3
La Madriguera
Caminaban por un pequeño camino de tierra, alejándose del pueblo. Al parecer la casa de los Weasley se encontraba algo apartada del pueblo.
—Está en el campo para que los muggles no se acerquen a fisgonear— explicó Fred—, pero no está muy lejos, estamos llegando ya.
Siguieron durante unos cinco minutos, y por fin Vega pudo contemplar la casa de los Weasley.
Parecía como si en otro tiempo hubiera sido una gran pocilga de piedra, pero aquí y allá habían ido añadiendo tantas habitaciones que ahora la casa tenía varios pisos de altura y estaba tan torcida que parecía sostenerse en pie por arte de magia, y Vega sospechó que así era probablemente. Cuatro o cinco chimeneas coronaban el tejado. Cerca de la entrada, clavado en el suelo, había un letrero torcido que decía «La Madriguera». En torno a la puerta principal había un revoltijo de botas de goma y un caldero muy oxidado. Varias gallinas gordas de color marrón picoteaban a sus anchas por el corral.
—No es gran cosa— dijo Ron humildemente.
—Es una maravilla —repuso Vega, contento, acordándose de su sosa y normal casa de Privet Drive.
Se acercaron a la casa, bordeando un pequeño corral y un cobertizo de planchas metálicas. Las luces de la planta baja estaban encendidas, y Vega podía ver gente dentro de la casa. Ron abrió la puerta y Vega entró, siguiendo a Fred y George.
La cocina era pequeña y todo en ella estaba bastante apretujado. En el medio había una mesa de madera que se veía muy restregada, y sentados a su alrededor estaba el resto de la familia Weasley.
La señora Weasley, una mujer pequeña, rolliza y de rostro bondadoso, se levantó muy sonriente.
—¡Bienvenida Vega, cariño! —dijo mientras se acercaba a ella con los brazos abiertos—. Espero que hayas tenido un buen viaje, el viaje en autobús noctámbulo puede ser bastante movidito.
—No, ha sido divertido— le respondió Vega sonriéndole a su vez.
La señora Weasley se apartó entonces de ella y se giró hacia el fogón para retirar una cazuela del fuego. Parecía que la habían estado esperando para cenar.
Había un hombre sentado en una silla de la cocina, que la miraba también sonriente. Vega supuso que se trataba del señor Weasley. Era un hombre delgado, bastante calvo, pero el escaso pelo que le quedaba era tan rojo como el de sus hijos.
—Así que tú eres Vega Black—le dijo mientras se levantaba para estrecharle la mano—. Ron nos ha hablado mucho de ti.
Los gemelos se empezaron a reír a carcajadas y Ron, que seguía de pie al lado de Vega, enrojeció hasta las orejas.
— ¡Papá! Os he hablado de todos mis amigos, no solo de Vega…
Vega se rio también y se sentó en una de las dispares sillas de la mesa, entre los gemelos y Ron, en frente de Percy, que le sonrió amablemente y le dio la bienvenida también. Estaban un poco apretujados, pero a Vega no le importaba. Estaba fascinada por lo que veía. Era la primera vez que estaba en la casa de un mago.
El reloj de la pared de enfrente sólo tenía una manecilla y carecía de números. En el borde de la esfera había escritas cosas tales como «Hora del té», «Hora de dar de comer a las gallinas» y «Te estás retrasando». Sobre la repisa de la chimenea había unos libros en montones de tres, libros que tenían títulos como La elaboración de queso mediante la magia, El encantamiento en la repostería o Por arte de magia: cómo preparar un banquete en un minuto. Y, a menos que Vega hubiera escuchado mal, la vieja radio que había al lado del fregadero acababa de anunciar que a continuación emitirían el programa «La hora de las brujas, con la popular cantante hechicera Celestina Warbeck».
La señora Weasley preparaba la cena sin poner demasiada atención en lo que hacía, y en el rato que tardó en freír las salchichas, canturreaba por lo bajo una canción que sonaba en la radio.
— ¿Y cómo es que Harry no viene contigo, cielo? —le preguntó a Vega, echándole en el plato ocho o nueve salchichas—. Arthur y yo hemos estado muy preocupados por vosotros. Anoche mismo estuvimos comentando que si Ron seguía sin tener noticias vuestras el viernes, iríamos a buscaros para traerte aquí. Pero — dijo mientras le servía un poco de pure de patatas—, supongo que los tíos de Harry no le han dejado venir sí estás aquí sola.
Entonces, como si fuera lo más natural, dio un golpecito con la varita mágica en el montón de platos sucios del fregadero, y éstos comenzaron a lavarse solos, produciendo un suave tintineo.
En aquel momento apareció en la cocina una personita bajita y pelirroja, que llevaba el pelo mojado y pareció sorprendida de encontrarse a alguien no pelirrojo en su casa.
—Hola…—dijo tímidamente la chica.
—Hola ¿Tú eres Ginny no? —la niña asintió—. Yo soy Vega Black.
Ginny le sonrió y se sentó al lado de Percy, que comía rápidamente su cena. Los gemelos hablaban en voz baja entre ellos, y la señora Weasley los miraba desaprobadoramente, a pesar de que no estaban haciendo nada malo… aún. Ron estaba muy concentrado en su comida, pero parecía estar pensando muy intensamente.
—Bueno, yo debería irme ya Molly, cariño—dijo entonces el señor Weasley levantándose de la mesa—. Esta noche tengo turno nocturno en el Ministerio. No me esperes levantada.
Se despidió de todos, Vega incluida, salió por la puerta y desapareció de la vista. En cuanto se hubo marchado, Percy también se levantó, dejó su plato en el fregadero (una esponja empezó a frotarlo sola por arte de magia), murmuró una excusa de que tenía que estudiar y desapareció escaleras arriba. Los demás no volvieron a hablar hasta que hubieron terminado todo lo que tenían en el plato, lo que les llevó poquísimo tiempo.
—Estoy que reviento —dijo Fred, bostezando ostentosamente y dejando finalmente el cuchillo y el tenedor—. Creo que me iré a la cama ya…
—Yo igual— dijo George a su vez, estirándose excesivamente.
—Sí, será mejor que nos vayamos a dormir ya—dijo Ron también mientras se levantaba.
Vega había captado perfectamente la indirecta que le lanzaban los chicos mientras se estiraban, fingiendo estar cansados, mirándola de reojo. Se levantó a su vez, pero antes de que pudiese seguir a los chicos, la señora Weasley la llamó.
—¡Un momento!—Vega se giró y los chicos se pararon en seco—. ¿Qué estáis tramando?
—Nada mamá— dijo Fred con una sonrisa encantadora. Sin embargo debió de sonar más despreocupado de lo que pretendía, pues la señora Weasley frunció el ceño.
— ¿Os creéis que nací ante ayer?
—No vamos a hacer nada malo— dijo George a su vez, mostrando las palmas y tratando de parecer lo más inocente posible. Pero no convenció ni un ápice a la señora Weasley, que seguía frunciendo el ceño y había cruzado los brazos.
