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Anécdotas de un Embarazo

Doce días después de estar con Hibiki por primera vez, Dita despertó en la noche con un malestar. Él, que dormía a su lado, no se dio cuenta de nada, tan dormido como estaba. Llegando al baño se dio cuenta de que estaba sangrando, ya que tenía sus bragas manchadas de sangre. Era su período. A la vez, se alegró y sintió pena, pues sabía que eso significaba que no había resultado embarazada, como le había contado Misty, pero le dolió pues le hubiera gustado mucho salir en estado, e incluso temió que Hibiki o ella fueran estériles. Pero ella, había sabido por medio de Misty que los primeros contactos casi nunca terminaban dando frutos. Además ella, hace poco había perdido la virginidad. Era factible pensar que por eso no había salido en estado. Regresó más tranquila a la cama, donde se recostó a él, quien sonrió en sueños y la abrazó. Ella se acomodó y se quedó dormida de nuevo pensando en que sí le gustaría tener un hijo con él.

Varios días pasaban así, no se veían mucho por las horas de trabajo, aunque ella siempre se daba tiempo de llevarle su almuerzo, que él agradecía con gusto, y ella se alegraba mucho por que lo hacía feliz.

Y hacia la madrugada, ambos se buscaban con el deseo de pertenecer el uno al otro como si fuera el primer día. Besos, abrazos, caricias y gemidos noche tras noche en ese lugar, lo que había sido advertido por los demás, pero no dijeron nada, pues era la primera vez que alguien era realmente feliz en esa nave.

Como ya era de esperarse llegó una noche, en que Dita salió a cada momento en dirección al servicio, cosa que preocupó al joven, al ver a su mujer en ese estado.

-Dita, ¿estás bien?-preguntó al lado de la puerta.

Adentro, Dita ya no podía caber en sí de felicidad. Era el día crucial, y o había tenido su período. Eso sólo significaba una cosa… Estaba embarazada.

La puerta se abrió con total violencia y ella lo abrazó y lo besó con mucha ternura.

-¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

-¡Alien-san, Dita está embarazada!

Él casi se apartó, sorprendido.

-¿Desde cuándo?

-Alien-san no se ha dado cuenta, pero hoy se termina mi período, y no he menstruado.

Y lo besó, con los labios brillantes y dulces de excitación, antes de repetirle:

-Me ha embarazado… Alien-san…

A la mañana siguiente, Dita estaba extremadamente contenta, mientras Hibiki aún no podía creer que fuera a ser padre, y le miraba continuamente el vientre, pese a que ella le había dicho:

-Aún no se puede ver, tan pronto.

Pero a él le fascinaba que allí, en aquellas entrañas, germinara una criatura que sería suya, que él había engendrado. Era muy distinto verlo que sentirlo. El hijo crecía ya, oculto en el vientre todavía liso, y eso lo cambiaba todo. La miraba, pues, con ansia y maravilla, casi sorprendido de que ella le dijera:

-¡Sí, soy la misma! Alien-san…

-¡Oh, no!

-¿Por qué?

-No lo sé, porque, ahora que es verdad, no puedo creer que vayamos a tener un hijo.

Ella volvía a reír:

-Pues lo tendremos. ¡Y más, muchos más!

Y estaban tan terriblemente contentos, inmersos en ellos mismos, que casi no prestaban atención a los demás, que ya veían que algo extraño sucedía entre ellos dos. Hibiki había decidido prudentemente que por lo pronto no era seguro divulgar que Dita estuviera embarazada, pues provocaría algo nuevo para la tripulación, aunque Duero, como buen médico ya estaba enterado, y prodigaba a Dita los primeros cuidados que debe tener una madre gestante.

Hasta que llegó el día, y Hibiki tomado de la mano con Dita, en pleno almuerzo pidió la palabra:

-Gente de la Nirvana- comenzó, tan rojo como un jitomate- yo… yo…, bueno la verdad no sé como decir esto… Dita y yo… bueno… ya que diablos… Dita y yo vamos a tener un hijo.

"¿Qué? ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo lo hicieron?, etc etc" sonaba en la gente que lo escuchaba, por lo que él decidió comenzar con la explicación.

