Capítulo 3

Beth estaba ordenando cajas de medicamentos cuando Rosita entró a toda velocidad, como una estampida de búfalos, lanzándola de cabeza al interior del armario.

— ¡Beth, no te vas a creer…!

—Espera, espera —la cortó Beth, tratando de salir de aquella trampa mortal en la que su amiga la había incrustado. Soltó las cajas de medicinas que llevaba en la mano en un estante y se volvió para escucharla—. Vale, ahora.

— ¡Es que es muy fuerte! —restalló Rosita, enfurecida—. ¡Tienes que ver esto!

Fue entonces cuando Beth se dio cuenta de que Rosita llevaba un papel en la mano. Lo cogió y empezó a leer, frunciendo el ceño más y más conforme avanzaba:

Estimados empleados:

Debido a la falta de recursos y a la difícil situación por la que estamos pasando en estos momentos, nos vemos obligados a reducir las jornadas laborales para eliminar gastos. En los próximos días les iremos informando de sus nuevos horarios y turnos.

Muchas gracias de antemano por su colaboración y su impagable labor.

Dawn Cooper, directora del centro

— ¿Te lo puedes creer? —Saltó Rosita en el instante en el que Beth despegó los ojos del papel—. Estaban colgados por todas partes esta mañana—. ¿Gracias por su impagable labor? —Rosita bufó—. Tan impagable que llevamos meses sin ver ni un centavo.

—Entonces ahora, ¿qué? —Preguntó Beth—. Yo necesito trabajar más horas.

—Y yo —contestó Rosita—. ¿De qué se piensan que vivimos, del aire?

Beth respiró temblorosamente, volviendo a bajar la vista hacia la hoja, releyendo aquellas líneas una y otra vez, como si eso fuera a cambiar las palabras mágicamente.

— ¿Sabes qué? —Dijo de pronto Rosita—. Deberíamos ir a hablar con Dawn.

—No va a servir de nada —ambas se giraron cuando escucharon la voz de Lori, que entraba en ese momento con una caja. La soltó ruidosamente en el suelo y empezó a quitarse el polvo e las manos—. Vengo de hablar con ella.

— ¿Y…? —la instó Rosita, cuando pasaron unos segundos sin que Lori añadiera nada más.

—Y —continuó—, me ha dicho que "todos debemos hacer sacrificios por el bien común".

— ¡Que le jodan!

— ¡Rosita! —Saltaron Lori y Beth, ésta última girándose para comprobar que nadie más la había oído—. Eso te podría costar el trabajo.

—Pero, ¿qué trabajo? Esto es esclavitud, no fastidies —replicó Rosita, con los brazos en jarras—. No nos pagan, nos cambian los turnos cuando les da la gana, y encima nos dicen que es por el bien de todos. Yo creo que es más bien por el bien de los que tienen poder de verdad en este sitio, como nuestra querida directora. Estoy segura de que ella no tiene problemas para llegar a fin de mes. A ver cuánto tardan en empezar a echar gente.

Entonces Lori rompió a llorar, enterrando la cara entre las manos. Beth y Rosita se miraron, alarmadas, antes de lanzarse a sujetarla, como si fuera a caerse de un momento a otro.

—Lori, tranquila, no era en serio —se apresuró en corregirse—, todo irá bien.

—Nada va a ir bien —negó Lori—. Seguro que van a despedirme a mí.

—Pero, ¿qué dices? —Saltó Beth—. Eres la que tiene este sitio en pie, Lori, incluso Dawn se da cuenta.

Lori sacudió la cabeza, y apartó las manos de su cara.

—Estoy embarazada —y volvió a sollozar. Sus compañeras volvieron a mirarse, confundidas.

—Pero eso es una buena noticia, Lori —la consoló Beth, sonriendo—. Eso es genial.

— ¿Cuánto crees que tardará Dawn en despedirme? Ni siquiera nos pagan, ¿por qué iban a pagarme la baja por maternidad?

—Eso es ilegal —respondió Rosita firmemente—. Se les caería el pelo si te despidieran por eso. Además, si tuvieran que despedir a alguien sería a mí. Todos sabemos que tú trabajarías más embarazada de ocho meses que yo en dos semanas.

Lori empezó a reír nerviosamente, e incluso Beth soltó una risita, relajando el ambiente al instante.

—Aún tengo café en el termo —dijo Beth—. Vamos a tomarnos una taza y nos calmamos un poco, ¿de acuerdo?