—Algo cuchicheabais durante la cena, y Ron ha estado muy silencioso. Sé que algo tramáis desde que habéis llegado y no me fio ni un pelo de lo que vayáis a hacer, así que más os vale ir cada uno a vuestros cuartos derechitos.
—Pero, mamá... —protestó Ron, y los dos gemelos lo abrasaron con la mirada para hacerlo callar.
— ¿No decíais que estabais tan cansados? Pues ala, a la cama y sin rechistar
—Estoo… señora Weasley—trató de terciar Vega. La señora Weasley se giró hacia ella, todavía desconfiando—. Verá, hace mucho que no hablo con Ron, y los gemelos, y realmente lo que pretendían los chicos es que pudiésemos hablar un rato y ponernos al día entre nosotros. No pretendemos hacer ninguna trastada, es solo que simplemente queríamos estar un rato a solas los cuatro para charlar sin más.
Vega miró a la señora Weasley con la sonrisa más embaucadora que podía poner, transformándose en la viva imagen de la inocencia. La señora Weasley pareció flaquear ligeramente, y descruzó los brazos.
—Mmm… bueno, está bien—dijo finalmente—. Pero no estéis mucho rato. Voy a estar un rato en la cocina limpiando, y cuando suba, quiero que estéis todos en vuestras camas ¿Me habéis entendido?
Esto último lo dijo mirando a los gemelos severamente. Todos asintieron enérgicamente y, salieron rápidamente de la cocina dejando a la señora Weasley y a Ginny, que seguía cenando, en la cocina. Siguieron un estrecho pasadizo y llegaron a una escalera torcida que subía atravesando la casa en zigzag. Cuando llegaron al segundo rellano, se atrevieron a hablar al fin, pero en voz baja.
—Has estado a punto de fastidiarlo todo Ron—murmuró George mientras subían por las escaleras.
—Sí, una cosa es que mamá se piense que tramamos algo, y otra que lo descubra—replicó Fred a su vez, mirando a Ron y negando con la cabeza, como si aquello fuese obvio incluso para el más tonto.
—Yo que sé, mamá os tiene calados, así que pensé que ya nos había pillado—se defendió Ron
—Menos mal que estaba yo para salvaros el culo a todos— dijo Vega, y todos se rieron por lo bajo.
Subieron tres tramos más de escalera hasta llegar a una puerta con la pintura desconchada y una placa pequeña que decía «Habitación de Ronald».
Cuando Vega entró, con la cabeza casi tocando el techo inclinado, tuvo que cerrar un instante los ojos. Le pareció que entraba en un horno, porque casi todo en la habitación era de color naranja intenso: la colcha, las paredes, incluso el techo. Luego se dio cuenta de que Ron había cubierto prácticamente cada centímetro del viejo papel pintado con pósteres iguales en que se veía a un grupo de siete magos y brujas que llevaban túnicas de color naranja brillante, sostenían escobas en la mano y saludaban con entusiasmo.
—¿Tu equipo de quidditch favorito? —le preguntó Vega.
—Los Chudley Cannons —confirmó Ron, señalando la colcha naranja, en la que había estampadas dos letras «C» gigantes y una bala de cañón saliendo disparada—. Van novenos en la liga.
Mientras los gemelos se sentaban en el suelo, Ron vigilaba los movimientos de Vega mientras esta se fijaba en la habitación. Ron tenía los libros de magia del colegio amontonados desordenadamente en un rincón, junto a una pila de cómics que parecían pertenecer todos a la serie Las aventuras de Martin Miggs, el «muggle» loco. Su varita mágica estaba en el alféizar de la ventana, encima de una pecera llena de huevos de rana y al lado de Scabbers, la gorda rata gris de Ron, que dormitaba en la parte donde daba el sol.
Vega echó un vistazo por la diminuta ventana, tras pisar involuntariamente una baraja de cartas autobarajables que se hallaba esparcida por el suelo. No podía ver casi nada afuera, pues estaba bastante oscuro y las nubes tapaban la Luna. Luego se volvió hacia los gemelos y hacia Ron, que la miraba con impaciencia, esperando que Vega emitiera su opinión.
—Es un poco pequeña —se apresuró a decir Ron—. Además, justo aquí arriba está el espíritu del ático, que se pasa todo el tiempo golpeando las tuberías y gimiendo...
Pero Vega le dijo con una amplia sonrisa:
—Es genial, ya me gustaría a mí que mi madre me dejase cubrir las paredes de mi cuarto de posters hasta que ya no se viese la pared.
Ron se ruborizó hasta las orejas y los gemelos se empezaron a reír a carcajadas.
—Hey, que si molestamos nos vamos ¿eh?—dijo Fred con una sonrisa burlona—, ya os dejamos un rato a solas en parejita y volvemos luego.
La cara de Ron se puso como un tomate y se encaró con sus hermanos, que reían a carcajadas tirados por el suelo. Vega no se dejó amedrentar.
— ¿Qué pasa Freddie? — dijo con una sonrisa peligrosa—. ¿Acaso estás celoso de que tu hermano pequeño tenga más relación con chicas que tú?
Las carcajadas de los gemelos pararon en seco y Ron bufó de sorpresa, empezando a reírse a su vez. George asintió con los brazos cruzados, silbando admirativamente y Fred se levantó, miró a Vega con una media sonrisa desafiante y alzó las cejas un segundo.
—Bien jugado, morena—dijo Fred—. Desde que Bill y Charlie se marcharon nadie me había devuelto un puñal tan bueno, pero ten cuidado porque te estas metiendo en un juego que no puedes ganar.
Vega soltó una carcajada seca y sarcástica
—Sí, mejor que no juguemos Weasley, o acabarás llorando en una esquina cuando haya terminado contigo—respondió con una amplia sonrisa, nada intimidada.
— ¡Owwww! — exclamaron Ron y George entre risas.
Fred se giró a mirarlos ferozmente y después volvió a valorar a Vega con la mirada, que lo retó con un alzamiento de cejas. Entonces George se empezó a reír por detrás de su gemelo, y Vega, a pesar de intentar contener la risa, no pudo evitarlo más cuando Fred empezó a hacer muecas de esfuerzo para no desternillarse tampoco. Estuvieron unos minutos riéndose todos. Vega se sentía muy bien. Hacía mucho que no disfrutaba tanto en compañía de sus amigos, pues el humor de Harry había sido bastante oscuro conforme pasaba el verano sin recibir noticias de nadie.
Cuando al fin se calmaron, y Fred le tendió una mano en señal de respeto a Vega y se sentaron todos en círculo en el suelo.
—Bueno, cuéntanos—dijo Ron—. Sabemos que Harry recibió un apercibimiento oficial por utilizar la magia delante de los muggles, pero queremos saber que pasó exactamente.
—¿Ya sabíais lo de la carta? —preguntó Vega confundida.
—Papá trabaja en el Ministerio de Magia, así que se enteró y nos lo dijo—explicó George.