-Yo no sé mucho más que ustedes en este momento, de por qué un hombre y una mujer hayan podido engendrar una criatura, pero yo la quiero tener, ya que de algún modo, es mi hijo.

-Creo que eso no debería sorprender mucho a nadie-dijo Duero balanceando el libro rosa con la imagen del bebé- según esto, lo original fue que entre hombres y mujeres se diera la reproducción. Por las causas que ya conocemos, los hombres y las mujeres, que nos vimos separados, tuvimos que pensar en métodos alternativos de reproducción que fueron haciéndose cada vez más sofisticados, llegando a un punto en que sólo se necesito a uno de los padres. Sin embargo, como Dita y Hibiki han demostrado, en lo original esto se lleva a cabo así, y no tienen por qué sentirse extraño, pues desde que comenzó este viaje, ha sido un reencuentro entre nosotros.

-Muy bien expuesto-dijo la capitana-Por mi parte, no veo ningún problema en permitir la relación de estos dos jóvenes, pues yo tuve un padre… aunque no lo recuerdo bien, así como los ancestros de todas han tenido un padre y una madre. Por ahora, eso no debería preocuparnos, y démosle todos la bienvenida al nuevo integrante de la tripulación, pues sea hombre o mujer, ya es uno de nosotros.

"Así que esto era de lo que hablaban los antiguos, del reencuentro… y quien mejor que ellos dos para demostrarlo. Cada vez somos más, y espero que la raza humana no llegue a su extinción… pues estos jóvenes aún tienen mucho que dar a la civilización."

Todas las chicas se acercaron a Dita para preguntar sus curiosidades mientras ella, feliz y sonrojada lo contaba todo. Hibiki mientras tanto, se apartó un poco, y regresó a donde Duero y Bart lo esperaban.

Como siempre Bart lanzó una de sus especiales preguntas.

-Oye, ¿Cómo fue eso?

-¿Qué quieres que te diga? Fue algo maravilloso.

-¿Y? cuenta más…

-No voy a hacerlos tan detallado, ¿no lo entiendes?

-Bart, si quieres todas las respuestas creo que es mejor que veas esto- y le lanzó el libro.

-Bueno, pues, tengo algo que hacer al menos. Nos vemos tigre-y le dio una palmada a Hibiki.

Y estaban tan terriblemente contentos, inmersos en ellos mismos, que casi no se daban cuenta de por dónde pasaban. Quisieran o no, la conversación volvía siempre a aquel hijo, y a veces se referían a él con gravedad, como cuando él le dijo:

-Ahora deberás cuidarte mucho, no te dejaré hacer nada pesado.

Y otras veces su alegría se traducía en comentarios que después eran motivo de risa, aunque contuvieran un fondo de verdad.

Y puesto que todo no eran alegrías ni consideraciones juiciosas, también habían discusiones por motivos estúpidos, como aquella tarde en que él la reprendió duramente, ya que ella quería a toda costa ayudarle con el trabajo de su Vanguard, y él temía que le pudiera pasar algo y el bebe resultase perjudicado.

-Todo lo que hago te parece mal, ¿no es así?

Él se molestó aún más, por que se lo tomara tan a la ligera, y le recordó que al fin al cabo él era el padre, y tenía un cierto grado de responsabilidad. Ahora fue Dita la que se molestó:

-Naturalmente soy una irresponsable, ¿verdad?

Se fue de ahí sin esperar su respuesta, y al volver, al cano de veinte minutos, cuando él le hizo más reproches, ella se quejó:

-En Mejeru decían que los hijos unen, pero al parecer a nosotros nos pasa al revés, Hibiki.

Pero después se enterneció al recordar lo que él le había dicho, acerca de la responsabilidad que tenía, y ella misma fomentó las paces.

Un atardecer, la idea por fin rondó, y él quiso preguntarle que nombre le debían poner la niño.

-No me importa-dijo ella, recostada en su pecho, mientras sea un nombre bonito.

-¿Sabes?, si es hombre quiero que se llame Sasuke.

-Pues si tú eliges el nombre si es niño, yo quiero que se llame Harumi, si es niña.

