Capítulo 3: persecución obsesiva

Darío estaba más enojado de lo que nunca hubiera estado en su vida entera. No se iba a rendir ahora, Paula lo había amenazado con mandarlo a Valinor de una patada en el orto y eso lo intrigaba. Se metió en la biblioteca amarillenta de libros usados que tenía en su casa para buscar algo que lo orientara. Como no encontró nada, se fue a Parque Rivadavia, a la feria de libros usados que venden allí, y buscó entre los ejemplares amarillos. En un puesto encontró un libro forrado en cuero verde y detalles dorados, y enseguida recordó los colores del bar y del edificio de la calle Sarmiento.

Un chico que tendría unos diez años se acercó a él, tenía el pelo por los hombros y prolijo; y lo miraba con sus ojos azules estudiando qué iba a hacer con el libro. Ojeó hasta que encontró un hechizo que servía para sacar de contexto una conversación como había hecho Paula. Leía con los ojos como platos mientras el chico no podía contener una risita, pero Darío se exasperó y le contestó gritando.

-¡¿Qué te reís pendejo?! –la cara del chico se puso seria enseguida, pero como tenía pocas pulgas le contestó.

-Me río de cómo te crees que vas a hacer ese hechizo, gordo bobo. –el niño estaba muy satisfecho del insulto que se había inventado, pero Darío siguió.

-Quiero comprar este libro, ¿cuánto sale? –en ese momento unas manos finas se lo arrancaron de las manos, y un hombre alto, rubio y esbelto (¡no me digas! Pensaba Darío con ironía) que tendría unos cuarenta años le habló muy serio.

-No está en venta señor, y ya estamos cerrando. –Dicho esto empezó a recoger todo y rápidamente cerró su puesto.


Darío se fue decepcionado del Parque y se decidió a volver a apostarse enfrente de la casa de la rubia más alta, con algunas dudas porque no quería que volviera a romperle la nariz. Pero pensó que sería divertido conocer Valinor aunque tuviera que viajar vía una patada, se rió solo de esa idea. Espero algunos días pero no pudo verla. Se deprimió al pensar que la elfa se había largado de ahí y nunca volvería a ver esos ojos brillantes que cambiaban de color y esas orejitas tan lindas. Porque era cierto que las dos chicas le parecían lo más hermoso que hubiera visto en la vida.

Pero no se iba a rendir tan fácilmente, y se acordó de la rubia más bajita. Si algo creía que un periodista era capaz, era de encontrar a otro periodista. Se robó la base de datos de su trabajo y empezó una lista de diarios, revistas, sitios web, agencias de noticias, agencias de prensa, y hasta empresas que tuvieran un departamento de prensa; pensando en todo lugar que podría trabajar un periodista. Hacer la lista completa le tomó diez días, compró un mapa enorme de Capital Federal, lo estiró en su mesa y comenzó a marcar aquellos lugares cercanos al barrio de Palermo. Entonces llegó la parte más difícil, esperar. Cada día iba a alguno de esos lugares y se apostaba todo el día pensando que esperanzadamente iba a ver a la rubia más bajita.

Pasaron los meses y no podía encontrarla, pero comenzó a ser que no pensaba en otra cosa. La gente que pensaba que no estaba muy bien de la cabeza comenzó a pensar que estaba peor de lo que en realidad parecía. Ahora estaba en un callejón sin salida, pero eso no lo desamaba sino que aumentaba su obsesión a niveles cada vez mayores. Para sacarlo de su extraño letargo, su único amigo, Nicolás; lo invitó la cerveza de los lunes. Esta vez estaban en San Telmo, en un bar por la calle Perú que también tenía esa curiosa combinación de colores de verde y dorado. Darío lo comentó, pero Nicolás le contestó que eso no era élfico, era irlandés. No se dejó convencer y siguió pensando que eran colores de los elfos.