Vega les contó todo lo que había hablado con Harry la noche anterior.
— ¿Un elfo doméstico? — dijo Ron poco convencido, después de que Vega hubiese terminado—. ¿Estás segura de eso? Es un poco raro…
—Sí, también es un poco raro que ese elfo quiera evitar que Harry vaya a Hogwarts —dijo George—. ¿Qué puede estar ocurriendo allí que sea tan malo?
—Como si su enfrentamiento con Voldemort/Quirrel el año pasado no hubiese sido terriblemente peligroso—observó Vega sarcásticamente.
— ¡Es igual! —Zanjó Fred—. El problema de Hogwarts, para cuando venga. Por el momento hay que sacar a Harry de casa de sus tíos. ¿Alguna idea?
Se miraron unos a otros, pero ninguno dijo nada. Ron ponía cara de concentración y Fred y George se miraban fijamente el uno al otro, como si la respuesta a su problema se hallase profundamente enterrada en la mente de su gemelo. Vega se sentía de nuevo impotente. Sabía cómo se sentían en aquellos momentos sus amigos, pues ella había estado durante dos días enteros barajando opciones para liberar a Harry. Sin embargo había poco que tres magos y una bruja menores de edad podían hacer frente a los Dursley que no fuese a traerles más problemas de los que ya tenían.
— ¡Ya sé! —exclamó de pronto Ron.
—Si vas a decir una tontería como que echemos la puerta abajo o algo así mejor te lo ahorras—dijo Fred, tratando de picarlo de nuevo, pero Ron no le hizo caso y se volvió muy convencido hacia sus hermanos.
— ¡El coche! ¡Usemos el coche! —continuó Ron.
Vega no entendía muy bien que pasaba, pero los gemelos se sobresaltaron y sus caras se iluminaron.
— ¡Pues claro! —dijo George.
—Es una idea genial Ron, casi me da vergüenza que no se me haya ocurrido a mí— le felicitó Fred con una ligera expresión de fastidio.
—Esto… ¿Alguien me explica que se le ha ocurrido a Ron? —dijo Vega.
—Nuestro padre encantó un coche para que volara—explicó George—. Podríamos ir volando hasta casa de Harry, sacarlo de allí, y volver antes de que nadie se dé cuenta de que ha pasado algo.
—Un coche volador…—repitió Vega asombrada—. ¿Y sabéis hacerlo volar?
—Claro que sí—dijo Fred como si la pregunta le ofendiese—. George y yo hemos estado jugando con ese coche durante semanas todos los veranos cuando nuestros padres no estaban. Es pan comido.
— ¿Sabrás guiarnos hasta la casa de los tíos de Harry no? —preguntó George súbitamente preocupado.
—Creo que sí…—dijo Vega después de pensarlo unos segundos—. Hay que ir hasta Privet Drive, el Little Whingin ¿Sabéis donde es?
— ¿Eso está cerca de Londres no? —Preguntó Fred tras pensar también unos minutos. Asintió —. Sabremos ir.
Ron dio una palmada y se sentó en su cama.
— ¡Entonces está decidido! Esta noche vamos a liberar a Harry.
Vega y los gemelos asintieron y se miraron unos a otros ansiosos. Entonces llegó la señora Weasley (que afortunadamente no parecía haber oído nada de lo que habían dicho), y los mandó a cada uno a su habitación.
Bajaron de nuevo por las escaleras y Vega, Fred y George se pararon un momento en el rellano del tercer piso, donde estaban la habitación de los gemelos, y la de Ginny, donde dormiría Vega.
—Llamaremos a la puerta cuando sea la hora—murmuró Fred—. No te duermas, que eres nuestra guía.
Vega asintió y entró en el cuarto de Ginny. La menor de los Weasley ya estaba allí. Iba vestida con un largo camisón y parecía muy concentrada en un cuaderno, en el que estaba escribiendo. Cuando Vega entró, Ginny cerró de golpe el cuaderno y se giró a mirarla alarmada. Al ver que era Vega quien había entrado, pareció tranquilizarse un poco. Dejó su cuaderno en un cajón de su mesilla y se recostó sobre la cama. Vega se acercó a la cama plegable disponible y vio que la señora Weasley había subido su baúl, que reposaba a los pies de su cama.
—Parecía que lo estabais pasando muy bien allí arriba—comentó Ginny con una sonrisa mientras Vega se ponía su pijama—. Se os oía reíros desde mi cuarto.
—Sí—respondió Vega, devolviéndole una sonrisa radiante—. Los gemelos trataban de hacer rabiar a Ron, pero le he callado la boca a Fred y eso les ha hecho mucha gracia.
Ginny silbó admirada y valoró a Vega con la mirada.
—Menudo logro. No hay mucha gente en el mundo que pueda devolverles lo suyo a los gemelos aparte de Bill.
—¿Bill es vuestro hermano mayor, no? —preguntó Vega, aunque algo recordaba de lo que Ron les había contado el año pasado sobre su familia.
—Sí, Bill y Charlie. Pero ya no viven aquí. Antes Fred, George y Bill compartían la habitación que es ahora de los gemelos, y Charlie dormía en el ático con Ron.
Vega asintió y se cubrió con las mantas sobre la cama plegable. Era un poco incómoda, pero después de todo, no iba a dormir allí. Por lo menos aquella noche no.
—Dime…—comenzó a decir dubitativamente Ginny—. ¿Es verdad que conoces a Harry Potter desde siempre?
Vega se giró hacia la niña, que la miraba ligeramente enrojecida y parecía haber estado aguantándose esas preguntas desde hace un tiempo. Vega asintió y se encogió de hombros.
—Algo así. Nos conocemos desde que íbamos a primaria, desde los seis años. Pero Harry se pasaba todos los días en mi casa conmigo y mis padres adoptivos, así que prácticamente es como mi hermano.
—Que guay…—dijo Ginny con una expresión soñadora—. Debe ser una pasada tener a Harry Potter como hermano.
Vega soltó una carcajada irónica.
—No está mal, pero que conste que de los dos, yo soy la más encantadora y carismática. No vaya a ser que Harry empiece a creerse más guay que yo solo porque es famoso.
Ginny la miró con los ojos muy abiertos, asombrada, pero cuando vio que Vega bromeaba, soltó una risita y las dos empezaron a reírse en voz baja.
—Hablas como mis hermanos—dijo Ginny entre risas—. Has dicho exactamente lo mismo que habrían dicho Fred o George cuando la gente los compara.
Vega sonrió y se incorporó, apoyando el codo en la almohada.
—Debe ser genial esto de tener tantos hermanos.
—Bueno…—dijo Ginny haciendo una ligera mueca—. Como somos tantos, vamos heredando las cosas unos de otros, y no podemos traer todos a muchos amigos a casa o no cabríamos todos. Pero sí que es cierto que son todos muy buenos conmigo, y los gemelos son muy divertidos.
—El año pasado debiste de aburrirte mucho, con todos tus hermanos en Hogwarts—comentó Vega.