Luego, ella se recostó as cómodamente en él, y él acariciaba su tersa y suave piel, y admiraba cada centímetro de ella. Entonces le levantó la barbilla, y le besó los labios que se entreabrían como siempre que le esperaba. Pero tardó mucho en hacerle el amor.

Y al cabo de tres meses, cuando el vientre de Dita ya se redondeaba francamente, Dita, que hasta entonces se había encontrado francamente bien, empezó a sufrir náuseas y vómitos, sobre todo por la mañana, cuando se levantaba, pero no se preocuparon, pues según Duero, eso era muy común en una mujer embarazada.

Y después pasó por una etapa de melancolía y de lágrimas. Sin causa aparente, los ojos se le humedecían y, si bien procuraba contenerse, a veces sufría grandes accesos de llanto. Hibiki estaba desconcertado y no sabía que hacer en esa situación, e incluso le pidió ayuda a Duero, pero éste le dijo que no se preocupara, pues eso era común.

Y había otros días en cambio, en los que se despertaba tierna y amorosa, devorada por una ardiente sensualidad, como si toda ella fuera una zona erógena sin solución de continuidad que vibraba con una fiebre sostenida y voluptuosa. Entonces lo abrazaba y lo llenaba de besos a la menor oportunidad.

Él se preocupaba un poco ante aquellos ojos que brillaban como deslumbrados por una claridad interior y ante aquella desazón que , al fin y al cabo, se le contagiaba por que Dita, incluso embarazada, era cada día más y más hermosa, y él la amaba. Y en aquellos momentos el amor se convertía en una llama devoradora que Dita, sin proponérselo, por una necesidad instintiva de expresarse, alimentaba con sus susurros, con los suspiros que se realiza en una vocación de la carne.

Pero también había días en los que se levantaba terriblemente malhumorada y todo lo encontraba mal y le reprochaba y le miraba con una expresión hostil, como si fuera el culpable de algo, y solamente lo fuera él. Era capaz de quedarse sentada horas de horas en un rincón de la habitación. Hibiki, prudentemente, desparecía.

Era como si en su persona hubiera tres Ditas diferentes que se iban sucediendo sin orden y de una forma tan imprevista que el comportamiento de la víspera no era ninguna garantía del comportamiento del día siguiente.

Pero él lo aceptaba sin hacerle recriminaciones, como si una sabiduría que no provenía de él, sino de su instinto, le hubiese preparado para aquellos cambios. Ella volvería a ser la que había sido, y aquella era, simplemente, la prenda que pagaban por el hijo que iba madurando.

Aunque ya habían tenido una fecha prevista, tan sólo 6 días antes se le presentaron los primeros dolores a Dita. Sabía que podía durar horas, así que Hibiki la llevó hacia la enfermería, donde Duero la tendría en observación.

Él la acompañó todo el tiempo, donde ella, solamente vestida con una bata médica y bañada en sudor esperaba el momento. Él sujetó su mano, se la apretó, y le besó la mejilla.

-¿Crees que va a tardar mucho?

Y así transcurrió una hora, al término de la cual, Hibiki fue forzado por Duero a no estorbar, y le dio las primeras indicaciones a Dita, mientras Pai, alistaba los instrumentos que serían necesarios en caso de un contratiempo.

Dita gemía por los dolores cada vez más frecuentes, y él estaba muy asustado al oírle gemir así. Hasta que al final el niño se abrió paso y Duero pudo tener al robusto niño que acababa de nacer. Exhausta Dita, se relajó.

Hibiki, tan sudoroso y mareado de angustia, observó como Duero limpiaba, y le cortaba el cordón umbilical. Le dio unos golpecitos en las nalgas, y el niño lloró. Hibiki, como si tuviera envidia, estalló también en sollozos.

Unos momentos después, Duero regresó, y puso en los brazos de Dita al niño, mientras Hibiki lo observaba con ternura y sorpresa.

El niño buscó con la boca el pecho de Dita, y empezó a beber la leche de su madre, que lo miraba con ternura. La capitana y los demás, fueron llegando, pero eso no les importó a ellos.

-Sasuke…-murmuró Dita, mientras el niño se iba quedando dormido en sus brazos.