Nicolás le comentó que había un lugar donde todo parecía sacado de Rivendell ahí cerca y lo animó a ir a buscar; secretamente esperando que se desanimara al ver que no existen los elfos. Nicolás llevó a Darío por las calles de San Telmo hasta que llegó a un edificio de ladrillos oscuros, torres, balconeras y una puerta muy grande finalmente tallada en arce macizo. Se sintió que estaba dentro de Rivendell, pero era en realidad la Iglesia Nórdica. Tocaron la puerta y salió un rubio más gordito a preguntarles cortésmente qué necesitaban, ese no era horario de misa. Darío pensó que un elfo gordito era algo raro de ver, pero ya había visto una elfa bajita así que ya nada en esos seres les parecía extraño. Le preguntó al rubio si podía hablar con quien estuviera a cargo y él le clavó una mirada asesina con sus ojos brillantes y extrañamente coloridos; entonces volvió a meterse adentro diciéndole que esperara. Escribió un mail mientras caminaba por los pasillos.

From: Alejandro E.
Sent: 6 May 2013 20.56
To: Paula G.
Subject: el tipo raro
Tu amigo pesadito el que te seguía vino a invadirme mi lugar de trabajo y quiere hablar con el embajador, no entiendo. Igual no puedo negarme y tengo que avisarle, así que después te contaré que le dice Lord Morten. Te extraño bella.

Lo envió justo antes de tocar la puerta del despacho, y convenció a su jefe de salir a la calle. Quince minutos después estaba abajo, abriendo la puerta grande y pesada de la calle Azopardo, para encontrarse con Darío y Nicolás que lo miraban fijo. Lord Morten era el único elfo que no era rubio entre los que Darío había visto, tenía el cabello color chocolate en un corte mediano, con algo de flequillo pero que no tocaba los hombros. Tenía una pequeña isla de barba de un centímetro cuadrado, y los ojos muy azules y profundos. Darío tragó saliva y se animó a hablarle.

-¿Usted está a cargo?

-Sí –contestó el embajador severamente, ignoraba que era cabeza dura e imposible y nadie podía negociar con él sin ceder- ¿Quién es usted? ¿Por qué asunto viene? No suelo recibir visitas sin cita previa, y menos en la calle. –Darío dudó un momento.

-¿Qué es este lugar? ¿Por qué los elfos se juntan aquí? –Nicolás se ahogó con la pregunta extraña de su amigo y salió a defenderlo.

-Disculpe señor, mi amigo no se siente muy bien.

-Ya veo –contestó el elfo- ¿Quién es usted? ¿Por qué asunto viene? –repitió.

-¿Conoce usted a una elfa bajita con el cabello enrulado y a la altura de la pera, de ojos grises-celestes-verdes que es periodista? –por detrás Alejandro llegó a escuchar y entendió que hablaba de Sofía.

-No conozco ninguna elfa señor –contestó secamente Lord Morten- ¿necesita usted atención médica? –el guardia ahogó una risa, al igual que Nicolás. Darío pensó que esa sería una buena excusa para entrar en el edificio élfico, así que asintió. Sin embargo el embajador mandó a su guardia a llamar una ambulancia sin dejarlos entrar, y Darío tuvo que inventar una excusa para irse. Alejandro volvió a escribir.

From: Alejandro E.
Sent: 6 May 2013 21.33
To: Sofía M.
Subject: el tipo raro
El nerd-jabalí como lo llaman ustedes vino a la embajada preguntando por vos. Vino acompañado del nerd-fideo a la bolognesa, flaquito y granoso jajaja. ¿Sabés qué le pasa? Me preocupa un poco que ande atrás de ustedes. Por cierto, agradecele por mí a tu prometido por haber puesto a punto mis armas, desconfiaba; pero el ex capitán de Rohan hizo un trabajo excelente. Ojalá volvamos a vernos pronto.