—Dios, date prisa —la urgió Rosita, presionando con suavidad a Lori en la espalda para que caminara—. Con esta mierda de cafetera que nadie arregla hace semanas que no me tomo una taza decente.

—Ni siquiera eso hacen —añadió Lori, pero esta vez con tono jocoso, mientras avanzaban por el pasillo. Beth entrelazó un brazo con el de Lori e igual hizo su compañera.

—Bueno, siempre podemos pedirle a Beth que llame a su amigo, el macizo manitas —saltó Rosita burlonamente.

Ambas mujeres se volvieron para mirar a Beth con una sonrisita pícara.

—Parad —protestó ella, ruborizándose—. Es el hijo de una paciente.

—Pues vaya hijo —suspiró Lori—. No me importaría tener a la señora Dixon de suegra.

—Basta —musitó Beth, hundiéndose en sí misma.

—Cómo se nota que estás casada y a prueba de suegras —dijo Rosita—. De suegras nada, sólo él y yo. Que me haga un apaño.

— ¡PARAD! —gimió Beth, mortificada, antes de que sus compañeras empezaran a reírse escandalosamente. Beth era la más joven de todas, y sin embargo, a veces sentía que ella era la adulta y sus amigas las adolescentes de instituto. Justo como en ese instante.


Tres días después, Beth salía del supermercado cargada con dos bolsas en una mano y el recibo en la otra. Su cara se volvía una pequeña arruguita cada vez que tenía que leer aquél dichoso papelito. Aquella mañana se había sentado a hacer cuentas y a escribir una cuidadosa lista sobre las cosas esenciales que debería comprar. Sólo lo imprescindible, se dijo. Pero pronto descubrió que la mitad de sus armarios y la nevera se dedicaban a acumular más polvo que otra cosa. Así que la lista fue creciendo y creciendo, hasta que finalmente ella acababa haciendo la compra de la semana como una loca que se preparara para el apocalipsis.

Por suerte, el viernes –al fin- le darían la paga del mes. Eso no significaba que no le debieran dos meses de atrasos, pero al menos tendría dinero para treinta días más. Treinta días más sin sudar cada vez que llegaba una carta del banco o alguna factura.

Llegaría el día en que volvería a ocurrir, mucho más pronto que tarde, pero ese día no era hoy.

Y Beth no pensaba preocuparse más por aquél día.

Se detuvo en un semáforo mientras se guardaba el ticket en el bolsillo de la chaqueta. Cogió una de las bolsas con la otra mano para repartir el peso y su vista empezó a vagar por la calle, hasta que se fijó en la magnífica motocicleta que estaba aparcada en la acera de enfrente. En la diminuta comunidad donde se asentaba la granja de sus padres, una cosa así habría sido el tema de conversación durante al menos tres días, pero allí, en un pueblo medianamente más grande, donde no conocía a todo el mundo, aquello no era nada del otro mundo.

Sin embargo, seguía siendo objeto de admiración. La clase de máquina por la que su hermano habría suspirado como una colegiala enamorada.

El semáforo se puso en verde y ella cruzó. Ni siquiera supo por qué se detenía junto a aquella bestia con ruedas, pero la luz del sol la hacía brillar como un diamante oscuro y era casi atrayente.

Ni bien había alzado un dedo para tocarla, oyó un carraspeo que la hizo girarse de golpe.

—Señor Dixon —jadeó, apartando la mano de golpe. El corazón le martilleaba violentamente en el pecho, y mentiría si dijera que no había pensado en él lo más mínimo. De hecho, lo hacía cada día. Cada vez que iba a ver a su madre, cuando veía aquellos ojos azules que comenzaban a tornarse desvaídos, ajenos al mundo exterior, y que sin embargo parecían conservar un deje del fulgor que antaño habían poseído. El mismo fulgor que ahora la atravesaba.

Él la miró, luego a la moto, y luego de nuevo a ella, inquisitivamente.

—A mi hermano Shawn le encantan las motos —sintió la necesidad de explicar—. Y ésta es… impresionante.

Creyó ver un ligero brillo de orgullo antes de que se desvaneciera de golpe.

—Y… —comenzó él en voz baja—. ¿A usted?

Beth parpadeó, confundida.

— ¿A mí qué?

— ¿Le gustan? Las… motos —añadió, casi tímidamente. Beth no era capaz de entender por qué se escondía tras una cortina de pelo. Era ella la que se sentía anclada al suelo cada vez que él la miraba así.

Fue su turno de encogerse de hombros.

