

-Hoy no he estado en ningún bar, Arthur. Me he pasado toda la noche en la habitación. Debes estar demasiado ebrio como para imaginar una noche de copas conmigo.- añadió en tono maternal, ignorando por completo al rubio, al tiempo que su sonrisa se tornaba condescendiente. Arthur gruñó y la tomó de un brazo, volviendo a acercarla a sí.

-No estoy ebrio, Spain.- dijo Arthur con lentitud. Odiaba esa sonrisa condescendiente. Le hacía sentirse pequeño y burlado. Esa no era la sonrisa que deseaba ver en ella.

-Como digas, Arthur. Como digas.-murmuró española sin dejar de sonreír.

-No quieras engañarme a estas alturas de la noche, Spanish twat. ¿No será que esperas al niñato de Romano y por eso te escabulliste de mí?- preguntó, sin percatarse del todo de la expresión sorprendida de la española.

-¿Qué?- murmuró Antonia, atónita y con el rostro desencajado.

-No pienses que no me di cuenta que lo estabas esperando.- añadió, dejando aún más confundida a la ojiverde. -Ahora dime, ¿Qué te traes con Lovino, Antonia?- agregó en tono posesivo, haciendo parpadear confusa a la castaña.

-Arthur, en serio. Estás ebrio. ¿Por qué no entramos y te tomas algo para ver si se te pasa un poco?- murmuró la ojiverde con cuidado, antes de ser halada nuevamente a los brazos del rubio.

-No nos moveremos de aquí hasta que obtenga una respuesta.- sentenció con firmeza.

-¿Qué relación hay entre Romano y tú?- añadió completamente serio. Antonia se lo quedo observando en silencio, sin saber que decir o pensar. Definitivamente, no entendía a los ingleses.

-Nada más que una amistad, Arthur. Ahora acompáñame adentro, para ver si tomándote algo se te baja un poco la borrachera.- respondió, sin dejar de mirarlo.

-No te creo, Git. Se nota que ese idiota quiere meterse entre tus sabanas, sobre todo ahora.- contradijo Arthur ignorando por completo la petición de la joven, mientras la observaba detalladamente, intentando encontrar algún indicio de mentira en aquellos ojos verdes. Pero lo único que encontró fue confusión.

-¿Qué le sucede a todo el mundo? Lovi no quiere nada conmigo y yo tampoco con él.- respondió, sabiendo que lo mejor es contestarle al rubio. Al fin y al cabo, Arthur era bastante impredecible estando sobrio, como para querer lidiar con sus cambios de humor en tal estado de embriaguez.

-Más le vale.- murmuró al tiempo que comenzaba a acercar su rostro al de la castaña. -Porque no es sabio tocar lo que es mío.- añadió mientras continuaba acortando la distancia entre sus labios. En ese momento vio como los ojos verdes de la española refulgían rebeldes. Nuevamente se encontraba con esa mirada retadora que le visitaba cada tanto entre memorias y sueños.

-Yo no soy propiedad de nadie.- espetó Antonia con seriedad y sin moverse un ápice. Y vio con rabia como el rubio sonreía, al tiempo que terminaba de disminuir la distancia, haciendo rozar sus labios con los de ella.

-Eso es lo que tú crees.- susurró suavemente, antes de volver a besarla. Y aunque al principio era un beso demandante y posesivo por su parte, y forzado por parte de ella, poco a poco comenzó a tornarse más lento y suave, hasta casi tornarse frágil y ligero.

Ella lentamente fue aferrándose a él, al tiempo que sentía que era guiada al interior de su habitación. Y con esa misma lentitud, comenzó a dejarse llevar en el beso, mientras se obligaba a permanecer de pie, cuando sus piernas no hacían nada más que temblar. Ese era un beso por el que había esperado trescientos años. Trescientos años de espera eterna y silenciosa.

-Ma cherie, ¿Qué estás haciendo?- escucharon venir del cuarto principal, rompiendo así cualquier ambiente. Sintió como Arthur se tensaba inmediatamente y la abrazaba con fuerza, al tiempo que cortaba el beso de raíz. Adiós mágico momento y bienvenido el desastre.

-¿Frog?- preguntó mirándola a los ojos. Antonia le devolvió la mirada sin aliento. ¿Francis? ¿Qué estaba haciendo Francis en su habitación? Trato de recordar, pero la insistente mirada de Arthur no le permitía pensar en paz. Mierda. Ahora todo comenzaba a caer en su sitio y la memoria de un juego interrumpido de Strip Poker con sus amigos aparecía en su cabeza, un hecho que no le caería de lo mejor al malhumorado inglés. Pero no había sido su culpa que se olvidara por completo del francés y del albino. Ese beso había sido lo suficientemente fuerte como para hacerle perder cuenta de lo que había estado haciendo. Tan sólo rogaba que Francis no abriera su boca una vez más, mientras buscaba una forma de sacar al rubio de su habitación de hotel sin que se percatara de Francis.

-Lo que sea que estás haciendo, ma cherie, déjalo para más luego. Es hora de continuar ya que Gilbert está listo para quedarse sin pantalón.- añadió Francis desde el cuarto, en tono burlón y algo seductor, que no hizo más que enfadar más a Arthur y hacer que la española palideciera un poco.

-¿Qué. Rayos. Hace. Aquí. El. Wine. Bastard?- preguntó lentamente el inglés a la castaña, que no hacía más que mirar preocupada al rubio, sin saber que decir.