Darío se sentía más derrotado que nunca porque estaba convencido que había estado ante otros elfos aunque no pudo ver sus orejas; y que ese edificio tenía algo, pero el embajador lo había intimidado un poco. Volvió a la lista de lugares de trabajo de algún periodista y pasó un mes más buscando a la rubia más bajita. Cuando hubo vigilado dos veces todos los lugares de trabajo periodístico cercanos a Palermo amplió un poco más su radio de acción. Ya se iba a cumplir un año desde aquel día que escuchara la pista en el bar, pero para él había sido ayer. Anotaba cada encuentro con los elfos con todo detalle en su cabeza, obsesionándose aún más.

Cierto día llegó a una agencia de prensa que daba a una calle peatonal en el micro centro porteño y saltó de felicidad al ver que había unos banquitos enfrente. Así podía esperar más cómodo. Espero hasta que vio salir una chica que le llamó la atención. No era muy alta ni muy flaca ni esbelta, pero tenía ese brillo raro en los ojos y su cuerpo parecía concentrar la luz del mediodía como si su piel reluciera. Tenía el cabello color avellana a la altura de la pera, pero muy lacio y llovido; y cuando caminaba moviendo la cabeza Darío llegó a entrever una orejita puntuda. Se acercó a la chica y caminó a su lado, se decidió a hablarle.

-¿Disculpe, tiene hora? –preguntó cortésmente. La chica le sonrió y se quedó embobado pensando que era la primera vez que una elfa le sonreía, y era lo más bello que había visto en su vida. Ella miró el reloj de su muñeca y contestó.

-Dos y cuarto –saludó con la cabeza y siguió avanzando, pero Darío volvió a caminar a su lado.

-Flaca ¿conocés a una chica bajita con el pelo rubio y enrulado por la pera, con orejas puntudas y ojos de que cambian de color según como los veas? –la chica abrió los ojos grandes y sonrió, recordando la nota circular que habían enviado desde la Embajada de los Pueblos del Sur, con sede en Lothlorien; advirtiendo del tipo raro que andaba preguntando por Sofía, Paula, y los elfos en general. Darío pensó que esta elfa era la más simpática, porque ya le había sonreído dos veces.

-Sí, la conozco –contestó con naturalidad y Darío se quedó pasmado, ya no se esperaba encontrarla- trabajó conmigo el año pasado.

-¿Dónde puedo encontrarla? Es urgente. –El periodista, si no hubiera estado tan obsesionado con las dos amigas, se hubiera dado cuenta de que estaba hablando con una elfa predispuesta; pero ahora sólo quería a Sofía.

-Perdón, pero no puedo andar dándole datos de mis compañeros de trabajo a cualquiera que me encuentre por la calle, ¿entendés? –Darío asintió.

-¿Podrías decirme al menos como se llama?

-No –contestó la chica poniéndose seria.

-¿Por qué?

-Porque destrozarías su nombre con tu lengua, y como vivo acá, mi lenguaje es algo preciado para mí. –Darío se sorprendió más.

-¿Hablás en élfico? –se atrevió a preguntar.

-Hablé de más –contestó la chica- me tengo que ir –Y con esto se perdió entre la gente, quedando fuera de la vista del periodista; que pensaba que eran bastante buenos para escabullirse. Entonces pensó que cada vez que había seguido a una de las dos rubias, ellas lo habían notado y lo dejaban hacerlo; quizá ni siquiera los elfos pensaran que estaba muy bien de la cabeza que digamos. Pero una luz lo sacó del callejón, ahora sabía que la rubia bajita había trabajado ahí el año anterior; e ideó un plan para obtener sus datos. Buscó en Internet el teléfono de la agencia y llamó fingiendo ser un inspector del Ministerio de Trabajo, preguntando qué empleados habían dejado de trabajar ahí durante el último año, y si podía enviarles sus curriculums. Naturalmente no se esperaba que el plan funcionara, pero como el jefe era un hombre; picó en el engaño.

Al lunes siguiente tenía cinco curriculums, los imprimió y se dedicó a estudiarlos en otro bar con su cerveza de los lunes. Vio la foto de la rubia más bajita en un curriculum y lo estudió de arriba abajo, había estudiado mucho, hablaba varios idiomas. Furtivamente, pensaba que había tenido tiempo de estudiar todo eso porque los elfos eran inmortales, y además de periodismo había estudiado derecho. Al final se decidió a buscarla a su casa, y esta vez no se le iba a escapar.


