Obviamente, Harry Potter pertenece a J. K. Rowling.
Dominique
Ojalá la hubieran matriculado en Beuxbatons. O en Durmstrang, o en el instituto de Salem. En cualquier escuela mágica del mundo donde no estuviera siempre a la sombra de la bellísima, inteligentísima, perfecta y maravillosa Victorie Weasley.
Así se notaría menos cuando llevaba la túnica arrugada o un asa de la mochila rota o el pelo enmarañado y sin lavar. O cuando llegaba tarde.
Dominique Weasley se hizo una coleta descuidada mientras bajaba las escaleras, rogando por no volver a perderse el desayunto.
En la sala común esperaba Philip con un par de bollitos en la mano. Se los arrebató y empezó a comer a grandes bocados camino al aula de Encantamientos.
—Dominique, ¿vamos a Hosmeade este fin de semana?
—Claro, como siempre—contestó ella, con la boca llena.
—Me refería a si esta vez te apetecía que fuéramos tú y yo juntos.
Dominique tardó un poco en procesar la última frase. Philip parecía algo azorado y había hablado tan bajito que ella apenas le había entendido. Cuando por fin lo hizo, se atragantó y empezó a toser descontroladamente.
— ¿Te refieres a una cita? —alcanzó a decir unos minutos después.
— Si no te apetece, lo entiendo, podemos ir con los demás. Mejor, olvídalo.
— No, no. Me gustaría mucho. De verdad —le interrumpió mientras sentía como enrojecía hasta las orejas.
— ¿En serio? ¡No me lo puedo creer! Estaba seguro de que dirías que no.
— ¿Y por qué iba a decir que no?
— Me parece increíble que una chica como tú quiera ir con alguien como yo—confesó él.
— ¿Cómo yo? Ni un chico se me acerca, sin contarte a ti, que eres mi amigo desde el principio.
— Eso será porque tus primos se encargan de espantarlos. Medio colegio babea por ti. Fred incluso le lanzó una bludger al capitán del equipo durante un entrenamiento por algo que dijo de ti.
— ¿En serio? —contestó ella con sinceridad.
— Dominique, ¿tú te miras al espejo? Eres preciosa.
Dominique sonrió. Puede que Hogwarts no estuvieran tan mal.
Avance: Fred
Apenas oía una palabra de las nuevas jugadas diseñadas por Scott Lyndon para derrotar a Ravenclaw. El capitán hacía volar a unas pequeñas figuras con su varita, hablando sin cesar de tácticas ofensivas y defensas estratégicas.
Fred bostezó, confiando en que luego James le resumiría lo esencial, y volvió a pensar en formas de explicarle a su padre que no le gustaba el maldito Quidditch.
