Había ansiado tanto el momento en que sus manos volviesen a poseerlo que en un principio no lo notó. Esa primera noche lo había desvestido con una adoración que rayaba lo religioso. Le había quitado con suavidad el extravagante kimono, había hecho resbalar el pañuelo por su pelo, había deslizado sus anillos por sus dedos, no deseaba que nada representase un obstáculo entre los dos. Solo cuando su rostro se acercó a la suavidad nívea que lo envolvía, fue que el trance se rompió para abrir paso al desconcierto primero y luego al desengaño.

Otros.

Otros lo habían tocado, otros lo habían besado, otros habían dejado su esencia en él..otros. Múltiples rostros anónimos de hombres y mujeres habían estado en ese cuerpo que era suyo. Le sonreían, se burlaban y se regodeaban ante el hecho de que ese kitsune era tan suyo como lo había sido de ellos.

El sabor de la traición era tan intensa que Hoozuki tuvo que abandonar el lecho. Ya no podía permanecer junto a él. Las preguntas se manifestaban como furiosos aguijones en su mente.

¿A cuántos se había entregado?

¿Acaso había jugado con él?

Su rostro no decía nada, pero en su interior se llevaba a cabo un feroz conflicto de intereses. Tal vez debía haberle restado importancia dejándolo en aquel inhóspito templo. Quizás no había merecido el esfuerzo de cuidarlo, alimentarlo, de solicitar un permiso de posesión...

Recordaba el extraño sentimiento que le había producido el presentarse en la oficina y pedirlo. Jamás había requerido uno antes, pese a que su rango y posición le permitían hasta tres posesiones anuales, nunca se había sentido inclinado a usarlo. El kitsune había cambiado eso, así como había modificado muchas otras cosas de su rutina. Ahora podía comprender claramente la necesidad casi animal que se presentaba en algunos de sus colegas luego de alguna visita al mundo humano. Aunque con el correr de los meses había querido olvidarlo, la punzada de querer tenerlo volvía una y otra vez como una marea que se alejaba solo para regresar con renovada intensidad. La posesión representaba una de las partes mas genuinas de su naturaleza, del mismo modo que la tortura y el castigo..era casi imposible negarse a ella.

El contrato descansaba sobre su mesa de trabajo. Aunque conocía a grandes rasgos su funcionamiento, había leído con cuidado una a una las clausulas. Una vez que el kitsune lo firmara ya no habría vuelta a atrás. Estarían ligados hasta el fin de sus días en una relación tan poderosa como indisoluble. El demonio debía encargarse de la parte poseída, no podía dejarlo morir, y debía asegurar su supremacía por sobre otros de su especie. Una experiencia sin dudas gratificante, pero nada sencilla. En sus años en el Jigoku había escuchado frecuentes historias de colegas que al intentar forzarse dentro de sus poseídos, acababan por asesinarlos. Usualmente, aquellos casos se producían ante la combinación de un demonio con pocas o nulas habilidades de persuasión y un humano que lo rechazaba. De cualquier forma, dichas situaciones siempre culminaban en desastres y por ende en toneladas de papeleo. Es por ese motivo que no lo había requerido con anterioridad. Una posesión representaba una necesidad, pero también un trabajo.

El cuerpo del kitsune descansaba sobre la cama tal y como lo había dejado. Las vendas en sus piernas como lo único que no había deseado quitarle. Esas vendas lo habían llevado a traerlo consigo. Le habían dado la esperanza de que podía intentar hacer un contrato con él, que sus ordenes no serían desoídas que, a pesar de su misterio y su repentina desaparición, existía en el fondo una voluntad de pertenecer a un otro. Pero con su reciente hallazgo ya no estaba tan seguro. Le había entregado su cuerpo, su boca, su voz..pero también se los había entregado a otros.

Aquella noche no logró conciliar el sueño y finalmente, cuando la mañana comenzaba a hacerse presente, fue que pudo alcanzar una conclusión.

Se había equivocado.