Ginny se incorporó con una sonrisa triunfal.
—Pero este año por fin vamos a estar todos juntos en el colegio. Espero que me pongan en Gryffindor con todos mis hermanos… si no, no sé muy bien que haría…
—Seguro que sí—le dijo Vega sonriendo mientras se volvía a tumbar.
Estuvieron un rato más hablando. Ginny le hacía preguntas sobre Hogwarts y sobre Harry. Sobretodo sobre Harry. Vega se sonreía interiormente. Estaba bastante claro que a Ginny le gustaba Harry. Tenía una obsesión enfermiza por saberlo todo sobre su amigo, y eso a Vega le resultaba tan extraño, que tenía que esforzarse por no ponerse a reír como una estúpida al imaginarse a Harry rodeado de fans tan fervorosas como Ginny.
Al fin, Ginny acabó quedándose dormida, muy satisfecha con todas las respuestas que le había hecho a Vega sobre Harry. Vega la observaba dormir, concentrándose para no quedarse dormida ella a su vez. Le caía bien aquella chica. Seguro, era un poco pesada con todas las preguntas que tenía sobre Harry (aunque Vega sospechaba que lo que realmente la irritaba era la fama de su amigo en el mundo mágico), pero era una chica interesante. No era como Hermione, tan preocupada por la impresión que causaba en los demás, ni tampoco se parecía a ninguna otra de las niñas de Gryffindor, a las que Vega consideraba muy superficiales. Ginny era una Weasley más. Se parecía mucho más a los gemelos que a Ron, y Vega sospechaba que tenía el mismo talento que ellos para manejar a su madre. Vega estaba segura de que Ginny acabaría en Gryffindor, y por un segundo lamentó que ella hubiese empezado un año antes de lo que debía en Hogwarts, pues si el profesor Dumbledore no hubiese intervenido para que ella entrase en el Colegio a la vez que Harry, habría acabado yendo al mismo curso que Ginny, y estaba segura de que habrían sido grandes amigas desde el principio. Sacudió la cabeza. Había sido una buena decisión que ella hubiese empezado el año pasado junto con Harry, y siempre podía hacerse amiga de Ginny a partir de entonces.
Entonces un ligero toque en la puerta sobresaltó a Vega, que miró el reloj. Eran las cuatro y media. Se levantó, tratando de hacer el menor ruido posible. Debía haberse quedado dormida durante unas horas, pues estaba agotada. Se puso rápidamente unos vaqueros y una sudadera, y cogió las deportivas con una mano. En el rellano la esperaban Fred, George y Ron, completamente vestidos, que escuchaban atentamente cualquier movimiento en la casa.
Bajaron las escaleras y salieron de la casa, dirigiéndose hacia un pequeño garaje de chapa, en el que había un viejo coche de color azul turquesa. Era realmente muy viejo.
— ¿Estáis seguros de que esto aguantará hasta Surrey? —preguntó Vega, vacilante.
—Seguros, seguros… mmm, no—respondió Fred con una amplia sonrisa burlona.
—De hecho es la primera vez que lo haremos volar tanto rato—siguió diciendo George.
—¡Pero ahí es donde está la emoción de la aventura! —dijo Fred entusiasmado.
Ron le dio un golpe en el hombro, para hacerlo callar, y se metieron todos en el coche. Ron y Vega se sentaron en los asientos traseros y Fred se sentó al volante, con su hermano a su lado. Fred arrancó el motor, que soltó un estruendo tan grande que Vega pensó que la señora Weasley tenía que haberlo oído seguro. Sin embargo, nadie había salido de la casa, y ya se encaminaban por el camino de tierra hacia el pueblo.
—Hazlo volar antes de que lleguemos al pueblo—aconsejó Ron a su hermano, que tiró de una palanca.
Sorprendentemente, el coche empezó a elevarse sin más, como si fuese lo más normal del mundo. Vega miró por la ventana y vio como los campos se alejaban cada vez más, y a lo lejos la figura de La Madriguera empequeñecía.
—Wow…—dijo alucinada—. Si vuela bien y todo…
—Pues claro—respondió Fred socarrón—. Soy un as del volante, morena.
—Fred, como no dejes de llamarme morena te tiro del coche en marcha, y me da igual que seas tú el que conduce— respondió Vega tranquilamente sin dejar de mirar por la ventanilla.
Fred no respondió, pero se rio, igual que George y Ron. Se pasaron el resto del viaje comentando sobre partidos de quidditch, y poniendo al día a Vega sobre el estado de la Liga nacional inglesa.
Al cabo de unas horas, comenzaron a descender y Vega descubrió entre la niebla nocturna el perfil de los tejados de Little Whinging. Le indicó a Fred la calle que tenía que seguir, y en unos minutos estaban flotando delante de la ventana de Harry en Privet Drive. Ron asomó el cuerpo por la ventanilla del coche y dio unos toques en la ventana de Harry. Todo aquello le estaba resultando a Vega muy surrealista.
Harry se despertó y se levantó de un salto. Parecía muy confundido.
— ¡Ron! —Exclamó, encaramándose a la ventana y abriéndola para poder hablar con él a través de la reja—. Ron, ¿cómo has logrado...? ¿Qué...?
Harry se quedó boquiabierto al darse cuenta de que lo que estaba viendo era un coche flotando. Vega se rio y se encaramó sobre Ron para asomarse también a la ventanilla.
— ¿Que no creías que fuese a sacarte de aquí ya o qué?
— Vega nos lo ha contado todo—dijo Ron—. Así que hemos venido a sacarte de aquí. Nos tenías muy preocupados, te he pedido unas doce veces que vinieras a mi casa a pasar unos días por carta, y luego mi padre vino un día diciendo que te habían enviado un apercibimiento oficial por utilizar la magia delante de los muggles.
—No fui yo, ya os lo habrá contado Vega—Ron asintió—. Pero ¿cómo se enteró?
—Trabaja en el Ministerio —contestó Ron rápidamente.
—Pero chicos ¡Os expulsarán a vosotros por usar la magia para venir aquí!—dijo Harry, echando un vistazo al coche flotante.
— ¡Esto no cuenta! —Explicó Vega—. Sólo lo hemos cogido prestado. Es del señor Weasley, nosotros no lo hemos encantado. Y ahora apártate, hemos venido para llevarte con nosotros.
—Pero tampoco vosotros podéis utilizar la magia para sacarme...
—No la necesitamos —repuso Ron, señalando con la cabeza hacia los asientos delanteros y sonriendo—. Recuerda a quién hemos traído con nosotros.
—Ata esto a la reja —dijo George, arrojándole un cabo de cuerda.
—Si los Dursley se despiertan, me matan —comentó Harry, atando la soga a uno de los barrotes. Fred aceleró el coche.
—No te preocupes —dijo Fred— y apártate.