Sofía llegaba tarde a la noche ese viernes, porque se había quedado bebiendo con Paula en el happy hour cerca de su trabajo; y aunque hubiera bebido no tardó en notar la respiración de jabalí en celo de Darío, pero lo dejó hacer porque no tenía ganas de discutir. En vez de eso, se dedicó a abrir la puerta de su edificio, y el periodista se le tiró encima. Quizá si no hubiera estado bebiendo hubiera podido preveer ese movimiento, pero el caso es que sintió frío en la sien para ver que Darío le estaba apuntando con un arma en la cabeza. Sofía no se inmutó, sino que le clavó los ojos llenos de ira y dijo esa palabrita en élfico que los sacaba de contexto. Se quedó sin huir y sin avanzar con esa mirada de "¿a que no te animás?" que le ponía Sofía, y eso descolocaba a Darío. Ella también tenía pocas pulgas.

Pero el periodista se asustó cuando un frío en su cuello lo sacó de la oscuridad del hechizo para notar que otro ser de orejas puntudas, rubio de pelo corto, ojos azules y barba de unos días le estaba presionando la garganta con una daga. Era un cuchillo muy fino y reluciente, con el mango trabajado en ornamentos con verde y dorado, y supuso que era un arma de los elfos. Pero él tenía la pistola, ¿o no? Gabriel puso su peor cara de malo y le habló.

-Si sabés lo que te conviene soltá ya a mi mujer –dijo calmado, con la voz serena, pero amenazante. Pero no fue Darío el que habló.

-Dejame Gabo, ya era hora de un poco de emoción –se rió- yo puedo sola con este. –Darío empujó un poco más el arma contra la sien de la elfa, y el muchacho apretó un poco más la daga, cortándole la respiración.

-Pero no es como un orco bobo, este es un hombre; ¿estás segura?

-Ya sé que no es como un orco, tiene menos neuronas y la carne más fácil de cortar, si es pura grasa –Sofía ahogó una carcajada, mientras Darío escuchaba atónito. No podía creer que la elfa era capaz de burlarse de él mientras le apuntaba con un arma en la cabecita, ni que su compañero charlara con ella muy tranquilo mientras amenazaba con cortarle el cuello. Por lo visto, al chico no le hacía mucha gracia que la elfa estuviera tan tranquila riéndose del tipo con el arma, pero se encogió de hombros y guardó el cuchillo.

Sofía aprovechó el micro segundo de confusión de Darío para quitarle el arma con un movimiento rápido, tirarlo al piso y atarle las manos con el cinturón que se había sacado en un segundo. Todo fue tan rápido que no entendió como la elfa que estaba inmovilizada con un arma en la sien de golpe lo tenía atado en el piso. Los dos elfos se miraron y estuvieron de acuerdo sin palabras, entonces Sofía le pegó fuerte en el cráneo con la parte de atrás del arma y Darío perdió la conciencia.

-¿Qué hacemos con este? –Sofía se dirigió a Gabriel.

-Deberíamos dejarlo tirado, pero más lejos, para que tarde un buen tiempo en volver. –Sofía se rió, pero a Gabriel no le causaba gracia.

-Vamos entonces.

-Te podría haber matado tonta –resopló como harto.

-Siempre subestimando mi capacidad para defenderme terquito, podrías confiar en mí un poco más. –La mirada de Gabriel se dulcificó.

-Es que la eternidad sería infernal si no estás conmigo –le dedicó una sonrisa y ella le plantó un dulce beso en los labios. Mientras charlaban animadamente, habían metido a Darío inconsciente en su auto, y manejaron toda la noche.


Hasta aca este cap! Si Darío está bien loco y los elfos se ríen de él, pero puede que a los altos jefasos elfos no les guste el accionar de su raza haciéndola quedar mal en el mundo de los hombres ¿qué opinan? Gracias por leer, dejen review, y besitos!