—No lo sé. No había muchas así en mi pueblo. Además, creo que a mi padre le daría un infarto si me viera montada en algo así —contestó, sonriendo débilmente. Para su sorpresa, Daryl le devolvió la sonrisa, de forma breve y casi imperceptible.

Permanecieron en silencio unos cuantos segundos más, hasta que ella se atrevió a preguntar:

— ¿Vive usted por aquí?

—Nah —respondió él—, sólo he venido a comprar unas piezas.

—Oh, vale —Beth se sintió ridícula, allí plantada, mirándole. Se mordió el interior de la mejilla, tratando de intentar algo que decir—. Su madre está muy bien, aunque le echa de menos.

Un gruñido fue lo que recibió por contestación, y de pronto, el ambiente pasó de ligeramente incómodo a tenso como para poder cortarlo con un cuchillo.

—Sé que usted tendrá cosas que hacer, y trabajo, y todo eso —continuó ella—, pero quizás si hablara con su hermano podrían…

—Mi hermano no está por aquí —la cortó él ásperamente—. Sólo yo.

— ¿Y cree que podría pasarse para verla algún día? ¿Un día que tenga libre?

Él se encogió de hombros.

—Vamos, sólo una hora. Estoy segura de que estaría muy feliz de verle —insistió ella, sonriendo. Él se rascó la cabeza un instante antes de mirarla y asentir—. ¿De veras? Qué le parece… ¿mañana?

Otro gruñido afirmativo. Su sonrisa se ensanchó.

—De acuerdo. Hasta mañana, entonces, señor Dixon —dijo ella, incapaz de dejar de sonreír. Se dio la vuelta y comenzó a caminar. Pilló por los pelos su voz antes de girar la esquina:

—Hasta mañana, enfermera.


Beth se pasó el resto del día de aquí para allá, mirando el reloj, impaciente, pero él no apareció. No podía evitarlo. Se pasó las horas girando la cabeza hacia la puerta, esperando verle entrar, pero la desilusión sólo crecía conforme avanzaba el día y sólo pasaban trabajadores y familiares, ninguno con el apellido Dixon.

Eran cerca de las diez. Beth estaba cambiándose, quitándose aquél viejo uniforme y poniéndose su ropa de verdad. Era casi como cambiar de piel. Ya no era la enfermera Greene, o Greene, era simplemente Beth, Bethy, la hija pequeña de Hershel que se había vuelto loca y se había mudado a otra ciudad, alejada de toda su familia, para trabajar en una residencia que se caía a pedazos.

Caminó por los silenciosos pasillos de la residencia y se despidió en voz baja de Joan, la recepcionista, antes de salir. La recibió un golpe de aire frío, y ella se arrebujó aún más en su abrigo.

Fue entonces cuando le vio, cubierto en aquella cazadora y aquél dichoso chaleco, apoyado contra la motocicleta, fumando un cigarrillo. Se veía más la nube de humo que a él mismo. Era un lugar oscuro donde había dos farolas, cada una colocada en un extremo de la propiedad.

Sus pies se movieron antes de que su cerebro procesara la información. Si él se dio cuenta de que ella se acercaba, no dio señales de ello. En su lugar, siguió fumando, con la vista fija en el cemento que había bajo sus pies.

Beth llegó hasta él sin aliento, jadeando.

—Señor Dixon —comenzó, con voz temblorosa—, ¿dónde estaba?

Él levantó ligeramente la cabeza, mirándola un instante antes de volver a bajarla. Beth sentía la rabia fluyendo.

—Señor Dixon —repitió—, le estoy hablando.

Pero él seguía mudo, y ella ya estaba harta.

—He estado esperándole todo el día —dijo—, todo el día, pendiente de si usted llegaría a cualquier hora para ver a su madre durante cinco minutos. He tenido que morderme la lengua para no decirle nada, y, ¿sabe qué? He hecho bien. Ninguna madre quiere saber que su hijo hace promesas que luego no cumple.

Esperó que Daryl dijera algo, lo que fuera, pero se limitó a exhalar otra nube de humo. Ella suspiró.

—Llevo casi doce horas trabajando, ¿y sabe qué? Estoy cansada de lidiar con usted. Es incorregible. Da igual lo que le diga, ¿verdad? Da igual que sea usted mejor persona de lo que intenta aparentar. Va a seguir prometiendo que vendrá para librarse de mí, y luego no aparecer. Pues ya no pienso hacerlo más. Si quiere verla, ya sabe dónde está. No pienso perseguirle ni un día más.