Harry se retiró al fondo de la habitación. El coche aceleró más y más, y de pronto, con un sonoro crujido, la reja se desprendió limpiamente de la ventana mientras el coche salía volando hacia el cielo. Vega se encaramó sobre la ventanilla y vio que la reja había quedado colgando a sólo un metro del suelo. Entonces Ron fue recogiendo la cuerda hasta que tuvieron la reja dentro del coche. Después de que Ron dejara la reja en el asiento trasero, al lado de Vega, Fred dio marcha atrás para acercarse tanto como pudo a la ventana de Harry.
—Entra —dijo Ron.
—Pero todas mis cosas de Hogwarts... Mi varita mágica, mi escoba...
—¿Dónde están? —preguntó Vega.
—Guardadas bajo llave en la alacena de debajo de las escaleras. Y yo no puedo salir de la habitación.
—No te preocupes —dijo George desde el asiento del acompañante—. Quítate de ahí, Harry.
Ron se colocó en el asiento delantero, sujetando el coche y Fred y George entraron en la habitación de Harry trepando con cuidado por la ventana.
«Hay que reconocer que lo hacen muy bien», pensó Vega cuando vio que George se sacaba del bolsillo una horquilla del pelo para forzar la cerradura.
—Muchos magos creen que es una pérdida de tiempo aprender estos trucos muggles —observó Fred—, pero nosotros opinamos que vale la pena adquirir estas habilidades, aunque sean un poco lentas.
Se oyó un ligero «clic» y la puerta se abrió.
—Bueno, nosotros bajaremos a buscar tus cosas. Recoge todo lo que necesites de tu habitación y ve dándoselo a Vega por la ventana —susurró George.
—Tened cuidado con el último escalón, porque cruje —les susurró Harry mientras los gemelos se internaban en la oscuridad.
Harry fue cogiendo sus cosas de la habitación y se las pasaba a Vega a través de la ventana. Luego salió por la puerta y ayudó a Fred y a George a subir el baúl.
Llevaron el baúl a través de la habitación de Harry hasta la ventana abierta. Fred pasó al coche para ayudar a Vega a subir el baúl, mientras Harry y George lo empujaban desde la habitación. Centímetro a centímetro, el baúl fue deslizándose por la ventana.
Se oyó una tos fuerte a través de la pared del cuarto de Harry.
—Un poco más —dijo jadeando Fred, que desde el coche tiraba del baúl—, empujad con fuerza...
Harry y George empujaron con los hombros, y el baúl terminó de pasar de la ventana al asiento trasero del coche.
—Estupendo, vámonos —dijo George en voz baja.
Pero mientras subía al alféizar de la ventana, Vega oyó un potente chillido detrás de Harry, seguido por la atronadora voz del señor Dursley
—¡ESA MALDITA LECHUZA!
—¡Me olvidaba de Hedwig! —dijo Harry aterrado
Harry cruzó a toda velocidad la habitación al tiempo que se encendía la luz del rellano. Cogió la jaula de Hedwig, volvió velozmente a la ventana, y se la pasó a Vega.
Harry estaba subiendo al alféizar cuando Vernon Dursley aporreó la puerta, y ésta se abrió de par en par.
Durante una fracción de segundo, el tío de Harry se quedó inmóvil en la puerta; luego soltó un mugido como el de un toro furioso y, abalanzándose sobre Harry, lo agarró por un tobillo.
Vega, Fred y George lo asieron a su vez por los brazos, y tiraban de él todo lo que podían.
—¡Petunia! —Bramó el señor Dursley—. ¡Se escapa! ¡SE ESCAPA!
Pero Vega y los Weasley tiraron con más fuerza, y el señor Dursley tuvo que soltar la pierna de Harry. Tan pronto como éste se encontró dentro del coche y hubo cerrado la puerta con un portazo, gritó Vega:
—¡Ron, aprieta el acelerador!
Y el coche salió disparado en dirección a la luna. Harry estaba pletórico. Por fin era libre. Vega y él se asomaron por la ventanilla y, con el aire azotándole los cabellos, volvieron la vista para ver alejarse los tejados de Privet Drive. Los tíos de Harry y Dudley estaban asomados a la ventana de su casa, alucinados.
—¡Hasta el próximo verano! —gritó Harry.
Vega y los Weasley se rieron a carcajadas, y Harry se recostó en el asiento, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Suelta a Hedwig —dijo a Vega— y que nos siga volando. Lleva un montón de tiempo sin poder estirar las alas.
George le pasó la horquilla a Vega y, en un instante, Hedwig salía alborozada por la ventanilla y se quedaba planeando al lado del coche, como un fantasma.
—Entonces, Harry, Vega nos ha contado la mayoría de las cosas —dijo Ron impaciente—. Pero queremos oír de ti lo que ha ocurrido.
Vega trató de acomodarse entre la reja de la ventana y la jaula de Hedwig mientras Harry les explicaba a los Weasley lo de Dobby, la advertencia que le había hecho y el desastre del pudín de violetas. Cuando terminó, hubo un silencio prolongado.
—Sí, es muy sospechoso —dijo finalmente Fred.
—Me huele mal —corroboré George—. ¿Así que ni siquiera te dijo quién estaba detrás de todo?
—Creo que no podía —dijo Harry—, ya os he dicho que cada vez que estaba a punto de irse de la lengua, empezaba a darse golpes contra la pared.
Vega vio que Fred y George se miraban.
— ¿Creéis que me estaba mintiendo? —preguntó Vega.
—Bueno —repuso Fred—, tengamos en cuenta que los elfos domésticos tienen mucho poder mágico, pero normalmente no lo pueden utilizar sin el permiso de sus amos. Me da la impresión de que enviaron al viejo Dobby para impedirte que regresaras a Hogwarts. Una especie de broma. ¿Hay alguien en el colegio que tenga algo contra ti?
—Sí —respondieron Vega, Ron y Harry al unísono.
—Draco Malfoy —dijo Harry—. Me odia.
—¿Draco Malfoy? —dijo George, volviéndose—. ¿No es el hijo de Lucius Malfoy?
—Supongo que sí, porque no es un apellido muy común —contestó Harry—. ¿Por qué lo preguntas?
—He oído a mi padre hablar mucho de él —dijo George—. Fue un destacado partidario de Quien-tú-sabes.
—Y cuando desapareció Quien-tú-sabes —dijo Fred, estirando el cuello para mirar a Vega, Harry y Ron—, Lucius Malfoy regresó negándolo todo. Mentiras... Mi padre piensa que él pertenecía al círculo más próximo a Quien-tú-sabes.
Vega ya conocía esos rumores sobre la familia de Malfoy porque su prima Nymphadora se lo había contado, y ya entonces no le habían sorprendido en absoluto.
—No sé si los Malfoy poseerán un elfo —dijo Harry pensativo.
—Bueno, sea quien sea, tiene que tratarse de una familia de magos de larga tradición, y tienen que ser ricos —observó Fred.
—Sí, mamá siempre está diciendo que querría tener un elfo doméstico que le planchase la ropa —dijo George—. Pero lo único que tenemos es un espíritu asqueroso y malvado en el ático, y el jardín lleno de gnomos. Los elfos domésticos están en grandes casas solariegas y en castillos y lugares así, y no en casas como la nuestra.
Harry estaba callado. A juzgar por el hecho de que Draco Malfoy tenía normalmente lo mejor de lo mejor, su familia debía de estar forrada de oro mágico.
Podía imaginárselo dándose aires en una gran mansión. También parecía encajar con el tipo de cosas que Malfoy podría hacer, el enviar a un criado para que impidiera que Harry volviese a Hogwarts. ¿Había sido un estúpido al dar crédito a Dobby?
—De cualquier manera, estoy muy contento de que hayamos podido rescatarte —dijo Ron—. Me estaba preocupando que no respondieras a mis cartas. Al principio le echaba la culpa a Errol… No sería la primera vez que le da un colapso al hacer una entrega. Así que intenté pedirle a Percy que me prestara a Hermes...
—¿Quién? —preguntó Vega.
—La lechuza que nuestros padres compraron a Percy cuando lo nombraron prefecto —dijo Fred desde el asiento delantero.
—Pero Percy no me la quiso dejar —añadió Ron—. Dijo que la necesitaba él.
—Este verano, Percy se está comportando de forma muy rara —dijo George, frunciendo el entrecejo—. Ha estado enviando montones de cartas y pasando muchísimo tiempo encerrado en su habitación... No puede uno estar todo el día sacando brillo a la insignia de prefecto. Te estás desviando hacia el oeste, Fred —añadió, señalando un indicador en el salpicadero. Fred giró el volante.
—¿Vuestro padre sabe que os habéis llevado el coche? —preguntó Harry, adivinando la respuesta.
—Esto..., no —contestó Ron—, esta noche tenía que trabajar. Espero que podamos dejarlo en el garaje sin que nuestra madre se dé cuenta de que nos lo hemos llevado.
—¿Qué hace vuestro padre en el Ministerio de Magia? —preguntó Vega curiosa.
—Trabaja en el departamento más aburrido —contestó Ron—: el Departamento
Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles.
—¿El qué? —dijo Harry.
—Se trata de cosas que han sido fabricadas por los muggles pero que alguien las encanta, y que terminan de nuevo en una casa o una tienda muggle. Por ejemplo, el año pasado murió una bruja vieja, y vendieron su juego de té a un anticuario. Una mujer muggle lo compró, se lo llevó a su casa e intentó servir el té a sus amigos. Fue una pesadilla. Nuestro padre tuvo que trabajar horas extras durante varias semanas.
— ¿Qué ocurrió? —preguntó Harry.
—Pues que la tetera se volvió loca y arrojó un chorro de té hirviendo por toda la sala, y un hombre terminó en el hospital con las tenacillas para coger los terrones de azúcar aferradas a la nariz. Nuestro padre estaba desesperado, en el departamento solamente están él y un viejo brujo llamado Perkins, y tuvieron que hacer encantamientos para borrarles la memoria y otros trucos para que no se acordaran de nada.
—Pero vuestro padre..., este coche... —titubeó Vega.
Fred se rio.
—Sí, le vuelve loco todo lo que tiene que ver con los muggles, tenemos el cobertizo lleno de chismes muggles. Los coge, los hechiza y los vuelve a poner en su sitio. Si viniera a inspeccionar a casa, tendría que arrestarse a sí mismo. A nuestra madre la saca de quicio.
—Ahí está la carretera principal —dijo George, mirando hacia abajo a través del parabrisas—. Llegaremos dentro de diez minutos... Menos mal, porque se está haciendo de día.
Un tenue resplandor sonrosado aparecía en el horizonte, al este.
Fred dejó que el coche fuera perdiendo altura, y Vega vio a la escasa luz del amanecer el mosaico que formaban los campos y los grupos de árboles.
—Vivimos un poco apartados del pueblo —explicó George a Harry—. En Ottery Saint Catchpole.
El coche volador descendía más y más. Entre los árboles destellaba ya el borde de un sol rojo y brillante.
—¡Aterrizamos! —exclamó Fred cuando, con una ligera sacudida, tomaron contacto con el suelo. Aterrizaron junto al garaje en ruinas. Harry miraba asombrado a la casa.
—No es gran cosa—dijo Ron, un poco avergonzado.
—Es una maravilla —repuso Harry, contento.
Salieron del coche.
—Ahora tenemos que subir las escaleras sin hacer el menor ruido —advirtió Fred—, y esperar a que mamá nos llame para el desayuno. Entonces tú, Ron, bajarás las escaleras dando saltos y diciendo: «¡Mamá, mira quién ha llegado esta noche!» Ella se pondrá muy contenta, y nadie tendrá que saber que hemos cogido el coche.
—Bien —dijo Ron—. Vamos, Harry, yo duermo en el...
De repente, Ron se puso de un color verdoso muy feo y clavó los ojos en la casa. Los otros tres se dieron la vuelta.
La señora Weasley iba por el corral espantando a las gallinas, y para tratarse de una mujer pequeña, rolliza y de rostro bondadoso, era sorprendente lo que podía parecerse a un tigre de enormes colmillos.
—¡Ah! —musitó Fred.
—¡Dios mío! —exclamó George.
La señora Weasley se paró delante de ellos, con las manos en las caderas, y paseó la mirada de uno a otro. Llevaba un delantal estampado de cuyo bolsillo sobresalía una varita mágica.
—Así que... —dijo.
—Buenos días, mamá —saludó George, poniendo lo que él consideraba que era una voz alegre y encantadora.
—¿Tenéis idea de lo preocupada que he estado? —preguntó la señora Weasley en un tono aterrador.
—Perdona, mamá, pero es que, mira, teníamos que...
Aunque los tres hijos de la señora Weasley eran más altos que su madre, se amilanaron cuando descargó su ira sobre ellos.
—¡Las camas vacías! ¡Ni una nota! El coche no estaba..., podíais haber tenido un accidente... ¡Y además os habéis llevado a Vega con vosotros! Creía que me volvía loca, pero no os importa, ¿verdad?... Nunca, en toda mi vida... Ya veréis cuando llegue a casa vuestro padre, un disgusto como éste nunca me lo dieron Bill, ni Charlie, ni Percy...
—Percy, el prefecto perfecto —murmuró Fred.
—¡PUES PODRÍAS SEGUIR SU EJEMPLO! —gritó la señora Weasley, dándole golpecitos en el pecho con el dedo—. Podríais haberos matado o podría haberos visto alguien, y vuestro padre haberse quedado sin trabajo por vuestra culpa...
Les pareció que la reprimenda duraba horas. La señora Weasley enronqueció de tanto gritar y luego se plantó delante de Vega y Harry, que retrocedieron intimidados.
—Me alegro de verte, Harry, cielo —dijo—. Pasad a desayunar.
La señora Weasley se encaminó hacia la casa y Vega y Harry la siguieron, después de dirigir una mirada azorada a Ron, que les respondió animándolos con un gesto de la cabeza.