Y con eso, se giró y empezó a caminar enérgicamente hacia los portones de la salida, sujetando más firmemente el asa de su bolso mientras se alejaba.

—No podía entrar —su voz le hizo detenerse en seco. Lenta, muy lentamente, como si fuera una trampa, Beth se dio la vuelta.

—Entró el otro día sin problemas —respondió ella con desconfianza, sin dejar de estrujar el asa del bolso con fuerza.

—No… podía —repitió, levantando la vista, y entonces Beth comprendió. Suavizó la expresión, sintiendo cómo la tensión dejaba sus hombros, antes de volver a andar, esta vez en dirección a aquél dichoso hombre.

—No tiene por qué hacerlo solo —le dijo con suavidad, antes de alargar la mano para rozarle el brazo—. Ni tiene por qué forzarse. Poco a poco.

Y sonrió débilmente, como tratando de infundirle ánimos. Finalmente, él se atrevió a mantener su mirada con la de ella, relajándose visiblemente.

—Siento que me esperara —farfulló.

—No importa —respondió ella, encogiéndose de hombros.

Ninguno dijo nada durante unos momentos, simplemente permaneciendo allí.

— ¿Quiere que la lleve a casa? —preguntó finalmente él, señalando hacia la moto. Beth negó con la cabeza, sonriendo.

—No hace falta. Además, me gusta caminar —explicó Beth. Él asintió.

— ¿Le importa si la acompaño? —la pregunta le pilló desprevenida. De pronto, se sintió como él, casi muda. No tuvo otra cosa que hacer que asentir.

Caminaron en silencio, con los sonidos lejanos de algún coche de fondo. Beth no se atrevía a mirarle y él no decía nada. Se sentía casi como si volviera a tener dieciséis años, tímida e incapaz de abrir la boca para decir nada útil.

— ¿Lleva mucho tiempo viviendo aquí? —le preguntó él, sorprendiéndola por decimoquinta vez aquella noche. Beth se sobresaltó, no esperando oír su voz.

— ¿Cómo?

—Ayer dijo que… —es tan tímido, pensó Beth—, que en su pueblo mi moto hubiera sido el cotilleo. ¿Se mudó hace mucho?

—Ah —dijo Beth, comprendiendo, antes de asentir—. No, en unos meses hará un año. Tuve suerte, la verdad, encontrando trabajo nada más terminar la universidad.

Él hizo un sonido que ella interpretó como "ajá".

—Y no tiene que llamarme de usted —aclaró ella—. Sólo soy Beth.

Daryl asintió.

—Lo mismo —musitó. Beth sonrió—. ¿Te gusta trabajar en la residencia?

—Me encanta —contestó ella inmediatamente—. Todo el mundo me decía siempre que debería ser profesora o cuidadora de niños, porque se me dan bien, pero los ancianos también son personas muy interesantes. Tienen un montón de cosas que enseñarnos. ¿Y a ti te gusta tu trabajo?

Daryl tardó unos segundos en responder.

—Está bien —dijo finalmente—, sólo arreglo cosas, no es nada fijo.

—Pues se te da muy bien, a juzgar por cómo quedó la caldera —respondió ella, sonriendo. Él volvió a encogerse de hombros.

—No es nada.

—Sí que lo es —contraatacó ella, sin dejar de sonreír. Él no respondió, y Beth lo tomó como una pequeña victoria.

Siguieron caminando en un cómodo silencio hasta que llegaron a su portal. Beth tardó más de lo que solía en sacar las llaves.

—Muchas gracias por acompañarme —le agradeció—. Ha sido un detalle.

—No es nada —volvió a decir, y ella rió.

—Por cierto —dijo de pronto, recordando—, ¿qué va a hacer con la moto?

Él la miró un instante antes de sonreír levemente.

—Estoy seguro de que puedes vigilarla bien hasta que vuelva —dijo, con una voz tan grave que Beth se le erizó el vello de la nuca.

—Vale —susurró, sin aliento.

—Buenas noches, Beth.

—Buenas noches, Daryl.

Sintió que le temblaban las piernas en el momento en el que él se dio la vuelta y comenzó a alejarse de ella, como si no tuviera que seguir anclada al suelo. Jadeó ligeramente cuando él se volvió, sólo un instante para mirarla, y se giró inmediatamente.

Y cuando él hubo girado la esquina, y sólo entonces, se permitió soltar una risita.


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