Vega se sentó en una silla al lado de Harry, que miraba a todas partes. Vega recordó como se había quedado de asombrada la noche anterior con la casa de los Weasley y sonrió.
La señora Weasley preparaba el desayuno sin poner demasiada atención en lo que hacía, y en el rato que tardó en freír los huevos, echó unas cuantas miradas de desaprobación a sus hijos. De vez en cuando murmuraba: «cómo se os pudo ocurrir» o «nunca lo hubiera creído».
—Vosotros no tenéis la culpa, cielo —aseguró a Harry, echándole en el plato ocho o nueve salchichas—. Arthur y yo también hemos estado muy preocupados por ti. Ayer mismo estuvimos comentando que si Ron seguía sin tener noticias tuyas el viernes, iríamos a buscarte para traerte aquí. Pero —dijo mientras le servía a Vega tres huevos fritos— cualquiera podría haberos visto atravesar medio país volando en ese coche e infringiendo la ley…
—¡Estaba nublado, mamá! —dijo Fred.
—¡No hables mientras comes! —le interrumpió la señora Weasley.
—¡Lo estaban matando de hambre, mamá! —dijo George.
—¡Cállate tú también! —atajó la señora Weasley, pero cuando se puso a cortar unas rebanadas de pan y a untarlas con mantequilla, la expresión se le enterneció.
En aquel momento apareció en la cocina Ginny, que dando un grito, se volvió corriendo por donde había venido.
—Es Ginny —dijo Ron a Harry en voz baja—, mi hermana. Se ha pasado el verano hablando de ti.
—Ayer por la noche me hizo un interrogatorio detallado para que lo contase todo lo que sabía de Harry— dijo Vega con una sonrisa divertida.
—Sí, debe de estar esperando que le firme un autógrafo—dijo Fred con una sonrisa, pero se dio cuenta de que su madre lo miraba y hundió la vista en el plato sin decir ni una palabra más. No volvieron a hablar hasta que hubieron terminado todo lo que tenían en el plato, lo que les llevó poquísimo tiempo.
—Bueno —dijo George, bostezando y dejando finalmente el cuchillo y el tenedor—. Tengo sueño, así que creo que me iré a la cama y…
—De eso nada —interrumpió la señora Weasley—. Si te has pasado toda la noche por ahí, ha sido culpa tuya. Así que ahora vete a desgnomizar el jardín, que los gnomos se están volviendo a desmadrar.
—Pero, mamá...
—Y vosotros dos, id con él —dijo ella, mirando a Ron y Fred—. Vosotros sí podeis iros a la cama, cielo—dijo a Vega—. Seguro que te arrastraron con ellos, y Harry no les pidió que lo llevaran volando en ese maldito coche.
Pero Vega, a pesar de que se caía de sueño, se giró hacia Harry, que miraba hacia el jardín con interés y dijo con presteza:
—Ayudaremos a Ron, nunca hemos presenciado una desgnomización.
—Eres muy amable, cielo, pero es un trabajo aburrido —dijo la señora Weasley—. Pero veamos lo que Lockhart dice sobre el particular.
Y cogió un pesado volumen de la repisa de la chimenea. George se quejó.
—Mamá, ya sabemos desgnomizar un jardín.
Vega echó una mirada a la cubierta del libro de la señora Weasley. Llevaba escritas en letras doradas de fantasía las palabras «Gilderoy Lockhart: Guía de las plagas en el hogar». Ocupaba casi toda la portada una fotografía de un mago muy guapo de pelo rubio ondulado y ojos azules y vivarachos. Como todas las fotografías en el mundo de la magia, ésta también se movía: el mago, que Vega supuso que era Gilderoy Lockhart, guiñó un ojo a todos con descaro. La señora Weasley le sonrió abiertamente.
—Es muy bueno —dijo ella—, conoce al dedillo todas las plagas del hogar, es un libro estupendo...
—A mamá le gusta —dijo Fred, en voz baja pero bastante audible.
—No digas tonterías, Fred —dijo la señora Weasley, ruborizándose—. Muy bien, si crees que sabes más que Lockhart, ponte ya a ello; pero ¡ay de ti si queda un solo gnomo en el jardín cuando yo salga!
Entre quejas y bostezos, los Weasley salieron arrastrando los pies, seguidos por Vega y Harry. El jardín era grande y a Vega le pareció que era exactamente como tenía que ser un jardín. Se parecía mucho al jardín de casa de los tíos de Vega, los Tonks; estaba lleno de maleza y el césped necesitaba un recorte, pero había árboles de tronco nudoso junto a los muros, y en los arriates, plantas exuberantes que Vega solo había visto en casa de los Tonks, y un gran estanque de agua verde lleno de ranas.
—Los muggles también tienen gnomos en sus jardines, ¿sabes? —dijo Harry a Ron mientras atravesaban el césped.
—Sí, ya he visto esas cosas que ellos piensan que son gnomos —dijo Ron, inclinándose sobre una mata de peonías—. Como una especie de papás Noel gorditos con cañas de pescar...
Se oyó el ruido de un forcejeo, la peonía se sacudió y Ron se levantó, diciendo en tono grave:
—Esto es un gnomo.
—¡Suéltame! ¡Suéltame! —chillaba el gnomo.
Desde luego, no se parecía a papá Noel: era pequeño y de piel curtida, con una cabeza grande y huesuda, parecida a una patata. Ron lo sujetó con el brazo estirado, mientras el gnomo le daba patadas con sus fuertes piececitos. Ron lo cogió por los tobillos y lo puso cabeza abajo.
—Esto es lo que teneis que hacer —explicó. Levantó al gnomo en lo alto («¡suéltame!», decía éste) y comenzó a voltearlo como si fuera un lazo. Vega no sabía muy bien si debía reírse o no, pero viendo el espanto en el rostro de Harry, Ron añadió—: No les duele. Pero los tienes que dejar muy mareados para que no puedan volver a encontrar su madriguera.
Entonces soltó al gnomo y éste salió volando por el aire y cayó en el campo que había al otro lado del seto, a unos siete metros, con un ruido sordo.
— ¡De pena! —Dijo Fred—. ¿Qué te apuestas a que lanzo el mío más allá de aquel tocón?
Vega aprendió enseguida que no había que sentir compasión por los gnomos y pronto estuvieron compitiendo a ver quién lanzaba a su gnomo más lejos. Ganó Harry cuando el gnomo que había agarrado le hundió sus afiladísimos dientes en un dedo, y se lo sacudió con fuerza.
—Caramba, Harry..., eso habrán sido casi veinte metros...
Pronto el aire se llenó de gnomos volando cuando compitieron a vencer el lanzamiento de Harry.
—Ya veis que no son muy listos —observó George, cogiendo cinco o seis gnomos a la vez—. En cuanto se enteran de que estamos desgnomizando, salen a curiosear. Ya deberían haber aprendido a quedarse escondidos en su sitio.
Al poco rato vieron que los gnomos que habían aterrizado en el campo, que eran muchos, empezaban a alejarse andando en grupos, con los hombros caídos.
—Volverán —dijo Ron, mientras contemplaban cómo se internaban los gnomos en el seto del otro lado del campo—. Les gusta este sitio... Papá es demasiado blando con ellos, porque piensa que son divertidos...
En aquel momento se oyó la puerta principal de la casa.
— ¡Ya ha llegado! —Dijo George—. ¡Papá está en casa!
Y fueron corrieron a su encuentro.
El señor Weasley estaba sentado en una silla de la cocina, con las gafas quitadas y los ojos cerrados. Llevaba la misma larga túnica verde polvorienta y estropeada de viajar que llevaba la noche anterior.
— ¡Qué noche! —farfulló, cogiendo la tetera mientras los muchachos se sentaban a su alrededor—. Nueve redadas. ¡Nueve! Y el viejo Mundungus Fletcher intentó hacerme un maleficio cuando le volví la espalda.
El señor Weasley tomó un largo sorbo de té y suspiró.
—¿Encontraste algo, papá? —preguntó Fred con interés.
—Sólo unas llaves que merman y una tetera que muerde —respondió el señor Weasley en un bostezo—. Han ocurrido, sin embargo, algunas cosas bastante feas que no afectaban a mi departamento. A Mortlake lo sacaron para interrogarle sobre unos hurones muy raros, pero eso incumbe al Comité de Encantamientos Experimentales, gracias a Dios.
—¿Para qué sirve que unas llaves encojan? —preguntó George.
—Para atormentar a los muggles —suspiró el señor Weasley—. Se les vende una llave que merma hasta hacerse diminuta para que no la puedan encontrar nunca cuando la necesitan... Naturalmente, es muy difícil dar con el culpable porque ningún muggle quiere admitir que sus llaves merman; siempre insisten en que las han perdido. ¡Jesús! No sé de lo que serían capaces para negar la existencia de la magia, aunque la tuvieran delante de los ojos... Pero no os creeríais las cosas que a nuestra gente le ha dado por encantar...
—¿COMO COCHES, POR EJEMPLO?
La señora Weasley había aparecido blandiendo un atizador como si fuera una espada. El señor Weasley abrió los ojos de golpe y dirigió a su mujer una mirada de culpabilidad.
—¿Co-coches, Molly cielo?
—Sí, Arthur, coches —dijo la señora Weasley, con los ojos brillándole—. Imagínate que un mago se compra un viejo coche oxidado y le dice a su mujer que quiere llevárselo para ver cómo funciona, cuando en realidad lo está encantando para que vuele.
El señor Weasley parpadeó.
—Bueno, querida, creo que estarás de acuerdo conmigo en que no ha hecho nada en contra de la ley, aunque quizá debería haberle dicho la verdad a su mujer... Verás, existe una laguna jurídica... siempre y cuando él no utilice el coche para volar. El hecho de que el coche pueda volar no constituye en sí...
— ¡Señor Weasley ya se encargó personalmente de que existiera una laguna jurídica cuando usted redactó esa ley! —Gritó la señora Weasley—. ¡Sólo para poder seguir jugando con todos esos cachivaches muggles que tienes en el cobertizo! ¡Y; para que lo sepas, Harry ha llegado esta mañana en ese coche en el que tú no volaste!
— ¿Harry? —Dijo el señor Weasley mirando a su esposa sin comprender—. ¿Qué Harry?
Al darse la vuelta, vio a Harry y se sobresaltó.
—¡Dios mío! ¿Es Harry Potter? Encantado de conocerte. Ron nos ha hablado mucho de ti...
— ¡Esta noche, tus hijos se han llevado a Vega, han ido volando en el coche hasta la casa de Harry y han vuelto! —Gritó la señora Weasley—. ¿No tienes nada que comentar al respecto?
— ¿Es verdad que hicisteis eso? —Preguntó el señor Weasley, nervioso—. ¿Fue bien la cosa? Qui-quiero decir —titubeó, al ver que su esposa echaba chispas por los ojos—, que eso ha estado muy mal, muchachos, pero que muy mal...
—Dejémosles que lo arreglen entre ellos —dijo Ron a Vega y Harry en voz baja, al ver que su madre estaba a punto de estallar—. Venga, quiero enseñarte mi habitación Harry.
Salieron sigilosamente de la cocina y subieron por las escaleras. En el tercer rellano la puerta del cuarto de Ginny estaba entornada. Antes de que se cerrara de un golpe, Vega pudo ver un instante los castaños ojos de Ginny, espiando.
—Ginny —dijo Ron—. No sabes lo raro que es que se muestre así de tímida. Normalmente nunca se esconde.
Vega dejó a los chicos que se subieran solos al cuarto de Ron. Estaba realmente cansada y necesitaba dormir un poco. Entró en la habitación de Ginny, que casi gritó, antes de darse cuenta de que era Vega quién entraba, y no Harry.
—Cálmate un poco, mujer—dijo Vega con una media sonrisa—. Puedes hablarle a Harry tranquilamente, no te va a morder ni nada ¿eh?
Ginny enrojeció hasta las orejas, con una expresión que a Vega le recordó mucho a Ron. Sacudió la cabeza con los ojos en blanco y fue a estirarse sobre la cama plegable. Podía notar la mirada fija de Ginny sobre ella, y se rio Estaba tumbada y con los ojos cerrados, pero se imaginaba perfectamente todo lo que estaba pasando en aquellos momentos por la mente de Ginny.
—No me mires así Ginny, y ve a hablarle, sin miedo— Ginny balbuceó unas cuantas débiles excusas, pero Vega la interrumpió—. Piensa en él como si fuese un chico, nada más como si solo fuese el amigo de tu hermano. Al fin y al cabo es lo que es…
Ginny no dijo nada más, y de todos modos Vega había agotado su cupo de palabras. Llevaba dos noches seguidas sin dormir apenas, así que tras unos segundos en silencio, se quedó dormida. Aún conservaba la sonrisa en la cara.
Bueno, como mi estudio va francamente mal, os subo un capitulo para que me animeis un poco con vuestros reviews ^^
Que os he puesto un capitulo bien largo ¿Eh? para que luego os quejeis de vicio xD
¡Tengo una gran noticia! La Piedra Filosofal ha superado los 1000 views! ^^ a ver si conseguimos el doble con la Cámara Secreta xP
Y enfin, no voy a hacer comentarios sobre el tema Harry/Vega, porque ya sabeis lo que opino de ello, pero deciros, así para tranquilizaros, que no, no va a acabar con Malfoy xD que entrasteis todas en pánico, y no. Yo soy de las que opina que Tom Felton está potentorro, pero Malfoy es un capullo xD
A ver si para los próximos capitulos va la cosa más fluida que con este tercero, que me ha costado dios y ayuda xD He de decir, que de todos los libros, la Cámara de los Secretos es el que menos me gusta de todos, así que puede que mi bloqueo venga por eso, pero aún así, lo escribiré entero por vosotras ^^
Venga, ahora sí, me voy a estudiar xD
Nos vemos!
